Archivo mensual: enero 2009

El pan nuestro de cada día

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Dicen que somos hijos del maíz.  La relación de nuestros antepasados con esta gramínea era tan estrecha que muchas culturas prehispánicas hablaban de que los hombres fueron formados por los dioses con la masa del maíz y todavía para muchos pueblos indígenas el maíz sigue siendo sagrado.

Sin embargo, el mestizaje que trajo consigo el descubrimiento y conquista de América de parte de los españoles, vino a marcar una profunda huella no sólo en lo biológico, sino en lo cultural y no exclusivamente en el idioma, sino en otras manifestaciones tan cotidianas como la gastronomía.

La religión de los conquistadores fue impuesta a los indígenas a través de métodos por demás persuasivos, por lo tanto los hijos de maíz dieron cabida en sus vidas al pan celestial.  De tal forma que si tuvieron acceso a ese divino alimento, también aspiraron al tomar el pan no ácimo, que constituía un elemento indispensable en la alimentación de los conquistadores.

Después de un período en donde los indígenas y mestizos no tenían acceso al pan blanco, sino al de fibra, llegó el momento en que la producción de este producto estuvo al acceso de todos quienes tuvieran los recursos para comprarlo.  Fue de esta manera que la gastronomía mestiza contiene importantes elementos con base en el maíz, sin embargo, el pan adquirió una relevancia importante.

En Nicaragua fue a inicios del siglo XX con el desarrollo y fortalecimiento de los sectores urbanos que el pan vino a formar una parte importante de la dieta del pueblo.  En Managua especialmente, empieza en esos años el surgimiento y fortalecimiento de las panaderías, en su mayoría de carácter artesanal.  Estas panaderías producían por la mañana pan blanco simple o como se conoce en Nicaragua, pan francés y algunos por la tarde producían pan dulce, también conocido como repostería.

El pan francés tradicional que se consume por la mañana es el conocido como “pan de piso” que son ristras de pequeños panes en forma de dedos y que se venden generalmente por ristra de cinco, diez o quince unidades.  También está el “bollo” que es un pan individual y que reviste diversas formas tan caprichosas como son los dos dedos entrelazados, la clásica forma de hoja, cuadrado, redondo chato o redondo esférico.  También está la barra en sus diferentes variedades, la más usual es la cuadrada que se conoce como “pan de molde”, pero también existe la barra con la superficie curva, la barra pequeña individual y la famosa baguette francesa.

Este pan francés acompaña al desayuno que consiste básicamente en café o café con leche y el pan con mantequilla o margarina y/o mermelada.  La gran fusión de la cocina mestiza se logró al acompañar casi siempre al prehispánico nacatamal con pan francés, salvo algunos herejes que lo acompañan con guineo.

El pan dulce o repostería se fabricaba en menor medida que el pan francés y generalmente se tomaba como un refrigerio por la tarde o en algunos casos para acompañar la cena.  En algún momento allá por los años cincuentas y sesentas, el capitalino autóctono se distinguía por limitar su cena a una repostería acompañada de una Pepsi Cola. Este pan tiene una gran variedad dependiendo de la región del país, sin embargo resaltan los picos, que en algunas regiones se conocen como pupusas, el bonete, la quesadilla, la torta, empanadas dulces, gorros de obispo, costillas, relámpagos, gaznates, pudines.  Las más populares y baratas eran las biscotelas y las roscas bañadas, las primeras con un baño de azúcar blanco y las segundas de un color estrambótico que le tiraba a maravilla.

Indudablemente las primeras panaderías fueron propiedad de europeos que trajeron las recetas básicas y que de ahí se fueron trasmitiendo a la naciente industria panificadora.  Se recuerda en la vieja Managua una panadería propiedad de una familia alemana de apellido Andler que estaba ubicada en las inmediaciones de El Caimito, cerca de donde también estuvo la famosa panadería de origen italiano Cagnoni.

En la vieja Managua, las panaderías ocuparon un lugar especial en la vida cotidiana de los capitalinos.  Por los años cuarenta y cincuenta, la panadería que tenía el renombre de la mejor calidad de pan, tanto francés como de repostería, incluyendo “cosa de horno” era la de la Sra. Tula García, en las inmediaciones del Templo Bautista, contiguo a la Unión Radio,  quien alquilaba la mitad de la casa de doña Tula.  Luego por el barrio Santo Domingo estaban La Espiga de Oro y El Colmado que era de la familia Guandique, famoso por su pan francés y en especial por el pan de “molde”.  También fueron de renombre la Flor Blanca, la Panadería Jiménez, El Corazón de Oro y la Panadería Romero.

La repostería más preciada en la vieja Managua fue sin duda la de El Patio, situado en el propio corazón de Managua, muy cerca de los mercados.  De gratos recuerdos eran los famosos “relámpagos” “gaznates” y “milhojas”.

Alrededor de la Calle Colón se formó un enorme enclave de panaderías que ofrecían una amplia gama de diferentes tipos de pan.  Estaba el pan de Leytón, la famosa Pee Wee, ambos ofrecían una barra o pan de molde de buena consistencia.  Un poco hacia el cine Alameda estaba un local sin nombre que vendía pan francés y unas empanadas de queso gigantes que parecían infladas artificialmente.  Muy cerca en la 27 de mayo estaba la Panadería Alemana, famosa por sus panes negros y bollos de diferentes tipos, así como un extenso surtido de repostería; ya en los setentas, cerca de la Casa del Obrero, siempre en la 27 de mayo, estaba la panadería La Castellana de la familia Arcas de origen español, que ofrecía baguettes y demás pan francés.  En la calle 11 de julio estaba la renombrada Panadería Tica que producía el famoso “pan de piso” que vendía por grandes ristras en diferentes puntos de Managua.  Hacia el Estadio Nacional, un tanto al lago estaba la Panadería La Epoca que hacía un pan original, que nadie en la ciudad producía, como era el afamado Mangiarote y las populares Cachalpas.    Frente al Cine Boer en el Restaurante El Centroamericano de Santiago Lee Wong, se vendía una barra de pan deliciosa, que era la que también acompañaba al Chop Suey y que según el propietario eran Balas le los valas, es decir barras de dos córdobas.

