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México lindo y querido

Nací en el centro de la Ciudad de México, en plena mitad del siglo XX.  Mi padre, nicaragüense, fue a aquellas latitudes a estudiar medicina y se enamoró de aquella tierra, tanto, que también se enamoró de mi madre, originaria de Aguascalientes, pero radicada en lo que por mucho tiempo fue el Distrito Federal.  Cuando finalizó su carrera, mi padre decidió regresar a su Nicaragua y mi madre, con un inconmensurable amor, lo siguió y se trasplantó, de aquella inmensa urbe a un pequeño pueblo enclavado en la meseta de Carazo, llevando a su niño de dieciséis meses.

Así pues, crecí viendo en primer plano aquella nostalgia de mi madre por su país y su gente. Día a día iba sorbiendo de su corazón aquel amor por su tierra y la acompañaba cuando sacaba un disco de Jorge Negrete y ponía el incomparable tema de Chucho Monge: México lindo y querido, mirando cómo se nublaban sus ojos y se quebraba su voz cuando repetía con Negrete:  “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.  Escuchaba muy atento de sus labios trozos de historia de México, la señal del águila y la serpiente, la entereza de Cuauhtémoc, el llanto de Hernán Cortés, la valentía de los niños héroes, entre otros.  Cada cumpleaños me despertaba con Las Mañanitas y en las grandes ocasiones nos preparaba mole.   Fueron inolvidables aventuras, los viajes que realicé a conocer mi otra patria y a la familia, distante pero cercana en las constantes referencias que hacía mi madre.

Cuando en 1979 escuché que venían los ríos de leche y miel, ante la triste realidad de que no sé nadar, salí con mi familia hacia México.  De entrada me encontré con el irrestricto cariño y solidaridad de parte de mi familia mexicana.  Luego vino una historia en extremo inverosímil, pero que puedo jurar ante el altar de Huitzilopochtli que es verdad.  Atendí un llamado a concursar por oposición a una plaza de economista con experiencia en proyectos, aparecida en El Excélsior.  Cuando acudí a una agencia de personal y pasé la pre selección, me explicaron que se trataba de una Jefatura de Departamento en el sector público.  Cuando llegué a la Dirección General de Desarrollo Forestal, me encontré con que el titular de esa dependencia, ante la dificultad de encontrar consenso en su equipo en cuanto a la ocupación de la vacante, decidió concursar públicamente el puesto, algo insólito en la administración pública mexicana.  Pero se trataba de León Jorge Castaños, Ingeniero Forestal, el único funcionario público que llegué a conocer con un ideal y una mística de trabajo orientada hacia su misión de ayudar a las comunidades forestales.  Al inicio de su gestión en el sector público, tenía doce colaboradores, ingenieros forestales que por su entrega e integridad fueron conocidos como los doce apóstoles.  Después de completar las pruebas de admisión, aun bateando con la zurda, salí calificado para ocupar el puesto.  Comencé a trabajar en aquella dependencia y ahí logre afianzar mi cariño por México, pues a pesar de que nadie creía la forma en que había llegado ahí, tuve de parte de todos quienes integraban aquella institución, aceptación, cariño y solidaridad.

Mi oficina quedaba en el centro histórico de la Ciudad de México.  A mediodía, salía a comer algo ligero y aprovechaba el resto del período de descanso para caminar por todas aquellas centenarias calles, tan llenas de historia y me empapaba, sin cansancio, de todo aquel esplendor.  Me impresionaba al extremo aquella bandera monumental de El Zócalo, que ondeaba majestuosamente y que henchía de emoción el pecho de cada ciudadano que por ahí pasaba. Los antiguos edificios de Brasil, Cinco de Mayo, Madero, Tacuba, Donceles, Isabel la Católica, Bolívar, 16 de septiembre, 20 de noviembre, Regina, Cinco de febrero, Venustiano Carranza.  Se me hacía corto el receso, después de caminar por todo aquel trecho de la historia, ávido de conocer de memoria cada paso de aquel trayecto.   Muchos se quedaron atónitos cuando en las vacaciones de diciembre, surgió un viaje de trabajo a Colima y yo me ofrecí de voluntario.  No había cupo para viajar por avión así que viajamos por tierra y los integrantes del equipo observaban mi admiración ante aquellos inmensos paisajes, que parecían no tener fin en El Bajío, para luego enrumbar hacia la costa.  En la gira de trabajo nos desviamos a la playa para comer algo y luego, antes de continuar, caminé hacia el mar y estaba absorto ante aquella inmensidad, cuando se me acercó el Ing. Castaños y me dijo: – ¿Admirando este bello país?  – Mi país, le respondí, recordando a Luis Spota: “tu país es la tierra que pisan tus zapatos”.

En el sexenio de Miguel de La Madrid, el Ing. Castaños fue designado Sub Secretario Forestal.  Yo ya había sido promovido a Sub Director y en la reestructuración fui designado a la Dirección de la Industria Forestal, a cargo de Antonio Hernández Murrieta, un insigne administrador que no solo dirigía eficientemente a su equipo, sino que lo motivaba a gerenciar cada área con orientación a resultados, siempre bajo la mística de trabajo de Castaños.

