Archivo mensual: marzo 2012

Ojos que no ven…

 

En los últimos días se ha originado un escándalo mayúsculo en la ciudad de Managua cuando la policía desarticuló una banda de “matacaballos”; delincuentes que robaban equinos para el destace y posterior comercialización de su carne.  Las investigaciones detectaron que una gran parte del producto se había vendido en fritangas del barrio El Paraisito.  El borlote no se originó como consecuencia del abigeato que parece incrementarse en los caballos, sino por la tremenda duda de la población de que si en algún momento ingirieron dicha carne.  Lo anterior, a pesar de que especialistas del sector salud declararon que no existe motivo para alarmarse si alguien comió carne de caballo, pues la misma no presenta peligro alguno para la salud y al contrario, tiene más nutrientes incluso que la carne de res.

Estas declaraciones no lograron calmar a la población del sector de El Paraisito y zonas aledañas, pues al igual que en muchas culturas, en nuestro medio la ingesta de esta carne todavía sigue siendo tabú y la gente que cree que le dieron caballo por res, siente un peso en su conciencia, como si de pronto se convirtieran en alguno de los sobrevivientes de Los Andes.

Este tabú ha estado presente por muchos años en nuestra cultura.  Recuerdo que cuando estuve semi interno en el Instituto Pedagógico de Diriamba, la comida era infame y algunos graciosos esparcían el rumor que nos daban carne de caballo, tratando de provocar una inapetencia generalizada.  La carne que nos servían era dura como suela de zapato, sin embargo, era más dura el hambre, así que también ajenos a la aprensión colectiva no había rumor que valiera. Aún así, las sobras de las comidas ahí eran tan grandes, que los ínclitos hijos deLa Salletenían una chanchera bien alimentada, desconociéndose a dónde iban a parar los robustos ejemplares, pues a los alumnos nunca nos daban de esa carne.

Para esa época también se comercializaba una carne preparada que se vendía enlatada bajo el nombre de Spam (nada que ver con el correo indeseado) manejándose que estaba hecha de carne de caballo.  Este embutido tenía un precio bastante accesible y en muchas fiestas venia a resolver la situación.  A pesar de todas las versiones de su contenido, los verdaderos ingredientes eran carne de cerdo, jamón, almidón de papa y un preservativo (nitrito de sodio).  De hecho el nombre Spam es una contracción de Spiced Ham.  Fue mucha gente la que le tuvo aprensión al enlatado y prefería no ingerirlo.

A finales de los años setenta, trabajaba yo en el Ministerio de Agricultura en la carretera norte y en ciertas ocasiones nos juntábamos algunos compañeros para ir a almorzar a un hotel en las inmediaciones del aeropuerto.  La comida corrida tenía un precio no bajo pero accesible y en algunas ocasiones nos servían una carne con una apariencia medio sospechosa. Un compañero ingeniero agrónomo, bastante bromista por cierto, empezaba a analizar dicha carne, llegando a la conclusión de que se trataba de carne de caballo, ofreciendo una extensa explicación de sus características de color, fibra y demás, ampliando su exposición a las diferencias con la carne de res.  Algunos tomábamos lo anterior como una broma más del amigo agrónomo, sin embargo, muchos disimuladamente apartaban el plato, apurando agua en cantidades industriales como para lavar su tracto digestivo, pues el amigo aquel hacía sus reflexiones hasta mitad de la comida.

Lo cierto es que no he encontrado a la fecha ninguna explicación lógica sobre el origen de ese tabú, especialmente en un país en donde con el mayor deleite se disfruta el pinol de iguana, la chanfaina, las morongas, los huevos de toro o bien  una sopa de tortuga o de mondongo.

Las evidencias históricas indican que el ser humano primero cazó y se alimentó de los caballos, mucho antes de aprender a montarlos.  Se le atribuye a las tribus Botai de Kazajistán los primeros casos de domesticación de los caballos, para carga, monta y alimentación, hace más de 5,500 años.  Con el tiempo, los equinos fueron adquiriendo una mayor relevancia en el desarrollo de las civilizaciones, principalmente en los aspectos de transporte y carga y de manera vital en el desarrollo de los ejércitos.  Algunas culturas empezaron a prohibir la ingesta de carne de caballo, como es el caso del hinduismo y el judaísmo, este último bajo la premisa de la forma de sus cascos y de que no eran rumiantes.

