Archivo mensual: julio 2009

El chile del buen samaritano

Chile congo y roble.  Foto: Orlando Ortega Reyes

Para inicios de los años sesenta la población de Managua iba desplazándose fuera del centro de la ciudad al empezar a descubrir el encanto de los suburbios y de esa forma empezaron a surgir repartos ubicados fuera del entonces perímetro de la capital, como el caso de Altamira y Los Robles al sureste.  En el oeste de la ciudad, en donde finalizaba el antiguo barrio de Monseñor Lezcano, la inmobiliaria de Julio Lalinde empezó a urbanizar unos terrenos que bautizó con el nombre de Loma Verde, tal vez porque al extremo occidental de los mismos había un montículo que alguna vez tuvo un verdor que resaltaba.

Algunas familias empezaron a adquirir terrenos en Loma Verde y a construir sus casas.  En aquellos tiempos La Financiera y La Inmobiliaria otorgaban créditos en condiciones favorables y poco a poco el nuevo reparto se fue poblando.  Entre esas familias estaba la del Dr. Julio Miranda Cortés, abogado de la inmobiliaria de Julio Lalinde.  En 1963 construyó su casa en el extremo oriental del reparto, colindando con Monseñor Lezcano y a la orilla de una avenida que formaba el cauce que bajaba del kilómetro cinco de la carretera sur y llegaba hasta el Lago Xolotlán a la orilla de Acahualinca.

Con el ánimo de que su nuevo hogar luciera acogedor, el Dr. Miranda sembró cuatro árboles al frente de su casa.  En la acera plantó tres robles y frente al porche, una casuarina, árbol que muchos tienden a confundir con una especie de pino, sin embargo se trata de una latifoliada y no una conífera.

El tiempo fue pasando y los árboles empezaron a crecer y a ser testigos de cómo poco a poco, la tranquila zona de Loma Verde fue adquiriendo un dinamismo inusitado.  Con la creación de Linda Vista unos metros más al norte, el movimiento se incrementó y años más tarde, Las Brisas vino a cubrir el occidente hasta la refinería.  La avenida natural fue convertida en la 35 Avenida Oeste, misma que fue adoquinada y conectó desde el kilómetro 5 de la carretera sur hasta la calle que venía de la prolongación de El Triunfo al extremo de la colonia Morazán.

Después del terremoto de 1972, la presión del comercio sobre las zonas residenciales se incrementó y se perdió para siempre la tranquilidad que se vivía en esas zonas.  Linda Vista se convirtió en un eje comercial en el occidente de la capital y la 35 avenida en uno de los principales corredores de Managua.

Los tres robles continuaban creciendo y ocupaban todo el frente de la acera de la casa del Dr. Miranda, ofreciendo su fresca sombra cuando el sol de la tarde proyectaba sus rayos de manera inclemente y en verano adornando la calle con sus abundantes flores.  La casuarina por su parte, poco a poco fue pudriéndose por dentro y en un momento debió cortarse.

En 1992 el Dr. Miranda se rindió ante la muerte.  Sus tres robles lo vieron salir hacia su última morada.  Parecía mentira que partiera tan pronto ese hombre tan fuerte como sus robles, luchador incansable por el deporte amateur, verdadero fundador del Comité Olímpico Nicaragüense, prisionero del régimen después del asesinato de Somoza García, apasionado de la sociología y de quien se dijo fue quien le enseñó los fundamentos del socialismo al propio Carlos Fonseca Amador.

Actualmente los tres robles continúan flanqueando la casa y siguen desafiando a las caudalosas corrientes que bajan del sur cuando llueve torrencialmente y a las frecuentes podas que realiza Unión Fenosa para resguardar la seguridad de la conducción eléctrica.  Otro embate que tienen que resistir, es la impresionante cantidad de basura que tiran en sus costados cuanto borracho y marrano se le ocurre pasar a su lado, desde botellas de cerveza hasta desechos de comida y platos plásticos, por no mencionar otras inmundicias.

Hace algunos meses, observé que a un lado del roble que está en el extremo sur, estaba creciendo una mata de chile congo.  Esta variedad de chile, cuyo nombre científico es Cápsicum Annuum, es uno de los condimentos más utilizados en la cocina nicaragüense.  En México, esta variedad es conocida como chile “piquín” y se consume deshidratado, sin embargo en Nicaragua se utiliza crudo, ya sea verde o maduro.

Lo más probable es que alguno de esos transeúntes haya lanzado algunos desechos de comida a la par del roble y entre ellos se encontrara un chile congo y de alguna forma se enterró y germinó.  La mata en cuestión creció y de repente apareció cargada de chiles.

A partir de entonces, me he dedicado a observar una extraña peregrinación alrededor del roble que alberga y protege a la mata de chiles congos.  De repente, un transeúnte se detiene y un tanto furtivamente se agacha y agarra unos cuantos chiles y con un gesto de agradecimiento vuelve a ver hacia la casa y sigue su camino.  Esta rudimentaria ceremonia se repite varias veces al día y provoca a la imaginación, pensando que la señora que con dificultad se inclina para tomar los chiles que pone en su delantal, luego los empleará para darle sabor a una suculenta sopa de gallina, o bien, el barbero del sector que haciendo un rápido giro, como a la navaja, corta sus chiles para una ensalada callejera que pondrá sobre sus tajadas fritas, o la emperifollada señora que viene del supermercado con su libra y media de costilla de res y se lleva sus cinco chiles para que amarre su sopaza, o la atolondrada fámula que se lleva una media docena para rellenar el chilero de su patrona, la elegante secretaria que se saborea un rico vigorón con su ensaladita picante, el maestro que casi entona el himno al árbol antes de cortar sus chiles para acompañar su carne asada, o el pobre orate, seminterno del hospital del kilómetro cinco que cantando La consigna corta seis chiles que le darán sabor a dos tortillas tiesas que le regalaron, un trasnochado mariachi con una mano sostiene su guitarra y con la otra corta dos chiles para sus huevos fritos y una sexoservidora que pretende pasar de incógnita, toma su dotación para una deliciosa repocheta.  Hasta uno que otro niño, con mucho respeto toma unos cuantos chiles, tal vez por encargo de sus padres o bien para jugarle una broma a un familiar.

Así la mata de chile congo, al amparo del roble, se muestra generosa con cuanto prójimo se le acerca, sin hacer distingos de edad, sexo, credo, filiación política, ocupación, preferencias sexuales y demás.  Nadie necesita pedir permiso, sin embargo, su tamaño obliga a agacharse a quien se acerca a tomar uno o varios chiles, provocando una reverencia, tal vez a manera de agradecimiento.

Es todo un espectáculo mirar a toda esa gente y sólo me intriga saber si el gran José Martí cuando escribió el poema “Cultivo una rosa blanca”, se hubiera decidido mejor por un delicioso chile congo, que tal vez no perfumará como la rosa, pero sí le da sabor a la vida.

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Parte IV. Epílogo

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El extraño caso de la Quinta Angélica es representativo de lo que significa el misterio para el nicaragüense y las diferentes formas en que lo puede manejar.  Desde la más primitiva superstición hasta el más frío escepticismo.

De esta manera, muchos seguirán pensando que la casa estuvo siempre embrujada y cada quien manejará a su gusto y antojo los motivos más espeluznantes: la niña ahogada en una pila, el Enemigo Malo rondando sus alrededores, sin olvidar a los más morbosos que preferirán lo del asesinato colectivo y el posterior suicidio.