Me correspondió entre otras tareas la de brindar asesoría y seguimiento a las delegaciones estatales para formular un plan de desarrollo industrial forestal, para lo cual tuve que viajar incansablemente a  todos los principales estados forestales.  En aquellos viajes, siempre reservaba tiempo, después del trabajo, para  conocer la grandeza y la belleza de México.  De esta manera caminé, con cierto miedo, en los inmensos bosques de Durango, sentí la incomparable emoción de sobrevolar al amanecer el valle de Antequera y admirar la quietud matutina de Oaxaca y su imponente Monte Albán y desayunar luego un chocolate donde La Abuela en el mercado municipal.  También corrí, al rayar el alba, en el malecón de Chetumal admirando el Caribe al fondo; saboreé el delicioso café con leche de La Parroquia, en Veracruz; me situé en el Cerro de las Campanas, en el mismo lugar donde ejecutaron a Maximiliano; miré en la Quinta Luz, en Chihuahua, el automóvil de Pancho Villa cosido a balazos y con cierta aprensión, mire una y otra vez a la legendaria y apergaminada Pascualita, en su traje de novia en el escaparate de La Popular. Todavía siento los cachetes hinchados al recordar los ponches que ofrecían en Ciudad Guzmán, Jalisco o la aprensión de comer gusanos de maguey en Hidalgo.

Hasta 1985 viví en Tlatelolco, otro santuario de la historia de México, en el Edificio Chihuahua, frente a la plaza de las Tres Culturas, precisamente en donde con el fondo de la Iglesia de Santiago y de las ruinas indígenas, ocurrió la masacre del 2 de octubre de 1968.  Por una extraña coincidencia, el departamento donde vivíamos era propiedad de la viuda de un almirante de la armada de México.  Ahí, vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 y no habíamos terminado de ponernos a salvo en la plaza, cuando escuchamos un ruido estruendoso que produjo la caída del edificio Nuevo León.  Después de recuperarnos del shock y de dejar a los niños con una amiga en Linda Vista, permanecimos en Tlatelolco para esperar lo procedente.  En mitad de la noche, estaba con mi padre y mis hermanos en un vehículo, de pronto se acercó un individuo desconocido y sin preguntar nada nos pasó vasos con café y pan dulce.  Le agradecimos al samaritano aquel y hasta esa hora nos dimos cuenta que no habíamos probado nada de comer desde el desayuno.  Luego, cuando se restableció la comunicación contactamos a la familia para notificar que estábamos bien y fue cuando la tía Conchita, hermana de mi madre, generosamente nos ofreció una casa de campo que tenía en el rumbo de Xochimilco.  De no haber tenido aquel gentil apoyo, seguro que hubiéramos finalizado en un albergue.   Estando ahí, se presentó toda la familia para brindarnos su cariño y su apoyo.   La solidaridad en aquellos días se viralizó, por así decirlo, pues quienes habían salido ilesos se dedicaron a ayudar a sus conciudadanos afectados.

Al poco tiempo, mi oficina se reorganizó y nos reubicaron en Los Viveros de Coyoacán, en donde trabajé por nueve años.  Dirigí entonces mis caminatas a ese sector tan emblemático de la ciudad y en donde mi familia materna había vivido por varias décadas.   En Los Viveros, tenía la oportunidad de correr por el bosque y hacer un poco de gimnasia en un local al aire libre que había en el complejo.  Me hice asiduo visitante del Museo de Frida Kalo, del café El Jarocho y del bufett vegetariano El Arbol Bodhi.

El sector gubernamental ofreció apoyos a los afectados por el sismo, además de un crédito con inmejorables condiciones para la adquisición de viviendas.  Con esa ayuda, logré adquirir un departamento en los alrededores del Palacio de los Deportes.

Del Hospital Infantil de México Federico Gómez recibió mi familia un apoyo inmenso, pues ahí trataron a mis hijos a quienes les habían diagnosticado el Síndrome de Alport.  Ahí trasplantaron mi riñón a mi hijo Orlando y tuvimos una atención de primera durante todo el proceso.  En total, mis hijos pasaron regularmente por aquel centro por espacio de unos doce años.

En mi trabajo, después de innumerables reestructuraciones me encargaron la dirección de un proyecto de desarrollo forestal en Durango y Chihuahua, con el financiamiento del Banco Mundial, el cual manejé por espacio de ocho años.  En 1994, sentí que aquella ola que había surfeado por casi quince años, ya me estaba llevando hacia la orilla y pensé que era necesario que buscara una nueva ola.  Así que decidimos regresar a Nicaragua.

Salimos de México con el corazón lleno de gratitud a esa magnífica tierra y su gente, en donde absorbimos lo más rico de su cultura y en mi caso, fue como si hubiese cursado dos maestrías y un doctorado, además fuimos testigos del enorme espíritu de solidaridad del pueblo mexicano.

Luego, estuve viajando regularmente a México para visitar a mi madre, hasta que falleció en 2010.  Fui a depositar sus cenizas en el Mausoleo del Angel, al sur de la ciudad.  Recordé cuando escuchaba con ella a Jorge Negrete y al final, tuvo la dicha de morir en su tierra, aunque añorando a aquel pequeño pueblo de la meseta de Carazo.  No reposa en una sierra, ni al pie de los magueyales, pero la cubre esa tierra, que a pesar de las excepciones, es cuna de hombres cabales.  Después de aquella ocasión no he regresado a México.  Me daría gusto volver a ver a tantos seres queridos, sin embargo, no resistiría no encontrar a mi madre.  No obstante, sigo muy de cerca el acontecer de ese gran país y me duele en el corazón saber que sus malos hijos le corroen el alma.

