Archivo mensual: julio 2010

A mí no me dieron Emulsión de Scott

No cabe duda que el Facebook se está convirtiendo en una caja de Pandora.  Nadie sabe a ciencia cierta todo lo que encierra y cada día descubrimos cosas que lo dejan a uno patitieso.  Dentro de tantas cosas estrambóticas, se encuentra una infinidad de páginas con los temas y títulos más sorprendentes sobre cosas que le gusta a la gente, o que odian, o que le provocan ser fan o aquellas creadas por empresas que han estudiado la manera de aprovechar la red social para incrementar sus ventas y para ello recurren a las más atrevidas estrategias.

Hace poco descubrí que existe en Facebook una página llamada “A mí también me dieron Emulsión de Scott”, en donde una considerable cantidad de personas expresan desde el simple “A fulano le gusta esto” (que de repente suena a albur) a las más diversas experiencias con el famoso producto.

En mi caso, la Emulsión de Scott inmediatamente trae a mi memoria el recuerdo de mi abuelo Emilio, pues era un producto de trascendental relevancia en su farmacia, que contaba con una demanda considerable en el pueblo, así como la relación tan cercana de mi abuelo con sus distribuidores quienes le patrocinaba el sello de la Botica La Capitalina, que a un lado lucía el clásico logotipo del producto con el legendario pescador con un enorme bacalao a tuto.

Por varios siglos el aceite de hígado de bacalao se consumió en Islandia y los países escandinavos extendiéndose luego su uso al resto de Europa y a los Estados Unidos, como un coadyuvante para prevenir enfermedades tan diversas como la tuberculosis, raquitismo, neumonía, difteria, etc.  A finales del siglo XIX Alfred Scott y Samuel Bowne se asociaron para formar una empresa farmacéutica que entre otras cosas comercializaba desde Nueva York un nuevo producto a base de aceite de hígado de bacalao llamado Emulsión de Scott, cuya fórmula original incluía además del mencionado aceite, los hipofosfitos de lima y soda.  La casa comercial Scott & Bowne aprovechó que en esa época no existían normas de regulación para la propaganda relativa a los productos farmacéuticos, para lanzar campañas publicitarias en donde exageraban los beneficios del producto, llegando a utilizar fotos de niños robustos y rosados y lemas que proclamaban que la Emulsión de Scott generaba vitalidad, carnes, fuerza y garantizaba la salud para personas de todas las edades.  Muy pronto se hizo popular el logotipo clásico de la Emulsión de Scott en donde un hombre con un gorro de pescador cargaba a cuestas a un enorme bacalao. La fama de las propiedades del producto se extendió en todos los Estados Unidos y de ahí a toda Latinoamérica, en donde la ausencia de medicamentos específicos para todas las enfermedades que aquejaban a la población, contribuyó a que la Emulsión de Scott fuera un elemento básico en todos los hogares para prevenir y curar un sinfín de padecimientos.

En Latinoamérica existen muchas anécdotas interesantes alrededor de este tradicional producto por ejemplo dicen que cuando le preguntaron a la madre de Gabriel García Márquez a qué creía se debía el ingenio literario de su hijo, Doña Luisa respondió que a la Emulsión de Scott.  En 1929 el gran compositor, dramaturgo y cineasta argentino Enrique Santos Discépolo, compuso un tango llamado Victoria, que desde luego cantó el Zorzal Criollo, Carlos Gardel y que apartándose de lo trágico se lanza por el lado cómico, narrado la historia de un hombre que abandonado por su mujer, se alegra y canta “victoria” porque sentía la carga del matrimonio como la del bacalao de la Emulsión de Scott, haciendo alusión al logotipo de este producto, expresando en una de sus estrofas:  …Gracias a Dios, que me salvé de andar toda la vida atao, llevando el bacalao de la Emulsión de Scott… Fue por ese tango, tal vez, que en Nicaragua como en muchos países, era muy común referirse a una persona que lleva una carga descomunal sobre sus hombros, que ya estaba como el de la Emulsión de Scott.

En 1951 llegamos a la casa del abuelo Emilio, mi madre, mi padre recién graduado de médico y yo de año y medio, era por lo tanto candidato ideal para ser un consumidor más de la Emulsión de Scott, sin embargo en esos momentos ya estaban saliendo al mercado los suplementos vitamínicos, como el Dayamin de los laboratorios Abbot, así que mi padre echó por el suelo las aspiraciones de los abuelos de que yo consumiera una caja o dos de botellas de Emulsión de Scott, al recetarme el moderno multivitamínico.  De la misma forma me salvó de la sana costumbre de ese entonces de purgar con aceite de ricino a Raymundo y todo el mundo dos veces al año, cuando entraba y cuando salía el invierno, pues según las investigaciones más recientes, los purgantes lo único que hacían era irritar el sistema digestivo.

Así pues conocí a la Emulsión de Scott solamente de vista y de olfato, pues en mis cotidianos recorridos por la farmacia de mi abuelo realizaba mis propias investigaciones y una de ellas era olfatear algunos productos que a priori sabía que eran “patada” como el álcali, la creosota y la Emulsión de Scott.  Este último además de venderse en su envase original de vidrio, ovalado y en su reluciente caja con su logotipo, se expendía al menudeo, así que había una botella abierta para ese efecto y de vez en cuando hacía el “golpe” con aquella mezcla de pescado con podredumbre, con la tranquilidad de que no sería obligado a ingerirla.

Para esos tiempos, la Emulsión de Scott todavía seguía siendo uno de los productos más demandados en la farmacia del abuelo y ni siquiera los famosos laboratorios Lamman & Kemp, lograron quitarle la supremacía, cuando estos últimos sacaron una versión propia del aceite de hígado de bacalao.

