Archivo mensual: julio 2008

El discreto encanto de la impuntualidad

La persistencia de la memoria

La persistencia de la memoria

Los defectos de los nicaragüenses son muchos, pero tienen la particularidad de que son discutibles.  Cada quien y de acuerdo a su propia naturaleza trata de maximizar o minimizar algunos de ellos,  según le convenga o no a sus intereses, utilizando los más diversos e inverosímiles argumentos.  Existe uno que es admitido por una abrumadora mayoría, pues ante su patente evidencia histórica no hay otra alternativa más que aceptarlo abiertamente y es la impuntualidad; sin embargo, es necesario analizar este problema a la luz del contexto en el que se ubica actualmente Nicaragua.

 

Se dice que el nicaragüense es impuntual por naturaleza; como si fuera una condición propia de su ser.  Muchos han sido los tratados que han intentado explicar la causa de este defecto y han profundizado en aspectos que pasan de las expresiones de una conducta irresponsable a la manifestación de un espíritu rebelde ante los convencionalismos.  Yo en lo particular creo que es una cuestión de educación, pues la puntualidad como valor no ha sido reforzada en el individuo y por lo tanto, se ha trasmitido de generación en generación una insensibilidad ante la importancia de dicho valor, que ha reforzado en el nicaragüense una permisividad tan amplia, que en cierto momento se llegó a acuñar el término “hora nica”, tan comentado por diversos autores y que refleja esa flexibilidad, casi absoluta, respecto la aceptación de parte de todas los involucrados, de la ubicación en el tiempo de determinado evento.

 

En Nicaragua, si se gira una invitación a una fiesta a las siete de la noche y se agrega “hora nica”, debe entenderse que el invitado puede llegar a las ocho o nueve de la noche sin ningún problema, pero también quiere decir que el invitado puede llegar a las ocho de la noche y encontrarse que el anfitrión todavía está en el baño acicalándose y tampoco hay problema.  Lo grave de este asunto es que no existen parámetros para el cálculo de la desviación respecto a la hora que se puso como referencia.  De esta forma, “la hora nica” vino a reafirmar esa cultura de desprecio hacia la puntualidad

 

Sin embargo, las condiciones de convivencia en esta aldea global han venido a cambiar drásticamente este tipo de actitudes y un tanto obligadamente, poco a poco el nicaragüense ha debido someterse a la disciplina de la puntualidad.  Los esquemas de integración conllevan a una serie de prerrequisitos de orden económico, jurídico, social o ambiental y de una manera tácita, también cultural.  Esto significa que para sobrevivir en la sociedad moderna debemos estandarizarnos con ciertos parámetros internacionales que nos obliga a eliminar el ancestral defecto de la impuntualidad.

 

Por esta razón, en estas fechas podemos observar en el país, una amplia gama de comportamientos respecto a la puntualidad.  Por ejemplo, existen ámbitos en los cuales la puntualidad es ineludible y todos deben adaptarse de manera forzosa.  En el aeropuerto, los vuelos están programados para salir y llegar a determinada hora y salvo imponderables, estos horarios se respetan cabalmente, así que con las aerolíneas no hay “hora nica” que valga y si el pasajero no llega antes de que se cierre el vuelo, simplemente se queda.  Esto también aplica para los autobuses internacionales, pues en lo que se refiere al transporte local, no hay forma de lograr un cambio, así que no espere escuchar:  Voy a tomar la ruta 114 de las 7:05.

 

Los bancos ofrecen su servicio bajo horarios inflexibles, tanto para la apertura como para el cierre, sin embargo, es muy común observar que uno que otro cajero, a la hora que la institución ha abierto sus puertas al público, apenas está llegando con su paquete de efectivo y hasta esa hora enciende su computadora y empieza a contar el dinero.  El comercio también tiene sus horarios establecidos que respetan de manera puntual y si el dueño no está presente, un cliente puede esperar que le cierren la puerta en las narices diez minutos antes de la hora de cierre establecida.

 

Los cines tienen funciones programadas para determinado horario y las mismas inician puntualmente a la hora señalada, sin embargo, la proyección empieza con una serie de comerciales y “avances” y la película realmente comienza realmente quince o veinte minutos después, así que alguien que conoce el esquema, se otorga ese margen para llegar aún a tiempo.  No obstante, es muy común encontrarse a un barbaján que entra a la función ya avanzada la película, con una bandeja de provisiones para un mes y antes de sentarse se estaciona justamente enfrente de uno, sin percatarse que la carne de burro no es transparente.

 

La televisión también debe ceñirse a horarios predeterminados que requieren de una estricta puntualidad, pues como ellos dicen, en televisión el tiempo es oro y puede observarse en términos generales el respeto a los horarios.  No obstante, no es remoto ver en algún canal local el retraso de algún programa en vivo por la impuntualidad del conductor o su invitado, que se integra al programa diez minutos después de hora y hay que soportar su intervención inicial jadeando como un galgo mientras recobra el aliento.

 

En los consultorios médicos es un tanto diferente.  Algunos galenos se dan el “taco” de dar consulta sólo con previa cita, sin embargo, a la hora de presentarse el paciente puntualmente a la hora acordada, debe hacerle honor a su nombre, pues tiene que esperar por lo menos una hora para cubrir los retrasos del médico o de alguno de sus pacientes previos.  Otros, un tanto más concientes de la realidad, atienden conforme el orden en que va llegando el paciente.