Este septiembre, las fuerzas de la naturaleza se han ensañado en esa noble tierra; dos terremotos e incontables inundaciones pusieron a prueba el espíritu de los mexicanos, pero a pesar de todo el daño, no lograron doblegarlo.  El espíritu de solidaridad siempre sale a relucir y asombrosamente, se pone de nuevo de pie.  Al escuchar el reciente concierto “Estamos unidos mexicanos”, en el Zócalo capitalino, he sentido la ilusión de estar entre los doscientos mil ciudadanos, en especial cuando Pepe Aguilar hizo vibrar a cada una de las almas presentes cantando México lindo y querido, con tanta emoción que al final parece estar a punto de quebrarse en llanto.

Al final del camino, no pediré que me lleven hasta allá, diciendo que estoy dormido, tan solo quisiera tener la oportunidad de agradecer una vez más tanto cariño, diciendo desde el fondo de mi corazón: México lindo y querido.  Ya después, que me toquen Las Golondrinas.

 

 

 

 

 

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Never my love

Por mucho tiempo tuve la certeza de que el éxito de The Beatles: Yesterday, había roto todos los records de audición a nivel mundial y por lo tanto este logro era válido para los Estados Unidos, sin embargo, haciendo un poco de investigación al respecto, me di cuenta que de acuerdo a información de Broadcast Music Inc. (BMI) en el año 1999, otro tema, alcanzó los siete millones de interpretaciones en la radio y televisión norteamericana, de tal manera que ocupó el puesto número dos en el Top 100 songs of the Century.  El primer lugar lo ocupó el tema You´ve lost that loving feeling, que muchos recuerdan por la película Top Gun, pero que no obstante su historia va mucho más allá de esa película y sorpresivamente, Yesterday apenas alcanzó el tercer lugar.  El segundo lugar lo ocupó el tema escrito por los hermanos Donald y Richard Addrisi y que inicialmente lanzó, hace cincuenta años, el grupo The Association, Never my love.

Era el año 1968 y mis días de “pelón” habían terminado en la UNAN, pues cursaba el segundo año de Economía y había ayudado a trasmitir la tradición de iniciación, peloneado a una buena cantidad de aspirantes del primer año.  En ese año, comencé a tener clases a primera hora de la mañana y por la noche, de tal manera que con el afán de bajar de peso, realizaba a pie el trayecto de veinticinco cuadras desde mi casa hasta la facultad, dos veces al día.  Debo remarcar que disfrutaba al máximo aquellas caminatas en donde atravesaba gran parte de la vieja Managua, transitando mayormente por dos vía principales, la calle 15 de septiembre y luego la Avenida Roosevelt.  Además de los aromas que inundaban mi caminata, diferentes en la mañana y en la noche, estaban los sonidos que se iban sucediendo a lo largo del trayecto, pues abundaban las roconolas y equipos de sonido en diferentes locales, la mayoría de ellos comerciales, de donde emanaba toda suerte de temas, sin embargo, predominaban los éxitos que iban sonando en las radiodifusoras.

En cierta ocasión, un tema se fue repitiendo cada vez más insistente a lo largo de mi trayecto.  Era una interpretación un tanto fuera del común denominador de aquel año, en donde el rock estaba en todo su furor.  Era un ensamble vocal muy bien logrado y con un toque un tanto antiguo.  Me recordó por un momento aquella fantástica interpretación que recientemente habían lanzado Simon y Garafunkel,  Scarborough Fair, que te transportaba a una época medieval y que acertadamente se había incluido en la película El Graduado.

Aquella canción era precisamente Never my love, que había llegado a nosotros con unos meses de desfase.  Había escuchado anteriormente, el éxito de The Association, Cherish, que también tenía una extraordinaria calidad interpretativa y que parecía un tema de película con todo el esplendor de Hollywood.  No obstante, este otro tema realmente me impresionó por aquella armoniosa combinación de voces.  La letra, a pesar de no encerrar una profundidad filosófica, también agradaba, especialmente por la tendencia que ya se sentía hacia el amor casual.  Se trataba de una declaración tan contundente de: nunca me cansaré de ti, mi corazón nunca perderá su deseo por ti y así por el estilo, recalcando en el estribillo, nunca mi amor.  Así pues, era tan especial aquel sentimiento de poder afirmar de manera tan convincente: nunca o siempre.

El hecho de que no tuviésemos acceso a toda la producción musical de los Estados Unidos, no nos permitió darle seguimiento a todo el furor que causó este tema entre los principales intérpretes de la época, pues los covers no se hicieron esperar. Hay algunas interpretaciones que vale la pena mencionar, como las de The 5th Dimension, The Lettermen, Andy Williams, Astrud Gilberto, Johnny Mathis, Barry Manilow, Brenda Lee, The Lennon Sisters, The Casuals, Wilson Pickett, Etta James, Donny Hathaway, Johnny Taylor, Sara Vaughan, Kathy Troccoli, Bryan Adams, Kean Cipriano, Lani Misalucha, entre muchos, incluso existe una versión instrumental en el particular estilo de Bert Kaempfert.  Recientemente, una serie de televisión, Sons of anarchy, incluye el tema interpretado por Audra Mae & The forest rangers.  El asunto es que para 1999, Never my love habría acumulado tantas interpretaciones que completarían un total de 40 años de interpretación continua.

