Archivo mensual: febrero 2010

La caridad es la llave del cielo

Si en algún lugar de Nicaragua se seguía al pie de la letra la estrofa del Himno Nacional que dice: El trabajo es tu digno laurel, era en San Marcos.  En esa pequeña ciudad había gente que tenía una verdadera vocación para el trabajo honrado.  No importaba si la persona tenía alguna limitación física; eso no era óbice para buscar el sustento mediante un trabajo productivo.  Uno de los ejemplos más claros de esta situación era la de Abel Vásquez, quien era ciego de nacimiento, sin embargo, logró superar esta limitación y se ganaba honradamente la vida vendiendo lotería.  Conducido por su lazarillo, recorría el pueblo desde muy temprano ofreciendo el premio mayor.  Era un tipo muy especial, regularmente llegaba a la botica de mi abuelo a comprar Bay Rum, tomando el vaso de la medida y echándose una buena parte encima y el resto se lo echaba a su lazarillo.  Tenía Abel también sus ratos de esparcimiento, pues cuando el Teatro Julia presentaba alguna película mexicana, entraba a escuchar la cinta.

De la misma forma, había personas que carecían de algún miembro y nunca se les ocurrió pedir limosna para ganarse el pan de cada día.  Uno de los mejores albañiles del pueblo era sordomudo y a base de señas lograba captar lo que sus clientes pretendían de su trabajo.  Mi tío, César Guevara, desde muy joven perdió la movilidad de una pierna, lo que le dificultaba su desplazamiento, sin embargo, siempre era el primero en llegar a sus trabajos y en sus ratos libres, iba a los lugares más lejanos del pueblo a poner un suero o a descubrirle las posaderas a quien necesitara de una inyección.

Sin embargo, el pueblo se veía invadido por una troupe de limosneros que durante todo el día apelaban a la solidaridad de los sanmarqueños y lo más interesante del caso es que todos ellos eran fuereños.  Seguramente al evaluar la falta de competencia de parte de los locales, miraban a San Marcos como una plaza atractiva.

El personaje más recordado y a la vez más emblemático del oficio era uno que parecía haber salido de la mente de Federico Fellini.  Circulaba en un pequeño carromato tirado por un cabro.  No se sabía a ciencia cierta cuál era su impedimento, pues a pesar de que daba la impresión de carecer de sus miembros inferiores, también parecía estar sentado en posición de flor de loto, así que era todo un misterio verlo en tan pequeña cabina.  Tampoco se sabía su nombre y la mayoría de la gente lo conocía como “El Señor del Cabrito”, que en estos tiempos podría haberse convertido en rival del “Señor de los Anillos”.  El pequeño carruaje estaba pintado de verde, con algunos adornos y en la parte posterior había una leyenda que decía: “La caridad es la llave del cielo”.  Es importante aclarar que esta persona no es la misma que se conoce en el folklore de la vieja Managua como “el del cabrito” quien también era limosnero pero a la vez majadero y vulgarazo de primera categoría.  Este señor, era más bien tranquilo, casi no hablaba, salvo cuando daba las gracias por la limosna recibida.  Su presencia era anunciada por el fuerte olor que emanaba el sufrido caprino y cuya presencia se adivinaba desde varias cuadras; animal que era fácil referencia cuando alguien no se bañaba y andaba olisco, por lo que le decían: “Yo creía que ahí venía el señor del cabrito”.

El más temido de todos era un invidente, de procedencia desconocida al igual que su apelativo y a quien se le conocía sólo por apodos, siendo los más utilizados “Mokorón” y “Tercera base” aunque muchos también se referían a él como “El ciego malcriado”.  Tenía una expresión grave y guardaba un extraordinario parecido con Sandino, máxime que le gustaba vestirse de kaki.  Era el ejemplo vivo del dicho: “Limosnero y con garrote”.  Llevaba el susodicho un garrote que le servía para guiarse y también para descargar su ira.  Cuando alguien no le daba una limosna consistente, profería los más agrios insultos y se escuchaba que le respondían, empezaba a dar garrotazos a diestra y siniestra.  Cuando en la calle los muchachos, amantes de ajochar a la gente le gritaban “Mokorón, tercera base” buscaba por donde venían las voces y empezaba a lanzar garrotazos como en piñata.  Hasta que un día, como a Juan Diego, le salió la virgen.  Alejandro Calero a quien por su tamaño se le conocía en el pueblo como “Calerón” y quien tenía una finca camino a Masatepe, llegó a donde Juan Molina a comprar provisiones en una camioneta que acababa de adquirir y a la cual cuidaba con esmero.  Estando de compras en la tienda, ocurrió que transitaba por ahí el famoso invidente y al divisarlo algunos lustradores comenzaron a gritarle sus apodos.  El ciego montó en cólera y empezó a distribuir garrotazos, echándole cada vez más swing al asunto y en una de esas alcanzó a impactar con su garrote la carrocería de la camioneta de don Alejandro.  Al escuchar el alboroto, el enorme señor salió y observó como el ciego malcriado se ensañaba contra su camioneta, lo cual provocó su enojo.  Se acercó al ciego y agarrándolo del cuello de la camisa lo levantó en peso, mientras le reclamaba agriamente.  Al pobre ciego como dice la canción, se le fueron los pulsos mmm.  Al terminar de sermonearlo, lo lanzó a media calle, ante la ovación de todos los curiosos que ya se habían reunido en el lugar.  El antes iracundo invidente se levantó zorrito, tomó su garrote y se alejó sin decir palabra y en lo sucesivo se guardó de administrar su ira, pues cuando adivinaban que deseaba tomar su garrote en son de guerra, bastaba con que le gritaran: “Ahí viene Calerón” para que se pusiera como el lobo ante San Francisco de Asís.

El que más terror infundía, especialmente en los niños, era un sujeto a quien se le conocía como “El dundo”.  Era un hombre de edad indeterminada que parecía haber sufrido parálisis cerebral, pero que en aquellos tiempos la gente consideraba que se trataba de algo diabólico o de algún pecado de parte de sus padres.  Caminaba dificultosamente, no podía hablar y los únicos movimientos coordinados eran los que hacía para meterse las monedas que recibía en el bolsillo del pantalón.  Llevaba una vara amarrada a su mano con una correa de cuero.  La saliva se le iba acumulando alrededor de su boca, de la cual sólo emanaba un ininteligible murmullo.  No era violento, sin embargo, su apariencia hacía que los niños corrieran a esconderse cuando aparecía.  En Jinotepe, por alguna razón se le conocía como “Figurín”.

Había un tipo bastante bajito, menudo, que caminaba como Chiquito de la Calzada y hablaba como Joselito.  No se le observaba ninguna limitación visible, salvo la desvergüenza de vivir de la caridad pública, pues poco le faltaba cantar aquella tonadita de los Churumbeles:  Porque nací gitanillo, le tengo miedo al trabajo. Le decían Juan Capullo y lo interesante de este sujeto es que cuentan que cuando murió se encontró en su casa una cantidad impresionante de dinero, producto de las limosnas que recibía, las cuales prestaba a un interés leonino.