Con el tiempo, las teorías sobre las vitaminas y sus beneficios sobre la salud han variado y de pronto, las bondades de la Emulsión de Scott volvieron a resaltarse, en especial cuando en los años setenta el médico danés Jorn Dyerburg relacionó las dietas basadas en pescados grasos de agua fría como el bacalao, con una baja incidencia en enfermedades coronarias, alentando investigaciones posteriores sobre todos los beneficios de los ácidos grasos Omega 3.   Así que ni cortos ni perezosos los laboratorios Glaxo-Smith-Kleine, propietarios actuales de la patente de la Emulsión de Scott, volvieron a la ofensiva enarbolando las bondades de su producto en especial lo relativo a los efectos de los ácidos grasos Omega 3, aunque ahora entre la fórmula que presentan en el mismo está: Retinol (Palmitato de Vitamina A), Colecalciferol (Vitamina D3), Calcio y Fósforo, además de fabricarlo con sabores de cereza, naranja, además del sabor natural, seguramente para utilizarse como castigo.

Así pues, este producto ha sabido sortear el tiempo de manera sorprendente, pues lleva más de un siglo en el mercado y es increíble la cantidad de niños y adultos que todavía lo consumen.  Pero es más interesante saber que es mucho mayor la cantidad de personas que voluntariamente se convierten en émulos de aquel famoso hombre con el bacalao a cuestas.

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Las quince floridas primaveras

Una calle de cuatro carriles adoquinada conecta de este a oeste el Seminario Nacional con la carretera sur, atravesando Miraflores, Monseñor Lezcano, Las Palmas, perdiéndose luego en el barrio Altagracia.  Es una tarde de sábado cualquiera, de esas tan particulares en la ciudad de Managua y el tráfico vehicular ha descendido notoriamente.  De pronto, de una de las calles que desemboca desde el sur, un cortejo entra a la amplia avenida y ocupa casi los dos carriles que van hacia el este.  El tráfico que viene del oeste se detiene y después de vacilar un rato, toma el carril contrario atravesando la doble raya amarilla para adelantar al cortejo, sin ponerle mucho cuidado.  De las casas que están sobre la calle, uno que otro curioso se sale a observar el paso de la comitiva.

El desfile en cuestión está encabezado por una niña, que vestida de algo parecido a un hada con una capa roja, porta una estrella que se esfuerza por lanzar un tímido destello, seguida de otras niñas que con canastas en sus manos le abren paso a una muchacha.  La jovencita, figura principal del desfile, luce un vestido largo color rosa pastel, estilo princesa y que va del brazo de un señor mayor, seguramente su padre, quien luce un traje negro parecido al que usaban los umpires de béisbol.  Seguidamente marchan catorce parejas de jóvenes, las muchachas vestidas de largo también pero en color magenta (fucsia reclamaría alguien con sensibilidad para describir colores) y los muchachos, uniformados con pantalón azul y camisa manga larga color mamón (la fruta), con una corbata multicolores.  Luego siguen en el desfile varias parejas vestidas para la ocasión, es decir cada quien a su propia interpretación y al final una muchedumbre que cierra el desfile.

Cuando el cortejo llega a los semáforos del Banco Popular, dobla hacia el norte, obligando con esta maniobra a que todo el tráfico de los cuatro sentidos se detenga para darle paso.  Luego después de varias calles, llegan a su destino final, la Iglesia del Corazón de Jesús de Monseñor Lezcano en donde se ofrece una misa.  Se trata de una misa de acción de gracias, conocida antes, cuando se oficiaba en latín, como Te Deum, en ocasión de los quince años de la jovencita.  Por algún arreglo de parte de uno de los parientes de la muchacha, la misa es exclusiva para esa celebración, así que todas las intenciones de la mismas están dirigidas al agradecimiento al Altísimo por los quince años de vida de la jovencita e incluso las lecturas han sido encargadas a tres damitas de honor quienes han provocado la consternación del oficiante por los garrafales dislates al cancanear las epístolas.  En cierto momento, en donde la antes niña es elevada al rango de mujer a través de alguna cita bíblica, la orgullosa madre le quita un bolero, chaquetín o como quieran llamarle a la pieza del traje que cubría un escote, no tan atrevido como para poder ser lucido en la iglesia, pero que simboliza el nuevo estatus de la muchacha, quien además recibe una tiara o diadema y una cuchufleta a manera de cetro.

Cuando el oficiante exclama: Pueden ir en paz, se sienten varios suspiros y más de alguno sentirá que se le hace agua la boca pues durante todo el oficio no han pensado en otra cosa que en el banquete que les espera en casa de los padres de la quinceañera, además del licor que correrá como agua de lluvia en el cauce de al lado, evocando muchos de ellos una cita muy cierta: Aprovechá Macario, que esto no es a diario.  La casa en cuestión ha sido adornada para la ocasión con chimbombas color rosado y en una parte de la entrada luce un quince en números romanos recortado en poroplast.  La calle ha sido convenientemente cerrada a la circulación mediante el microbús del tío de la quinceañera que ha sido atravesado a lo largo y por una camioneta en el otro extremo, mientras dos toldos cubren las mesas para los invitados, arregladas para la ocasión y el resto de la calle se convierte en pista de baile, pues una discomóvil ha sido instalada en un lugar estratégico para amenizar el evento.

Una vez acomodados los asistentes, un Maestro de Ceremonias hace la introducción al evento, improvisando una oda a la quinceañera, anunciando luego el vals que bailarán la agraciada muchacha con su padre.  En cierto tiempo se escogía entre el Danubio Azul y Cuento de los Bosques de Viena, pero ahora para facilidad de todos se lanzan Tiempo de Vals en la voz de Chayanne, en donde la pareja, de manera atropellada, le hace swing para acercarse un poco al ritmo, incorporándose luego las damas y caballeros de la quinceañera.  Luego viene una especie de Talent Show de la agraciada cumpleañera en donde se miran los esfuerzos de meses de ensayo, bajo la dirección de Danny un experto bailarín contratado para el efecto, de tal suerte que la cumpleañera parezca finalista de uno de los concursos de Televisa.  Una vez terminado el show, el baile queda abierto para toda la concurrencia y unas vecinas desempeñándose de improvisadas meseras empiezan a repartir licor a diestra y siniestra, Ron Flor de Caña Oro y Extra Dry para la concurrencia y una pachita de Johnny Walker etiqueta roja para el jefe de la madre, quien se aburre como una ostra.   Luego pasan unas bocas encargadas en una pastelería del rumbo, que resultan ser más efímeras que una libélula.  Ya muy entrada la noche, se sirve la cena a los que han sobrevivido a la intoxicación alcohólica, consistente en un arroz a la valenciana, ensalada de papas y pancito de bola a discreción, rematando con un postre que resulta ser una sopa borracha con una delgada capa de atolillo que pretende ser un Pío V.

