Archivo mensual: enero 2010

Lo que será, será

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.

Antonio Machado

Uno de los trechos más jubilosos de mi niñez eran las dos cuadras que separaban la casa de los abuelos del Teatro Julia en San Marcos.  No obstante, la dicha era inmensa cuando lo recorría con mi madre, en aquellas ocasiones en que ella lograba delegar el cuido de mis pequeños hermanos para disfrutar de una buena película.  Todavía me parece sentir aquella particular emoción de recorrer de la mano de mi madre aquel camino que se hacía largo, mientras empezaba a escucharse en el altoparlante del teatro, Ruega por nosotros en la voz de Miguel Aceves Mejía, indicativo, según mi incipiente capacidad deductiva, que la película sería buena.  Luego, cerca de la taquilla, una cajetilla de chicles Adams de frutas o un cartucho de cacao maní tostado completaban la gloria, aunque nada se comparaba con la tremenda felicidad de tener a mi madre de manera exclusiva, como lo fue un buen tiempo, en el que como primogénito gocé de esa particular prerrogativa.  Durante ese par de horas, tenía además de mimos en exceso, una gran paciencia, que al igual que don José Almanzor la tenía para traducirle al árabe todos los diálogos de la película a su esposa doña Fátima, mi madre la tenía para explicarme todas las complicaciones en la trama de la cinta, que eran demasiadas para mi edad.

Uno de esos viajes maravillosos al cine que perduran en mi memoria fue allá por 1957, entre la primera comunión y el sarampión, cuando fui con mi madre a ver la película El hombre que sabía demasiado.  En esa época Alfred Hitchcock, director del film, no alcanzaba la enorme fama que llegó a tener como el genio del suspense.  Un poco más conocido era James Stewart, el actor principal, no obstante quien llamaba la atención de manera particular era Doris Day, símbolo de la inocente mujer americana de los años cincuenta.  De la película en sí no recuerdo mucho, salvo tal vez la escena final en aquella mansión con una gran escalinata en donde se desarrolla la trama final de la cinta, sin embargo, el tema musical de esa película es algo que se quedó grabado profundamente en mi mente.

La canción que sirvió de tema a esa película fue: Qué será, será, que a pesar de la renuencia de Doris Day para grabarla, alcanzó un éxito inusitado, comenzando con el Oscar al mejor tema musical de 1956, logrando posteriormente colocarse en las listas de popularidad de todo el mundo y convirtiéndose en la canción insignia de la actriz-cantante.  Aquella pieza a ritmo de vals, cautivó también a toda la audiencia sanmarqueña y en especial a mi madre, quien por mucho tiempo la cantó en medio de sus cotidianos afanes.  A mí me gustó mucho, sin embargo, no lograba comprender el espíritu de la letra, pues de entrada me sonaba a un acertijo o adivinanza.  Esta confusión pudo haberse debido a que la frase original se dio en italiano, che será, será y aparece en Doctor Fausto de Marlowe y posteriormente, en la película La condesa descalza,  en donde constituye el lema de la familia Torlato-Favrini a la cual pertenece el personaje de Rosanno Brazzi, siendo que en ese idioma es más fácil captar el sentido de lo que será, será.

Aun con las explicaciones de mi madre sobre su apreciación respecto al significado de la canción, a esa edad, el concepto del futuro era tan etéreo, tan perteneciente a lo mágico y remoto, que tampoco alcanzaba a comprender la expresión de esa canción: the future´s not ours, to see.  Así que la canción se quedó más que nada en una melodía pegajosa que por mucho tiempo mi madre y yo disfrutamos en sus diferentes versiones, recordando siempre aquella película o más bien la dulce experiencia de aquellas escapadas hacia el Teatro Julia.

No fue sino hasta cincuenta años después cuando por casualidad volví a escuchar aquella magnífica canción, que empecé a reflexionar sobre su significado y la manera cómo mi madre lo hizo propio para señalarnos el rumbo de vida que marcaría nuestros destinos.  Por muchos años durante nuestra niñez, la única preocupación que teníamos era estudiar, jugar y pensar cómo debíamos distribuir el tiempo para ambas actividades.  Mi padre se ocupaba de allegar recursos al hogar y mi madre de administrarlos eficientemente y así aquellos ingresos alcanzaban para llevar una vida tranquila aunque sin opulencia, en cambio cada tiempo de comida se convertía en un banquete gracias a la creatividad de nuestra madre.

Ella nunca nos animó a mirar el futuro como una meta determinada, así pues, cada quien desde pequeño manejó un impresionante abanico de vocaciones que comprendía aspiraciones para llegar a ser médico, torero, pianista, boxeador, bombero, beisbolero, farmacéutico, arzobispo, piloto, director de orquesta, astronauta, vaquero, súper-héroe, sin embargo, al final, cada quien se convirtió en lo que sus circunstancias particulares le marcaron y al final de cuentas ninguno siguió lo que originalmente había soñado.

