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La marca del zorro

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Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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La del vestido rojo

La del vestido rojo.  Imagen tomada de internet

CUENTO.  BASADO EN HECHOS REALES.

Faltan diez minutos para las cuatro de la tarde y en aquel recóndito pueblo, las nubes se confabulan para esconder por un rato al timorato sol de diciembre y una ráfaga de viento levanta una nube de polvo en la rústica calle que de pronto pareciera haber adquirido cierta solemnidad ante el cortejo fúnebre que la recorre en su marcha hacia la parroquia, misma que no necesita ser nombrada pues es la única que existe.  Un fino ataúd de madera preciosa es llevado a la usanza de aquel pueblo, en hombros de familiares y amigos, con un marcado balanceo, “chiqueado” como dirían ahí.   Le siguen, una mujer que no llega a sus cincuenta años, acompañada de cuatro mujeres jóvenes, todas ellas de riguroso negro, cubierta sus cabezas con finas mantillas de ese mismo color.    Luego, una nutrida concurrencia de personas esforzadas por lucir de manera circunspecta para la ocasión.  Algunos en la parte posterior del cortejo, se atreven a conversar en muy baja voz.

La viuda, lleva una expresión un tanto indescriptible.  No parece haber compunción. No llora y en su rostro no hay asomo de alguna pasada lágrima.  Sus hijas, más bien reflejan cierto asomo de temor.  Como si para todas ellas, aquel sepelio fuera un amargo trago que debían apurar.  Entre los acompañantes, tampoco se adivina ninguna expresión grave, ni siquiera por solidaridad. Uno de los que cargan el ataúd, es el único que refleja un dolor contenido; seguro algún hermano del difunto.

De pronto, cuando el cortejo alcanza la esquina próxima a la parroquia, del cafetín ahí ubicado, sale súbitamente una mujer.  Todos los acompañantes del difunto, sin excepción, la voltean a ver, como dicen, tragándose la campanilla.  No por su figura, pues es de estatura más que regular y de cuerpo bien conformado, sino porque está vestida completamente de rojo.  Incluso sus zapatos hacen juego al color de su vestimenta, al igual que su collar y pendientes, mientras que su cabello, negro azabache, es sujetado por un aro del mismo color.  Lleva unos lentes oscuros, no tanto como para esconder sus ojos, sino como para esconder de sus ojos, la escena que tiene frente a sí.

La viuda al verla, la reconoce inmediatamente y siente que un fuego con un sabor entre amargo y ácido sube por su esófago y amenaza por llegar a su boca.  Se trata de su hija. Tiene varios meses de no verla y en ese tiempo parece haber embarnecido, además, tiene una expresión que nunca le conoció.  Denota seguridad y una actitud retadora.  Detrás de ella se ha colocado, como protegiéndola, un tipo alto, fornido, que luce blue jeans, una camisa a cuadros y botas vaqueras.  La concurrencia también llega a reconocerlos y comienza a cuchichear.

En el preciso momento en que el féretro pasa frente a la pareja, el hombre hace una seña a alguien al interior del cafetín y de pronto, una roconola comienza a tocar una pieza a regular volumen.  Al escucharla, todos parecen trastabillar.  La viuda se detiene, al borde del colapso, de tal forma que una de sus hijas la toma del brazo para que no caiga.  El allegado al difunto que carga el ataúd, casi echa espuma por la boca, sin embargo, vuelve a ver al hombre de la acera y observa que de la cintura se asoma una Colt .45 automática.  La roconola sigue con la pieza que ha llegado al estribillo:  “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar, no vaya a resucitar”.

El momento que le tomó al cortejo pasar por aquella esquina se hizo eterno.  Cuando finalmente calló la música, la pareja se dirigió a una camioneta estacionada cerca de ahí y se perdió en la distancia.

Ya en la salida del pueblo, la del vestido rojo no pudo más y rompió en amargo llanto.  El hombre le tomó la mano y simplemente le dijo: -Ahora sí, amor, ya todo terminó.  Pero no era cierto, aquello no terminó ahí y a decir verdad, parecía que nunca terminaría.  De repente, la mente de la muchacha se transportó a aquella misma calle, que unos meses antes. ella, vestida de blanco, recorría hacia el altar del brazo del ahora difunto.  En ese entonces, ella se esforzaba por mostrar felicidad y serenidad, pero en el fondo se moría de los nervios, mientras que su padre, lucía una cara de pocos amigos.  Desde el momento en que su hija comenzó su noviazgo con el que ahora sería su marido, él se había opuesto rotundamente, esgrimiendo los más ridículos pretextos, pues el sujeto en cuestión no tenía cola visible que le pisaran.  La familia del novio, pequeños ganaderos, tenía  recursos, era gente trabajadora y él, quien no era afecto a las labores del campo, había logrado finalizar la escuela de comercio y trabajaba como contador en la capital, desde donde viajaba regularmente al pueblo.

Después de la ceremonia religiosa, la pareja, sus familias y numerosos invitados se trasladaron a la casa de la novia, en donde el padre, a regañadientes, no tuvo otra alternativa más que echar la casa por la ventana.  Fue una recepción fastuosa, para los estándares de aquel pueblo, es más, guardando las debidas distancias, el propio Camacho se hubiese sentido envidioso.  A pesar de que los festejos se prolongaron hasta el atardecer del día siguiente, al rayar el alba, la pareja salió en viaje de luna de miel a Santa María de Ostuma, un hotel de montaña en el norte del país que en aquel tiempo estaba muy de moda para aquel tipo de menesteres.

Después de disfrutar de los maravillosos paisajes que se observaban desde el hotel e ingerir una frugal cena, los recién casados se recluyeron en su habitación y se dispusieron a iniciar los prolegómenos del asunto que tenían por delante.  La dulzura que había desbordado hasta entonces la novia, de pronto fue convirtiéndose en un profundo sentimiento de temor.  El novio, quien acusaba en su hoja de vida una experiencia, pudiésemos decir, suficiente en esas lides, entendió que era algo normal, ante la incertidumbre de la muchacha frente a un hecho que podía considerarse un rito de iniciación, en ciertos casos, un tanto doloroso.  Como todo un caballero, de lo cual se preciaba, trató de calmar a su ahora esposa, ofreciendo la gentileza que el caso requería. Aun así, el nerviosismo de la novia iba in crescendo, hasta el punto en que comenzó a ponerse tiesa (ella), mientras que el novio hacía su mejor esfuerzo para tranquilizarla con las mentiras piadosas del caso.  Cuando él lo creyó prudente, se dijo a sí mismo aquel refrán que repetía su abuela: “Lo que se va a pelar, que se vaya remojando” y se preparó para asumir en propio nombre su dominio sobre la doncellez de su dulcinea.  Como el torero que con el estoque en mano, mide la fuerza necesaria para atravesar piel y músculos del astado, el joven se lanzó con firmeza, sin embargo, más que resistencia, sintió como si alguien hubiese abierto una puerta y el impulso lo llevó hasta la pared de enfrente.

