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Entre serviles te veas

 

En una piscina ubicada en un lugar, de cuyo nombre los protagonistas de la historia no quieren acordarse, el Presidente de la República se encuentra disfrutando de un baño, acompañado de un nutrido grupo de su gabinete.  El ambiente es extremadamente relajado, pues reciben la frescura del agua que mitiga el sofocante calor producido por los rayos del sol, que pesadamente caen sin misericordia.  Finos licores y deliciosos bocadillos son servidos a discreción por solícitos meseros.  A una distancia prudente, los guardaespaldas conversan animadamente.

 

Las pláticas iniciales, que giraron en torno a problemas puntuales de trascendencia para el Estado, concluyeron y dieron paso a un ameno cotilleo de lo más intrascendente.  Las ejecutivas y sonoras risas llenan el ambiente y todo transcurre apaciblemente, cuando el señor Presidente siente la inminente necesidad de expulsar un gas.  No le pasan por la mente, ni de manera remota, las leyes de Murphy.  Inocentemente cree que el agua de la piscina amortiguará cualquier ruido y/o aroma que pueda resultar.  Agita las manos en el agua para disimular cualquier burbuja delatora y con el ímpetu de un center fielder, lanzando hacia el home plate, lo suelta con todas sus fuerzas.  Es ya demasiado tarde cuando se da cuenta que el destino y un medicamento que está tomando para bajar de peso, le juegan una mala pasada.  El fármaco en cuestión evita la absorción de las grasas y las elimina directamente en las heces.  De esta forma, el inocente flato se ve acompañado de un líquido grasoso de color sepia, de tal manera que como un calamar en “modo evasión”, suelta una oscura estela que comienza a crecer en el área posterior del excelentísimo, quien en medio de su espontaneidad exclama: -¡Ay, me cagué!

 

Quien advierte primero la situación es la Primera Dama, quien está a punto de lanzar un grito de terror, pero su marido le clava los ojos y la agarra fuertemente de la muñeca, mientras siente que se encuentra entre la espada y la pared, pues una graciosa huida lo pondría en el más grande de los ridículos, algo fatal para su imagen de mandatario y por otra parte, el obligar a todo el  mundo a quedarse a su lado requiere de una inmensa dosis de lealtad, por no decir servilismo de parte de su equipo y no tiene la plena seguridad de ello.  Al final decide quedarse inmóvil.

 

Uno a uno los miembros del gabinete se van dando cuenta de la situación y se quedan petrificados mientras elucubran cómo proceder.  Uno de ellos, piensa que si un miembro del servicio secreto norteamericano está dispuesto a recibir una bala por su presidente, por qué él no puede recibir algo menos letal por su jefe.  Otro ministro, con el estómago revuelto piensa que abandonar el lugar equivale a una renuncia irrevocable y se imagina la crueldad del desempleo y decide permanecer inmóvil.  Otro miembro del equipo mantiene la esperanza que uno de sus colegas emprenda un escape para inmediatamente seguirlo, pero nadie lo hace y por lo tanto concluye que lo más prudente es permanecer en posición de firmes. Uno de ellos, servil a toda prueba, sólo lamenta no haber estado a la par de su jefe para echarse él la culpa y librarlo de semejante desaguisado.  Otro, disimuladamente mueve una pierna hacia adelante una y otra vez, con la esperanza que aquella estela que se está esparciendo por toda el área, pueda contenerse antes de llegar a su persona.

 

De pronto, un edecán se acerca al Presidente con una tarjetita que le entrega con un gesto de urgencia.  El mandatario la lee e inmediatamente, no se sabe si como un pretexto, sale de la piscina con la ayuda de dos guardaespaldas, toma un teléfono celular y como sin querer queriendo hace mutis por el foro, momento que aprovecha la primera dama para salir de aquella inmundicia, siguiéndola inmediatamente los miembros del gabinete que cual sapos saltan fuera de la piscina e inmediatamente se dirigen a las duchas para purificarse.   Una vez vestidos, dejan pasar un tiempo prudente y como el presidente no da señales de vida, se miran entre ellos y sin mediar palabra deciden desfilar hacia sus camionetonas y emprenden la retirada.  En aquellos tiempos no se aplicaba la ley Omertà, así que muy a sotto voce se fue filtrando la noticia, que ahora parece ser del dominio público.

 

Este podría ser el episodio más sonado relacionado con el servilismo en la historia reciente de Nicaragua, al menos de los que se conocen, pues cabe agregar que en los últimos cien años pareciera que este vicio se ha ido enquistando en el espíritu de nuestros conciudadanos.

 

Lo cierto es que el servilismo es tan antiguo como la humanidad y en su aspecto básico es la adhesión a la autoridad de manera ciega y baja.  Sin pretender ingresar en profundas consideraciones sociológicas, podría decirse que el ejercicio del poder, que de manera secular se ejerció de forma absoluta, principalmente desde monarquías, demandaba la obediencia ciega, en donde la dignidad personal no tenía ningún valor.  Las religiones por su parte, abonaron en este sentido al establecer en su mayoría una relación de extremo sometimiento entre creadores y criaturas.  Así pues, el servilismo ha sido una constante en la historia de la humanidad y se encuentra plenamente consignada en la literatura universal.

 

Lo importante en nuestro caso, son los rangos en que se mueve el servilismo, desde el simple respeto a la autoridad, hasta la adhesión y sometimiento a la misma, en los diferentes grados que comprende: la adhesión con cierto espíritu crítico, la forzada, la ciega, la ciega y baja, la ciega, baja y aduladora y la ciega, baja, aduladora y delatora de los detractores, dando como resultado esta última a los conocidos sapos.

 

En muchas ocasiones quien ha detentado el poder promueve por diversos medios el asentamiento del servilismo en su ámbito, como fue el caso de Anastasio Somoza García con su famosa ley de las tres “p”,  plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes, orillando de esta manera a todo mundo a una adhesión ciega y baja.  Se cuentan muchas anécdotas al respecto, que a veces parecieran inverosímiles, pero algunos testigos juraron que en realidad sucedieron, como fue la designación de dos importantes cargos gubernamentales, uno de ellos si mal no recuerdo, la embajada en Francia, ganados al aceptar los aspirantes desafíos como montar un toro o sostener en su cabeza una fruta, para que a manera de Guillermo Tell, el presidente practicara su puntería con un revolver.    A través de su propio diario, Novedades, muchos serviles utilizaron su pluma para deshacerse en exagerados elogios  hacia el mandatario y su familia.