Había un ciego que llegaba del lado de La Concha y que lo conocíamos como el Corazón de Jesús, pues tenía barbas hirsutas y ponía una expresión que lo hacía idéntico a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús de donde las Pérez, un cuadro que tenían en la sala y que si mal no recuerdo estaba adornado con dos lámparas rojas que simulaban dos pebeteros.  Este ciego empezó pidiendo con la cantaleta, “Una limosnita por el amor de Dios”, sin embargo con el tiempo lo deformó a “Menemenemen Mo Te Tioooo”.

También llegaban, quién sabe de dónde, dos mujeres a cual más folklórica, una de ellas era ciega y se llamaba Julia, portaba unos lentes oscuros, casi negros y era buena al perico, se dilataba en cada lugar platicando de Raymundo y todo el mundo.  Otra todavía más estrambótica era la Pío Pío, apodo que nunca supe a qué se debía, ni tampoco recuerdo cuál era su impedimento, pero se vestía con un traperío y cargaba con un motetero que no era jugando.

Mi abuelo tenía un presupuesto diario para dar de limosna en efectivo y cuando se terminaba se procedía a entregar un bollo de pan o cualquier otro alimento, sin embargo, algunos eran tan especiales que arrugaban la cara cuando no les tocaba “oro físico”.   En algunas ocasiones, por vagancia tomábamos de un recipiente en donde se almacenaban los “centavos negros” que habían salido de circulación y se los entregábamos a esos menesterosos, sin embargo, todos ellos eran abismo sin apeadero y detectaban el engaño, lanzándonos cualquier tipo de epíteto.  Al único que teníamos vetado y lo mandábamos a volar era un tipo bastante joven, cuyo único defecto era que tenía el pie derecho tieso, andaba descalzo y parecía como cuando alguien prueba la temperatura del agua del mar, sin embargo, daba la impresión que fingía.

Fue después de muchos años, que haciendo un recuento de todos estos especímenes, que llegué a la conciencia de que en San Marcos no había pordioseros.  Todos eran importados.  Es hasta ese momento que uno llega a valorar todo aquellas lecciones de orgullo y entereza de parte de tantos conciudadanos, que sin importar sus limitaciones o adversidades hacían del trabajo su digno laurel.  A todos ellos, mi reconocimiento imperecedero y mi sincero agradecimiento por su invaluable ejemplo.

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Luces de Nueva York

Las tibias noches de verano eran motivo para que familias, parejas de novios o amigos, salieran a pasear por el parque de San Marcos y de vez en cuando disfrutar de un refresco en los pocos cafetines que había en el pueblo.  Era una de esas noches, allá por el año de 1958, el Salón Rosado de don Enrique Vivas tenía una nutrida concurrencia y mientras la roconola amenizaba con los éxitos de la época, los parroquianos disfrutaban de un refresco natural, una gaseosa o una cerveza, en un ambiente tranquilo o como decían en aquella época, familiar.

En una de las mesas cerca de la roconola, una pareja departía cordialmente, el muchacho tímidamente le tomaba la mano a la muchacha que parecía ser bastante mayor que él.  Mientras apuraban sus respectivas bebidas, conversaban sobre las nimiedades que acostumbran las parejas de enamorados.  De pronto, por la puerta del Salón entró un hombre que se detuvo en el umbral de la puerta, observó a los presentes en el lugar y después de verificar que la muchacha se encontraba en una de las mesas, se dirigió al interior del local.

La muchacha al verlo se puso blanca como papel y de repente sintió que la chicha se le subía a la garganta.  Cabe aclarar que ella disfrutaba de un vaso de chicha de maíz y su acompañante una cerveza.  Luego sin despegarle la mirada a la muchacha, el hombre se dirigió directamente hasta la roconola, sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos que introdujo en el aparato, pulsó dos teclas y cuando vio que el selector se movía para poner el disco escogido, sin dejar de mirarla fijamente, buscó la salida y se perdió en la noche.  De pronto las trompetas de la Sonora Matancera inundaron el local con su característico timbre y su clásico ritmo, sin embargo, cuando se escucharon las primeras estrofas de la canción, la joven sintió morirse, del blanco pálido pasó al rojo casi morado.  Fue en un cabaret, donde te encontré, bailando, vendiendo tu amor, al mejor postor, soñando….

El muchacho que a pesar de las cervezas tenía lo oreja fría, se desconcertó al mirar a su acompañante a punto de dar el barquinazo y decidió que lo mejor era llevar a la joven a su casa; pagó la cuenta, ayudó a su pareja a alcanzar la salida, la sentó en barra delantera de su bicicleta y comenzó a pedalear en medio de la penumbra de las calles del pueblo, mientras en el Salón se escuchaba todavía el coro de la Sonora: Adiós, cabaretera, adiós, adiós.  La concurrencia inmersa en sus propios asuntos no puso mucho cuidado a lo que pasó, sin embargo, en una mesa, una señora, alerta como un lince, no había despegado los ojos de todo lo ocurrido desde que entro el hombre aquel.

La mañana siguiente, Radio Bemba, como dicen en Cuba, se encargó de diseminar la noticia en todo el pueblo, antes del mediodía ya se conocían los pormenores del asunto y para esa noche, en el hit parade de todas las roconolas de San Marcos, la Sonora Matancera colocaba en primer lugar su tema: Luces de Nueva York.

Vivía aún su época de oro la Sonora Matancera cuando en 1957 grabó el sencillo Luces de Nueva York. El tema es original del trompetista y compositor boricua Roberto “Tito” Mendoza y fue interpretada por el cantante puertorriqueño también, Johnny López. Por alguna razón no funcionó esa asociación, pues la Sonora solamente grabó con López dos temas.  Por otra parte, dichos sencillos no tuvieron el impacto que tuvieron en esa misma época los temas de la Sonora con otros intérpretes como Celio González, Bienvenido Granda, Daniel Santos, Celia Cruz, Nelson Pinedo, Carlos Argentino, Leo Marini o Vicentico Valdez.

La canción Luces de Nueva York tiene un tema sórdido como la mayoría de los éxitos de la Sonora Matancera y trata del despecho que siente el intérprete por la traición sufrida de parte de su ex pareja, una cabaretera a la cual sacó de ese ambiente, le ofreció su amor y que al final  junto con el reclamo le pide que vuelva al lugar de donde salió.  La ambientación del mismo ocurre en la ciudad de Nueva York, justificable tal vez por la nacionalidad del autor, quien en medio del despecho saca la vena poética para expresar:  Allí quemaron tus alas, mariposa equivocada, las luces de Nueva York.  Habría que recordar que la primera película norteamericana totalmente sonora fue precisamente la que llevaba como título Luces de Nueva York del director Bryan Foy.

Años más tarde, la agrupación musical mexicana a quien Jesús Martínez “Palillo” bautizó como la Sonora Santanera, decidió grabar ese mismo tema, habiéndose convertido en un éxito arrollador en ese país.