En el caso del catolicismo, en el año 732 D.C. el papa Gregorio III prohibió el sacrificio de caballos para la alimentación, como una medida para proteger la caballería de los ejércitos cristianos que en ese momento combatían a los musulmanes, así como para desterrar algunas prácticas paganas de los pueblos germánicos que incluían la comida de esta carne.

En la actualidad son muchos los países que mantienen ese tabú hacia la carne de caballo, entre ellos, Estados Unidos, Inglaterra, Australia, muchos países de América Latina, incluyendo Brasil.   En Estados Unidos el sacrificio de caballos estaba prohibido debido a un asunto de falta de fondos para la inspección sanitaria, sin embargo, recientemente la prohibición parece haber sido levantada.    En América Latina es probable que dicho tabú se haya heredado de España, pues antes de su llegada no existía el ganado equino, más que algunos fósiles. Lo interesante es que a pesar de que en España perdura la aprensión para el consumo de esa carne, es uno de los principales exportadores de ese producto para el mercado francés e italiano.

En el caso de Nicaragua, lo curioso es que el rechazo a la carne de caballo procede de la plena conciencia de que se está consumiendo dicho producto, pues con la mayor tranquilidad del mundo se consumen la hamburguesas de las principales cadenas transnacionales, quienes según se dice contiene un diez por ciento de carne de caballo y ahí nadie relincha.  De la misma forma, se consume el salami y otros embutidos que también llevan carne de caballo además de otros subproductos no identificados y parte sin novedad.

Lo trágico del asunto es que la producción mundial de alimentos no parece tener capacidad de satisfacer la creciente demanda de un mundo cada vez más hambriento.  Así que no es remoto que pueda ocurrir lo que en la mayoría de las guerras inevitablemente sucedió y es que una cantidad impresionante de equinos tuvo que ser sacrificada para el consumo humano.

Así pues, es hora de hacer a un lado esos arcaicos tabúes, no ponerle mente a las cosas y refugiarse en aquel viejo dicho:  Ojos que no ven, corazón que no siente.

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Via Air Mail

 

Hace unos días tuve que ir al Palacio de Comunicaciones para enviar una tarjeta por correo.  Llegué y ese martirio de encontrar un lugar de estacionamiento que ocurre en tantos lugares de la capital, ahí no tenía cabida, pues todos los espacios estaban disponibles para mí.  Entré en el edificio y me encontré un ambiente lóbrego, como si se tratase de uno de aquellos inmuebles que aparecen en Ciudad Gótica.  Mis pasos resonaron en el recinto como si la soledad amplificara los sonidos.  Sin hacer ninguna fila llegué a la ventanilla del correo aéreo y entregué el sobre a una muchacha con una cara de marmota aburrida quien me indicó que eran diez córdobas, los cuales entregué al instante y procedió a extenderme un recibo y a darme de regreso el sobre, el recibo y dos estampillas, una de siete córdobas y otra de tres.  En otra época hubiera examinado al revés y al derecho cada estampilla, sin embargo, no les puse atención.  Pasé a un espacio del mostrador en donde había una esponja redonda de hule humedecida, con la ayuda de la cual pegué las estampillas y procedí a lanzar el sobre en un depósito que reza: Correo Aéreo.  Me dio la sensación de que el sobre caía en un profundo pozo.   Salí rápidamente del local en medio del ruido de mis pasos, subí al automóvil y tomé haciala Calledel Triunfo rumbo al poniente.  Mientras salía miré aquel edificio y recordé los momentos de gloria del servicio postal.

El Palacio de Comunicaciones fue construido en la primera mitad de los años cuarenta,  e inaugurado bajo la administración de Anastasio Somoza García, siendo entonces el edificio más importante de la ciudad capital.   Según los especialistas en diseño es un claro exponente del Art Deco y el mismo fue obra del Ingeniero Pablo Dambach, de origen suizo, diseñador dela Catedral de Managua, así como del Arquitecto Julio Cardenal.  En 1950 fue el local destinado a la recepción de la boda de Anastasio Somoza Debayle y Hope Portocarrero Debayle.

Mis recuerdos de ese edificio se remontan a finales de los años cincuenta, cuando no era extraño observar un hervidero de gente.  Había en ese entonces, tres o cuatro ventanillas para el correo aéreo, otro tanto para el correo nacional, otras dos ventanillas para el correo certificado y otras más para diversas gestiones, además de las oficinas que se esparcían a lo largo de todo el edificio.  Había que hacer fila para ser atendido en cualquiera de las ventanillas y el movimiento era notoriamente dinámico a cualquier hora del día, pues ahí ocurría casi la totalidad de las operaciones de comunicaciones del país.