Así pues, nuestra formación en el hogar fue más bien orientada a forjar un carácter que fuera como una de esas hojas de acero, lo suficientemente fuerte para resistir los embates de la vida, pero lo suficientemente dúctil para adaptarnos a las circunstancias que fueran surgiendo en el camino.

Esta forma de entender la vida fue la que tiempo después nos hizo identificarnos plenamente con Antonio Machado, cuando Serrat nos lo ofreció en la bandeja plateada de su música: Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.  Caminante, no hay camino sino estelas en la mar.

Cuando nuestras alas empezaron a embarnecer indicándonos que era hora de abandonar el nido, mi madre con una absoluta tranquilidad nos miró remontar el vuelo, con la certeza de que estábamos preparados para librar nuestras propias batallas.  Y así fue, ese camino no se nos presentó pavimentado ni apareció un arco iris al final de cada jornada, sino que ha sido un camino abrupto, lleno de vicisitudes, pero aquella fortaleza inculcada en el hogar sirvió para salvar todos los obstáculos.  De esa forma, aprendimos a aprovechar el día, a andar los caminos golpe a golpe.  No tenemos planes a quince años como pregonan los ahuizotes, sino que juntamos fuerzas para el día a día.

Cuando murió nuestro padre, ella nos dio una lección de fortaleza admirable, superando el dolor con una entereza que sólo un ser como ella podría haberlo hecho y con esto consiguió que nosotros lográramos sobreponernos de tan aciago golpe y aprender con su ejemplo que la vida puede tumbarnos, pero hay que sacar fuerzas para levantarnos y seguir adelante.

Ahora que mi madre está en la cima de la montaña, puede ver con claridad que la semilla que lanzó cayó en tierra buena, pues sus hijos supieron escuchar sus sabios consejos y tuvieron la perseverancia para ponerlos en práctica y al tiempo de cosecha puede enorgullecerse de haber obtenido el ciento por uno.  Sus hijos sin excepción le profesan admiración y respeto, aunque no les alcanza el amor para regresarle todo el que ella a manos llenas les prodigó.

Yo que todavía recorro el trecho escarpado, al recordar aquella película que disfruté con ella, me doy cuenta de que no hay hombre que sepa demasiado, sin embargo, una tremenda verdad es que lo que será, será.

QUE SERA, SERA VERSION ORIGINAL DE DORIS DAY
QUE SERA, SERA, VERSION DE NIÑOS TAILANDESES

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El nazareno del asfalto

Las calles de Managua parecieran estar a punto de rendirse al inclemente sol que amenaza con convertirla en un desierto.  La ciudad convulsiona al ritmo de un interminable reggaetón que se desparrama del mall y que corriente abajo cubre las venas, todavía cicatrizantes, de aquella novia del Xolotlán que quedó esperando a su príncipe valiente que la levantara de su letargo.

En los semáforos se arremolina una muchedumbre de vendedores, indigentes, malabaristas, payasos que estratégicamente ocupan todo el crucero, listos para aprovechar los treinta segundos que dura la luz roja para apelar a la buena voluntad de los ciudadanos, mientras escondidos en los árboles cercanos, los policías de tránsito acechan a los atenidos conductores.

De repente,  un hombre alto, delgado, con una larga melena, barbado, ataviado con una túnica roja y cargando una cruz de madera aparece en escena, como salido de la nada.  Lejos de semana santa, el nazareno pareciera más bien emergido de una película de Fellini y el reggaetón de pronto pareciera caer en fade out y diera la impresión que Nino Rota entrara para poner sus pinceladas musicales detrás de la imagen de este personaje.

Al acercarse el nazareno, ofrece una expresión más parecida a la de Marco Antonio Solís que a la de Jim Caviezel.  Su cruz es más liviana de lo que inicialmente parece, como diciendo, exageraciones tampoco.  No predica nada, no solicita nada, simplemente fija su mirada en el horizonte y sigue su camino, que lo lleva a cualquier parte de la capital pues igualmente se le mira por Enabas, Santa Ana, Camino de Oriente o por los Semáforos de La Robelo, aunque también se le ha visto en Rivas, Matagalpa, Chinandega o Estelí.

Súbitamente, la imagen nos trae a la mente el poema “A Colón” de Rubén Darío: Cristo va por las calles flaco y enclenque, Barrabás tiene esclavos y charreteras.  Duelos, espantos, guerras, fiebre constante, en nuestra senda ha puesto la suerte triste. Sin embargo, el nazareno inmutable sigue su senda, como buscando su propio Getsemaní, aunque en el camino lo nieguen más de tres veces y el Iscariote lo siga con su mirada obscena.

El calor parece apretar más y la imagen del nazareno da la impresión de evaporarse en el persistente sol y poco a poco reaparecen Wisin y Yandel:  Actitudes que contribuyen al crecimiento del infierno, Pero arriba hay un gobierno, que vea si en tu corazón hay un infierno. Mientras el Dembow inunda de nuevo el ambiente, la capital sigue su vida y a lo lejos se escucha cantar a un despistado gallo.

