Archivo mensual: mayo 2011

El Juicio

Cuento para el Día de las Madres.

Orlando Ortega Reyes

La mujer atravesó un inmenso túnel hasta llegar a una sala en donde la luminosidad era tan intensa que el color blanco resaltaba en diferentes tonalidades.  En el centro de la sala se encontraba una enorme silla dorada en donde estaba sentado el Juez Supremo, con una túnica azul y rojo, escoltado por un sinfín de guardianes, todos vestidos de blanco. Uno de ellos sin leer nada dijo el nombre de la mujer y los cargos que se le imputaban que consistían básicamente en faltas a la solidaridad, no haber ayudado a quienes solicitaron comida, bebida, vestido o bien alguna visita a la cárcel.   El Juez, con una expresión entre candor y tedio hizo resonar su voz preguntándole: -¿Cómo te declaras?  Ella, sorprendida porque aquella voz no tenía aquel efecto de trémolo con que siempre se le representaba y que daba la apariencia de que hablaba dentro de un bote, respondió sin vacilar: -Culpable.

El Supremo, de quien se decía podía adivinar todos los pensamientos, se quedó atónito, porque hasta entonces, en la infinidad de casos juzgados nadie se había declarado culpable, siempre había una reiterada declaratoria de inocencia, un pretexto, una justificación o bien una apelación a la misericordia o a la infinita comprensión.  Ella, sin embargo, con una entereza nunca antes vista se quedó esperando, mostrando una alta dosis de resignación, el resultado del veredicto final.

-Tengo la sensación de que no te arrepientes de nada- dijo tranquilamente el Juez, a lo cual la mujer meditó un instante y le respondió: -Más bien, quisiera haber tenido la oportunidad de que las cosas hubieran sido diferentes.  -¿En qué sentido?- agregó el Supremo.  La mujer respiró profundamente y dijo: – Quisiera que mi vida hubiese transcurrido de tal forma que de mi corazón hubiera podido brotar a borbollones esa solidaridad que tanto se me ha demandado.  El Juez con cierto tono de ironía le replicó: -Tenías el libre albedrío para haber conducido tu vida hacia la entrega por tus semejantes.  –Lo que pasa es que de repente me quedé vacía- agregó la mujer.  En un momento de mi vida llegué a llorar tanto que derramé todas las lágrimas que me correspondían en la vida; grité tanto que casi pierdo el habla; mis uñas quedaron atrapadas en las batas de los médicos; mi cuerpo se secó a plazos en un banco de sangre; mi corazón quedó hecho trizas y el dolor se acuarteló en mi alma.  Llegó un momento en que hubiera deseado que me crucificaran mil veces antes que ver a mi inocente hijo con sus brazos abiertos y su cuerpo aguijoneado en una cama de hospital.  Mis últimas fuerzas las gasté abrazándolo, antes que me lo arrancaran para llevárselo para siempre.  Desde ese día, el único prójimo que encontré a mi lado fue el sufrimiento persistente, agudo, constante; por mis venas corrió hiel y vinagre y donde antes tuve un corazón que latía, quería y soñaba, tan sólo quedó un muñón.

El Juez Supremo se aclaró la garganta, un tanto forzadamente, antes de preguntarle: – ¿Y seria acaso que tus plegarias estaban cubiertas de la fe necesaria?.  La mujer sin pensarlo mucho le contestó: -Tan grande como para haber movido el Everetz, sin embargo, nunca obtuve una respuesta.  Pero, ¿Insististe en tu afán?-agregó el Juez, a lo que la mujer respondió: – Setecientas mil veces siete y nada, hasta que al final lo único que pudo salir de mi boca fue:  Eli Eli lama sabachthani.

 La cara del Juez de pronto adquirió la tonalidad del rojo de su túnica y sintió un agudo dolor que irradiaba desde su costado.  Trató de mantener su ecuanimidad y de pronto se levantó de su silla dorada y se dirigió hacia la mujer, la tomó de la mano y le dijo: -Ven conmigo.