Cuando tenía yo unos siete años, estaba muy de moda el uso de las tarjetas postales.  Era la forma más apropiada para enviar un saludo corto, sin emplear sobre y que además llevaba una foto o ilustración de cualquier tema que pudiera considerarse de interés.  Un laboratorio farmacéutico, Squibb si mal no recuerdo, tomó la iniciativa de enviar a los médicos tarjetas postales con fotografías de los lugares más recónditos del mundo, remitidas desde ese mismo lugar con un mensaje que anunciaba que cierta medicina también era empleada en ese lejano país.  Algo mucho más barato que un I Pod.  A mi padre le pareció una buena idea darme esas postales para que yo iniciara una colección, pues en esos tiempos se creía que un pasatiempo elegante era ser coleccionista, de lo que fuera.  En sus viajes mi padre siempre me enviaba postales y mi abuela en México al darse cuenta de mi afición, también empezó a remitir postales de ese país.  Otros amigos de mi padre se sumaron al esfuerzo y así me fui haciendo de una interesante colección.  Años más tarde, cuando mi padre notó que me interesaba en las estampillas y su origen, me animó en que ampliara mi afición a la filatelia.  Para ello me regaló su álbum de estampillas que él había improvisado en sus años mozos en un vademécum de mi abuelo.  Mi padre era un soñador y en su juventud sus libros de cabecera eran “Corazón” de Edmundo de Amicis y “Miguel Strogoff” de Julio Verne.  Luego en una tiendita de oportunidades ubicada en la calle 15 de septiembre, llamada Carmen y Fanny, me compró un álbum filatélico, que tenía impresas en sus páginas las estampillas más representativas de cada país.

En un inicio trabajé con mucho ánimo en mi colección de estampillas, buscando en los lugares más recónditos de la farmacia de mi abuelo todos los sobres que en alguna ocasión contuvieron documentos de las transacciones comerciales que realizaba con diversos países.  Por lo menos tenía una pequeña muestra representativa de cada país.  Con esa afición aprendí mucho más geografía e historia que en los libros de texto.  Me llamaba mucho la atención las estampillas nicaragüenses conmemorativas del viaje del cowboy, artista y viajero Will Rogers que en ocasión del terremoto de 1931, tomó su aeroplano y llegó a Nicaragua con cinco mil dólares de donativo.  Asimismo, por las estampillas llegué a saber que Helvetia era Suiza, Norge, Noruega, Sverige, Suecia, Magyar, Hungría, Polska, Polonia, Suomi, Finlandia, Nederland, Holanda, Belgie/Belgique, Bélgica, Osterreik, Austria, etc.

En una ocasión, siendo ya universitario, buscaba yo recursos financieros para comprar el regalo de cumpleaños de mi novia y decidí, sin dudarlo ni un instante, vender mi colección de estampillas y ahí iba yo como la lechera, distribuyendo los miles de córdobas que me darían: un buen regalo de donde Carlos Cardenal, algo de ropa, discos, etc.  Fui a una esquina frente a donde estaba la agencia de viajes de los hermanos Cuadra en la calle 15 de septiembre y ahí después de observar la colección me ofrecieron algo así como doce córdobas.  En estos dorados tiempos los hubiera mandado al averno, pero yo era muy comedido y les dije que lo iba a pensar y que regresaría.  Supongo que no me siguen esperando.

Cansado y sin ilusiones, como decía la canción, regresé a mi casa y le comenté a mi padre sobre el avalúo de mi álbum y él en un arranque de comprensión me regaló una jaula que guardaba unos pajaritos que parecían de verdad y que en la base tenía una caja musical que tocaba: What the world needs now is love (Lo que necesita el mundo es amor), de Burt Bacharach, que un paciente recién le había traído de los Estados Unidos.   Con eso resolví lo del regalo, pero perdí para siempre la afición por la filatelia.  Poco tiempo después salió aquel chiste de la señora que comentaba con sus amigas: – Mi esposo no sale de la casa, desde que es sifilítico.  –Filatélico, mujer, FILATEEEELICO.   Así pues me desentendí de cualquier colección.

