Archivo mensual: febrero 2015

Zanatillo, zanatillo

Zanatillo.  Foto de Celeste González

 

Bolonia guarda, todavía, cierto encanto de la vieja Managua.  Junto a los edificios modernos conviven edificaciones de los años cincuenta y a pesar de que se ha convertido en una zona casi comercial, mantiene una relativa tranquilidad y especialmente, muestra grandes áreas arboladas.  Malinches, almendros, laureles, chilamates, entre otras especies, ofrecen su refrescante sombra a la vez que sus raíces provocan marimbeados en las aceras.  La biodiversidad que ahí habita es impresionante; aves, insectos y hasta uno que otro garrobo.

Algunas veces salgo a sentir la brisa que se cuela por las arboledas y observo a un asiduo visitante, un zanate que sigilosamente aterriza y comienza a picotear en el asfalto, luciendo su negrura y ese tinte amarillento de sus ojos, de pronto emite un sonido que pareciera iniciar como un silbido y de pronto se convierte en un lamento en crescendo.  Luego de la misma manera, sigilosamente, se pierde entre el follaje.  En ese momento, me viene a la mente mi niñez en el patio de la casa de los abuelos, donde abundaban los zanates y era muy común ver que merodeaban en el patio y eran parte integral del paisaje cotidiano.  Muchas veces observábamos a estos pájaros al llegar a las piletas y sumergir rápidamente su cabeza en el agua y sacudirse rápidamente después.  Así pues entendíamos perfectamente cuando a alguien que tomaba un baño express, le decían que se había hecho un baño de zanate.

Para mí, el ave estaba muy ligado a la canción popular El zanatillo, misma que aprendí muy pequeño.  No recuerdo cómo lo conseguí, pero estoy seguro que no fue en la escuela.  Es obvio que no significaba ninguna proeza, como pudiera ser aprenderse a esa edad una canción de Pink Floyd, pues El zanatillo tiene apenas seis estrofas.  Alguien en mi casa debió haberla cantado repetidamente de tal forma que se me pegó la sencilla letra.  Debo de admitir,  sin embargo, que no llegaba a entender el sentido de la canción, en especial la estrofa que dice: “zanatillo, zanatillo, préstame tu relación, para sacarme una espina que tengo en el corazón”, pues el lenguaje figurado todavía no cabía en mi incipiente comprensión del  mundo.  Cuando en mi casa alguien se ensartaba una espina, tomaba o una aguja o una navaja y con la pericia de un cirujano, lograba sacarla.  De esa forma, no me explicaba cómo una relación podía asumir las funciones de una navaja, para sacar una espina en un lugar tan delicado como era el corazón.

Con el tiempo, logré entender el lenguaje figurado y metafórico, a excepción tal vez de algunas letras de las canciones de Andrés Calamaro.  No obstante, siempre mantuve la duda del vocablo “relación”, hasta que investigando un poco encontré que tiene la acepción, además de trato amoroso, que generalmente se usa en plural, la de copla que declaman los integrantes de algunos bailes tradicionales.  Si observamos las estrofas de: “El zanate y la zanata, se fueron a confesar, como no hallaron al padre, se pusieron a bailar”, encontramos que no es otra cosa que una copla y con esto, tal vez podría encontrarse cierto sentido a El zanatillo.

En aquella época, cuando todavía no se habían rescatado muchas canciones vernáculas y Carlos Mejía Godoy todavía lucía pantalones cortos, hablar de música folklórica era hablar de El zanatillo, Ya el zopilote murió, El solar de Monimbó, El nandaimeño y Nicaragua mía.  En nuestra casa no se cantaba la de El zopilote murió pues en una estrofa decía que a Don Emilio le dejaba lo pelado de la frente y eso no le hacía ninguna gracia a mi abuelo.

El caso es que, regresando al animal (al zanate), no logro encontrar en mi niñez y adolescencia ninguna manifestación de rechazo o discriminación al mismo.  Generalmente, en la escuela o entre los muchachos del pueblo, zanate era uno de los apodos más socorridos para quienes tenían la piel más oscura que el promedio, al igual que pijul o tinco, pero de igual manera, le adosaban algún apodo equivalente a quienes tenían la piel más clara que el promedio, como lombriz de leche, mosca blanca, entre otros.

