Archivo mensual: enero 2012

La Virgen de El Arenal. Parte V

 

Epílogo

He visitado El Arenal y es un lugar en donde el tiempo parece no transcurrir.  A excepción de las vías principales que conectan la zona con San Juan de la Concepción, La Concepción o Masatepe, en donde existe un tráfico regular de moto taxis y vehículos todo terreno, al transitar por el resto de sus parajes se siente una profunda quietud y la sensación de que en cualquier momento nos transportará a cualquier lugar en el pasado.  Sigue siendo una zona pobre, pues las condiciones de sus tierras no han cambiado, sin embargo sus habitantes son gente trabajadora y han aprendido a sobrevivir en condiciones adversas, aprovechando sus recursos hasta llegar al caso de novedosos emprendimientos con las rocas arrojadas por el volcán con las cuales han construido casas, cercos y pozos.  Se observa una fuerte organización comunal promovida por grupos locales que cuentan con el apoyo de instituciones internacionales.

La comunidad parece contar con una clara memoria histórica, pues se mantienen vivos ciertos eventos, tales como la presencia en esa zona del guerrillero Pikín Guerrero y posteriormente del recordado Eduardo Báez con su gran labor a favor de la lectura en la niñez.  Sin embargo, cuando se empieza a indagar sobre el caso de la Virgen de El Arenal, brota cierta reticencia para hablar sobre ese tema.  Pareciera que a nivel colectivo hubiese una tendencia a olvidar ese episodio que no obstante es trascendental para la zona.

En la casa que ahora ocupa un hijo de Catalina y su familia, no hay ningún indicio de ella ni de la historia que protagonizó, salvo tal vez, un cofre de madera que está colocado en un rincón y en donde permanecen los “milagros” que lograron sobrevivir a los dramáticos episodios.  Ahí conviven brazos, ojos, piernas, muletas y demás recuerdos de algunos de los prodigios que se achacaron a Catalina y destacan dos de esos ex votos que están hechos de oro, un machete perfectamente labrado en miniatura y la figura de un niño con extraordinario detalle usando pantalones cortos y un libro bajo el brazo y en medio de todos, una medalla antigua con la figura de una santa que según el grabado es Santa Catalina.

En la ciudad de Managua, en el barrio Pantasma a unas cuadras de la entrada al Centro Comercial Managua, en una pequeña casa vive el ahora octogenario Juan, con una de sus hijas.  No pudo soportar vivir en El Arenal sin su Catalina; eran demasiados recuerdos para permanecer ahí y se exilió en la capital.  Nunca habla de aquellos sucesos y sus recuerdos y conversaciones abarcan solo aquellos 55 años que vivió felizmente al lado de su Catalina.  No obstante, muchas noches sueña que camina por los altos parajes de El Guarumo y comienza a ascender hasta ver todo el inmenso panorama a su alrededor, con una tranquila laguna en el oriente y un imponente volcán al poniente, de donde parece salir una voz que le dice: – Te espero Juan.

Para mí, en particular, fue una experiencia enriquecedora haber visitado las comarcas de El Arenal y conocer a su gente, que a pesar de su natural desconfianza, tuvieron sus brazos siempre abiertos para recibir a un peregrino, que además de una historia, ansiaba encontrar paz y tranquilidad para su corazón.  En esos caminos en donde el viento parece susurrar secretos entre los árboles encontré un poco de ese bálsamo que sirve para heridas que no quieren cicatrizar y de la historia que recogí, reconfirmé que al final de todo, lo único que perdura es el amor.

La historia que he presentado es lo más cercano a lo que ocurrió, aunque contrasta con lo que verbalmente se ha manejado hasta hoy y que a medida que se va alejando del epicentro de los sucesos, va tomando otros carices y transformándose en una leyenda completamente tergiversada.  La verdad completa tal vez nunca se sabrá.  Las personas que sobreviven recuerdan lo que desean recordar y cuentan lo que desean contar, de ahí recogimos las partes fundamentales de la historia, que con la investigación de los hechos históricos de ese momento permitieron armar, de la manera más objetiva posible, este reportaje.

Así pues, cada quien podrá creer o no lo aquí presentado, sin embargo, como dijo Campoamor: “En  este mundo traidor nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”.

 

Deseo hacer patente mi más profundo agradecimiento a mi hermano Ovidio y a su esposa Celeste porque con entrañable cariño me animaron a completar este trabajo, acompañándome hombro a hombro en las investigaciones, entrevistas y fotografías.  Asimismo agradezco a mi hermano Eduardo por sus aportes a la investigación.  Mi gran reconocimiento a los habitantes de El Arenal por su gentileza de recibirnos, en especial a Don Santos Calero, Don Juan Aguirre Ampié, así como a Johnatan y su novia.

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La Virgen de El Arenal. Parte IV

Al final, sólo el amor

Cuando no hay más que amor
como única sed
como única fe
como único don

Nacha Guevara

Los dos pescadores llevaron presurosamente a la muchacha a una casucha improvisada a la orilla del lago, en donde la acostaron en un petate.  Una mujer que permanecía junto a un fogón, puso a calentar un poco de sopa en un perol.  Cuando estuvo caliente, la mujer le sirvió la sopa en un guacal y le dio a beber a la muchacha en pequeños sorbos, quien después de tomársela, se puso en posición fetal y se quedó profundamente dormida.  Uno de los pescadores decidió avisar sobre lo sucedido al dueño de una botica que quedaba en las inmediaciones de la estación del ferrocarril, pues siempre estaba dispuesto a ayudar a la gente y podría aconsejarle sobre lo que se tenía que hacer.

Cuando el boticario pudo dejar a alguien a cargo del negocio, fue a ver a la muchacha que todavía dormía.  Suavemente la sacudió y Catalina despertó preguntando dónde estaba.  Le respondió que en la costa del lago de Managua y le inquirió su nombre y qué le había pasado, a lo que ella respondió que se llamaba Catalina y que no recordaba qué le había sucedido.  Entonces el boticario comenzó a examinarle el cuerpo, empezando por los moretones en sus sienes, pasando luego a la profusión de pinchazos en los brazos y unas extrañas cortaduras principalmente en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.  Después de ver la bata que llevaba puesta la muchacha, concluyó para sus adentros que no se trató de un asalto ni ataque violento, sino que parecía haber estado en algún hospital.   Como era un hombre muy precavido, recomendó a los pescadores que no le comentasen nada a nadie, les dio un billete y les dijo que compraran leche y maicena y que le dieran atol en pequeñas dosis y les encomendó que si la muchacha recordaba algo, que le avisaran de inmediato.

