La bendita corrección política

 

Fue a mediados, finales tal vez, de los años noventa que comencé a notar cierta proliferación del término “corrección política”, mismo que se refería, entre otras cosas, a la necesidad de utilizar un lenguaje que evitara las ofensas o formas discriminatorias hacia personas pertenecientes a grupos, dijéramos minoritarios, que tradicionalmente habían estado en situaciones de desventaja.  Claramente el concepto se extendía también a las actitudes que pudieran considerarse excluyentes.  Sentí que era el preludio hacia un nuevo orden de cosas que caracterizaría al tercer milenio que estaba por llegar.

Era indudable que la virtud de la tolerancia sería el nuevo reto en los tiempos venideros, considerando a esta como la armonía en la diferencia, pero ante todo el reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás.

Nací en la propia mitad del siglo XX y por ende tuve una formación llena de prejuicios e intolerancia, de tal manera que al igual que muchos coetáneos, la tarea de dejarme llevar por los vientos del cambio fue hasta cierto punto titánica, sin embargo a estas alturas del partido siento que salvo alguno que otro resabio, me siento mucho más tolerante y por lo tanto, aunque con ciertas reservas, comencé a adherirme a los dictados generales de la corrección política.  Sin embargo, con el tiempo, dicha “corrección” ha caído en el extremismo de la exageración y se ha convertido en una camisa de fuerza que tiene tantos amarres que amenaza con coartarnos completamente la libertad fundamental de expresión.

Como decían antes de que floreciera las estadísticas y las encuestas: para muestra un botón.  A continuación les presento algunos ejemplos que pueden ilustrarnos respecto a los dislates que se han cometido en nombre de la corrección política.

Después de llegar al convencimiento total de que cada ser humano tiene la libertad de hacer de su cuerpo o cualquier rincón de su humanidad, lo que quiera, desde un membráfono hasta un barrilete, cometa o papalote, vino el problema de nombrar al respectivo colectivo o comunidad, de tal manera que fuese satisfactorio para la corrección política.  Se inició con el término homosexualidad, que cubría de manera exacta, respetuosa y sin ninguna exclusión a todos aquellos ciudadanos, hombres o mujeres, que tenían preferencias sexuales hacia personas de su mismo sexo.  No obstante, algún iluminado consideró que lo anterior sonaba a procesión y que debía de denominarse con las respectivas distinciones, gay a los hombres homosexuales y lesbianas a las mujeres con dicha preferencia; surgiendo de esta manera la comunidad Lésbico gay (ladies first), pero cuando ya se estaba comenzando a utilizar este concepto, saltó otro iluminado que propugnó que deberían estar plenamente diferenciados los bisexuales y de la misma manera levantaron la mano los transexuales pidiendo ser parte de lo que ahora parece ser una sopa de letras a la que se han unido toda una pléyade de diversas preferencias, mezclas de ellas y por lo tanto denominaciones.  De tal manera que ahora no solo basta con ser plenamente tolerantes y aceptar y respetar las particulares preferencias sexuales de cada quien, sino que la corrección política pretende que el ciudadano común tenga que estudiar y aprenderse cada una de estas categorías para no cometer la incorrección de discriminar por omisión a uno de estos colectivos y cuando se cree que ya tiene completo todo el panorama salta alguien proclamando que es pansexual., de tal suerte que ahora al tratar de completar todas las siglas del colectivo se corre el riesgo de invocar al duende enemigo de Superman.  Tan fácil que era antes cuando para sustituir al manido etcétera simplemente se agregaba “y otras hierbas aromáticas que ni el cabro macho las come”.

Por muchos siglos, a las personas que están privadas de la vista se les llamó ciegos.  En ningún momento fue un vocablo con un sentido peyorativo o que atentara contra la dignidad de este colectivo, sin embargo la corrección política comenzó a considerarlo como discriminatorio y exigía que se les llamara invidentes, aunque otras corrientes proponían no videntes y otros por su parte, discapacitados visuales.  En qué aprietos habrán puesto a Don José Saramago.  Lo cierto es que los que padecen ceguera no consideran discriminatorio el término ciego, es más, tanto en Nicaragua como en muchos otros países, se encuentran agrupados en la Organización Nacional de Ciegos.  Encontramos pues, que muchos de los que se indignan al escuchar el término ciego, no son ciegos y de igual forma sucede con otros términos acuñados por la corrección política que no son alentados por las personas que tienen dichas condiciones, sino por gentes que por angas o por mangas han desarrollado la sensibilidad al extremo de tal forma que se irritan, enfadan u ofenden por términos ajenos a sus circunstancias.  Como decía mi abuelo: – son más papistas que el Papa, o como decía mi abuela: – sudan calentura ajena.

En mi caso particular, al llegar a juntar setenta tacos de almanaque como diría Pérez Reverte, no me inquieta, incomoda o mucho menos ofende la manera cómo me puedan denominar:  viejo, adulto mayor, persona mayor, persona de edad avanzada, persona de la tercera edad, incluso anciano; tal vez adulto en plenitud está más fregado, pues Plenitud es la marca de una ropa interior desechable.  Lo que realmente me molesta es que concluyan a priori que tengo mis facultades disminuidas, encerrándome en ciertos estereotipos y tiendan a elevarme la voz,  explicarme asuntos realmente obvios o a hablarme en un tono cantadito y en diminutivos.  En este caso, más que la corrección política en cuanto a la forma de denominar a este segmento se requiere la plena conciencia de que en la tercera edad también hay diversidad y que cada vez existen más personas de edad avanzada que optimizan sus oportunidades de salud, participación y seguridad y propenden a una adecuada calidad de vida y por lo tanto hay que eliminar todos las condiciones, mecanismos o procesos que nos restrinjan la libertad de participar activamente en la vida social, económica y política.

