Archivo mensual: septiembre 2009

Por aquel palpitar

Sandro

Cuando iba a inscribir a mi hijo Orlando en el Registro Civil de las Personas en la Alcaldía de Managua, un individuo que iba delante de mí en la fila, al tocarle su turno el registrador le preguntó el nombre de la persona a quien iba a inscribir, a lo que respondió de una forma muy ufana: -Santa Cecilia.  El encargado del Registro puso una cara de Hombre del Sanedrín, casi se rasga las vestiduras y se negó rotundamente a inscribir a la criatura con ese nombre.  El sorprendido padre de la niña insistía en que él deseaba ponerle ese nombre y era su derecho y el registrador terco continuaba negándose.  Yo metí mi cuchara y le expliqué al burócrata que el nombre Santa existía como tal, el registrador seguía montado en su macho y en que se trataba de un nombre comercial y no hubo manera de convencerlo, así que al final el pobre ciudadano tuvo que aceptar inscribir a su hija como Ana Cecilia, que es un bonito nombre por cierto, pero salió con una tremenda desilusión.  Al salir pensé para mis adentros lo absurdo del caso, pues si puede alguien llamarse Santiago o apellidarse Santana, cómo no era posible que la niña se llamara Santa Cecilia, pero en fin, así eran las cosas y eso sólo podía pasar en Nicaragua.   Pero me equivocaba rotundamente, pues tiempo atrás, a finales de 1945, en un barrio de Buenos Aires, Argentina, Vicente Sánchez e Irma Ocampo acudieron al Registro Civil a inscribir a su hijo y al ser requeridos por el nombre que le pondrían, el padre muy orgulloso dijo: -Sandro.  El registrador después de poner unos ojos desorbitados exclamó: -Pero ché, ¿estás loco? y se enfrascaron en una discusión y como en todos estos casos, el burócrata que tiene la sartén por el mango se salió con la suya; así que la pareja tuvo que resignarse con inscribir a su hijo con el nombre de Roberto Sánchez, que no tiene nada de malo, pues así se llama el célebre historiador y cronista oriundo de Masatepe, sin embargo, la ilusión de Vicente e Irma se vio temporalmente desvanecida.

Años más tarde, a inicios de los sesenta, Roberto Sánchez, quien después de comenzar a trabajar en diversos oficios desde muy temprana edad para ayudar a sus padres, había incursionado en el mundo de la música rock con relativo suceso, decidió rescatar aquella ilusión de sus padres y adoptó el nombre artístico de Sandro.  En su país, este joven comenzó una trayectoria artística que lo llevó en cierto momento a cambiar el rock, género del cual interpretaba covers de los éxitos en inglés, por la balada romántica que comenzaba a entusiasmar a la juventud de aquel entonces, trabajando en la composición de sus propios temas, cambiando su indumentaria casual de blue jeans y chamarras, por trajes formales y de esta forma nació un nuevo ídolo latinoamericano.

Sería tal vez a inicios de 1968, cuando un grupo de estudiantes del segundo año de Economía de la UNAN nos reuníamos en el Club Estudiantil que quedaba en las inmediaciones de la Lotería Nacional en la vieja Managua.  En ese local había mesas de ping pong, de ajedrez, tableros y en cierto lugar había un radio, que se mantenía a cierto volumen para amenizar el rato de los asistentes.  Una noche que el local estaba bastante concurrido, de repente sin mayor preámbulo se escucho una potente voz que comenzó a cantar:  “Por ese palpitar, que tiene tu mirar, yo puedo presentir que tú debes sufrir, igual que sufro yo, por esta situación que nubla la razón sin permitir pensar…”  De repente, se hizo un gran silencio en el recinto, como si todos quisieran seguir de cerca aquella impresionante voz y la dramática letra de la canción.  Por nuestra condición de universitarios nadie aplaudió al final, pero era evidente que la música de aquel intérprete había calado fuertemente en cada uno de nosotros.  Poco tiempo antes habíamos conocido a Raphael y su marcado histrionismo al cantar, sin embargo, el estilo de este nuevo ídolo argentino sobrepasaba todo lo que se había conocido anteriormente.