 

En la iniciativa privada, las modernas teorías de administración del tiempo dependen en gran medida del respeto a la puntualidad, por lo tanto, en todos aquellos eventos que están enmarcados en la interacción de empresas serias y de ejecutivos con agendas apretadas, se maneja una extrema puntualidad, disipada tan sólo en los casos en donde el ciudadano promedio entra en escena.  Aunque es usual que a las entrevistas de trabajo los postulantes acudan con una puntualidad inglesa, la misma pasa al olvido una vez que el aspirante es seleccionado para el puesto y solamente el rigor institucional y sus sanciones hacen que abandone su defecto.

 

En el sector público el asunto de la puntualidad es un verdadero desastre.  El síndrome del figureo, (con licencia de Don León Núñez) obliga a los funcionarios públicos a que su presencia sea anhelada, por lo tanto, mientras más tiempo los esperan, más importantes son.  De esta manera, no hay forma de erradicar esa “hora nica” unilateral, pues el funcionario puede llegar a la hora que se le antoja, pero el asistente a la cita debe de estar presente desde la hora convocada. Tal vez, la participación de funcionarios o dignatarios internacionales puede empujar hacia la puntualidad o también llevar el asunto al otro extremo, como por ejemplo el acto de cambio de Gobierno en enero de 2007, se retrasó por más de dos horas a fin de esperar a Hugo Chávez, aún con la presencia puntual de los invitados especiales entre los que estaban presidentes de otros países.

 

En los actos organizados por instituciones u organismos internacionales, la puntualidad es obligada, e incluso se dan el lujo de convocar a eventos con una hora puntual de inicio y fin.  Si se da una invitación a un cocktail en determinada embajada, la tarjeta respectiva indica claramente de 7 a 10 de la noche y cuando dan las siete campanadas en el reloj de la sede del evento, un elegante mesero le está sirviendo el primer trago al Embajador y a los asistentes que van llegando y al sonar la última campanada de las diez de la noche, el Embajador se sitúa elegantemente en la puerta para despedir a los asistentes, así que la del “estribo” debe programarse adecuadamente.

 

En los servicios religiosos generalmente se observa una adecuada puntualidad, debido a la constante insistencia de parte de los ministros, pastores o sacerdotes, sobre el respeto que merecen las cosas sagradas.  Existen algunos que son terriblemente exagerados y que aún en caso de ceremonias como bodas, inician con una puntualidad inglesa, estén o no los novios.  Se comenta de un caso de la vida real, en que el cura de una parroquia del occidente de Managua inició y finalizó la misa sin la presencia de los novios, quienes se aparecieron muy orondos y se encontraron al cura e invitados en el atrio de la iglesia. Pretendieron hacer que el sacerdote regresara a la iglesia para realizar el rito, pero este muy digno, en el propio atrio les bendijo de manera light y los declaró marido y mujer ante el estupor de los asistentes.  También se da el caso de la impuntualidad de parte de los oficiantes, pero en lo que se refiere a la finalización del servicio, pues aunque lo inician puntualmente obligan a los fieles a soportar kilométricos sermones y alargadas liturgias que prolongan el evento hasta casi dos horas.

 

De esta forma, la impuntualidad es un defecto que poco a poco se va reduciendo a menos ámbitos de la vida nacional.  Todavía puede encontrarse en técnicos que trabajan por su cuenta, fontaneros, carpinteros, electricistas, informáticos, telefónicos, que cada día se pregonan más ocupados y con actitudes de vedettes, se dan el lujo de hacer esperar a sus posibles clientes no sólo una hora, sino días.

 

En los ámbitos informales y familiares es en donde todavía parece tener cabida este tipo de actitudes, aunque contrasta con los cambios drásticos que han sufrido en este sentido las personas que han debido someterse a la férrea puntualidad en otros países.  Así que las invitaciones a los cumpleaños todavía pueden admitir lo de la “hora nica” y darse una o dos horas de margen para llegar o bien para esperar al anfitrión.

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El amor en tiempos del Bay Rum

Bay Rum

Bay Rum

El siglo XX llevó a Nicaragua los destellos de una modernidad que parecía galopar. El país iniciaba una lenta pero sostenida mejoría económica al fortalecerse la producción agrícola, principalmente la de exportación, pues ya se empezaba a sentir el impacto de la producción del café. Los grandes inventos que vinieron a cambiar la vida de la humanidad empezaron a llegar al terruño a medida que avanzaba el siglo. La luz eléctrica, el automóvil, el radio y el cinematógrafo marcaron una nueva era en la vida de los nicaragüenses. El mundo se acercó de repente y en medio de su provincianismo, la gente empezó a moverse al ritmo de la euforia que producían las perspectivas del nuevo siglo.

La imagen del varón cambió radicalmente y aquellos melenudos, barbudos y bigotudos del siglo XIX pasaron a la historia. El look de Bristol se quedó en su almanaque y el hombre moderno empezó un nuevo concepto de pulcritud, poniéndose en boga el uso del cabello corto, con un cerquillo cortado a la navaja alrededor de la oreja y en la parte superior de la nuca. El cine trajo los prototipos de este nuevo hombre con los ídolos como Rodolfo Valentino, John Barrymore, John Gilbert, Douglas Fairbanks, Ramón Novarro e incluso Carlos Gardel. Esta nueva moda se extendió gracias a la aparición de la máquina de afeitar inventada por King Gillete a comienzos de siglo que motivó a los señores a afeitarse a diario y aquellos que mantenían la moda del bigote, lo empezaron a utilizar de manera fina y estilizada, mandando al olvido aquellos bigototes como los de Mennen, Sloan o José Santos Zelaya. Así mismo, comenzaron a proliferar los barberos que complementaban su oficio con el de sombrereros, talabarteros e incluso dentistas.