Para quienes miran las cosas desapasionadamente los eventos reportados en la zona, así como los testimonios directos de las personas que realmente habitaron la Quinta por varios años, podrán concluir que no existieron eventos paranormales, a lo más, se podría afirmar que en esa zona suceden cosas extrañas.

Se dirá que es posible que mi padre no hubiera visto un cable suelto que azotó su carro como un látigo y le arrancó el emblema del siux, no es remoto que al Embajador Pons lo hayan tratado de asaltar, también es factible que los que fallecieron en ese lugar en realidad hubieran padecido del corazón sin saberlo; a lo mejor al Padre Pío le metieron un enorme susto como una broma de mal gusto y no sería raro que algunos agentes del imperialismo rociaran con un gas nervioso a los militares de la estación.

No obstante, si un Ufólogo estudia los eventos registrados en esa zona, no dudará en declarar que todo ha sido efecto de los Ovnis que transitan por ahí y que para los extraterrestres ese lugar tiene condiciones especiales que los hace merodear frecuentemente.

Lo cierto es que al pasar ahora por el kilómetro 20.3 de la carretera Panamericana Sur sólo se puede apreciar un elevado matorral que cubre las ruinas de lo que un día fue una linda casa de campo.  Las ilusiones que un día tuvieron la familia Caligaris al cuidar todos los detalles de la construcción neocolonial de su casa de campo y los sueños de la familia Aguilar al bautizar la tranquila quinta con el nombre de Angélica, han quedado sepultados en esas ruinas, producto del más cruel vandalismo.  Sólo en la mente de los sobrevivientes de esas familias se mantendrán los bellos recuerdos de los frescos fines de semana en donde una humeante taza de café acompañaba a las reuniones familiares  observando una densa niebla asomarse en las ventanas de la casa.

El resto de la gente, escuchará de boca de los que han escuchado a su vez los mitos y leyendas de esa zona o bien podrán apreciar algunas referencias en videos que flotan en el ciberespacio.

Se dice que la primera esposa del Dr. Julio Ricardo Aguilar, la Profesora Leonor Guerrero, está realizando gestiones ante la Procuraduría de la Propiedad con el fin de que le regresen la quinta.  No obstante, estos trámites son largos y tediosos y lo que un día se piñateó en un santiamén, para regresar la propiedad a sus legítimos dueños se lleva años de constantes gestiones y pleitos.  A lo mejor algún día la regresan y ahí puede construirse un lugar turístico en donde se ofrezcan paquetes de un fin de semana de terror.

Mientras tanto, si usted pasa muy noche por ese lugar, por aquello de las cochinas dudas, sería bueno que repitiera en voz alta la Letanía Bene Gessert contra el Miedo, que incluyera el gran escritor Frank Herbert en su obra maestra Dunas: “No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.”

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Parte III. Una quinta llamada Angélica

Quinta Angélica El Crucero Nicaragua

En 1965 el Dr. Julio Ricardo Aguilar Montalbán era Oficial Mayor del Ministerio de Economía, siendo Ministro el Lic. Ernesto Navarro Richardson.  El Dr, Aguilar era un joven abogado, hijo de Don Antonio Aguilar y de Doña Angélica Montalbán, que fue superando en su profesión a punta de trabajo.  Había iniciado siendo profesor del Instituto Ramírez Goyena y luego fue ocupando cargos en la administración pública hasta llegar a ser funcionario de primer nivel

Era casado con la Profesora Leonor Guerrero con quien procreó cinco hijos.  En esos años vivía en el Reparto Loma Verde de Managua, en lo que hoy son las inmediaciones de la Firestone Linda Vista.

De alguna forma, el Dr. Aguilar se enteró del interés de la familia Caligaris de vender la casa que tenían en la Carretera Panamericana Sur y el abogado negoció con ellos la compra venta, de tal manera que en 1965 la ya famosa casa pasó a ser propiedad de la familia Aguilar, quien al tener planeado ocuparla para pasar ahí los fines de semana, inició su remodelación.  Los viajeros que ocasionalmente transitábamos por esa carretera fuimos observando cómo la casa que estaba en total abandono, poco a poco fue transformándose hasta recobrar su elegancia y al final lució por primera vez un nombre: “Quinta Angélica”, llamada así en honor a la madre del Dr. Aguilar, la Sra. Angélica Montalbán de Aguilar, además que una de las hijas del abogado lleva también el misma nombre.

A partir de entonces, la casa ya remozada empezó a lucir con movimiento, ya se observaba iluminación en la propiedad y la presencia de los cuidadores le daban una apariencia completamente diferente, cobrando una mayor vida en los fines de semana que la familia Aguilar llegaba a disfrutar del envidiable clima del lugar.

A pesar de la nueva imagen de la otrora tenebrosa casa, los viajeros que pasaban a su lado nunca olvidaron la fama a la que se había hecho acreedor el inmueble y quedó marcada como la casa embrujada, a pesar de que al estar restringido el paso a su interior, no habían más relatos de experiencias de terceros respecto a situaciones paranormales.  No obstante, los eventos extraños en la zona no desaparecieron del todo.

Al contrario de la obertura de Franz von Suppé, Poeta y campesino, el Presbítero Pío Manuel González y Mendoza era poeta y millonario.  Sus tías y protectoras, las Señoritas Mendoza, propietarias de casi la totalidad de los terrenos de Bolonia, lo declararon heredero de sus bienes y de esta manera, el padre Pío llegó a poseer una interesante fortuna en metálico y en terrenos.  Vivía en el Barrio Santo Domingo, cerca del Fénix, un cine quinta categoría del cual también era dueño.  El padre Pío, era amante del savoir vivre, sus sotanas eran de casimir inglés, confeccionadas en Savile Row, en el mismo centro de Londres y había realizado viajes a los lugares más exóticos del mundo, superando tal vez a Marco Polo.  A mediados de los años sesenta, decidió tener una casa para pasar los fines de semana en la mayor tranquilidad y con un buen clima, así que no le costó mucho mandar a construir un lugarcito en una propiedad que tenía en El Crucero.  Para salirse del uso corriente de la época, bautizó a la casa no como quinta, sino como Villa Mendoza, en honor a sus tías que le habían heredado su fortuna.  Así que muchas veces al pasar por El Crucero, casi enfrente de la iglesia del lugar, se miraba el imponente Buick Electra del Padre Pío.

El Padre Pío había sido cura párroco de San Marcos y Diriamba, en donde había gozado de mucho aprecio, en especial en esta última en donde había contribuido a la construcción de la Basílica de San Sebastián.  Mientras estuvo en el pueblo llegó a cultivar una buena amistad con mis abuelos, misma que mantuvo hasta la muerte de estos, dedicándoles en esos momentos, sendos poemas, muy buenos por cierto, lamentando su partida.  Cuando la vejez comenzó a mostrarle sus achaques, buscó a mi padre para que lo tratara y se convirtió en un asiduo visitante de nuestra casa.  En cierta ocasión, a finales de los sesenta, el Padre Pío estaba en San Marcos en consulta con mi padre y afuera esperaba su conductor y guardaespaldas.  Era un tipo muy canoso para su edad que tenía la pinta de un agente de la KGB, portaba siempre una pistola automática y se mantenía en actitud de alerta. Lo saludé y empezamos a conversar, pues era un tipo que sabía mucho de automóviles.  En la conversación me mostró su preocupación por lo que había sucedido una semana atrás.  Estaba en Villa Mendoza con el padre y parte de su troupe, cuando llegó al portón de la entrada una señora a golpear insistentemente.  Al llegar a averiguar qué se le ofrecía, la señora preguntó por el padre, pues necesitaba que le diera la extremaunción a un moribundo, pues el cura que eventualmente oficiaba en la iglesia de El Crucero, no se encontraba.  Le pasó el mensaje al Padre Pío y éste, a pesar del frió y de la niebla no pudo rehusarse.  Tomó un bolsito y le solicitó al conductor que lo llevara a donde indicara la señora.  El Buick Electra enrumbó hacia Managua y luego de pasar la entrada hacia El Boquete, después de la curva que tuerce hacia la izquierda, en la banda oeste de la carretera se detuvieron.  El padre descendió con la señora y entraron a una casa casi en ruinas. Estaba muy oscuro y el conductor los acompañó hasta cierta distancia, donde entre las penumbras se miraba a un individuo acostado en un petate.  Para no interferir con el ritual, el conductor se quedó a cierta distancia mientras el Padre realizaba su oficio que culminó cuando le dio los últimos sacramentos.  Por suerte todavía le quedaban en la bolsita. Luego después que la señora le agradeció al Padre, partieron de regreso a El Crucero.