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Donde van de dos son tres

Uno de los flagelos más crueles que sufren las personas que viven en las ciudades circunvecinas y que trabajan en la ciudad capital, es el transporte interurbano.  Además del pésimo servicio, tarifas al alza y bellaquería de los conductores; en los últimos años pareciera que el índice de accidentes en donde los cafres de los microbuses interurbarnos han sido protagonistas, se han incrementado, tanto en número como en la gravedad de sus consecuencias.

Es triste recurrir al dicho –todo tiempo pasado fue mejor- sin embargo, esta situación por la que atraviesa el transporte interurbano nos hace preguntarnos ¿Qué pasó?  Antes, definitivamente no era así. Viajar era mucho más seguro y en algunos casos placentero.

Si usted estaba en Managua y deseaba viajar al tramo comprendido entre San Marcos y Diriomo, debía llegar al Mercado Boer  y en el costado occidental, propiamente donde tenía su farmacia la Dra. Carmencita Sotomayor, estaba la “parada” de los buses hacia ese rumbo.  De ese punto salían durante todo el día buses de las diferentes líneas que cubrían las rutas hacia “los pueblos”, esparcidas en el espacio entre las seis de la mañana y las siete de la noche, con mayor concentración cerca del mediodía y las cinco de la tarde.

En dependencia de la flexibilidad en el horario que tuviera el viajero podía escoger entre las diferentes líneas de buses, pues cada una de ellas tenía un estilo de servicio diferente.

Quienes detestaban la velocidad y las emociones fuertes escogían a los Transportes Rugama, cuya unidad era conducida por un señor maduro, con cara de pocos amigos que tenía dos rótulos que resaltaban al frente del interior de la unidad, “Dios bendiga nuestro camino” y “Dichosamente aquí sólo viaje gente decente” y por algún motivo desconocido, un pequeño rótulo de Ripercol con la imagen de un enorme buey.  El señor conductor parecía heredero de Job, no por el buey, sino porque hacía gala de una tremenda paciencia y conducía a una velocidad de crucero de 60 kilómetros por hora, descendiendo en los tramos peligrosos hasta los 40 kilómetros por hora, cubriendo el tramo de Managua a San Marcos en hora y veinte minutos, dependiendo de las paradas intermedias que realizara y que el ayudante requería una vez que se pasaba el puesto de Nejapa, con el grito: “Esos que van al camino”, debiendo avisar y pagar anticipadamente quienes se bajaban en Monte Tabor, El Cañon, El Tizate, El Boquete y demás puntos intermedios.

Las damas que eran proclives al flirteo preferían el bus de los Transportes Hermanos Silva de Masatepe, que era conducido por sus propios dueños, los hermanos Elman y Holman que eran los Tenorio de la ruta, pues con sus cortes de pelo al estilo Dr. Chivago y sus bigotes de Clark Gable se consideraban los galanes de la carretera.  Era un bus pequeño, con la mitad de la longitud de los estándares lo que lo hacía más ágil y rápido y por lo tanto, la ruta la cubrían velozmente, con gran pericia y precaución. Era incómodo pues le habían agregado más filas de asientos para que compensara el tamaño, así que uno viajaba encogido como astronauta.  Salían temprano de Managua pues llegaban casi de madrugada con el cargamento de la vivanderas del Mercado Boer que venían de Masatepe, así que esa primera corrida era olorosa a nacatamal y hierbas.

Una de las líneas con mayor demanda era definitivamente el San Fernando, propiedad de la familia Gaitán de Masatepe y que se caracterizaba por su puntualidad, prudencia y cortesía de su personal.  En todas sus corridas el bus iba completamente lleno, por lo que desde un inicio el ayudante del bus, un chaparrito, moreno y “culoatuto” como dirían algunos Managua, ponía el orden con la advertencia: “Donde van de dos, son tres”, esto quería decir que aunque los asientos del bus hubieran sido diseñados para dos pasajeros, la capacidad efectiva del bus era de tres por asiento.  Así que cuando se trataba de viajeros robustos no quedaba de otra más que “sacar manteca”.  El conductor tenía una enorme experiencia en ese trayecto y conducía a una velocidad de 75 kilómetros por hora, descendiendo a 55 kms. en las curvas de El Crucero. Su costo era más elevado que el resto, mientras la mayoría cobraba 3.00 córdobas, el San Fernando cobraba 3.50, es decir 50 centavos dólar.