De vez en cuando, me doy un paseo en Youtube, por todos aquellos éxitos y cuando paso por Never my love, de The Association, apenas escucho aquella inconfundible entrada de guitarras y las bien logradas voces enfatizando: “You ask me if there’ll come a time, when I grow tired of you
never my love, never my love…” inmediatamente me transporto a 1968,  a la vieja Managua y siento que revivo mis caminatas cotidianas, en donde me sentía dueño de aquellas calles y de vez en cuando, entraba a una farmacia para pesarme en la báscula, que anunciaba: su peso y su suerte y observaba con deleite que seguía bajando constantemente de peso y entonces no necesitaba que la báscula me predijera mi suerte.  Añoro aquel sentimiento en donde sentía la fuerza interior para poder decir con el mayor desparpajo, siempre y nunca, pues ahora, cuando el horizonte parece acercarse como en zoom, apenas puedo decir: hoy y cruzando los dedos: mañana.

 

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Los aromas de los tiempos perdidos

 

Marcel Proust además de ser un consagrado escritor, incursionó por los abruptos terrenos de la psicología, cuando en su magnífica obra “En busca del tiempo perdido”, en la parte  “Por el camino de Swann”, expone magistralmente la asociación entre lo sensorial y la capacidad de recordar, creando lo que se conoce como el efecto de la “magdalena de Proust”.  Aquí cabe aclarar que “magdalena” no es una mujer, sino un bollo o bizcocho.  En ese pasaje, este autor describe magistralmente su experiencia cuando toma un trozo de la magdalena empapada en té e inmediatamente se transporta a su niñez, a la casa de su tía, quien le ofrecía té con ese bizcocho, además de todos los detalles de aquel pueblo.

En mi caso particular, el sentido del gusto no tiene un gran efecto sobre los recuerdos, sin embargo hay una enorme correlación entre la música y muchos momentos específicos de cuando escuchaba determinadas melodías.  Es un ejercicio que se me facilita al encontrar en el ciberespacio tantos temas que de otra manera sería imposible rescatar y de esta forma puedo viajar en el tiempo a voluntad.

No obstante, otro banco de sensaciones que tengo atesorado en mi memoria es el relativo a los aromas.  Aquí es más difícil y a veces imposible conseguir los detonantes del caso y me limito a veces a tratar de reproducir en mi memoria aquellas especiales sensaciones.

Como he comentado en anteriores ocasiones, mi niñez transcurrió en el mágico mundo de la botica de mi abuelo.  Ahí, a pesar de las constantes prohibiciones para acercarme a los productos que ahí se manejaban, siempre me acompañó la curiosidad y a su lado la cautela, pues nunca llegué a ingerir ninguna sustancia que atentara contra mi salud, salvo tal vez, el episodio del Maná de Palermo (ver artículo El maná que no cayó del cielo).

En la sección de cosméticos resaltaba en primer lugar la crema Hinds, que tenía un característico aroma de almendras que la hacían inconfundible.  Hace relativamente poco, tuve la oportunidad de encontrar dicho producto y en realidad no ha sufrido cambios sustanciales en su aroma e inmediatamente me transportó unos sesenta años atrás.  En aquel tiempo el perfume más socorrido de los que estaban al alcance de las damas del pueblo, era Heno del Campo, que fabricaba la casa Dralle y que aparentemente era una imitación de un producto llamado Heno de Pravia de la perfumería Gal.  Tenía un color beige y en un paisaje de la campiña resaltaba un pájaro color rojo con la cabeza negra.  Tenía un aroma dulce y penetrante y en los grandes acontecimientos del pueblo parecía impregnar todo el ambiente.    No lo he vuelto a ver, pero en mi mente logro capturar la sensación de aquel particular perfume.   En ese mismo mostrador, se encontraba el Talco Mavis, que venía en una lata roja, con un óvalo blanco en el centro con la marca de dicho producto.  Tenía un aroma inconfundible y todavía lo recuerdo con muchas señoras de aquellos tiempos y de algunos compañeros recién bañados que subían al autobús escolar.

El Agua de Florida era asunto aparte, tenía un aroma atractivo, sin embargo, estaba ligado a situaciones dramáticas, pues era de rigor aplicarlo con un paño en la frente a las personas, por lo general féminas, que se “atacaban”, es decir sufrían un soponcio o patatús, ante algún suceso de extrema gravedad.  Este aroma está íntimamente relacionado en mi mente con la vela de algún difunto, en donde se mezclaba con el penetrante olor del barniz o “maque” que se aplicaba a última hora al ataúd, así como con el llanto que se derramaba en profusión.

La brillantina Glostora, líquida o sólida tenían un perfume característico que la distinguía de la brillantina vendida a granel y que preparaba mi abuelo con vaselina simple, aromatizante y algún colorante para darle un toque amarillento.

La mayoría de las pastillas eran inodoras, salvo tal vez unas llamadas Serafón, recomendadas para afecciones pulmonares severas y que tenían un penetrante olor debido a la mezcla de guayacol, yodoformo y eucalipto.   Por su parte, las pastillas Valda, que contenían eucalipto y mentol, tenían un olor hasta cierto punto atractivo y su color verde invitaba a correr el riesgo de comerse una o varias, pues su sabor era refrescante.  Por ese mismo camino estaban las pastillas Penetro y Vick, estas últimas con diferentes sabores y aromas, como las de limón y las de cereza.