Para llegar a comprender el motivo por el cual, una versión que para muchos no supera al tema original de la Sonora Matancera, logró cautivar al público mexicano, es menester analizar algunos factores.  En primer lugar habría que considerar lo que representa el cabaret para el mexicano y esto se puede observar claramente en la reiterada aparición del mismo en toda la producción del cine mexicano de mediados del siglo XX, incluyendo las películas de Cantinflas, Tin-Tan, María Antonieta Pons, Tongolele y Ninón Sevilla, que convirtieron al antro en el lugar de culto a la belleza femenina y la exaltación de todas las pasiones y desenfrenos que se desencadenaban alrededor de ella.  Por otra parte, habría que tener en cuenta que el dancing constituye todo un fenómeno cultural en México y por tanto los lugares como el Salón Los Angeles (Quien no conoce Los Angeles no conoce México), el California, el Colonia, el Tropicana, el Bar León y tantos más, tuvieron un significado muy especial en la clase obrera de la capital mexicana y fue ahí precisamente donde la Sonora Santanera logró imponer un estilo propio, con temas que hacían vibrar al público que acudía a los mismos.  Por eso, más de cincuenta años después de fundada la Santanera, el tema Luces de Nueva York continua siendo una de las piezas más solicitadas de la agrupación.

En las últimas semanas, en muchas radiodifusoras de Nicaragua se ha estado trasmitiendo en forma bastante insistente una nueva versión de Luces de Nueva York.  La misma tiene la ventaja de todos los adelantos tecnológicos de la grabación que compensan las limitaciones interpretativas tanto a nivel de cantante como de la propia orquesta.  El tema corresponde al álbum Amar y querer, Un homenaje a las grandes canciones del intérprete mexicano Kalimba Marichal.  Cabe anotar que este novel cantante surge de la fábrica en serie de grupos de Televisa, integrando una de las versiones del grupo La Onda Vaselina.

El álbum supuestamente se comercializa bajo el concepto de las “grandes bandas” bajo la óptica, no de llegar al nivel interpretativo de Glen Miller o Tomy Dorsey, sino de alcanzar una agrupación con más de seis músicos y podría considerarse más bien como un sub productos de uno de los programas de concursos del grupo Televisa.  El tema en cuestión, a pesar de contar con arreglos que pretender llenar la melodía con todos sus recursos, no alcanza el sabor que debe tener la sordidez de un lugar como el de la canción, tal como en su momento logró la versión de la Sonora Matancera.  La interpretación de Kalimba no está mal, sin embargo, maneja unos pick ups que lejos de acercarse a Pérez Prado, se escuchan ridículos y al final de la canción, se enreda en unos lances juangabrielísticos que no van con el tema.

De cualquier manera, ese tema me llevó de regreso a mi niñez, a aquellas noches interminables de música en la roconola del Salón Rosado y a aquellos cuentos a los cuales los niños no teníamos acceso y que solamente parando bien la oreja lográbamos escuchar retazos de esas historias. Nunca supe quiénes fueron los protagonistas de aquel cuento, ni si al final la muchacha logró escapar de su pasado, que tal vez no había transcurrido precisamente en un cabaret, sino en un simple “chelineado”.  Tiempos aquellos en que tan sólo escuchar esa palabra bastaba para ponerle eriza la piel a muchos, pues todavía no habían escuchado cantar a Sally Bowles quien con extrema profundidad y emoción afirmaba: Life is a Cabaret.

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De donde fue el Munich

Para muchos capitalinos que viven en el occidente de la ciudad, en particular en la confluencia de Miraflores, Monseñor Lezcano, Loma Verde y Linda Vista, durante casi cuarenta años el Restaurante Munich ha sido un punto de referencia fundamental.  Es más, la dirección que aparece en mi cédula de identidad tiene como referencia a ese legendario local.  Oficialmente debería ser la 35 Avenida Sur Oeste, sin embargo, prevalece la muy arraigada costumbre nicaragüense de guiarse por puntos específicos de referencia en lugar de utilizar la nomenclatura internacional de nombre de calles, número oficial del inmueble y zona postal y los documentos oficiales no escapan a esta añeja práctica. En Managua estos puntos de referencia están unidos a la ancestral costumbre de nuestros antepasados indígenas de nombrar arriba al este y abajo al oeste y por añadidura el lago que está al norte y la montaña, es decir la loma de Tiscapa, al sur.  El problema no está en estos puntos de referencia en sí, pues después de tantos años nos hemos llegado a acostumbrar a este caos, sino que en que los mismos no son eternos y de la noche a la mañana pueden desaparecer.

De esta forma, en este maremagno debemos acostumbrarnos también a manejar el “donde fue” en los casos en que nuestro punto de referencia haya desaparecido y así manejamos “de donde fue Lozelsa”, “de donde fue La Moneda”, “de donde fue el Banco Popular”, “de donde fue La Vicky”, “de donde fue El Lacmiel”.  Así pues, el simple acto de dar con una dirección, lleva implícito un ejercicio de historia y geografía.

Lo interesante en estos casos, es presenciar el momento en que uno de estos lugares pasa de ser una histórica existencia a un melancólico recuerdo.  Lo mismo que sucede cuando a un conocido que pasó a mejor vida se le agrega el fatídico (q.e.p.d), lo cual no deja de causarnos cierto escozor; de la misma manera, no deja de provocarnos una extraña sensación el denominar nuestro lugar de referencia con el “de donde fue”.

Esto sucedió recientemente con el recordado Restaurante Munich, protagonista de mi artículo “Y nos dieron las cinco”.  Después que su dueña Angelita, abatida por la edad y la enfermedad decidió retirarse a su casa de El Crucero y al no existir alternativas para su administración, decidió cerrar el emblemático lugar.  Por unos meses lo alquiló a un karaoke que no logró despertar el interés de los trasnochadores clientes y al poco tiempo volvió a estar desocupado.  Para quienes transitamos frecuentemente por ese lugar, se mantenía la expectativa de que algún día podría regresar el Munich, sin embargo, el tiempo pasaba y el lugar continuaba cerrado.  Hace unos pocos meses, el local comenzó a ser remodelado y las especulaciones no se hicieron esperar, pues se hablaba que sería un auditorio o gimnasio de un centro de estudios vecino, se manejaba que podría ser una tienda de ropa de pacas, sin embargo, hace unos pocos días, el misterio quedó develado, se trata de un templo.

Pareciera una ironía que el lugar que sirvió de refugio a trasnochadores que llegaban a finiquitar los asuntos pendientes de una fiesta y que acompañados de los mejores mariachis y tríos de la ciudad, ahogaban sus penas en el alcohol de su preferencia, ahora sirve de refugio a ciudadanos desesperados que tratan de encontrar alivio y mitigación a sus penas, aunque de diferente manera.