La semana siguiente, el Padre Pío consiguió en Managua un paquete de víveres de aquellos que daba Cáritas y se los iba a llevar a la señora en cuestión, sin embargo, cuando buscaron en la casa donde creyeron que estuvieron, no había absolutamente nadie y estaba prácticamente en ruinas.  Se regresaron un poco hacia Managua hasta la Quinta Angélica y el cuidador les comentó que hacía años que no habitaba nadie ahí.  Volvieron a recorrer el trayecto, pues creían que se habían equivocado de dirección pero descubrieron que en esa banda de la carretera no había otra casa hasta llegar a El Encanto, un par de kilómetros adelante.  Así pues aquel grandullón guardaespaldas, que parecía poder derribar de un solo golpe a James Bond o a Jack Bauer, no alcanzaba su paz interior después de aquel extraño episodio.

Para 1972 el Dr. Aguilar se había separado de su esposa y había formado una nueva familia, de tal forma que después del terremoto de diciembre y mientras lograba reubicarse y reponerse del trauma del susto, se trasladó con ellos a la Quinta Angélica en donde pasó un par de años, antes de regresar a la capital.

A finales de 1976 se detectó la roya del café en fincas de Carazo, lo cual motivó al gobierno a tomar medidas para tratar de detener el avance de esta plaga al resto del país.  Dentro de estas medidas estaba la fumigación de automóviles que salían del perímetro establecido.  En determinado tiempo, sería a inicios de 1978, uno de los retenes de fumigación fue colocado exactamente en el kilómetro 22.4 de la carretera sur, casi frente a lo que había sido la casa de la familia Cabrera y ahí se instaló una cuadrilla que invariablemente contaba con la presencia de un miembro de la Guardia Nacional, que Garand en mano obligaba a detenerse a los vehículos que viajaban de sur a norte, para fumigar la parte inferior de los mismos.  Una noche, después que el tráfico por la carretera quedó reducido a cero, la cuadrilla se resignó a simplemente montar guardia por si un viajero desperdigado bajaba a Managua.  De repente, empezó a escucharse un extraño ruido, que comenzó como si el viento aullara, pero el ruido empezó a cambiar de tono, volviéndose luego un crac, crac, grave, seco y fuerte y luego un extremo silencio.  Minutos más tarde, se escuchó como si una multitud estuviera abriéndose paso entre los cafetales.  El guardia montó su Garand y se dirigió hacia donde se escuchaba el ruido y minutos después se escucharon cinco disparos.  Dos miembros de la cuadrilla se adentraron en el cafetal para curiosear, mientras el otro se quedó en el retén.  Tardaron unos cinco minutos tratando de encontrar el origen del ruido pero al no hallar nada regresaron a la carretera en donde el individuo que se había quedado en el retén yacía en el suelo.  Se acercaron y observaron que estaba muerto; tenía los ojos abiertos, desorbitados y una expresión de terror en su rostro.  Uno de sus compañeros corrió hasta El Encanto en donde el cuidador tenía una motocicleta y lo llevó a El Crucero para dar parte al comando de la Guardia Nacional.  Horas después llegó una camioneta que trasladó el cadáver a Managua.  Por la edad que tenía el hombre muerto, 54 años, el dictamen final fue que había fallecido de un infarto al miocardio, nadie le puso cuidado al relato del resto de la cuadrilla.

El Dr. Aguilar siguió trabajando en la administración pública ocupando cargos importantes hasta 1979, cuando llegó a su climax la insurrección popular.  Al ver que los jóvenes guerrilleros empezaron a realizar ejecuciones sumarias, se empezó a preocupar.  La noticia del “ajusticiamiento” del Dr. Rafael Saavedra, Director de Aduanas y su hijo en la Colonia Máximo Jerez, fue la gota que derramó le vaso, por lo que decidió refugiarse fuera de Managua.  Se dirigió a la Quinta Angélica, creyendo que sería su mejor escondite, pero al llegar se dio cuenta que un comando se había apoderado el inmueble.  Aparentemente ahí estaba funcionando una radio clandestina llamada Venceremos o algo así, de tal forma que el Doctor no tuvo más remedio que regresar a Managua y buscar refugio en la embajada de Venezuela en donde logró el asilo para él y su nueva familia.  Al conseguir el salvoconducto correspondiente, el abogado viajó a ese país sudamericano en donde vivió hasta mediados de los años noventa.

Así pues durante los ochenta la Quinta Angélica fue ocupada por miembros del ejército y cuando el deterioro llegó a su límite, la abandonaron y la casa volvió a adquirir el toque macabro de los años cincuenta.

Debo aclarar que llegué a conocer a la familia Aguilar a través de la familia de mi esposa Cecilia, que llegó a Loma Verde casi en el mismo tiempo en que llegaron los Aguilar.  Por otra parte, los hijos mayores del Dr. Aguilar habían estudiado con los dos hermanos de Cecilia desde la primaria en el Instituto Pedagógico y años tarde, los hijos de estos estudiaron en el preescolar de mi suegra.  Cuando estuvimos en México, cada vez que llegaba por allá José Luis, uno de los hijos del Dr. Aguilar, pasaba a visitarnos.

De regreso en Nicaragua, a mediados de los noventa, supimos que el Dr. Aguilar había vuelto sólo a Nicaragua y había alquilado un departamentito situado de la Firestone de Linda Vista, media cuadra al este.  Algunos vecinos le preguntaban sobre lo que se decía de la Quinta Angélica y el siempre respondió que eran puras patrañas, que en esa casa nunca habían habido fantasmas; que habían llegado fuerzas tenebrosas pero que eran de este mundo.