Cuando en 1979 emigré a México, dejé todo, incluyendo mi álbum de estampillas, de tal forma que junto con otras cosas le gustaron a alguien y se lo “recuperó” como decían en esa época.  –Ahí que se queme, como dijo el cura, expresé para mis adentros.

Actualmente,  el sistema postal agoniza entre cada vez más fuertes estertores, pues la tecnología le asestó una estocada mortal.  Nadie encuentra atractivo enviar una misiva por correo que será recibida, en el caso más rápido al día siguiente, o dentro de una semana o dos si es fuera del país, cuando a través de un e-mail, puede lograr que se reciba al instante en cualquier parte del mundo.  El Palacio de Comunicaciones es el último baluarte y amenaza con convertirse en breve en un museo.

Los famosos pajaritos, quién sabe qué fin tuvieron, sin embargo, la canción de Bacharach, con letra de David, pareciera que sigue vigente, pues lo que el mundo sigue necesitando es amor.  Lo único que queda de aquello es el improvisado álbum de mi padre, pues mi hermano Orestes logró rescatarlo de la piñata.  Ese álbum lo guardo con especial cariño, no con fines especulativos, sino como el recuerdo de mi padre, de su cariño y de sus enseñanzas, entre ellas aquella salida del tema de James Bond: “Solo se vive dos veces, una vida para ti y otra para tus sueños”.

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El chelineado

Hace un par de años, una millonaria rusa pagó la bicoca de treinta mil dólares por bailar una pieza con el actor norteamericano Ashton Kutcher.  Un atenuante de semejante dispendio es que se trataba de un baile benéfico en Moscú, a favor de los niños pobres camboyanos.

Es inevitable que esto nos traiga a la mente, aquellos tiempos en que se acostumbraba el “chelineado”, que consistía en una pista de baile improvisada, en donde al ritmo de la música de una vitrola o una roconola, algunas muchachas estaban disponibles para que cualquiera que pagara la módica cantidad de veinticinco centavos de córdoba, bailara con ellas una pieza del repertorio.

El nombre de “chelineado” viene de “chelín” vocablo que se le adjudicaba a la moneda de veinticinco centavos de córdoba, nombre prestado del shilling inglés que equivalía a la vigésima parte de una libra esterlina.  Era un término popular que los puristas del lenguaje no llegaron a aceptar nunca, corrigiendo a todos aquellos que se empecinaban en utilizarlo de manera natural.

Cabe la aclaración que la modalidad de pago por baile no es autóctona nicaragüense, pues desde los Estados Unidos hasta Argentina se encuentran mecanismos muy similares, con la diferencia de que en estos lugares se acostumbraba aún con la música de orquestas que tocaban en vivo, mientras que en Nicaragua, surgió con la ampliación de la música de vitrola o bien de roconola.   En México esta modalidad dio origen a las famosas “ficheras” quienes eran muchachas contratadas por los bares o salones para que además de bailar, acompañaran a los clientes, les hicieran consumir e invitarlas a tragos carísimos, pues supuestamente ellas bebían whisky de malta única y de más de 8 años de envejecido, aunque les servían un vulgar ron que luego, al descuido del acompañante, vertían en una macetera.

El chelineado más antiguo del que se tiene registro en Nicaragua, es tal vez el del legendario “Cuchara” un individuo apodado así por la forma de su boca que semejaba a alguien que está tomando de una cuchara y que vivía en el barrio conocido como Las Latas, junto al Barrio Santa Ana en Managua, quien organizaba bailes en un solar vacío, amenizados por una vitrola y en donde el varón que deseaba bailar compraba un papelito por la cantidad de veinticinco centavos, mismo que era cobrado al iniciar la pieza musical por un colector que recorría el “salón” e iba de pareja en pareja.  Años después cuando don Luis Miranda organizó sus famosos bailongos, bajo otra mecánica, un poco más al estilo de un club obrero, el chelineado de “Cuchara” desapareció, sin embargo, la idea fue replicada en el interior del país.