La sorpresa, el desconcierto y la frustración del novio fueron mayúsculos.  En aquel tiempo los estudios sobre el “himen complaciente” todavía no se profundizaban, de tal manera que no había ningún atenuante ante lo que era un atentado al honor del novio, de tal forma que el tálamo nupcial amenazaba en convertirse en un ring de la AAA.  -¿Qué pasó? Fue lo único que se le ocurrió decir al novio.  La muchacha se limitó a enmudecer y al rato, como decían en el pueblo: “dice a llorar”.    El primer impulso de cualquiera hubiese sido estrangular a la causante de aquella mancha en el honor del esposo, sin embargo, el joven no era violento y había aprendido a manejar sus reacciones con cierta dosis de ecuanimidad.

No obstante, de pronto tomó la actitud de un oficial de “entrevistas” de la OSN (Oficina de Seguridad Nacional) y comenzó a interrogar insistentemente a la joven, tratando de descartar las opciones tan manidas utilizadas en estos casos, como las caídas de una bicicleta, de un árbol, de una cerca, indagando acerca de algún novio, vecino, compañero de clases, sin que ella pudiera dar la menor luz en aquella persecución de la verdad.  En aquel interrogatorio que se prolongó durante toda la noche, el novio llegó a observar que el código más fuerte en su pareja era el silencio.  En ningún momento hubo el intento de alguna mentira que tratara de calmarlo.  Llegó el muchacho a la amenaza de llevarla desnuda por todo el pueblo y dejarla en la puerta de su casa y ahí repudiarla a todo pulmón.

Era ya de mañana, pues la claridad de la aurora empezó a colarse en la habitación, cuando la insistencia del joven logró romper aquel muro infranqueable dentro de su compañera y de pronto, la verdad se desbordó, con la fuerza del agua que rompe una represa y se limitó a tres palabras: -fue mi papá.  Su voz se ahogó muy dentro de su pecho y se dejó caer entre sollozos.  El novio fue quien en ese momento perdió el habla, sus ojos se desorbitaron y su quijada perdió la fuerza que lograba mantener su boca cerrada.  Se dio cuenta inmediatamente que ella no estaba mintiendo, recordó aquella animadversión de aquel hombre a su persona, a su noviazgo y luego al matrimonio.

Cuando él recobró el resuello, comenzó a caminar por toda la habitación, mientras cavilaba lo que podía hacer.  Pensó por un momento en matar a quien ahora era su suegro, sin embargo, estaba seguro que conociendo a sus respectivas familias, esto podría ocasionar interminables vendettas que terminarían al final con todos sus integrantes.  Pensó en una acción legal, pero tampoco podía progresar, dada la estrecha relación del suegro con el régimen somocista, que al final de cuentas controlaba la justicia en el país.  Lo más importante fue concluir, después de todas las reflexiones, que su esposa, no era otra cosa que una víctima.  Fue entonces que se acercó a la cama y comenzó a acariciarle su cabeza, tratando de contener las lágrimas.  Ella, tratando de arrancar las palabras de su garganta, le preguntó: -¿Me perdonás? –No tengo nada que perdonarte, le replicó él, eso sí, agregó, quiero que lo que yo te pida, lo obedezcas ciegamente, sin protestar.  Ella sin pensarlo mucho asintió.  – Lo primero, dijo él, va ser que no vas a volver nunca a tu casa.  Ella después de un sollozo, asintió.  – Lo segundo, agregó, será que luego me contés a detalle como fue toda esa historia. Ella dudó por un momento, pero al final volvió a asentir.

Regresaron directamente a la capital, a la pequeña casa que él había alquilado para convertirla en su nido de amor.  Sin embargo, todo aquel cariño que habían construido durante los meses de noviazgo, tuvo que ser comenzado casi de cero y todas las noches al igual que Sherezade, ella le iba soltando a retazos la escalofriante historia de cómo su propio padre la había violado innumerables veces y como aquel código de silencio que imperaba en aquella casa, impedía detener aquella canallada. Luego le soltó algo más tormentoso.  Antes de que se fijara en ella, su padre había violado sistemáticamente a sus dos hermanas mayores.  Al final, quién sabe por qué razón, la prefirió a ella y dejó a sus hermanas en paz.  Lo más macabro era que todos, incluso la madre sabía lo que estaba sucediendo y lo único que se imponía era el silencio.

Cuando después de varios meses, el joven supo aquella borrascosa verdad, comenzó a darle vueltas en su cabeza la forma de hacer pagar a aquel aberrado.  Pensó por mucho tiempo y al final dio con la solución, al recordar el dicho: Pueblo chico, infierno grande.  Así fue que ejecutó su plan para que el mismo pueblo fuera el gran infierno de aquel demente.  Buscó a una pariente que también vivía en la capital pero que viajaba cada fin de semana al pueblo y le pidió que trasmitiera unas cuantas cápsulas de la historia, sin citar fuentes, a una lista de personas que se encargarían de diseminar la información por todo el pueblo y sus alrededores.  Así lo hizo y el domingo, después de la primera misa, muy temprano por la mañana, las noticias se dispersaron como reguero de pólvora.  Se multiplicaron de manera impresionante los grupitos que en las esquinas no hacían otra cosa sino comentar aquella historia.