Una tarde a finales de los noventa, serían un poco más de las seis de la tarde, yo acababa de regresar del trabajo cuando escuché un golpe seco que venía de la calle e inmediatamente una serie de chirridos de llantas de automóviles.  Me fui a asomar y a mitad de la 35 avenida, unos pocos metros hacia el sur, estaba una persona en el adoquinado.  Varios vehículos se habían detenido alrededor y los curiosos ya se estaban agolpando.  Me acerqué al lugar de los hechos y una vecina con el terror reflejado en el rostro gritaba: -Es el Doctor Aguilar.  Está muerto.   En efecto, era el Dr. Julio Ricardo Aguilar, que aparentemente se dirigía de su departamento al supermercado en la otra banda y para cruzar la 35 Avenida había seguido la temeraria técnica de la raya amarilla.  Mediante esta técnica, la persona espera a que nadie venga desde la izquierda, se cruza hasta la mitad, en donde está la raya amarilla, ahí espera a que nadie venga desde la derecha y cruza el resto del trayecto.  Sin embargo, estando en la raya amarilla, esperando a que se despejara el tránsito que venía por la derecha, el abogado no advirtió que un bus corría a toda velocidad de norte a sur y casi llegando a donde él esperaba, por alguna razón se abrió un poco hacia su izquierda, lo suficiente para impactar el cuerpo del doctor, que salió disparado hacia el carril contrario por donde circulaba una camioneta pick up de sur a norte que le dio un segundo golpe.  No pudo conocerse si el abogado ya había muerto al recibir el segundo impacto.  Al observar que no había nada que hacer, lo único que se me ocurrió fue mandar a traer una sábana y cubrir el cadáver del doctor, pues no tardarían en aparecer los buitres de la nota roja.  Le solicité a un vecino que vigilara mientras yo me dediqué a localizar telefónicamente a sus hijos para darles la infortunada noticia.

Años más tarde leí un reportaje sobre la Quinta Angélica en donde se afirmaba que la maldición de la casa embrujada había seguido a su propietario y fue quien causó el accidente en el que pereció.  Nada más falso.  Si a alguien habría que culpar de la muerte del Dr. Aguilar es a la Alcaldía de Managua, pues en repetidas ocasiones, desde hace más de quince años, los habitantes del sector le han solicitado que instale reductores de velocidad para frenar a camiones, buses y demás vehículos que toman la 35 Avenida como pista de carreras, sin embargo, más que el bienestar de los ciudadanos, ha tenido más peso la opinión de las empresas petroleras y de autobuses que lloriquean por el daño que sufrirían sus unidades al tener que pasar por los reductores.

Hace un par de semanas me encontré por casualidad con Julio Ricardo Aguilar Guerrero,  hijo mayor del Dr. Aguilar y le pregunté sobre los fantasmas que se decían habitaban en la Quinta Angélica y él fue categórico.  Durante varios años su familia pasó los fines de semana en esa Quinta y en ninguna ocasión, ni de día ni de noche, vieron o escucharon absolutamente nada fuera de lo normal.

El famoso novelista, poeta y dramaturgo austro-checo Franz Werfel dijo en una ocasión: “Para el que cree no es necesario ninguna explicación, para el que no cree, cualquier explicación sobra”. Yo creo lo contrario.

No se pierda nuestro siguiente capítulo “Epílogo”

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Parte II. El miedo no anda en burro

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Para los años cincuenta el movimiento por las Sierras de Managua se intensificó, al ampliarse el tránsito de Carazo y Rivas hacia la capital a través del emergente transporte colectivo.  El Crucero por su parte fue creciendo al concentrarse la población que eventualmente se empleaba en las fincas cafetaleras o en el sector servicios para las casas de campo que se habían multiplicado en esa zona.  Por cierto, en esos tiempos empezó a ponerse de moda llamar a esos inmuebles, “quintas”, vocablo que en un tiempo se aplicaba a las casas de campo cuyo monto de alquiler era equivalente a la quinta parte de los frutos que producía.  En esos años se instaló en ese lugar el Hotel Casa Colorada, que contaba con una estructura de madera de dos plantas y que había sido pintada en un color rojo intenso.  Por otra parte, algunas emisoras de radio escogieron el sector para instalar sus antenas retransmisoras para ampliar su cobertura.

Por alguna razón, la casa de campo que había construido la familia Caligaris dejó de tener el encanto que una vez tuvo para sus dueños y las visitas a la misma fueron menguando hasta quedar casi en el abandono.  La casa de la familia Cabrera corrió la misma suerte, al parecer cuando esta familia adquirió la finca Los Alpes, un tanto más al norte en donde se construyó otra casa de campo.  De esta manera era común observar al transitar por ese tramo de la carretera, especialmente de noche, un par de casas que no mostraban señales de vida y que el descuido en las mismas le daba un aspecto hasta cierto punto tétrico.

Con el drástico cambio que sufrió aquel paraíso terrenal que un día fueron las Sierras de Managua, además del denso transitar de personas por su columna vertebral, de la misma forma que el viento recorría las cuchillas de la sierra, la superstición empezó a campear por la zona.  Tanto los pobladores de El Crucero, como los viajeros que transitaban por ahí, empezaron a dar rienda suelta a su imaginación, apoyados por la densa niebla que se cernía sobre el sector.  Se empezó a comentar que en la casa que pertenecía a la familia Cabrera, habitaban fantasmas que rondaban todos sus alrededores.  Luego, sin causa justificada la creencia de los fantasmas se trasladó a la casa vecina, la de la familia Caligaris.  La profunda oscuridad que se observaba por las noches, al estar deshabitadas, invitaba a los transeúntes a inventar las historias más inverosímiles.

No estaría de más resaltar que el nicaragüense es supersticioso por naturaleza.  Pareciera que estas creencias están sumamente arraigadas en su ser y se manifiesta en la mayoría de los actos de su vida, siendo una herencia que recibió de todos sus ancestros, indígenas, españoles o negros.

Nadie sabe el verdadero origen de la creencia de que en alguna de estas casas ocurrían eventos sobrenaturales y existe una amplia gama de versiones que parecieran arrancadas de una película de terror.  Unas versiones indican que el propietario de una de las casas hizo un pacto con el diablo y éste le dio el dinero para adquirir todas las propiedades que tenía en Las Sierras y que al morir, quién sabe en virtud de que parte de ese pacto, su espíritu quedó visitando esa casa.  Otra versión señala que en la pila de una de las casas, una niña se ahogó por la imprudencia de sus padres y que desde entonces su espíritu rondaba la casa.  Otra versión digna de Dario Argento indicaba que el dueño de una de las casas había asesinado a toda su familia y que luego se suicidó, encontrándose luego a todos ellos en la tina de baño y que los fantasmas de toda la familia eran quienes rondaban la casa.  Unos más modernos, tienen una versión que pareciera haber salido de los expedientes de los agentes Molder y Scully e indican que son alienígenas los que se pasean esa zona.

Los relatos de experiencias paranormales abundan, sin embargo, presentaré aquellos que tienen origen en alguna fuente con cierto grado de credibilidad.

Mientras trabajaba para el Ministerio de Educación, en cierta ocasión, sería a finales de los años noventa, después del trabajo tuve que salir a San Marcos a visitar a una tía enferma.  Al salir me encontré con un conductor que trabajaba en el Ministerio y que vivía en El Crucero y le ofrecí raid.  Conversando en el camino salió a colación el tema de la casa embrujada y él me comentó que su abuelo había trabajado en la construcción de la carretera, por los años cuarenta y contaba que mientras trabajaban en el trecho que iba de la entrada a El Tizate al camino de El Boquete, se había montado un campamento en el kilómetro 21.0.  Una tarde, después de la jornada de trabajo, notaron que un trabajador que era del lado de Nindirí, había desaparecido.  Esperaron toda la noche a que apareciera y no fue sino hasta la mañana siguiente que lo encontraron unos 600 metros al norte.  Estaba muerto y lo extraño es que estaba con los ojos desorbitados y con una expresión de terror.  La empresa contratista era norteamericana y tomó las providencias para deslindar responsabilidades, llevando al lugar de los hechos a un médico que examinó el cadáver sin poder determinar la causa de la muerte, pues no había señales de violencia, ni de picaduras, así que por cumplir tuvo que asentar en su informe que había muerto de un paro cardiaco. Lo anterior, a pesar de que se trataba de un joven de unos 28 años, completamente sano.  Lo que le ocurrió al joven trabajador quedó en la más completo misterio.