En la sección de jarabes y demás fluidos, estaba una botella que tenía una prohibición especial, me imagino por lo tóxico y que llevaba una etiqueta que decía Alcalí.  Tenía un olor tan fuerte, que la curiosidad apenas daba para abrir un segundo el tapón y darse un ligero llegue de aquel penetrante aroma.  Me imagino que era el mismo amoniaco.  El jarabe de Tolú y el aceite Eléctrico no tenían un aroma tan fuerte, al igual que el laxol o aceite de ricino y de la misma forma el aceite fino, que me imagino que era de oliva pero a granel.   Un frasco que siempre atraía era el del extracto de vainilla, preparado por mi abuelo y que a través de medios químicos lograba su similitud con el original obtenido directamente de las vainas de las orquídeas del mismo nombre.  También estaba el espíritu de frambuesa, que no llevaba nada de la fruta en cuestión, pero tenía un aroma dulcete que daba sabor y aroma a muchos refrescos, entre ellos la chicha de maíz.  Mi abuelo decía que había otro espíritu, el de contradicción, manejado magistralmente por la tía Mélida, su cuñada, amante de llevar la contraria a todo.

En tiempos en que no había salido el Pine Sol y otros compuestos similares, la creolina se utilizaba como desinfectante para pisos y para excusados (pon pones). Su aroma, derivado de la creosota que contenía, le pegaba a uno hasta el hipotálamo y rápidamente cubría cualquier otro aroma al aplicarse a cualquier superficie.  Algunos desalmados bañaban a sus perros con este producto.

El caso de los alcoholes era algo aparte.  Llegué a diferenciar mediante el olfato (hasta ahí no más) el alcohol industrial o metílico del alcohol puro o etílico, es decir, guarón.  Este último tenía un aroma inconfundiblemente atractivo y era el mismo que se sentía cuando uno pasaba por el depósito de doña Cheya Jara o en la Renta de Jinotepe.

En el extremo oriente de la botica había un mueble de madera con gavetas que guardaba la sección de especias y similares que se vendían a granel, empacados en papel de envolver.  Ahí se podía sentir el aroma picante de la pimienta negra o dulcete de la pimienta de Castilla, o bien, el atractivo aroma de la canela, en raja o en polvo.  También se sentía el aroma del tomillo, el eneldo, el romero o la manzanilla.  Otros sin embargo, eran inodoros como el bórax, el albayalde u óxido de zinc, el ruibarbo.  La goma arábiga, que venía en un especie de piedras, tenía un olor salobre.  La Tizana La India, venía en una bolsa celeste que no tenía aroma alguno, sin embargo, cuando con agua hirviendo se hacía la infusión, despedía un aroma relajante y que invitaba a tomarla, a sudar la calentura y dormir como un bebé.

También tengo muy grabado el alcanfor, que era una especie de tableta cuadrada de color blanquecino y con un aroma muy penetrante, acre y que generalmente se combinaba con alcohol y era un remedio eficaz para picaduras de insectos, en especial de aradores en la temporada de corte de café.  Lo mismo ocurría con las bolas de naftalina, cuyo aroma era una patada de mula y que se usaba para ahuyentar las polillas de la ropa.

Entre los ungüentos, destacaba por su olor la Numotizine, que era una cataplasma utilizada para dolores musculares y en donde la mezcla del guayacol con el salicilato de metilo y quién sabe qué más, le daban un olor característico y a mi gusto, desagradable, además de un color medio solidario.  Por su parte el Mentolato, el Vaporub y el Bengay, tenían un aroma un tanto más pasable.  En un envase elegante, incluyendo una caja externa, se vendía el Linimento Sloan, en donde aparecía un retrato de un tipo con un bigote extravagante, que parecía pariente de Rigoberto Cabezas.  En un inicio era un analgésico muscular para caballos y luego lo comercializaron para uso humano y que en un slogan publicitario un tanto desafortunado para mi gusto, decía: “Mata todo dolor en hombres y bestias”.  Tenía un olor que ofrecía una patada de bestia, pues entre sus principios activos estaban entre otros una esencia de chile, alcanfor, amoniaco, trementina y esencia de pino.

Por el rumbo de la gaveta del dinero estaba un frasco de cristal, cilíndrico y de tamaño inusual, llamado Picrato de Butesín, de los laboratorios Abbott, que tenía un color amarillo intenso y que invitaba a olerlo, pero que tenía un aroma un tanto acre. No obstante, era lo mejor para todo tipo de quemaduras.

Un aroma difícil de olvidar es el del jarabe Dayamin, que fue de los primeros multivitamínicos pediátricos y que debido a mi esbeltez, considerada en aquellos tiempos como indicador de mala salud, me atipujaron a diestra y siniestra.  Tenía un aroma dulzón con un toque a naranjas y su sabor no era repulsivo.  Afortunadamente, este multivitamínico había sustituido a la Emulsión de Scott, que tenía un olor a pescados podridos y un sabor me imagino por ese tenor.

Un producto que siempre me llamaba la atención era el Extracto de Malta con Hemoglobina.  Lo malo era que estaba ubicado en la parte más alta del estante y venía en un frasco ancho y con una etiqueta blanca con letras del mismo color del frasco.   Además de su estratégica ubicación estaba el hecho de que la tapa parecía haber sido cerrada con producto de gallina, por lo tanto no era factible una incursión.  Sin embargo, en cierta ocasión se la prescribieron a mi hermano para hacerlo más resistente a un asma recurrente.  Ahí fue donde pude observarlo y en realidad tenía un aroma entre avainillado y achocolatado, su consistencia era melcohosa, así que  corrí el riesgo y lo probé y su sabor era mejor aún, parecía una cajeta de coco negra.

En los años cincuenta llegó como la panacea para la diarrea el Kaopectate, preparado a base de caolín y pectina.  Se ofrecía en frascos y también a granel.  Su aroma es difícil de describir, pues llegaba a un punto en la profundidad del olfato, sin ser desagradable.  Hace poco me encontré este producto, pero nada que ver.  Por alguna razón desconocida desterraron al caolín y a la pectina y los sustituyeron por una nueva fórmula.