Para quienes se deleitaban con las emociones fuertes o bien necesitaban llegar urgentemente a su destino estaban los Transportes San Pedro, de Diriomo, cuyo bus era conducido por un joven que parecía salido de la portada de un disco de Credence Clearwater Revival.  Lo que le ponía la nota al viaje era la música que llevaba el conductor a buen volumen, pues predominaba Jimi Hendrix con sus fantasías en la guitarra y de repente daba la apariencia de emanar del interior de la unidad una nube de humo color púrpura.  Así que por una módica cantidad el viajero lograba un Magic Mistery Tour, que con la velocidad que desarrollaba el temerario conductor a veces se cubría en unos cuarenta minutos.

El único microbús que cubría la ruta era El buen vecino, propiedad del buen amigo Don Edgardo Gutiérrez de Masatepe, sin embargo, el conductor era tan precavido que manejaba a velocidades tan reducidas que el viaje se tardaba cerca de hora y media.  Un poco después de este microbús salía un bus ideal para quienes no eran supersticiosos y les gustaba lo esotérico, era la línea de Los Brujos, de Diriomo que alcanzaba rápidamente al Buen Vecino y cubría rápidamente su ruta.

Una línea que se adelantó definitivamente a su tiempo fue la de los Transportes Mercado, de La Concha, que fueron los primeros que llevaban un conductor designado.  Siempre viajaban dos hermanos que eran tan responsables que se ponían de acuerdo respecto a quién podía echarse sus rielazos, de tal forma que el que permanecía completamente sobrio se hacía cargo de manejar el bus, mientras que el sesereque hacía las veces de perico.

A las seis treinta de la tarde salía del Boer un bus pequeño, como el de los Hermanos Silva llamado el Thomas, al que muchas señoras llamaban el Santo Tomás.  Quienes perdían ese bus debían forzosamente abordar el Cantillano, que salía a las siete de la noche y que era como decía Electric Light Orchestra, Last train to London.  Este bus recogía a todos aquellos que por motivos recreativos, la mayor parte de carácter etílico, se quedaban después de la jornada laboral.  El recorrido del Cantillano era diferente, pues en la quietud de la noche, el pequeño bus, repleto de viajeros iba en un extremo silencio, de tal suerte que a lo lejos parecía el Buque Fantasma.  Cerca de las ocho, se aparecía el bus por San Marcos y su arribo causaba expectativas entre los paisanos, pues las miradas escudriñaban a los viajeros que descendían, ya fuera una damisela que cargaba un pecado que la hacía parecer al tipo de la Emulsión de Scott o bien aquellos que bajaban con extremada precaución e iniciaban la interminable marcha hacia su casa, con pasos emulando a John Wayne y pensando en el pretexto que debían de inventar en el camino.

Para quienes deseaban un transporte más exclusivo y veloz, estaban los taxis “intermortales” que tenían su “parada” en el cafetín llamado “El buen tono” frente a la Estatua de Montoya y que al costo de 7.00 córdobas, es decir un dólar, transportaban de seis a siete pasajeros en menos de lo que canta un gallo.

Definitivamente como decían: Ay, qué tiempos señor Don Simón.  Uno de los recuerdos que más se han clavado en mi mente es aquel aroma del Mercado Boer, mezcla de frutas, hierbas, refrescos naturales y remedios de farmacia, mientras un poderoso motor ronroneaba y el perico con una voz de tenor anunciaba: San Marcos, Masatepe, Niquinohomo, Catarina, Diriá, Diriomo.

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Si ese es mi fueyte

Pareciera un vicio recurrente que en la mayoría de las crónicas de la vieja Managua se catalogue indiscriminadamente a una serie de personajes como “locos”.  Así observamos capítulos enteros en dichos documentos dedicados a los “locos de la vieja Managua” o bien “orates de la novia del Xolotlán” y en dichas clasificaciones ingresa un variopinto de caracteres que van desde los verdaderamente privados de la razón hasta excéntricos, sinvergüenzas, borrachos, indigentes, mal bozaleados, es decir, todos aquellos que no calzaban dentro de los cánones de comportamiento normal de la época.

Uno de los personajes tratados injustamente por los cronistas es Raúl Cruz Martínez, que a mediados del siglo pasado recorría Managua con una escoba en la mano y se le conocía en con el apodo de “Peyeyeque”.  La historia de este famoso personaje se va perdiendo entre la realidad y la leyenda.  Algunos dicen incluso que era de una familia de recursos y que sus parientes se valieron de su “locura” para despojarlo de lo que le pertenecía.  No obstante, no existen evidencias de que Raúl hubiera padecido alguna enfermedad mental.  Es posible que Raúl pudo haber padecido de un trastorno del lenguaje, alguna dislalia y en lo particular un rotacismo, que le impedía pronunciar correctamente la consonante “R”, tal vez por motivos anatómicos, tal vez por motivos funcionales y al no existir en aquellos tiempos ningún logopeda en el país, ni darse la conciencia del problema de parte de sus padres, lo más que pudieron hacer fue resignarse.  El caso es que es probable que tampoco tuviera Raúl, debido entre otras cosas a su problema de lenguaje, acceso a una educación básica y por lo tanto sus posibilidades de supervivencia se hicieron todavía más difíciles.  El oficio al que llegó a tener acceso fue el de barrendero en las cuadrillas del Distrito Nacional, que era el equivalente a la Alcaldía en esa época y ese fue el trabajo que tuvo por mucho tiempo.