El lunes por la mañana, la familia de nuestra historia, todavía con la oreja fría, comenzó a notar una especie de nubosidad que flotaba por todo el pueblo y como miradas furtivas y no tan furtivas se clavaban sobre sus humanidades.  No obstante, quien más resintió la situación fue el padre, quien observó un rechazo, primero un tanto velado y luego demasiado evidente.  Mientras le daba vueltas a su cabeza sobre el motivo de aquella actitud en la gente, un nudo parecía recorrer sus entrañas.  Después de varios días en que cada vez más se generalizaba aquella actitud hacia él, se le ocurrió la idea de ir a la cantina El resbalón, a donde acudían regularmente muchos de sus amigos y conocidos.  Ahí se encontraba su amigo y compadre Tobías.  A esa hora, el compadre ya llevaba algunos mecatazos adentro, así que se sentó junto a él y pidió su dosis.  Su compadre también estaba cambiado y solo respondía con monosílabos.  Cuando no pudo más, decidió jugársela y sin más le dijo: – Bueno compadre, ¿podría decirme usted qué demonios pasa?  El compadre, que no tenía pelos en la lengua, ante aquella pregunta a mansalva y bajo los influjos del alcohol le dijo: – Lo que pasa compadre es que usted es un degenerado.  Su primera reacción fue querer agarrar a golpes a su compadre, hasta que se tragara sus palabras, pero aquel le tenía clavados los ojos y en aquella mirada comprendió lo que en realidad había sucedido.  La mirada del compadre continuaba penetrándolo hasta el fondo de su alma, si es que tenía.

Aquel hombre, ahora casi como un zombi, se levantó de su silla, abandonó la cantina y con pasos inciertos se dirigió a su casa.  Cuando llegó y se encontró con su esposa, esta se asustó al verlo como un guiñapo. –Pero qué te pasó, le preguntó.  El hombre, balbuceando quiso decir: – Lo que pasa es que son unos hijue…  no alcanzó a finalizar su frase, cuando se llevó las manos al pecho, se arqueó y como en cámara lenta cayó al piso.   La mujer se quedó paralizada, sin mover un dedo, luego de un instante, mientras el hombre yacía con los ojos desorbitados, con la frente cuajada de sudor, le costaba respirar y su rostro mostraba cierta palidez.    De pronto, llegaron las hijas e igualmente se quedaron sin hacer nada, simplemente se volvieron a ver y se quedaron inmóviles.  Después de un rato, la madre se arrodilló a su lado y volvió sus ojos hacia arriba mientras exclamaba: -Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.    Cuando su respiración se hizo imperceptible, la madre le dijo a una de sus hijas:  -Llamá al doctor.

Cuando llegó el doctor, en un tiempo, pudiéramos decir prudencial, se acercó al hombre que continuaba en el piso y comenzó a verificar los signos vitales y después de varias auscultaciones, se acercó a la señora y le dijo: -Lo siento, su esposo ha fallecido.  Fue un infarto al miocardio.  No hubo shock, no hubo llanto, no hubo prácticamente nada, la ahora viuda simplemente se limitó a decir: -Dios lo haya perdonado.

Unas horas después, en su casa de la capital, el contador recibía una llamada de su pueblo.  Disimulando una sonrisa, se dirigió a su esposa y le dijo: -El sátiro de tu padre murió hoy de un infarto.  Ahora te voy a pedir lo último en que vas a obedecerme ciegamente.  Mañana, te vas a poner el vestido rojo que te compré para la fiesta de fin de año y vamos a ver pasar el cadáver de ese tipo.  Ella quiso decir: -Pero…  – Nada de peros, quedamos en que ciegamente.  Ella una vez más asintió.

Cuando la camioneta llegó a la capital ya estaba oscuro.  Ella ya se había calmado, pasaron luego por su casa, en donde él se cambió los jeans y la camisa a cuadros por un traje oscuro, con corbata azul con motivos rojos, mientras ella se retocó el maquillaje, tomo su bolso de noche y se dirigieron al club, en donde habían comprado boletos para la celebración del año nuevo.  Cuando ingresaron al club, ya había una nutrida concurrencia.  Una banda estaba finalizando El año viejo, al estilo de Toni Camargo.  Todas las miradas se enfocaron en aquella mujer de rojo, acompañada de un tipo que no desentonaba con la figura de ella.  El director de la banda se dirigió a sus músicos e iniciaron aquel cha-cha-cha que después de la introducción de trompetas decía: “Estas insoportable, con tu vestido rojo….”

 

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El nacimiento

Nacimiento.  Foto Orlando Ortega Reyes

En San Marcos, mi pueblo, nunca nevó y es posible que tampoco ocurra en los próximos dos millones de años, sin embargo, para quienes gozábamos del privilegio de ser niños, desde la última semana de noviembre, cuando los cortadores de café se encargaban de despeinar los cuatro costados del pueblo y dejaban colarse un frío que nos obligaba a sacar del ropero los suéteres y las chaquetas.  Con eso bastaba para imaginarnos que caminábamos por aquellas escenas que admirábamos en las tarjetas de felicitación que comenzaban a llegar y que invariablemente presentaban un paisaje invernal lleno de nieve que llegaba a cubrir hasta los decorados árboles.

Por la noche la temperatura bajaba aún más y el aroma de los cafetales se mezclaba con el olor de la pólvora de las triquitracas y del carburo de las lámparas de los comerciantes que con sus tijeras llenas de mercancía invadían el centro del pueblo, mientras que la luz mortecina del alumbrado público se miraba reforzada por una que otra iluminación de colores.

Junto con la llama de la esperanza que ardía en nuestros pechos, más que nada por los regalos que la víspera de la Navidad traería el Niño Dios, estaba la curiosidad de ir a ver el nacimiento de donde las Matus.  A pesar de que mi tío César era supuestamente el jefe de esa familia, la fuerza del clan compuesto por doña María Matus y sus hijas Reneé y Elida era mayor, de tal manera que todo mundo cuando se refería a esa familia lo hacía invariablemente como las Matus.  Lo interesante era que no eran mujeres de un carácter fuerte o agresivo, eran sí, emprendedoras curtidas en la luchas por la supervivencia, amables hasta la pared de enfrente y solidarias, incluso más que un gobierno socialista.  Doña María era una experta en las artes culinarias, de tal manera que hubiese dejado en ridículo a cualquiera de los participantes en esos reality de Master Chef.  La niña Reneé era una master en comercio y su habilidad para las matemáticas básicas era asombrosa, además de contar con una memora prodigiosa, tan necesaria para su oficio.  La tía Elida por su parte, casada con mi tío César, combinaba la tarea de criar a mi prima Estercita, con la abnegada tarea de poner inyecciones y sueros por todo el pueblo.