La mujer un tanto sorprendida le preguntó: -¿Tú mismo me llevarás hacia el castigo que merezco? – ¿Por qué debo castigarte?-Señaló el Juez. -Por ausencia de solidaridad, agravada por faltas a la autoridad-Le dijo la mujer. –De ninguna manera- le replicó el Supremo- No puedo juzgarte, más bien debo pedirte perdón porque no estuve a tu lado cuando más me necesitabas, cuando yo debía evitar tu dolor; te dejé sola mientras tú te entregabas en cuerpo y alma a tu hijo, cuando tu único sueño era ser madre.  Te llevaré a un lugar especial, en donde pondré a todas las madres a quienes en algún momento desamparé, porque has de saber que mi lado humano siempre tiende a fallar. Ahí trataremos de curar tantas heridas y tanto dolor.

La mujer más que sorprendida le dijo: -Pero esto no es lo que estaba escrito.  El Juez Supremo sonrió y le respondió: -Casi nada de lo que está escrito es la Verdad.  Miles de veces le repetí a Mateo que tomara notas y al final escribió lo que le dio la gana y de repente, cada quien quiso adivinar lo que yo pensaba y empezó a inventar lo que yo habría querido decir y se armó el caos.

Llegaron al fin a un lugar que parecía salido de un comercial de productos naturistas, en donde el verde intenso envolvía a centenares de manantiales de agua que se antojaba viva.  La mujer aspiró un tenue perfume de las flores que adornaban la escena y de pronto le pareció escuchar un coro angelical que cantaba a lo lejos: “ Aquí estoy yo, abriéndote mi corazón, llenando tu falta de amor, cerrándole el paso al dolor, no temas yo te cuidaré…”  Entonces de repente de sus ojos brotó la última lágrima que por alguna razón le había quedado escondida y sintió que una inmensa paz fue inundando su ser y al fin empezó a descansar.

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Los bailongos de Miranda

Cuando iniciaba mis estudios universitarios en el vetusto edificio dela Facultadde Economía, en las inmediaciones del Palacio de Comunicaciones de la vieja Managua, había un estudiante de esos que les dicen “fósiles” por llevar un tiempo exagerado cursando la carrera.  Al combinar muchos estudiantes sus estudios con un trabajo de tiempo completo, era muy común encontrar repitentes para quienes la carrera se hacía maratónica.   Jorge, nunca supe su apellido, vivía en el occidente de la capital, en el barrio Cristo del Rosario y trabajaba en una oficina cerca del edificio de F. y C. Reyes, porla Avenida Roosevelt.  Se observaba que era mayor que el resto de los estudiantes que promediaban los veinte años, pues fácilmente superaba la treintena.   Podía vérsele llevando clases de todos los años,sin embargo,parecía un tanto abstraído y no se miraba que tuviera un grupo de amigos definido.  Me imagino que los compañeros con quienes ingresó ya se habían graduado y saltar de una materia a otra, no le permitía llevar una relación sostenida con ningún grupo, así que generalmente en los recesos se le miraba un tanto solitario.

En cierta ocasión en que se organizó una fiesta dela Facultad, me animé a asistir y fui con unos amigos al Club Managua.  Fue amenizada por el “Negro Jairo” una de las orquestas más afamadas en los sesenta en Managua.  Cuando había dado inicio la fiesta y la orquesta se lucía con sus mejores interpretaciones, ingresó al salón Jorge, vestido formalmente.  Nos extrañamos, pues no nos imaginamos que fuera asiduo a ese tipo de eventos.  Al momento en que la orquesta se arrancó con un cha-cha-cha, Jorge sacó a bailar a una muchacha de cuarto año y para sorpresa de todo el auditorio, hizo una verdadera gala de la pieza, manejando unos pasos de fantasía, de esos que sólo se miran en las películas, moviéndose de manera etérea, como si fuera un Fred Astaire en el escenario.  Total que el fósil aquel no paró de bailar en toda la noche, mambo, merengue, cumbia y bolero.