Sandro había lanzado anteriormente, con buen éxito también el tema Quiero llenarme de ti que lo dio a conocer en Latinoamérica, sin embargo, Porque yo te amo fue una verdadera revolución en la balada romántica.  De esta forma, este joven cantautor argentino dominó las listas de popularidad en ese último tramo de los años sesenta y aún  durante los setenta.  Las radioemisoras no se daban abasto para las complacencias en donde Sandro de América, que fue el nombre que adoptó posteriormente, interpretaba sus más sonados temas.  En la televisión las estrellas de la fonomímica abandonaron a Raphael para enfocarse en Sandro.

Después de tantos años, muchos todavía recordarán Penumbras, Por tu amor, Tengo, Así, Por algún camino, Rosa Rosa, Una muchacha y una guitarra, Me amas y me dejas, Lluvia de rosas, sin embargo de manera especial, los acavangados de aquella época todavía sentirán escalofríos al escuchar Como lo hice yo, en donde con un intenso sentimiento Sandro exclamaba:  Mas nunca tendrás quien te quiera, te lo juro por esta, como lo hice yo… remarcando el beso que estampaba sobre una cruz hecha con sus dedos, para que se supiera sobre qué se hacía el juramento y no se tomara por otro lado.  O bien, quién no navegó en el océano de la tristeza al escuchar Penas, aquel tema que para lograr un impacto más profundo, iniciaba con un órgano iglesiero que nos ubicaba entre enormes vitrales y la penumbra de las velas y aquella frase digna del más arrabalero tango:  Nadie me daría, dos días de vida, por la forma en que me encuentro hoy.

En los años setenta, a pesar de que Sandro seguiría con su arrolladora fama en Sudamérica, en Nicaragua, la aparición de nuevos ídolos de la balada romántica como Julio Iglesias, Camilo Sesto, Nino Bravo, José Luis Rodríguez, entre otros, diluyeron en gran medida la magia de Sandro.  No obstante, la carrera de este popular cantautor se extendió hasta los años noventa en donde logró grabar más de 35 albumes y 12 películas.  En 1970 tuvo el honor de ser el primer artista latinoamericano en actuar en el Madison Square Garden de Nueva York, alcanzando un lleno completo en sus dos presentaciones lo que representa un total de un cuarto de millón de espectadores.  Otro hito importante es que ese preciso concierto, fue transmitido vía satélite en lo que sería el primero a nivel mundial que se transmitía de esa manera.

En el año 1972 Sandro recibió el premio Grand Ball al cantante del año y recibió las llaves de la ciudad de Miami.  En su país, se convirtió en el primer cantante en actuar en el Luna Park que era un santuario exclusivo para el boxeo y como si eso fuera poco, en Brasil llenó el Estadio Maracaná.

Como dato curioso vale la pena señalar que el cantante venezolano José Luis Rodríguez, debe su sobrenombre “El Puma” a una canción de Sandro.  Resulta que la escritora cubana especialista en telenovelas Delia Fiallo era admiradora de Sandro y le gustó mucho su tema Mi amigo el puma, de tal forma que en una telenovela incluyó a un personaje con ese nombre y el cual fue interpretado por José Luis Rodríguez, quien a partir de ese momento adoptó el sobre nombre de El Puma.  Menos mal que Delia Fiallo no escogió el tema Penas para su telenovela.  Como un agradecimiento a Sandro, al cumplir 40 años de carrera artística, José Luis Rodríguez grabó un disco con temas del gran cantautor argentino.