En un reportaje de El Nuevo Diario en 2008, Velia Agurcia entrevistó al Dr. Fernando Silva, conocido médico y literato nicaragüenses quien narra episodios que le fueron comentados por conocidos de él.  El primer caso fue el de M. Raymond Pons, quien fuera Embajador de Francia en Nicaragua desde el año 1955.  Según el Dr. Silva, M. Pons le comentó que recién llegado al país, la Embajada le consiguió, mientras le asignaba una residencia en Managua, que la familia Caligaris le alquilara la casa que tenía en El Crucero, amoblándola para este efecto.  Cuando M. Pons llegó a pasar su primera noche a la casa, le pidió a la empleada que se retirase, pues no estaba acostumbrado a dormir con nadie más en su casa.  Una vez que había apagado las luces, M. Pons sintió que le dieron una cachetada, tomó entonces una linterna y su pistola, pero no encontró a nadie, luego sintió que una fuerza casi lo tumbaba de la cama, encendió la linterna y tampoco nada, luego escuchó ruidos como cuando deslizan un  periódico debajo de la puerta, pero tampoco pudo ver a nadie.  M. Pons, que no era supersticioso, creyó de entrada que alguien trataba de robarle y mandó a pedir un taxi para regresar a un hotel en Managua.  Le extrañó que el taxista le preguntara qué le había pasado, pues tenía la cara llena de contil.

Mi padre viajó casi a diario de San Marcos a Managua y viceversa de 1953 a 1969.  En ese período llegó a conocer la carretera sur como la palma de su mano. Sabía de cada una de las particularidades de cada trecho, los baches, las irregularidades de la carretera, el peralte de las curvas y manejaba en ese trayecto con una maestría impresionante, superado tal vez sólo por su primo, Julio Guevara, que era un conductor profesional.  Nunca tuvo ningún incidente en dicha carretera, habiendo manejado incluso con una neblina espesa en el área de El Crucero y sabiendo adecuar la intensidad de las luces de su carro y tomar las referencias particulares del camino para guiarse en esas condiciones.  Una noche de sábado de 1958 regresaba mi padre de su turno en el Hospital Bautista de Managua y aprovechando la quietud de la noche y la potencia de su Pontiac 1953 de seis cilindros en V, subió rápidamente desde Monte Tabor hasta la curva conocida como la vuelta de los yankees, en donde acostumbraba reducir la velocidad por la peligrosidad de ese tramo.  Al pasar las curvas, notó que la neblina estaba densa desde el kilómetro 20, lo que lo obligó a reducir la velocidad aún más.  De pronto, antes de tomar la curva que está en el kilómerto 20.5 escuchó un ruido, como cuando traquea un barco de gran calado, acompañado de unas luces que desde arriba se colaban de la niebla y sintió que algo rozaba al automóvil.  Aumentó la velocidad en la medida en que la niebla se lo permitió y ya en el llano de Pacaya aceleró aún más hasta llegar a San Marcos.  Al llegar, le comentó a mi abuelo lo sucedido, fueron a revisar el Pontiac, el cual estaba intacto, a excepción del indio siux que tenía de insignia en la capota, el cual había desaparecido.  Comentaron lo extraño del caso y no pasó a más.  El día siguiente mi tío Eduardo que algunos domingos aprovechaba para visitar a la familia en San Marcos, llegó comentando que pasando la curva de los yankees, más o menos en el kilómertro 20.5, había sentido como si una llanta de su automóvil estuviera baja.  Se detuvo y descendió, revisando las cuatro llantas que estaban en buen estado y observó que a la orilla de la carretera estaba el emblema del indio siux del Pontiac.  La tomó y se la llevó a mi padre preguntándole si era la suya.  El extraño suceso fue motivo de las pláticas de esa tarde, sin embargo, ni esa tarde ni después escuché algo que tuviera que ver con las casas que se encontraban en los alrededores.

En la entrevista de Velia Agurcia al Dr. Silva, éste narra otro episodio ocurrido a mediados de los años sesenta, según el cual un grupo de cinco universitarios, entre ellos Pablo Acevedo, amigo cercano del galeno, decidió pasar una noche en la casa en cuestión.  Se apertrecharon de machetes, mecates, lámparas e incluso azufre.  No sucedió nada por la noche y todo amaneció normal, sin embargo, al salir los jóvenes encontraron ponchadas las cuatro llantas de la camioneta. Un joven que había olvidado su mochila en la casa regresó por ella y en el interior, sintió una patada en el trasero.  El Dr. Silva no explicó si los universitarios solicitaron permiso a la familia Caligaris, que a la sazón todavía eran los propietarios del inmueble.

De esta forma, ese trecho de la carretera Panamericana Sur se convirtió en referencia obligada para lo sobrenatural y el tránsito por ahí provocaba invariablemente el comentario sobre fantasmas, sustos, sombras malignas, asesinatos, maldiciones, embrujos y demás manifestaciones folklóricas.


No se pierda nuestro próximo capítulo:  “Una quinta llamada Angélica”.

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El extraño caso de la Quinta Angélica

Quinta Angélica.  Google Earth

Parte I.  El paraíso perdido de las Sierras de Managua

Se conoce como Las Sierras de Managua al macizo montañoso que se extiende de la sabana en donde se encuentra la capital hacia el sur y llega a su punto más alto, unos 950 metros sobre el nivel del mar, en el lugar conocido como Las Nubes.  Hasta inicios del siglo XIX esta zona era un exuberante bosque húmedo premontano, con una rica y variada biodiversidad y en donde la presencia de ocotes en su parte más alta, unida a una persistente niebla durante varios meses en el año, le daba una apariencia extraordinaria.  Esta región contrastaba con la zona, un tanto más al sur, que fue víctima de los embates del Volcán Santiago cuya erupción en 1717 y la subsiguiente y persistente emisión de gases sulfurosos, había terminado con la fertilidad de sus suelos y que caracterizan al tramo que se ubica desde lo que es hoy El Crucero hasta el Llano de Pacaya.  Estos páramos en medio de la niebla se asemejan a los paisajes en donde Sherlock Holmes buscaba al sabueso de los Baskerville.  La belleza de la zona de las Sierras, aunada a su extrema tranquilidad hacía de ella un verdadero paraíso.

A mitad del siglo XIX, al igual que la fiebre del oro en California, en Nicaragua se originó un desmedido entusiasmo por el cultivo del café y los emprendedores de esa época encontraron en las sierras de Managua el lugar ideal para plantar el grano de oro.  La zona presentaba condiciones climáticas y de altitud ideales para el cultivo, en especial el tramo hacia el sur a partir de Ticuantepe por el este y de Monte Tabor por el oeste, en lo que se conocía como Las Cuchillas, por ser ramificaciones, tanto hacia al norte como hacia el sur, que se desprendían de la cresta de la sierra.  El gobierno por su parte ofreció una serie de incentivos a los caficultores entre los que estaban subsidios fiscales, semillas al costo y créditos preferenciales.