En la calle Momotombo era afamado el pan que producía la familia Leiva, que vendían además del “pan de piso”, “sarambollos” y unos picos que prácticamente volaban por las tardes.  En el barrio San Antonio la mejor panadería era la Rosa Blanca, propiedad de doña Rosa Murillo, pariente de la que fuera esposa de Rubén Darío y a donde algunas prominentes figuras de la actual política llegaban a fiar el pan de piso.  Hacia el oeste estaba la panadería San Sebastián que surtía de pan a todo ese barrio y que vendían unas pequeñas barras de pan francés con una masa especial y también horneaban un pan tipo baguette exclusivamente para los curas del Colegio Calasanz y en repostería, tenían una variedad de panes que no se miraban en ninguna otra panadería.  En las inmediaciones de la Chalupa de El Triunfo, estaba la panadería La Milagrosa, de la familia Flores que preparaban el pan que servían en el Casino Militar, se expendía en un estrecho garaje y vendían pan de molde, pan de piso grande y en repostería tenían unos “encanelados” que nadie pudo copiar.

En la Calle Candelaria, cerca de donde estuvo la Radio Corporación estaba la Holland Dutch, que ofrecía un buen pan francés, sin embargo, sus especialidades eran los queques, los cuales vendían a precios accesibles, como era el caso de un pequeño queque de chocolate con una cereza en el centro que se vendía a diez córdobas, es decir, 1.50 dólares.

El auténtico pan francés lo vendía en la década de los setenta, La Francesa propiedad de un parisino medio cascarrabias, pues casi exigía que se pidiera el pan por su nombre en francés.  Cuando le pedían “orejas” el se encendía y repetía “palmier”.  Cuando llegaba con mis hermanos, con el afán de molestarlo le pedíamos dos “barrés” y cinco “orejés”.

De esta forma, cada ciudad de Nicaragua tenía sus panaderías y sus particularidades en los productos que ofrecían, como era el caso de don Salomón González en San Marcos con sus bollos de diverso tamaño, sus barras de a peso y sus empanadas sopladas de queso, en Jinotepe era famoso el pan de Arana, las empanaditas no sopladas de queso y las “maletas” de la panadería San Antonio y el archi conocido Pan P2 cuyo sabor no tenía que ver nada con su flatulento nombre.  En Masatepe era muy apreciado el pan de anís de Don Felipe Mercado y en Nandasmo el pan blanco horneado en hojas de plátano.  Muchos recordarán el pan con mantequilla que vendían en El Crucero en el empalme a San Rafael del Sur.

Luego llegó el pan Bimbo, que a punta de químicos lograba una barra de extrema suavidad y que duraba mucho más que el resto del pan que se ofrecía en el mercado y empezó a desplazar a muchas panaderías.  Otras sucumbieron ante el terremoto de 1972 y otra buena cantidad en los fabulosos ochenta.

En la actualidad el consumo de pan en Nicaragua se ha incrementado notablemente, tanto por el crecimiento poblacional como por constituir un bien de primera necesidad.  Muchas exquisiteces y producciones originales de la vieja Managua desaparecieron, sin embargo el tradicional “pan de piso” mantiene una gran demanda, la barra o pan de molde también en sus diferentes modalidades, desde el tipo casero hasta la barra industrializada.   También se han introducido nuevas presentaciones como son el bolillo y la telera mexicanos, panes árabes, italianos y se ha ampliado la oferta de panes integrales.  En la repostería también se ha mantenido la oferta de los productos tradicionales.

El problema serio es que algunas industrias, abusan de los químicos en la elaboración del pan, especialmente de los bromatos que en cantidades mínimas mejoran la calidad de la masa, pero al tener riesgos cancerígenos han sido prohibidos por los códigos alimentarios de muchos países.  Así que si se observa un pan demasiado esponjoso, casi volátil o bien si después de comerlo siente una acidez galopante, es seguro que el pan que ingirió contenía una buena dosis de químicos.

Sin embargo, con una dosis de paciencia y paladar, se puede identificar a las panaderías que todavía ofrecen el pan amasado y horneado como en los viejos tiempos, en donde además del sudor de la frente se come el pan con el sudor de los panaderos, pero sin bromato de ninguna especie.

Deseo hacer un reconocimiento y un sincero agradecimiento a mi hermano Eduardo que me ayudó con detalles que guarda en su privilegiada memoria sobre el pan de abajo, es decir, del sector occidental de Managua.

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(3) ¿Y qué motivo tuvo?

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Estaba practicando una mañana en el Estadio Nacional cuando necesitaba llamar a un atleta que se encontraba en el otro extremo del campo y con el estilo de un habitante de las islas Gomeras, le lancé un fuerte silbido que se escuchó en todo el estadio. Observé que el Teacher se dejó venir hasta donde yo estaba y me imaginé que no le gustaba que sus atletas silbaran.  -¿Fuiste tú el que silbó?- me pregunto- Sí, Teacher, yo fui-le dije.  Le iba a decir que no lo volvería a hacer cuando me sorprendió diciendo -Vuelve a silbar.  Volví a silbar y el Teacher parecía complacido. -Oye- me dijo- necesito que me ayudes con algo, hoy a las seis de la tarde paso por ti-agregó-. Me quedé intrigado, pero con el ritmo del entrenamiento y las gestiones que realizaba para mi padre por la mañana se me olvidó.  A las seis de la tarde pasó el Teacher por mí y me llevó al ensayo de una obra de teatro.

En realidad no conocía esa faceta del Teacher.  Luego me di cuenta que había estudiado Arte Dramático en la Facultad de Artes de la Universidad de Szeged, ubicada en la ciudad del mismo nombre en el sur de Hungría y mientras estudiaba practicaba atletismo, natación y esgrima.  Así que su carrera principal era de dramaturgo, pero fue su afición por el deporte lo que le dio los elementos para sobrevivir en estas tierras.  De hecho, cuando decidió trasladarse de Colombia a Nicaragua lo hizo porque alguien le comentó que en Managua había cerca de siete teatros.  Lo que no le explicó esa persona es que en aquel tiempo todos los cines de Managua eran bautizados como teatros.

En aquella ocasión el Teacher estaba dirigiendo la obra “Cuento para la hora de acostarse” de Sean O´Casey y actuaban en la misma, entre otros doña Pina del Carmen, Armando Urbina y Edwin Zablah.  En una escena, el personaje de doña Pina salía de una cabaña y lanzaba un poderoso silbido.  Desde luego que doña Pina no podía silbar ni tampoco nadie en el elenco.  Así que mi intervención en esa obra se limitó a silbar tras bastidores mientras doña Pina hacía el playback.  Nos logramos acoplar tan bien que parecía que realmente ella estaba silbando, de tal suerte que en la premier, doña Pina después de silbar se llevó una cerrada ovación.