Así pues, mi infancia transcurrió en aquel fascinante mundo, en donde la experimentación era el pan de cada día.  Para muchos, habré corrido con una enorme suerte, al no haberme intoxicado con alguna sustancia o en el más leve de los casos ponerme motorolo con alguna aspiración.  Algunos que mantienen incólume la fe, como una vela encendida en medio del huracán Irma, dirán que mi ángel de la guarda era Seal o Spetsnaz.  Lo cierto es que todavía la llevo rolando y en algunas ocasiones, me distraigo recreando en mi mente aquellos aromas de los tiempos perdidos.

 

 

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Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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La legítima defensa

 

En las últimas semanas, un caso ha puesto en efervescencia a un gran sector de la sociedad nicaragüense.  Resulta que en diciembre pasado, temprano por la tarde, un ciudadano en medio de un robo a su casa de habitación, en donde descansaba con su familia, ante un descuido de los amigos de lo ajeno, logró sacar un arma y le soltó dos disparos a uno de los intrusos y como en la canción de Rosita Alvírez, el sujeto estaba de suerte, pues de los dos tiros que le dieron, no más uno era de muerte.  Cabe la aclaración que el occiso manejaba un arma en la cintura.  El otro caco puso pies en polvorosa y el dueño de la casa le dejó ir un par de disparos, como por no dejar, sin acertarle, logrando aquel huir.

El ciudadano fue llevado a juicio por la fiscalía casi seis meses después y fue tanta la vehemencia con que la fiscal realizó la acusación de homicidio, que el jurado, un tanto permeable, lo declaró culpable y se enfrentaba a una pena de 15 años.  Los medios de comunicación difundieron la noticia, pero no hubo reacciones significativas de parte de la sociedad, sino hasta que el propio acusado, quien por alguna razón gozaba de casa por cárcel, expuso su caso en su muro de Facebook, volviéndose este viral, provocando una grita general de parte de la sociedad para su absolución.

Se originó entonces un debate, tal vez no tan exhaustivo ni tan formal, en donde expertos en derechos humanos y destacados juristas expusieron sus puntos de vista sobre el caso en particular y en general sobre el derecho a la legítima defensa.  Se expuso lo relativo a los derechos humanos de los delincuentes versus los derechos de los ciudadanos que eran víctimas de los primeros, se desmenuzó el Código Penal y los requisitos que impone para que ocurra la legítima defensa: agresión ilegítima, necesidad racional del medio empleado y falta de provocación suficiente de parte del defensor.

Todo lo anterior provocó que el sistema judicial, a través de un juez, haciendo un tanto el moonwalking de Michael Jackson,  anulara el juicio en el que el ciudadano fue declarado culpable y actualmente se espera un nuevo proceso en donde es muy probable que el émulo de Clint Eastwood obtenga un veredicto absolutorio.

Creo que este caso debe servir para provocar un debate serio y profundo sobre la legítima defensa y en especial, al final, bajar el lenguaje al nivel del ciudadano promedio.  Hay que recordar que una elevada proporción de la población no comprende la terminología jurídica del Código Penal, es más, aun considerando la tremenda cantidad de abogados titulados e in fieri, es posible que cerca de un 97.67%, como precisaría el Firuliche, afirme con aplomo que Chiovenda es un delantero del Juventus.

Por otra parte, es muy importante ponerse, antes que nada, en los zapatos de la víctima de una situación de esta naturaleza, pues es muy probable que jueces, fiscales, defensores, policías, activistas de derechos humanos, periodistas, ministros, ya sea de Estado o del aire, conductores de ruta, fotógrafos, en fin, todo el mundo, a la hora de enfrentar una invasión de su propiedad, con un inminente peligro de su vida y la de su familia, no realizará un análisis de los requisitos de la legítima defensa o aun tratándose de esos genios de las encuestas, no le va a pasar a los ladrones un instrumento para determinar si sus intenciones son buenas, si van armados, si están dispuestos a eliminar cualquier objetivo, a quién apoyan, si viven bonito, entre otras preguntas.

El ciudadano común, al observar a alguien invadiendo su domicilio, lo que piensa inmediatamente es que sus bienes y su vida y la de su familia están en peligro extremo.  A excepción, claro, de algún o alguna trasnochada que se hubiese quedado en la mente con la anécdota planteado por Sonia López en su tema:  “El ladrón”, cuando este, parado frente a ella, le apunta con algo y le ordena que salga de la cama, ella obedece y el delincuente se desmaya, dando paso al estribillo de un corte telenovelesco al extremo, cuando ella exclama:  “ven, ven, ladronzuelo, ven, ven y ven a robarme a mí”.

Algunos tal vez, se inclinarán por llamar al número de emergencias de la Policía Nacional, con la plena conciencia de que a diferencia de las películas norteamericanas en donde después de llamar al 911, en cinco minutos máximo está una patrulla en su casa.  Aquí es de sobra conocido que la falta de recursos de esa institución no le permitirá esa velocidad de respuesta, salvo tal vez, que al llamar, el ciudadano mienta y diga que ya le descargó el cargador de la pistola al ladrón, quien yace con las tripas de fuera y en paralelo llame a los teléfonos de la nota roja, en ese caso, una inmensa troupé, incluyendo a los bomberos y hasta una cuadrilla de Unión Fenosa, se aparecen en menos de lo que canta un gallo.