A inicios de diciembre, mi prima Estercita llegaba a la casa para llevarnos a ver el famoso nacimiento de las Matus.  No podría precisar cuándo comenzó esa tradición familiar, sin embargo me imagino que en aquel tiempo ya llevaban algunos años armándolo.  En cierta parte de la sala, ocupando una extensión considerable, estaba el mencionado nacimiento.  En la parte principal estaba desde luego una caseta que albergaba las imágenes de José, María y el Niño Dios, con las consabidas bestias a cada lado para darle calor con su vaho al recién nacido y a la altura del techo, un ángel tenía una leyenda que decía: Gloria a Dios en las alturas.  Por razones del espacio disponible, más que por romper la fijación occidental por la simetría, a ambos lados de la caseta, una parte más extensa que la otra, con algunos objetos superpuestos cubiertos con papel kraft debidamente teñido con anilina café, se mostraba un terreno un tanto abrupto simulando la percepción que tenía la tía Elida de los terrenos suburbanos de Belén.

Lo más interesante del caso es que en aquella representación se observaban además de los consabidos pastores, los magos de oriente que en la misma llegaban anticipados por la falta de calendarios o bien porque siguieron a la estrella equivocada, una serie de participantes que para la inocente mentalidad de los pequeños no constituía ninguna aberración, sino que simplemente eran elementos que proporcionaban un acompañamiento vistoso a la escena.  Ahí se encontraban pequeños camiones, la más variada fauna que se pueda uno imaginar, soldaditos de la segunda guerra mundial, indios y vaqueros de plástico, que a pesar de su feroz apariencia y de sus variadas armas que empuñaban, en medio de la escena parecían participar del regocijo del nacimiento del mesías.  No obstante, lo que más me llamaba la atención era una imitación bien lograda en madera de una refresquera, que eran una especie de rústico kiosko en donde se expendían gaseosas y similares en los parques y en aquella impresionante miniatura estaban colocadas una réplicas de coca colas, que formaron parte de una promoción de la embotelladora, cuando cumplía sus promesas en sus premios.

Para nosotros era un tremendo espectáculo admirar aquella obra de arte, más aún cuando en nuestras mentes no existía el concepto de anacronismo, al no haber desarrollado nuestra conciencia histórica, así que no se nos hacía nada raro que participaran en una amena convivencia en medio de aquella fiesta, los seguidores de Toro Sentado, con las gentes del General Patton o con los pastores judíos, que bien podían pedir una coca cola para mitigar su sed.  Pasó mucho tiempo para que advirtiéramos aquella situación, además del hecho de que un recién nacido pudiera tener dientes.  Abro un paréntesis para anotar que en el pueblo circulaba una leyenda urbana de un niño cuyo nacimiento se retrasó tanto que nació con dientes.

Pero, como en todo, llega un momento en que todo aquello que nos asombraba cuando éramos niños, deja de tener encanto al irnos percatando de la realidad de las cosas.  Así pues las bebidas espirituosas surgen como elemento indispensable en las principales celebraciones y aquellos elementos que llenaban nuestras vidas, dejan de tener el atractivo que un día tuvieron.  Así pasó con los nacimientos, los juguetes y otras particularidades de la Navidad.

No recuerdo bien cuando fue que la tía Elida dejó de poner su nacimiento.  Ella nunca perdió aquella alegría que sentía por la vida, aún en los momentos más difíciles y daba gusto encontrarla pues siempre mostraba su mejor sonrisa, acompañada de un piropo, pues sin importar si uno estuviera flaco o gordo, siempre nos encontraba hermosos y guapos.  Me imagino que cuando mi prima Estercita tuvo que emigrar a los Estados Unidos, perdió el entusiasmo de armar el nacimiento y luego, a medida que la soledad iba invadiendo aquella casa, algunos ciudadanos, en operación hormiga fueron llevándose las cosas que tenían a la vista en su casa que siempre estaba con las puertas abiertas.

Con el tiempo me tocó llevar a mis hijos a ver algunos nacimientos espectaculares.  En México los llevé varias veces la garaje de una casa en la colonia Marte, en el Eje 5 sur, en donde instalaban un nacimiento de más de mil figuras y lo que más me impresionaba era la alegría de mis hijos que me hacía recordar mis tiempos con mi prima Estercita viendo el nacimiento de las Matus.

Mi hermana Oralya siguiendo un poco aquella tradición de la tía Elida, fue ampliando poco a poco su nacimiento hasta alcanzar un tamaño considerable y mis hijos también participaban de todo aquel rito de instalarlo y desinstalarlo.

Ahora que me corresponde alimentar toda esa fantasía que gira alrededor de esa tradición a mis nietas, debo confesar que lo hago con cierto desgano.  En mi casa, aunque ni Ripley lo crea, hay como 45 nacimientos de diferente tamaño ubicados por toda la casa y tengo que caminar con los ojos bien abiertos para no tropezar con alguna oveja o pastor.

Ahora que están de moda los nacimientos institucionales, llevo regularmente a mis nietas a la exposición que las instituciones del estado arman a lo largo de toda la Avenida Bolívar y lo único que me llena es el asombro y alegría de mis nietas al ver todo el colorido de la Avenida, con una diversidad de villancicos que se entremezclan y con consignas y anuncios subliminales disfrazados de jaculatorias. El anacronismo adquiere ahora otra dimensión.  Cada institución del Estado se exprime las neuronas hasta el borde de la meningitis por presentar el nacimiento más original y yo por mi parte, en ese trayecto, que pareciera salido de una película de Fellini, me abstraigo y me dedico a recordar aquel nacimiento que con tanto empeño armaba la tía Elida.  Cómo extraño su saludo lleno de cariño y de alegría, así como el anacronismo tan inocente de su nacimiento.

 

 

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¡No vuelvo a beber!

Noe.  Imagen tomada de internet

 

En esta época del año, se hace propicio el tiempo para cavilar sobre la supremacía de algunas mentiras por sobre las demás, que parecen haberse multiplicado en nuestro entorno.  Hace un par de años escribí sobre una de las mentiras que siempre está contendiendo por el primer lugar:  Mañana te pago.  Pero en esto de las mentiras, parece mentira, la estacionalidad de las mismas es algo relevante. En este diciembre, gracias a la intervención de algunos asesores financieros de bolsillo, algunos cuantos dedicaron parte de su aguinaldo a saldar algunas deudas, por lo tanto Mañana te pago, cobrará vigencia hasta dentro de algunas semanas.