Y es que el templo que ocupa el lugar del Munich es nada menos que una sucursal de la famosa Iglesia Universal del Reino de Dios “Pare de sufrir”.  Esta iglesia fue fundada a finales de los años setenta en Brasil por Edir Macedo Bezerra, ex empleado de la lotería y proclamado obispo.  Con el apoyo de una fuerte campaña mediática, en especial por espacios comprados a la televisión, la iglesia se diseminó alrededor del mundo.  Su filosofía basada en el cristianismo, está apoyada en la liberación de las fuerzas malignas, pues según ellos la pobreza es del diablo y el diablo está presente en todos los males y para esa liberación utiliza ciertos objetos “sacramentales” que ellos denominan como puntos de fe, como son el aceite de Israel, la sal bendecida por el espíritu santo, el agua bendita del río Jordán y el jabón de la descarga.  Practica además la costumbre del diezmo de parte de sus afiliados.

Su presencia en muchos países se ha visto mezclada con innumerables pleitos que en algunos casos han llegado a los juzgados por las polémicas desatadas en torno a que si se trata de una religión o una secta, que si se trata de un culto o un negocio, lo que ha provocado airadas discusiones que en momentos parecen la canción de Burundanga.

En Nicaragua, esta iglesia comenzó a expandirse en los años noventa, adquiriendo las instalaciones de las recordadas salas de cine para convertirlas en sus templos.  Se inició con el lema Oración fuerte del Espíritu Santo, Pare de Sufrir y se ha extendido en todo el país, abarcando en la actualidad más de una veintena de templos.  Al igual que en otros países, su presencia ha causado una enorme polémica respecto a la pureza de sus intenciones.  Es recordado el caso cuando en 2005, después de una negativa de parte de los personeros de la iglesia de conceder una entrevista a la revista Magazine, un periodista de esta publicación se infiltró en uno de los templos y de acuerdo al reportaje correspondiente, fue sorprendido por las autoridades del mismo y encarcelado en las instalaciones en donde con el jabón bendito le descargaron un guapirulazo a su cámara, dejándola inservible.  El reportaje también hacía una reseña de los aspectos financieros que rodeaban al culto de la citada iglesia.

En la actualidad, debido a consideraciones legales y de marketing, los templos ostentan una nueva denominación: Jesucristo es el Señor, Centro de Ayuda, tratando tal vez de borrar los sinsabores que pudo haber dejado la Oración Fuerte del Espíritu Santo.  Ahora se ofrece ayuda a todos los que deseen acudir, sin importar su religión para curar ciertas enfermedades, conseguir empleo, retener a la pareja, hacerse rico (aplican restricciones).

Así es que si transita por los alrededores del Seminario Nacional, no se asuste si en el lugar donde estuvo tanto tiempo el legendario Munich, observa un edificio color beige que lleva en letras rojas: Jesucristo es el Señor, con una palomita del mismo color en la parte superior, en donde cientos de esperanzados rezadores, elevando sus carteras al cielo, pedirán para que el Altísimo resuelva todas sus desventuras, no importa que el eco de otros tiempos almacenado en sus paredes, traiga de nuevo al recinto aquellas voces que al amanecer cantaban:  Me cansé de rogarle, Peso sobre peso, Ya no insistas corazón, Sufriendo a solas, Con golpes de pecho o Perdón no pido.

Lo más trágico de todo es que ahora mi cédula de identidad ha quedado completamente obsoleta, pues la foto en donde todavía salgo chavalón, no se me parece, la firma ya no me sale igual y para rematarla, la dirección ya no es válida pues habría que agregar:  De donde fue el Munich…

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La cocoroca

Para un pueblerino que “bajaba” a Managua, como dice Roberto Sánchez Ramírez, todo lo que se vivía en la gran urbe era una experiencia fantástica y de manera especial cuando se recorría la zona de los Mercados Central y San Miguel.  Lo más insólito para mí era ver a unas señoras que vendían vasos de agua helada, pues para mi rústica manera de pensar, el agua de beber no podía venderse, siendo que en la casa de los abuelos en San Marcos nunca se le negaba un vaso de agua al sediento transeúnte.

Recuerdo que en algunas ocasiones cuando acompañaba a mi padre a comprar su café molido El Gallo donde don Santos Reyes, pasábamos visitando a la tía Juanita, una prima de él que tenía un puesto de zapatos en el San Miguel.  En cierta ocasión, mientras mi padre conversaba tranquilamente con su prima, esta de pronto observó que alguien se acercaba y con una sonrisa nerviosa exclamó en voz baja: – Ahí viene la Cocoroca.  Entre la multitud apareció una mujer, no podría precisar su edad, pues cuando uno es niño, cualquiera que pasara los quince años es un adulto.  Se trataba de una mujer un poco más alta que el resto de las mujeres, de tez clara y con una expresión que me hacía recordar uno de los “frescos” que había pintado Marenco en la iglesia de San Marcos, en donde había una mujer que con unos grandes ojos seguía el camino de Jesús hacia el Calvario. Llevaba una pequeña canasta en donde cargaba una cantidad de pequeños frascos que ella pregonaba como perfumes finos.  Cuando le ofreció a mi tía, ella con un tono exageradamente cortés le dijo: -Ahorita no, tal vez en otra pasadita.  Cuando siguió su camino, mi tía respiró profundamente y a manera de explicación le dijo a mi padre: -Dios guarde esa boca.

Cuando mis viajes a Managua fueron más frecuentes y cuando luego me trasladé a vivir ahí, me fui acostumbrando a ver a esa legendaria figura transitar por los mercados, sin embargo, sinceramente nunca tuve la oportunidad de escucharla lanzando sus famosas retahílas con las más soeces bascosidades que la habían hecho tan temida en toda la novia del Xolotlán.

Don Mario Fulvio Espinoza relata con espeluznantes detalles el duelo que sostuvieron la Cocoroca y la Chorro de Humo y que incluí en el artículo “La barata de Tex Ramírez”.  Según don Mario Fulvio, después de pasar casi seis horas de interminables insultos de lo más procaz que pudo haberse escuchado en esa época, Tex Ramírez se aburrió y se fue a dormir, de tal forma que cuando ellas también se aburrieron se decidió darles un empate en ese duelo.

Don Mario Fulvio también narra de manera muy jocosa el enfrentamiento entre la Cocoroca y una morena costeña a quien llamaban la Harry Truman, quienes después de lanzarse los peores epítetos jamás escuchados por los capitalinos, el duelo quedó a favor de la Cocoroca, al haber perdido el habla su contendiente, quien se aburrió de seguir peleando con puras señas y optó por coger sus bártulos y poner pies en polvorosa.