Catalina pasó todo el resto del día durmiendo y a la mañana siguiente despertó y con cierta dificultad caminó un poco en la costa para admirar la inmensidad del lago y regresó a la casa.  La mujer le preguntó si se sentía mejor y ella le respondió que un poco, que todavía le dolía mucho el cuerpo.  Uno de los pescadores se acercó contento de ver mejor a la muchacha y le preguntó si lograba recordar algo y ella le respondió: -Me llamo Catalina, vivo en El Arenal, cerca de Masatepe.  El hombre se fue a toda prisa a buscar al boticario con la noticia y este fue de inmediato a ver a la muchacha.  Ella le repitió lo mismo, pero agregó que le pedía el favor de contactar al Dr. Benicio Gutiérrez de Masatepe.   El boticario era un hombre muy ilustrado y seguía muy de cerca toda la información respecto a lo que sucedía en el país y empezó a darle vueltas al asunto.  Por la tarde, tomó el teléfono y llamó al Dr. Gutiérrez y con mucha cautela le dijo que había recibido una medicina que él buscaba desde hace meses y que le pedía que llegara a la brevedad a su botica antes de que se terminara.  El Dr. Gutiérrez, muy perspicaz también, entendió que se trataba de alguna clave para despistar en caso de que alguien estuviera escuchando sus conversaciones.  Le agradeció la información y le manifestó que al día siguiente a primera hora llegaría a Managua.

Cuando el Dr. Gutiérrez llegó al siguiente día al establecimiento, el boticario le explicó brevemente lo ocurrido y el primero le solicitó lo llevara a ver a la muchacha.  El médico había visto en algunas ocasiones a Catalina, cuando la habían llevado a Masatepe para que la tratara de unos fuertes dolores de cabeza que la aquejaban.  Conocía además toda la historia de la virgen y tenía cierta información respecto a su internamiento en el Hospital de Enfermos Mentales.  Cuando el doctor entró en la casa a la orilla del lago, la muchacha se alegró de verlo y le dedicó una sonrisa.  El médico le tomó fuertemente una mano y empezó a auscultarla.  Sintió un profundo dolor cuando miró el cuerpo atravesado de cicatrices y moretones.  Escribió en un recetario una serie de medicamentos que entregó al boticario y le dijo a la muchacha que saldrían inmediatamente para Masatepe.  Después de que la muchacha se despidió de los pescadores y la mujer, agradeciéndoles lo que habían hecho por ella, pasaron por la botica retirando el medicamento que el propietario no quiso cobrar y que Catalina agradeció sinceramente.

El Dr. Gutiérrez sabía que su casa siempre estaba vigilada por orejas del régimen, entonces decidió llevarla donde su hermano a quien le encargó que la cuidara mientras encontraba la mejor solución al asunto.  Al cabo de un par de días regresó el doctor a casa de su hermano y encontró a Catalina bastante recuperada.  Conversó un buen rato con ella y al final le preguntó si todavía sentía algo extraño en su interior.  Ella le miró fijamente a los ojos y le dijo: -Solamente el amor por Juan.  Entonces el médico sintió que se abría una puerta de salida al problema y le encargó al hermano que fuera a El Arenal y trajera a Juan, que él contactaría a un sacerdote muy amigo y que vivía en Jinotepe a quien le pediría el favor de que casara a la pareja.

Así fue que en la casa de la familia Gutiérrez, con la presencia de la familia inmediata, que Catalina y Juan unieron sus vidas.  Regresaron a El Arenal con la reiterada recomendación de que por un tiempo no se hiciesen ver ni que se volviese a hablar de la virgen.  De esta manera, los recién casados estuvieron unos meses un tanto escondidos y fue cuando Catalina quedó embarazada que se atrevió a salir.  En el círculo cercano se mantuvo la consigna de olvidar todo lo concerniente a la virgen y que dejaran a la muchacha empezar una nueva vida.  En cambio, en el resto de la comunidad las reacciones fueron encontradas, unos justificaron el nuevo estado de Catalina, otros tomaron una actitud burlesca y otros la emprendieron contra Juan, a quien culpaban que la muchacha hubiese abandonado su misión y unos más radicales lo acusaban de haber tentado a Catalina por obra de Lucifer y es por eso que empezaron a llamar a Juan “el diablo”.

Cuando nació su primer hijo, lo llamaron Pedro y con el niño se atrevieron a subir a Masatepe, en donde Catalina, a pesar de todo, seguía siendo la Virgen de El Arenal.  Sin embargo, el nuevo estado de ella motivó a la gente a enterrar el episodio de cuando causaba las enormes romerías hacia El Guarumo y obraba prodigios.

Catalina tuvo seis hijos, Pedro, Juan, Ana Julia, Bismark, Remigio y Epifanía.  Su vida transcurrió en la tranquilidad de los parajes de El Arenal y tanto la iglesia como Somoza García se olvidaron de ella.

El 20 de octubre de 1950, el Arzobispo Liberato Tosti falleció en Roma a la edad de 67 años.  De conformidad con un reporte médico del Ospedale San Filippo Neri, el ex nuncio en Brasil, Cuba, Paraguay, Honduras y Nicaragua, no presentaba ningún cuadro clínico relevante, más que una severa depresión.   Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega falleció en Managua el 6 de enero de 1952 a la edad de 85 años, después de una prolongada enfermedad.

El 21 de septiembre de 1956, Anastasio Somoza García fue víctima de un atentado en donde Rigoberto López Pérez le disparó con un revólver durante una fiesta en la Casa del Obrero en la ciudad de León.   Somoza falleció ocho días más tarde en el Hospital Gorgas de Panamá.

Monseñor Alejandro González y Robleto falleció en Managua el 18 de junio de 1968 a la edad de 84 años y contaba un ayudante de cámara que el prelado balbuceaba en su agonía pidiendo perdón a la virgen.

Catalina llevó una vida normal y solamente en ciertas ocasiones se quedaba ausente, como si no estuviera en este mundo, pero su familia ya conocía estos episodios y simplemente la dejaban tranquila.  Llegó a practicar una gran devoción por la virgen de La Concepción, de tal manera que todos los años en diciembre celebraba la purísima en su comunidad.  Sus últimos años estuvieron endulzados al llegar a conocer a sus nietos.