De esta manera, la milenaria mentira, presente en la humanidad desde Noe: ¡No vuelvo a beber! se coronará en este diciembre, como reina indiscutible, pues da la impresión que las circunstancias se muestran inmejorables para ello.  Las vacaciones parecen estirarse, gracias a la magnificencia del Supremo Empleador que ha otorgado una generosa cantidad de días festivos, lo que será un aliciente para el gratificante ejercicio de empinar el codo y además podría decirse que, en términos generales, la economía, como dice Chanito, marcha con pasos contundentes hacia un crecimiento sostenido. Así que como aquel coro de la opereta de Arrieta: Marina, la ocasión invita a cantar: “a beber, a beber, a apurar, las copas de licor, que el vino hará olvidar, las penas del amor”.  En virtud de que el límite se pone en el nivel de: Hasta que el cuerpo aguante, llega, más temprano que tarde un momento en que el cuerpo resiente, pues el hígado ya se encuentra como el centro de Alepo.

Aquí habría que aclarar que hay individuos que a fuerza de mucha experiencia han podido alargar los períodos ininterrumpidos de ingestión alcohólica, hasta niveles equivalentes al diluvio universal, cuarenta días y cuarenta noches, pero se trata de personas que dominan el arte de combinar la bebida y la comida de tal manera que pueden traslapar de forma magistral los períodos de borrachera con los relativos a la ineludible goma.  El resto de los mortales ya habrá claudicado mucho antes de que se escuche la sonora risa de Santa Claus. Lo cierto es que casi en su totalidad jurarán hasta con los dedos de los pies que no vuelven a beber.

Así pues, la consabida mentira saldrá de los labios de aquellos que en primer lugar sufren en su organismo los estragos de los excesos en la ingesta de alcohol.  Desde aquellos que caen en un coma etílico, diablos azules incluidos, hasta quienes sufren los efectos de una goma mal curada.  No obstante, no faltarán quienes padecen de una goma moral por los desaguisados, léase encabes, ocurridos durante una “noche de copas” como decía María Conchita.  Estos últimos llegan a ser peores que las patologías debido a que en cada ciudadano hay un reportero escondido, que celular en mano se apresta a documentar cualquier pecado, de palabra, obra u omisión, que brote de la euforia inspirada en el dios Baco y cuyos efectos serán de desastrosas consecuencias cuando, sin pensarlo dos veces, el improvisado reportero suba a las redes sociales su video, con la esperanza de que se vuelva viral.  Ahí se fregó la cosa, pues en esos casos no aplica el hashtag #borrachonosevale.

Así que mientras otros entre sus propósitos de año nuevo se propondrán bajar de peso, aprender inglés o ser mejores personas, una considerable proporción se impondrán la promesa de no volver a beber.  Obviamente, la promesa cae en terreno estéril con la plena conciencia de que se trata de una mentira más, pues no se operativiza, como dicen los administradores.  Para que este propósito se salga del terreno de la fantasía, el sujeto debe de ingresar a un grupo de alcohólicos anónimos pues de otra manera seguirá siendo de las mentiras más grandes.

De esta manera, estimado lector, tenga mucho cuidado, pues en medio del caótico tráfico de estos días, en donde se le puede atravesar tanto un busero kamikaze, un junior borracho o una aprendiz temeraria, como una fila interminable de mentiras y entre ellas, con la supremacía de siempre: ¡No vuelvo a beber!

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El influyente

Mario Moreno, Cantinflas.  Imagen tomada de internet

 

Muy a menudo observamos en los medios de comunicación el término “influyente”, para designar a determinada persona que puede ser desde un aspirante a Mister Universo, hasta un empresario “exitoso”, pasando, desde luego, por alguna presentadora de televisión y que de acuerdo a esas publicaciones, esos ciudadanos son tan famosos que lo que hacen o dicen tiene un impacto considerable en nuestra sociedad.  Algunas revistas internacionales integran listas de determinado número de influyentes en cierta región o en cierto período.  Lo cierto es que en consideración a que el término “influyente” se presta a una enorme flexibilidad, pues se refiere a ejercer predominio o fuerza moral, sin establecerse los límites de la magnitud de dicho ejercicio, llegamos a ver en dichas listas a individuos que con mucho esfuerzo podrían, si acaso, ejercer influencia en su entorno familiar.

Las listas con mayor sentido, aunque no ajenas a intensa polémica, son las que se refieren a los personajes influyentes en la historia de la humanidad, en donde ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Así pues, en estos dorados tiempos, desfilan en nuestro entorno una serie de personajes locales que lucen en su frente, como si fuera una guirnalda, el título de influyentes.  Otros cargan a la fuerza esa etiqueta, debido a la extrema candidez de otros conciudadanos que juran hasta con los dedos de los pies y quieren hacer creer a todo mundo, que los primeros tienen el poder de influir en las decisiones de la Santa Sede, la Academia Sueca, la OEA o del Congreso norteamericano.

Luego que Fidel Castro se puso en la presencia del Supremo Hacedor, es obvio que una inmensa mayoría coincida en que fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX.  Eso ni siquiera tiene que ser avalado por el CSE.  No obstante, habrá quien piense que influyó para bien y habrá quien sea de la opinión que influyó para mal, con todos los matices que caben en esta discusión.  La historia, no obstante será quien lo juzgue, no ahora, sino más tarde, así que será cuestión de la Posteridad.

Sin embargo, si se tratara de identificar a un personaje cuya influencia hubiese permeado más que en el pensamiento y en los movimientos políticos y sociales de determinada región del planeta, en la idiosincrasia, en la forma de actuar de grandes sectores de nuestra sociedad actual, en ese caso, es posible que muchos coincidan en señalar a Cantinflas, el personaje creado por el mexicano Mario Moreno Reyes.  Su particular forma de ser, que fue plasmada en sus películas, principalmente las relativas a la década de los años cuarenta del siglo pasado, llegaron a enquistar en la idiosincrasia latinoamericana el famoso cantinfleo.

Este vocablo, incluso aceptado por la RAE, básicamente quiere decir: hablar de manera disparatada e incongruente, sin ningún contenido.  Aunque la realidad es que el cantinfleo en algunos casos va más allá de una forma de expresarse o de no expresarse, sino que alcanza además una actitud de exceso de confianza, oportunismo e irrespeto a la autoridad.

Nuestro acontecer nacional está plagado de intervenciones en donde el cantinfleo hace de las suyas.  Desde la feliz inocencia de los niños y jóvenes que con el mayor desparpajo responden con una andanada de palabras que al final no significan nada, ya sea a sus padres, a sus docentes o bien, en general, a sus mayores.