De esta manera, mi incursión en el teatro inició con una intervención en efectos especiales.  Al asistir a casi todos los ensayos y a las presentaciones de la obra, le fui tomando afecto a la “maroma” como decía Armando Urbina.

Pasó el tiempo y me había olvidado del teatro cuando una mañana el Teacher llegó sumamente contrariado al entrenamiento.  Me confió que con una obra casi por poner en escena, Edwin Zablah le había informado que tenía que irse a los Estados Unidos. Tenía un papel secundario pero el personaje era una persona alta y voluminosa, que difícilmente conseguiría en corto tiempo.  De repente me volvió a ver y me dijo: -Oye, tú puedes hacer el papel.  Olvídese-le dije- puedo chiflar lo que usted quiera, pero de actuar nada. -Fuera de broma-agregó- tú puedes hacer el papel.  Yo no puedo hablar en público-le dije- me da canillera.  -Pues ahí tienes tu oportunidad para superarlo-me respondió.  Así que después de mucha insistencia de su parte, acepté.

La obra era El Apolo de Bellac, de Jean Giraudoux, y actuaban en ella Silvia Garza, Tito Zapata, Armando Urbina, Pina del Carmen, Armando Delagneau y el que escribe.  Era una comedia muy bonita y mi papel de portero a pesar de ser modesto tenía sus bemoles que lo hacían interesante.  Por varios meses ensayamos y el Teacher siempre me estaba dando consejos para vencer el pánico escénico y adueñarme de la concurrencia.  Aún con todo, siempre mantenía el temor que a la hora del estreno podría llenarla de ayote.  A cada rato se me venía a la mente el cuentecito de aquel fulano que logró un pequeño papel en una obra y además de los ensayos, practicaba incesantemente frente al espejo la única línea que le correspondía: -¿Y qué motivo tuvo? pero a la hora del estreno cuando salió a escena y se miró frente a todo el público sólo alcanzó a decir -¿Y qué tubo tengo metido?

Llegó la hora del estreno y el mismo se preparó comme il faut.  El grupo de teatro tenía buenos patrocinadores, entre ellos doña Adela Pellas, de tal forma que las presentaciones se realizaron en el Hotel Intercontinental, que en aquel tiempo era lo máximo en elegancia y más aún, en el salón La Vista que quedaba en los pisos superiores del hotel.  Era tanto el derroche de elegancia que quien nos maquilló en esa ocasión fue el célebre pintor Omar de León y la escenografía estuvo a cargo de Alberto Icaza.

La presentación se llevó a efecto sin contratiempos.  El salón estaba al reventar y asistió el who is who de Managua.  Yo entraba al inicio de la obra y como por arte de magia me invadió la sensación de ser el dueño de ese auditorio.  Mis diálogos salían con una fluidez tremenda y al final el grupo obtuvo una cerrada ovación.  Luego la compañía teatral ofreció un cocktail en donde las felicitaciones de los asistentes no se hicieron esperar.  Sin embargo, mi mayor satisfacción fue al día siguiente cuando La Prensa presentó una crítica de Don Pablo Antonio Cuadra, elogiando la puesta en escena y la actuación de los protagonistas, agregando al final, “Orlando Ortega estuvo bien”.  Eso fue suficiente para sentirme un Laurence Olivier. Ya no pensaba en ¿Y qué motivo tuvo? sino en To be or not to be.

Luego alguien consiguió que la obra fuera grabada para la televisión, así que fuimos al Canal 6, cerca del Banco Central en donde se grabó la obra completa y luego se presentó en algún momento en dicho canal.

Regresé a mis entrenamientos y pasó un buen rato sin saber nada del teatro y fue casi un año después cuando el Teacher llegó entusiasmado y me dijo: -Te tengo un papel extraordinario, te espero esta tarde a las siete en el Club Mangua.

El Club Managua era lo más popof de la vieja Managua, alguien había conseguido que tuviéramos acceso al mismo para todos los ensayos de de la obra.  Cuando me presenté al Club, estaba el Teacher, que en ese ambiente era conocido como Don Esteban, pues ese grupo del teatro decidió españolizar su nombre.  Estaba también Armando Urbina a quien ya había conocido antes y me presentó a Miriam Hebé González, a quien yo conocía sólo por la televisión pues en esa época tenía un programa de locura azul y a Patricia Altamirano, una joven que acababa de regresar de Francia y que era la elegancia personificada, alta, esbelta y con el porte de una modelo.  Sólo seríamos cuatro actores y la obra era nada más y nada menos que A puerta cerrada de Jean Paul Sartre.

Mi papel sería el del camarero de un piso de un “hotel” que supuestamente es el infierno.  Era un papel mucho mejor que el del portero del Apolo pues tenía una carga dramática mayor.  Armando Urbina era Garcín, Estelle era Miram Hebé González y Patricia Altamirano era Inés.  Los ensayos fueron toda una experiencia, cuatro actores y un director interactuando por varios meses, además del ensayo discutiendo sobre variados temas y a veces disfrutando del Club con elegantes meseros que nos llevaban refrescos en bandejas de plata sostenidas en sus manos enguantadas.

Mi intervención era corta y se concentraba en la primera parte.  No tuve problema con la interpretación salvo la parte en que Garcín nota que el camarero no parpadeaba, lo cual provocaba, según él, una indiscreción grosera e insoportable en su mirada, haciendo luego toda una interpretación del significado de parpadear que se extendía por algunos minutos.  Indudablemente durante todo ese tiempo todo el auditorio estaría fijándose en el camarero para ver si en realidad no parpadeaba.  Así que me tocó practicar por un buen rato el contener esas evasiones, el pequeño relámpago negro, como decía Garcín. El que parpadea pierde, me decía a mí mismo y al final de los ensayos llegué a dominar esos actos reflejos.

Está por demás decir que la presentación de la obra estremeció al público capitalino, las críticas, incluyendo la de de don Pablo Antonio, se deshicieron en elogios para la puesta en escena, una fenomenal dirección, una actuación insuperable, en fin, fue algo que en la historia del teatro en Nicaragua no se había visto. La frase “el infierno son los otros” quedó flotando por un buen tiempo en la mente de muchos.

Con esa obra cerré un capítulo inolvidable de mi vida. Era el año 1972 y en algunos meses la vida de todos los Managua daría un dramático vuelco. Dicen que la vida es como el teatro y a partir de 1973 empecé la difícil tarea de presentarme a la vida como si fuera un estreno constante, en donde no se admiten errores.