 

En un artículo muy bien logrado de Federico Michell Zavala, hace alusión a una anécdota del genial periodista y humorista Gustavo Rivas Novoa, conocido como G.R.N. que le fue confiada por don Octavio Caldera Noguera.  Relata Michel Zavala que le contaba don Octavio que en cierta ocasión coincidieron en un bar de la vieja Managua, Anastasio Somoza García, acompañado por un grupo de adláteres, con don Gustavo Rivas Novoa quien departía con algunos colegas, cuando en cierto momento se levantó el humorista y a todo pulmón gritó: “Serviles”.  De repente en el bar reinó un silencio sepulcral y hasta Somoza se quedó a la expectativa.  Los segundos transcurrieron como si fueran horas, cuando don Gustavo ahora dirigiéndose a uno de los meseros le gritó: “Serviles a todos otro trago, que la próxima ronda la invito yo”.

 

Por su parte, Somoza Debayle continuó cultivando el servilismo entre sus adeptos, tal vez haciendo un poco a un lado la ley de las tres “p” de su padre y aplicándola selectivamente.  A medida que se iba aferrando al poder, la cantidad  de serviles iba creciendo de manera exponencial y las manifestaciones de ellos podrían llenar un tratado completo.  Los extremos han pasado a la historia, como el caso de un servil, según recuerdo del lado del norte del país, propuso de la manera más tranquila que se cambiara la Constitución para proclamar a Somoza Debayle, Rey de Nicaragua.  De la misma forma un afamado periodista se lució con aquella frase: “Para que Nicaragua pueda progresar, un Somoza en el poder debe de estar”.   Si en algún momento el Titular del Ejecutivo tuvo la tentación de retirarse y dejar el poder, un grupo de serviles empezó a corear: ¡No te vas,  te quedás. Viva Coyoles!

 

Para la revolución del 79 pudo observarse una interesante metamorfosis de los serviles, que después de declararse incondicionales de El Hombre, al ruido de los caites, se disfrazaron de verde olivo y gritaron al unísono: ¡Dirección Nacional Ordene!  Esa década fue el perfecto escenario para observar todo el rango que mostraba la adhesión ciega y baja.  Los delatores sentían que su misión era un compromiso ineludible para con la revolución y el servilismo florecía como en cascada.  Un  magnífico ejemplo fue aquella desquiciada consigna: ¡El que no brinca es contra! una posición que dejaba al ciudadano entre la espada y la pared, con dos alternativas, ser contra o ser sapo.

 

Después del triunfo de Violeta Chamorro, muchos de los incondicionales se organizaron para “gobernar desde abajo” mediante los métodos que siempre les han caracterizado; sin embargo una mayoría se mimetizó y sobrevivieron flexibilizando su pescuezo.  Posteriormente, el liberalismo, se convirtió en un terreno fértil para el servilismo, que se dio a todos los niveles.  Recuerdo muy bien, un evento que presidiría una delegada ministerial.  Al llegar el turno para que la citada delegada interviniera, el maestro de ceremonias la anunció como la lindísima, preparadísima y cultísima, Licenciada Fulanita de Tal.  Cabe aclarar que la licenciada en cuestión, era un tropezón en ayunas, tenía un título medio dudoso y creía que el Fénix de los Ingenios era Firuliche.

 

De esta forma, el servilismo podría decirse ha sido una constante en el último siglo en este país, con todos los malabarismos que pueden concebirse, observándose una considerable cantidad de individuos que haciendo gala de esta innata cualidad, como gatos, siempre caen parados.  No obstante, lo interesante en este caso, al igual que en el lobo de San Francisco, son los motivos.  Muchos serviles lo traen en el ADN y su condición natural es tener el pescuezo flexible a más no poder y por lo tanto, lo hacen por innata vocación.  Sin embargo, hay quienes lo hacen obligados por las circunstancias y en este sentido, el ejemplo más claro es el de aquel magistrado que con una alta dosis de candidez declaró: “Es que la calle está dura”.

 

En un país con una enorme tasa de desempleo, es fácil tener al ciudadano agarrado del estómago.  También hay que considerar que el sistema puede contar con todos los elementos para reducir la dignidad de cualquiera.  Una de las películas que más me han impactado fue 1984, basada en la obra de George Orwell.  La miré a finales de los años cincuenta y recuerdo la lucha del protagonista en contra del poder omnipresente del Hermano Mayor, sin embargo, el sistema prácticamente lo aplasta y al final del film, sale a la calle gritando con vehemencia: ¡Viva el Hermano Mayor! Durante la última década se ha observado una mezcolanza de todo lo vivido anteriormente, nada es nuevo, todo parece un Déjà vu.

 

Mientras tanto, en Managua que a veces pareciera un universo paralelo, voy de prisa por una de sus calles.  A medida que el automóvil se va acercando a la rotonda, el tráfico se va volviendo más espeso; un poco más cerca, mi amigo que viaja a mi lado exclama: -Lo que nos faltaba, un plantón.  Cuando al fin estamos a unos metros del lugar, las banderas que se agitan al viento despejan cualquier duda.  Mi amigo hace un gesto de extremo desagrado y exclama: -¡Serviles!  –No creo, le digo, mientras entramos a la rotonda y agrego –Voy a dar un par de vueltas y me gustaría que observaras los rostros de estos ciudadanos.  En muchos de ellos se puede adivinar un tedio terrible, es más, algunos al sentirse observados mientras fingen “orar”, no pueden ocultar cierta vergüenza, tal vez algunos cuantos muestran cierta resignación y quizá un par de dadores a creer fingen que la están gozando.  Estos son empleados públicos que fueron “invitados” a asistir bajo la velada amenaza de correrlos si no se identifican con los ideales del pueblo presidente.  De esta manera, esas rotondas hacen recordar a la piscina aquella, en donde el mayor anhelo de los ahí metidos era salir de aquella inmundicia.

 

Fuera de la rotonda, un individuo ubicado cerca de una camioneta pick up tuneada, habla por un I-phone.  El tipo está mejor vestido que los asistentes al plantón, lleva una esclava de oro en la muñeca, reloj de lujo, anteojos oscuros de diseñador. Por los gestos que hace y las continuas inclinaciones de cabeza que realiza mientras habla se nota que está reportando a un  superior.  A su alrededor, tres asistentes, huelepedos,  como se les conoce en el lenguaje popular, esperan atentos por instrucciones.  Entonces le digo a mi amigo -Ahí está el rostro del servilismo.  –Ecce bufonidae.  Y así será hasta el final de los tiempos.  Dijo José Martí: No hay espectáculo en verdad más odioso, que el de los talentos serviles.  Pero lo peor, es que aquí el talento parece brillar por su ausencia.