A pesar de ser uno de los personajes emblemáticos de la vieja Managua es poco lo que se sabe de la Cocoroca.  Su nombre era Matilde y vivía en el barrio Cristo del Rosario, colindante con San Antonio y San Sebastián.  Procedía de un hogar muy pobre, situación que la había lanzado a la calle a ganarse la vida a muy temprana edad, habiéndose dedicado a múltiples oficios entre ellos vendiendo tortillas, frutas, ropa, hasta que finalmente encontró el oficio que ejerció por más tiempo, la venta de perfumes.  A finales de los años treinta y comienzo de los cuarenta, un individuo encontró un floreciente negocio que consistía en vender perfumes en pequeños envases, los cuales podía vender a precios bastante económicos y que le dejaban buenos márgenes de ganancia.  Este comerciante, pasaba por las farmacias comprando los envases vacíos de las píldoras rosadas, que eran diminutos tubos que tenían un taponcito de corcho en la punta.  De esta manera llenaba los pequeños envases con pachuli y otras esencias aromáticas y salía a venderlas con un eslogan que lo haría famoso:  Regalado el envase.  Frase que se haría famosa en Managua cuando alguien quería menospreciar la calidad de algún perfume. Pues resulta que en algún momento el comerciante sintió que no se daba abasto para la venta del perfume y decidió contratar a un vendedor, encontrando en Matilde un buen prospecto para este fin.  En ese tiempo ya se sabía que la Cocoroca era la encarnación criolla del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues al momento de ofrecer los productos era toda dulzura pero bastaba que alguien la agrediera para que se transformara en un dragón que despedía los más crueles insultos.  El caso es que de la noche a la mañana, la Cocoroca se convirtió en vendedora de perfumes.

Años más tarde, cuando el comerciante pasó a mejor vida, la Cocoroca se quedó con el negocio y cuando aparecieron los envases de penicilina, aquellos que tenían un sello de aluminio en la parte superior y que al quitárselo quedaba solo un tapón de hule, tuvo una alternativa más para ofrecer sus productos, mismos que habían ampliado el surtido ofrecido pues además del clásico pachuli, había una imitación del Heno del Campo, una de Cher Amie y varios más.

Sobre la agresividad de la Matilde, que parecía ser algo patológico, nadie podía dar razón de su origen.  Habría que recordar que en aquellos tiempos lo más fácil era etiquetar a cualquiera de estas personas como loco (a) y asunto concluido.  Podría ser que algunos sicólogos modernos afirmen que se trataba de una coprolalia, típica del síndrome de Tourette, sin embargo, el comportamiento de la Cocoroca estaba muy lejos de la sintomatología presentada por los pacientes que sufren de este síndrome.  Lo más probable es que esta mujer hubiera desarrollado dicha agresividad verbal como un mecanismo de defensa, pues es muy posible que hubiese vivido experiencias de violencia intrafamiliar, si no es que de abuso sexual. Lo cierto es que cuando esa agresividad se volvió famosa e infundió temor y respeto en la mayoría de locatarias de los mercados, la Matilde Cocoroca empezó a sentirse importante.  Además del temor que infundía la Cocoroca, llegó a convertirse en el último recurso para zanjar cualquier diferencia o altercado que pudiera ocurrir en la zona de los mercados, pues cuando un asunto pasaba a mayores, mandaban a llamar a la Matilde para que lo finiquitara y esta ni corta ni perezosa con el filo de su lengua lograba concluir cualquier asunto.

Pero como decía doña Elsita, a cada chancho le llega su sábado.  Una calurosa mañana de marzo, la Matilde Cocoroca recorría el mercado San Miguel, como dueña y señora, ofreciendo con su característico tono los perfumes más finos de Managua a precios al alcance de todos.  Cuando pasó por la comidería de doña Clotilde, con quien llevaba cierta amistad pues la Matilde le regalaba uno que otro perfume y la señora la invitaba a comer de vez en cuando.  Esa mañana doña Clotilde tenía una sopa de mondongo de primera, favorita de la Matilde y jugando-jugando se autoinvitó a un plato, que se le hizo poco y pidió un segundo, pues para mantener afilada su lengua, comía como pelón de hospicio. Al terminar la opípara comida, abundante en verduras, toalla y pata, la Matilde apenas podía incorporarse y cuando lo logró parecía aquellos sapos disecados que con una guitarrita vendían en el aeropuerto.  Siguió su periplo por el mercado, pero a un paso que parecía acompañar al Santo Entierro.  De repente, una comisión llegó a buscarla pues en un puesto de ropa, había surgido un diferendo que la locataria no podía solucionar.  Un tanto a regañadientes, la Matilde fue a cubrir su misión y se encontró con que la marchanta que había originado el altercado era una mujer menuda, vestida humildemente y que cargaba una bolsa demasiada grande para su tamaño.  La Cocoroca iba ya preparada para soltarle una andanada de insultos, cuando la mujer, de manera impasible se acercó a ella y empezó a susurrarle al oído.  Tardó tal vez unos veinte segundos, pero para la muchedumbre ansiosa de otro espectáculo le pareció una eternidad.  Cuando la mujer terminó, se fue caminando tranquilamente con su bolsa, mientras que la Matilde empezó a respirar dificultosamente, sus fosas nasales parecían que iban a reventar, mientras cada vez hacía un mayor esfuerzo para jalar aire.  Sus orejas se empezaron a mirar rojas como tomates, su cuello se hinchaba como sapo y sus ojos amenazaban con desorbitarse.   Al verla descompuesta, una locataria le acercó una silla y la Matilde cayó pesadamente, resoplando y ahí se quedó.  Las locatarias no sabían qué hacer, pues parecía que le iba a dar un soponcio y a pesar de que le preguntaban qué le pasaba, aquella no respondía y se limitaba a resoplar como olla de nacatamales.  Después de hora y media, la Cocoroca se levantó pesadamente, tomó sus perfumes y caminó hacia el rumbo de abajo.

Después de tres días que no se miró a la Matilde por los mercados, al fin, al cuarto día se apareció con sus perfumes, sin embargo, parecía otra persona, callada, ofrecía sus productos con leves balbuceos, cuando quería, saludaba con la cabeza a las locatarias y lo más raro fue que ante un atrevido que se atrevió a gritarle “Cocoroca”, no le respondió absolutamente nada.  Cuando sus amigas le preguntaban qué le pasaba, se limitaba a contestar con un bajo e ininteligible susurro, lo mismo sucedía cuando alguien se atrevía a preguntarle qué le había dicho aquella mujer.  Nunca se le volvió a escuchar palabra con claridad, parecía que su apodo se hubiese anticipado a lo que se convertiría con el tiempo, pues realmente se le escuchaba como el canto de una cocoroca.

Las conjeturas comenzaron a volar como papalotes, algunos decían que aquella mujer le había susurrado una maldición a la Cocoroca, otros especulaban si había sido una fuerte amenaza, otros le echaban la culpa al gran saco que cargaba la mujer.  La tía Juanita se limitó a decir:  Es el Armagedón papito.

Un día la Matilde no volvió a llegar a los mercados, se corrió el rumor de que se enfermó,  se decía que era el azúcar, la presión alta y demás dolencias.  Aprovechando la ausencia, comenzaron a aparecer otros vendedores de perfumes y poco a poco la imagen de aquella temida mujer fue disolviéndose en aquel colectivo.  Sin embargo, su recuerdo no desapareció del todo, pues en todas las crónicas de la vieja Managua ocupa un lugar privilegiado y cada vez que se habla de vocabulario soez, sale invariablemente a colación la figura de la Matilde Cocoroca, la quintaesencia de la vulgaridad.