De esta forma, las Sierras de Managua fueron convirtiéndose poco a poco en fincas cafetaleras.  Ya en el año 1849 el enviado del Gobierno de los Estados Unidos, Ephraim George Squier, relataba haber encontrado varias fincas cafetaleras en esas sierras. Fueron prominentes ciudadanos de la capital quienes se convirtieron en caficultores, como el caso del General José María Zelaya, don Leandro Zelaya en su hacienda El Tizate, su hermano el Presbítero Gordiano Zelaya, los Licenciados Benjamín Guerra y Pascual Fonseca, Don Dolores Martínez, Don Justo Díaz, Doña Manuela Moreira, el General Andrés Murillo, el Presbítero Abelardo Obregón, entre otros. Algunos cronistas incluyen entre los caficultores al General José Dolores Estrada, sin embargo, de conformidad con los registros de la época, el héroe de San Jacinto cultivaba granos básicos en un parchecito que tenía en el rumbo de Sabana Grande.

Una de las dificultades más grandes para la actividad cafetalera en esa época era el transporte, pues la infraestructura vial era precaria por no decir nula.  En las Sierras de Managua existían trochas que permitían el paso de mulas y en el mejor de los casos de carretas de bueyes, siendo los principales caminos que bajaban de las Sierras el camino que ahora constituye la carretera Panamericana Sur y que toma la cresta del macizo montañoso.  Otro camino era el que bajaba por Tacaniste y desembocaba en Pochocuape.  También existía un sendero que bajaba hacia el camino de Bolas y otro que llegaba hasta Jocote Dulce y un poco más al este el que conectaba con San Isidro de la Cruz Verde.  Todo este enjambre de senderos se juntaba en el punto más alto de las Sierras y donde se conectaban con los caminos hacia Ticuantepe y Carazo, por lo que ese lugar con el tiempo llegó a conocerse como El Crucero.

Con la llegada del Siglo XX ocurrió una significativa reestructuración en la propiedad de las fincas cafetaleras, pudiendo deberse lo anterior a las fluctuaciones del precio internacional del café o a la dificultad en mantener un margen adecuado de rentabilidad en la explotación.  De esta forma, surgieron en esa época nuevos emprendedores que llegaron a retomar la actividad cafetalera en Las Sierras de Managua y levantaron la rentabilidad del negocio al beneficiar el grano en el país.  Resaltan en este aspecto dos prominentes personajes de comienzos de siglo en Managua y que están íntimamente relacionados con nuestra historia.

Rafael Cabrera Gómez era oriundo de la ciudad de Rivas.  Después de bachillerarse en Granada se trasladó a León en donde se graduó de Médico y Cirujano, llegando luego a la ciudad capital a ejercer su profesión, lo cual lo hizo con gran éxito.  A este galeno se le debe la creación en el Hospital General de Managua de un pabellón para tratar la tuberculosis que en aquella época diezmaba a la población y que luego, en agradecimiento a esta iniciativa, se le bautizó como Sala Cabrera.  El galeno, con una impresionante visión emprendedora, se inició en el cultivo del café y poco a poco fue adquiriendo varias fincas cafetaleras ya instaladas en las Sierras, entre ellas la famosa hacienda El Tizate que era propiedad de don Leandro Zelaya.  Como complemento a su nueva actividad, instaló en el occidente de la capital el beneficio de café La Industria, que luego cobraría fama al ser el sitio de donde salía el desfile hípico de las fiestas agostinas hasta la década de los setenta, pues el médico era un aficionado caballista.  El Dr. Cabrera llegó a ser Alcalde de Managua en 1923 y el éxito que logró con el cultivo del café le permitió ampliar sus negocios a otros campos, llegando a contar con una serie de representaciones de compañías internacionales.  El Dr. Rafael Cabrera falleció a inicio de los años veinte y fue inhumado, junto a los personajes ilustres de la capital, en el Cementerio San Pedro de Managua.  Los sucesores del Dr. Cabrera se encargaron de mantener el negocio del cultivo y beneficiado del café y de convertir la empresa de representaciones en una de las principales de la vieja Managua, incluyendo una cadenas de cines que contaban con el Teatro Margot y posteriormente el Teatro Cabrera.  Como dato curioso, los sucesores del Dr. Cabrera fueron los primeros en importar los radios Sony, que en aquella época muchos menospreciaban por ser japoneses.

Angel Caligaris era un ciudadano italiano que llegó a Nicaragua en 1890 a “rodar fortuna” como decían los viejos cuentos y lo hizo con buen suceso, pues pronto empezó a trabajar con éxito en la explotación de madera, al haber obtenido una concesión de parte del gobierno para una considerable extensión en la Costa Atlántica, instalando además los aserríos para procesar dicha madera.  Don Angel también incursionó en la banca y se entusiasmó con el cultivo de café y cuando los primeros caficultores de las Sierras empezaron a vender sus haciendas, él aprovechó para comprar a buen precio varias fincas en ese sector, destacando las conocidas como Las Uvas, El Paraíso e Isabel Grande y posteriormente Los Placeres. El emprendedor italiano también fundó su propio beneficio de café en la ciudad capital al que denominó La Managua.  El Sr. Caligaris era masón y está documentado el hecho de que estuvo presente en la iniciación de Rubén Darío en la Logia Progreso No. 1, el 24 de enero de 1908.

Durante varias décadas estos caficultores debieron lidiar con el problema del transporte, sin embargo, en la V Conferencia Internacional de los Estados Americanos realizada en 1923 se generó la idea de construir un sistema colectivo de carreteras que uniera a todos los países del continente americano, misma que fue ratificada en el Primer Congreso Panamericano de Carreteras celebrado en Buenos Aires en 1925 y luego en reuniones similares de 1929 y 1939.

Esta idea no cobró vida sino hasta después del inicio de la Segunda Guerra Mundial cuando los Estados Unidos consideraron estratégico y prioritario un enlace terrestre con Panamá, por lo que en 1941 el Congreso de los EE.UU. aprobó un total de 21 millones de dólares para la porción centroamericana de la Carretera Panamericana y en 1943 otros 12 millones de dólares.  El proyecto se retrasó significativamente respecto a su programación debido a los largos períodos de lluvia, la falta de gasolina y repuestos.  De esta forma, a mediados de los años cuarenta Managua estaba conectada con el sur del país a través de la Carretera Panamericana, lo cual vino a facilitar las actividades relacionadas con la explotación cafetalera de las Sierras de Managua.

Esta carretera vino a establecer un tráfico considerable a lo largo de toda las Sierras, en especial la conexión directa de la capital con las ciudades de Carazo y Rivas.  Así mismo, se inició el asentamiento de la población del sector del Crucero y empezó a ponerse de moda la construcción de casas de campo a la orilla de la carretera que servían para que las familias pudientes vacacionaran en ellas.  Así poco a poco, aquella bucólica tranquilidad dio paso al bullicioso movimiento que en especial en temporada de café se originaba en esa zona.  El gran compositor, auténtico managua, Don Víctor M. Leiva compuso una pieza con un enorme sabor regional que con el título Temporada de Café narra el movimiento de esa zona y que comienza:  “Ay que alegre son Las Sierras en temporada de café…”

La familia Caligaris aprovechó que la carretera sur, en el kilómetro 20.2, pasó justamente por la finca Las Uvas, en el lugar que colinda con Los Placeres, para construir a finales de los años cuarenta, en una parcela a la orilla del camino, una casa de campo estilo neocolonial, de dos plantas, con el fin de vacacionar y estar cerca de la producción cafetalera en la época de recolección.  Esta casa no tenía nombre, por lo menos mientras fue propiedad de la familia Caligaris, nunca ostentó un rótulo.  Un poco más al sur, antes de la curva que tuerce a la derecha, dentro de los límites sur de El Tizate, la familia Cabrera construyó también una casa con fines similares y al igual que la otra, tampoco lució un rótulo con el nombre del lugar.