 

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Umbrío por la pena

Mi hijo menor, Rodrigo Joaquín, murió en 2011 a los 33 años.  Tenía un riñón trasplantado y en cierto momento, como de manera confabulada, se juntaron varios factores que le provocaron una falla multiorgánica.  Por casi un mes estuvo batallando valientemente por su vida, con la fortaleza que le daba el inmenso amor que tenía por sus dos pequeñas hijas, sin embargo, al final, su organismo no resistió más y las fuerzas lo abandonaron.

Enterramos a Rodrigo como se entierra a un hijo, con las uñas, con los dientes, con los huesos y con el ser entero hecho pedazos.   El cariño de la familia buena y de los amigos del alma, evitó que nos hundiéramos en un mar de depresión.  Con el tiempo, el cariño de sus hijas fue el bálsamo que vino a mitigar el dolor de tantas heridas.  Verlas crecer y sentir a Rodrigo vivir en ellas, vino a darle un nuevo sentido a nuestras vidas.

Sin embargo, desde aquella fecha, invariablemente cada día de mi vida, hay un momento, cuando estoy solo, en que siento un dolor que nace en mi pecho y sube para alojarse en mi garganta y me oprime como una soga, mientras en mi mente vuelve aquella escena de mi hijo, en aquella cama de hospital, con sus ojos cerrados para siempre.

Comparto esto, tan íntimo con ustedes, pues ahora que observo a tantos padres desconsolados al ver a sus hijos bañados en sangre y darse cuenta que están muertos, aquel dolor de siempre se me agranda.  Nunca un padre debe de enterrar a su hijo.  En estas circunstancias, estos padres tendrán que hacerlo con el alma hecha jirones.  Mientras yo viví siempre con el temor de que la muerte traicionera pudiera jugarnos una mala pasada, estos padres nunca se imaginaron que la tierna vida de sus hijos pudiera ser segada en un instante y peor aún, en tiempos en que nos ufanamos de civilizados, en una época en que somos tan sensibles como para denunciar el maltrato a un animal, de pronto venga un espíritu bestial y tenga las malas entrañas para cortar una vida,  la de un joven que lo único que hacía era manifestarse cívicamente.

Soy consciente de que nada de lo que le podamos decir a esos padres va a mitigar su dolor.  Tal vez con el tiempo el orgullo de aquella entrega y valentía podrá paliar el sufrimiento, sin embargo, ahora lo único que se me ocurre es decirles que me identifico con su dolor, que lo comprendo y que lo hago propio.  Al igual que la luz que mis nietas han traído a mi vida,  espero que ellos puedan encontrar cierto alivio a ese dolor, cuando crezca en esta tierra la libertad, cuando florezca esa capacidad de los seres humanos de aceptar las diferencias y respetar la disidencia.  Cuando el tercer milenio al fin nos alcance, cuando sean nuestros hijos quienes cierren nuestros ojos.

 

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Yo no le creo a Gagarin

El año 1961 es inolvidable para mí.  En ese año, como un émulo de Pedro el Ermitaño, el párroco de San Marcos, Pbro. Etanislao García, llamó a una cruzada por la educación, a través de su recién fundado Instituto Juan XXIII.  Mi madre atendió aquel llamado y sin yo saberlo ya estaba matriculado en el sexto grado de dicha institución.  No dejó de causarme cierta emoción, pues sería la primera vez que utilizaría uniforme colegial.  Para los varones consistía en pantalón gris, camisa mamón, por el color, no por otra cosa y corbata gris.  De la misma forma, por primera vez estaría en una institución mixta, apartando tal vez los meses que estuve en el preescolar de doña Carmencita González. Todos los profesores eran voluntarios.   Nuestra profesora titular era una jovencita recién egresada del bachillerato en uno de los colegios más prestigiados de la época, el Francés de Granada.  Fue toda una aventura el adaptar los tres niveles con que contaba ese año el Instituto, quinto y sexto grado de primaria y primer año de secundaria, a la incómoda infraestructura de la Casa Cural.

Fue en el mes de abril de aquel año, un poco antes de semana santa que una noticia conmovió a todo el mundo.  El cosmonauta soviético Yuri Gagarin, a bordo de la nave Vostok 1 había orbitado la tierra, convirtiéndose en el primer humano en viajar al espacio.  La noticia llegó al pueblo y causó un enorme revuelo, de tal suerte que por varios días fue el tema central de conversación en el Parque Jorge Robleto, en especial antes de la función de las ocho en el Teatro Julia, cuando se reunían las mentes más brillantes a debatir los temas de actualidad y en aquella ocasión se conversaba sobre el incontenible avance de la ciencia y hasta dónde nos iba a llevar, así como de la incredulidad que provocaba aquel hecho, debido a que se trataba de una noticia difundida por la agencia gubernamental TASS de la URSS.

Aquí habría que aclarar que en aquel entonces el secretismo de parte del gobierno de la URSS, era el pan de cada día de los ciudadanos de aquel país, además que el monopolio de la información era controlado por el estado a través de la citada agencia y todos los ciudadanos debían de creer a pie juntillas toda la información que emitía, lo cual se cumplía a cabalidad, debido a que el fantasma de Stalin todavía rondaba en aquellas latitudes y un boleto hacia Siberia era más barato que un trago de vodka. No obstante, para el mundo “libre” todas las noticias provenientes de TASS eran tomadas con todas las reservas del caso.  Aun así, la hazaña de Gagarin tuvo a todo el mundo anonadado por un rato.

Veinte días después de la aventura de Gagarin, a inicios del mes de mayo nos llegó la noticia de que el astronauta de los Estados Unidos, Alan B. Shepard, había realizado un vuelo catalogado como sub orbital, es decir que no llegó a completar la órbita que logró Gagarín, sino que fue de 15 minutos con 22 segundos y una distancia de 483 kilómetros, que en comparación con los 108 minutos de Gagarín, se quedaba muy atrás, lo que hizo que Nikita Krushev, premier soviético, catalogara al vuelo de Shepard como un “salto de pulga”.

A mediados de ese año, todas las roconolas del pueblo sonaban sin cesar dos temas de un mismo intérprete, desconocido hasta esa fecha pero que con una tremenda voz y un estilo único había prácticamente hipnotizaron a toda la población.  Se trataba de Marco Antonio Muñiz y sus temas: Luz y sombra y Escándalo.  Habría que agregar que en aquellos tiempos, por lo menos en el pueblo, tan solo la palabra “escándalo” ponía la piel de gallina a los ciudadanos.

