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Otra historia que se va entre los dedos

 

Cuando los integrantes del selecto club de la tercera edad evocamos la vieja Managua, aquella de antes del terremoto del 72, sobra algún joven que opine que es tiempo de voltear la hoja, dejar de añorar aquel tiempo pasado y resignarse a vivir en la nueva ciudad.  No obstante, aquí cabe la pregunta del millón ¿Cuál nueva ciudad?  Managua es una ciudad que ha pasado por varios procesos de transformación de tal manera que difícilmente podríamos hablar de parteaguas cada vez que ocurre un sismo de gran magnitud.  Por ejemplo, si hacemos un ejercicio y nos ubicamos en un punto intermedio entre 1972 y ahora, digamos en 1996 y comenzamos a recorrer la ciudad de aquella época, encontraríamos que era completamente diferente a la actual y la nostalgia que sentimos los veteranos por la Managua de antes del terremoto, es la misma que los jóvenes que se ubican en los pretiles alrededor de la cuarentena, sentirán cuando recuerden aquellos tiempos.

Era el último año de gobierno de doña Violeta de Chamorro y la capital conservaba cierta placidez, pues en su área urbana apenas rebasaba el millón de habitantes.  Las obras de infraestructura todavía no terminaban de desperezarse del sopor en que se mantuvieron durante los ochenta.  Aunque usted no lo crea, no había rotondas, salvo tal vez la de Bello Horizonte y los semáforos que todavía no alcanzaban la inteligencia de ahora, resolvían para un tránsito liviano, pues en ese entonces el parque vehicular no sobrepasaba las 90,000 unidades en la capital, de las cuales tan solo 10,000 eran motocicletas.  En otras palabras, era el paraíso.  No existía ni la pista suburbana, ni la Jean Paul Genie y el único paso a desnivel era, si así pudiera llamarse, el que está al inicio de la carretera a Masaya y la calle que bordea Tiscapa.

El comercio formal todavía no mostraba dinamismo y solo existían los centros que sobrevivían desde los sesenta y setenta, el Centro Comercial Managua, que en algunos días se mostraba lánguido, Metrocentro era tan solo un “galillo” en donde se ubicaban unas diez o doce tiendas, entre ellas Eclipse, Génesis, una joyería, entre otros y un súper mercado en el extremo oriental, el Camino de Oriente que en medio de todo guardaba su antiguo glamur, el de Linda Vista abandonado en su mayoría y lo que un día fue el Nejapa, en donde predominaban los juzgados y unas pocas tiendas, así como comiderías y ventas de chucherías que siempre rodean a la justicia.  No se conocía el término Food Court.  Por otra parte, estaba el remanente de lo que fue la Diplotienda que para ese tiempo estaba abierta a todo público y a la cual Siman le había echado el ojo como cabeza de playa para su desembarco en el país.  De la misma forma, no habían más que dos cadenas de súper mercados, La Colonia que contaba con un par de locales e igualmente el Súper mercado La Fe.  Todavía no había proliferado la fiebre de pequeñas plazas comerciales y subsistían el Zumen, lo que fue Galerías frente a Plaza España y otros cuantos.

La gente todavía no recuperaba la afición por el cine y tan solo los dos cinemas de Camino de Oriente y el de Bello Horizonte satisfacían la demanda local.

En lo que se refiere a hoteles, en el rango de tres estrellas o más se ubicaban el Intercontinental, el Camino Real, Las Mercedes, el Hotel Estrella encontrándose en construcción el Holiday Inn.  Los restaurantes de ese nivel también se contaban con los dedos, Los Ranchos, El Eskimo, La Marsellesa, los diferentes locales de La Plancha.  Tampoco eran muchas las pizzerías, la Valenti, los dos locales de Pizza House y la Pizza María (pizza las 24 horas) frente al Centro Banic.