En diciembre de 2003 Catalina enfermó gravemente, tenía tan solo 72 años sin embargo, todo lo que había vivido había afectado hondamente su humanidad.   Ella sabía perfectamente que su fin estaba cerca, dejó arreglados todos sus asuntos y encargó a sus familiares que no se olvidaran nunca de celebrar su purísima.  El 8 de diciembre, Catalina sintió nuevamente que la luz que había sentido en La Peña la envolvió nuevamente, esta vez para llevársela para siempre.

 

Continuará

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La Virgen de El Arenal. Parte III

Matar a un ruiseñor

Como el miedo es el mayor suplicio de los tiranos, el crimen más irremisible a sus ojos, es hacerles sentir miedo.

Jean Baptiste Say

Un enorme automóvil negro subió hacia la loma de Tiscapa y en el costado oriental de la misma se estacionó en la entrada principal de La Curva, un palacete, por así decirlo, que con sus dos torres hacían contrapeso al Palacio Presidencial y que según algunos conocedores era una clara muestra del Art Deco.  Era la residencia oficial del Ministro de Guerra y Jefe del Ejército Anastasio Somoza García y centro neurálgico del poder en Nicaragua, pues aunque el Palacio Presidencial estaba ocupado por Víctor Román y Reyes, era Somoza García quien llevaba las riendas del país.   Del automóvil descendió el nuncio apostólico, Liberato Tosti quien recientemente había llegado de Paraguay en donde ocupó el mismo cargo.  Un edecán impecablemente uniformado lo estaba esperando y lo condujo al despacho del general.

Somoza García recibió a Tosti con una amplia sonrisa y respetuosamente se agachó y le besó el anillo; el episcopal, pues Monseñor usaba tres.  Después de los saludos de rigor y de una pequeña charla intrascendente, el nuncio entró en materia.  Le explicó con remilgo que la salud del general era motivo de muchas oraciones de parte de la iglesia, incluyendo al santo padre Pío XII, sin embargo, se escuchaba que una muchacha que aparentemente había perdido la razón, decía que la Virgen se le había aparecido y que le manifestaba mensajes para el pueblo, incluyendo vaticinios sobre el futuro y que había llegado al colmo de predecir que el general fallecería antes de que finalizara el año.  Somoza lanzó una sonora carcajada, no tan fuerte como cuando Leonardo Argüello le solicitó que abandonara el país; pero al final Tosti, viejo zorro, adivinó cierto marcado nerviosismo.  –Desde luego, la iglesia católica no le da el menor crédito a esas patrañas –dijo Tosti y agregó –No obstante, el pueblo es muy susceptible ante esos desvaríos y podría crearse un clima, no muy favorable, para la tranquilidad que requiere el país en estos tiempos.  Antes que Somoza pudiera intervenir, Tosti enfatizó –La iglesia católica, a todos los niveles ha exigido a esta muchacha que desista en su afán de inquietar al pueblo, sin embargo, nuestros esfuerzos han sido en vano.  Estamos prácticamente con las manos atadas.  Somoza, con un tono de extrema tranquilidad le dijo: -No se preocupe, Monseñor, yo me encargaré de eso.   Tosti comprendió que su misión estaba cumplida y le extendió la mano a Somoza, quien ceremoniosamente le volvió a besar el anillo.  Monseñor dio la vuelta y el edecán lo condujo hasta la entrada principal de La Curva en donde abordó el automóvil negro que esperaba y que con mucha precaución bajó hacia Managua.

Somoza se quedó muy preocupado después de su entrevista con el nuncio.  Hacía meses, antes de entregar la presidencia, subrepticiamente había salido para New Orleans, desde donde se informó que el general se realizaría exámenes de rutina, sin embargo la visita se extendió y de pronto apareció por Baltimore, en donde supuestamente estaba siendo tratado de pequeñas dolencias.  Los partes oficiales de prensa eran escuetos y muy gallo gallina.  Según algunas crónicas, sólo unos pocos sabían que le habían practicado una delicada operación en salva sea la parte.  Dicen que al que obra mal se le pudre el tamal y él se había portado requetemal, por lo tanto le realizaron un procedimiento en donde conectaron parte del intestino a una bolsa que recibía sus desechos.  Por eso es que literalmente vivía con el fondillo a dos manos.  De esta forma, un vaticinio de esa naturaleza, por más chapucería que fuera, no dejaba de inquietarlo y especialmente en Masatepe, que seguía siendo una espinita para él.  Así fue que descolgó el teléfono y pidió que lo comunicaran con el Director del Hospital de Enfermos Mentales a quien le explicó la situación y le ordenó que interviniera, haciendo lo que debía de hacerse.  Inmediatamente después, llamó a un capitán de su confianza y le ordenó que con un contingente de soldados trajeran a la muchacha que se hacía llamar la Virgen de El Arenal y que de paso amedrentara a los pobladores.

A la mañana siguiente, un camión cargado de soldados atravesó Masatepe, ante la mirada atónita de los ciudadanos, bajó por Veracruz y luego se dirigió al punto cerca de la laguna llamado La Puerta del Cielo.  Ahí dejaron el vehículo y en formación, a marcha forzada, se dirigieron a El Guarumo.   Los habitantes de la región se asustaron al ver a los soldados y al final se dieron cuenta que se dirigían a la casa de Catalina.  En posiciones amenazantes se apostaron alrededor de la casa y cuatro de ellos fueron designados para subir a la muchacha que yacía catatónica en el tapesco, colocarla en una camilla y transportarla al camión.  Sorprendentemente, los cuatro soldados sintieron que trataban de levantar una enorme roca y se declararon incompetentes.  El capitán ladró instrucciones para que los más fuertes se hicieran cargo de levantar a la menuda muchacha y tampoco lograron elevarla ni siquiera un centímetro.

Como las instrucciones que recibió el capitán eran precisas, gritó la orden de calar bayonetas.  Al ver esto, la tía Aurora detuvo al capitán y se inclinó y le pidió a Catalina que no opusiera resistencia, que la Virgen siempre estaría con ella y la cuidaría.    Entonces los soldados volvieron a tratar de levantarla y esta vez la sintieron como una pluma al colocarla en la camilla y fue así que amenazando con sus fusiles el contingente salió rumbo al camión.