De esta forma, el nicaragüense citadino del siglo XX comenzó a ponerle cuidado a su apariencia, a gastar un poco en su cuidado personal, sin abandonar por esto sus actitudes machistas. En otras palabras nació el concepto que casi un siglo después se convertiría, con ciertos refinamientos, en el Metrosexual. Sin embargo, marcó un hito en la historia nacional cuando haciendo a un lado sus atavismos, el varón se atrevió a usar perfume.

Fueron los inmigrantes europeos, alemanes en su mayoría, quienes trajeron la costumbre de utilizar agua de colonia. Estos la traían directamente de Europa, o a través de los grandes almacenes de Managua. Entre estas finezas de colonias estaban Jean María Farina, 4711, Roger Gallet, Acqua di Genova, Creed, Truefitt & Hill o D.R.Harris. Indudablemente estos artículos tenían precios que estaban fuera del alcance de la mayoría de la población.

Fue en la década de los veinte que apareció en el país una fragancia con propiedades cosméticas y medicinales, obtenida mediante la combinación de alcohol con las hojas de una baya (Pimenta racemosa) que crece en el Caribe. Tenía un aroma sutil y varonil así como propiedades astringentes que la hacían ideal para utilizarse como loción para después de afeitarse. Su nombre era Bay Rum y algunos dicen que la trajeron al país los soldados norteamericanos de ocupación. Lo cierto es que su preparación era tan sencilla que algún alquimista criollo consiguió la receta y decidió importar el aceite esencial obtenido de las hojas de la baya y comenzó su producción local. Su aroma era tan suave que los señores comenzaron a utilizarlo sin reservas y de pronto su uso fue extendiéndose de tal manera que muchas boticas empezaron a venderlo ya fuera produciéndolo o adquiriéndolo en las grandes farmacias de Managua.

En su botica de San Marcos, mi abuelo produjo por mucho tiempo su propio Bay Rum. Nunca supe si lo hacía a partir de una receta proporcionada por un colega o si él había ensayado su propia versión. Como todos sus preparados, lo hacía dentro de un extremo secretismo (Ortega al fin), en sesiones en donde nadie podía interrumpirlo, so pena de causar su enojo. Se encerraba en su bodega, que era su sancto sanctorum y ahí comenzaba su ritual de preparación. Tomaba un recipiente de vidrio de aproximadamente medio galón y en él ponía unas 6 onzas del aceite de Pimenta Racemosa, que extraía cuidadosamente de una lata y luego llenaba el recipiente con alcohol de 96, que era del etílico, en otras palabras guarón, diferente al alcohol desnaturalizado o metílico que era el que se utilizaba para desinfectar. Luego le agregaba al recipiente cáscara de naranja rallada, unos trocitos de jengibre y una onza de cumarina que producía un ligero aroma avainillado. Cerraba herméticamente el recipiente y lo cubría con una estera y lo dejaba reposar por algún tiempo. Luego a través de un embudo, al que le ponía un papel de filtro, lo trasegaba a otro recipiente y de esta manera obtenía el famoso Bay Rum. Pero como dicen por ahí, cada quien tiene su forma de matar pulgas; algunos barberos rebajaban el Bay Rum con más alcohol, le echaban hojas de naranjo y clavos de olor y lo mezclaban bien, lo colaban y lo utilizaban como loción para después de afeitar.

Esta rústica agua de colonia tenía una gran demanda y se vendía a un chelín, es decir veinticinco centavos, la cucharada, que equivalía a media onza fluida. En el estante donde se mantenía el elixir tónico antiflemático, el aceite eléctrico y el jarabe de Tolú, a un lado estaba la botella del Bay Rum. En la sección donde estaban las medidas había un medidor de vidrio de unas 4 onzas, con la escala dibujada en un costado y que tenía un pico que facilitaba su trasiego. Ese era el medidor del Bay Rum y era uno de los más utilizados en la botica.

En una época en el pueblo, el prohombre y el villano como diría Serrat, utilizaban el Bay Rum a discreción, sin distingos de ninguna especie. Los galanes del pueblo, “tipurines” como les llamaban popularmente, mantenían su pelo bien cortado, su rostro bien afeitado y si usaban bigote cuidaban que el mismo se dibujara como una fina línea sobre su labio superior, manejaban además una buena dotación de Bay Rum y salían a visitar a sus enamoradas dejando detrás de ellos una suave estela del varonil Bay Rum. Sin embargo, la temporada de mayor demanda de este producto era el período del corte de café, de noviembre a enero, en donde los sábados que recibían su pago, bajaban los cortadores a gastar su dinero. Recuerdo que era muy común que los compradores del Bay Rum no llevaran recipiente al momento de comprarlo, sino que pedían el medidor para echárselo directamente en todo el cuerpo y la ropa.

Para los años cincuenta aparecieron en escena colonias y lociones after shave para caballeros que tenían varios años en el mercado internacional. Estos productos, con precios más accesibles, comenzaron a quitarle la supremacía al Bay Rum. Entre ellas estaban la Old Spice fabricada por la casa Shulton, la Aqua Velva fabricada por la casa Williams, la Skin Bracer fabricada por Mennen y Lavanda de Yardley, . Por ese tiempo, se imposibilitó la importación del aceite esencial de la Pimenta Racemosa y se empezó a comercializar un Bay Rum fabricado quién sabe donde pero que tenía un olor a menta…, hostigante, casi tirándole al Siete Machos, motivo por el cual su demanda bajó considerablemente.