A finales de los años noventa, Sandro fue diagnosticado con enfisema pulmonar.  Su larga carrera como fumador llegó a minar la salud del artista a tal punto que su capacidad pulmonar ni siquiera alcanza el 10%, por lo que prácticamente debe de estar conectado al oxígeno.  Ya enfermo realizó varias presentaciones en su país, manteniendo a mano el tanque de oxígeno en el pedestal del micrófono.  No obstante, su salud es tan precaria que se encuentra en la lista de espera para un doble transplante, es decir cardiopulmonar, pues además de nuevos pulmones, necesita un nuevo corazón. Lo que hay que reconocer en el cantante es su entereza, pues en todo momento ha declarado que su enfermedad se la debe al vicio de fumar y que definitivamente él se lo buscó.

A pesar de que yo en lo particular prefería los temas de Leonardo Favio, cada vez que se escucho en las radioemisoras ancladas en el recuerdo algún tema de Sandro, es imposible evitar que me lleve a aquellos dorados tiempos cuando creíamos que teníamos la facultad de adivinar el palpitar en los ojos de una muchacha.

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Pancho Maroma

Pancho Maroma

Una mañana de 1969, empezaba yo a entrenar en el equipo de atletismo que manejaba Istvan Hidvegi y quien me había asignado a la disciplina del lanzamiento de martillo.  Estaba yo realizando los primeros ejercicios con el artefacto, como dice Tijerino, en una zona que quedaba detrás de la barda del right field del Estadio Nacional, cuando de repente se apareció un individuo arrastrando dos martillos.  Era mucho mayor respecto al resto de los atletas, pues podría rondar los 34 años; más o menos la edad del Teacher Hidvegi.  Apenas alcanzaba los cinco pies y cinco pulgadas y encima de una estructura musculosa resaltaba una prominente barriga.

Me miró de soslayo, dejó los martillos sobre el círculo de lanzamiento y se dirigió hacia mí, dándome una serie de recomendaciones de cómo agarrar el martillo y cómo realizar el boleo inicial, que entonces era mi única tarea.  Un tanto sorprendido, pues no sabía ni quién era ni qué hacía ahí, procedí a tomar en consideración sus consejos, cuando de repente me solicitó que me ubicara en la zona de seguridad pues empezó a realizar lanzamientos de calentamiento.  Me di cuenta entonces que era lanzador de martillo.

Luego me enteré que se trataba de Francisco Argüello a quien todo el mundo conocía con el sobre nombre de Pancho Maroma.  Nunca se enojaba cuando lo llamaban así, pues desde pequeño cuando se le miraba deambular por todo el sector occidental de Managua realizando toda suerte de oficios, se le conocía con ese remoquete.  Cuando los atletas se burlaban de su barriga, él simplemente les decía: -¿Y cuándo has visto a un carretonero con barriga?

Pancho era mecánico de profesión, trabajaba en ese entonces en el Plantel de Carreteras y era uno de los atletas con más tiempo entrenando con Hidvegi.   Dicen que un día mientras Hidvegi, en sus inicios como entrenador de atletismo en el Estadio Nacional, contaba con un reducido número de atletas, él mismo lanzaba el martillo y a Pancho, quien trabajaba frente al Estadio, se le ocurrió ir a curiosear y al ver a Hidvegi con el martillo exclamó:  -Uh, yo lo haría mejor.  El Teacher un tanto molesto, le tomó la palabra y le dio el martillo diciendo:  -A ver, prueba.  Pancho tomó el martillo e imitando los lances que había visto realizar a Hidvegi realizó un corto lanzamiento.  Intentó de nuevo y el lanzamiento resultó un poco mejor.  Comenzaron a conversar y al rato el Teacher lo estaba invitando a que practicara con él.  Así comenzó Pancho Maroma su carrera como atleta.