Ya muy entrada la tarde, el camión llegaba al kilómetro cinco de la carretera sur, en donde se ubicaba el Hospital de Enfermos Mentales.  Se dirigió al patio central y ahí aguardaban dos enfermeros que trasladaron de camilla a Catalina y la llevaron a una habitación, la colocaron en una cama y la sujetaron con unas gruesas correas.  Al cabo de unos minutos entró en la habitación el Director del Hospital, con una gabacha impecablemente blanca, que contrastaba con las sábanas de la cama, curtidas por el uso.  El médico le practicó un examen somero y se congratuló de haber conseguido un conejillo de indias sin restricciones.  En ese tiempo, estaba de moda la administración del electroshock, el choque por hipoglucemia a través de insulina y la aplicación de Cardiazol, estimulante parecido a la anfetamina y el Director se ufanaba ante los medios de comunicación de estar experimentando con ellos en el Hospital con buen suceso.

Mientras tanto, en El Arenal, el desconcierto reinaba en toda la región y se manejaban cientos de hipótesis de lo que pudo haberle pasado a Catalina, la familia desconsolada, en cambio, no paraba de llorar.  Sin embargo, un vecino un tanto más avezado que el resto, empezó a analizar en medio del problema, las oportunidades que se podían generar y concluyó que si se dormía, se lo llevaba la corriente.  Se vistió con su pantalón blanco de lino, su camisa manga larga y su sombrero de fieltro y se presentó a la casa de la familia de Catalina.  En la puerta,  se apostó con la sonrisa a flor de piel, un tanto cuanto sonrojado y jugando con el ala del sombrero haciéndolo girar entre sus dedos.  Si hubiera necesidad de poner acá una música de fondo, sería sin lugar a dudas The Enterteiner, de Scott Joplin, produciendo una escena digna de George Roy Hill, que curiosamente se repetiría en esos lares en los años sucesivos.

Mis estimados amigos –señaló el vecino- he estado preocupado por los últimos acontecimientos y me asalta la duda de que si el responsable de semejante atropello, no estará acaso poniendo sus ojos en el dinerillo de las contribuciones que recibió Sofía, digo Catalina.  Como los vecinos somos como hermanos –agregó el hombre- siento que el deber me llama para ayudarles a poner a buen recaudo esos fondos, de tal suerte que si alguien viene a buscarlo ya este pequeño patrimonio estaría a salvo.  Han de saber ustedes –continuó el vecino- que tengo un poco de experiencia en esas cosas de finanzas y puedo ver la manera de que el dinero esté a salvo y produciendo intereses.  Los familiares lo escucharon, no sin cierta desconfianza, sin embargo, no pudieron consultar a Doña Aurora, pues se había ido a Masatepe y Masaya a buscar noticias sobre el paradero de Catalina.  Así fue que ante el temor de que aparecieran más soldados a traer el dinero, le entregaron los costales con el dinero al acomedido vecino, quien salió con una sonrisa de oreja a oreja y presuroso alistó un viaje a Masaya en donde en la sucursal del Banco Nacional abrió una cuenta a su nombre y como beneficiarios a dos de sus hijos.

Nadie supo a ciencia cierta los atropellos y vejaciones que sufrió Catalina en el Hospital de Enfermos Mentales, pues el Director tuvo la precaución de no llevar registro alguno del “tratamiento” practicado a la joven.  También cuidó que los ayudantes fueran del sobaco de su confianza, no obstante, años más tarde, una enfermera in extremis, confesó a sus familiares parte de lo ocurrido.  Sería tal vez un exceso en los tratamientos utilizados, el caso es que al cabo de un par de semanas, una tarde un enfermero llegó a buscar al Director con la noticia que la muchacha había fallecido.  El médico fue a auscultarla personalmente y después de practicarle varios procedimientos, llegó a la conclusión de que realmente había muerto.  Inmediatamente tomó el teléfono y llamó a La Curva, de donde recibió instrucciones.  En la madrugada siguiente, bajo el amparo de la oscuridad, dos ayudantes del Director, incondicionales a toda prueba, subieron a un carromato tirado por un caballo el cuerpo de Catalina y atravesando las veredas al norte del Hospital, llegaron hasta la costa del lago Xolotlán en donde abandonaron el cuerpo de la jovencita, alejándose a toda prisa.

Al rayar el sol, unos pescadores que deambulaban por la costa del lago observaron el cuerpo abandonado.  Se acercaron temerosos, pues no era extraño encontrar tirados ahí, cadáveres de personas asesinadas en otra parte de Managua.  Al ver que no había señales de descomposición uno de ellos le tocó el cuello para adivinar la temperatura, encontrando que estaba tibia.  Agarró valor y se inclinó a escuchar si el corazón estaba latiendo y sorprendentemente al contacto con el pecho de la muchacha, esta abrió los ojos.  El otro pescador comenzó a gritar: -Está viva, está viva.

Continuará

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La Virgen de El Arenal. Parte II

Sofía y la virgen

 
Cada cosa que existe,
es una virgen que ha de ser amada,
para hacerse fecunda
 
José Ortega y Gasset 
 
 
Al finalizar la primera mitad del siglo XX, Nicaragua vivía una enorme efervescencia política.  Anastasio Somoza García finalizaba en 1947 su período presidencial y después de probar las mieles del poder no quería abandonarlo, sin embargo, un poco de vergüenza le quedaba en el costal de la conciencia y en vez de reelegirse, decidió que llevaría a la presidencia a un títere que fuera una figura de adorno, mientras él ejercía el control total del Estado como Director dela GuardiaNacional.  Escogió a Leonardo Argüello Barreto, anteriormente su adversario político y para este fin hizo que ganara las elecciones mediante un enorme fraude en contra del opositor Enoc Aguado que había superado por muchos votos a Argüello, pero al fin y al cabo, la gente de Somoza contaba los votos.   Sin embargo, Leonardo Argüello una vez en la presidencia, se hizo gato bravo y comenzó a irse por la libre, lo que motivó que Somoza le diera el golpe de estado a través del Congreso, también bajo su control, así que de manera inconstitucional declararon inhábil a Argüello para ocupar la presidencia, destituyéndolo y nombrando en su lugar a Benjamín Lacayo Sacasa, incondicional de Somoza.   Los Estados Unidos y varios países más, desconocieron a Lacayo y obligaron a Somoza a buscar otra salida.  Acorralado, Somoza convocó a la elección de una Asamblea Constituyente, en la cual se registró un abstencionismo del 90 por ciento y al instalarse este órgano, aceptó la renuncia de Lacayo y eligió presidente, para un período de cuatro años, al tío de Somoza y obviamente merecedor de todas sus confianzas, Víctor Román y Reyes, de 75 años.  De esta forma, en dicho año Nicaragua tuvo cuatro presidentes, un tanto al estilo de la canción de Muchilanga.  
 