Debo de reconocer que el tiempo que pasé junto a Istvan Hidvegi fue un aprendizaje, me atrevería a decir, más relevante que el de la universidad.  Con el atletismo llegué a fortalecer mi carácter y con el teatro a enfrentarme al mundo, sin embargo, lo más importante fue que a su lado aprendí a desarrollar la entereza para aceptar retos.  Frecuentemente me acuerdo de A puerta cerrada, que me ha ayudado siempre a no depender del juicio de los demás y a administrar correctamente la relación con ellos.

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(2) Del Danubio al Xolotlán

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A mediados de 1961, un joven que resaltaba en la muchedumbre, caminaba con paso firme por las calles de Managua.  Era alto, rubio, delgado, vestía con un estilo semi formal y un tanto desenfadado que parecía salido de una novela de Graham Greene.  Por el rumbo del Gimnasio Nacional llegó a la oficina inmobiliaria del empresario de origen colombiano, Don Julio Lalinde y se dirigió a la secretaria solicitando una entrevista con don Julio, a lo que ella le notificó que el Sr. Lalinde estaba fuera del país, pero que cualquier asunto relacionado con la oficina lo podía tratar su abogado.  El joven le explicó que se trataba de algo personal y la secretaria amablemente le informó que el Sr. Lalinde regresaría en dos meses.  En la sin remedio, el joven pidió entonces una entrevista con el abogado de don Julio.  La secretaria lo condujo al cubículo del abogado de la oficina, el Dr. Julio Miranda Cortés.

El joven le expresó a Julio Miranda que un amigo del Sr. Lalinde en Colombia le había preparado una carta de recomendación, con la atenta solicitud de que apoyara al Sr. Istvan Hidvegi, portador de la misiva, a radicarse en Nicaragua.  El citado amigo explicaba que el joven Hidvegi había escapado del régimen comunista de Hungría y que no dudaba que con los contactos que tenía el Sr. Lalinde, podría fácilmente ayudarle al joven a encontrar un empleo.

El abogado le expresó que ante la prolongada ausencia del Sr. Lalinde, él en su representación atendería la solicitud del amigo colombiano.  Empezó a conversar con el joven a fin de conocer acerca de sus capacidades y poder analizar las alternativas de apoyarlo con un empleo.  Hidvegi le contó sobre su odisea a partir de la persecución del régimen de Janos Kadar y la manera en que el destino lo había lanzado hasta Colombia.  Luego, en la conversación salió a colación el escritor húngaro Lajos Zilahy y fue el hilo que los condujo a una plática que se fue extendiendo y fue ante el movimiento del medio día en la oficina que el abogado se percató que habían transcurrido cerca de dos horas, por lo que decidió invitarlo a almorzar en su casa.  Continuaron platicando y al final el abogado le informó que en el colegio donde estudiaban sus pequeños hijos podría haber una oportunidad para un entrenador de natación, disciplina que el joven húngaro le comentó había practicado por varios años en su tierra.  Se citaron para el día siguiente por la mañana en el Instituto Pedagógico de Managua.

A primera hora el Dr. Julio Miranda se presentó al Instituto con Istvan Hidvegi, y conversaron con el Hermano Andrés, conocido entre el alumnado como “Coca Cola” porque con su tamaño y su sotana negra recordaba el envase pequeño del popular refresco.  La llegada del joven húngaro parecía providencial pues el colegio requería urgentemente un entrenador de natación, por lo que casi de manera inmediata Hidvegi consiguió empleo.

Así fue que a mediados de 1961 el joven húngaro se hizo cargo del equipo de nadadores del Instituto Pedagógico de Managua, puso todo su empeño para hacer un buen papel, trabajó incansablemente para mejorar las técnicas utilizada por los niños y jóvenes del equipo y en un corto tiempo habían mejorado sustancialmente su desempeño en la piscina.  Animó entonces al Hermano Andrés para que invitara a nadadores infantiles salvadoreños a un dual meet en Managua, el hijo de La Salle dudó, pero al final accedió y los nicaragüenses salieron airosos de la prueba.  En aquel grupo estaban los hermanos Julio y Sergio Miranda, hijos del abogado, los hermanos Wong, Jerry Chow, Iván García, Joaquín Gómez, Jaime Villavicencio, Jaime Flores, Frank Amador, Víctor Vidaurre y varios más.

Poco a poco la fama de Hidvegi fue creciendo, sus alumnos mejoraban de manera sorprendente y muchos de ellos llegaron a establecer marcas nacionales que tardaron años en ser batidas.  Además de utilizar técnicas adecuadas, la disciplina y dedicación de los miembros del equipo eran un elemento distintivo.

Istvan Hidvegi y Julio Miranda además de continuar con una gran amistad, se dedicaron de lleno a fortalecer la natación, habiendo obtenido grandes logros, como fue la preparación del primer nicaragüense en obtener un campeonato Centroamericano y del Caribe, Luciano León.

A inicios de 1962 Hidvegi conoció a una guapa joven originaria de Matiguás al norte del país, Nubia, con quien al poco tiempo se casó, siendo sus padrinos de boda Julio Miranda Cortés y el Hermano Andrés.  Vivieron en ese tiempo en la calle principal de Bolonia, cerca de donde ahora es el Canal 2.  Posteriormente, el joven húngaro se nacionalizó nicaragüense.

En 1963 el Instituto Pedagógico de Managua celebró el cincuentenario de su fundación y como parte de las celebraciones se realizó una Olimpiada Lasaliana.  Hidvegi mostró su versatilidad al preparar además de los nadadores a un equipo de atletismo que arrasó en las competencias.  Desde entonces, además de la natación se dedicó a fortalecer el atletismo nacional en compañía de Julio Miranda y Marvin Caldera.

De ahí en adelante, el húngaro se dividió para atender ambas disciplinas y continuar cosechando éxitos a nivel Centroamericano.  En algún momento parecía que el atletismo captaba más su atención, sin embargo, siempre mantuvo su presencia preponderante en la natación nicaragüense.

El Teacher Hidvegi fue uno de los promotores para que Nicaragua participara en una Olimpiada, bajo la tesis de que el fogueo de los atletas al más alto nivel serviría para mejorar su rendimiento.  Algunos cronistas deportivos lo criticaron agriamente por su “osadía” sin embargo, la participación de Nicaragua en la Olimpiada de México, sirvió para fortalecer el olimpismo y el desempeño de muchos atletas.