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Tan cebada como el borrico

En las últimas semanas algunas ciudades de Nicaragua han visto que en los rótulos tipo “monolito” de boulevard, así como en aquellos adosados a la parte posterior de los autobuses urbanos, se desarrolla una campaña publicitaria que pregona en sus diferentes versiones:  Tan cebada como el Güegüense, Tan cebada como Ometepe, Tan cebada como el gallo pinto, Tan cebada como la marimba y así por el estilo.  Luego viene la identificación del producto publicitado: Tang Cebada, con una imagen del envase del nuevo producto y lacónicamente remata el anuncio con: “Sabor 100% nicaragüense”.

Se trata de los refrescos instantáneos de la marca Tang que desde hace unas dos décadas se comercializan en el país por parte de la transnacional Kraft Foods, con un surtido de sabores que se ha ido incrementando con el tiempo y que ahora ha decidido incursionar en el mercado local con un sabor que es tradicional en el gusto de los nicaragüenses.

Resulta extraño es que una empresa tan fuerte y con amplia experiencia en la comercialización de productos de consumo masivo se haya embarcado en una campaña publicitaria tan mal diseñada.  El mensaje se basa en el juego de palabras con el adverbio “tan” y el nombre del producto Tang, a través del cual los genios publicistas pretenden que su población objetivo llegue a interpretar el vocablo “cebada” como sinónimo de “nicaragüense” y que de esta manera el producto Tang cebada sea algo propio del gusto local y por lo tanto el mismo se venda como pan caliente. Obviamente existe un error gramatical enorme, pues el adverbio sólo puede modificar a un verbo, a un adjetivo o a otro adverbio.

Esta forma de razonar de los brillantes gurús del marketing, vanos émulos de Seth Godin, está muy lejos del extraordinario lance que realizó la marca original, General Foods Corporation, que lanzó por primera vez el Tang en los Estados Unidos a finales de los años cincuenta. De manera subrepticia, la empresa echó a rodar el rumor de que el refresco en polvo Tang de naranja, que fue el sabor original, había sido encargado por la NASA para su programa espacial, no obstante, cuando los funcionarios de esa agencia negaron el hecho, gran parte de los consumidores norteamericanos ya se habían tragado el anzuelo, logrando que la bebida se posicionara fuertemente en el gusto popular.

Es necesario aclarar que el producto en sí no es nuevo en Nicaragua, pues el polvo para preparar una bebida imitación fresco de cebada ya existe en el mercado local, pues por mucho tiempo Café Soluble ahora bajo la marca SASA y El Caracol han contado en su línea de cereales con ese sabor.  Es obvia entonces la intención de Kraft Foods de querer arrancarle una buena rebanada de pastel a esas empresas.

No obstante, el punto neurálgico en todo esto es el hecho de que el ni fresco de cebada ni mucho menos el cereal son para nada autóctonos nicaragüenses.  Según algunos investigadores la cebada es originaria de las regiones de Persia próximas al Mar Caspio y es el primer cereal que fue cultivado por el ser humano.  Por sus características debe ser cultivado en ciertas latitudes, por ejemplo en el norte de Europa y de América.  De esta manera en países tropicales como Nicaragua es imposible que pueda cultivarse este cereal, por lo que debe ser importado.  Históricamente se ha traído de Canadá y de Alemania.

Los usos básicos de la cebada se refieren a sustituciones del arroz o la pasta, en sopas, en pan mezclada con trigo, así como también para elaborar la malta para la fabricación de cerveza o para los fermentos de donde se fabrica el whisky y otras bebidas alcohólicas.  En España está muy generalizado el uso de la cebada como alimento para el ganado; tal vez muchos recordarán aquel éxito de los Churumbeles de España “El Gitano Señorón” que remataba con la frase: “Si el borrico ya murió, pa´que quiere la cebá”, frase que inmersa en la más pura lógica agustiniana, motiva a una profunda reflexión filosófica.

Es interesante anotar que en España en el siglo XIV, después que tradicionalmente se bebía agua o vino, empezó a estilarse la preparación de agua con algún saborizante y endulzante, que en un inicio se llamaban “aguas olorosas” y que dieron paso a los refrescos.  En el siglo XVIII ya se documenta la aparición del “agua de cebá” que era un refresco preparado a partir de una infusión de granos de cebada que luego se colaba y se endulzaba con azúcar de caña y a veces se le agregaba canela o limón.  Este refresco se expendía en horchaterías en donde se vendían varios tipos de refrescos entre ellos la famosa horchata de chufas.  Habría que aclarar que el vocablo horchata se deriva del nombre científico de la cebada: Hordeum vulgare. Algunas crónicas reseñan la popularidad que tenía el agua de cebá en Madrid en el siglo XIX, tanto por su bajo costo, como por sus facultades medicinales, pues se creía que prevenía la tuberculosis.  Se vendía en cafés, horchaterías y por muchachos que la ofrecían de puerta en puerta.  También es importante resaltar la popularidad que tiene esta bebida en el gusto inglés, en donde varias marcas la ofrecen embotellada y no es raro observar alguna personalidad que asiste al Torneo de Wimbledon aliviar la sed con un Lemon Barley Water.

Los españoles trajeron a América el agua de cebá y puede observarse que todavía persiste en México, en los estados de Aguascalientes, Nayarit y Sinaloa, en Centroamérica y algunos países sudamericanos como Perú.  En Nicaragua la cebada es un refresco tradicional pero que se prepara con ligeras variantes.  En primer lugar se le agrega al agua que se pondrá a hervir, pimienta de Chiapas, conocida también como pimienta de olor, luego que se incorpora la cebada se le agrega espíritu de frambuesa, que le provoca un color rosáceo y le otorga un sabor especial.  Es importante que la mezcla no se cuele, pues en Nicaragua se sirve este refresco con todo y chingaste (ya la ídem, diría un mexicano).  De acuerdo a los gustos y preferencias se le da una mayor o menor espesura mediante el agua adicional que se le agrega.  Es un refresco que se sirve extremadamente frío, ya sea mediante su permanencia en un freezer o agregándole hielito pi-picado.

Cada quien tendrá gratos recuerdos de la refresquería en donde probó la mejor cebada del mundo, pues habría que señalar que estos expendios de refrescos constituyen un lugar emblemático para cada comunidad.  Los sanmarqueños sin duda alguna recuerdan a la Sarita, que con un carretón techado y sumamente adornado recorría las principales calles del pueblo ofreciendo raspados y sabrosos refrescos naturales, entre ellos la popular cebada.  Sin embargo, la cebada cuya fama trascendió los límites del pueblo fue la de El Barcito.  Ese pequeño local formaba parte del Teatro Julia, pues era parte de su estructura y con acceso directo a la casa de doña Amadita, dueña del Teatro.  Como una compensación a su extrema fidelidad, doña Amadita le permitió a su dama de compañía, su sobrina Chabelita, matar sus chivitos con la venta de reposterías y refrescos en ese galillito.