Ambas familias utilizaron frecuentemente dichas casas, por lo menos durante la segunda mitad de los años cuarenta y prácticamente no se registró ningún evento trágico en las que estuvieran involucradas ni las familias ni las respectivas casas de campo.  El crimen más artero del que se tiene noticia, fue quizás, el que se cometió en contra del ecosistema de la zona, pues además del intenso despale en donde sólo quedaban los árboles que darían sombra a los cafetales, muchas especies de flora y fauna desaparecieron del panorama, todo esto con un severo impacto en la cuenca sur del lago de Managua, cuyos efectos todavía resiente la ciudad capital.

Continuará…

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Lo que hay debajo del Vaho

Vaho Nicaragüense.  Foto: Orlando Ortega Reyes

Muchos de los exponentes de la cocina nicaragüense tienen un origen bien identificado, pues proceden de la cocina española, de la cocina indígena o de una fusión de ambas.  Sin embargo, existen algunos cuyo origen se pierde en el tiempo y al no existir documentación al respecto, quedan en el más completo misterio.

Uno de los casos más representativos de lo anterior es el del delicioso Vaho, que se encuentra entre los platos más emblemáticos de la cocina nicaragüense y que cuenta con varias teorías respecto a su origen.

El Vaho, como su nombre lo indica, es un plato que se prepara por el método de cocción al vapor.  Es muy claro que este método era uno de los preferidos de los pueblos precolombinos, en especial de los náhuatl y de ahí provienen los tamales en sus diversas formas y los mixiotes que es carne aderezada, envuelta en hojas de maguey y cocida al vapor.  Sin embargo, este método también era el favorito de algunas tribus africanas que llegaron a suelo americano.  En la cocina española por su parte, no había una tendencia a utilizar el vapor como método de cocción.

Con relación a los ingredientes, la cecina o carne salada era utilizada en la cocina española, aunque también lo era en la cocina de las tribus africanas que fueron traídas al nuevo mundo.  La yuca es de claro origen americano, aunque se ubica en las regiones de América del Sur, precisamente en la frontera entre lo que es ahora Colombia y Venezuela y de ahí fue traída a Nicaragua por las tribus que subieron a Centroamérica.  El plátano es originario de Asia y fue traído por los españoles a América en donde se adaptó fácilmente.

De acuerdo a los elementos anteriores, es más factible que el Vaho surgiera como una fusión entre la cocina africana y la cocina de los pueblos indígenas procedentes del sur del continente y que poblaron la región central y caribe de Nicaragua.  Es muy posible que este plato iniciara con la cocción de los vegetales, envueltos en la hoja de plátano (chagüite) y con el tiempo se le agregara la cecina para completarlo.

A nivel familiar el Vaho es un plato festivo, pues su elaboración se realiza principalmente para ocasiones especiales en donde el número de comensales es numeroso.  La receta no es complicada, sin embargo hay detalles que cuidar como es el caso de la selección de los ingredientes.  La calidad de la cecina es básica y es necesario que la misma se exponga durante un día al sol, así mismo debe de sazonarse previamente con naranja agria, chiltoma, cebolla y tomate. Hay personas que utilizan pecho de res y últimamente se está utilizando carne fresca.  Los plátanos maduros deben tener cierto punto específico de maduración de tal forma que con el efecto del vapor queden de un color rojizo y una textura suave.  La yuca debe ser  fresca con el fin de que reviente adecuadamente.  Por otra parte  es importante la cantidad de agua, la intensidad del fuego y el tiempo de cocción.  Al igual que los nacatamales, hay ciertas supersticiones al respecto, pues se dice que si dos personas participan en ciertas etapas del proceso, el Vaho se pelea.

La cantidad de ingredientes depende de la cantidad de comensales y a la vez del apetito de los mismos, pues como dicen, según el sapo es la pedrada.  Generalmente por cada tres comensales se necesitan dos libras de cecina, tres maduros, dos plátanos y libra y media de yuca.

Para la preparación del Vaho se requiere de un recipiente, que originalmente era una olla de barro, pero actualmente es más frecuente utilizar una metálica de suficiente tamaño para poder acomodar todos los ingredientes, más las hojas de chagüite.  En el fondo el recipiente se arma la “cama” que es una pequeña armazón, generalmente de varas o reglas de madera que levantan la base en donde irán los ingredientes y que posibilitan el depósito de agua en el fondo para producir el vapor necesario.  Es importante que las varas, el bejuco o la madera con que se arma la “cama” no suelten sabor alguno pues pueden trasmitirlo al Vaho.  En algunos casos se prefiere utilizar armazones metálicas. Luego se forra el recipiente con las hojas de chagüite.

No existe un consenso respecto al orden que deben de llevar los ingredientes en la olla.  Lo más usual es que en el fondo se ponga una capa de yuca y plátano verde y encima la carne cubierta de tomate, cebolla, chiltoma y ajo, luego otra capa de yuca y plátano verde y encima otra de carne y así sucesivamente y al final encima de todo, los maduros, luego se cubre con hojas de chagüite y se le pone una tapa a la olla.  A cada capa se le agrega naranja agria y sal.  Otros ponen en el fondo sólo la yuca, luego la carne y encima los plátanos, sin embargo hay quienes ponen todos los vegetales juntos y encima la carne.

La cocción del Vaho requiere de unas dos o tres horas de calor, vigilando que exista la cantidad necesaria de agua, de lo contrario el vaho se puede ahumar.

El Vaho se sirve con una ensalada, que en Managua se le conoce con el nombre de ensalada “callejera”.  Está preparada con repollo rallado, tomate y cebolla y se adereza con vinagre, preferiblemente de guineo y se la da el punto con sal y chiles congos.  En algunas partes se acostumbra preparar el picante aparte de la ensalada.

Hay versiones sofisticadas del Vaho en donde al final se le agregan chorizos y hay también quienes lo sirven con morongas.

El Vaho también se puede conseguir comercialmente, pues se prepara a diario en algunos puntos de expendio y por el equivalente a 1.50 o 2.5 dólares es posible comprar una ración con todos los ingredientes.  Generalmente en todos los mercados de Managua existen puestos en donde se ofrece el Vaho.  Es probable que cada quien tenga sus propios gustos en este sentido y tenga un lugar de preferencia, sin embargo, en Managua han cobrado fama algunos puestos por ejemplo a partir de los años setenta, se hizo de renombre el Vaho del Hospital Bautista, en donde una señora conocida como Chelita, se apostaba en las afueras del nosocomio a ofrecer su delicioso producto.  En los noventa, empezó a tener renombre el Vaho de doña Carmen al finalizar la Calle del Triunfo, cerca del Arbolito, en el occidente de la capital o el “Vaho de la Esquina” de la familia Villalobos, que fue conocido también como el “Vaho de las mujeres”, nombre un tanto cuanto bandido.

El Vaho generalmente se acompaña de un tiste, aunque en este aspecto se observan diversos gustos que van desde fresco de cacao, chía, cebada, linaza y demás refrescos naturales, aunque hay algunos herejes que se lo atraviesan con una gaseosa.

Otra de las grandes polémicas en torno a este tradicional platillo es su escritura.  Obviamente, si nos atenemos a su significado original debería escribirse Vaho, que según la Real Academia de la Lengua es: 1.- el vapor que despiden los cuerpos en determinadas ocasiones y 2. Nic. Guiso de carne que se prepara al vapor con verduras y otros ingredientes.  No obstante, es muy común observar que este platillo se anuncia como “Bajo” debido a que en el español nicaragüense no se pronuncia la uve y la “h” deriva en “j”.   En realidad no importa como lo escriba o lo pronuncie, siempre le van a entender cuando se refiera a este platillo estelar de los nicaragüenses.