De esa forma los capitalinos se encontraban a Raúl barriendo las calles, ya sea en las inmediaciones de la esquina de los bancos, en la iglesia del Perpetuo Socorro, cerca del Palacio Nacional, por el lado de la Casa Pellas o en el Estadio Nacional, en donde también se le miraba en los juegos del Boer, su equipo favorito a quien llegaba a apoyar.  También acudía al Cuerpo de Bomberos en donde siempre mostró su ambición de llegar a ser un día voluntario de esa institución.

En aquella época era más común que cualquier ciudadano se atreviera a gritarle a otro, a todo pulmón, su apodo o remoquete, a sabiendas de que el otro se la regresaría al doble, ya fuera con su apodo o bien con una mentada de madre con todas las de ley.  Ahora es muy difícil que ocurran estas familiaridades, cualquiera sabe que a la menor provocación, le puede salir la venada careta, así que optan por seguir los sabios consejos de Benito Juárez de que el respeto al derecho ajeno es la paz y la conservación de las muelas.  Así pues en esos tiempos era muy frecuente que cualquiera le gritara a Raúl:  Peyeyeque, a lo que él le respondía con los más gloriosos epítetos hacia su respectiva progenitora.  Así mismo, Peyeyeque era muy dicharachero y empleaba sus retahílas muy oportunamente.

A comienzos de la década de los sesenta, ocurrió el robo de una manguera y como dicen por ahí, al perro más flaco se le pegan las pulgas y el pobre Raúl de pronto se vio acusado anta la Policía Nacional de haberse robado el implemento.  Cuando le tocó comparecer ante la autoridad y habiéndosele leído los cargos de los cuales se le acusaba, Raúl no vaciló en descargarle la más amarga de sus retahílas, agregando sustantivos que según el barrendero constituían verdaderos insultos: conservador,cachureco, matamama, comunista.  Al final del proceso, no se encontraron las evidencias del robo de la manguera, sin embargo, por irrespeto a la autoridad fue condenado a barrer las calles, que era una de las penas comunes en ese tiempo, a lo que Raúl con una carcajada contestó:  Vos si que ya me joyiste, no joyás, si ese es mi fueyte baboso.

El caso se hizo famoso en toda Managua, a tal punto que el cantante y compositor Humberto “El Gato” Aguilar, compuso “La manguera de Peyeyeque” en donde narra este famoso episodio.  La citada canción fue grabada por el célebre Trío Xolotlán que dirigía el gran músico Carlos Adán Berríos, acompañado de Tomás Urroz y de Humberto Goussen, habiendo logrado que el tema se convirtiera en un éxito a nivel nacional y convirtiendo en un verdadero ícono de la ciudad capital a Raúl Cruz Martínez “Peyeyeque”.

El problema es que el Gato Aguilar, autor de “La carreta nahua” y “El sorbetero”, también cayó en el mismo error que los cronistas al catalogar a Raúl como orate, iniciando su canción de la siguiente manera:  “Hay un loco popular, que trabaja con la escoba, cuando quiere vacilar, una manguera se roba”.

Algunos cronistas aseguran que Raúl entabló una demanda por la utilización de su nombre y su apodo en la canción, sin su consentimiento, sin especificar a quiénes demandó, si a la empresa disquera, al Trío Xolotlán o a Huberto “El Gato” Aguilar; el caso es que según estos, Peyeyeque ganó la demanda logrando una indemnización.  Tal vez pueda haber algo de cierto en lo anterior y esto confirma que Raúl podría hablar mal pero no tenía ni un pelo de tonto, además que según algunos historiadores, un hermano de él era abogado.  Lo cierto es que Raúl después de vivir mucho tiempo en el Barrio San Antonio, llegó a comprarse una casa en el barrio Monseñor Lezcano, específicamente de la Estatua unas cuadras hacia el oeste, cerca de la Iglesia Evangélica El Calvario.  Después de vivir algunos años en ese lugar, vendió la casa para trasladarse a Ciudad Jardín, en donde pasó sus últimos días.

Por muchos años, la anécdota de Peyeyeque estuvo vigente en la vida de los nicaragüenses y no era extraño escuchar cuando alguien deseaba expresar su especialidad en algún oficio o destreza: Si ese es mi fueyte.  También en términos generales la figura de Peyeyeque vino a representar una versión moderna, aunque sin la extrema profundidad de El Guegüence.

En estas fechas, ya casi no se recuerda a Raúl Peyeyeque, salvo los sobrevivientes de la vieja Managua.  También desapareció aquella ligereza en clasificar a los caracteres de las personas, pues tienden a ser más selectivas y no a cualquiera lo tachan de loco, más bien tratan de llevarlos por los suaves caminos de lo políticamente correcto y encontramos a bipolares, propensos a la depresión, soñadores bolivarianos, no como antes que bastaba un poco para que a alguien le pasara lo que a Javier Solís: Y me llaman el loco, porque el mundo es así.