Para agosto de aquel año, la población todavía seguía impactada por aquellos hitos que marcaron la carrera espacial entre la URSS y los Estados Unidos y también embelesada con Marco Antonio Muñiz, cuando las roconolas hicieron una pausa para darle entrada a un tema, sabrosón por cierto, pero que recogía un poco la incredulidad que había generado la noticia sobre el cosmonauta ruso.  Con un ritmo de cha-cha-cha, un coro entraba cantando:  Yo no le creo a Gagarin, que anduvo cerca de la luna, que anduvo cerca de Marte, yo no le creo a Gagarin.  La interpretación estaba a cargo de una orquesta nicaragüense llamada Los satélites del ritmo y el tema era de la autoría del gran compositor Gastón Pérez.  Aparentemente esta fue su última composición, antes de fallecer en febrero de 1962.  La posición pro occidental claramente se observaba en una de las estrofas que decía:  Yo creo en Mr. Shepard, pero no en Gagarin.

Cabe aclarar que poco tiempo después, el mismo tema fue grabado por Los solistas del Terraza, del recordado maestro Manuel Mojica, de origen salvadoreño.  Ambas versiones se parecen mucho, a reserva tal vez que el ritmo de la segunda es un tanto más movido y en la introducción y final del tema, se escucha al Maestro Mojica jugar con su órgano (el Hammond) emulando unos sonidos como de platillos voladores de las películas de El Santo.  Asimismo, en el intermedio de la versión de los Solistas a cargo de un piano matizón, se escuchan unas breves notas de Blue Moon.  En Youtube a la fecha solo está la versión de Los Solistas del Terraza.

En septiembre falleció mi abuelo Emilio.  Fue doloroso ver que aquel hombre tan chispeante, poco a poco se fue apagando desde la muerte de mi abuela el año anterior.

Al año siguiente, 1962, finalizó la aventura en el Juan XXIII, pues regresé al Instituto Pedagógico de Diriamba para iniciar la secundaria.  En ese año, el astronauta John Glenn, igualó la hazaña de Gagarin, al completar la órbita alrededor de la tierra.  La carrera espacial continuó con sus aciertos y errores y con el  tiempo le perdimos la pista a Yuri Gagarin, aunque en la Unión Soviética fue elevado al rango de héroe y por mucho tiempo fue símbolo del hombre nuevo de la URSS.  La fama, sin embargo, lo orilló a convertirse en un Juan Charrasqueado, borracho, parrandero y jugador.  Se dice que en una de sus infidelidades, por escapar de su esposa se lanzó desde un segundo piso y se rompió la crisma, orbitando cerca de la muerte.  Fue atendido y lo rescataron e incluso le borraron las cicatrices que había dejado la caída.

Hace cincuenta años, precisamente en marzo de 1968, nos dimos cuenta de la muerte de Yuri Gagarin, héroe de la Unión Soviética.  Según la escasa información proporcionada, había perecido en un accidente de aviación.  Debido al secretismo y monopolio de la información que se mantenía de parte del estado soviético, la noticia fue tomada con la incredulidad de siempre.  Algunos manejaron que había sido purgado (en el peor sentido de la palabra) por la KGB y otros dieron cerca de cinco versiones sobre el supuesto accidente, desde que Gagarin andaba borracho al pilotear, hasta la falla en el vuelo de un avión experimental.

Después de tantos años y de tantas hazañas en el espacio, la llegada del hombre a la luna, que algunos dudan jurando que fue falseada en un estudio cinematográfico, hasta los viajes a Marte, el épico vuelo de Gagarin está quedando casi en el olvido, sin embargo, aquellos que ya peinan canas o en su defecto L´Oreal Paris, recordarán siempre aquel 1962 y de vez en cuando ejercitarán su sana costumbre de dudar de todo y vendrá a su mente aquel ritmo guapachoso de:  Yo no le creo a Gagarin…

Así pues, como dijo el propio Yuri cuando su cohete se levantaba del suelo: ¡Poyejali!  (¡Vámonos!)

 

 

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Salutación del pesimista

Guía práctica para saludar en tiempos de la corrección política

 

Desde tiempos inmemoriales el saludo ha sido un símbolo de respeto de un individuo hacia sus semejantes, a través de la emisión de palabras, realización de gestos o del contacto físico, al momento de encontrar a otra persona o al momento de dejarla.   De esta manera a través del tiempo, cada sociedad ha desarrollado códigos para el saludo que han conformado tratados de urbanidad o bien protocolos de comportamiento para determinados colectivos.

El siglo XX, en sus estertores finales, dio paso a nuevas normas de comportamiento con la inclusión de lo políticamente correcto, que abarca el lenguaje o comportamientos con los que se trata de minimizar cualquier asomo de ofensa a grupos de personas pertenecientes a determinadas etnias, cultura, nacionalidad, género, religión u otros.  El entusiasmo con que fue implementado este concepto en la sociedad moderna, en especial en el arranque del tercer milenio, vino a exacerbar la sensibilidad de los individuos, de tal manera que vivimos en un mundo en donde cualquiera se puede ofender e incluso indignar de algo que antes se podría haber considerado como una nimiedad.

A la par de este movimiento, se han dado pasos considerables para lograr la equidad de género y erradicar la violencia hacia las mujeres.  Muchas legislaciones a nivel universal se fueron adaptando para lograr estos objetivos y de esta manera muchos comportamientos en contra de las féminas fueron tipificados como delitos.  Si bien es cierto, el acoso callejero en donde entra el piropeo o bien cualquier forma de saludo que pudiera ofender o alborotar la sensibilidad de este género no está tipificado como delito, algunos colectivos mantienen una férrea lucha para que sean incluidos dentro del acoso sexual y buscan cualquier rendija por donde este tipo de comportamiento se pueda colar hacia ese delito.

Lo anterior conlleva a la necesidad de replantear las normas de cortesía con relación al saludo, pues si en cierto momento alguna persona se siente ofendida por ciertas formas de saludo, puede acarrearle al emisor serios problemas que van desde el balconeo en las redes sociales o bien, si la ofendida tiene contactos en cualquiera esfera del poder,  el emisor puede enfrentar situaciones verdaderamente serias.

En consideración a lo anterior, estimo prudente contar con un nuevo manual en lo referente al saludo, que si bien es cierto no haga distinción de género, por aquello de la discriminación, sea más útil a los varones, pues en estos casos, son los que sufren en mayor medida las consecuencias de un alma sensible y ofendida.

Como un aporte a lo que los especialistas en la materia podrían posteriormente elaborar a profundidad, ofrezco a continuación una guía práctica, no exhaustiva, para el saludo, dentro del marco de lo que podría considerarse políticamente correcto.