No es remoto que al filo de la madrugada, mientras las rancheras y cortapulsos de Paquita la del Barrio retumban en toda la cuadra, comiencen los pleitos, tan clásicos en las fiestas contemporáneas de quince años, pues nunca faltan los inconformes, los excluidos, los resentidos, los acavangados, que al menos lograrán que el evento aparezca en los diarios, no importa que sea en la nota roja.

De esta forma, con algunas variantes de conformidad con las costumbres y recursos financieros disponibles, en pleno siglo XXI sobrevive esta expresión cultural que se manifiesta en toda América Latina y en los Estados Unidos en las comunidades de origen latino.  Aquí cabría preguntarse, ¿dónde se originó esta costumbre que se ha arraigado tanto en la cultura popular?

Existen dos fuertes antecedentes que podrían explicar el arraigo de esta tradición.  El primero tiene su origen en los famosos “Bailes de Debutantes” muy de moda en la sociedad europea en el siglo XIX, especialmente en Inglaterra y en Francia, en donde las niñas que alcanzaban la pubertad, generalmente a los 15 o 16 años, eran formalmente presentadas en sociedad en un baile de gala en donde tendrían la oportunidad de conocer prospectos para una posible y conveniente boda.  Esta tradición fue importada en México en la época de Porfirio Díaz a finales de ese siglo y aparentemente fue diseminada en muchos países hacia el sur, aunque no es remoto que algunos países de Sudamérica como Argentina hubiesen copiado directamente esta costumbre.

Por otra parte, la gran necesidad de que las muchachas tengan un rito de iniciación social a los quince años, también encuentra un claro origen en las sociedades azteca y maya, en donde las muchachas que llegaban a la pubertad debían seguir ciertos ritos de iniciación, debiendo abandonar sus casas para ingresar internas a escuelas llamadas telpochcalli, en donde recibían una educación para el matrimonio, así como el conocimiento sobre su cultura, historia y todo lo concerniente a su tribu.

De esta forma, en la sociedad nicaragüense de inicios del siglo XX se encontraron, por un lado esa marcada necesidad de un rito iniciático incrustada en el inconsciente colectivo y por el otro el afán de copiar las costumbres de las clases altas de otras sociedades.  Así pues se comienza a documentar en los anales de las primeras décadas del siglo XX fiestas de presentación en sociedad y luego específicamente fiestas para celebrar los quince años de jovencitas de la sociedad.  Eran célebres las fiestas de presentación en sociedad del Club Terraza, en donde las muchachas de alcurnia debutaban en sociedad en una fiesta sin precedentes, con las mejores orquestas, un opíparo banquete y los más finos licores.

El evento sociológico más interesante ocurre cuando de un efecto demostrativo de los padres, el evento se convierte en un “sueño” para las futuras quinceañeras, que desde que cumplen los doce no piensan en otra cosa que en su fiesta de quince años.

Indudablemente, esta celebración ha sufrido una sensible transformación en Nicaragua.  Recuerdo que cuando mi generación alcanzó la pubertad, los primeros bailes a los que asistimos en el pueblo fueron fiestas de quince años.  En aquella época el Te Deum se realizaba a nivel familiar y no había desfile.  La invitación para los asistentes era directamente para la fiesta.  Todavía no existía una amplia oferta de música en vivo, por lo que la mayoría de ellas fueron amenizadas por “Agujita y sus redondos” es decir con un aparato de sonido y la única variante respecto a las fiestas tradicionales era que había que reservar los “sets” de baile con alguna damisela, quien anotaba en una libretita fufurufa que repartían en la fiesta.  El baile lo abría la cumpleañera con su padre que bailaban un vals o cualquier otra pieza y a mitad de la misma, un amigo de la muchacha o su novio si tenía, se acercaba y el padre le entregaba a la muchacha y continuaba el baile.  El licor estaba reservado para los adultos y si acaso se servía un ponche con cierto piquete que para los jóvenes era suficiente para un despegue de la euforia.  Las muchachas probaban el ponche y si le notaban una sensible patada, lo dejaban pues iban recontra amenazadas y en muchos casos las madres de familia se apostaban en las puertas para monitorear el detalle de todos los movimientos de sus hijas.  Cabe aclarar que en la capital había más opciones y desde luego más dinero y algunas fiestas de quince años se realizaban con orquestas en vivo y en locales como el Club Terraza o el Casino Militar.

Con el tiempo se fueron relajando las costumbres, entre otras cosas, al generarse una permisividad en cuanto a la distribución de licor, repartiéndose parejo a todos los asistentes independientemente de su edad o sexo, provocándose que en muchos casos las fiestas terminaran en pleitos u otros desaguisados.

Cuando las fiestas de quince años cayeron en lo corriente, algunos padres de familia le dieron la opción a sus hijas de realizar un viaje en vez de la fiesta y por salirse de lo trillado, algunas jovencitas empezaron a presumir que no tendrían fiesta, sino que si irían de viaje.  Algún emprendedor miró en esto una oportunidad y se empezaron a organizar “tours” por Europa, con la asistencia de chaperonas, las quinceañeras viajarían por las principales capitales del viejo mundo y en un “castillo” de Austria bailarían un vals con los cadetes de una academia militar más balín que un billete de quince pesos.  Con estos viajes todos ganaban pues los padres de familia se ahorraban una buena cantidad de dinero, pues el costo del viaje era mucho menor de lo que gastarían en la fiesta, las quinceañeras ganaban pues mostraban cierta exclusividad que las acercaba al Jet Set y los organizadores del tour se llevaban una generosa tajada.