La banca por su parte mostraba un inusitado dinamismo, después de haber sido privatizada de nuevo a inicios de los noventa, surgieron varias instituciones y muchas de ellas desaparecieron del mapa como BANIC, BAMER, BANADES, BANEXPO, INTERBANK, BANCALEY, BANCAFE, entre otras.

En cuanto a hospitales privados, predominaba en aquel tiempo el Hospital Bautista y en una mínima dimensión lo que es ahora Salud Integral, aunque algunos hospitales públicos ofrecían servicios privados como el PAME del Hospital Militar.

Las opciones para el estudio universitario eran reducidas, pues aparte de la UNAN, la UNA y la UNI, solo destacaban la UCA, la UPOLI, la UAM que precisamente ese año se cambió de una casa en Bolonia a un pabellón en su nuevo recinto junto al Camino de Oriente, la UCC en Altamira, UNICA, UCEM, entre otras.

La tecnología había avanzado vertiginosamente y el país trataba de mantenerse lo más al día posible.  La mayoría de las oficinas contaban con computadoras personales, la mayoría de la serie 386 y algunos con 486, acompañados algunos con impresoras laser y una mayoría con impresoras de matriz.  Eran pocos los hogares que podían darse el lujo de contar con una computadora, pues un equipo “clon”, alcanzaba hasta los dos mil dólares.   Poco a poco el personal de oficina se había ido familiarizando con el uso de estos equipos y una carrera promisoria era la de operador de computadora o capturista.

En lo que se refiere a telecomunicaciones, todavía no se observaba avances significativos en la ciudad.  El último grito en este sentido era el anuncio de aquellas empresas que en su publicidad consignaban como número telefónico un PBX que no era otra cosa que el Private Branch Exchange que permitía a una empresa contar con varias líneas externas con el mismo número telefónico, además del intercambio de comunicación al interior de la empresa.  El FAX era todavía un requerimiento primordial para la comunicación, al enviar y recibir documentos principalmente a larga distancia.  Ya el correo tradicional comenzaba a menguar y el telégrafo vivía una prolongada agonía.

La telefonía celular todavía se encontraba en pañales y se registraban a lo mucho unas 4,000 líneas operada por Nicacel, ya en pláticas con Bellsouth para una próxima venta.  Este servicio estaba orientado a los altos ejecutivos y funcionarios del gobierno que podían darse el lujo de mantenerlas pues se pagaba una fortuna tanto en llamadas realizadas como recibidas.  El sucedáneo un poco más al alcance del resto de ejecutivos era el “beeper” tal como se llamaba a los “pagers” o localizadores que recibían un mensaje de texto enviado vía llamada telefónica a una central de la empresa operadora, en ese tiempo Alfanumeric.   Para el resto del mundo que no tenían ni siquiera una línea fija a la mano, se encontraban los teléfonos públicos de tarjeta, operados por Publitel, con unidades en puntos estratégicos de la ciudad.

El internet todavía era un privilegio para unos pocos y se realizaba a través de una conexión llamada Red Telefónica Conmutada en donde se marcaba el número del proveedor y este a través de un chicharreo establecía la conexión, muy limitada por cierto.  Eran muy pocos quienes podían darse el lujo de contar con una cuenta de correo electrónico.

Si quisiéramos ponerle banda sonora a esta evocación, creo que la más acertada sería tal vez, el tema Mi historia entre tus dedos, que si bien es cierto, su autor e intérprete, el italiano Gianluca Grignani la había estrenado en su idioma original en 1994, la versión en español llegó al país hasta en 1996 y se adueñó de todas las listas de popularidad.  Era un tema de desamor, en el que el protagonista de la historia afronta una ruptura, con una melodía en extremo pegajosa, pero que no obstante tiene las fallas comunes que tienen los temas en italiano que pretenden traducirse al español utilizando las similitudes entre ambas lenguas, pero que al final se alejan enormemente del sentimiento original.  Hay algunos aciertos que pueden rescatarse de la versión en español como es la expresión:  “Porque conozco esa sonrisa tan definitiva…”  Una noticia le dio un toque más dramático al tema anterior, al correrse el rumor de que Gianluca se había suicidado, lo cual al final no fue más que otra falsedad.