Después de la fiesta, todos regresamos a la rutina de la facultad, sin embargo, la popularidad de Jorge se había incrementado significativamente y se le miraba socializar más con el resto de estudiantes.  En cierta ocasión estaba yo esperando el inicio de una clase, sentado en unas sillas de fibras plásticas que estaban en un extremo del patio de la facultad, cuando llegó Jorge y se sentó a mi lado.  Nos saludamos y no resistí la curiosidad de preguntarle dónde había aprendido a bailar.  Sonriendo me respondió: -En los bailongos de Miranda.  Al observar que me había quedado en ele-olo, me preguntó: -¿No conociste Los Balcanes?  Le respondí que no y me dijo – Si no conociste Los Balcanes no has conocido Managua, mucho menos sabés de bailongos.  Desde esa vez, en cada ocasión en que me lo encontraba me iba contando en retazos sus experiencias en el famoso bailongo de Miranda.

Sería tal vez en los años dela SegundaGuerraMundial que un vecino del barrio Cristo del Rosario, Don Luis Miranda, inició un negocio en su casa.  Comenzó vendiendo refrescos y luego se convirtió en una especie de cafetería.  En cierta ocasión se le ocurrió poner música y de repente la gente comenzó a bailar, entonces Don Luis empezó a cobrar por cada pieza que tocaba en su equipo de sonido y de ahí vino la idea de organizar eventos para todos los aficionados al baile.  Generalmente se realizaban estos bailongos los días domingos de siete a doce de la noche.  Don Luis cobraba una cuota de entrada, más el consumo al interior del recinto.  Hay que anotar que en aquellos tiempos no existía una burocracia que exigiera un sinnúmero de requisitos para abrir un nuevo giro, cambiarlo o para agregarle diferentes giros a una misma actividad económica.

Parece que Don Luis era muy estudioso de la historia, al igual que muchos de los conciudadanos de esa época y el nombre de Los Balcanes sonaba mucho por las conflagraciones a las que se vio sometida esa región desde el inicio del siglo XX, por lo que bautizó su negocio con ese nombre que llegó a convertirse en un punto de referencia en la vieja Managua.

En un inicio el entusiasmo por los bailongos de Miranda fue tan grande que se convirtió en un imán para todos los aficionados al baile del rumbo, sin embargo, también empezó a atraer de personas de dudosa reputación.  De vez en cuando se miraba llegar a ciertos “chivos” reconocidos, acompañados de mujeres que por su vestimenta se adivinaba que se dedicaban a actividades non sanctas.  Don Luis intuyó que a pesar de que su negocio se abarrotaba, sus vecinos, en especial las muchachas terminarían retirándose, por lo que tuvo que dar un giro de timón drástico.  Transformó el local en una especie de club social obrero, con junta directiva y todo, reservándose Don Luis el derecho de admisión.  Asimismo, trató de manera infructuosa de borrarle el nombre de Los Balcanes a su negocio.

Cuando el negocio prosperó, su propietario empezó a llevar música en vivo y a pesar de que elevó el precio de ingreso a cinco córdobas a los caballeros, pues las damas entraban de cortesía, el local se llenaba.  En la puerta del negocio, el propio Don Luis se aseguraba que todo el mundo llegara propiamente vestido.  Los caballeros que no alcanzaban a llevar su levita dominguera, por lo menos su arreglo debería ser lo suficientemente formal.  Las damas debían presentar el mínimo decoro que dictaban los cánones de la época.

Los bailongos de Miranda llegaron a tener el acompañamiento de las orquestas de categoría de esos tiempos, como por ejemplo Los satélites del ritmo, con su célebre cha-cha-cha: Yo no le creo a Gagarían, cuando todavía la integraba el célebre Rafael Gastón Pérez.  También llegó a amenizar los bailongos la orquesta de don Julio Max Blanco, así como la recordada Shampoo Musical.  Se cuenta que también se presentó con gran éxito la no menos célebre agrupación caraceña La Jazz Carazo.