La Chabelita tenía una gran facilidad para preparar una repostería exquisita y para elaborar refrescos naturales de una buena calidad y en especial el fresco de cebada que tenía un sabor especial, además de que al estar guardado en un freezer se ofrecía a una temperatura extremadamente fría, al punto que algunas veces con el cucharón debía de romperse la capa de escarcha que se formaba encima de la cebada.  Otra facilidad que tenía esta señorita era la de seleccionar a su personal cuidadosamente para dar una imagen agradable a El Barcito.  Una primera dependienta que tuvo, fue sonsacada por un aspirante a las artes plásticas, así que la Chabelita tuvo que importar de Santa Teresa a una muchacha rubia, ojos azules con una presencia agradable llamada Irma que logró que las ventas del Barcito subieran vertiginosamente.  Todos los varones del pueblo desfilaban por el local en busca de una sabrosa cebada, una repostería y la oportunidad de echarle la “convencedora” a la Irma.  Cabe señalar que la fama de la cebada de El Barcito se extendió por todo Carazo y hasta la capital, pues de repente se miraban automóviles foráneos estacionarse ahí en busca del famoso refresco.  Un día, la Irma desapareció y en su lugar la Chabelita tuvo que sustituirla con una chaparrita, blanca a quien le decían “la Chelina” pues era hermana de Chelín, un lustrador del pueblo.  Cuando en 1973 el Teatro Julia fue vendido para convertise en El Plaza, El Barcito también fue parte del trato y de esta manera fue concesionado a don Enrique Vivas, quien le dio un giro diferente a la oferta del expendio.  En las ruinas del Teatro Julia todavía se puede adivinar aquel famoso local que hizo historia con una de las cebadas más sabrosas de la región.

Dicen que en gustos se rompen sacos, así que para mi particular gusto la mejor cebada es la que preparaba la tía Leticia.  Ella nunca pudo hacer negocios pues no le interesaba el margen de ganancia, sino que pensaba en términos de calidad y de satisfacción del cliente.  En San Marcos hacía unos helados que eran una delicia, en especial los de leche y de coco.  Además de ser preparados con leche pura, a los primeros les ponía una dosis mínima de guaro que le daba un toque exótico (si hubiera tenido cognac a la mano, se lo hubiera puesto).  Así mismo, en lo referente a los refrescos no escatimaba en gastos con tal de que su sabor fuera de primera calidad.  Cuando se trasladó a Managua en donde el calor demandaba una bebida sumamente refrescante, empezó a preparar una cebada exquisita.  Recuerdo que por las noches, después de recorrer a pie un total de 26 cuadras, que era el trecho entre la Facultad de Economía y la tienda de la tía Letty, llevaba una sed de camello, entonces iba al freezer en donde ya en el recipiente de la cebada se habían asentado los ingredientes de mayor densidad y cuidadosamente sacaba con un cucharón la parte suspendida y la vertía en un vaso de Café Presto de los grandes, saliendo un refresco más ligero, menos dulce y con un color rosado pálido.  Luego como un Rasputín ante una botella de vodka, apuraba con deleite cada trago de aquella ambrosía.

En la actualidad todavía se mantiene en Nicaragua el gusto por el fresco de cebada, sin embargo, el consumo del cereal en grano para prepararlo es cada día menor, pues la gran mayoría tiene que conformarse con productos en polvo para su preparación instantánea, en donde algunos excipientes de bajo costo son tratados para otorgarles un sabor parecido al de la cebada original.

Las investigaciones médicas han encontrado grandes propiedades medicinales en la cebada, como el mejoramiento del perfil de lípidos sanguíneos, en especial la reducción del colesterol malo, además de ayudar en la digestión, desintoxicar el organismo y servir de diurético, así que vale la pena buscar la cebada en grano, pimienta de Chiapas y espíritu de frambuesa para preparar un pichel de este sabroso fresco. Los afectos a las imitaciones, al sabor artificial y a la tomadura de pelo, pueden comprarse el nuevo Tang sabor cebada.  De cualquier manera, no hay que hacer esperar a este deleite, pues es prudente recordar el estribillo que con enorme pasión cantaba Juan Legido: Si el borrico ya murió, pa´que quie´eeeeeeeeeeee, la cebá.

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El legendario Town Club

Para el año 1957, San Marcos, Carazo parecía estar despertando a la modernidad.  La ciudad había sido seleccionada para albergar a la nueva Escuela Normal de Señoritas que con el nombre de Salvadora Somoza funcionaba hasta ese entonces en la ciudad de Jinotepe.  El ambicioso proyecto contemplaba la construcción de un complejo educativo con todas las especificaciones que una nueva escuela normal demandaba, además que gracias a un convenio con la UNESCO, un grupo de chilenos especialistas en pedagogía vendría a Nicaragua a brindar asistencia técnica en el nuevo modelo educativo.

De esta manera, un enorme terreno contiguo a la finca El Convoy, fue preparado para la construcción del moderno campus que sería la más moderna escuela normal de toda Nicaragua y tal vez de Centroamérica.  El diseño era impresionante, pues contaba con aulas, auditorio, comedor, cocina, dormitorios, biblioteca, instalaciones deportivas.  Cuando la escuela estuvo finalizada todos los sanmarqueños pasaban orgullosos admirando aquella obra que además comprendió la construcción de la escuela primaria de niñas, que quedó anexa a la Normal.  Una especial satisfacción mostraba el alcalde de San Marcos, don José Antonio Serrano Robleto que miraba que durante su gestión el pueblo progresaba a pasos agigantados, pues además nuevas residencias empezaron a construirse y la economía local reforzada por el auge en el cultivo del café, le imprimían un aire optimista a su desarrollo. En el edificio del Cabildo Municipal, se instaló la primera biblioteca infantil que fue bautizada con el nombre de Club de Letras y contiguo a este edificio se localizó la primera sede o “cueva” del recién fundado Club de Leones.

Animado por este auge, don Ramiro Campos, hermano de doña Amada Campos viuda de Somoza, quien residía en los Estados Unidos, decidió invertir en un restaurante bar que atendiera la demanda de una población en pleno crecimiento.  A esa fecha, San Marcos contaba sólo con los restaurantes de Chugén y de Santiago José y respecto a salones de baile el único local que cubría la demanda de todo el pueblo era el Cabildo Municipal.   Así fue que nació el restaurante bar que se construyó en el costado sur occidental del parque municipal, bautizado con el nombre de Town Club y que se convirtió en un icono regional durante los siguientes veinte años.

El local tenía un área techada que comprendía un salón con mesas, así como la cocina y en el extremo norte, una fila de “reservados” para encuentros especiales.  Había una roconola que animaba el ambiente.  En el extremo oriental del local, estaba la pista de baile, al aire libre, la cual era ovalada y tenía una extensión considerable en donde fácilmente cabían cincuenta parejas.  En el borde de la pista, había un pretil curvo que servía de límite y protección de la misma y en su parte interior había luces de colores que la convertían en un lugar de ensueño para bailar.  En el extremo sur de la pista, había un reducto en alto para ubicar a la orquesta, pues no podía concebirse un baile en ese local que no fuera con música en vivo.