A finales de los setentas, decidió compartir sus conocimientos de natación con el lanzador de martillo, Carlos Meneses, conocido como Marabunta por su descomunal apetito, quien se convirtió en su asistente y poco a poco fue aprendiendo algunas de las técnicas de su mentor.

Una de las últimas figuras que resaltaron dentro de la era Hidvegi en la natación fue la excepcional nadadora Garnet Charwat, quien impuso una serie de records nacionales y centroamericanos.

En 1982, cuando Hidvegi siente que la situación política de Nicaragua poco a poco se va asemejando a su natal Hungría, decide trasladarse a Miami.  Ahí no tiene problemas para colocarse como entrenador de los principales clubs de natación de Miami, en donde logra a entrenar a grandes nadadores que llegaron a ser figuras de ese deporte en ese país.

Su cargo como entrenador en el Club La Salle de Managua se lo deja a Marabunta, que con el tiempo se convierte en Mara y posteriormente en el Profesor Mara.  Lo admirable de Carlos es su devoción por el Teacher.  Cada año, llueve, truene o relampaguee, Mara mueve cielo y tierra para hacer realidad La Copa de Natación “Istvan Hidvegi In Memoriam”.  Aparte de su ingreso en el Salón de la Fama en el capítulo de Atletismo en el año 1995, el torneo organizado por Carlos Meneses es uno de homenajes más consistentes a este hombre que revolucionó el deporte en Nicaragua.

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EL POLIFACETICO ISTVAN HIDVEGI

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(1) El Teacher

Conocí a Istvan Hidvegi a inicios de 1969.  Desde finales del año anterior, mi entonces profesor de Sociología en la Facultad de Economía, el Dr. Julio Miranda Cortés y mi condiscípulo Adán Hodgson, decatlonista, me animaron para que practicara atletismo; pues según ellos, con mis 6´3´´ y 200 libras de peso tenía condiciones para alguna disciplina de campo.  Por mi parte, yo sólo había practicado el beisbol callejero y al comienzo no me entusiasmaba la idea; sin embargo, después del esfuerzo que había realizado para perder 80 libras y situarme en aquel peso, decidí aceptar la invitación.

Una mañana de febrero de aquel año, Adán me llevó al Estadio Nacional en donde entrenaba el único equipo de atletismo de Nicaragua y de donde prácticamente salía la selección nacional de esta disciplina.  Cerca de la tercera base del campo de béisbol, se aglomeraba un grupo de jóvenes que realizaban toda clase de ejercicios, mientras otros corrían alrededor de una improvisada pista de 400 metros que cubría todo el campo.  En la meta se encontraba un individuo joven, pasaría apenas los treinta años, alto, tal vez rayando los seis pies, rubio, tenía una estructura atlética, sin embargo empezaba a desarrollar una panza que disimulaba con el corte de sus camisas; se protegía los ojos del inclemente sol con unos lentes oscuros.  Era Istvan Hidvegi, el Teacher como lo conocían todos los atletas y era el entrenador del equipo de atletismo.  Después de una breve presentación, me preguntó algunos datos personales, los anotó en su cuaderno y me dijo que me presentara al día siguiente a primera hora, con short, camiseta y zapatos tenis.

Al día siguiente, con mi atuendo deportivo me presenté al estadio para iniciar una de las más grandes aventuras que he emprendido en mi vida.  Por espacio de cuatro años estuve entrenando el lanzamiento de martillo bajo la tutela de Istvan Hidvegi, un entrenador exigente, concienzudo y que llegaba a conocer las fortalezas y debilidades de cada miembro de su equipo y mediante planes de entrenamiento cuidadosamente preparados, sacaba el mayor provecho a sus potencialidades.

El teacher era un idealista, sin embargo, siempre mantenía los pies en el suelo.  Sabía perfectamente que tenía serias limitaciones en todos los aspectos.  En el estadio se trabajaba con las uñas, en una pista patroleada que no prestaba las condiciones óptimas para los eventos de velocidad o fondo y para los lanzamientos había que vigilar la zona de impacto para no matar a algún cristiano, pues en ese mismo campo practicaban además beisboleros, boxeadores y corredores aficionados.  Los implementos deportivos eran escasos y muchas veces deteriorados por el uso.  Incluso los atletas no constituían la materia prima ideal, pues había sprinters y lanzadores de 5 pies y medio, fondistas con reducida capacidad pulmonar, asmáticos, enfermizos y demás.  No había posibilidad para una dedicación exclusiva, pues quienes no trabajaban, tenían que lidiar con un horario errático en las secundarias y universidades.  Lo único que había era voluntad.

No obstante, con todas esas limitaciones Hidvegi fabricaba campeones.  En los sesentas y setentas Nicaragua era respetada en atletismo a nivel centroamericano, tanto en pista como en campo y con México en algunas disciplinas a veces se ponía al tú por tú.

Mientras muchos equipos todavía mostraban estilos que sólo se miraban en las películas del Baron de Coubertin, los atletas nicaragüenses mostraban un estilo depurado tanto en la pista como en el campo.  Los nicas lanzaban la bala al estilo de Randy Matson, el disco al mejor estilo de Al Oerter y el martillo como el gran Gyula Zsivotzky.  El teacher recibía las mejores revistas de atletismo del mundo y estaba actualizado de las últimas técnicas internacionales.

El teacher era inflexible respecto al cumplimiento de los planes que diseñaba para cada atleta y aunque fuera echando el bofe, todos debían terminar las actividades programadas.  Lo que no podía controlar, a pesar de su insistencia en la práctica diaria, eran las continuas faltas de parte de algunos atletas por diversas razones, desde motivos de trabajo, estudios, enfermedad, hasta prolongadas papalinas.

Otro aspecto que cuidaba mucho el Teacher era el vocabulario de los atletas, pues bajo ningún motivo toleraba el trato soez de parte de ellos y lo hacía dando el ejemplo, aunque cuando montaba en cólera soltaba una retahíla en húngaro que nadie sabía lo que significaba.  Siempre trataba de mantener su buen humor, sin embargo en ocasiones era en extremo mordaz.  También cuidaba mucho el espíritu de equipo, tratando de evitar al máximo las confrontaciones entre los atletas, que pertenecían a un grupo heterogéneo en todos los aspectos.