Con la categoría de club social obrero, el local inició la tradición de nombrar una reina, la cual se elegía en los mismos bailongos y de esa manera, las jóvenes del sector occidental de la capital se disputaron por muchos años el título.   Se recuerda que en cierto momento Don Luis nombró locutor oficial de esos eventos al que luego se convertiría en una leyenda del Estadio Nacional, Ramiro Solórzano “Fonguito”.

Cabe destacar que en los bailongos de Miranda desfilaron todos los grandes aficionados al baile de la vieja Managua de mediados del siglo XX, habiéndose convertido en una verdadera escuela, pues cada quien iba llevando los pasos y fantasías que por su parte iba aprendiendo ya fuera en el cine o en otros salones.   Una de las figuras más populares fue sin duda alguna el recordado Lisímaco Chávez Cerda, originario de Diriamba pero Managua por adopción, quien era aficionado a las películas de Tin Tan y de sus trajes pachucos, de tal manera que se presentaba a los bailongos con traje completo de pachuco y a veces un sombrero medio matizón.  Le gustaba mucho realizar pasos de fantasía.  Recuerdo que cuando en Carazo formó años más tarde su conjunto Los Licy´s Boys, siempre en el intermedio realizaba un playback con la guitarra eléctrica (quien en realidad interpretaba era Enoc Jerez), realizando una coreografía que dejaba a los asistentes con la boca abierta.

Cerca de 1964 falleció Don Luis Miranda, llevándose con él a sus concurridos bailongos.  Ya para esa época la actividad nocturna de la capital tendía a aglutinarse al propio centro de la ciudad y una serie de clubs comenzaron a operar en ese sector.  No obstante, los asiduos concurrentes a los eventos de Miranda a quienes se les llegó a conocer como “miranderos” siempre que en una fiesta se presentaba la ocasión sacaban a relucir sus magníficos dotes en la danza, tal era el caso de Jorge.

En aquellas pláticas esporádicas en los intermedios de clase en la facultad, Jorge me comentaba sobre algunos conceptos básicos de los ritmos tropicales que más adelante me llegaron a servir.  Luego, cuando la facultad se trasladó al Recinto Universitario Rubén Darío en Jocote Dulce, Jorge desapareció del mapa, sería que le salía muy extraviado viajar diario hasta allá o se cansó de la maratónica carrera, así que no lo volví a ver.

El año pasado, en algunos pocos cines de la capital exhibieron de manera un tanto clandestina una película tico-brasileña llamada El último comandante, en donde el gran actor mexicano Damián Alcázar encarna a un guerrillero nicaragüense que abandona la revolución y desaparece para llegar a Costa Rica en donde se dedica a su verdadera pasión: el cha-cha-chá, convirtiéndose en profesor de este ritmo.   Tal vez Alcázar no se acerque mucho a la figura de un ex guerrillero nicaragüense, pero al igual, Antony Queen, mexicano, encarnó a Zorba El Griego.  Cuando miré esa película y al personaje de Alcázar, inmediatamente se me vino a la mente la figura de Jorge y aquella pasión que le ponía al baile, así como su pausada forma de hablar sobre cada ritmo.  Si tan sólo le hubiese puesto un poco de aquella pasión al estudio del postkeynesiano y al monetarismo, a lo mejor hubiese culminado su carrera.

Hace un par de semanas circulaba yo por la calle que atraviesa la antigua Colonia Mántica, absorbida casi en su totalidad por el Hospital Saludo Integral cuando de repente cruzó la calle un hombre ya mayor, con la cabeza completamente blanca, sin embargo, cuando volteó hacia el tráfico que avanzaba, me pareció reconocer aquella chispa que tenía la mirada de Jorge y por el enérgico y rítmico paso de su caminar a pesar de los setenta y pico de años que podría tener, juraría que se trataba de él.  Recordé entonces aquellas amenas pláticas en la Facultad de Economía y de ese momento me vino la idea de escribir estas lineas.

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Pequeña amante

Este 5 de mayo se presentó en el Teatro Nacional Rubén Darío el cantautor español Braulio, en un concierto organizado por el diario La Prensa, en un afán del rotativo por ampliar sus actividades dentro del showbizz.