En los adultos la influencia del inolvidable mimo se hace más evidente pues abundan las oportunidades en donde un oportuno cantinfleo puede librarlos de la situación embarazosa de responder con la verdad.  No sería aventurado afirmar que las probabilidades de un ciudadano promedio de sufrir un acto de violencia y de que sea víctima de un cantinfleo andan casi tana catana.  Desde el marido que explica cándidamente a su esposa los motivos por los que se apareció hasta el tercer día, como resucitado con una sábana encima, hasta el operador de un call center que nos ha llamado para ofrecer un leonino préstamo, tratando de responder a nuestra pregunta que de dónde obtuvo nuestro número telefónico.  Muchos podrán recordar a cualquier conductor de televisión que es obligado a estirar tiempo durante una trasmisión y no tiene otra alternativa más que comenzar a cantinflear.

No obstante es el nivel de empresarios y políticos en donde el cantinfleo es una herramienta vital para el adecuado desenvolvimiento de sus carreras.  Ante la pregunta inevitable que plantea al unísono toda la sociedad, respecto a la causa de que los precios de los combustibles no siguen la misma tendencia, en proporción ante la estrepitosa caída de los precios del petróleo, algún iluminado responde: “…hay que distinguir que una cosa es el mercado del crudo y otro el de los combustibles. Tomen en cuenta que el crudo pasa por un proceso industrial, por lo tanto los precios son distintos…” Recórcholis diría Condorito.

Por su parte, algún defensor del proyecto del canal interoceánico responde ante la inquietud natural de la población respecto al impacto ambiental de dicho proyecto: “Nosotros pensamos que este megaproyecto, partiendo de que el canal debe estar al servicio de la naturaleza y no la naturaleza al servicio del canal, creemos que es una oportunidad para la restauración ambiental del territorio, creemos que da una oportunidad muy valiosa para el ordenamiento de este territorio”  Chanfle, exclamaría Chespirito.

Un magistrado que provoca los más agrios sentimientos entre todos los nicaragüenses responde a la pregunta de que si a pesar de todo permanecerá en su cargo: “Seguiré adelante cumpliendo con la patria, si no, buscaré qué hacer”.  Rayos y centellas admitiría Gene Autry.

Lo insólito ocurre cuando esta socorrida práctica llega hasta un documento oficial del Estado, como es lo siguiente, extraído de un Decreto Presidencial:  “Honramos a Darío entregándonos a trabajar para cultivar la Paz, el Amanecer, los Colores y las Luces del Alba, la Alegría del Aire que contiene Grandeza y Espíritu con el que forjamos las Realizaciones de los Nuevos Días”. No hay razón, chato, diría el inolvidable mimo.

Soy un ferviente creyente de que el buen humor es un elemento vital para soportar el transcurso de esta vida, pues como decía el gran filósofo británico Alan Watts: “Las personas sólo sufren porque toman en serio lo que los dioses hacen por diversión”.  No obstante, en el cantinfleo hay cierta percepción de parte de quien lo practica que su interlocutor tiene un nivel intelectual equivalente al salario mínimo.  Así pues, dejarnos cantinflear impunemente pudiera minar nuestra autoestima en grado considerable, de tal forma que es necesario, estimado lector, que realice su mejor esfuerzo porque el émulo del mimo no se salga con la suya.  Contraataque, interrogue, riposte, hasta que el individuo comprenda que usted es un hueso duro de roer y que aquel no se saldrá con la suya. Por último, dígale como don Mario: “¿Cómo dijo que me dice que dijo? Tons como quien dice: a volar, joven”.

 

 

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Matamamas y lealtades

judas-iscariote. Imagen tomada de Internet

 

Cuando todavía estudiaba en primaria, a fines de los años cincuenta del siglo pasado, se utilizaba mucho un insulto, que aunque no estaba catalogado entre las “malas palabras”, el mismo causaba cierta conmoción a quien lo recibía.   Tal vez por su composición, ese epíteto calaba hasta en el más rudo.  Me refiero al vocablo “matamama” que resultaba de unir el verbo matar, con el sustantivo mama, forma coloquial de denominar a la madre de alguien.  De esta forma, matamama era quien, de manera figurada (la mayoría de las veces), podría matar a su progenitora para conseguir algo.  De esta forma, se manejaba esta palabra para designar a un desleal o traidor, en una amplia gama de formas y tonos, que iban desde alguien que cambiaba de bando o en el otro extremo a quien cometía un acto grave de traición.  Por alguna razón, la Real Academia de la Lengua no lo ha incluido entre los nicaraguanismos que ha incorporado en su diccionario.

En aquellos tiempos se utilizaba frecuentemente para designar a quien cambiaba de grupo o de equipo deportivo, ya fuera como integrante o simplemente como fanático de algún equipo.  Muchos recordarán a los boeristas de aquella época que después de orgullosamente expresar su preferencia, agregaban “hasta la muerte” sellando de esta manera una afiliación con lealtad a toda prueba.

También se utilizaba este nombre para designar a quienes cometían faltas a la lealtad en términos generales o bien como sinónimo de malinchismo, es decir cuando alguien prefería a una persona extranjera frente a un connacional o bien a los productos provenientes de otro país frente a la producción nacional.

En política se utilizaba en mayor medida como sinónimo de traidor, ya fuera por cambiar de partido político o bien sin hacerlo, colaborar con el partido adversario y en el sentido más grave a quien cometía un acto de traición a la patria.

En muchas ocasiones este vocablo formaba parte de aquellas retahílas que como andanada de artillería pesada se dejaban caer sobre cualquier sujeto.  En la historia del famoso Peyeyeque, personaje emblemático de la vieja Managua, relatada en una canción de la inspiración de Humberto “El Gato” Aguilar, el famoso barrendero le dirigió una serie de insultos al policía que lo estaba juzgando, pues hay que recordar que en aquellos tiempos ese cuerpo castrense era juez y parte (aquí entra Manzanero cantando: Todavía).  La retahíla aquella se componía de: “conservador, cachureco, matamama, comunista”, lo que valió una inmediata condena de parte de la autoridad.