En los años ochenta la gente estaba tan ocupada con los ríos de leche y miel que no tenía tiempo para pensar en aquella manifestación tan burguesa, por lo tanto las fiestas de quince años cayeron en desuso.  Para los noventa, una gran cantidad de ciudadanos que habían emigrado a los Estados Unidos regresaron y reinstauraron la costumbre de las fiestas de quince años, esta vez con algunas variantes aportadas por otras culturas, en especial la mexicana, reforzado lo anterior con la telenovela mexicana Quinceañera.  Esta celebración se arraigó de nuevo en mayor forma en los estratos de menores ingresos que se apoyaban en las remesas familiares para todos sus proyectos.

En la actualidad la actitud de las jóvenes ante su cumpleaños número quince es tremendamente variada.  En un reducido porcentaje se continúa con la tradición de organizar una fiesta, la cual presenta sus diferencias de conformidad con el presupuesto de la familia y/o capacidad de endeudamiento y bien puede ser una como la de nuestra historia inicial o puede organizarse comme il faut, en el salón de un hotel de prestigio, con una orquesta o grupo musical y una mesa de regalos en Galerías Simán.  Una importante proporción de las cumpleañeras no realiza una celebración especial y se limita a una reunión familiar.  Otro sector organiza una gira a una discoteca con el grupo de sus amistades, generalmente sin supervisión de sus respectivos padres de familia y otra proporción se conforma con organizar una fiesta en Girls Sensations, una franquicia guatemalteca ubicada en Galerías Santo Domingo que ofrece paquetes para cumplir todas las fantasías en materia de maquillaje y peinados de las jovencitas, además de un queque y gaseosas para las asistentes.

Cabe tal vez resaltar la labor altruista que realizan algunas organizaciones sin fines de lucro que organizan fiestas de quince años para niñas con enfermedades terminales o con cualquier tipo de discapacidad.

Lo cierto es que las muchachas que alcanzan esa edad no tienen todavía consciencia de los retos que les depara el destino, ni de que su capacidad y conocimientos no son suficientes para esa dura lucha que es la vida y en lugar de recapacitar sobre la sabia máxima del Magistrado Benavides: La calle está dura, más bien se pliegan al estribillo de la canción de Timbiriche que sirvió de tema a la telenovela Quinceañera:

Ahora, despierta la mujer que en mi dormía
y poco a poco se muere la niña,
empieza la aventura de la vida…

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Requiem para un atleta

Un tanto desfasada me llegó la noticia de que el domingo 11 de julio había fallecido en la ciudad de Miami, Donald Vélez Espinoza, víctima del cáncer.  Me extrañó que los medios de comunicación no resaltaran en toda su dimensión la desaparición de uno de los mejores atletas que ha tenido Nicaragua en toda su historia.  Cabe señalar que cuando digo atleta me refiero al deportista que practica el atletismo, pues en estos días le llaman atleta a los corredores de moto, a los billaristas y hasta los que tienen hongos en los pies, sin restarle méritos a los dos primeros.

Cuando ingresé al equipo de atletismo que manejaba Istvan Histvegi en el Estadio Nacional, allá por 1969, para los novatos como yo era todo un espectáculo ver a “El Chompipe”, como le llamaban a Donald, entrenar las disciplinas del decatlón.  Tenía una estatura de seis pies y una arquitectura muscular privilegiada, de tal manera que se daba el lujo de poner en jaque a los sprinters a la hora de correr los 100 metros o a los semifondistas cuando corría los 1,500 metros planos, no se diga la facilidad y elegancia con que saltaba las vallas de 106 cms. de altura en los 110 metros, o bien cuando remontaba la jabalina más allá de los 60 metros.  Ese año que ingresé al atletismo, Donald ya tenía cerca de cuatro años practicando atletismo.  No cabe duda que El Teacher Hidvegi tenía un ojo clínico para evaluar a los prospectos en el atletismo pues desde el momento en que lo vio descubrió en él un candidato ideal para entrenarlo en decatlón.  Era el año 1965 y Donald Vélez, auténtico capitalino pues pertenecía a una de las familias fundadoras de Managua, estudiaba el bachillerato en el Colegio Primero de Febrero.  En esos momentos el Teacher hacía de tripas corazón para conformar un equipo que representara a Nicaragua en San Salvador en donde se realizaría el Primer Campeonato Centroamericano de Atletismo y se propuso iniciar a Donald en la práctica de las cinco pruebas del Pentatlón: salto largo, lanzamiento de jabalina, cien metros planos, lanzamiento de disco y 1,500 metros planos.  La participación de Donald sería más que nada de fogueo para el novato, sin embargo El Chompipe sorprendió a todos logrando un segundo lugar.  Dos años después, ya con un programa de entrenamiento específico que había diseñado Hidvegi, Donald compitió en la prueba de Pentatlón en el Primer Campeonato Centroamericano y del Caribe de Atletismo realizado en Jalapa, Veracruz, México en 1967, en donde alcanzó una puntuación de 2,847, para alcanzar la medalla de plata.

Todavía ahora, después de más de cuarenta años, algunos cronistas deportivos cuestionan la participación de Nicaragua en los Juegos Olímpicos de México en 1968, sin embargo, Donald Vélez quien integró el equipo olímpico nicaragüense participando en decatlón no sólo finalizó la prueba, sino que ocupó el vigésimo lugar con honrosos 5,943 puntos.

Así pues cuando llegué al equipo de atletismo en 1969 Donald era toda una estrella del equipo, sin embargo, nunca se le subió la fama.  Era un tipo campechano, con un increíble sentido del humor y que siempre esbozaba una amplia sonrisa, aún después de un duro entrenamiento.  No caminaba como los humildes que lo hacen agachando la cabeza, sino que desbordando confianza en sí mismo, entraba al campo de entrenamiento saludando a todos con su característica sonrisa.  Cuando el Teacher lo reprendía por cualquier motivo él sólo sonreía y le salía con alguna vacilada.