Masatepe por su parte, también fue alcanzado por la convulsión que se vivía en el país, al registrarse actos de repudio en contra de las aspiraciones de Somoza, de parte de un grupo de ciudadanos entre los que destacó del Dr. Benicio Gutiérrez, quien fue perseguido y castigado brutalmente por el régimen, siendo vapuleado y encarcelado en varias ocasiones y finalmente, a partir de un molote en una esquina en donde alguien lanzó una piedra al tejado de una casa, se le acusó de dirigir una asonada por lo cual se giró orden de aprensión.  Después de una serie de peripecias en donde el Dr. Gutiérrez llegó hasta asilarse en una embajada, el aparato de justicia nacional, todavía con un poco de pudor, se dio cuenta que estaba participando en un sainete y desistió de su empeño dictando el sobreseimiento definitivo del Dr. Gutiérrez.

En cambio, El Arenal, vivía una plácida tranquilidad, interrumpida solo por algunos retumbos del Volcán Masaya, que además de provocar sismos de regular intensidad, lanzaba cenizas y otros materiales a sus alrededores.  Esta situación sembró un poco de inquietud en la zona, pues se temía que en algún momento pudiera registrarse una fuerte erupción.

En el sector suroeste de El Arenal en la comarca que se conoce como El Guarumo, una jovencita llamada Sofía transitaba por un paraje que colinda con El Guasimito, ya en las cercanías de San Marcos, en donde unas escarpadas pendientes señalan el inicio de los cafetales.   Tenía unos diecisiete años,  estatura regular, menuda, morena y con unos ojos profundamente negros que junto a una fina nariz resaltaban en su rostro.  Al pasar por el sitio conocido como La Peña, de pronto sintió que una intensa luz provocó en su cuerpo un gran estremecimiento y cayó al suelo.   Cuando volvió en sí, sintió un frío insoportable que provocaba un fuerte temblor en su cuerpo y se dirigió a toda prisa a su casa.

En una rústica casa de madera, sus ocupantes vieron llegar a Sofía, lívida como una sábana, temblando de pies a cabeza y con una alta fiebre.  La recostaron en un tapesco y le prepararon una tisana.  Cuando Sofía pudo hablar, comentó que en La Peña sintió que una gran luz la envolvía y una voz de mujer le decía que no temiera, que tenía un mensaje para su gente, que estuvieran tranquilos porque el volcán no haría erupción y que quería estar más cerca de ellos.  Le dijo que a ella la conocerían por otro nombre y la verían hacer grandes prodigios.  La familia inicialmente creyó que se trataba de algún ataque de nervios y que todo era producto de su imaginación, sin embargo, cuando creían que todo había pasado, volvió a caer en trance y quedó por varias horas en una especie de estado cataléptico.  Mandaron entonces a traer a la tía Aurora, madrina de Sofía y que había sido miembro de una cofradía en Veracruz, quien escuchó atentamente el relato y después de cavilar un rato concluyó categóricamente, con el aplomo que un día tuvo Pío Nono: -Es la virgen quien te ha hablado.

Sofía y su familia no se habían recuperado del shock cuando extrañamente apareció en el patio de la casa una medalla con la imagen de una mujer y una inscripción que decía: Santa Catalina, sin precisar cuál, aunque en el santoral católico hay más de una docena.  Con el corazón a tambor batiente, Sofía tomó una decisión con la determinación de un torero al momento de aceptar la alternativa: -A partir de hoy ya no me llamo Sofía, me llamo Catalina.

En la comunidad, la noticia se fue regando, un tanto a sotto voce, pues no se quería que trascendiera fuera de El Arenal.  Las visitas a la muchacha no se hicieron esperar y todos llegaron a coincidir en que después de estar con ella y conversar brevemente sobre lo sucedido y el mensaje recibido, salían con una paz interior nunca antes experimentada y más de alguno con alguna vieja dolencia, sintió que de pronto se calmaban sus padecimientos.

Así como la ley Omerta no es cien por ciento efectiva, algún ladino llegó con el chisme a Masatepe en donde con cierta incredulidad se manejó el asunto.  No obstante, algunos curiosos de esa localidad llegaron a El Arenal y a pesar de encontrar una fuerte resistencia para permitir el ingreso de los foráneos al local en donde permanecía la muchacha, al final Doña Aurora determinó que al igual que Juan Diego, Bernardette, Lucía, Jacinta y Francisco mostraron sus prodigios al mundo, Catalina tendría que ser conocida por todos.  Procedió a nombrar guardianes de la joven a dos muchachas de la comunidad y a un primo de Catalina llamado Juan.  Solicitó que la vistieran toda de blanco y que en su tapesco recibiera a todos los que peregrinarían hacia aquel lugar.  Y así fue como la muchacha, vestida con un traje blanco de primera comunión arreglado para ella, un velo que cubría su rostro y velas alumbrando la penumbra del lugar, se enfrentó al mundo.

Los primeros curiosos foráneos que llegaron a El Guarumo, no sin muchos esfuerzos, pues al final debieron de subir un terraplén de arena que hacía que sus piernas casi se clavaran en el suelo, se admiraron al ver a la muchacha en estado cataléptico y acostada en el tapesco.  Catalina no presentó conciencia alguna, sin embargo, al salir de ahí, todos sentían un extrema paz en su interior y un niño que acompañaba a la troupe, que a sus siete años no había pronunciado palabra alguna en su vida, en el camino de regreso comenzó a hablar como la calavera de San Basilio.