Es importante resaltar que a menos que se trate de un Jack Bauer, James Bond o Diana Prince, en una de esas circunstancias, nadie conserva la sangre fría, al contrario, la adrenalina se le sube al cielo y la serotonina se le cae al suelo.  Una enorme proporción de estas víctimas de robos o asaltos, no tiene tiempo de reaccionar al sorpresivo enfrentamiento de esa realidad.  De tal manera que una enorme cantidad de ciudadanos sufre el despojo de su patrimonio o bien sufre la violencia de parte de los delincuentes y en casos extremos pierde su vida o la de sus familiares, sin la mínima posibilidad de hacer nada, quedando en la mayoría de los casos el ilícito en la mayor impunidad.

De esta forma, es muy reducido el número de ciudadanos que en situaciones de extremo peligro,  pueden llegar a defenderse y neutralizar a su agresor, pues se requiere sangre fría, entrenamiento previo, la posesión de un arma y que la suerte está de su lado.  El hecho de que la fiscalía, en estos reducidos casos, le busque tres pies al gato, lo único que puede lograr es sentar un precedente que vendría a animar a los delincuentes a continuar con sus fechorías, ateniéndose a que sus víctimas la pensarán dos veces antes de defenderse.    En el caso que nos ocupa, la fiscal planteaba que el acusado pudo amarrar al delincuente mientras llegaba la policía, siendo que era más que obvio que el acusado no hubiese podido amarrarlo, además que hubiese tenido que dejar el arma para hacerlo y ahí llevaba todas las de perder ante el delincuente, por otra parte, en este particular caso, el malhechor tenía muy pocas probabilidades de errar el tiro.

Es necesario aclarar, que en el momento en que un individuo invade el domicilio de un ciudadano, sus derechos se ven sobrepasados por los derechos de su víctima y no es válido que un truhán ondee la bandera de los derechos humanos para realizar sus fechorías de manera impune.  Por otra parte, al actuar el delincuente con ventaja, su víctima tiene todo el derecho de defender su patrimonio y la vida y la de su familia, por cualquier medio.  La justicia debe de considerar que en esos momentos no es posible comparar los medios a utilizar, con los que pudiera emplear el delincuente.  El tiempo requerido para hacer una comparación entre el arma que porta el malandro y la que podría utilizar la víctima, puede costarle la vida a este último.

Al respecto, tal vez pueda ilustrar un poco la situación un chiste, ya viejo, pero muy al caso, de un individuo que pasea por la calle, cuando otro sujeto que pasea a un Rottweiler, afloja la correa y este se le escapa y va directo a donde viene el primero, quien al verse en peligro inminente, se descuelga una escopeta que lleva al hombro y le suelta un disparo al can, acertándole en el cuello.  El dueño, quien mira la determinación del tipo que tiene la escopeta todavía en modo alerta, le realiza un tímido reclamo: – ¿No podía usted, simplemente darle un culatazo al perro? A lo que el otro, con la misma tranquilidad le responde: – ¿y acaso el perro me iba a morder con la cola?

Es muy posible que el debate, una vez que se conozcan los resultados del nuevo juicio al ciudadano que ultimó al delincuente, se intensifique y ese caso es importante que el mismo se abra de todos los estamentos de la sociedad, que si bien es cierto, la voz cantante la llevan los juristas, las víctimas o posibles víctimas de la delincuencia, también tienen que ser escuchadas.  Lo importante es que no queden rendijas por donde se presente la oportunidad que el ciudadano honrado pueda quedar en la mayor indefensión.  Es necesario que los delincuentes sepan que no siempre pueden salirse con la suya y que de vez en cuando, les puede salir la venada careta.

 

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Hasta siempre Olafo, Lorenzo y Pepita

 

El humor ha sido un elemento vital en mi familia.  Me imagino que es algo genético y desde pequeño recuerdo que en las reuniones familiares parecía que la serotonina corría a raudales.  No obstante, debo de admitir que me costó mucho captar la agudeza que imperaba en aquellas conversaciones, la maestría en manejar la ironía, de manera que muchas veces sonreía sin saber de qué.

En la escuela era obvio que no se fomentaba el humor y es la fecha y el curriculum no llega a contemplar ninguna competencia relacionada con el humor.   Los adultos, por su parte, no tenían la paciencia de explicar cualquier chascarrillo que para un inocente niño no tenía ningún sentido y peor aun cuando en realidad tenía un doble sentido.  Sin embargo, al aprender a leer encontré la mejor escuela para adentrarme al mundo del humor y fue en los periódicos, que después de pasar por las manos de todos los adultos, llegaban a mí y ahí encontraba en las tiras cómicas mis primeras clases de humor.  En aquellos pocos cuadros en que se desarrollaba la historia, leía y releía tratando de encontrar el humor particular de cada una de ellas. Tal vez no alcance a recordar a qué periódico pertenecía cada historia, sin embargo tengo todavía presentes muchas de ellas.

La más aleccionadora para mí era la de un personaje que se llamaba “Tío Barbas”, un tipo delgado y que en su cara se adivinaban más que unas barbas, un enorme bigote cuyo blanco color denunciaba a un individuo de la tercera edad y que en los tres o cuatro cuadros de los que se componía la historia mostraba una situación hilarante, sin necesidad de insertar ningún diálogo.  No era nada rebuscado, sino que de un humor bastante simple por lo cual para mí era de fácil comprensión.

Me llamaba mucho la atención la tira que se llamaba “Educando a papá”, porque sus personajes tenían una pelotita por nariz.  Se trataba de una familia de nuevos ricos, Pancho y Ramona y las cómicas situaciones cuando Ramona trataba de encajar en su nuevo mundo social y Pancho siempre tirando al monte buscaba el bar de Perico, las comidas de baja ralea y los amigotes de siempre.  Con el tiempo y para ajustarse a la época, en los setenta se integró a la familia un sobrino hippie a quien se le conocía como Trapito.