En esos cuatro años, llegué a conocer a todos los miembros de aquel equipo que con el tiempo llegaron a ser una leyenda en el atletismo, entre los que se encontraba Donald Vélez “El Chompipe” que para mí ha sido el mejor atleta en la historia del atletismo.  Era como dicen los gringos un natural, tenía todas las condiciones físicas para ser un campeón y si hubiera tenido una férrea disciplina y dedicación, hubiera llegado a ser un plusmarquista a nivel panamericano. También entrenaban en ese tiempo Russel Carrero, Hugo Pérez, Abraham Espinales, Armando Mejía, Sergio Rubí, Francisco Menocal, los hermanos Gómez, Onell Pérez, Mary Streber, Iván Turcios, Lourdes Rodríguez, Juan Argüello, Francisco “Pancho Maroma” Argüello, Roberto Silva, las hermanas Porras, Randall Clerk, Gustavo “Bullshit” Morales, Luciano “El Perico” Obando, Carlos “El Chivo” Vanegas,  Carlos “Marabunta” Meneses, Marvin Peralta, los hermanos Larios, Aleyda Flores, Enrique “Tarzán” Montiel, Murillo, Torrentes, David Silva.  Algunos de ellos están en el Salon de la Fama, pero como dicen en los manicomios, ni son todos los que están, ni están todos los que son.

En mi caso, siempre estuve plenamente consciente que nunca llegaría a ser plusmarquista, pues no tenía la estructura o como lo llaman algunos expertos, la arquitectura muscular para lograrlo, a pesar de mi estatura y peso.  Yo nunca había levantado pesas y el Teacher no era afecto a sobrecargar el programa con pesas y se limitaba a ejercicios básicos con poco peso y ponía de ejemplo a Gustavo Morales, que sin ejercitarse con pesas y a pesar de su modesta estatura para un lanzador había fijado un record nacional de un poco más de 50 metros que todavía está vigente.  Sin embargo, no mencionaba que Gustavo era mecánico de aviación y su oficio le desarrollaba una fuerza descomunal pues a veces tenía que colocar inmensos motores en los aviones.  Sin embargo, llegué a mejorar cada día mi marca personal, alcanzando en esa época cerca de los 47 metros.

Me gustaba mucho entrenar, sentía que la disciplina del atletismo iba formando mi carácter y el lanzamiento de martillo me desarrollaba un inmenso sentido del equilibrio, además me llenaba mucho el sentido de pertenencia a un equipo.  En esos cuatro años llegué a cultivar una gran amistad con el Teacher y en muchas ocasiones llegué a fungir como su asistente.  Me confiaba algunas gestiones de parte de la Federación de Atletismo y ocasionalmente me daba las llaves de su Volkswagen para realizarlas.

Para 1972 las cosas empezaron a dificultarse para el equipo de atletismo, pues la Federación de Beisbol estaba empeñada en sacarnos del estadio, al pretender tenerlo para su uso exclusivo, de tal forma que casi a fines de año logró su cometido y con el pretexto del Campeonato Mundial de Beisbol que se celebraría en ese estadio, nos pusieron de patitas en la calle.  El equipo no se desanimó y aunque disperso reanudó sus prácticas.  Marabunta y yo practicábamos el martillo en la Explanada de Tiscapa, en donde temprano por la mañana nadie nos determinaba y no tuvimos problemas.  Todavía el 22 de diciembre fuimos a realizar unos lanzamientos, sin sospechar que serían los últimos antes de que Managua sucumbiera ante el devastador terremoto.

Después del terremoto abandoné temporalmente el atletismo al trasladarme a San Marcos y luego ingresar a trabajar al Banco Nacional.  Miraba ocasionalmente al Teacher en Loma Verde.  Luego en 1978, Roberto Silva compañero y amigo del equipo de lanzamiento de martillo regresó de Brasil en donde había estudiado educación física y me propuso entrenarme para volver a lanzar el martillo.  Acepté, pues ya vivía nuevamente en Managua y retomé la disciplina con mayor entusiasmo.  A pesar de la carga de trabajo en mi empleo, reunía fuerzas para entrenar unas tres horas diarias, incluyendo una hora de pesas en un gimnasio.

En esa época hubo una escisión en la Federación de Atletismo y por cuestiones del destino quedé en la acera diferente de donde se encontraba el Teacher.  Sin entrar en antagonismos cada grupo continuó su trayectoria y tranquilamente llegaron a coexistir las dos facciones.  Así participé en los Juegos Centroamericanos de El Salvador en 1977 en donde obtuve la medalla de bronce y posteriormente en los Centroamericanos y del Caribe en Medellín, Colombia en 1978 en donde obtuve el quinto lugar.  Para 1979 estaba entrenando duro, con casi cuatro horas diarias de entrenamiento y había logrado romper la barrera de los 50 metros, logrando la marca mínima para participar en los Juegos Panamericanos de San Juan, Puerto Rico.  Sin embargo, como decía Emmanuel, todo se derrumbó y debí abandonar el país y mi carrera como atleta.

No volví a ver al Teacher.  Estando de regreso en Nicaragua en los noventa me enteré que vivía en Miami y tiempo después supe de su muerte.  Sentí mucho no haberlo vuelto a ver, pues a pesar de todo, compartimos grandes momentos.  Muchas veces, cuando la vida parece tumbarme al suelo, recuerdo cuando practicaba el martillo.  Uno de los momentos más dramáticos para un lanzador de martillo es cuando se revienta el cable que lo sostiene del asa; ese instante que dura milisegundos, pareciera una muerte súbita y de repente, se recobra la conciencia en el suelo, tumbado, con los pulmones sin aire y preguntándose qué pasó.  Era cuando el Teacher se acercaba, me daba la mano para ayudarme a levantarme y me decía con su acento esdrújulo:  Arriba, que todavía te falta mucho.

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Aló, aquí yo, ¿allá quién?

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A comienzo de los años noventa, los nicaragüenses recibieron un regalo como pocos en su historia: la telefonía celular.El don de la inmediatez y la omnipresencia sería posible gracias a un pequeño aparato que sólo la ciencia ficción había imaginado, tal como el recordado zapato-teléfono de Maxwell Smart, héroe de la serie de la televisión de los años 60, El super agente 86.

El entusiasmo no se dio de inmediato, pues los costos de los aparatos y de los servicios iniciaron por las nubes y sólo los ejecutivos de las grandes empresas y funcionarios públicos podían darse el lujo de portar esa maravilla de la tecnología.

Como un premio de consolación llegó el beeper que era un localizador de una sola vía y que permitía cubrir un mínimo de las funciones que podía desempeñar un teléfono celular.De esta forma, quienes no tenían los recursos para contratar una línea de celular, se conformaban con el “beeper” que les permitía estar siempre a la mano y presumir ante su prójimo que eran importantes.También empezaron a salir los celulares de juguete, muy parecidos a los originales y que permitía a los “dadores a creer” poder mostrarle a sus conciudadanos que podían mantener uno de esos mágicos aparatos.