A pesar de que el Town Club no mostraba un abarrotamiento en su afluencia diaria, siempre había una regular asistencia durante todo el día, pues lo mismo podía verse muy temprano a Don Frank Irschitz desayunando, que a funcionarios del Ministerio de Educación almorzando o bien en la noche parejas de enamorados que acompañados por una Coca Cola se hacían falsos juramentos de amor en los “reservados”.  No obstante, lo que ponía de bote en bote al Town Club eran las fiestas.  Generalmente programadas para la época de verano y en especial para las fiestas de abril, pues durante la época lluviosa era imposible la utilización de la pista de baile. En esos eventos, se cubría de mesas toda el área exterior junto a la pista para dar cabida a la muchedumbre ansiosa de demostrar sus mejores cualidades coreográficas, al compás de la música de los más afamados grupos del país.

Por el Town Club desfilaron las más importantes agrupaciones musicales del país y fue una lástima que para su inauguración ya agonizaba la legendaria Jazz Carazo.  No obstante las mejores orquestas y grupos musicales pasaron por el Town.  Tal vez no me daría la memoria para nombrar a los distinguidos músicos que desfilaron por ahí, sin embargo recuerdo muy vívidamente la ocasión en que llegó como cantante estrella la exótica Sadia Silú quien nos deleitó con su éxito Corn Island y aquel sensual bolero llamado Tenías que ser tú y que ella en su portoñol cantaba como Habías de ser tú.

Es indudable que los grupos que más sensación causaron en el Town Club fueron los locales.  Los Panzer vinieron a revolucionar la música romántica, realizando versiones modernas de los boleros clásicos y a pesar que se dice que el grupo era originario de Diriamba, la preponderancia de los hermanos Jerez, sanmarqueños puros, los hacía hijos dilectos del pueblo.  Posteriormente aparecieron en escena los S.M. 70, grupo fundado por la familia Hurtado, que llegó terremoteada al pueblo y se convirtieron en sanmarqueños por adopción y siguieron una línea parecida a la de los Panzer.  Para gustos más refinados surgió el grupo Barrunto Persuasión,  integrado por sanmarqueños y uno que otro caraceño, aunque ensayaban en Las Esquinas.  Este grupo logró un estilo más cercano al rock, con muy buenas versiones de los éxitos de Santana, Three Dog Night, Bread, Nielsen, Stevie Wonder, Eagles, Grand Funk, Stealy Dan, War, Cream, Rolling Stones, The Beatles, entre otros, así como un extenso repertorio de música tropical, incluyendo la salsa que empezaba a causar sensación.  Cuando tocaba cualquiera de estos grupos el Town Club se ponía de bote en bote.

La pista del Town también vio pasar a los mejores bailarines de la época.  Ahí mostraba toda su capacidad el recordado Manuel Ulises “Meluco” Urbina, quien ganó varios campeonatos de baile, al igual que María Amalia Robleto, ambos con una agilidad que sobrepasaba su voluminosa figura.  También era todo un espectáculo observar a Don Roberto Pérez bailar un tango o un pasodoble con su prima Mina Herrera.

Otra característica del famoso club, era su muro exterior, pues el mismo estaba construido con bloques que dejaban orificios en donde otra multitud se agolpaba para mirar a los felices parroquianos, en especial observaban afanosamente las preocupadas madres de algunas jovencitas que se manejaban a mecate corto, así como muchachos que por su edad todavía no asistían a esos eventos.

Cabe anotar que después del terremoto de 1972, el pueblo mostró un dinamismo inusual y se convirtió en una ciudad que casi no dormía, pues quienes regresaban de la capital en reconstrucción lo hacían hasta altas horas de la noche y otros que tenían que llegar allá muy temprano, se levantaban muy de madrugada.  Ese movimiento dio lugar a que un par de inversionistas, creo que de Diriamba, alquilaran el Town Club para convertirlo en The Red Fox, antro que seguía la línea de la Tortuga Morada, la discoteca más famosa en la Managua pre terremoto.  No obstante, después de poco más de un año, el Town Club regresó a su modalidad original.

En los años ochenta, cuando el amanecer dejó de ser una tentación, lo mismo ocurrió con las fiestas, así que después de algunos desaguisados que incluían el lanzamiento de una granada en dicho local que afortunadamente no explotó, el legendario Town Club cerró sus puertas para siempre.

En la actualidad en el lugar que ocupó el famoso club se encuentra el proyecto de la Casa de la Cultura que comprende un edificio de dos plantas.  Hace un par de años, en el local de procesamiento de café de la familia Briceño, mejor conocido como El Banco, se inauguró el Nuevo Town Club, en donde frecuentemente se realizan fiestas y tertulias.

Estoy seguro que todos los sanmarqueños de esa época, así como muchos jinotepinos, diriambinos, masatepinos y capitalinos guardan recuerdos especiales de alguna noche en el Town Club.  Las historias y anécdotas seguramente abundarán.  Muchos coincidirán que ese mítico lugar era algo único. Yo en lo particular tengo recuerdos especiales del Town.  La primera fue en enero de 1967 cuando después del examen público del bachillerato en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, los egresados del Instituto Pedagógico de Diriamba fuimos a celebrar al Town Club.  Recuerdo que al llegar a San Marcos fui corriendo a avisar a mis padres y luego a unirme al grupo en ese local.  Fue la última vez que muchos de nosotros departíamos juntos, después de muchos años de compañerismo.  La otra ocasión fue en abril de 1976, en el baile oficial de las fiestas de abril, cuando Barrunto Persuasión se lució tocando incansablemente hasta la madrugada y a las cinco de la mañana fuimos caminando hasta la Alcaldía, en donde nos unimos a los chicheros que iniciaban la diana por todo el pueblo.  Otro recuerdo, un tanto desafortunado fue cuando en una ocasión, no recuerdo la fecha, el Town estaba completamente abarrotado, de tal forma que algunas personas optaron por sentarse en el pretil de la pista.  De pronto la orquesta tocó un mambo y ahí voy yo a tratar de lucirme, con tan mala suerte que al momento en que le estaba echando swing a un paso, a una persona que estaba sentada en el pretil se le ocurrió estirar la pierna y de esta forma mi pie, con doscientas y pico de libras detrás cayeron sobre un zapato, escuchando inmediatamente un grito que parecía que de repente había entrado un mariachi al local.  Me asusté y no me quedó más remedio que ejecutar el paso del moonwalk y perderme con mi pareja en la muchedumbre.  Estoy consciente que lo correcto era haber ido a presentar mis disculpas, pero en la madrugada, con un nivel promedio de alcohol en la concurrencia de 1.7 Gr./L (léase hasta el hígado) y considerando que tal vez no serían machos, pero sí muchos, probablemente fue lo más prudente. Así que ahora, más de treinta años después, si usted, estimado (a) lector (a), fue el infortunado que de manera involuntaria recibió el machucón, sinceramente le pido perdón, alegando a mi favor únicamente, que en esas ocasiones lo correcto es meter la pata, no sacarla.

Es posible que el Nuevo Town Club ofrezca el cielo y la tierra, pero aquellas noches en donde la alegría parecía no terminar, cuando teníamos a la mano tantos amigos, cuando aquella querida esquina nos ofrecía la oportunidad de convivir con todos ellos, como decía Gustavo Adolfo Bécquer:  Esas no volverán.

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