Es probable aquellos mayores del medio siglo recuerden en sus respectivas ciudades algún chelineado.  En San Marcos, Carazo, era una actividad eventual que se daba para las fiestas patronales de abril y en donde se improvisaba una “pista de baile” ya fuera junto a la barrera de toros o bien en El Retén, en la salida hacia Jinotepe.  Ahí muchos conciudadanos aprendieron sus primeros pasos de danza, al ritmo de alguna canción de Peñaranda.  En La Concha, era una actividad de todo el año y con grupos considerables de muchachas, de tal manera que de vez en cuando se organizaban en San Marcos excursiones hacia esa ciudad vecina para darle rienda suelta al espíritu danzarín.  Cuentan también que en Rivas una señora que además de dedicarse a destazar cerdos, tenía los fines de semana un local en donde funcionaba un chelineado.

En este fenómeno cultural que se dio en todo el país, es importante aclarar que el espíritu del emprendimiento estaba dirigido a satisfacer la demanda de solaz de un sector que de otra manera no tenía la oportunidad realizar esa expresión tan arraigada en el ser humano como es la danza.  Las muchachas que ahí asistían, lo único que alquilaban era su tiempo y su destreza en la danza, ganando un porcentaje de aquel chelín que cargaba el organizador, por bailar con un desconocido, le agradara o no.  También hay que advertir que en algunos casos, los organizadores estaban involucrados en el negocio de la prostitución y algunas de las bailarinas, no todas, eran de “todo tiro a home”, es decir, si alguien le llegaba al precio, podían realizar otros arreglos fuera de la pista.  Algo parecido a lo que manejan como su espíritu los “escort services”, en que se ofrece la compañía de una mujer culta, para algún caballero solitario que guste de la buena mesa, una conversación de altura y desee sacar pecho al lado de una beldad y que en raras ocasiones pueden llegar a otros arreglos.

Una vez llegó a mi casa en San Marcos una señora para ayudar en el lavado y el planchado de la ropa.  Todos le decían Doña Josefina, porque creían que así era su nombre, hasta que un día descubrimos que ese no era su nombre, sino que en su juventud había trabajado en un chelineado y se destacaba bailando aquel famoso Twist de la gallina, que hablaba de una gallinita llamada Josefina que se volvió loca por el twist; así pues, la bailarina desde entonces se hizo acreedora de ese sobrenombre.  Se había retirado del baile, se casó, tuvo varios hijos y para ayudar a la economía familiar, lavaba y planchaba ropa a domicilio.  Al conocer lo anterior, se le pidió disculpas y se le empezó a llamar por su verdadero nombre, aunque cuando en el equipó de sonido de la casa sonaba alguna canción guapachosa, todos disimuladamente se asomaban al lavandero para ver si la señora seguía el ritmo, pero nada de eso trajo el barco, la señora como si no escuchara la música seguía en su afán.

Actualmente, el chelineado desapareció casi por completo del territorio nacional, salvo tal vez alguna excepción muy tierra adentro y seguramente debe costar cinco córdobas o algo así.  Al momento de extenderse el uso de aparatos de sonido en cada hogar y que los bailes dejaron de ser manifestaciones clasistas, fue más fácil que todos tuvieran acceso a lugares en donde pudieran encontrar una pareja para bailar, sin necesidad de pagar, salvo tal vez un cover o un consumo mínimo.  Como dicen, nunca falta un roto para un descosido.  Sin embargo, si en una fiesta observa a un individuo que ya libró el medio siglo y su estilo está entre el sobaqueado y el arrancamonte, no cabe duda que aprendió a bailar en un chelineado.

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Perro mundo

 

La clasificación de las películas hoy en día se ha convertido en una simple referencia que muy pocas veces alienta a los padres de familia a discernir sobre lo que sus hijos pueden o no, ver en el cine.  Muy pocas veces he visto que en la taquilla de un cine le nieguen el acceso a un menor para una película clasificada como “R” y por otra parte he visto a una familia entrar a ver una de estas películas, con excesos en las escenas de violencia o sexo, acompañados de niños de 4 o 5 años que cargan además con una dotación de alimentos suficiente para sostener a un hospicio.

Hace cincuenta años las cosas eran muy diferentes.  Las películas con escenas un tanto subidas de tono eran clasificadas como “Prohibida para menores de 18 años” y cuando de acuerdo al censor se arañaban los límites de lo permitido en un espectáculo de esta naturaleza y que pudiese provocar acciones pecaminosas por pensamiento palabra u obra, entonces la etiquetaban como “Prohibida para menores de 21 años”.  Esta clasificación estaba resaltada en letras grandes en el programa impreso que a diario se repartía en el pueblo.  Estaba además la guía de El Observador que leía el párroco y se encargaba de advertir a la feligresía en sus sermones.  Además de la señal de alerta para los padres de familia para vigilar que sus hijos menores no vieran estas películas, la etiqueta servía como un eficaz medio de promoción, pues esas funciones ponían al cine de bote en bote, con una audiencia que en su mayoría se autocalificaba como de “amplio criterio”.