Como decía Julio Numhauser: “Cambia, todo cambia” y en estos dorados tiempos que corren, el vocabulario de los nicaragüenses ha cambiado sustancialmente.  Ya no es ningún insulto para nadie que le digan conservador, cachureco, ni siquiera comunista. A lo mejor “zancudo” puede causar cierto escozor.   Incluso aquellos vocablos tan nicaragüenses se están perdiendo en el olvido, como es el caso de “tuani” que ya pocos lo emplean, pues las nuevas generaciones para estar alineados con los fashionistas, dicen en su lugar “kawai”.

Lo que llama la atención es que el vocablo matamama cayó en un total desuso.  Es muy raro escuchar a alguien lanzarle este insulto a una persona.  Lo cierto es que por su parte la lealtad también ha sufrido cambios importantes en su concepción.

En el ámbito deportivo, la lealtad realmente no importa.  Es algo natural que los equipos de cualquier deporte puedan ser comprados y vendidos como en un tramo del oriental, lo mismo ocurre con los jugadores que son subastados al mejor postor.  De esta forma, la lealtad hacia un equipo no tiene mucha razón de ser.  Tal vez en el caso de aquellas selecciones de países que compiten con la bandera del mismo en algún torneo mundial o regional y que por lógica todos los ciudadanos deben de tener simpatías por dicha selección, aunque la verdad es que nadie le pone cuidado a la lealtad del vecino hacia la selección nacional, máxime cuando queda a mitad del camino.

Con relación al afecto hacia lo extranjero, ya a nadie le importa si un ciudadano prefiere lo importado a lo local.  En un bar cualquiera, algunos piden Flor de Caña, otros whiskey escocés, otros vodka, otros Toña, otros Corona y nadie arruga la cara, salvo el que toma Caballito.   Por otra parte, la doble nacionalidad es algo muy natural y a nadie critican por involucrarse de lleno en las elecciones de los Estados Unidos, con todos sus detalles y no saben quién es Saturnino Cerrato (bueno, parece que nadie).  Otro claro ejemplo es todo el alboroto que desde estas fechas se está gestando en torno a la celebración de Halloween, en donde todo grupo de jóvenes que se precie de “nice” e incluso instituciones educativas, tienen que organizar una fiesta alrededor de esta ocasión.  Ni siquiera le paran bola a los gritos de algunos sectores que desean parar esta práctica y que recurren hasta el extremo de calificar esta festividad como diabólica.  Creo que a nadie le han gritado: matamama, por disfrazarse para esta festividad, ni siquiera cuando lo hacen durante todo el año.

En la política el asunto es más complicado, aunque no deja de verse algo parecido al ámbito deportivo.  Aquí pareciera que la lealtad adquiere una elasticidad más grande que la de Ralph Dibny, pues por un lado se observa que miembros de un partido, de la noche a la mañana se pasan al partido adversario, con un cinismo de antología y unos argumentos oligofrénicos y a nadie parece importarle mucho.  Nadie se atreve a gritarles: matamama y si alguno se atreve a criticarlos utiliza, con cierta dosis de corrección política, el epíteto “tránsfuga”, que tiene el mismo significado de matamama, pero que se oye con más cadencia o que bien puede confundir a más de un ingenuo que sentirá que significa algo así como “escapista”.

Ni siquiera se usa matamama para designar a quienes en estos tiempos se hacen acreedores a la etiqueta de vendepatria, que se reparte al por mayor entre las facciones políticas, como en un juego de ping pong, con o sin razón, dependiendo del cristal con que se mire.

El colmo de las distorsiones en cuanto a la lealtad, es el caso de una figura del boxeo que de pronto, en un vaso de agua se ha visto colocado en el ojo del huracán, por el simple hecho de haberse tomado una foto en la Basílica de Guadalupe en México, siendo el púgil evangélico.  Esto equivale a que se hubiese tomado una foto en la Plaza Garibaldi siendo abstemio o junto a Salma Hayek, siendo casado. Nadie se atreve a gritarle: matamama, pues el interfecto le apea los dientes de un cascarazo, sin embargo, fue obligado a ofrecer disculpas y unas peregrinas explicaciones.

Así pues, no está lejano el día en que el vocablo matamama esté desterrado del habla nicaragüense.  Cuando alguien, por relancina, lo llegue a escuchar, pensará que se trata de algún futbolista africano o de un personaje del Rey León.  La lealtad por su parte también va por ese camino y al final quedará solo en los programas de algunas empresas que asignan puntos a sus clientes por su lealtad al preferirlos.

 

 

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El caso del alcohol puro

Botica.  Imagen tomada de Internet

Mi abuelo paterno, tenía una visión comercial un tanto particular en el manejo de su botica.  A pesar de ser un agnóstico declarado, algunas veces manejaba ciertos criterios morales que lo hacían ver, en cierta manera, como un mojigato.  Pudo haber sido cierta influencia de mi abuela, devota católica, quien en ciertos momentos le torcía el brazo en algunas decisiones que debían haber sido puramente comerciales.  Por ejemplo, en esa botica, tal como lo he comentado en otros artículos, no se vendían condones, con la particularidad que mi abuelo de la manera más tranquila expresaba que no los expendía, mientras que mi abuela y la tía Leticia montaban en cólera cada vez que un ingenuo comprador osaba preguntar por dicho producto.  También se rehusó a vender en la sección de revistas algunas de contenido picaresco y lo más atrevido que llegó a vender fue una revista llamada Luz, que con bases científicas ofrecía una atrevida educación sexual ilustrada a los curiosos de la época, por la friolera de dos córdobas (40 centavos dólar).

En esa botica, entre muchos productos, se vendía alcohol bajo dos formas.  El alcohol metílico, procesado a partir de la madera y que era conocido como alcohol metílico o alcohol desnaturalizado, que se empleaba como antiséptico, es decir exclusivamente de uso externo, pues su ingesta produce severos daños al sistema neurológico, incluso la muerte.  De la misma manera se vendía el alcohol etílico, que generalmente se obtenía de la destilación del fermento de caña de azúcar y que alcanzaba un nivel alcohólico de 96 grados.  A este alcohol en la farmacia se le conocía como alcohol puro y su precio era superior al desnaturalizado.  En rigor era el mismo guaro o guarón de las cantinas en su forma más pura, sin ningún tipo de adulteración.  De cualquier forma, su expendio en la farmacia era con fines culinarios, es decir para la elaboración de algunos alimentos, especialmente postres, se utilizaba también como solvente, para casos como la anilina soluble de grado superior.