Recuerdo también la clásica tira cómica llamada “Benitín y Eneas”, una pareja de amigos, por demás disímbola, pues Eneas era un tipo alto y delgado y Benitín era bajo, con una extraña barba y que la mayoría de las veces andaba con un sombrero de copa y en otras ocasiones lucía una completa calva.  Muchos ex alumnos del Calazans recordarán que le adosaron el mote de Benitín a uno de los padres fundadores de ese colegio en Managua llamado Bruno y que a pesar de que el hombre era un santo, que falleció en ese colegio en el terremoto de 1972, muchos pasaron su vida estudiantil creyendo a pie juntillas que su nombre real era Benitín.

También recuerdo a “Lorenzo y Pepita”, que me parece que es una de las tiras que por más tiempo han estado vigentes.  Se trata de Lorenzo Parachoques un típico trabajador norteamericano de clase media que vive en los suburbios, casado con Pepita, una rubia que de ama de casa al final se convierte en empresaria de catering.   Sus hijos Goyito y Cuquita pasan, en cámara lenta, de niños a adolescentes, pero quien siempre mantiene la nota infantil es Elmo, un pequeño vecino de enorme agudeza mental.  Los vecinos Heriberto y Hortensia también ayudan a provocar las situaciones chuscas de la historia, mientras el jefe de Lorenzo, el Sr. Julio González encarna al jefe déspota y explotador, sin embargo, Cora, su mujer siempre lo tiene agarrado de lo más ralo.  Un personaje que definitivamente le imprime mucho humor a la tira es Lou, el cocinero y mesero de una cafetería donde Lorenzo llega frecuentemente a comer y se encuentra con las más insalubres aventuras.

Otra tira que era muy divertida era una llamada “Maldades de dos pilluelos” y que en ocasiones también llevaba el nombre de “Los sobrinos del capitán”, que se refería a unos gemelos, supuestamente alemanes, llamados Fritz y Hans, que solo vivían buscando como hacerle maldades al Capitán, un viejo y obeso marinero a quien la madre de los niños, de enorme moño, le encarga su educación.  Nunca supe la relación entre el Capitán y la madre de los pilluelos o si más bien los verdaderos pilluelos eran los primeros.  También aparecía como comparsa del Capitán un vejete inspector de larga y blanca barba y una mujer llamada la Señorita Secante.

Había una tira cómica que me imagino era local, sin embargo no recuerdo quién era el responsable de la misma y se llamaba “El jincho vivo” y de la cual solo recuerdo el eslogan: “El jincho vivo, solo en La Prensa”.

Había otro tipo de tiras cómicas que eran de continuación, con una trama que se desarrollaba por muchos meses, con cuatro o cinco cuadros por día.  Ahí estaban “Tarzán”, “Mandrake el Mago”, “Popeye”, “El Fantasma”, entre otros.

Las ediciones dominicales traían algunas de las tiras anteriores, pero en formatos extendidos, es decir una historia en doce o quince cuadros en lugar de cuatro o cinco.  Yo prefería las ediciones diarias, pues el humor lucía más concentrado, más agudo.

También hay que recordar que muchas de estas tiras cómicas pasaron al formato de paquines “comics”, con cierto éxito.

Cuando crecí mantuve esa afición por las tiras cómicas, tanto las clásicas que se mantenían en circulación, como las nuevas que se iban incorporando como “Condorito”, “Charlie Brown (Peanuts)”, “Mafalda”, “Garfield”, “Olafo”, principalmente.

Los últimos años, con la inmediatez que nos otorga el internet, he tomado la costumbre de que tan solo al levantarme realizo un paneo sobre las ediciones en línea de los principales periódicos en nuestro idioma. En el caso de Nicaragua hago una doble lectura, pues me entero oportunamente de las noticias relevantes en las ediciones en línea y me reservo la edición impresa para escudriñar aquellos recovecos que son más difíciles de recorrer en línea, así como ver la publicidad de interés que no aparece en la primera, así como los campos pagados que siempre tienen un encanto especial y que expresan más de lo que dicen.  De la misma forma veo los obituarios y siento un gran alivio al no encontrar el mío.  Pero lo principal era leer dos de las tiras sobrevivientes:  Olafo y Lorenzo y Pepita, que eran como dos enormes gotas de humor a tempranas horas de la mañana y que me ayudaban a mantener ese ritmo durante todo del día.

No obstante, hace unas tres semanas o un mes, sin previo aviso, sin obituario, sin explicación alguna, sin campo pagado, ambas tiras fueron removidas de la sección que irónicamente se llama Vida, del diario La Prensa.  Mala tos le siento al gato, pensé para mis adentros.  Ya había encontrado signos inequívocos de que el periódico impreso se encontraba como los dinosaurios, contemplando un meteorito en la distancia, creyendo que era una estrella fugaz, cuando comenzó cierta anorexia en sus páginas y el hecho de que ocupara una página completa una enorme foto de algún cantante de moda, junto con un chisme o bien la promesa de una jovencita de cambiar al mundo desde su inminente reinado de belleza.

Ahora con más razón, sigo aquella costumbre de mi padre que al finalizar de leer el periódico decía invariablemente: Nada en dos platos.  Así que tengo que buscar en otro lado aquella chispa que encendía el humor del día.

 

 

 

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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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