Tal vez Rubén Darío el único vaho que alude en su poesía es aquel que vio echar a un buey en su niñez, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, sin embargo, si hubiera visto a un robusto sujeto echándose un vaho con todas las de ley, quizas otra hubiera sido la oda.

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Aquella extraña costumbre de invitar

Invitación a Vaho 1994

El nicaragüense era, hasta hace relativamente poco, fachento y cuando le nacía invitar lo hacía en forma.  Habría que hacer a un lado a los tacaños que no disparan ni en defensa propia, no obstante aquellos que sentían un especial orgullo al invitar a sus amigos, lo hacían de la manera más abierta; por eso había una expresión propia para estas circunstancias: “cuando se agacha es para que se le vea”.

De esta forma, con el nica no habían dobleces cuando utilizaba la palabra “invitar”, pues se entendía de manera cristalina que quien cursaba la invitación corría con todos los gastos que la misma implicaba y el invitado no estaba en la obligación de llevar nada al evento, más que un buen apetito y el hígado asoleado, a menos que de manera explícita se aclarara que se trataba de cumpleaños, bodas, bautizos y demás y que en ese caso se acostumbra a llevar algún regalo.

No cabe duda que la globalización ha traído una transformación en las costumbres autóctonas en este particular y se puede observar ahora nuevas actitudes que desdicen del tradicional espíritu fachento del nica.  En la actualidad se observan invitaciones en donde cada quien amarra su gallo, en el mejor de los casos; pues puede suceder que el que invita se declare en bancarrota a la hora de la cuenta o simplemente haga la “leonesa”.  También se observa más a menudo invitaciones de “traje” en donde cada quien debe aparecerse con algo en el evento y decir traje esto o traje lo otro.

Otro ejemplo muy ilustrativo es el caso de las grandes empresas transnacionales que con la mayor tranquilidad anuncian a los cuatro vientos que invitan a determinado evento, generalmente un concierto de algún célebre artista y al final resulta que la entrada al mismo cuesta un ojo de la cara y la mayoría de las veces se trata de artistas que tuvieron mejores ayeres y ahora se cotizan de tal manera que el costo de la entrada ronda los US$80.00 o más.  Este fue el reciente caso del famoso dueto Air Supply, en donde las invitaciones tenían tantos patrocinadores que parecían carros de fórmula uno, pero que en nada contribuyen a bajar los precios.

Hace unos cuarenta años no era así.  Recuerdo a finales de 1967 cuando la Compañía Cervecera Nacional inició la campaña para amortiguar la salida de su primer competidor en décadas: la cerveza Aguila.  Entonces decidió lanzar una nueva cerveza que pudiera, si no competir, por lo menos distraer la atención de quienes se entusiasmaron con la cerveza que le dio a los nicaragüenses el derecho de escoger, tal como rezaba la propaganda de Aguila.  La cerveza que sacó la Compañía Cervecera Nacional en esa ocasión se llamaba Jet, nombre que en ese entonces estaba muy de moda cuando recientemente los aviones de hélice dieron paso a los reactores de propulsión a chorro (jet).  La cerveza venía en un envase “aerodinámico”, como se decía en aquel tiempo, que simulaba un cohete espacial y la parte superior traía una capa de estaño dorada.

Para el lanzamiento oficial de la cerveza Jet, la Compañía Cervecera invitó a un evento musical con artistas renombrados de la época, que se presentarían en el Estadio Nacional y los boletos estaban a la disposición del público en los principales expendios cerveceros de Managua.  Si mal no recuerdo, era el primer show patrocinado por una empresa, pues antes se limitaban a ofrecer regalitos, calendarios, almanaques y promociones modestas, como el cancionero Picot y el evento más recordado era el “cine libre” que la Mejoral llevaba a todo el territorio nacional.

En ese tiempo cursaba yo el primer año de universidad y camino a la facultad de economía, un amigo y yo pasamos por el Jardín Cervecero que quedaba en la intersección de la Avenida Roosevelt y la Calle 15 de septiembre.  Nos decidimos a solicitar ahí los boletos, aunque ninguno de los dos ingeríamos licor.  Nos acercamos al mostrador y poniendo la mejor cara de borrachos solicitamos nuestros boletos y para nuestra sorpresa el encargado sin mediar palabra nos extendió los boletos.

La noche de la presentación el Estadio Nacional estaba de bote en bote y al llegar temprano tuvimos la oportunidad de encontrar un boquete en la malla, que luego fue resguardado por uniformados y que nos permitió entrar al engramado que era la zona VIP, aunque en ese tiempo ese término todavía no se acuñaba.

Así que desde las primeras filas presenciamos el show de Carlos Lico cantando las mejores canciones de Manzanero y enseguida la presentación de Emily Cranz, una vedette que había incursionado en el cine mexicano y que con un baile candente interpretó algunos éxitos, entre ellos el gran tema del maestro José María Peñaranda: La cosecha de mujeres y fue tal el alboroto que se armó, que la vedette acostumbrada a todo público, de repente se puso nerviosa ante los gritos e intentos del emocionado público de subir al escenario.  Luego presentaron a otros artistas que no llego a recordar y al final, como para cerrar el show presentaron a Los Yakis, que en aquel tiempo habían logrado la cima de la fama con temas como Cenizas, Tus ojos, Teresa, sin embargo cuando llegaron a interpretar Barrio Pobre, cover que realizaron del éxito de Johnny Rivers: Poor side of town, se armó un gran alboroto.  Resulta que en la versión original de este tema, el grupo, al igual que lo hizo Rivers, se acompañó de un coro femenino y en su viaje a Nicaragua, me imagino que no les daba la cobija para traerlo, por lo que tuvieron que usar a los mismos integrantes, uno de ellos Benny que en ese entonces todavía se llamaba Benito, que atiplando la voz, trataron de imitar a las muchachas del coro.  Así que desde el inicio, en donde la canción entra con el coro y un tu turuaaa chubidubi, la gente se quedó estupefacta con la vil imitación y se empezó a escuchar un ¡Mmmmmmmm!.  Luego cuando el coro dice Y te quiero amooor tuaaa, se escuchó un ¡Eeeeeejjjjj!.  Al llegar a:  Y sin condición, tuaaaa, se empezaron a escuchar de parte de los irredentos de las primeras filas: ¡Aaaayy amor!.  Al final, desdichadamente cierra el coro la canción con la partecita de:  Te quiero debes creerlo, no hay condición te lo repito, amooor…. Y eso fue la gota que derramó el vaso, causando una tremenda rechifla y gritos que iban desde ¡Ay ella!, hasta la orientación sexual a la que se hacían acreedores con aquel fallido intento de imitar al coro.

Total que la gentil invitación que realizara la Compañía Cervecera desembocó en un tremendo relajo que casi llega a los golpes entre los que les gritaban bascosidades a los Yaki y aquellos que intentaban defenderlos, por suerte el espectáculo ya casi terminaba, así que imitando a Mike Connors de la serie En la cuerda floja, me escabullí y me fui para mi casa.

Pero esos eran otros dorados tiempos, en donde las invitaciones, aun de empresas comerciales, eran con todas las de ley.  Ahora es recomendable que ante una invitación de cualquier naturaleza indague primero cuál es el alcance de la misma, no vaya a ser que le salga la venada careta.

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