Muchos recordarán alguna de estas películas, como es el caso de “La cigarra no es un bicho”, cuyo título hizo palidecer, casi hasta el desmayo, a las beatas del pueblo y sonrojar a la legión entera de las hijas de María y eso que nunca en su vida habían visto una cigarra.  Al final resultó que en esta cinta argentina,La Cigarraera un motel en donde ocurre un brote de peste bubónica que obliga a dejar en cuarentena a los clientes que en ese momento ahí se encontraban.

No obstante, un caso digno de recordarse es el de la película “Perro mundo” un documental italiano que bajo el título original de “Mondo cane” se produjo en 1962.  La presentación en Nicaragua ocurrió en 1963 y causó una enorme sensación, debido a la etiqueta de prohibida para menores de 21 años.  Así que ni siquiera se me pasó remotamente por la mente tratar de verla.  Me tuve que conformar con las crónicas marcianas de los compañeros de colegio mayores, que aún sin tener la edad, se las ingeniaron para ingresar al cine, algunos con el beneplácito de sus padres, otros escabulléndose por el barcito de al lado del teatro y luego ufanándose de adultos, comentaban algunos pasajes de la película.

Lo que no tuvo restricciones de ninguna especie y fue disfrutado por todos fue su tema musical, compuesto por Nino Oliviero y Riz Ortolani.  En el film, es cantada por la renombrada vocalista italiana Katyna Ranieri bajo el título de Ti guardero´ nel cuore, (Te miraré en el corazón).  Luego se le puso letra en inglés y bajo el título de More (Más) fue interpretada por toda una constelación de cantantes como: Frank Sinatra, Doris Day, Andy Williams, Perry Como, Nat King Cole, Brenda Lee, Frankie Avalon, Marvin Gaye, Shirley Bassey, Bobby Darin, Aretha Franklin, Matt Monro, Diana Ross, Judy Garland, Bob McGrath, Tom Jones, Della Reese, Paul Anka, Tony Bayani, Eddie Allard, The Lettermen, Vic Damone, Harry Connick, Engelbert Humperdinck, Steve Lawrence, Andrea Boccelli, Danny Williams, además de las versiones instrumentales de Ray Conniff, The Ventures, Kai Winding, The Electromaniacs y desde luego, la versión al estilo jazz de los autores Ortolani y Oliviero.  En español no tuvo la gran cantidad de intérpretes pues recordamos tan solo la versión de Enrique Guzmán y una al estilo ranchero a cargo del Mariachi Nuevo Tecalitlán.  También muchos recordarán aquel disco que de repente inundó el mercado nacional llamado “Un verano con los Dinners”, del conjunto del mismo nombre originario de Mérida, México, en donde aparecía una versión instrumental de Más, al estilo de The Ventures.

Cuando llegué a Managua para ingresar a la universidad, tuve la oportunidad de ver todas las películas prohibidas para menores que no había visto anteriormente, así como todas las que iban saliendo, como una forma de ejercer la libertad que significaba alcanzar el nivel universitario.  La única que no volvieron a presentar y me quedé con la curiosidad de ver fue precisamente “Perro mundo”.

Hace poco, navegando en YouTube, me encontré con la famosa película y sin pensarlo dos veces la miré, cincuenta años después de su estreno mundial.  Se me hizo extraño que aún en YouTube tengan ciertas incongruencias como es el hecho de que los avances de la película requieren de una certificación de edad del cibernauta, no así la película completa.  Cosas veredes.  En su época la película tenía una advertencia que decía:  “Si usted no tiene un estómago de hierro, no podrá soportar esta película”.  En realidad el documental presenta algunos casos representativos de las cosas insólitas que tienen las diferentes culturas del mundo, como rituales de los nativos de Nueva Guinea, cementerios de perros en Estados Unidos, borracheras de cerveza en Alemania, degustación de cucarachas y otros insectos en Singapur y así por el estilo. Llama la atención que al inicio del film, cuando se presentan los créditos del mismo mientras un perro es conducido a través de una perrera llena de canes que ladran a más no poder, aparece una aclaración que reza: “Todas las escenas que verá en esta película son verdaderas y están tomadas de la vida misma.  Si a menudo son chocantes, es porque hay muchas cosas chocantes en este mundo.  Además, la misión del cronista no es endulzar la verdad, sino reportarla objetivamente”.  A pesar de lo anterior, se observa en el film que muchas escenas son actuadas.