En 1970 los mejores atletas conformaron el equipo que con otras disciplinas participaron en los XI Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en Panamá, en donde Donald fue inscrito además del decatlón, en lanzamiento de jabalina.  Los atletas que no fuimos a Panamá esperábamos ansiosamente los resultados de nuestro equipo en Panamá.  Recuerdo que sería a comienzos de marzo del 70 cuando nos llegó la noticia; no recuerdo quién entró gritando al Estadio Nacional: El Chompipe ganó medalla de plata en jabalina.  La emoción se apoderó de todos nosotros pues sentimos como propia la medalla que había alcanzado Donald.  Luego se reconfirmó la noticia en los medios de comunicación:  Donald Vélez había alcanzado la medalla de plata en lanzamiento de jabalina con un disparo de 72,12 metros, siendo superado sólo por el puertorriqueño Amado Morales que con un lanzamiento de 76.40 alcanzó el oro, mientras que los arrogantes cubanos tuvieron que conformarse con el tercero y cuarto lugar.  El pueblo de Nicaragua le rindió el sombrero a Donald por su hazaña y aunque no tuvo un recibimiento apoteósico, como tal vez merecía, si fue lanzado a la fama.

En junio de ese mismo año, participamos en los Juegos de la Juventud Mexicana en la capital azteca y era impresionante la popularidad de Donald entre todos los atletas y entrenadores centroamericanos, mexicanos y de otros países que participaban, no tanto por su hazaña con la jabalina, sino por el don de gentes que tenía. Donald continuó entrenando y compitiendo, sin embargo, tenía que distribuir el tiempo con sus estudios pues en 1969 empezó a estudiar economía en la UNAN.  Todavía participó en las Olimpiadas de Munich en 1972 sin nada glorioso que reportar.  Luego vino el terremoto de diciembre de 1972 y prácticamente marcó su retiro, dedicándose luego a finalizar su carrera universitaria.

El carácter de Donald influyó indudablemente para su desarrollo laboral, pues se inició en ventas, si mal no recuerdo en un concesionario de vehículos y repuestos de automotor, en donde aceptó trabajar por comisión, habiendo roto todos los records de venta de esa casa comercial, a tal punto que llegó a ganar más que el gerente.  Luego ingresó a trabajar en una financiera transnacional en donde también alcanzó buenas posiciones.

Para los años ochenta sintió que las cosas eran más difíciles que correr 110 metros con vallas de 2 metros y descalzo, así que emigró a los Estados Unidos, específicamente en Miami, en donde residió hasta su muerte.  Según me comentaban, en las últimas décadas se abrazó con fervor a su religión, alcanzando el grado de diácono en su iglesia.

Cuando se inició el proyecto del Salón de la Fama en Nicaragua a mediados de los noventa, la figura de Donald Vélez surgió como indiscutible miembro en la especialidad de atletismo y en el año 2001 fue nombrado como Atleta del Siglo XX.  No cabe duda que si alguien merece estar en ese Salón y ser nombrado como atleta del siglo es Donald Vélez.

No volví a ver a Donald desde los años setenta, ya como colega profesional, no me lo imagino como diácono ni mucho menos enfermo, así que guardo de él la figura de aquel campeón sonriente, del eterno buen humor.

Descanse en Paz

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Paraaaaada

La ciudad de Managua tiene uno de los sistemas de transporte colectivo urbano más caóticos de todo el mundo.  En esta ciudad, los habitantes no utilizan el servicio de transporte, lo sobreviven. Del millón ciento treinta y cinco mil habitantes que tiene la urbe, cerca del 45.57%, tal como lo juraría El Firuliche, utiliza regularmente este servicio.  Es decir, cerca de medio millón de habitantes viajan un promedio diario de 1.67 veces, como referiría el citado piche.

El usuario típico de este transporte ha llegado a desarrollar ciertas capacidades que dejarían regados a los participantes del reality Survivor o similares, pues llegan a alcanzar habilidades multidisciplinarias que no es jugando.  Estos usuarios tienen el perfil de un surfista, logrando mantener el equilibrio ante movimientos de alto grado de dificultad que provocan los cafres al volante, así mismo tienen el entrenamiento  equivalente al de un paracaidista, de tal suerte que pueden saltar de un bus en movimiento y caer como diputado, siempre parado.  Tienen que alcanzar un grado de cinta negra quinto dan para defenderse de los asaltantes y carteristas que pululan en la ruta y los pulmones de un buzo de Laguna de Perlas para aguantar la respiración cuando un improsulto levanta el “ala” durante todo el trayecto.  Deben saber elementos básicos de ruso para interpretar las instrucciones en caso de accidente que llevan los nuevos autobuses y deben de tener integrado un GPS para orientarse sin poder ver hacia el exterior del vehículo.  También deben tener la sangre fría de un corredor de San Fermín, para desplazarse en medio del tráfico para tomar una destartalada unidad.  Por otra parte, deben conocer de manera previa, el trayecto que cubre cada ruta y su respectiva denominación, pues a pesar de que existen sólo 35 rutas que comprenden un total de 1,319 unidades, la numeración va dando saltos hasta llegar casi a la número 300.

A veces, aunque no quisiéramos caer en lo mismo, debemos exclamar como un día lo hiciera Cicerón: O tempora o mores (Oh tiempos, oh costumbres) o utilizar la socorrida muletilla de los cuentos: Había una vez…. En la vieja Managua indudablemente las cosas eran diferentes.  Es cierto que la población a duras penas andaba entre los 150 y los 200 mil habitantes, sin embargo, el sistema de transporte colectivo mucho más reducido entonces, permitía a los usuarios viajar con cierto grado de confort y seguridad.

En los años sesenta, había a lo sumo un total de doce rutas, sin embargo, eran suficientes para atender la demanda de los capitalinos.  Estas rutas cruzaban la capital de norte a sur y de este a oeste y viceversa, utilizando las principales arterias de la ciudad como las calles 15 de septiembre, la calle Colón, la calle El Triunfo, la Avenida Centenario, la Carretera Norte, la Carretera Sur, la Carretera a Masaya, etc.

Existían varios concesionarios como Galeano, que según cuenta fue el primer empresario del transporte urbano de Managua y que logró amasar un buen capital, así como M. Martínez M., el empresario del calzado Carlos Pérez, los Transportes Medal, Dora T. de Obregón, entre otros.  Es importante recordar que muchas de estas concesiones estaban otorgadas a militares o allegados al régimen, con sus excepciones desde luego.   Al frente de cada unidad resaltaba más que el número de la ruta, el destino de cada una de ellas: Campo Bruce/Río Sol, Aviación/Portezuelo, El Triunfo, Las Piedrecitas, Colonia Centroamérica.