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Por quién doblan las campanas

Con la aparición del Internet, una de las prácticas más comunes es buscar nuestro propio nombre en Google, investigar si existimos en la red y averiguar qué se dice de nosotros.  Muchas figuras públicas lo hacen regularmente para detectar cualquier alusión sobre su persona fuera de los medios tradicionales de comunicación.

A finales de los noventa, al buscarme en la red, descubrí que yo no era tan famoso y al mismo tiempo encontré que existían muchas personas con quienes compartía mi nombre, entre ellos un “most wanted” del FBI, por lo que dejé entonces de buscarme.  Sin embargo, en el 2006 volví a tener la curiosidad de cómo andaba mi nombre en el ciberespacio.  Ya no era tan desconocido entonces, no obstante, la cantidad de personas con quienes comparto mi apelativo parecía haberse incrementado notablemente.  Tan sólo en Nicaragua aparecían reiteradamente varios homónimos, resaltando un líder comunal que es citado frecuentemente por la prensa local.  A nivel internacional, ya no aparecía el delincuente buscado por el FBI, al parecer ya lo habían capturado o se aburrieron de buscarlo, pero existía un bailarín canario de mucho renombre, un general, un veterinario, un alcalde norteamericano, una estrella de lucha libre y así por el estilo.

Lo que más me llamó la atención fue una entrada que decía: Orlando Ortega, movie and TV actor.  Recórcholis, me dije a mí mismo e ingresé a la página web y en efecto, se trataba de un joven actor que tenía una incipiente carrera en el cine y la televisión norteamericana.  Me dio curiosidad y seguí buscando en otras páginas hasta que encontré una que tenía una breve biografía del joven y para mi sorpresa era de origen nicaragüense.  ´Ira, ´ira, ´ira, me dije como los regiomontanos.  Al continuar leyendo me quedé anonadado al darme cuenta que el actor había nacido en Managua el 16 de febrero de 1976, es decir, casi un año antes que mi hijo del mismo nombre.  Así que exclamé, como buen chilango: Ay güey, al pensar que cualquier malicioso podría empezar a realizar revisiones exhaustivas en el calendario tratando de buscarme cualquier implicación.

El joven actor, cuyo nombre completo era Orlando S. Ortega Ortega había llegado a los Estados Unidos cuando tenía sólo 8 años de edad y se había establecido en la ciudad de Nueva York, en el sector del Bronx, con su madre y su hermana mayor Karla.  A pesar de que ser actor siempre fue su sueño, se inició trabajando en el campo de la informática.   Estando en el metro de Nueva York fue abordado por Margaret Harris quien le ofreció incluirlo en la película que ella estaba filmando llamada Exit 8A, él accedió e interpretó el papel de Francisco.  En el año 2003 se trasladó a Los Angeles y obtuvo algunos papeles secundarios en series como 24, CSI Miami y Jericó.  También trabajó en el film Game Over e interpretó a Luis en G.I. Jesus.  En 2005 participó como escritor, coproductor y actor en el cortometraje Speed Dating 101.

En realidad yo nunca había oído hablar de este joven actor y revisando los periódicos nacionales no aparece ningún artículo sobre él, lo cual es extraño pues muchas veces los encargados de las páginas de espectáculos tienen que recurrir a la publicación de verdadera bazofia para llenar sus espacios, sin embargo una nota sobre los logros de este muchacho brillaba por su ausencia, a pesar de que aparte de Barbara Carrera, ningún ciudadano nicaragüense había llegado a ese nivel en Hollywood.

Tiempo después, a mediados de 2007 volví a buscarme en la red, esta vez con el fin de realizar una línea de base, como dicen los investigadores, antes de lanzarme a la aventura de convertirme en bloguero.  Estaba en la búsqueda cuando de repente encontré una noticia que me dejó helado, “Muere Orlando Ortega durante un asalto”.  Algo así es para dejarlo a uno patitieso, así que sólo alcancé a decir al estilo del D.F. Ah, Cabrón.  Con la mano un tanto temblorosa pulsé el ratón para entrar a la página y el detalle de la noticia me impactó.  El joven actor Orlando Ortega de 31 años falleció el 29 de mayo, después de recibir un disparo tras ser asaltado por desconocidos al llegar a su casa en West Hollywood.  Los diarios locales no habían mencionado nada al respecto.

Es cierto que en la madurez se empieza a tener la conciencia de que en cualquier momento la muerte pisará nuestro huerto, como dice Joan Manuel.  Pero mirar mi nombre ligado a la muerte de esa manera fue hasta cierto punto acalambrante. Por otra parte, aun recobrando la tranquilidad al saber que se trata de otra persona, lo invade entonces a uno la sensación de vacío y rabia ante esas traiciones del destino, en esta ocasión contra un joven que llegó al sueño americano para saltar luego al sueño de Hollywood y cuando todo iba sobre rieles, sin más ni más un frío asesino, en un instante le arrancó la vida.