Poco a poco la oferta de colonias para caballero empezó a ampliarse, al aumentar la demanda y allá por los años sesenta aparecieron otras marcas ya de cierto renombre en el exterior, como la English Leather y Varón Dandy. En esos tiempos, ya algunos cosmetólogos vieron en estos productos una veta y empezaron a producir sus propias fragancias para hombres, como Max Factor y su colonia Signature. Ya en la década de los setenta, cuando finalizó la fiebre del pachuli y el sándalo, extendida por el movimiento hippie, Fabergé internacionalizó su popular Brut que se convirtió en un símbolo del hombre cosmopolita. Los diseñadores de ropa también se entusiasmaron y cada quien empezó a producir su propia fragancia. Los años ochenta se caracterizaron por el predominio en el gusto popular de dos fragancias: el Agua Brava de Puig y Drakar Noir de Guy Laroche.

En la actualidad existe una proliferación impresionante de marcas de fragancias para hombres. Ya no sólo es ofertada por perfumistas de tradición o diseñadores, sino por joyeros, deportistas, fabricantes de zapatos, relojeros, actores de cine, toreros, talabarteros, astrólogos, entre otros. Así mismo, con la salida a escena del Metrosexual, se amplió la oferta de manera astronómica, incluyendo una gama inverosímil de productos, que hacen de cada operación un verdadero ritual. Como por ejemplo, la cotidiana rasurada que requería de crema de afeitar, rasuradora, loción after shave y a los leones, ahora requiere de una loción de preparación inicial, una crema suavizante, una preaplicadora, un gel de afeitar, una rasuradora de tres hojas, una loción astringente, otra reafirmante, un gel prefijador, una colonia after shave, una crema bloqueadora de UV y a los radicales hasta le pueden recetar un supositorio mentolado para transpirar de manera fresca.

Es sumamente difícil encontrar en estos días Bay Rum en el país, por lo menos del legítimo. Resulta ser que de acuerdo a las últimas investigaciones, el aceite obtenido de las bayas de la Pimenta Racemosa es un veneno efectivo para eliminar a la cucaracha alemana y por lo tanto su producción se está desviando para esos nuevos usos. Puede ser que en algunas farmacias de las zonas rurales pueda encontrarse alguna imitación que se vende bajo el nombre de Bay Rum, pero como dicen las Divinas: nada que ver, o sea. Sin embargo, si usted desea un frasco con la versión original, puede conseguir por tan sólo 18 dólares una botella de 10 onzas de Bay Rum, producido por sus fabricantes originales en la Isla Dominica, y comprarla on line y traerla a través de Nica Box o similar. Vale la pena, pues es un aroma que a pesar de tanto tiempo refleja esa rara combinación de sutileza y virilidad, que hizo desmayarse de amor a tantas damitas nicaragüenses.

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La hora de los muñequitos

Gandy Goose

Gandy Goose

A finales de 1961 se difundió la noticia de que el canal 6 de televisión, propiedad de la familia Somoza, instalaría una antena repetidora en El Crucero, con el fin de que su señal llegara a la región central y suroeste del país. Muchas familias se alegraron pues la magia de la televisión era un privilegio exclusivo de los capitalinos desde mediados de los años cincuenta.

En San Marcos, Juan Molina, acaudalado comerciante que manejaba una tienda-ferretería, el negocio de las roconolas y una fábrica de chibolas, se apresuró a ser el primero en llevar un televisor al pueblo. Lo instaló en un mostrador de su tienda, aún cuando no se había instalado la antena de El Crucero y así don Juan ofrecía a sus clientes el tremendo y singular espectáculo de las “hormiguitas” que jugueteaban en la pantalla de su televisor.

Cuando estuvo lista la antena y empezó a retransmitir la señal del canal 6, mi padre nos llevó un televisor Philips no sin antes enfatizar en las consabidas recomendaciones respecto a las tareas de la escuela, la distancia prudencial entre el aparato y los televidentes y demás. A partir de ese día nuestro sorprendente invitado marcó el inicio de una nueva vida en nuestro hogar.

La programación en aquel entonces era muy sencilla, iniciando las trasmisiones a las tres de la tarde con el teleteatro de la tarde, en donde presentaban una vieja película, muchas veces repetida hasta la saciedad y las transmisiones finalizaban a las diez de la noche con el teleteatro de la noche en donde presentaban otra película. A las cinco de la tarde en punto, todo el mundo terminaba sus quehaceres y se dedicaba en cuerpo y alma al programa favorito de toda la familia: la Hora de los Muñequitos.

Al iniciar operaciones, el canal 6 había adquirido un lote de dibujos animados norteamericanos, en su mayoría de los años 40, aunque algunos de ellos databan de la década de los treinta. Eran en inglés y no eran subtitulados, así que los diálogos eran simplemente adivinados por nosotros, aunque las historias eran tan sencillas que no necesitaban traducción.

Muchas de estos dibujos animados, que en el pueblo eran conocidos como “muñecos de tinta”, pertenecían a la famosa producción de Terry Toons que tenían personajes ilustres como el Ganso Gandy, el Super Ratón (Mighty Mouse), Tuco y Tico (Heckle and Jeckle), el lacrimógeno patito Dinky, los ositos Terry (Terry Bears), un ratoncito llamado Roquefort y el veterano Farmer Alfalfa con su perro a quien nosotros conocíamos como el Perro Tohú; de vez en cuando pasaban unas historias de un gato cara de malvado llamado Sourpuss y un indiecito llamado Pow Wow. Muchas de estas producciones eran parodias de fábulas, leyendas o cuentos clásicos.

También pasaban algunos episodios de las aventuras del Gato Félix, que eran de la década de los 30, como el capítulo de Félix con el dios Neptuno en el fondo del mar y que por algún motivo estaba doblada al español. Disfrutamos también de las caricaturas de Walter Lantz con sus personajes estelares, el Pájaro Loco, el conejo Oswaldo, el pingüino Chilly Willy y Andy Panda. Contaban además con algunos títulos de Columbia en donde sobresalía un gato muy parecido al Gato Félix llamado Krazy Kat, así como La Zorra y el Cuervo y un canario llamado Flippy el cual parece haber inspirado a Piolín. Había también algunos dibujos animados de Tom y Jerry que fueron los primeros pasos de Hanna y Barbera en este género.

