Y nos dieron las cinco

Esquina del Munich y la Guitarra

El amanecer está cerca en el occidente de Managua.  Las calles tranquilas todavía, apenas iluminadas por el austero alumbrado público, muestran esporádicamente el reflejo de las luces de los escasos vehículos que transitan por el sector.  La 35 avenida suroeste pareciera más ancha en la soledad, tan sólo minimizada en el punto en donde se juntan los dos bares especializados para trasnochadores: el Munich y la Guitarra.   

El Munich es ya una leyenda.  Nació en la vieja Managua, en los alrededores del Palacio Nacional y en donde la proliferación de tríos lo hicieron el lugar ideal para concluir cualquier festejo prolongado más allá de la media noche.  En ese lugar se protagonizaron cientos de historias, entre ellas la del ex Teniente G.N. David Tejada.  Después del terremoto de 1972 se trasladó al lugar que ocupa ahora, en las inmediaciones de los semáforos del Seminario Nacional.  La Guitarra por su parte surgió en la otra esquina, como su competencia, a inicios de la década de los noventa. 

Cerca de la cinco de la mañana coinciden dos mundos disímiles, cuya órbita los pone en ese momento frente a frente, casi rozándose, antes de seguir su rumbo.  En uno están aquellos que le robaron tiempo a los sueños y extendieron su día hasta la madrugada; mientras que en el otro están quienes apresuran la jornada empujándola desde temprano. 

A esa hora el Munich ya se rindió al inminente amanecer y un empleado de uniforme coloca una gruesa cadena cerrando la puerta metálica.  De adentro sale un penetrante olor a cerveza derramada y una mesa aún permanece ocupada, pero no son clientes regulares, sino algunos miembros de mariachis o tríos que después del arqueo de rigor, entonan una canción, esta vez con todo el sentimiento, fuera de cualquier encargo.  Usted es la culpable de todas mis angustias, de todos mis quebrantos… dedicada ahora, no a la solterona cumpleañera de las dos de la madrugada o a la asistente del gerente de las tres y media, sino a la cajera del bar que en una bolsa de seguridad guarda el efectivo.

La Guitarra tiende a cerrar más tarde.  Todavía hay un par de mesas ocupadas y consumiendo, mientras que los parroquianos con lengua de trapo continúan solicitando canciones al trío que fielmente los acompaña.  Los trovadores pasan de la Mora Limpia a Nicaragua Nicaragüita, mientras el “pitcher” de la mesa, que carga un grueso fajo de dólares, al escuchar la melodía se abandona y rompe a llorar, mientras el resto de bohemios invitados, que a esta hora ya no son dueños de su ser, vacilan y no saben si  aplaudir, reír o también llorar.  La mesera solícita le alcanza una servilleta y de su inspiración le sirve otro trago de Black Label.  

En la calle se escuchan los motores de buses que aprovechando la hora se desplazan a más de ochenta kilómetros por hora en la avenida.  Cerca del movimiento de los bares, se encuentran muchachas en minifalda que duermen en los asientos reclinados de taxis estacionados.  Calle dolida, calle sufrida, calle cansada de tanto amar, como dice Manu Chao. 

En medio de las sombras de la acera se desplaza hacia el sur un contingente de personas que caminan enérgicamente.  Acaban de dejar la cama y se revisten de todo el vigor posible para entregarse a la ilusión de los beneficios del cardio.  Resaltan en la oscuridad los vivos colores de sus buzos de apariencia metálica.  Algunos hacen gala de su condición y corren a paso de semi fondo, contrastando con las señoras que se mueven como si estuvieran desfilando en Pasadena.  Practican un poco de steeplechase con perros descansando, borrachos inconscientes o basura desperdigada.  A medida que se acercan al Munich preparan sus estómagos para resistir la “patada” a mingitorio de estadio, a desvelo, a fermento, a restos de comida. 

Otro contingente se mueve hacia el norte, a la parada de buses del Neptuno.  Lucen vestimentas formales, sus cabellos todavía están húmedos y dejan una estela de olor a jabón restregado, Drakar Noir o Avon.  La prisa se adivina en sus rostros y ruegan que la ruta no demore mucho pues deben de presentarse a sus trabajos a primera hora en el otro extremo de la ciudad.   

De pronto, sin mayor preámbulo, el primer rayo luminoso de la aurora atraviesa la avenida de este a oeste y los bohemios, trovadores y meseros al mejor estilo de Nosferatu, emprenden la retirada.  En ese momento se cruzan los habitantes de los dos mundos y aunque parezca inverosímil no se da la menor interacción, pues como en una película de Amenábar, cada quien es el fantasma de los otros.  Los bohemios suben en peso al conductor designado y echan suertes para ver quien lo sustituye al volante.  Los trovadores se separan; los que obtuvieron una mejor entrada detienen un taxi, mientras que el resto, junto a los meseros, emprenden el camino hacia la parada del Neptuno y una minoría sigue a pie hasta Monseñor Lezcano, la Morazán o la Ceibita. 

Después del primer rayo de luz, la claridad se deja venir como un aguacero y de pronto la ciudad muestra el color cenizo del amanecer.  Las luces del alumbrado público ante el estímulo luminoso, automáticamente se apagan y la avenida comienza otra vida.  En muchas casas niños escoltados por madres o abuelas esperan el transporte escolar, mientras que el flujo de trabajadores poco a poco va inundando las paradas de buses y a su lado desfilan nuevos grupos de deportistas tardíos.  

Ahora el punto dinámico se traslada hasta la pulpería 24/7 “Vaya con Dios”, al norte del Munich; ahí taxistas y transeúntes se detienen a comprar algo para mitigar el hambre.  En una improvisada banca en la acera de la tienda, un trovador termina un humeante vaso de café y emulando a Orfeo Negro rasga las cuerdas de su guitarra como invitando al sol a salir, mientras a su lado pasa de prisa un deportista sudoroso que lo mira de reojo, vuelve su mirada al oriente en donde el sol se empieza a asomar, sonríe y respira tranquilo.             

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2 comentarios

Archivado bajo cultura, Mùsica, Nicaragüense

2 Respuestas a “Y nos dieron las cinco

  1. Que casualidad!!! vivo a escasos 150metros del Restaurante Munich en el Reparto Miraflores desde hace 12 años y también soy de las personas que por la madrugada hago la caminata hasta el casi desaparecido parque las piedrecitas, me lleno de gusto lo que describe sobre la 25 avenida, confieso que es muy original su forma de escribir.
    Infinitas gracias…

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  2. Sara

    En Orfeo Negro, la superstición de la fabela le otorgaba al trovador la magia de hacer salir el sol con su guitarra y al morir éste, los niños de la fabela corren desesperados a tocar la guitarra de Orfeo para hacer salir al sol. Muy adecuada la comparación con el trovador del Munich, aunque sólo el deportista la captó.

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