En Nicaragua, Braulio no necesita mayor presentación, pues una gran cantidad de conciudadanos mayores de cuarenta años guardan en su mente el éxito arrollador que obtuvo el cantautor canario allá a inicios de 1978 con el tema Pequeña amante.  No necesitó mucho tiempo este tema para colocarse en los primeros lugares de las preferencias del público, pues Braulio tenía una potente voz y además bien entonada y por otra parte el ritmo de la canción se salía de los esquemas de las baladas españolas a las que estábamos acostumbrados con Julio Iglesias, Camilo Sesto y demás.  El cantautor no ha tenido una producción musical prolífica que digamos y del resto de su obra, podría afirmar que En la cárcel de tu piel es el único tema que se le llegó a acercar a Pequeña amante.  Luego está En bancarrota, una oda a la árida labor de auditoría, que me imagino se constituyó en un himno de los contadores bancarios románticos, pues los de la CGR prefieren a Shakira.  En cuanto al tema Crónica de un viejo amor, tiene la enorme desventaja que invariablemente trae a la mente la genial composición de Serrat, Entre un hola y un adiós a la cual la primera no le llega ni a los talones.

Debo de admitir que no fui al concierto.  No caeré en la tentación de afirmar como algunos dadores a creer, que tenía mi agenda apretada, casi tal vez al nivel de la del Payaso Pipo, aunque tampoco admitiré que fue por pinche.  La verdad es que con 35 dólares prefiero comprar una botella de whisky y pasar una tremenda velada con un par de amigos, escuchando no solo los mejores éxitos de Braulio, sino varios más.

De acuerdo a las crónicas del evento, el cantautor realizó su concierto con gran suceso, presentando una nueva faceta de showman, combinando la interpretación de sus canciones con la comedia.  Desde luego el número más esperado y aplaudido fue sin duda alguna Pequeña amante, que fue coreada por toda la audiencia.

Lo extraño es que en ninguno de los artículos de La Prensa, previos al concierto, se hace mención a Pequeña amante.  En un inicio pensé que fue una triste omisión de la reportera que a lo mejor es tan joven que no llegó a conocer dicho tema, sin embargo, al acceder al sitio web del cantante, en donde promociona en primera instancia su restaurante de comida canaria en Miami: Braulio´s Concert Hall, se encuentra uno con la misma sorpresa, que el gran éxito Pequeña amante no aparece por ningún lado.  El resto de sitios en la web que hacen referencia al cantautor parecen ser clonados del anterior y de la misma manera omiten cualquier alusión al gran éxito de Braulio.

Como a raíz de la muerte de Bin Laden volvió a cobrar fuerza lo de las teorías de la conspiración y al igual que los comandos de los SEAL,  mientras dormía me asaltó la duda respecto a dicha omisión que bajo este esquema podría antojarse intencionada.  Así pues, después de horas de cavilación se me vino a la mente la interrogante de que si no sería la causa de esto una estrofa de la canción que dice: Pequeña amante, dieciséis años son tan pocos, que yo debí volverme loco, para que así llegara a amarte… Sería acaso esa especificidad en la edad de la “pequeña amante” la que pudiera haber llevado a ese tema, en los tiempos actuales, a un nivel cercano a la clandestinidad.  A finales de los setenta no había una plena conciencia de la gravedad de una relación entre un adulto y una menor de edad, ni mucho menos una pléyade de ONG que se rasgaran las vestiduras, sin embargo recuerdo que esa estrofa no dejaba de causar cierto escozor en la mayoría de la audiencia, pero que considerando la melodía y la impresionante voz de Braulio, no se le hacía mucho caso.  Lo mismo sucede cuando se lee Lolita de Vladimir Nabokov, que a pesar de la fascinación que provoca la impecable narrativa del autor, no deja de inducir a cierta sensación de culpabilidad en el lector al interiorizarse en aquella historia, como si al momento de disfrutarla se convirtiera en cómplice de Humbert.