Dentro de la categoría de saludos verbales sin contacto, en especial entre individuos que no guardan ninguna relación afectiva, sean conocidos o no, la fórmula más usual es “buenos días” si es de mañana antes del mediodía, “buenas tardes” hasta las seis de la tarde y “buenas noches” a partir del ocaso.

Este saludo debe realizarse en un tono neutro.  No debe tratar de cantarse, pues puede interpretarse como un asomo de insinuación.  Al hacerlo el emisor debe de tratar de mantener una visión periférica, pues si le clava la mirada a su interlocutora ya sea en los ojos o en otra parte de su anatomía, puede tomarse como acoso.  Tampoco hay que añadirle “cola” al saludo, pues le puede salir el tiro por la culata. Si se añade “preciosa” “mi reina”, “guapa”, se expone al peligro, así que hay que dejar esos epítetos para la etiqueta del mercado. Cuanto mucho puede agregarse “señora”, a secas, no es aconsejable usar la fórmula “señora mía” pues puede dar paso a malos entendidos.

Estos saludos se utilizan generalmente en plural, sin embargo, algunas personas por dárselas de originales lo emplean en singular, en especial “buen día”, lo cual se puede considerar correcto, no obstante, en especial cuando es dirigido a un grupo de personas, el emisor podría pasar por tacaño.  Lo mismo ocurre con los saludos vespertinos y nocturnos, se puede utilizar “buenas” pero el emisor corre el riesgo de ser considerado pueblerino.  Aquí es necesario insistir en que por ninguna razón se agregue ciertas fórmulas que tienen implícito el doble sentido como “buenas las tenga” y “mejore las pase” pues equivaldría a ponerse frente a un pelotón de fusilamiento.

En el saludo matutino existen algunas fórmulas que se emplean a nivel familiar y de manera específica para quienes habitan en la misma casa, bajo la forma interrogativa “¿Cómo amaneció?” “¿Cómo amaneciste?” No es conveniente trasladar este saludo fuera del ámbito familiar, en especial cuando se le da cierta entonación mientras se recorre la anatomía de la otra persona,  muchísimo menos cuando se trata de una persona de avanzada edad con la entonación de “¿Cómo? ¿Amaneció?”  Sería echarse la soga al cuello utilizar la variante “¿Cómo le amaneció?” pues tiene triple sentido.

En los saludos descritos anteriormente es permitido esbozar una sonrisa, leve, procurando no abrir mucho los ojos y si el interlocutor no devuelve la sonrisa, simplemente hay que disimular, poniendo cara de “yo no fui”.

Cuando las personas a saludar son conocidas o mantienen una relación de amistad o familiar, el saludo anterior puede obviarse y utilizar en su lugar las fórmulas ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? agregando el nombre del interlocutor.  También, en un plano más autóctono, folklórico tal vez, puede usar la fórmula tan nicaragüense de saludar con un ¿Ideay? Seguido del nombre del interlocutor o cualquier epíteto que lo sustituya. También se puede emplear la fórmula actualizada de ¿Entonces?  A medida que exista una mayor cercanía o confianza entre los interlocutores pueden agregarse ciertas fórmulas coloquiales como:  “¿Y ese milagro?” “¡Tanto tiempo!” “¿Dónde te has perdido?”.

En estos casos de relaciones de conocimiento, amistad o familiaridad, procede el saludo de despedida.  En este caso, existen diversas fórmulas que se utilizan dependiendo del grado de confianza, amistad e intimidad.  Entre las más usuales y que siempre deben emitirse con una entonación adecuada están: “Nos vemos”, “Hasta luego”, “Hasta pronto”, “Que te vaya bien”.  Es permisible, si la relación así lo permite, agregar la expresión un tanto paternalista de: “Cuidate”. Cuando no exista una relación de amistad y la interacción anterior ha sido demasiado formal, es preferible despedirse simplemente con un: “Con permiso” o “Con su permiso”.

La despedida con un “Adiós”, es poco usual.  Generalmente se usa cuando las expectativas de volverse a ver son remotas o cuando se quiere insinuar que no existe ningún deseo de parte del emisor de volver a ver a la otra persona.  No obstante, “Adiós” se utiliza también como un saludo cuando los interlocutores se encuentras a cierta distancia y no es posible un acercamiento, por ejemplo, de acera a acera, de un vehículo a otro. Generalmente se acompaña agitando un brazo o al estilo de la Reina Isabel de Inglaterra que mueve su mano, como diciendo más o menos, pero con la mano en posición vertical.

En el reciente caso en el que una joven denunció a un vigilante de un restaurante de comidas rápidas por haberle dicho adiós de manera impropia, habría que analizar cuál fue la entonación que utilizó el referido vigilante.  En todo caso, no le correspondía a dicho empleado expresar un adiós a la joven.  Si ella hubiese sido un cliente que abandona el local, tendría que haber expresado, si acaso: “Gracias por venir a este establecimiento”, “que le vaya bien” o “le esperamos pronto”.  En caso de que la joven hubiese sido tan solo un transeúnte que pasó por el restaurante, el vigilante debía haber guardado una compostura impasible como un vigía en el Palacio de Buckingham, sin proferir palabra alguna.

En la categoría de saludos con contacto físico, se encuentran el saludo por antonomasia, que es estrechar la mano, el abrazo y el beso en la mejilla, es decir el osculum de los romanos.   En esta categoría de saludos, es muy aconsejable seguir la filosofía de Confucio: “Dechí vo plimelo” o sea, dejar que el interlocutor tome la iniciativa.

El saludo de manos se remonta a la antigüedad cuando los interlocutores alargaban su mano para mostrar que no portaban ningún arma.  En la actualidad es la forma convencional de saludo, a excepción de algunas culturas en donde se prohíbe cualquier contacto físico.  Este saludo se utiliza cuando los interlocutores se conocen o bien están siendo presentados.  En especial con las damas, se extiende la mano y se estrecha con cierta firmeza pero sin imprimir ninguna presión y de manera breve, mientras de expresa el saludo verbal.  En la despedida queda a opción de los interlocutores repetir el saludo de manos.

El abrazo como parte del saludo está reservado para las personas que guardan una relación muy cercana e íntima.  No debe utilizarse nunca entre simples conocidos y mucho menos entre extraños.  En ciertas regiones de Nicaragua se utiliza como sustituto del saludo de manos el medio abrazo, que consiste en colocarse a una distancia prudente,  extendiendo el brazo derecho del emisor hacia el brazo izquierdo del interlocutor y se produce un ligero palmeo un poco abajo del hombro.