Con toda esta gama de personajes, conocimos el mundo fantástico de los dibujos animados, en donde todo era posible, pues no había límites para las facultades de cada uno de los caracteres en aquel derroche de fantasía que traía a nosotros una singular diversión. Vimos versiones increíbles de Juanito y los guisantes, la gallina de los huevos de oro, Frankestein, Caperucita Roja, el Flautista de Hamelin; obras en torno a Overturas famosas como el Barbero de Sevilla, Guillermo Tell. Aprendimos a colorear en nuestras mentes aquellas pequeñas obras monocromáticas y a rebasar la barrera del idioma, haciendo nuestras propias versiones de los diálogos.

Miramos casi diariamente esos dibujos animados por espacio de cinco años, disfrutándolos al máximo a pesar de haberlos vistos innumerables veces cada uno de ellos.

Cuando a mediados de 1966 apareció el Canal 2, la competencia con el Canal 6 hizo que se renovara toda la programación incluyendo la hora de los muñequitos, pues al ofrecer el nuevo canal las caricaturas de Warner Brothers, con Bugs Bunny, Porky y sus amigos, incluyendo a Elmer Gruñón, el Pato Lucas, el Correcaminos y el Coyote, el Canal 6 por su parte introdujo al show de los Picapiedras, del dueto compuesto por Hanna y Barbera, que vendría a revolucionar la producción de los dibujos animados. Aparecieron también de estos productores, la Tortuga D´Artagnan, Leoncio el León y Tristón, el Lagarto Juancho, Moroco Topo, el Inspector Ardilla y demás personajes.

Sin embargo, para esa época aparecieron series en la televisión que empezaron a atraernos más que los dibujos animados como Bonanza, Daktari, Bewitched, Los Beverly Hillbillies, Batman, Combate, el agente de la CIPOL y así los muñequitos dejaron de fascinarnos.

En el mundo actual, ya los dibujos animados son un género amplio y complejo con diversas corrientes y una clara predominancia de los programas japoneses. Tal vez Los Simpson podrían ser una elección en una época en donde la ironía parece predominar. Sin embargo, la época dorada de los muñequitos en la televisión nicaragüense perdurará en muchos cincuentones y les será muy difícil olvidar la risa del ganso Gandy o el grito de guerra de Mighty Mouse: Here I come to save the day.

Como decía Porky: Eso es eso es eso es to eso es todo amiguitos

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Los Jagger y yo

El destino se abre sus rutas

Virgilio

A lo largo de nuestra existencia nos corresponde, la mayoría de las veces, ser los protagonistas de nuestras propias historias que se van sucediendo como dramas, comedias o quizás melodramas. Sin embargo, algunas veces nos toca el turno de ser simples extras en películas ajenas.

El calor era sofocante aquel primero de mayo de 1967. Me encontraba en el Palacio Nacional y sentía que el bochorno se acentuaba por la intensa iluminación, una nutrida muchedumbre y más que nada por mi smoking del bachillerato convertido en traje formal. Una verdadera tropa de meseros se afanaba por surtir de licor y bocadillos a los asistentes al evento.

Era la fiesta de la toma de posesión de Anastasio Somoza Debayle, quien a inicios de ese año, había sido “electo” Presidente de la República. Esa mañana había recibido la banda presidencial en el Estadio Nacional y la fiesta debió tomar un tono grave debido a la reciente muerte de su hermano Luis.

El “who is who” de Nicaragua estaba presente en esa fiesta. Yo no era “who”, sino que fungía como attaché de mi padre, quien a la sazón era médico del Instituto Nicaragüense del Seguro Social y participaba en alguna asociación de galenos, por lo que había recibido la invitación al evento. Mi madre se rehusó a asistir y mi padre me solicitó que lo acompañara con la otra intransmisible, que al final de cuentas no resultó tan intransmisible.

Me aburría como una marmota y me sentía incómodo pues unas semanas antes, al matricularme en la Facultad de Economía de la UNAN, tal como lo marcaba la tradición de ese entonces, había sido sometido a la peloneada de rigor y a pesar de que trataba de pensar en la elegancia que destilaba Yul Brynner en sus películas, no lograba sentirme mejor.

En cierto momento mi padre se encontró con un médico compañero de trabajo y se detuvo a conversar con él, cuando al rato se acercó una muchacha joven, morena clara, delgada, tal vez de mi edad, vestía elegantemente, sin embargo, los zapatos parecían no hacerle gracia al resto del atuendo. Se me hizo conocida, pues me parecía haberla visto por el rumbo de la Iglesia del Perpetuo Socorro cuando acompañaba a mi padre a ver a don Miguel G. Hernández, quien vivía por ese sector.

La muchacha saludó efusivamente al médico quien a su vez nos la presentó como Blanca Pérez y como referencia le dijo a mi padre que era hija de la señora que administraba el cafetín de la Policlínica Oriental del INSS donde ambos laboraban.

Conversaba Blanca con una soltura impresionante y después de tomarse un par de tragos con nosotros, le explicó al galeno que estaba muy interesada en ver a uno de los funcionarios del “nuevo” gobierno, pues deseaba apoyo para estudiar en Francia. Aparentemente el médico conocía bien al funcionario y accedió a llevarla con él y ayudarla en su gestión. Se despidieron de nosotros y continuamos un rato más en la fiesta y antes de la media noche decidimos emprender el regreso a San Marcos.