A finales de los años noventa, los aparatos celulares bajaron considerablemente de tamaño y de precio y empezaron a crearse planes económicos para las líneas, dentro de los cuales resaltó la modalidad de pre pago, a través de tarjetas que podían adquirirse en cualquier tienda.Esto provocó un considerable incremento en el número de los usuarios, ayudando también a este auge la disposición que regulaba el pago de las llamadas y el que llamaba pagaba. Poco a poco los profesionales y técnicos encontraron en el celular un medio eficiente para su trabajo, pues les permitía estar siempre localizables y de esta forma ampliar sus mercados.Las empresas encontraron en el celular un instrumento que podría ayudar a hacer eficiente la comunicación con sus empleados clave.Esto dio fin a la efímera existencia de los beepers.

El siglo XXI trajo consigo la desaparición del monopolio de la telefonía celular en Nicaragua, al consolidarse otra compañía que ofrecía el servicio y que ligada al consorcio que administraba la telefonía fija en el país, provocó una mayor amplitud en la oferta a través de una mayor cobertura y una reducción en los precios de los aparatos y los servicios.La demanda empezó a crecer vertiginosamente y de pronto el país entero se vio inundado de toda suerte de aparatos y el particular timbre o ringtone del celular comenzó a escucharse de frontera a frontera. Como un gran hito en la historia del país, el número de usuarios de teléfonos celulares alcanzó en el año 2000 un poco más de los 100,000, es decir un más del 2% de la población total de Nicaragua, cuando la totalidad de los teléfonos convencionales cubrían a un 5% de esa población.

A medida que avanzaba el nuevo siglo, la demanda de los servicios de telefonía celular se incrementaba a un ritmo espectacular.Ya el pasearse por un centro comercial hablando por un celular no era motivo de admiración y a medida que fue masificándose su uso, se fueron marcando diferentes estatus de conformidad con el manejo de este aparato.Una parte que resintió el compartir una tecnología que creyó exclusiva para ellos, se refugió en la búsqueda de alternativas para destacar comprando los más caros y complicados aparatos, frente a otro segmento que se conformaba con la sencillez de los mismos como un simple medio de comunicación.Por otra parte estaban quienes entendieron que el uso del celular debía someterse a reglas de urbanidad en consideración a sus conciudadanos por lo tanto debía conocerse cuando y donde debía de utilizarse este aparato.Otros, sin embargo, no concebían el uso del celular si no era gritando sus conversaciones y dejando que sus timbrazos irrumpieran hasta en los recintos de mayor recogimiento.

Para unos era motivo de demostración, no obstante había algunos para quienes el celular era la magia que podía romper todas las barreras de la distancia y acercarlos a sus seres queridos.Estos ciudadanos pudieron establecer un puente de comunicación con sus familias ya fuera en el exterior o en los lugares más alejados del país, que de otra manera podía ser algo imposible.

En los últimos años, la competencia entre las dos empresas de telefonía celular se recrudeció y la cobertura siguió creciendo de manera inimaginable, pues a finales del año 2007 se estimaba que existían 2.6 millones de teléfonos celulares, lo que significa que cerca de la mitad de la población total cuenta con uno de estos aparatos.Como undato curioso es importante resaltar que el 92.87% de todos ellos, como detallaría El Firuliche, tienen su cuenta bajo la modalidad de Prepago, es decir que en cualquier momento se quedan sin habla pues se le agotó su saldo, por lo que es muy común escuchar: -no pude hablarte pues me quedé sin minutos.

En estos días está de moda la tecnología 3G, que permite la navegación en internet desde un teléfono celular, así como televisión digital y el uso de los afamados i-Phone o Blackberry, sin embargo, su costo está sólo al alcance de algunos privilegiados que pueden costear un aparato que ronda los US$600.00 y cuentas mensuales que están fuera del alcance del salario mínimo.También ha surgido una nueva clase que combina el uso de un celular con un reproductor de MP3 o MP4.Hay una nueva categoría de usuarios compuesta por los Bluetooth y ahí vemos a personas que parecen que están hablando solas o en el peor de los casos uno cree que nos están dirigiendo la palabra y es que sin un aparato visible y un adminículo que descansa sobre su oreja, hablan bajo la modalidad de manos libres.Arte diabólica es, como diría el portugués del poema.

Sin embargo, lo que ha crecido vertiginosamente es el chateo a través de estos teléfonos, muy popular entre la población joven que no dispone de suficientes recursos para la telefonía.El enorme costo de esta afición es el asesinato infame del idioma español.Se han creado espacios tanto en las radiodifusoras como en las televisoras en donde se realizan los más extravagantes requerimientos y se cometen los más grandes horrores ortográficos.

En fin, el celular ha venido a cambiar radicalmente la vida de los nicaragüenses y ojala que todo hubiera sido para bien, pues aunque es cierto de que ha mejorado la comunicación, ha acercado a las personas, ha permitido mejorar sensiblemente su capacidadde respuesta ante las emergencias; por otra parte, este aparato se muestra como un arma de doble filo, pues se estima que en un 60% de los delitos que se cometen en nuestro país, está presente como parte activa o pasiva un teléfono celular.

La gran paradoja es que ahora existe que una enorme capacidad de comunicación a través de una infinidad de canales, el entendimiento entre los nicaragüenses pareciera que se va reduciendo al mínimo.


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El honorable Chop Suey

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El nicaragüense, por tradición, gustaba de comer en su casa. Lo único que lo arrancaba del arraigo de la comida casera eran los viajes, en donde sin remedio debía caer en una comidería o restaurante, según las circunstancias. Había, desde luego, algunas excepciones y eran las licencias que se tomaban a la hora de la merienda vespertina en donde era muy común la fritanga, el vigorón y demás delicias de la comida nica, pero el desayuno y el almuerzo se tomaban de rigor en casa.

Cuando el país se fue modernizando y Managua empezó a ejercer la hegemonía que le correspondía como capital, el desplazamiento de personas desde las ciudades circunvecinas empezó a despegar al nicaragüense de su afición por la comida hogareña. De conformidad con sus gustos, preferencias y principalmente sus posibilidades económicas, empezaron a comer “en la calle” es decir en los diferentes establecimientos que poco a poco empezaron a inundar a la ciudad.