En cuanto a la cuestión racial, pues la cosa se complica.  En Nicaragua, se estima que el 84.35 % de la población, como precisaría El Firuliche, es mestiza.  Este mestizaje abarca la mezcla de las razas mongoloide, negroide y caucásica, de tal manera que quien no tiene de dinga lo tiene de mandinga.  En este sentido la corrección política en cuanto al lenguaje a utilizar al respecto, topa con pared, pues aunque se pretenda utilizar los conceptos comandados por la misma, hay una extrema abundancia de áreas grises.  Si se utilizaran los términos amerindio o pobladores autóctonos, está el problema de que solo una minoría pertenece a enclaves puros, lo mismo sucede con el vocablo afrodescendientes, que cubriría a las poblaciones negras puras o con una marcada mulatidad.  El problema es con el resto del mestizaje, pues los fenotipos son tan diversos que a veces resulta imposible determinar su composición genética y solo un análisis de ADN podría revelar la realidad del mestizaje, misma que sorprendería a muchos.  Así pues en este sentido, la corrección política debe enfocarse a la plena aceptación y es más, enorgullecimiento del mestizaje en toda la población, que conlleve a desterrar para siempre la discriminación de conciudadanos por sus rasgos físicos, pues siempre está presente la posibilidad de una pareja con la estampa de Robert Redford y Meryl Streep, con tres angelitos rubios y al llegar un cuarto niño, el destino o las leyes de Mendel, les hagan una jugarreta genética que venga a revivir el cuento de Capullo y Sorullo.

Antes de la corrección política, para cualquier trastorno mental y en una amplia gama de contextos, se ocupaba indistintamente el término locura.   Sin embargo, la corrección política consideró peyorativos los términos locura y loco, dejando en la cuerda floja a Erasmo con su elogio.  Por mucho tiempo aquellos que padecían de estos trastornos no se sentían ofendidos o discriminados, obviamente porque su condición los mantenía en otra dimensión o bien porque consideraban que era un estado hasta cierto punto romántico, tal como lo afirmaba Javier Solis:  “ …si me llaman el loco, porque el mundo es así, la verdad sí estoy loco, pero loco por ti…”  En la actualidad, quienes padecen de condiciones de esta naturaleza se han vuelto más sensibles y se ofenden si los llaman enfermos mentales o psicóticos como pretende la bendita corrección y poco a poco nos van empujando a convertirnos en expertos para diferenciar los diversos trastornos involucrados en estos padecimientos.  Así pues se necesita cursar un par de semestres de nosología psiquiátrica para poder dominar cada uno de los trastornos involucrados y no caer en el error de revolver el sebo con la manteca.  Hay que saber cuándo se trata de un trastorno neuro cognitivo, cuando un trastorno de ansiedad, cuando un caso de depresión, trastorno bipolar o de la personalidad o bien trastornos psicóticos.  En los niños, es menester saber diferenciar un TEA de un Asperger o de un TDA.  Cualquier equivocación o ignorancia puede traernos serias consecuencias, como es el caso tan común de llamarle bipolar a alguien que simplemente tiene malas pulgas o de calificar de sociopatía a la simple hijueputez.

Así pues estimados lectores, esa iniciativa que en sus inicios perseguía el objetivo de evitar las ofensas a los grupos indefensos y frágiles, poco a poco fue convirtiéndose en una tiranía que desde los extremos pretende controlar nuestra libertad de expresión.  Por lo tanto, lo más indicado es actuar siempre con el respeto que los demás merecen y si en determinado momento desde la corrección política algunos ultrasensibles tratan de condenarnos, con todo el dolor del mundo hay que mandarlos donde la sexoservidora que los dio a luz.

4 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje

4 Respuestas a “La bendita corrección política

  1. Melba Reyes A.

    Excelente artículo, Orlando. A mí la corrección política me tiene hasta la coronilla…

    Tené un buen fin de semana.

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  2. Jorge

    Excelente reflexión e ilustración con buena carga de humor y sentido práctico del asunto.
    Gracias por compartir.

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  3. Oswaldo Ortega Reyes

    Hasta la naturaleza básica del idioma español está siendo retada por defensores a ultranza de la inclusión al insistir que debe decirse presidenta, intendenta, comandanta, estudianta, miembra y otros disparates. Nunca se sabe cuando nuestras expresiones puedan chocar con mentalidades hipersensibles y ponernos en aprietos . Aprender un nuevo idioma a estas alturas del partido es una ardua tarea que nos impulsa a trabajar como afrodescendientes para no herir suceptibilidades.

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  4. Que cosas, y yo que lucho por que se me conozca por lector sin importar si soy gay, homosexual, o miembro de la comunidad lgbtxyz, por que al final del día, la categoría también deja por un lado tus valores como personal, en fin, es triste.

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