Años más tarde, hojeando una revista me sorprendió ver una foto de la muchacha aquella, convertida en Bianca Pérez Macías, quien por esos azares del destino, había logrado colarse en el Jet Set. Le mostré a mi padre la nota, quien sonrió y dijo: Suerte tienen los que no se bañan, dicharacho que había importado de México y que sacaba a colación siempre que la suerte hacía de las suyas.

En los años subsiguientes vimos la trayectoria de la muchacha a quien la relacionaban con Moshé Dayán, luego con Michael Caine y a inicios de la década de los setenta supimos que se casó en Saint Tropéz con Mike Jagger, el lider de los Roling Stones. Suerte tienen, continuaba diciendo mi padre.

Para fines de 1973, inicios de 1974, Managua era una ciudad en ebullición. La reconstrucción de la ciudad luego del terrible terremoto estaba en su apogeo; la gente trataba de acostumbrarse a su reubicación o bien hacía sus arreglos para ocupar el mejor lugar dentro de la nueva capital. En esa época yo trabajaba para el Banco Nacional de Nicaragua con el programa de reconstrucción de la pequeña empresa y me la pasaba entre Masaya, Managua y San Marcos.

Uno de los lugares que me gustaba visitar en Managua era la Plaza de Compras, un minúsculo centro comercial que se había construido contiguo al Supermercado La Colonia y que ahora casi en ruinas desluce a los esfuerzos que hizo Lorena Zamora con el centro LAFISE. Habían varios comercios entre los cuales sobresalían dos boutiques, la Letty que había iniciado por el rumbo de San Sebastián, luego se había trasladado junto a la nueva Tienda Alicia; del Tropical para el lago y la Aby, que era un negocio de doña Yolanda Guagüi, quien tuvo la tienda Vestex de la Avenida Roosevelt. En esas boutiques podía encontrarse ropa importada a precios favorables.

En esos días trabajábamos en el Banco de lunes a sábado al medio día, así que las tardes del sábado visitaba a mi novia Cecilia. Ella acostumbraba, antes del terremoto, arreglarse el cabello en el Salón Angeles, en las inmediaciones del Gimnasio Nacional y que prácticamente desapareció del mapa, sin embargo, descubrió que una de las estilistas que trabajaba ahí, de nombre Silvia, estaba atendiendo en su casa de la Colonia Centroamérica.

Un sábado en la tarde, Cecilia me pidió el favor de que la llevara a la Colonia Centroamérica a arreglarse el cabello. La llevé, no recuerdo ahora la dirección exacta, pero era un sector más alto que el resto de la colonia, pues desde la calle se miraba un grupo de casas en un nivel inferior. Mientras la atendían yo fui a la Plaza de Compras a curiosear un rato y después de una hora regresé tal como habíamos acordado, sin embargo, todavía no estaba lista. Hacía un calor tremendo, así que aproveché el tiempo para buscar una pulpería para comprar una gaseosa. Cuando encontré la venta observé que la propietaria sostenía una discusión con sujeto. Vestía el tipo en cuestión de manera un tanto estrafalaria, su abundante melena sobresalía de su menudo cuerpo, cara de chavalo vago y a todas luces se miraba que era extranjero. La señora le insistía en que no le entendía y él repetía con un acento al estilo James Bond: Club Soda. Con mis nueve niveles de inglés en el Centro Cultural me sentí con derecho a salir de metiche y le dije a la señora: Quiere Ensa Blanca, que era el nombre que se acostumbraba usar para el Club Soda, aunque no era blanca, sino transparente. Luego al momento de pagar vino otro problema pues él sacó un billete de US$20.00 y en esos tiempos no era como ahora que el eskimero los acepta sin problema, se trataba de C$140.00 de aquellos tiempos para pagar cuatro o cinco córdobas. De metiche de nuevo, le dije a la señora que me cobrara mi gaseosa y las dos Ensas del gringo. El gringo se quedó anonadado y me lanzó una retahíla que no comprendí y sólo alcancé a decirle: It´s Okay. Me dio la mano y me dijo: I´m Mike, thank you. Any time, le respondí. Mike regresó a una casa de la Colonia y yo pasé por Cecilia.

Al día siguiente, domingo, que era el único día que tenía tiempo para leer el periódico, casi me voy de espaldas cuando veo una nota que decía: Mike y Bianca Jagger de visita en Nicaragua y al ver la foto, como diría en México: Ay güey, era el gringo de las Ensas. ¿Qué hacía el líder de los Rolling Stones en la Centroamérica? Vaya usted a saber, sería que la familia Pérez Macías se trasladó del Perpetuo Socorro a la Centroamérica por el terremoto, pudo ser. También pudo haber sido una invitación de las antiguas amistades de Blanca.

El tiempo de manera inexorable siguió su marcha. Mike y Bianca se divorciaron en los ochenta, yo me casé con Cecilia y en los ochenta vivimos en México. Mike siguió correteando modelos por toda Europa y Bianca con el tiempo llegó a convertirse en una activista de los derechos humanos. Yo estoy de regreso en Nicaragua y cada vez que paso por el Palacio Nacional o por la Centroamérica, recuerdo aquellos dorados tiempos cuando me tomé unos tragos con Bianca Jagger y la vez que me di el lujo de invitar a Mike Jagger, aunque fuera a unas Ensas.

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Casi todos los nombres

Yo te bautizo con el nombre de...