La película tiene una fotografía impecable para la época, sin embargo, las cosas chocantes que supuestamente incluye el film, pueden verse ahora en la televisión más ampliamente y con lujo de detalles en el Discovery Channel o el NATGEO, en horario familiar. Todas las porquerías con que los creadores de la película creían que provocarían una nausea sostenida en el auditorio, se las come ahora muerto de la risa Andrew Zimmern, en su programa de comidas exóticas en del Discovery Travel and Living.  En fin, la prohibidísima película Perro Mundo, comparada con las escenas de cualquiera de las entregas de “Saw”, pareciera un capítulo de Heidi.

Indudablemente, las cosas han cambiado mucho, sin embargo, pareciera que el mundo se empeña en generar nuevas cosas que nos chocan y que al leer las noticias en los periódicos, llenas de asesinatos, atrocidades, injusticias, discriminación, fraudes,  intolerancia, nos llevan siempre a pensar en que vivimos en el mismo lugar que en su tiempo aquella película solo para mayores de 21 años calificó como un perro mundo.

 

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El lago

La otra tarde llevé a mis nietas de paseo por la costa del lago Xolotlán.  Las niñas no tenían idea que en su ciudad hubiese un lago y se sorprendieron al ver ese enorme cuerpo de agua que densamente agitaba su grisácea liquidez en el multicolor del atardecer.  En ese momento se me vino a la mente un recuerdo en sepia de mi niñez cuando bajando de El Crucero a Managua me percaté del paisaje que se miraba a lo lejos y mi padre me dijo que era el lago de Managua.  En esa ocasión iba a la primera comunión de uno de mis primos y en el desayuno le comenté a uno de ellos que tal vez podríamos ir a bañarnos al lago.  No entendí por qué comenzó a reírse a mandíbula batiente y no paró hasta que le contó a todos los primos y amigos que por ahí andaban, sobre mi ingenua proposición.  Al final, se compadeció del pueblerino y me explicó que en el lago iban a parar todas las aguas negras de la capital.

Me quedé atónito, al igual que cuando me di cuenta que en los mercados de Managua vendían agua helada, pues no lograba entender cómo podrían comerciar un bien que en el pueblo no se le negaba a nadie, así tampoco comprendía cómo habían decidido lanzar toda la inmundicia a un lago.

El Xolotlán siempre tuvo una importancia vital para todas las tribus precolombinas que llegaron a asentarse a su alrededor y es significativo que el nombre de Managua se derive del náhuatl y significa “lugar junto al agua” y aunque hay otras versiones con interpretaciones diversas sobre este nombre, la mayoría de los cronistas coincide en este significado.

En los momentos en que mi abuelo andaba de buenas y no estresado con los afanes de su botica, nos contaba sobre su niñez en la Managuade fines del siglo XIX, cuando el lago era límpido y parte fundamental de la ciudad.  Oriundo de la capital y en particular de un barrio costero como era El Mamón, a un lado del barrio La Bolsa, cerca de donde ahora está el Teatro Nacional Rubén Darío, mi abuelo salía a pasear por toda la costa, nadando en el lago, pescando, o jugando con los lagartos que salían a asolearse a la playa lacustre, exagerando algunas veces en sus relatos, el tamaño de dichas criaturas.

En general todas las ciudades que tienen a su lado un cuerpo de agua, ya sea un lago, un río o un mar, lo hacen parte integral de su historia, de su cultura, de la vida de sus habitantes.  Shakespeare instaló el teatro The Globe a la orilla del río Támesis, por su parte Samuel Langhorn Clemens, tomó su pseudónimo Mark Twain de una expresión de los esclavos que trabajaban en los barcos que surcaban el río Mississippi y que significaba “dos brazas”. En su delicioso relato Claudio Magris al atravesar el Danubio desde su nacimiento en la Selva Negra alemana, hasta el Mar Negro en Rumania, analiza la cultura “danubiana” en cada uno de los países que tienen la dicha de admirar su paso.  También podríamos recordar a Serrat refiriéndose al Mediterráneo: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa y escondido tras tus cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya…”

Es una lástima que para los captialinos de hoy el lago no tenga ningún significado, si acaso, como punto de referencia para alguna intrincada dirección y una gran mayoría voltea a un lado ante su presencia, con aprensión y cierto temor a contaminarse.