El lanzamiento de martillo es una de las disciplinas del atletismo más complejas por la técnica que demanda su práctica.  El martillo, con un peso de 16 libras, se lanza a través de un boleo o “volteo” inicial que da paso a giros sobre el cuerpo del lanzador que se apoya sobre sus dos pies pero que al girar lo hace sobre el pie izquierdo ya sea con punta y talón o sobre el canto del pie y con cada giro, el mantenimiento del equilibrio y la altura adecuada del artefacto, se consigue una aceleración que permitirá que el martillo alcance su mayor velocidad al momento de soltarlo y consiga la mayor distancia.  La velocidad máxima se alcanza mediante la aceleración que se produce después de tres o cuatro giros, dependiendo de la estructura y técnica de cada lanzador.

De todos los martillistas nicaragüenses que conocí, el único que logró dominar los cuatros giros en el lanzamiento fue Pancho Maroma.  Su tamaño, su constitución y el tamaño de sus pies le permitían alcanzar la velocidad máxima al final del cuarto giro, describiendo en el círculo de lanzamiento una perfecta trayectoria y un desplazamiento que parecía más bien un lance de ballet.  Para el resto de los martillistas ejecutar los cuatro giros era un martirio, pues cuando para ejercitar el equilibrio el Teacher nos ponía a intentarlo, todos fracasábamos y la mayoría de las veces caíamos al suelo.

Pancho nunca logró superar las marcas de Gustavo Morales quien era más alto que él y más fuerte y que con sólo tres giros se situaba siempre por encima de las marcas de Maroma, quien nunca se desanimaba y continuaba entrenando con tesón.  Pancho alcanzó a ganar varias medallas en diversas competencias regionales y en ciertos momentos se ponía al tú por tú con los mexicanos y en el resto de Centroamérica no había quien lo superara.  Participó tantas veces en los eventos que organizaba el entonces Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, que cuando en los viajes por tierra al país azteca llegaba a Tapachula, empezaba a tutear a todo mundo y hablar como mexicano y ya en la ciudad capital no había quien conociera la inmensa urbe como él.

No obstante, los méritos más grandes de Pancho no eran tanto en el atletismo, sino en su tremendo espíritu de solidaridad, pues era una persona noble de corazón.  A pesar de que muchos resentían el hecho de que quería estar metido en todo, lo cierto es que lo hacía con el afán de ayudar a quien lo necesitara.  En cierta ocasión, el renombrado locutor deportivo Enrique “Papi” Boñaos se aventuró a viajar por tierra a un evento deportivo en México en una camioneta Volkswagen Brasilia y le pidió a Pancho que fuera su copiloto y mecánico de cabecera y así entre reparación y reparación llegaron a la capital mexicana.  Recuerdo que mi padre me compró una pick up doble cabina Volkswagen, que más bien era medio microbús y media camioneta y cada vez que se descomponía, Pancho se ofrecía a repararla, pues decía que él podía armar un Volkswagen con los ojos cerrados.

A insistencia del Teacher Hidvegi, Pancho terminó su bachillerato en la escuela nocturna y se propuso iniciar una carrera universitaria, sin embargo, cuando trató de formalizar su inscripción en la Universidad Centroamericana, siendo el período previo a la insurrección, alguien lo identificó como asistente de Guillermo “El Chato” Lang, ex Ministro del Distrito Nacional y muy allegado al régimen somocista, por lo que fue calificado inmediatamente como “oreja”.  En realidad Pancho había realizado trabajos eventuales con Lang, quien estaba ligado de alguna manera a la Caribe Motors que distribuía la marca Volkswagen, sin embargo, de eso a trabajar como “oreja” eran otros cien pesos.  Como en esos tiempos, bastaba el peso de la lengua de alguien para iniciar un juicio sumario, en un instante Pancho estaba rodeado por una turba de estudiantes que amenazaron con llevarlo a la UNAN para ajusticiarlo.  Afortunadamente, alguien del CEUCA lo conocía del atletismo y mi hermano, a quien meses antes Pancho había auxiliado cuando tuvo un problema hepático, lograron persuadir a los cabecillas para que lo soltaran.  Pancho se encaminó hacia la salida sureste de la UCA y casi al final del camino dos miembros de una célula del FSLN que comandaba una novicia y que eran más radicales quisieron apresarlo, sin embargo, Pancho los dominó fácilmente y salió sin problemas rumbo al Reparto Guadalupe.