Recordé entonces aquel famoso fragmento de Devotions Upon Emergent Occasions del poeta inglés John Donne (1572-1631) que inspiró a Ernest Hemingway para el título y epígrafe de una de sus mejores novelas.

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

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La vuelta de los yankees

Dicen por ahí que uno puede escaparse del rayo, pero no de la raya, pues al fin y al cabo, el destino se empeña en jugarnos malas pasadas.  Muchos recordarán la historia de la ciudadana italiana que vacacionaba con su esposo en Brasil y perdieron el vuelo de regreso a Europa, quedándose estupefactos al saber que ese vuelo, el AF 477 de Air France se estrelló en el Atlántico, pereciendo las 228 personas que iban a bordo.  Luego en medio de su consternación tomaron otro vuelo de regreso y días después mientras transitaban en una carretera en Austria, su auto colisionó habiendo fallecido la señora y resultando mal herido su esposo.

Esta trágica historia me trajo a la mente la historia que me contó mi padre sobre algo similar ocurrido a inicios de la década de los cuarenta en Nicaragua.  Era la época más álgida de la Segunda Guerra Mundial y dos ciudadanos civiles norteamericanos se dirigían en un aeroplano de su país hacia Panamá con un cargamento de mercancías.  Habían realizado su última escala en Guatemala y en el trayecto hacia el sur empezaron notar cierto desperfecto en uno de los dos motores.  En un inicio, creyeron que con un solo motor podrían llegar a su destino, sin embargo, al volar en territorio nicaragüense el otro motor comenzó también a dar problemas.  Por alguna razón volaban siguiendo el litoral del Pacífico.  Cuando el daño a los motores pareció agravarse, buscaron un lugar para aterrizar de emergencia, pues según sus cálculos no podían llegar hasta el aeropuerto de Managua.  Estaban buscando un lugar en la playa lo suficientemente extenso para poder aterrizar, cuando observaron una planicie que se extendía perpendicular a la playa y que presentaba las condiciones ideales para intentar el aterrizaje.  Así lo hicieron y no sin cierta dificultad lograron aterrizar sanos y salvos.  No habían terminado de descender del avión, con las piernas todavía temblando cuando poco a poco fueron presentándose personas que parecían salir de la nada.  Al poco tiempo apareció un piquete de guardias que encañonaron con sus fusiles a los norteamericanos, quienes en un rudimentario español les decían que eran ciudadanos de aquel país del norte.  Los uniformados les hicieron señas de que avanzaran y después de caminar por espacio de unos diez minutos llegaron a un plantel de donde salieron dos hombres.  Eran más altos que la muchedumbre que los condujo, fornidos y caucásicos.  En un inicio los norteamericanos creyeron que se trataba de paisanos, sin embargo cuando alcanzaron a escuchar lo que uno le comentaba al otro: Amerikaner, el alma se les fue a los pies.  Lo último que sabían era que los países centroamericanos eran aliados, así que no es explicaban la situación en donde dos alemanes estuvieran a cargo de esa zona.  Uno de los dos alemanes les preguntó en un buen inglés qué les había ocurrido y que si se encontraban bien.  Con cierto recelo le comentaron las fallas que tuvieron y que afortunadamente habían salido ilesos.  El alemán en un español perfecto dio órdenes para que les proporcionaran agua y alimento y los alojaran en una barraca para huéspedes para que descansaran y los invitó para que al ponerse el sol los acompañaran a cenar.  En la casona que servía de alojamiento a las dos alemanes y sus respectivas familias, se sirvió una cena frugal y al finalizar los dos alemanes y los dos norteamericanos, lejos del frente de guerra, se sentaron a conversar sobre sus respectivos infortunios.

Cuando Estados Unidos le declaró la guerra a Alemania y Japón, Anastasio Somoza vislumbró una oportunidad dorada para aumentar su patrimonio e inmediatamente mandó a detener a todos los ciudadanos alemanes que habitaban en Nicaragua.  Muchos de ellos tenían muchos años de vivir en el país y algunos se habían casado con nicaragüenses formando familias importantes; de la misma manera habían realizado significativos aportes a la agricultura, la minería, la industria y el comercio local.  Algunos fueron encarcelados y luego pasados a un improvisado campo de concentración, otros fueron deportados a los Estados Unidos.  El propósito escondido de Somoza, con esta actitud más papista que el Papa como dirían, era la expropiación de los bienes de los ciudadanos alemanes.  No obstante, a dos ciudadanos alemanes Somoza les propuso sacarlos del campo de concentración, no deportarlos si a cambio le construían un ingenio azucarero en una inmensa propiedad, que de la misma forma amañada, el General se había agenciado.  Esa propiedad se encontraba junto a la playa del Pacífico y era conocida como Montelimar.  De esta manera los alemanes salieron del campo de concentración y empezaron a trabajar gratis para Somoza, iniciando la construcción de lo que sería el Ingenio Montelimar y cuyos gastos de inversión eran proveídos por el Ferrocarril de Nicaragua, empresa estatal que se manejaba al estilo Albanisa.