Cuando llegué a Managua para ingresar a la universidad, tenía poco tiempo de haberse inaugurado la ruta concesionada a una empresa llamada Transportes Unidos de Nicaragua (TUN) y que cubría el trayecto hacia el suroeste, llegando inicialmente hasta Las Piedrecitas y ampliándose luego hasta el Kilocho.  Esta empresa inició su operación con unidades nuevas y se les miraba subir con toda precaución la cuesta de Las Piedrecitas.

Recién desempacado en la ciudad capital decidí no utilizar el servicio de transporte colectivo para llegar a la Facultad de Economía con el propósito de hacer ejercicio, caminando las 25 cuadras que me separaban del Alma Mater, además que ahorrando el costo del transporte podía ir casi a diario a la gayola de un cine.  Sin embargo, allá por 1968 se concesionó una nueva ruta a una empresa llamada Transportes Modernos y que cubría el trayecto entre las policlínicas del INSS, la Oriental situada junto a donde fue el antiguo Aeropuerto Xolotlán, antes de llegar al barrio San Luis y la Occidental situada en las inmediaciones del Cementerio Central.  Esa ruta comenzó a operar también con unidades nuevas Bluebird de las ñatas y al inicio, como nadie conocía esa nueva ruta, circulaban bastante vacías.  Así que en las tardes cuando el termómetro amenazaba con sobrepasar los cuarenta grados y el asfalto en las bocacalles se sentía derretirse bajo la suela de los zapatos, me daba el lujo de tomar la ruta 11 y viajar en un solo asiento, más cómodo que si fuera en un taxi.

En 1969 se inauguró el Recinto Universitario Rubén Darío de la UNAN que concentró a todas las facultades universitarias que se encontraban en Managua y todos los estudiantes nos vimos obligados a cambiar nuestras rutinas y buscar alternativas para desplazarnos hacia Jocote Dulce que en aquellos tiempos era un área semi rural de la capital.  Afortunadamente el espíritu emprendedor de los nicaragüenses siempre va dos pasos adelante y antes de iniciar operaciones del nuevo recinto, ya se había concesionado una nueva ruta que llevaría el número 12 y que sería la primera en el país que trabajaría en bajo el sistema de transfer y con dos ramificaciones diferentes.  Seguramente se trataba de algún allegado al régimen, pues también empezó a operar con unidades completamente nuevas, pintadas en un color anaranjado para diferenciarlas del resto.  El transfer se ubicó frente a la Universidad Centroamericana en un kiosko llamado El King, famoso por sus hamburguesas y de ahí salía un recorrido hacia el oriente y otro al occidente, que transferían a las unidades que llevaban hacia el nuevo recinto universitario.

La ruta que tomaba hacia el occidente cruzaba todo Bolonia y seguía hacia el Estadio Nacional en donde yo la tomaba, pues quedaba a unas seis cuadras de mi casa en el Callejón de Alí Babá.  El transfer que luego llevaba al recinto utilizó originalmente una ruta desde la UCA pasando por Lomas de Guadalupe y tomando luego la calle donde actualmente está la zona Hippos en Los Robles, hasta llegar a La Salle donde tomaba a la derecha hasta encontrar el cauce de Jocote Dulce en lo que hoy es la Rotonda Universitaria virando luego hacia el sur hasta llegar al campestre recinto.  Cabe señalar que el trayecto entre la Rotonda Universitaria y los semáforos de ENEL era un cauce intransitable y cuando mediante unas buenas patroleadas lo dejaron un poco hábil para el paso de vehículos, la ruta 12 tomaba por ahí, en lugar de la ruta de Los Robles.

El año de 1969 fue una experiencia única para los estudiantes de la UNAN Managua, pues el nuevo recinto permitió la interacción de las diferentes facultades y los círculos de amistades que se limitaban a cada escuela se ampliaron hacia toda la universidad y en general se vivía un ambiente de camaradería.  La convivencia en el trayecto hacia y desde el recinto se convirtió en una experiencia única en donde en medio del relajo se tomaban fuerzas para llegar al recinto o regresar a la casa, especialmente en el caso de los que teníamos clases nocturnas.  Había cierta familiaridad pues nos empezamos a conocer incluso con los conductores de los buses, particularmente recuerdo a dos de ellos.  Uno era un tipo que por su contextura y la forma de su cabeza le decían “toro muco” y tenía un mal carácter pues cuando le decían su apodo montaba en cólera y llegó el caso en que detenía la unidad y buscaba al autor del grito, más no contaba con la astucia del grupo que con voz atiplada hacía llegar el apodo en diferentes lugares del bus.  El otro conductor era un hombre alto, canoso y con un bigote que lo asemejaba al Lee Van Cleef, por lo que le decían “El Coronel”, con la diferencia que sólo sonría cuando le llamaban así.  De la misma forma con los propios estudiantes, había algunos que eran el blanco de las bromas, en especial aquellos que viajaban con sus novias, lo mismo ocurría con los alumnos que viajaban a Masaya y que en la ruta de Los Robles se bajaban en grupo en la esquina de la casa de Chema Castillo y algunos empezaban a gritar que se les quedaban los canastos.  Muchos exponentes de la tercera edad o muy cerca de ella recordarán sus propias experiencias a bordo de esa inolvidable ruta, algunos de ellos ahora en las altas esferas del gobierno, o bien son prominentes empresarios o respetables profesionales que no se subirían en estos días en una ruta ni con una pistola en la cabeza.

Pero como dicen por ahí, añorar el pasado es correr tras el viento y la necesidad tiene cara de perro, así que aún con todas las deficiencias del sistema de transporte colectivo, este sigue siendo un servicio básico prioritario para los managua y aunque antes de subirse a una unidad tenga que bajar a la corte celestial, casi la mitad de los ciudadanos de esta urbe seguirá viviendo esta cotidiana aventura.  De esta forma, hay una exclamación que persiste desde hace más de sesenta años como parte de la cotidianidad de la capital:  ¡Paraaaaada!