Los habitantes de Managua tenían la ventaja que la actividad comercial y por ende laboral estaba localizada en el centro de la ciudad y las distancias desde los puntos más alejados no eran significativas, de tal manera que en una hora podían desplazarse sin problemas a su casa para continuar saboreando las delicias de la comida casera. Sin embargo, en cierto momento se inició la costumbre de formar grupos de compañeros de trabajo que los días de pago salían a almorzar en algún restaurante.

De esta forma, a inicios de los años cincuenta comenzaron a proliferar las comiderías y los restaurantes, mismos que ofrecían una gran variedad de opciones para los comensales. Dentro de este importante crecimiento, destaca el afianzamiento de los restaurantes chinos en la ciudad capital.

En la primera mitad del siglo XX se produjo una importante migración de ciudadanos chinos, la mayoría de carácter ilegal, pues ingresaban clandestinamente por la Costa Atlántica, muchas veces con la complicidad de las autoridades migratorias. Decían las malas lenguas que algunos oficiales de la Guardia Nacional destacados en la Costa Atlántica se habían hecho ricos con las extorsiones que realizaban a los inmigrantes chinos. Una vez en el Pacífico, la colonia china se encargaba de acomodarlos y financiarlos para que se dedicaran al negocio que más se adaptara a sus habilidades y que por lo general eran el comercio y la comida, giros en los que tuvieron mucho éxito pues era gente que trabajaba incansablemente de sol a sol.

Así pues, los restaurantes chinos se convirtieron en una verdadera opción para el nicaragüense de clase media que empezó a saborear las delicias de la comida oriental. Estos restaurantes ofrecían una amplia variedad de platillos, muchos de origen chino, otros de corte internacional, sin embargo el más apetecido y solicitado era el Chop Suey.

Todavía existen muchos debates sobre el origen del Chop Suey, término que en chino quiere decir “pedazos mezclados”. Muchos lo ubican en las Montañas Rocosas de los Estados Unidos en la construcción del Ferrocarril Transcontinental, en donde una gran mayoría de los obreros eran emigrantes chinos y quisieron preparar los platillos de su lugar de origen, echando mano de los ingredientes que el Nuevo Mundo les ofrecía. Otros lo sitúan en el Distrito de Taishan en China, de donde provenían la mayoría de los migrantes chinos en de los Estados Unidos. También existe una anécdota en donde el Premier Chino Li Hongzhang durante su visita a los Estados Unidos ofreció una cena a sus invitados para lo cual le pidió a su cocinero que preparara una comida china con ingredientes norteamericanos, de lo cual nació el Chop Suey. Lo que sí es cierto es que este platillo constituye uno de los más antiguos representantes de la “cocina de fusión”, concepto con el que nos apantallan los gastrónomos de hoy.

De esta forma se encuentran diferentes versiones del Chop Suey, dependiendo de la región y especialmente de los ingredientes que pueden encontrarse. En Nicaragua en donde era muy difícil encontrar germinado de soya, éste fue sustituido por el repollo mezclado con verduras como la zanahoria, más el ingrediente básico que podía ser pollo, cerdo, res o camarones; todo esto con una salsa que era espesada con almidones y sazonada con salsa de soya. Luego al gusto del comensal se le agregaba mostaza y salsa de tomate (catsup).

La versión clásica del Chop Suey preparada para llevar era una ración generosa que rebasaba un plato desechable de cartón, envuelta en papel encerado, acompañada de dos rodajas de pan de barra preparado en el mismo restaurante, con dos pedazos de margarina y un pequeño postre que generalmente era una lecheburra de coco. Esta ración costaba cinco córdobas, que en aquel entonces equivalía a un poco más de setenta centavos de dólar y de ella podían comer fácilmente dos personas. Había versiones especiales que contenían camarones que llegaban a costar hasta diez córdobas. Le seguía en popularidad el Chow Mein, que era el mismo Chop Suey con fideos fritos. Otros preferían la famosa sopa Wan Tan, pero si para terminarse una orden de Chop Suey se necesitaba un gran apetito, para entrarle a una sopa Wan Tan había que fregarse, más aún con el calor de Managua.

Para los ciudadanos comunes y silvestres, todos los Chop Suey sabían igual de sabrosos y era muy difícil distinguir el preparado en determinado restaurante chino. Sin embargo había connoisseurs que presumían de conocer el mejor Chop Suey de Managua y ahí había material para discutir un buen rato. Algunos aseguraban que el del Restaurante Cantón era el mejor, sin embargo otros porfiaban que era el del Restaurante Chop Suey Internacional que quedaba cerca del Gimnasio Nacional. Algunos preferían el del Pacífico, a una cuadra del Banco Central, otros más exigentes lo encargaban exclusivamente del China Palace o de El Dragón de Oro que quedaba en la Roosevelt. Nosotros preferíamos el del Restaurante El Centroamericano que quedaba frente al Cine Boer y era de Santiago Lee Wong, hermano del famoso Coronel Juan Lee Wong, que fue Jefe de la Investigación de la Policía Nacional. Si de exquisiteces se trataba, estaba el famoso Restaurante El Mandarín y luego el Marco Polo, por donde era el Gran Hotel. También era muy afamado el Chow Mein de un restaurante que quedaba en la Calle 15 de septiembre, cerca del Jardin Central y que era propiedad de Denis Chow, si mal no recuerdo, en donde también preparaban un exquisito pastel de ciruela.

Lo cierto es que entre las miles de añoranzas de la vieja Managua, está sin duda alguna entrar a almorzar a uno de esos restaurantes, ya fuera para saborear un Chop Suey, un Chow Mein o una sopa Wan Tan, o bien refrescarse con una cerveza bien helada acompañada de una boquita de Chop Suey.

En estos días, la comida china tiene que competir con infinidad de opciones, desde pizzas hasta hamburguesas, pollos rostizados y tacos mexicanos. Ya por cinco córdobas no se consigue prácticamente nada, tal vez una bolsa pequeña de frituras Ranchito. Ahora existen en proporción menos restaurantes chinos que en la vieja Managua. Todavía subsiste el Chop Suey Internacional, sin embargo, no es seguro que sea de sus dueños originales.

Cuando deseo recordar el sabor de antaño, voy al Restaurante Rincón Chino, en la Carretera Norte contiguo al Nuevo Diario; ahí su propietario Alberto Sujo se encarga personalmente de asegurar que el Chop Suey que sirven sea de primera calidad. Claro que ahora cuesta alrededor de 6 o 7 dólares, es decir casi diez veces lo que valía antes, sin embargo, vale la pena.

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