El saludo de beso (osculum) no se practicaba en Nicaragua sino hasta en los años setenta. En aquella época, al ponerse de moda este tipo de saludo, se consideraba muy avant garde a quien saludaba de esta manera, de tal forma que todo mundo quería utilizar este tipo de saludo.  En la actualidad hay que extremar precauciones al respecto y reservar los besos como saludo para los casos que exista una sólida amistad o un vínculo de parentesco muy marcado.  En este sentido, se reitera la conveniencia marcada por Confucio y hay que esperar la actitud de la interlocutora y si ella toma la iniciativa hay que corresponder el saludo.  Habrá que acercarse a la interlocutora, con la expresión que le pintan a las imágenes de San José, y aproximar la boca a unos dos centímetros de la mejilla y estirando el pico, simular un beso, sin emitir sonidos, ni chasquido, ni fingir con la onomatopeya “Muac”.

Muchas señoras cuidan con extremo celo algunas partes de su cuerpo, en especial cuando saltan a la vista, como es el caso del rostro.  Gastan una fortuna en cremas, afeites y demás tratamientos, para que su rostro luzca siempre lozano y juvenil.  Estas damas tienen, con mucha razón, una enorme aprensión al contacto físico con cualquier persona, de tal manera que un beso, de parte de alguien que quién sabe dónde habrá puesto su boca anteriormente, pueda trasmitirle cualquier bacteria o microorganismo.  Estas señoras desarrollan técnicas para que en caso en que tengan que saludar de beso, eviten el contacto físico, de tal manera que en algunas ocasiones mueven la cabeza de tal forma que el cabello se mueve llegando a cubrir la mejilla y servir de cortina protectora para la misma o bien, inclinan de cierta manera la cabeza para que el beso se estampe en el cabello.

Por lo anterior, en estos dorados tiempos es muy aconsejable evitar al máximo el saludo de beso, a menos que se trate de familiares o amigas íntimas que puedan resentirse.  Lo más conveniente es anticiparse y extender la mano para forzar un saludo de manos, pues es preferible que pase por anticuado o tierra-adentro, antes de llegar a situaciones comprometedoras.  Si se observa a una dama que pueda representar una situación incómoda a la hora de saludar, finja ser japonés, realice una inclinación y diga: “kon´nichiwa” y de esta manera puede salvar el momento.

Con relación a las presentaciones, es recomendable seguir la fórmula clásica de “mucho gusto” mientras extiende la mano para el saludo correspondiente.  Si observa una expresión de “pocas pulgas” de parte de la presentada, puede ocupar la fórmula norteamericana de “¿Cómo está?”  Evite las fórmulas melosas como “Encantado” o “Es un placer” pues no vaya a ser.

El agradecimiento es otro tema que es importante incluir, debido a que podría ser tema de malos entendidos.  Después de recibir cualquier cosa, desde un servicio, un objeto, una comunicación, es preciso agradecer al interlocutor.  En este sentido es básico decir “Gracias” o “Muchas gracias”, puede también utilizar “Muy agradecido” y con un poco de cautela “Muy amable”.  Hay que evitar otro tipo de expresiones que puedan complicar las cosas.  Si es al revés, al momento que la interlocutora expresa su agradecimiento es importante responder con “De nada” “Por nada” “No hay por qué” o bien “A sus órdenes” hasta ahí no más.  En épocas pasadas se consideraba una galantería responder a un “gracias” de una damisela con la expresión: “Las que le adornan”, entonces la joven se sonrojaba y esbozaba una sonrisa que luego tapaba con su abanico.  Si se hace en estos tiempos, la joven se pondrá verde, pondrá una cara como la del Pájaro Loco cuando se enojaba y sacará su celular, le tomará una foto y al rato estará en el Facebook como acosador.  Si lo anterior es problemático, ni siquiera podrá imaginarse si se hace el chistoso y expresa: “Las que hace el mono” pues ahí habrá una confusión de animales y puede verse citado en la Comisaría de la Mujer.  Peor aún si se atreve a contestar un agradecimiento con “No tiene por qué darlas” pues ahí lo citarán en Auxilio Judicial.

En conclusión, vivimos en una época difícil para las relaciones interpersonales, pues si una persona no está al tanto de todos los elementos que hay que manejar de manera magistral, es posible que de pensamiento, palabra, obra u omisión, vaya a ofender a alguien.  Por eso, en cada interacción con las féminas es preciso recordar aquel proverbio persa: “No hieras a la mujer, ni con el pétalo de una rosa”.

 

 

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La sopa de queso

Cuando la lucha por la conquista de Nicaragua se apaciguó, soldados y colonizadores se asentaron en las ciudades que fundaron en este territorio, comenzaron una nueva vida, retomaron el calendario y volvieron a observar las fiestas y tradiciones de su madre patria.  La celebración de la cuaresma y la semana santa eran obviamente las observancias obligadas y toda vez que ya existía una relativa estabilidad en la vida de los españoles, no había pretexto para dejar de practicar todo lo mandado por la santa madre iglesia.  De esta manera, además de la obligada mortificación en este período, estaba la práctica del ayuno y la abstinencia, que en aquellos tiempos era más estricta que en la actualidad, lo cual condujo a su vez a repensar lo referente a la gastronomía de la época.

Después de que por mucho tiempo los españoles aborrecieron la gastronomía local, descubrieron una sustancia: la resina.  Así pues, a punta de resignación y bajo la divisa de que la necesidad tiene cara de perro, iniciaron lo que ahora los “fashionistas” bautizaron como “comida fusión”, cuyo concepto es la mezcla de elementos de diferentes culturas culinarias y que en este caso era simplemente echar mano de lo que había.  Después de todo dicen que el hambre es arrecha, pero más arrecho el que la aguanta.

Una de las comidas clásicas de la gastronomía española para el tiempo de cuaresma es la sopa de ajo.  Sus orígenes se pierden en el tiempo y algunos investigadores la ubican en las regiones de Castilla y León.  Se prepara con agua, pan, preferiblemente duro, pimentón, laurel, ajo, aceite de oliva y huevos.  Esta sopa se hizo tradicional para el tiempo de cuaresma debido a que se trata de un plato humilde, que no lleva carne y su apariencia denota una marcada sobriedad.  Con el tiempo, cada región de la península  fue realizando sus propias adaptaciones de la sopa.  En algunas regiones de España se servían las llamadas sopas canas, mismas que son preparadas de manera muy parecida a la sopa de ajo, pero a la que le agregan leche.

Los nativos de este suelo conocían los caldos y sopas, aunque por el clima no ocuparon el lugar preponderante que tuvieron en los climas extremos de Europa.  Sin embargo, como parte de la transculturización fueron aceptando algunos platos provenientes de los conquistadores y contribuyeron a fusionarlos con algunos ingredientes locales, así como impusieron algunos exponentes de su propia gastronomía.