Yo buscaba un nombre insignificante

y la verdad es que el más insignificante que encontré fue el mío

José Saramago

El nombre constituye uno de los elementos básicos de la esencia de una persona; es una parte vital del ser humano, no sólo como pilar fundamental de identidad individual, sino también comunitaria. En algún remoto tiempo se le asignaba un nombre al recién nacido con el fin de trasmitirle, con alguna dosis de magia, algunas características implícitas en el significado del mismo, es decir, cada nombre propio de las personas ha tenido su origen en un determinado concepto. Con el paso del tiempo, el significado de cada nombre fue perdiéndose y fue el gusto particular de los progenitores el que determinaba la asignación del apelativo.

Con la conquista de América, España impuso su cultura, su religión y su idioma y con ello, el nombre de todo recién nacido en sus dominios tenía, en primer lugar que ser del catálogo español y en segundo, estar incluido en el santoral autorizado por la Iglesia Católica. De esta manera el nuevo mundo se fue llenando de nombres, en su mayoría bíblicos españolizados, aunque en algunos casos la influencia de la iglesia católica era tan grande que era obligado bautizar al recién nacido con lo que marcara el santoral del día de su nacimiento y éste no señalaba necesariamente la fiesta de un santo, sino de un evento, un órgano o un objeto, como la concepción de María, la transfiguración de Jesús, Corpus Christi, Pentecostés, la santa cruz, Natividad, la circuncisión del niño Jesús, candelaria, la Santísima Trinidad, la adoración de los santos reyes, la sangre de Cristo, la anunciación de la santísima Virgen, la asunción, la ascensión, Cristo Rey, la sagrada familia y tantas más. También estaba el caso en que el santoral marcaba a una santa como por ejemplo Santa Rita y el recién nacido era varón o viceversa. Así por muchos siglos, se cometieron innumerables atropellos a la identidad de muchos seres humanos que debieron cargar a lo largo de su existencia, nombres con los cuales nunca tuvieron el menor arraigo.

Mi abuelo paterno, fue llamado Emilio, sin haber encontrado ningún obstáculo en su bautizo pues el santoral católico contempla varios santos con ese nombre, en su mayoría mártires; sin embargo, mi abuelo materno, fue nombrado Abelardo por su padre, pero al momento de su bautizo el cura se negó a utilizar ese nombre, pues no había ningún registro en el santoral, por lo que tomó el nombre del santo correspondiente a ese día y por sus pistolas lo bautizó como Sebastián; nombre que mi abuelo nunca utilizó, pues mi bisabuelo lo inscribió en el registro civil como Abelardo y con ese nombre se quedó. Mi abuela paterna tuvo un nombre bíblico: Ester y mi abuela materna también: Juana.

Con los movimientos liberales de comienzos del siglo XX, la iglesia católica tuvo que ceder mucho terreno en su injerencia en la vida de las repúblicas y el registro civil se convirtió en el órgano rector de la asignación de los apelativos de los nuevos ciudadanos. En Nicaragua el Código Civil se promulgó en 1904; su Título VI se dedica al Registro del Estado Civil de las Personas y en su capítulo II se regula el registro de nacimientos, sin ninguna restricción respecto al nombre con que puede ser inscrito el recién nacido. A partir de entonces, el abanico de opciones para el recién nacido se amplió considerablemente y se abrió la puerta a nombres que al no estar incluidos en el santoral, no tenían cabida, como por ejemplo los nombres romanos: Julio, César, Augusto, Octavio, Tiberio, Cornelia, Fabiola, Camila, Faustina, Domitila; griegos: Dionisio, Agapito, Anastasio, Alejandro, Gaspar, Filemón, Melania, Idalia, Irene, germánicos: Aldo, Adolfo, Alfonso, Carolina, Clodomiro, Selma.

Los movimientos migratorios que ocurrieron a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX vinieron a enriquecer el catálogo de nombres en Nicaragua, con las particularidades de cada uno de ellos. El caso de los emigrantes chinos es un caso interesante, pues sus nombres en su idioma eran muy complejos para su manejo de parte de la población nicaragüense, por lo tanto optaron por cambiarse el nombre por uno de su preferencia o que se asemejara a su nombre original, así vemos que mantenían su apellido, un tanto españolizado, con nombres como José, Agustín, Napoleón, Santiago, Armando, Rafael, Lorenzo, Francisco, Juan, Javier o Felipe.

A medida que avanzó el siglo XX, la búsqueda de nombres originales para los nuevos ciudadanos se intensificaba, teniendo como fuentes, la literatura universal, por un lado y con el auge del cine, las películas, sus personajes, sus actores y actrices.

Cuando en 1924 nació mi padre, mi abuelo que ya había nombrado a sus dos primeros hijos Emilio y Eduardo, recordó a Orlando El Furioso de Ludovico Ariosto y lo registró con ese nombre, sin el furioso desde luego, pues su segundo nombre fue Ernesto, tal vez por la apreciación de Oscar Wilde respecto a la importancia de llevar ese nombre. Cuatro años más tarde, cuando mi abuelo materno Abelardo fue a inscribir a mi madre lo hizo con el nombre de Belia, diferenciándolo de Velia, que es la forma más usada pero que corresponde al nombre de una ciudad griega y otra romana.

En la mitad del siglo XX, cuando yo nací, la amplitud de nombres utilizados era ya bastante amplia, sin embargo, se mantenían en ciertos rangos en donde lo exótico todavía no era un factor común. En mi caso, mi nombre representa esa relación de alianza de un matrimonio recién constituido y que acuerda que el primogénito debe de llevar el nombre del padre, por lo que me llamaron Orlando, sin embargo, en mi segundo nombre, se asomó la correlación de fuerzas en la naciente familia, al llevar el de mi abuelo paterno Emilio. La situación vino a balancearse un poco cuando nació mi hermana que lleva un nombre que representa la unión del nombre de mis padres Orlando ama a Belia: Oralia. El problema vino cuando mi padre, al ver que sus dos primeros hijos tenían nombres que iniciaban con “O” se le ocurrió que todos los demás debería iniciar con esa letra y fueron cuatro. El resultado fue que uno de ellos, con cierta razón, llegó a aborrecer su primer nombre y prefería utilizar un apodo y al final resolvió el problema utilizando sólo su segundo nombre.