Después de ese evento, Pancho se ocultó de la luz pública y a la primera oportunidad salió con su familia rumbo a Honduras en donde residió algunos años.  A mediados de los años ochenta, mientras reparaba un vehículo, la gata que lo sostenía cedió al peso cayendo y matando instantáneamente a Pancho.

Nunca he entendido las reglas y criterios para el ingreso al Salón de la Fama del Deporte de Nicaragua, pues como he dicho, es como un manicomio, ni son todos los que están, ni están todos los que son; sin embargo yo me atrevería a proponer a Francisco Argüello, para que sea parte de dicho Salón, pues no es posible recordar la época dorada del atletismo en Nicaragua sin la figura de Pacho Maroma.

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El infiltrado

Taquiza Mexicana-Flickr CC

La gastronomía nicaragüense es rica y variada y refleja en cada uno de sus platillos una clara fusión entre las cocinas indígena, española y africana, en las más diversas proporciones.  A través del tiempo se ha ido conformando un extenso catálogo con la comida más representativa del país para cada una de sus regiones y son varios los estudios que se han realizado al respecto.

De esta forma, existe una plena conciencia de parte del nicaragüense de su gastronomía y cuáles son los platillos que mejor la representan:  nacatamal, vaho, vigorón, masa de cazuela, ajiaco, chanfaina, indio viejo, picadillo, carne enchorizada, guiso de papa, pipián, chilote o chayote, sopa de mondongo, pinol de iguana o de venado, rondó, chancho con yuca, gallo pinto, enchiladas, repochetas, pescozones, salpicón, arroz aguado, tamal pisque, entre otros.

Así mismo, el nica está abierto a la cocina internacional y a la par de la comida autóctona y tradicional se saborea la pizza, la hamburguesa, la extensa variedad de la comida mexicana, las pupusas, el churrasco, el sushi, el chop suey, la paella.  Lo importante en este caso, es saber diferenciar esta comida de lo que representa la cocina autóctona y establecer las debidas diferencias; pues si bien es cierto el churrasco nicaragüense es muy apreciado internacionalmente, aunque preparado muchas veces con carne importada, hay que tener en mente su origen argentino.  De la misma forma, en muchos hogares se saborea el arroz a la valenciana sin olvidar su origen español.

Me ha extrañado enormemente observar que en los últimos años se ha venido etiquetando como comida nicaragüense a un plato conocido como “caballo bayo”, es más, para algunos es considerado como comida típica o peor aún, otros lo catalogan como verdadero exponente de la cocina autóctona nicaragüense.

El plato en cuestión no es precisamente un plato, sino varios que se ofrecen conjuntamente a manera de buffet y que generalmente son tres o cuatro servidos con tortillas acompañadas de chicharrón molido, salsas, pico de gallo, morongas, crema, queso rallado.  Estos platos principales pueden ser carne de res, de cerdo o pollo, desmenuzados, adobados o en cualquier otra salsa, así como frijoles molidos.

Yo estuve ausente de Nicaragua de 1979 a 1994 y fue a mi regreso cuando conocí el caballo bayo.  Antes de 1979 yo nunca lo había visto en Nicaragua, ni siquiera había escuchado la mínima referencia al respecto.  Tal vez podrían decir que el Alzheimer me está atacando y no lo recuerde o bien que me bajaron del cerro y no tuve la oportunidad de conocer ese plato. Así que para disipar las dudas al respecto, fui a consultar un libro que se ha convertido en todo un referente de la cocina nicaragüense y es “Cincuenta años en la cocina” escrito por Doña Angélica de Vivas.  Este libro fue por mucho tiempo el regalo de bodas más agradecido, hasta que aparecieron las mesas de regalos.  Pues bien, en la tercera edición de dicho libro en 1981, no aparece absolutamente nada sobre el caballo bayo.  Para no guardar ninguna duda consulté también el libro “La comida nicaragüense” escrito por Jaime Wheelock Román en donde realiza un profundo análisis de nuestra gastronomía y tampoco encontré nada.  También revisé el libro “Folklore de Nicaragua” de Enrique Peña Hernández y por ningún lado aparece el tal caballo.  He hablado con amigos coetáneos y ninguno recuerda en aquellos tiempones, como dice Pío, haber probado el tal equino.