En cierta ocasión, no podría precisar las causas, el suministro del guaro sufrió una terrible escasez, de tal manera que ni en la Renta de Jinotepe, ni en el expendio de doña Cheya Jara, quien tenía la concesión exclusiva en el pueblo, había existencia del vital líquido.  Después de cierto tiempo, los afectos al culto del dios Baco, empezaron a sentir los rigores de la abstinencia.  Resulta que mi abuelo, que siempre le gustaba tener un inventario bastante amplio, tenía en su poder una buena dotación de alcohol puro.  Alguien con espíritu investigativo se dio cuenta del inventario existente en la botica y de manera disimulada comenzó a comprar en pequeñas cantidades.

En algún momento mi abuelo se percató que la demanda de aquel producto se había disparado respecto a la tendencia histórica, de tal manera que descubrió que su alcohol se estaba destinando al consumo humano directo.  No le gustó la idea de estar fomentando ese execrable vicio y comenzó a restringir la venta del espíritu aquel.  Algunos consumidores muy avezados comenzaron a querer vacilar a mi abuelo comprando primero anilina soluble en alcohol para luego pedir el alcohol puro.  No sabían que para alguien que madruga siempre hay alguien que se acuesta vestido, así que no hubo forma de sacar el líquido con esas triquiñuelas.

En cierta ocasión, un ciudadano que trabajaba en labores administrativas en un trillo de arroz en Jinotepe, pero que de vez en cuando se abandonaba en los brazos de Dionisio, sintió el antojo de echarse sus rielazos y se le hizo fácil enviar a su hijo a comprar dos cuartas de alcohol puro a la botica.  Mi abuelo lo conocía bien, así como su desmedida forma de beber y lo violento que se ponía cuando se emborrachaba, al punto que arremetía con extrema violencia  contra su mujer y sus hijos.  De esa forma, cuando llegó el muchacho a solicitar la venta del producto a la botica, mi abuelo tranquilamente le dijo que no había.

Al llegar el muchacho a su casa con la noticia del falso flete, el tipo aquel volvió a enviar a su hijo con el mensaje de que su papá sabía que mi abuelo tenía alcohol puro en existencia y que le dijera la razón por la que no se lo quería vender.

Al recibir el mensaje, mi abuelo con la misma tranquilidad le dijo que no se lo vendía porque sabía que se lo iba a beber y luego empezaría a maltratar a su familia.  Se fue el rapaz.

Al rato se apareció el individuo aquel en la botica.  Mi abuelo se encontraba en su mecedora leyendo un libro.  Apartó sus ojos de su lectura y volvió a ver al tipo que con actitud amenazante se apostó enfrente de él.  Mi abuelo no se inmutó.  De joven había peleado en la guerra y fue torturado por los conservadores, de tal manera que nunca mostraba temor alguno ante ninguna circunstancia, por grave que fuera.  Con toda la tranquilidad del mundo se limitó a decir: -¿Qué se le ofrece don Fulano?

El tipo aquel, tragándose su enojo, trató de recuperar la calma y buscando lo más florido de su lenguaje le conminó a que le dijera en su cara el por qué no le había querido vender el alcohol puro.  Mi abuelo, conservando su ecuanimidad, le repitió exactamente lo que le había dicho al hijo.

El sujeto se puso casi morado, como un higo, sin embargo, sacó fuerzas para recobrarse del resuello y aclarándose la garganta le dejó ir un discurso.  Le dijo que él en su casa podía hacer lo que le viniera en gana, sin que nadie tuviera la autoridad para criticar lo que su derecho fundamental le confería en ejercicio de su libertad.   Que si él tomaba, lo hacía con su dinero y que su borrachera era de él y de nadie más.  Que si en algún momento, con razón o sin razón le pegaba a su mujer o a sus hijos, tenía todo el derecho del mundo como jefe de la familia.  Así que absolutamente nadie tenía que echarle en cara lo que hacía, ejerciendo sus derechos y quien lo hiciere estaba invadiendo su privacidad.  Estoy seguro de que ei hubiera estado en estos tiempos, le hubiese achacado el calificativo de “injerencista”.

Mi abuelo, un tanto sorprendido por la elocuencia del sujeto, procuró sacar un rescoldo de cortesía y le dijo: -Mire don Fulano, si lo pone de esa manera, tiene usted toda la razón.   Las leyes de este país, le confieren una plena libertad en sus actos y aunque me ofenden sus actitudes, debo admitir que no son de mi incumbencia.  Le pido disculpas por atreverme a juzgar su proceder.

El tipo aquel, enganchándose en el vagón del cinismo, le dijo: -Entonces, ¿me va a vender el producto?

Mi abuelo, tratando de ser todavía más cortés, le dijo: – De acuerdo a lo que usted argumenta, debo de inferir que ese mismo derecho que usted esgrime, asiste a mi persona para ejercer una plena libertad en mi negocio.  Por lo tanto, yo puedo vender o no vender lo que se me venga en gana, al precio que se me ocurra y a quien a mí se me pegue la gana.  ¿Es eso cierto, don Fulano? Aquel ciudadano un tanto sorprendido no tuvo más remedio que responder: -Pues sí, don Emilio. Entonces fíjese que en estos momentos no se me antoja venderle el alcohol, ¿Cómo lo ve?

El sujeto aquel comprendió que se había enredado en su propio mecate, así que no le quedó más remedio que mascullar entre dientes: -Muchas gracias, dando la vuelta sin esperar a escuchar cuando mi abuelo le dijo: -Que le vaya bien.

Después de algunas semanas, el alcohol puro volvió a expenderse de manera regular y ya no hubo ocasión de buscarlo de manera subrepticia en la botica.  El sujeto aquel, nunca volvió a poner un pie en el negocio de mi abuelo, ni envió a su hijo a comprar nada y siguió con su costumbre de emborracharse y agredir violentamente a su familia.

Años más tarde, el tipo aquel falleció, según algunos parientes, del hígado.  En aquellos tiempos, todos los entierros pasaban invariablemente por la calle en donde estaba la botica.  Cuando el cortejo fúnebre se acercó, mi abuelo se acomodó su sombrero, salió a la puerta y con una enorme solemnidad se descubrió la cabeza al paso del ataúd.  Agachó la mirada y esperó a que al llegar a la casa de los Herrera, enrumbara hacia el cementerio, entonces, colgó su sombrero, regresó a su mecedora y continuó leyendo.

 

 

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