Los padres del niño, apenas llegaron a Masatepe se dirigieron a la Iglesia de San Juan, en donde expusieron el caso al párroco, quien a pesar del junco de su silla, se quedó anonadado y con toda la prudencia del mundo solicitó calma y esperar a manifestaciones más concretas antes de concluir algo.  Otros de los curiosos se dirigieron donde el corresponsal de La Noticia y le comentaron lo ocurrido.  Al día siguiente, el párroco solicitó prestado un caballo a un rico hacendado y partió hacia El Arenal.   Al presentarse en la casa de Catalina, la encontró sentada y conversando con algunos ancianos de la comunidad.  El cura solicitó a la muchacha que le contara lo sucedido en La Peña y ella le repitió todo, además del episodio de la medalla.   Con un rostro circunspecto, el párroco le expresó que toda manifestación en donde estuviera involucrada la aparición de la Virgen María debía ser aprobada oficialmente por la Iglesia Católica, según las normas dictadas por el Papa Benedicto XV.  La muchacha de manera muy inocente le dijo que la voz que escuchó en ningún momento se había identificado y que en realidad no vio a nadie en particular, más que una gran luminosidad y la voz femenina.   El cura le manifestó que mientras la Santa Madre Iglesia analizaba a fondo el caso, debía ella dejar de recibir visitas o relatar su visión y si era posible que se fuera un rato de la zona.  Los ancianos de la comunidad que hasta el momento se mostraban cautos e inexpresivos, fueron muy claros con el párroco manifestándole que la muchacha seguiría recibiendo visitas y que bajo ningún punto se iría de su hogar.  Al cura no le hizo mucha gracia la posición de los ancianos de la comunidad y con el rostro grave y compungido, emprendió su regreso a Masatepe.

Al día siguiente, el párroco tomó el tren hacia Managua y se dirigió al Palacio Arzobispal, ubicado en aquel entonces en el costado oriental del Palacio Nacional.  Ahí solicitó hablar con el Arzobispo, pero Monseñor Antonio Lezcano y Ortega se encontraba delicado de salud y lo recibió Monseñor Alejandro González y Robleto, Obispo Auxiliar Coadjutor de Managua, quien le mostró la edición de La Noticia en donde se resaltaba la aparición de la Virgen María en El Arenal.   Hablaron en latín, por aquello de que las paredes oían y al final de la conversación, el párroco de Masatepe salió circunspecto de regreso a su parroquia.   Luego, en sus sermones dominicales desde el púlpito el párroco dejó muy claro que existían falsos profetas, falsas señales en el cielo y manifestaciones engañosas en donde podían estar presentes las Fuerzas del Mal.

No se sabe si por la difusión en la prensa nacional o por llevarle la contra a la posición de la iglesia, lo cierto es que el flujo de peregrinos hacia El Arenal fue creciendo considerablemente.  La comunidad al observar las necesidades de los peregrinos vieron una oportunidad de mejorar su situación económica y empezaron a ofrecer alimentos y bebidas y posteriormente hasta juegos de azar se observaron en los alrededores, dándole una apariencia de feria a la zona.  En general, los peregrinos se sentían bien después de ver a la muchacha y ciertos prodigios fueron difundiéndose, como sanación de enfermedades, aparición de objetos perdidos, cumplimiento de algunos vaticinios, así que Catalina empezó a recibir “milagros” o ex votos, en metal o en oro, con figuras alusivas al favor recibido y de pronto alguien inició con las limosnas y poco a poco fueron incrementándose significativamente.  Doña Aurora dispuso que se pusiera un cofre de madera junto a Catalina para que ahí se colocaran las ofrendas en metálico, de donde se trasladaban a unos costales de manta que celosamente guardaba la familia.

Una situación muy interesante ocurrió respecto a la forma en que los peregrinos se referían a Catalina.  En un inicio se manejó que la Virgen María se le había aparecido a una jovencita y de esta forma se empezó a mencionar a la Virgen de El Arenal como una advocación más dentro del fenómeno de la mariofanía.  Sin embargo, debido a la figura de Catalina, su atuendo y su estado cataléptico, la gente comenzó a manejar que la muchacha era la Virgen de El Arenal. Como un ejemplo de esta confusión, puede citarse el caso del monstruo creado por el Dr. Frankenstein en la novela de Mary Shelley, que con el tiempo asume el nombre de su creador al punto que muchos creen a pie juntillas que Frankestein es la criatura y no el científico.

La Iglesia Católica muy a su disgusto se había hecho a un lado en el caso de la Virgen de El Arenal y se había limitado a recomendar cautela, sin embargo, el hecho de que la confusión originada y que situaba a Catalina como la Virgen del Arenal, planteaba un serio problema, pues no habían antecedentes de que la madre del Redentor hubiese ocupado el cuerpo de algún mortal.  De esta forma la cosa se ponía color de formicinae.  Por otra parte estaba el asunto de los diezmos, pues como aseveró San Juan Casiano de Mosna: “Jugar con el santo, menos con la limosna” y de todo lo que entraba al famoso cofrecito de Catalina, no iba nada hacia San Juan.

Todo lo anterior tenía muy incómodo a Monseñor González y Robleto pues temía que las cosas tomaran un rumbo que podría poner en una posición más que incómoda a la Iglesia.   Así que recordando la frase de Benjamín Franklin: ”If you would have a faithful servant, and one that you likeserve yourself” (Si quieres un siervo fiel y a tu agrado, sírvete a ti mismo), así que decidió ver las cosas personalmente y emprendió su viaje a El Arenal.  Ya a solas con Catalina, el obispo empezó a conversar tranquilamente con ella, tratando, como dicen en México, de medirle el agua a los camotes.  Después de un buen rato en que el prelado no conseguía colegir nada en concreto, decidió, como el dermatólogo, ir al grano y le pidió que si tenía para él, un mensaje de la voz que escuchaba.  Catalina le pidió que se acercara y al oído le susurró unas palabras.   El Obispo perdió el color y como dice Mejía Godoy:  -Se le fueron los pulsosmmm.

Monseñor emprendió su viaje de regreso a Managua, sin embargo, fue necesario hacer una escala técnica en Masatepe, en donde fue atendido en el hogar de las Hijas de María Auxiliadora, en donde tomó un refrigerio y escuchó de boca de las religiosas una noticia muchos más inquietante.  Aprovechando que una novicia era originaria de El Arenal, las hermanas la enviaron para infiltrarse y mantenerlas informadas de todo lo que ahí ocurría y en el último reporte se observaba que aparentemente había algo entre la muchacha que se hacía llamar Catalina y su primo Juan, que era su guardián.   El prelado de cecereque pasó a zurumbo y sólo alcanzó a exclamar: -Vae bovis, que es como Recórcholis en latín.  Inmediatamente su mente se puso imaginar los más intrincados sucesos por venir y uno de ellos desembocaba en una muchacha que todo el país conocía como la Virgen de El Arenal, embarazada sin estar desposada con nadie.  Las consecuencias, ni siquiera la fértil imaginación de Don Brown podría visualizar.