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Entre la vergüenza y el escándalo

En junio de 1965, el Dr. J. David Zamora H., Vice Ministro de Gobernación de la Administración liberal del Dr. René Schick Gutiérrez, prohibió mediante decreto la canción Vergüenza y escándalo en la familia.  De conformidad con dicho decreto, la prohibición se basaba en el Código Arancelario y el Artículo 47 del Código de Radio y Televisión y el motivo de la misma era la inmoralidad de su contenido.  Así pues, mediante el citado decreto quedó prohibida su difusión por parte de las emisoras radiales del país, así como la comercialización de los discos, procediéndose a retirar todos los acetatos de los mostradores de las discotecas del país.

En realidad, esta prohibición ha sido una de las pocas ocasiones, sino la única, en que se ha prohibido una canción en Nicaragua y las circunstancias alrededor de las cuales giró dicho acto, merecen una revisión, tal vez al estilo Cold Case, cuarenta y cinco años después de lo sucedido.

La referida canción apareció por primera vez en el año 1943 como tema de la película “I walked with a zombie” y era interpretada por el cantante Sir Lancelot ( Lanzarote Víctor Eduardo Pinard) originario de Trinidad, en una versión básica a ritmo de calipso en donde sobresalía un coro que cantaba “Ay de mí, vergüenza y dolor para la familia”.  A inicios de 1965 un grupo jamaiquino llamado Peter Tosh and The Wailers grabó una versión de esa canción en ritmo de “Ska” bajo el título de Shame & Scandal que tuvo mucho éxito y de la cual se desprenden varios covers.  Como dato curioso vale la pena resaltar que en The Wailers, en las voces del acompañamiento aparece la leyenda Bob Marley.  En ese mismo año, el cantante Shawn Elliot grabó dicha canción bajo el título Shame and Scandal in the family siempre a ritmo de “Ska”.

A Nicaragua llegó ese mismo año la versión de Shawn Elliot y en cuya letra en inglés narra la historia de un muchacho que se quiere casar y va a participarle su intención a su padre quien al conocer el nombre de la muchacha le dice que no se puede casar pues es su hermana, pero su mamá no lo sabe.  Cuando el muchacho va a lamentarse con su madre, ella le dice que se case, pues su padre no es su padre, pero no lo sabe.

Obviamente, casi medio siglo después, la letra de esta canción se nos hace jocosa pero sin una trascendencia importante en cuanto a su moralidad, después que en la actualidad los medios de comunicación resaltan en sus titulares escándalos peores que ocurren en las familias como violaciones de padres o padrastros a sus hijas, violencia intrafamiliar, parricidios o la cotidiana falta de respeto y consideración a los progenitores.  En cambio, si analizamos desde otra perspectiva la historia de la canción, observamos a un padre de familia que prefiere enfrentar todo lo que representa confesar que tuvo una hija producto de un adulterio, antes que su hijo caiga en el incesto o una madre que en aras de la felicidad de su hijo prefiere enfrentarse a la deshonra al confesar que su hijo no es de su marido.

El otro aspecto importante a recordar es que a los jóvenes de aquella época lo que más nos atrajo de la canción fue el ritmo de la misma.  En esa época muy pocos dominaban el inglés como para comprender el significado de la canción, sin embargo, el “Ska” era un ritmo realmente atractivo y pegajoso.  Habría que resaltar que el dicho ritmo había nacido de una fusión entre el “mento”, que era la música típica de Jamaica, con el jazz, el swing y algunos ritmos latinos y que posteriormente daría paso al Reggae.  Casi al mismo tiempo, llegó una versión en español, también al ritmo de Ska a cargo de un dueto mexicano de cantantes-bailarines, llamado los Yorsys, pero que en la traducción le cambiaron el sentido a la letra original, presentando la historia de un muchacho que se quiere casar y la familia de la novia se alegra pues es un buen candidato para que los mantenga a todos, un poco tal vez la historia de El Borras y los Beverly de Peralvillo de la televisión mexicana.

El caso es que el verdadero escándalo lo realizó el diario La Prensa, el diario de los nicaragüenses, paladín de las libertades públicas y de la libertad de expresión, quien inició una insistente campaña en contra de la referida canción, en nombre de la moral y las buenas costumbres.  Fue este rotativo quien hizo del conocimiento de todos sus lectores la traducción de la versión del inglés y provocó el regodeo en torno a la historia, que tal vez no era ajena para ciertas familias en Nicaragua.

Ya anteriormente se había dado un intento de presionar al gobierno liberal para que prohibiera otra canción, pero en esa ocasión fue de parte de la Iglesia Católica.  En el año 1959 empezó a sonar en las radiodifusoras nicaragüenses el bolero La Hiedra interpretada por el trío Los Panchos.  Esa versión se refiere la fortaleza de un recuerdo, una relación que podría comparase a la acción de una hiedra sobre una pared, sin ninguna sugerencia adicional; es más en una estrofa expresa: “Jamás la hiedra y la pared podrían apretarse más, igual tus ojos de mis ojos, no pueden separarse jamás” de tal suerte que no se observa ningún trazo de inmoralidad en la misma.  Lo que el público no sabía era que este bolero era un cover de una canzone italiana que participó en el Festival de San Remo de 1958 y que fue desplazada a un segundo lugar por parte del gran éxito internacional Nel blu dipinto di blu, en la voz de Domenico Modugno.  L´edera era el título original de la canción y fue interpretada en dicho festival por dos grandes divas italianas, Nilla Pizzi y Tonina Torrielli y había sido compuesta por Saverio Seracini y Vincenzo D’Acquisto.  La versión original italiana es más sugerente, pues en una estrofa expresaba:  “Así, me sentirás así, ligada como hiedra, porqué en cada uno de mis suspiros sentirás palpitar a mi corazón”.  Como se puede observar, la letra no contiene nada del otro mundo, salvo tal vez la metáfora utilizada con la hiedra, pues a pesar de que entre los antiguos la hiedra era símbolo de eternidad por su extrema duración, para una mente calenturienta lo que llama la atención es la manera cómo la planta se aferra a una pared con tal fuerza que es muy difícil arrancarla y al compararse con dos personas se llega fácilmente a otro tipo de inferencias, con mayor intensidad desde un estado de celibato.  Es posible que desde L´observatore romano, con base en la versión italiana, llegara la directriz de proscribir la canción, el caso es que por un buen tiempo desde muchos púlpitos del país se habló de la inmoralidad de la canción, ante la sorpresa de los fieles que no encontraban en la versión en español motivo alguno para tanta alharaca.