Al día siguiente, los alemanes acompañaron a los norteamericanos a revisar el avión y determinaron las necesidades de repuestos necesarios para hacer llegar la aeronave a Panamá.   Los alemanes les ofrecieron transportarlos hasta Managua para que contactaran a su empresa en los Estados Unidos e hicieran los arreglos necesarios.  Uno de los hijos de los alemanes se ofreció a conducir un viejo vehículo que había en Montelimar y no muy convencido su padre accedió.  En aquel tiempo, la única salida de Montelimar era a través de El Crucero, subiendo por una sinuosa carretera que el joven conductor pudo sortear de manera satisfactoria.  Luego venía el descenso hacia Managua sobre la carretera sur.  El joven logró maniobrar bien las primeras curvas de San José del Cardón, las de El Encanto e incluso la de El Boquete, sin embargo, después de esta última viene una pendiente pronunciada que lleva a cuatro curvas seguidas, en donde el joven comenzó a sentirse nervioso, libró la primera sin descender la velocidad al nivel requerido y en la segunda curva perdió totalmente el control del vehículo, volcando y cayendo al precipicio.  El joven logró salir con algunas contusiones y golpes fuertes, sin embargo, los dos norteamericanos fallecieron casi inmediatamente.  Obviamente, el caso fue informado inmediatamente a Somoza, quien analizó la situación detenidamente y habló personalmente con el Embajador de los Estados Unidos para lamentar el desafortunado accidente, sin dejar ninguna duda flotando, pues no le convenía que se profundizara sobre el caso Montelimar.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Somoza en un acto magnánimo “liberó” a los alemanes y consiguió que la empresa del Ferrocarril, reconociera algunos emolumentos para compensarlos.  No se volvió a saber nada del avión y lo único que quedó en la memoria del pueblo fue la fatídica curva que a partir de entonces se conoció como “la vuelta de los yankees”.  Todo conductor que conocía la carretera sur, sabía perfectamente que en ese tramo debían extremarse precauciones.

En diciembre de 1959, una delegación de Boy Scouts del Colegio Calasanz que había participado en el Camporee Centroamericano realizado en Costa Rica regresaba en un bus de ese Colegio.  Al comenzar el descenso desde El Crucero, el conductor, de gran pericia en su oficio, comenzó a notar que los frenos venían fallando.  Empezó a frenar la velocidad producida por las pendientes con los cambios del motor, sin embargo al notar que no era suficiente, notificó a los encargados del grupo, los Padres Minguez y Caudelli.  Este último empezó a dar órdenes a los muchachos para adoptar posiciones que pudieran mitigar cualquier colisión.  Al descender después de El Boquete, el conductor comprendió que no podía librar la vuelta de los yankees, así que en la primera curva que tiene un alto terraplén, se orilló al máximo, obligando al autobús a recostarse contra el terraplén y provocar la fricción necesaria para detenerlo.  Afortunadamente la maniobra del conductor resultó la más acertada pues el vehículo no hubiera podido librar las siguientes curvas y el resultado hubiese sido catastrófico.  Las indicaciones del Padre Caudelli fueron efectivas pues ayudaron a mitigar el impacto del autobús, sin embargo, un muchacho venía dormido y no escuchó las indicaciones y desafortunadamente falleció en el impacto.

Un par de años después, los Boy Scouts de San Marcos, bajo la iniciativa de Donald Estrada “Soropeta” construyeron una cruz de casi tres metros de altura, con una flor de lis en el centro, la cual se colocó en el sitio del accidente y permaneció por muchos años, señalando el inicio de la vuelta de los yankees.  Todavía a mediados de los noventa se notaba la cruz que sobresalía de la maleza, sin embargo, un buen día, alguien consideró que le serviría para algún menester y se la llevó.

En la actualidad la nueva carretera sur permite subir de Managua a El Crucero en menos de quince minutos, en muchos trechos hay cuatro carriles y la otrora famosa “vuelta” se amplió considerablemente y existen dos carriles de subida y uno para descender y el peralte fue ajustado para un rodamiento más eficiente.

Muy pocos de los que ahora transitan por ese trecho saben que por mucho tiempo se conoció como la vuelta de los yankees y menos aún saben la historia de los desafortunados norteamericanos y cómo después de haberse salvado de un accidente de aviación, haber hecho a un lado sus rencores nacionalistas para agradecer la gentilezas de sus “enemigos” alemanes y departir tranquilamente con ellos, al final no pudieron escapar de su destino.

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