De esta manera, surgió la sopa de queso, que constituyó un sucedáneo de aquellas sopas de cuaresma de los españoles.  El problema es que para esa época prácticamente no había pan, ya que la  harina de trigo se hizo un bien prohibitivo debido al difícil abastecimiento, los grandes impuestos y tasas y los riesgos que representaron los piratas en la travesía del viejo al nuevo mundo, así que debió ser sustituida por el maíz.  Así que en lugar de agregarle pan a la sopa, se confeccionaron unas tortas y en otros casos roscas o rosquillas que imitaban al pan y la misma masa de maíz,  sirvió para espesarla.  Para darle más sabor, con el tiempo se le agregó queso a la masa.  Así fue como la sopa de queso, vino a convertirse en uno de los platos representativos de la temporada de cuaresma en Nicaragua.

De acuerdo a cada localidad en las regiones del Pacífico y Centro del país, fueron realizándose algunas adaptaciones a dicho platillo.  Generalmente esta sopa lleva masa de maíz, queso, huevos, aceite, achiote, chiltomas, hierbabuena, ajo, tomates, cebollas y sal al gusto.  Algunas variantes le agregan leche y otros más refinados le agregan crema.   En algunas regiones sustituyen el queso por cuajada, conociéndose el platillo como sopa de cuajada. De conformidad con el gusto de cada quien, algunos preparan tortas de la misma masa en lugar de tomar la forma de roscas. En ciertas zonas de la región del Pacífico se conoce también como sopa de rosquillas.

En la actualidad, la sopa de queso, al igual que muchos platillos típicos de la cuaresma, con los cuales compite, como sopas y preparados de pescados y mariscos, han pasado de ser una comida coadyuvante de los procesos de mortificación y reflexión, para convertirse en verdaderos deleites para el paladar.   Cabe aclarar que en esta situación interviene el concepto de “gusto adquirido” pues para apreciar el sabor del platillo se necesita una exposición prolongada con el aroma, el gusto y la textura y que a un extranjero, de primas a primera pueda parecerle no tan atractivo, al igual que los españoles rechazaron inicialmente todos los preparados del maíz.

Así pues, muchos son los nicaragüenses que esperan el miércoles de ceniza, como agua de mayo, porque en ese día, a más tardar el viernes siguiente, tendrán la oportunidad de saborear una suculenta sopa de queso.  Algunos contraviniendo las disposiciones para la época la acompañarán con el mecatazo de su preferencia.  Independientemente de lo anterior, al probar la primera cucharada y al morder la rosquillas, sentirán que se transportan a otra dimensión, cerrarán los ojos sin sospechar que hace algunos diez siglos, uno de sus ancestros, pastor tal vez, se deleitaba con una sopa de ajo, calmando un tanto el frío del final del invierno, sin comprender tampoco el porqué de la mortificación.

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El retorno del vate

 

Para su regreso a Nicaragua, en 1907, después de una larga ausencia de quince años, Rubén Darío escribió el poema que inicialmente llevó el título de “Retorno a la Patria” y que después de algunos ajustes, el vate lo incorporó en el libro “Intermezzo Tropical” con el título de “Retorno”.  A ese poema pertenece la frase: ”Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”, que con las variantes del caso, se repite ad nauseam en todos los actos públicos del mes de septiembre.

En ese mismo poema, el Príncipe de las letras castellanas le dedica un “piropo” a su pueblo, que es realmente una joya:

“Pueblo vibrante, fuerte, apasionado, altivo;
pueblo que tiene la conciencia de ser vivo,
y que reuniendo sus energías en haz
portentoso, a la Patria vigoroso demuestra
que puede bravamente presentar en su diestra
el acero de guerra o el olivo de paz”.

Esta visión de Darío debería ser la divisa del pueblo nicaragüense, el norte hacia donde deberían encaminarse los cotidianos esfuerzos en la educación y en el quehacer de todos los ciudadanos.

No obstante, si por algún portento del destino, el panida regresara a su patria, en estos dorados tiempos, aunque fuera fugazmente, se llevaría una mayúscula decepción.  De esta forma, después de una asomadita a su querida tierra se preguntaría dónde quedó aquel pueblo vibrante, fuerte, apasionado y altivo.  No sería raro que acudiera a la mente del liróforo celeste, aquel poema que le había dedicado al descubridor de América:

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Se preguntaría una y otra vez, en qué parte del camino quedó aquel pueblo vigoroso que tenía la conciencia de ser vivo y que ahora, ha caído en la más profunda de las sensiblerías que raya en lo ridículo.

En la lúcida mente del poeta no tendría cabida el hecho de que una joven arme una alharaca al sentirse ofendida cuando un vigilante le dijo “adiós” al salir de un restaurante de comidas rápidas.  Según ella, el tono del saludo de parte del vigía, llevaba una connotación que se le antojaba como de acoso sexual. Algún despistado colectivo se suma indignado al reclamo airado de la joven. La estupefacción del vate no termina acá, pues luego, el cuerpo de seguridad física expresa que se siente ofendido por la interpretación de la joven, pues su saludo es más puro que un primer comulgante.  Otros colectivos se indignan y se suman a la queja del zepol.  El liróforo se queda atónito ante la efervescencia de las redes sociales por un evento por demás intrascendente.  Pero el culebrón no termina ahí.  La trasnacional por su parte, en un juego gallo gallina defiende al vigilante, pero a su vez, amenaza a la empresa subcontratada para estas labores con decirles “adiós” si no reubican al uniformado.  Varios colectivos se indignan y llaman a un boicot en contra de la cadena de comidas rápidas.  La empresa de seguridad sabe que no puede decirle “adiós” a su elemento, por la relevancia del caso en las redes y simplemente lo traslada más allá de donde Judas perdió las botas.  Las redes sociales se recalientan y la indignación campea por doquier.  El zepol se vuelve a indignar y con él, otra buena cantidad de ciudadanos y valientemente renuncia a su puesto, cuando providencialmente una empresa de la comunicación le tiende la mano, contratándolo con un mejor salario.  Llueven los “me gusta”.    El Príncipe se queda anonadado, pues piensa que un motivo para tanta admiración podría ser tal vez el Momotombo, ronco y sonoro.  Pero el asunto continúa, pues otro colectivo se indigna ante el hecho de que el vigilante tiene deudas con la justicia por la falta de pago de una pensión de alimentos.  Total que el sainete se convierte en la canción de Muchilanga y Burundanga.  El poeta no llegó a escuchar a la Sonora Matancera, pero hubiera coincidido plenamente en esto.