Lo anterior, me hace sospechar que el caballo bayo apareció en nuestro país en los años ochenta y lo más probable es que haya sido importado de México por alguno de los muchos paisanos que vivieron en ese país en los años setenta.  De esta forma, el caballo bayo no es más que una derivación de la “taquiza” mexicana, que es una comida a base de tacos y que constituye uno de los antojos más populares de la región central de ese país y en especial de la Ciudad de México.

Cuando se organiza una fiesta o reunión informal en donde no se desea ponerle mucho énfasis a la solemnidad de la comida, se prepara una “taquiza”, en donde se sirven varios “guisados” como se les llama allá a los diferentes platillos y que comprenden carnes de res, cerdo o pollo preparados de las más variadas formas, así como papas, nopales, rajas de chile poblano, chicharrón, frijoles molidos, morongas, arroz, quesos, etc.  Se utilizan además varios tipos de salsas y el elemento básico que son las tortillas en proporción a los asistentes.  Así los invitados se preparan los tacos que más le apetezcan con los guisados que se sirven.  Cuando empezó a popularizarse el servicio de “catering” la taquiza fue una buena opción que se manejó como una oferta rica en variedad y a precios económicos.

El caballo bayo recoge pues, la esencia de la taquiza y pasa a Nicaragua con algunos ajustes para su “platanización”.  Las carnes son cocinadas al estilo nica, eliminando los excesos de picante típicos de los guisados mexicanos.  La cantidad de tortillas es menor, pues en realidad no se preparan tacos, sino que la tortilla se emplea como una simple acompañante de los platillos, pues es muy difícil introducir la costumbre de “taquear”.  Mientras que en la taquiza las tortillas deben de ser recién hechas para que el taco pueda prepararse de manera eficiente, en el caballo bayo la calidad de las tortillas no parece importar y se recurre con frecuencia a las ofrecidas en los supermercados en bolsas plásticas que generalmente llegan al usuario quebradizas y sin su sabor original.  Otro elemento que se le agregó al caballo bayo fueron los calentadores para los platillos que a alguien se le ocurrió hacerlos de barro y con figuras supuestamente precolombinas para darle un poco de originalidad.

Otra característica básica del caballo bayo es que se trata de un plato casi exclusivamente de catering.  No podrá encontrarse en ningún restaurante típico ni mucho menos en ningún mercado del país.

El plato debe su nombre, según colijo yo, a un renombrado restaurante típico de la Ciudad de México.  El Mesón del Caballo Bayo es un lugar que nació hace cerca de 60 años en la zona de Tecamachalco, cerca del Hipódromo de Las Américas y estaba dedicado a los jinetes que circulaban por esa zona, ofreciéndoles comida típica, incluyendo una extensa variedad de tacos, tequila y música ranchera.

Por lo reciente de la introducción de este plato en el país, no es remoto que el responsable sea un destacado empresario o un prominente político y debe reírse cada vez que escucha que el caballo bayo es un plato nicaragüense.

Lo cierto es que en la actualidad son muchas fiestas, cumpleaños, promociones y demás eventos sociales menores en los que destaca este plato advenedizo.  A mí en lo particular, el caballo bayo no es jocote que me dé dentera, especialmente después de haber probado los tacos de El Borrego Viudo en la Ciudad de México.

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