Ya en Managua, lo primero que hizo Monseñor González y Robleto fue solicitar una reunión urgente con Monseñor Lezcano y Ortega y el recién nombrado nuncio apostólico para Nicaragua y Honduras, Monseñor Liberato Tosti.  Ante las dos máximas autoridades eclesiásticas en el país, Monseñor González y Robleto detalló el resultado de su visita y los tres llegaron a la conclusión de que era menester detener de manera definitiva lo que ocurría en El Arenal, sin embargo, la Santa Iglesia Católica no debía aparecer involucrada en ninguna acción al respecto.  Necesitaban la mano de un gato, para sacar las castañas del fuego y como por inspiración del Espíritu Santo surgió al unísono un nombre:  Anastasio Somoza García.

Continuará

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La Virgen de El Arenal. Parte I

El ensueño frente a una laguna y un volcán.

He venido a estar triste, me aflijo.
Ya no estás aquí, ya no,
En la región donde de algún modo se existe,
Nos dejaste sin provisión en la tierra,
Por esto, a mí mismo me desgarro.

Nezahualcoyotl.

El águila extendió ligeramente sus alas para dejarse llevar por la corriente de aire que a gran altura le permitió planear suavemente sobre el territorio.  Con su aguda visión observó el espectáculo de singular belleza que ofrecía el límpido paisaje que se tendía abajo.  Era una cristalina laguna que daba la apariencia de una enorme lágrima y en su lado poniente un desafiante volcán.

El imponente ave inclinó sus alas para empezar a describir círculos alrededor de aquel paraje para que el contingente de peregrinos que desde abajo observaba su vuelo, atendiera aquella señal, de tal forma que cuando el cacique de la tribu levantó sus ojos y miró su trayectoria, se dirigió a su gente y exclamó: -Hemos llegado.    Eran dirianes, una rama de los chorotegas provenientes del norte y que junto con los nagrandanos poblaron el Pacífico de lo que se convertiría en Nicaragua.

A pesar de que el nombre de dirianes quiere decir “hombres de las montañas” en ese caso no pudieron resistir el encanto de la laguna y poblaron sus alrededores, formando lo que sería Nindirí al norte, Masaya al oriente y lo que sería la cuna de Masatepe en el sur.   De esta forma tendrían una fuente inagotable de agua y aunque los bordes de la laguna eran altos farallones, los pobladores tuvieron la paciencia de labrar en plena roca los peldaños que se convertirían en los “bajaderos” por donde se desplazarían hacia el cuerpo de agua.

Así fue que se pobló una de las regiones más enigmáticas del país, pues se formó un enclave en torno a la extraña conjunción de dos elementos singulares, una laguna cratérica y un volcán activo.  Esta laguna hace cientos de años tenía la forma regular de este tipo de accidentes que es la circular, sin embargo, uno de los derrames de lava de parte del volcán, coladas como les llama, fue tan fuerte que la redujo significativamente, dejándole la forma de media luna que ahora tiene.   Para nuestros ancestros, los accidentes geográficos y en especial las lagunas y los volcanes han tenido un fuerte impacto en su cultura, provocando además de liturgias religiosas, una serie de mitos y leyendas alrededor de estos lugares.  La región de la laguna de Masaya no fue la excepción y se encuentran en la zona muchas leyendas como la de la princesa Xalí, hija del cacique Tenderí, quien protagonizó una dramática historia en donde perecieron todos sus protagonistas, incluyendo la princesa, quien todavía en las noches de plenilunio, según algunos, puede verse flotar por las mansas aguas de la laguna.  Otra leyenda habla de una princesa, que se vio involucrada en una historia de amor con el hijo de un cacique y el encantamiento de éste a través de una serpiente amarrada al tronco de un árbol y que del llanto del cautivo reptil se formó la laguna.  Otra leyenda habla de una enorme serpiente, a lo mejor la misma de la leyenda anterior, que habita en el fondo de la laguna y que algunos elegidos han tenido la suerte de observar.

El volcán por su parte, también tenía su significado un tanto sagrado para los indígenas, que lo llamaron Popogatepe, que conforme a las raíces náhuatl quiere decir “monte que arde”, igual que el volcán Popocatepetl en México que guarda la misma etimología.   El volcán reflejaba para los ancestros la furia de los dioses y para calmarla, en sus alrededores se realizaban ceremonias que incluían el sacrificio de vírgenes y mancebos que eran arrojados vivos al cráter del volcán.

El Popogatepe también tuvo sus leyendas y la más importante fue la de la mujer que supuestamente habitaba en su cráter y que tenía facultades de pitonisa por lo que los caciques de la región se reunían con ella antes de tomar las decisiones importantes relacionadas con los cultivos, las guerras y demás temas relacionados con sus comunidades.  Se dice que esta pitonisa vaticinó la llegada de los españoles.

Cuando llegaron los españoles indudablemente el volcán de Masaya fue uno de los lugares que más los impresionó, al punto que inmediatamente le llamaron El Infierno de Masaya o bien La Boca del Infierno, por el espectáculo que ofrecía el volcán en plena actividad que iluminaba el cielo por las noches a tal punto que podía leerse una carta con su luminosidad.  El cronista español y Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés narra con lujo de detalles todo lo relativo al volcán en su obra: “Historia General y Natural de Indias” incluyendo los dislates cometidos por algunos de sus conciudadanos, como el Fraile Blas del Castillo que determinó con extrema convicción que la lava hirviendo en el fondo del volcán no era otra cosa que oro líquido, por lo que hizo que mediante poleas lo bajaran lo más profundo posible y de su empresa lo más que se logró fue capturar un poco de lava en una porra, sin embargo, amarga fue su desilusión al descubrir que al tocar el aire exterior, la lava se convirtió en piedra porosa y quemada, por lo que determinó que se trató de una obra de El Maligno.