Cuando llegué a la universidad me encontré con un repitente a quien apodaban El zanate, me parece que desde la secundaria.  Al contrario de lo que pudiera parecer, no era de piel tan oscura, si acaso podría caber en la categoría que en estos lados se conoce, con cierta dosis de condescendencia, como “moreno lavado”, no obstante era de corta estatura, tal vez arañaba el metro y medio, es decir unos cinco pies.  Lo que lo distinguía aparte de su estatura, era la confianza que tenía en sí mismo, no tanto para el estudio, sino que en su forma de interactuar con los demás; jamás se amilanaba ante nadie.  Enamoraba a las muchachas más guapas de la facultad, sin el menor temor a ser rechazado, insistentemente, incluso sin miedo a la reacción de sus novios.  Vivía por mi rumbo, cerca del Oriental en la 15 de septiembre, en una casa amplia y tenía una hermana que era todo lo contrario a él, alta, muy guapa y que se daba un aire con Rocío Durcal.  Conversando con un compañero sobre El zanate, que aparentemente lo conocía  desde  adolescente, me contó una historia que pudiera antojarse inverosímil.  Vivía El zanate, en la época del cuento, en la misma 15 de septiembre, pero en el sector occidental, junto a Las Delicias del Volga, cuando en esa cantina se desató una trifulca.  Ya trasladado el pleito a la  calle, un parroquiano que resultó ser el famoso y temido As Negro, un hampón del bajo mundo capitalino, se camiseó, sacó una pistola y empezó a amagar a sus oponentes, cuando la madre de El zanate salió a ver qué pasaba y al ver la situación le gritó al hampón que guardara el arma, además de una serie de insultos que provocaron la ira del matón, quien sin mediar palabra le dejó ir un disparo a la señora y que afortunadamente falló.  Casi inmediatamente salió El zanate, con una pistola en la mano, vaya usted a saber de dónde la había tomado, profiriendo insultos al forajido, quien iba a levantar su arma cuando el primero, con la determinación y rapidez de Clint Eastwood le dejó ir cuatro disparos, de los cuales dos impactaron en la humanidad de El As Negro, que aunque no fueron letales, bastaron para neutralizarlo mientras llegaba la Guardia Nacional, que en aquellos tiempos hacía las funciones de policía.  No como ahora, que es al revés.

Regresando al zanate, el animal, tiempo después descubrí un dicho que reza: Culebra, indio y zanate, manda la ley que se mate.  Por cierto en extremo racista y rayando en la infamia.  Afortunadamente se trata de un dicho de la época de la conquista y que se ha ido enterrando en el olvido, pues en un país en donde el 87.43 % de la población, como afirmaría El Firuliche, es mestiza, no puede tener cabida, además con esa conciencia ecológica que crece en el pueblo, es inadmisible que una ley propugne el exterminio de una especie animal.

Con el cambio climático, el zanate ha mostrado una importante tasa de migración hacia el sur, pues cierta parte del territorio de nuestro vecino fue en una ocasión suelo patrio y por lo tanto, también es el hábitat natural del zanate nicaragüense (quiscalus nicaraguensis). El caso es que se ha multiplicado esta población en ese país, tal vez no tanto como la migración poblacional en busca de oportunidades de trabajo, pero que ha provocado cierto rechazo al inocente animal, de parte de los vecinos.  Este rechazo, va desde la incomodidad ante la presencia del ave, hasta ciertas veladas campañas para exterminarlos, todo esto como un simbolismo, ya que asocian al zanate con sus vecinos nicaragüenses.

Así pues querido lector, si usted tiene la suerte de ver aterrizar en su patio un zanate, no sienta rechazo alguno, mejor deténgase a observarlo, admire su color e imagínese el ala del misterio, goce con el fulgor amarillento de sus ojos, asómbrese con la policromía que provocan los contrastes del negro con el violeta, el verde o el azul que tornasolan en su cuerpo,  deléitese con las notas de su canto e imagínese su tristeza cuando cambia a un gemido que pareciera interminable.  Grábese esto en su mente y si es de esa onda, tómese un selfie con él, para que pueda contarle a sus nietos que conoció a esta especie, amenazada por el cambio climático y la ambición de los mega proyectos y que desafortunadamente no estará con nosotros en un futuro no muy lejano.  Si tiene una espina clavada en el corazón, mejor no le diga nada y recuerde que un clavo saca a otro clavo.

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Esto no es cierto, pero sucede

 

Semaforos Seminario.  Foto Orlando Ortega Reyes

Hay un refrán en México que reza: Cuando el tecolote canta, el indio muere; esto no es cierto, pero sucede; que refleja la superstición indígena de que los tecolotes,  búhos, lechuzas o cocorocas, son aves de mal agüero, agregando que tal vez no sea verdad, pero que algunas veces parece suceder.  Traigo esto a colación debido a que a pesar de que la modernidad nos va orillando a rechazar todos aquellos atavismos que insisten en amarrarnos al pasado y analicemos todos aquellos fenómenos que de acuerdo a las costumbres caerían en el terreno de la superstición, buscando alguna explicación dentro del marco de la ciencia, de vez en cuando hay situaciones que nos hacen pensar en esas cosas que no son ciertas pero suceden.