En San Marcos, para esos tiempos, todavía se observaba una clara predominancia de los nombres clásicos españoles, aunque ya se empezaba a notar cierta predilección por algunos nombres exóticos que resaltaban en el cine, pero se limitaban a los nombres femeninos: Marlene, Ninoska, Ninette, Dayra, Gladis, Solanda, Tatiana, Indiana, aunque Harrison Ford todavía ni soñaba con el Arca Perdida. En Masatepe sin embargo, había una afición por los nombres mitológicos y también por tres nombres de varón que se repiten insistentemente: Rogelio, Remigio y Róger.

A finales de los años sesenta e inicios de los setenta, se desató una fiebre en todo el país por salirse de los esquemas tradicionales en la utilización de los nombres propios. Esto parecía obedecer a una inquietud internacional, pues es interesante el caso de Cuba con la famosa “Generación Y” que a partir de los años setenta resultó en la predominancia de nombres con la letra “Y”. En Nicaragua se empezó a rescatar nombres que en otra época se antojaban cacofónicos, como el caso de Fernanda, pues era inconcebible que se feminizara ese apelativo tan masculino, así como Karla que se había mantenido como el tradicional Carlota y algo parecido ocurrió con Gabriela. De la misma manera empezaron a utilizarse los nombres compuestos, como la antes citada Karla que debía acompañarse con Vanessa o en algunos casos con Waleska.

Luego llegaron las telenovelas y se convirtieron en la principal fuente de los apelativos a utilizarse en los años subsiguientes, como fue el caso de la cantidad de Yessenias, Isauras, Natashasas, Yahairas, Iselas y en el caso de los varones, el uso obligado de los dos nombres.

También empezó a aflorar el ingenio de algunos progenitores que deseaban un nombre único y original para sus hijos, como el caso de Raúl Rocha que nombró Lura (las letras de Raul revueltas) a una de sus hijas y a la otra Nepda (nacida el primero de agosto). Augusto “Menudo” por su parte bautizó a su hijo con el nombre de Elvis Presley, como un homenaje al Rey. Un médico de Managua nombró a uno de sus hijos Joemán y se reservó como secreto su significado y le prometió al vástago que algún día le revelaría el secreto.

El caso de la Costa Atlántica es una historia aparte. Al haber sido colonizada por los ingleses, la mayoría de los nombres son de esa naturaleza y guardan la armonía con los apellidos ingleses, aunque en algunos casos también los combinan con nombres españoles. Un caso aparte son los miskitos, que tienen un carácter tan espontáneo que cambian de nombre de conformidad con su ánimo y un día pueden ser Tom Cruise, otro día Kentucky Fried Chicken y otro Justin Timberlake. Me comentaba Melba Reyes que en un viaje a la Costa Atlántica una pasajera llevaba un bebé que se llamaba Sopita Maggi.

Aunque ya produce cierto escozor hablar tanto de un mundo globalizado, hay que admitir que es imposible abstraernos de esa realidad y a pesar de todos los esfuerzos por mantener una identidad cultural, la inmediatez de las comunicaciones nos ubica en cualquier parte del mundo, por lo tanto los nombres propios tienen fuentes infinitas. De esta manera no se puede culpar a los progenitores que desean la originalidad en los apelativos de sus hijos.

En un vistazo a los nombres que emergen en nuestro renovado catálogo puede observarse la siguiente muestra: Krudskaya, Suhey, Justin, Wendy, Daleska, Steven, Dyran, Grecia, Kenneth, Josbel, Jesseth, Iskra, Milly, Erifel, Gia, Brisa, Samantha, Abril, Hahmed, Alpha, Manfred, Lisna, Melvin, Kevin, Rivo, Keith, Said, Bryan, Josmari, Axel, Jeancarlo, Aylin, Yazid, Jesse, Myha, Anielka, Jahell, Ariela, Sared, Wesley, Alyssa, Kendra, Natángela, Kimberly, Ashanti, Gruchenka, Marlice, Ashley, Geovanny, Belkis, Joseph´s, Jhonaly, Daleska, Noam, Shellsea, Osvally, Yara, Nayeris, Brandon, Ibrahiana, Eddil, Ronny, Jurgen, Heather, Yurianna, Yanin, Steacy, Jazy, Joyanska, Jannelle, Jair, Pavel, Izzel, Effin, Ander, Yamili, Keyling, Junieth, Yeris, Milady.

En una sociedad que propugna cada día más la tolerancia, debemos de aceptar esa libertad de los padres de familia de seleccionar para sus hijos, el nombre que considere más adecuado. Tal vez a quienes crecimos entre una mayoría de nombres clásicos, nos parecerán demasiado exóticos algunos apelativos, sin embargo, no nos queda más que aceptarlos.

Es indudable que cada quien tendrá una determinada percepción de cada nombre y la relación con el portador nos hará incluso encontrarlo sublime. Decía Serrat en uno de sus éxitos allá por 1969: tu nombre me sabe a yerba, y a pesar de no hacer referencia en la canción a ningún nombre en particular, todo su embeleso giraba alrededor del apelativo de la mujer de sus sueños. Tal vez podríamos por su discografía posterior, inferir que pudo haber sido Lucía, aunque para muchos ese nombre no se relaciona o asemeja a alguna “yerba”; claro que mucho menos podría tratarse de Penélope, pues ese nombre podría conducirnos a conclusiones peligrosas.

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