Cabe la aclaración que estos deslices son tan antiguos como el ser humano, pues según algunos exegetas (no comprometidos) de la Biblia, después de exhaustivos análisis llegaron a concluir que Sulamita la doncella a quien Salomón (el Sabio) dedica el Cantar de los Cantares, tendría a lo sumo trece años.  Me imagino que el Sabio debió tener también su Fulanita, Menganita y Sutanita, coetáneas de la anterior pero que no llegaron a tener su Cantar, por lo menos escrito.

Sin el menor ánimo de juzgar a Braulio, me llama la atención de que de cierta manera insiste en colocarse una diana en su espalda.  Tomamos de su sitio web, en su biografía, lo siguiente: “Braulio es un cantante y autor que afronta su trabajo desde una perspectiva poco usual en otros compositores de música ligera: procura describir en sus canciones situaciones que tengan conexión con la vida real, alejándose del camino trillado y de las abstracciones. Sus obras son pequeños relatos de tres o cuatro minutos, que muchas veces encierran profundas moralejas. También suele mostrarnos, en algunos temas, algo que maneja con aparente facilidad: un humor fresco y descarado”.  Esta declaración nos trae a la mente a Los tigres del norte, que con sus narco corridos han provocado una tremenda polémica que no termina todavía.

Volviendo a la canción que nos ocupa, a la luz de la anterior declaración pareciera que hay un viso de realidad en la historia de la pequeña amante, aunque a final de cuentas podría declarar que se refiere a un amigo suyo que le contó esta historia.  Como dicen los gringos: End of story.  No obstante, si esculcamos en su discografía encontramos otro tema, un tanto desconocido llamado El diablo por viejo que dice en una estrofa: Me falta estatura y te doblo la edad.  Y si por si esto no fuera suficiente, tiene otra canción llamada: Casi puedo ser tu padre, que va en el mismo tenor.

Sería tal vez a finales de los ochenta o inicios de los noventa, que Braulio sacó una segunda versión de Pequeña Amante.  Consciente de los tiempos que corrían, bien pudo corregir un poco esta versión si tan sólo hubiese omitido esa cantidad de años, dándole un vuelco a la estrofa, haciendo referencia a la inmadurez o cualquier otro rasgo de la chica y al final hubiese dejado la incógnita de la edad, pudiéndose también haber tomado lo de “pequeña” por la estatura de la muchacha en cuestión.  Sin embargo, la nueva versión salió idéntica en cuanto a la letra, siendo una lástima porque el arreglo que se le hizo es moderno y muy bien logrado, manteniendo Braulio su potente voz.

Cada día es más delicado el tema de las relaciones con menores de edad y las expresiones artísticas deben de ser sumamente cautelosas al tratar estos temas.  A inicios de la década de los noventa José José sacó un tema llamado: Cuarenta y veinte, que no fue recibido con entusiasmo por parte de la audiencia y algunos irreverentes le cambiaron el título a: Chochenta y veinte.  El año pasado, el escritor español Fernando Sánchez Dragó en su último libro narra una aventura sexual que tuvo en Japón en los años sesenta con dos menores de edad.  Lo anterior provocó un escándalo de tal naturaleza que al final tuvo que admitir que no era cierto, que no eran tan menores como había expresado y que relaciones, relaciones no habían existido.

Habría que recordar también el triste caso de Marcial Maciel, quien desde antes de su muerte había emprendido una veloz carrera hacia los altares y que al descubrirse su vida secreta cayó estrepitosamente hasta la sima y ni sus envidiables conexiones lograron amortiguar su caída.

Pequeña amante es una canción tan especial y que además nos trae enormes recuerdos y tomando en cuenta que nunca consideramos como parte esencial de la misma esos “peligrosos” dieciséis años, valdría la pena que Braulio retomara esa segunda versión que realizó y le cambiara la edad a “treinta y seis” que a estas alturas del partido, siguen siento muy pocos y que se alejaría del riesgo de realizar una apología de algo indeseable.

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