Es interesante el hecho de que Fernández de Oviedo realiza en su obra una exhaustiva descripción de la mujer que supuestamente habitaba en el cráter del volcán, según lo que le confió el cacique de Nindirí.  El cronista dice que se trataba de una vieja fea, arrugada, que andaba desnuda, con las tetas que le llegaban al ombligo, cabello escaso y alzado hacia arriba, piel más que oscura, ojos hundidos y encendidos.  Manifiesta en su crónica que el cacique le había confiado que la mujer había expresado que los cristianos eran gente mala y que debían echarlos de esas tierras.  Con la anterior calificación de los conquistadores y con la descripción que consignó en su crónica Fernández de Oviedo llegó a la conclusión de que aquel ser no era otra cosa que el mismo Satanás.

Al analizar desapasionadamente la crónica de Fernández de Oviedo, podría colegirse que es muy posible que los indígenas no realizaran descripción alguna de la pitonisa, pues por su carácter estratégico en cuanto a sus consejos, en especial de carácter militar, no era conveniente que se supiera cómo era y más aún dónde habitaba, así que el cráter del volcán bien pudo haber sido un camelo.  Por lo tanto al conocer el cronista de la calificación de los conquistadores de parte de la pitonisa, como gente mala, es posible que lo hubiese motivado para crear una descripción macabra y que desembocara en la conclusión de que se trataba de El Enemigo Malo.

A final de cuentas, los conquistadores lograron dominar y someter a los indígenas, apoderándose de sus tierras e imponiendo su religión a sangre y a fuego.  Como dice una placa conmemorativa a la conquista de Tlatelolco en México: “…no fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo…”  Así pues, los conquistadores, mestizos e indígenas iniciaron un largo proceso en donde se fusionaron creencias y culturas y en donde bajo el sabio adagio: “Las gallinas de arriba siempre cagan a las de abajo” se definió una sociedad clasista, en donde los verdaderos dueños de la tierra pasaron a ser simples vasallos, cuando no esclavos.

A pesar de que en la cima del volcán se impuso una cruz para conjurar al demonio, llamada La Cruz de Bobadilla, en honor al fraile que mandó a colocarla, el volcán a través de sus diferentes cráteres continuó su actividad.  En el año 1670 ocurrió un desbordamiento de lava del cráter Nindirí y cien años después en 1772 ocurrió una erupción a través del cono Masaya, originando un enorme desbordamiento de lava que por el norte cubrió lo que ahora se conoce como Piedra Quemada.  Por el oriente el flujo de lava amenazó en llegar a ciertas zonas pobladas de Masaya que no estaban protegidas por la laguna y en el sur, las tierras sufrieron el embate de la lluvia de rocas volcánicas, cenizas y demás material volcánico que provocaron las erupciones.

En esta ocasión ya no hubieron rituales o ceremonias de desagravio para los dioses, ni sacrificios humanos, sino que salieron procesiones con imágenes de vírgenes y mártires que ya habían sido previamente sacrificados y subidos a los altares, para conjurar aquellos castigos por los pecados cometidos, en especial el de la desobediencia.

A raíz de las erupciones del volcán, la tierra cultivable fue reduciéndose debido a los efectos de las coladas, el material volcánico arrojado o bien los gases emanados del mismo.  La zona sur fue bastante afectada obligando a los pobladores a realizar grandes esfuerzos por arrancarle a la tierra el sustento, además de luchar contra las pretensiones de los ahora dueños de las tierra de imponer la ganadería en la zona.  La región fue bautizada como El Arenal, debido a las grandes zonas cubiertas de arena, además de rocas volcánicas dispersas por todo el territorio.  Como consecuencia de las erupciones la población fue replegándose hacia las zonas altas del sur, consolidando lo que ahora es Masatepe.  No obstante, el arraigo a su tierra de parte de la población, especialmente indígena era tan grande, que aún con todas las limitaciones regresaron a El Arenal.  Las condiciones económicas para esta población fueron difíciles en extremo, tanto por la estructura de la tenencia de la tierra, como por la baja productividad de los terrenos que apenas producían cultivos para el auto consumo y ciertas materias primas para su comercio fuera de la zona.

En la segunda mitad del siglo XIX se inicia en Nicaragua el cultivo del café y El Arenal se ve rodeado de zonas que se van incorporando a esta actividad, observándose que sólo las partes muy altas colindantes con Masatepe, San Marcos y La Concepción se integran al cultivo del grano de oro, el cual es acaparado por terratenientes de Masatepe, principalmente y a la población sólo le queda la alternativa de participación en las actividades de recolección y escogido del café, iniciando una tradición familiar en la época de noviembre a febrero.    Ya en el siglo XX se observa el intento de introducir en El Arenal el cultivo de la caña de azúcar para suplir a trapiches propiedad de empresarios de Masatepe.

Un fenómeno muy interesante ocurre en el siglo XX, cuando el florecimiento del sistema agroexportador de Nicaragua va abriendo oportunidades para los emprendedores locales y de pronto personas que se iniciaron en condiciones de pobreza lograron en poco tiempo ampliar sus ingresos y empresas y volverse acaudalados terratenientes.  Surgió entonces la leyenda de que el Volcán Masaya, en su carácter de Puerta del Infierno era el sitio en donde personas inescrupulosas llegaban para hacer un pacto con el diablo, mediante la entrega de sus almas a cambio de un gran capital.  Se empieza entonces a nombrar a personas de los alrededores, principalmente de La Concepción, San Marcos y Masatepe de quienes se decía que habían realizado el pacto con el Contrario y esa era la única explicación de sus fortunas.  Se tejieron toda suerte de cuentos que incluía la facultad de convertir a personas en animales o de entregar la vida de miembros de su familia en honor al pacto.

En 1936, con motivo de las elecciones para la Presidencia de la República a realizarse a finales de dicho año, Anastasio Somoza García a pesar de que su candidatura era constitucional, realizó toda una serie de manejos a fin imponer su voluntad de ser Presidente, entre ellos, cambios en la estructura geopolítica nacional.  De esta forma, la zona conocida como El Arenal se subdividió en cinco comarcas:  El Arenal, El Guarumo, Las Sabanitas, El Pochote y Cruz de Mayo.

Para mediados del siglo XX El Arenal era una zona tranquila, desapercibida prácticamente para el resto del país, sin embargo, un suceso vino a conmover la vida nacional y ocurrió precisamente en esa región y se conoció como el caso de La Virgen de El Arenal, cuya historia perdida casi entre los solitarios parajes de esa zona, trataremos de recrear para nuestros lectores.

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