Un par de años más tarde, también causó revuelo una canción ranchera, esta vez por la prohibición que se hizo de la misma de parte del Gobierno Mexicano para su radiodifusión en ese país.  La canción fue compuesta por el gran compositor mexicano José Alfredo Jiménez y se llama “Llegó borracho el borracho”.  A Nicaragua llegó una versión muy bien lograda en la voz de Lalo González “El Piporro” y en su letra narra la historia de un borracho que llega a una cantina pidiendo cinco tequilas y al decirle el cantinero que se la acabaron las bebidas, ambos se van a otra cantina a beber y ya muy tomados el borracho dice que la vida no vale nada, el cantinero le dice que la suya está asegurada y de ahí se origina una balacera que termina con la vida de ambos protagonistas.  La etiqueta de prohibida que traía la citada canción contribuyó a que la misma ocupara durante un buen tiempo los primeros lugares en la preferencia de los nicaragüenses, aunque siempre con la interrogante de los motivos por los cuales se prohibió esa canción en México, cuando en muchas canciones rancheras se hablaba de violencia, borracheras y bravuconerías. Habría que recordar a El preso número nueve que en una estrofa decía: “Los maté sí señor y si vuelvo a nacer, yo los vuelvo a matar”.  Con relación a los escabrosos temas de Agustín Lara sólo se recuerda que le “sugirieron” cambiar la letra de “Palabras de mujer” en la estrofa donde decía “aunque no quieras tú, ni quiera yo, ni quiera Dios”, habiendo cambiado a “lo quiso Dios”, sin embargo, nadie reparó en aquella estrofa de “Piensa en mí” que dice: “tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a besar”, sugerencia que aún en estos tiempos le pondría los pelos de punta a más de alguna ONG.

En el caso de Vergüenza y escándalo en la familia, el decreto del Vice Ministro de Gobernación se acató sin chistar, los medios de comunicación aplaudieron el acto, en especial el diario La Prensa y no se originó ningún debate en torno a los derechos humanos, ni sobre el derecho a la participación en la vida cultural, ni a la libertad de expresión, mucho menos sobre la antojadiza calificación de inmoral de la letra de la canción. Simplemente se dejó de escuchar esa canción y punto.  Sin embargo, nadie imaginaba lo que estaba por ocurrir en los años venideros.

En 1967, la sensual actriz francesa Brigitte Bardot, ahora defensora de los derechos de los animales, le solicitó al renombrado compositor francés Serge Gainsbourg y a la sazón su novio, la canción más romántica que el compositor pudiera imaginar.  En respuesta a lo anterior, Gainsbourg compuso el tema Je t´aime, moi non plus.(Yo te amo, yo tampoco) y al año siguiente la grabó junto a la Bardot, sin embargo, al escucharla, la sex simbol se acalambró y se rehusó a que la grabación viera la luz pública.  Al poco tiempo, Gainsbourg terminó su relación con la Bardot e inició un noviazgo con la actriz inglesa Jane Birkin, con quien grabó el tema y a inicios de 1969, el mismo fue lanzado al mercado.

Yo te amo, yo tampoco es una conversación entre dos amantes que hacen el amor y con un acompañamiento musical verdaderamente erótico, a través de un lenguaje sumamente explícito, así como gemidos y susurros, conducen hasta el orgasmo de la fémina.  Es obvio que dicho tema causó un tremendo escándalo en la sociedad europea, que a pesar de las banderas de la libertad sexual que se enarbolaban a nivel mundial, prevaleció una tremenda resistencia de parte de los sectores conservadores, en especial por la Iglesia Católica que no dudó de calificar la canción como obscena, en su periódico oficial L´Observatore Romano y en respuesta, el gobierno italiano prohibió su difusión en radio y televisión, medida que fue imitada por los gobiernos de Suecia, Inglaterra y España.  A pesar de lo anterior, el disco rompió todos los record de ventas y en sólo en Francia supero el millón de copias.

A finales de 1969 las radiodifusoras de Nicaragua nos sorprendieron cuando empezaron a tocar el tema de Gainsbourg, dejando a todo el mundo anonadado y a la espera de que en cualquier momento el Ministerio de Gobernación la prohibiera.  La Prensa por su parte estaba en ese tiempo más involucrada en su oposición al gobierno de Anastasio Somoza Debayle, en especial desde los valientes editoriales de su recién liberado Director, Pedro Joaquín Chamorro, que en esa ocasión no le paró bola a la canción.  El gobierno por su parte se empeñaba en aniquilar la creciente guerrilla del FSLN, de tal forma que el Ministro de Gobernación en esa época el Dr. Mariano Buitrago Ajá, ante la popularidad del tema de Gainsbourg simplemente dijo: “Ajá”. La iglesia católica estaba más enfrascada en su oposición al régimen somocista que en seguir las consignas de L´Observatore Romano.  Así pues, pasó el tiempo y la canción continuó escuchándose en el espectro radial sin restricción alguna hasta que la audiencia se aburrió y pasó de moda.  No ocurrió ningún resquebrajamiento en los valores morales de la sociedad nicaragüense y a excepción de aquellos jóvenes que se disfrazaban de hippies y se dedicaron al amor libre al ritmo de la canción, no hubo mayores consecuencias al respecto.

Ahora en pleno siglo XXI, recordamos aquel desacierto que se llegó al prohibir Shame and scandal in the family, en esta época de pruebas de ADN y de reggaetones con letras que le hubiesen provocado un infarto al Dr. J. David Zamora H y que hacen parecer a aquel tema como una canción de cuna.  Además de los avances en la defensa de los derechos humanos fundamentales y de la libertad de expresión, es prácticamente imposible censurar cualquier manifestación musical, ante los alcances del internet.  Lo cierto es que entonces como ahora, en el escándalo está el pecado.

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