En el sector occidental de Managua, para ser precisos en la esquina sur oriental de la intersección de la 35  Avenida Sur Oeste con la calle del Seminario, que en alguna ocasión fue bautizada como Cardenal Miguel Obando y Bravo y que por alguna razón la gente del sector se niega a utilizar ese nombre y la llama o bien la calle del Seminario o bien la calle del Banco Popular; en esa esquina, también conocida como la de los Semáforos del Seminario, allá a finales de los años noventa, se inició la construcción de un local, con un diseño moderno y por un rato mantuvo en la población con la interrogante de cuál sería el giro del negocio que se instalaría, pues definitivamente no era una casa de habitación.  Algunos apostaba por la instalación de un antro, pues en ese tiempo era el sector preferido para todos los trasnochadores que buscaban diversión y tenían a pocas cuadras al legendario Restaurante Munich, La Guitarra, la Discoteq 35 Avenida, el Mary´s Sport Bar, entre otros.  Al final, las dudas se disiparon cuando instalaron un hermoso rótulo de color rojo, que con letras modernas anunciaba:  Nika Pollo.

Pues bien, llegó la inauguración del restaurante en cuestión y muchos pensaron que podría competir con los restaurantes Tip Top y con el  recién inaugurado Pollo Campero.  Estuvo operando un rato el tal Nika Pollo y antes de cumplir un año, misteriosamente desapareció.  Al pasar por la esquina, el local estaba cerrado y el rótulo había sido removido.   Al rato me pareció ver al mismo negocio por la carretera a Masaya.  Después de esa empresa, el local ha sido ocupado por una considerable cantidad de negocios, de todos los giros posibles, desde una venta de ropa USAda, un bar con karaoke y aunque usted no lo crea, la célebre iglesia de Pare de Sufrir.  En esa ocasión, todos coincidieron de que al fin algún negocio, perdón, en este caso no podría llamarse así, lograría mantenerse por un buen tiempo en ese punto, que empezaba a agarrar la fama de que estaba “salado”, pues los directivos de esa iglesia realizan minuciosos estudios de mercado para seleccionar la localización de sus centros de ayuda y además tienen en su poder el milagroso aceite de Jerusalem, la pomada de Job, el agua del Jordán, la sal de Magdalena y el saco de Judas, así que con todo eso a su favor, no habría forma de que esa iglesia llegara a fracasar.   El caso es que por más que sus parlantes ofrecían el oro y el moro a los fieles, no llegaban ni las moscas, al punto que al menos de un año, ofrecieron las santas posaderas y un día amaneció el local cerrado y el rótulo arrancado.  Al tiempo, la misma iglesia adquirió el local del Restaurante Munich, célebre por sus mariachis, y ya lleva unos cuatro o cinco años establecido ahí.

Así pues, ningún giro de negocio ha podido echar raíces en ese lugar y en un lapso de casi veinte años, cerca de quince negocios han fracasado estrepitosamente.  Hace unos ocho meses, de manera decidida una empresa comercializadora de motocicletas, se instaló en ese local.  En virtud de que este giro es uno de los que acusan una mayor expansión y una rentabilidad nada despreciable, muchos respiraron tranquilos pues al fin se miraba una empresa con grandes posibilidades, pues se miraba cierta afluencia de clientes.

Esta mañana que transitaba hacia la carretera sur, al llegar a los semáforos del Seminario se pone la luz roja y al detenerme y mirar hacia la fatídica esquina, observo que el local está cerrado, los rótulos arrancados y algo extraño que ha ocurrido en todos los casos, el inmueble está completamente pintado para borrar cualquier huella del nombre del negocio que recién lo ocupó.

Incluso hasta el más escéptico le parecerá extraña la cantidad de fracasos que han ocurrido en esa esquina.  Lo más fácil sería declarar con las manos en la cintura que el lugar está “salado” y lanzar las más descabelladas historias al respecto, desde algún crimen cometido en el  lugar, antes tal vez de que se construyera el inmueble, hasta algún pecado gravísimo cometido ahí, vaya usted a saber.  Si se tratase de empresas del mismo dueño o del mismo giro, tal vez se podría esgrimir alguna teoría al respecto, pero ante tanta diversidad, no se me viene a la mente ninguna explicación lógica.  Será tal vez, que algún vecino esconda algo y no le conviene que esté ocupado, quién sabe.

Así pues, ahí está un local, me imagino que a un precio bastante favorable, esperando a un valiente que se decida a instalar un negocio en un ponto envidiable y de gran futuro.  Si usted cuenta con un pequeño capital, no es supersticioso y es amante de los grandes retos, ahí tiene una oportunidad inigualable.

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