El padre del Modernismo, se pregunta si este es el pueblo que puede bravamente presentar en su diestra el acero de la guerra o el olivo de la paz. Quiere llorar y no llora.  Reflexiona y se pregunta:  ¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?  El vate no para de preguntarse, ¿Qué sentimientos provocará en este pueblo, una traición a la patria?  ¿Cómo reaccionaría ante quien despilfarre el erario?  Rubén sufre una enorme desilusión, mayor de la que pueda sufrir un hombre enamorado.

Después del fugaz paso por su tierra, un siglo después, regresa al sueño de los justos, bajo la triste mirada del león doliente de Navas, no sin antes reflexionar:  Y después de todo, seguimos sin saber adónde vamos, ni de dónde venimos.

 

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Las dos estaciones

 

A comienzos de diciembre, sin ningún apuro, mi madre comenzaba a poner el árbol de navidad.  Era un abeto de un color verde intenso, más pequeño que mediano.  Ayudábamos pasando los adornos que poco a poco iba colocando en el árbol y luego enredaba a todo lo alto, una instalación de pequeñas bujías de colores, amarillo, verde, azul y rojo, que comparadas con las actuales parecerían gigantes.  Todavía no eran intermitentes, pues esa magia apareció un poco después y si una de las bujías se fundía, se apagaba toda la instalación.   El toque final lo daban una hilachas de algodón, que después fueron sustituidas por “cabello de ángel” que supuestamente asemejaban la nieve y unas tiras metálicas, un tanto parecidas al alambre de púas, de color plateado, lo cual, según nos explicaba mi madre era la escarcha.  Nunca le encontré el conectivo lógico a aquellos adornos finales, sin embargo, eran parte fundamental en el adorno del árbol, a pesar que en nuestra vida, jamás habíamos visto ni la nieve, ni la escarcha.  Visualizaba en mi mente la nieve, pues en postales y películas, los paisajes invernales, especialmente los de la navidad, estaban llenos de nieve y trineos en el marco de un cielo gris.  Lo que nunca llegué a imaginarme fue lo relativo a la escarcha, pues no cabía en mi mente que en los árboles se enrollaran aquellas tiras espinosas.  Lo más real con aquel adorno fue cuando uno de mis hermanos comenzó a estudiar la conducción de la electricidad, al meter un extremo de la escarcha en la rosca de una de las bujías y llevar el otro extremo a alguna superficie metálica en donde algún incauto tocaba con su mano y se llevaba un toque singular.

En aquel clima de alegría y esperanza, en especial para los niños, asimilé esa tremenda contradicción de que en gran parte del mundo se vivía un invierno, más o menos crudo, mientras nosotros vivíamos en verano, pues técnicamente desde noviembre iniciaba el período seco de seis meses.  En aquel tiempo, en mi pueblo, todavía la temperatura descendía sensiblemente, registrándose madrugadas frías y con un tenue velo de niebla que nos hacía imaginar un paisaje invernal en pleno verano.  La frescura de diciembre era especial y estaba acompañada del aroma de los cafetales en plena temporada de corte.

Así pues, crecimos con aquella sensación de cortedad, pues mientras en gran parte del orbe, la gente disfrutaba de cuatro estaciones, los pobres de nosotros sólo teníamos dos.  No obstante, a todo se acostumbra uno, así que llegamos a manejar que nuestro verano comprendía el invierno y la primavera de aquellos suertudos, mientras que nuestro invierno abarcaba el verano y el otoño de ellos.  Al final, al igual que aquellos pueblos que son bilingües, llegamos a realizar la conversión automática de un sistema a otro, aunque en el fondo envidiábamos aquella esperanza del deshielo y el florecimiento de los campos que traía la primavera, el tener el pleno sol solo algunos meses en el año, que tenía el verano de ellos, el singular espectáculo de observar la paleta de colores que ofrecían las hojas de los árboles y su irremediable caída o las blancas escenas del invierno.

Así pues, nuestra imaginación tuvo un terreno fértil para crecer, al llegar a apreciar todas las manifestaciones culturales que estaban basadas en las cuatro estaciones, aun sin haberlas vivido.  Me impresionó cuando mi madre me explicaba, cuando escuchábamos el disco de la Obertura 1812 de Tchaikovski, que conmemoraba el gran error de Napoleón cuando al invadir Rusia fue derrotado por el crudo invierno y la entereza de los rusos al no llegar a capitular y preferir vaciar y quemar a Moscú. También admiré los cuatro conciertos para violín de Vivaldi, dedicados a las cuatro estaciones y hasta llegaba a sentir las particularidades de cada una de ellas.  Asimismo, al leer a Dostoievski o Tolstoi, la excelente narrativa nos hacía tiritar ante aquellas escenas en donde el frío se alojaba más en las almas de los protagonistas que en el ambiente.  De la misma forma al leer las Sonatas de Valle-Inclán, recorría las estaciones de la mano del Marqués de Bradomín.

Nuestro prolongado verano y la cercanía de la región del Pacífico a los principales balnearios, provocan una extensa temporada de viajes al mar, sin embargo, los mismos se concentran en los dos últimos meses del verano, marzo y abril, en donde se ubican las vacaciones de semana santa.  Por muchos años, a inicios de la década de los setenta el tema Tiritando de Los Gatos fue el himno de la temporada de mar, aunque al echarle un poco de mente, no había manera de tiritar en una playa en donde el sol provocaba temperaturas cerca de los 40 grados y la arena quemaba los pies de quienes se atrevían a caminar descalzos por ella.  Me imagino que no sería nada romántico cantar sobre alguien que camina por la playa como lora en comal caliente.

En la década de los ochenta, una gran parte de los compatriotas se embarcó en el tren de la emigración, llegando algunos muy al norte del globo.  Al inicio, saltaban de alegría cuando miraban caer la nieve y era como un sueño hecho realidad vivir un invierno de verdad; todavía con un poco de entusiasmo llegaban al segundo año y luego, poco a poco, año con año, el rigor del invierno llegó convertirse en una verdadera tortura que los llevaba a añorar aquellas dos estaciones, que en medio de todo, son más llevaderas.

Con el cambio climático no es remoto que algún día lleguemos a tener una sola estación, o bien un eterno y recalcitrante verano o un crudo invierno al estilo del Norte de Juego de Tronos.  Así que en medio de todo, conformémonos con las lluvias de nuestro invierno y el calor de nuestro de verano.  Como dijo alguien por ahi:  “El tiempo que hace en su tiempo, es buen tiempo”.

 

 

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