Todo esto porque algún “iluminado” tuvo la peregrina idea de canalizar las aguas negras hacia un bello y límpido lago.  Equivale a que a un individuo le regalen una mansión con una piscina olímpica y lo primero que se le ocurra es defecarse en ella y seguir haciéndolo siempre. Es muy probable que este piche, en medio de su estupidez, hubiese inaugurado la nueva ruta y hasta lanzado una botella de champaña al estilo de los astilleros.

En lo particular creo que de la misma manera en que resaltamos la figura de nuestros grandes conciudadanos, como la memoria de Rubén Darío, el príncipe de las letras castellanas, o bien la ejemplar hazaña del General Augusto C. Sandino, elevado recientemente por decreto a la categoría de “inmortal”, así se debería presentar ante la ciudadanía los nombres de quienes fueron los responsables de esa malhadada decisión, pues aquellos que ostentan en sus manos la facultad de decidir por sus representados tienen la ineludible obligación de rendir cuentas y en caso de presentar malos resultados,la Patria, de alguna forma, debe demandárselo, tal como todos juran al momento de recibir su encargo.  Hay que detener esa cultura de borrón y cuenta nueva o como dicen los que maniobran las ruletas en los chinamos de pueblo: -Va jugando.

El problema aquí es que ahora, como decía el Monje Loco, nadie sabe, nadie supo, quién fue el anti-héroe que decidió la utilización del lago como inmensa cloaca.  Todos los cronistas coinciden en que fue en los años 1926 y 1927 en que se inauguró el sistema de alcantarillas de la ciudad capital y se canalizaron hacia el Xolotlán.  Lo extraño es que muchos le echan la culpa al General José María Moncada que como presidente dela República tomó la nefasta decisión, siendo que el político masatepino no asumió la primera magistratura sino hasta 1929.  Para los años en referencia, el presidente de Nicaragua era el conservador Adolfo Díaz Recinos, nacido en Costa Rica y el alcalde de Managua era el también conservador Pablo Leal.

Me imagino que en alguna documentación oficial en los archivos nacionales debe de aparecer alguna referencia oficial sobre los responsables y sus consideraciones para su infeliz decisión, independientemente del partido político al cual pertenecían, pues sinceramente de cualquiera de ellos puede esperarse una acción de esta naturaleza.  Una vez determinado sin lugar a dudas quienes fueron los responsables, debería instalarse a orillas del lago uno de esos rótulos gigantescos con la crónica de lo que realmente sucedió, para que todos los capitalinos sepan la verdad y sirva de escarmiento para que todos los políticos piensen bien, aunque les cueste, antes de tomar una decisión.

A partir del año 1996, durante el mandato de Violeta Chamorro, se inició la planificación para la instalación de una planta de tratamiento de aguas residuales, habiendo contado con la cooperación alemana, quien destinó un total de 36 millones de dólares para la obra que tendría un costo total de 50 millones de dólares.  Al final de cuentas, por mala planificación o por sospechosa ejecución, la planta tuvo un costo total de 86 millones de dólares, para lo cual nos enjaranó Enacal  con un préstamo con el BID por 30 millones de dólares, otro por 12 millones de dólares con el Fondo Nórdico de Desarrollo y 8 millones de parte de la propia Enacal.  La obra construida por el consorcio inglés Biwater fue inaugurada en febrero de 2009 y actualmente se encuentra en operación y tiene capacidad para procesar180,000 metroscúbicosde aguas residuales por día.

Este es un primer paso en un esfuerzo que debió iniciar hace mucho tiempo y que permitirá aprovechar un poco los aspectos turísticos en el Xolotlán, sin embargo, hay una advertencia de parte de los técnicos: Cero contacto.  Esto quiere decir que las aguas permanecerán contaminadas y no es posible ninguna actividad en donde el cuerpo humano toque el lago.

Tal vez, a finales del siglo XXI, si la conciencia por salvar al planeta continúa y no aparece otro iluminado con ideas peregrinas, algún niño saldrá de su casa a pasear por la costa del lago, a nadar en sus apacibles aguas, a pescar o a jugar con algún lagarto que salga a tomar el sol en la costa.

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