De esta forma, si escuchamos este tema y cerramos los ojos, tal vez nos transportemos a esa otra Managua, tan diferente a la actual, que a veces nos parece tan atestada con cerca de 2.3 millones de habitantes y un total de medio millón de vehículos, de los cuales 300 mil son motocicletas.  La ciudad está plagada de rotondas en donde el tráfico se aglomera y en ocasiones parecen ser posibles focos de infección por salmonelosis.  Los semáforos inteligentes parecieran haber sufrido una lobotomía, de tal manera que a veces un simple traslado se transforma en un calvario.

Así pues, sin necesidad de ir tan lejos, muchos sentirán nostalgia, tal vez recordarán un amor perdido, otros probablemente agradecerán aquel adiós, lo cierto es que el sabor que tenía la novia del Xolotlán en aquel entonces, es una historia que se fue entre los dedos.

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Los de arriba

Dubai. Imagen tomada de internet

Un diario local publicó recientemente un par de artículos que insisten en la necesidad de que Managua crezca verticalmente; de hecho, anotan que hay un notable crecimiento en las construcciones de varias plantas en esta ciudad, lo cual según esos conocedores del tema plantea muchos beneficios y muchos retos, pero aparentemente ningún inconveniente.

A simple vista, estas consideraciones motivan al ciudadano común y silvestre a empezar a soñar e imaginarse a Managua como una nueva Dubai, con imponentes edificios como el Burj al Arab, destacándose en el paisaje, sobresaliendo de las nubes. No obstante, sin necesidad de ser una lumbrera, es posible realizar una serie de consideraciones que nos ponen como a Cornelio Reyna cantando: Me caí de la nube.

Si bien es cierto, uno de los males endémicos de los nicaragüenses es la amnesia, pues somos proclives al olvido total, es conveniente tener siempre presente que estamos en una región altamente sísmica y que una telaraña de fallas atraviesa la ciudad capital, de tal manera que el miedo a los sismos no es algo para olvidarse fácilmente.

Aun así, no creo que exista la confianza de habitar en un edificio de más de tres pisos, salvo tal vez que los estudios, construcción y supervisión fuesen realizados por profesionales japoneses, siguiendo las normas vigentes para países altamente sísmicos.   Pero la triste realidad es que no es remoto que puedan ser desarrollados por los mismos especialistas que estuvieron a cargo de proyectos como Residencial San Sebastián, que después de una torrencial lluvia quedó convertida en una Venecia.  Así pues, si estos especialistas no pueden prever la intensidad máxima de la precipitación pluvial y sus consecuencias, ¿podrán entonces prever la intensidad que puede alcanzar un movimiento sísmico?

No obstante, hay que señalar que la mayoría de estas edificaciones están desarrolladas para albergar oficinas, más que viviendas.  En este caso, los empleados de esas empresas, se enfrentarían al dilema que les plantea el temor de pasar ocho horas en ese edificio versus el temor a tener que renunciar a su trabajo, algo así como vivir de manera sostenida con el  fondillo a dos manos o bien, confirmar la máxima del célebre magistrado: “la calle está dura”.

Pero para los apologistas de estas construcciones verticales esta tendencia debe de alcanzar a las construcciones para vivienda, bajo la premisa de que es imperativo “densificar” la ciudad.

Aquí entran en juego varios factores que es importante aclarar.  Si bien es cierto, en otros países se aprovecha eficientemente el terreno mediante construcciones verticales, el asunto de la densidad es relativo, pues en Nicaragua, al igual que en muchos lugares en la región, la densidad se da en otro orden.  En los países desarrollados la ocupación por vivienda es en promedio de 2.702 personas, como lo acotaría El Firuliche, en cambio en Nicaragua ese índice se eleva casi al doble.  Mientras que en los primeros por tradición, hay una preferencia por vivir de manera independiente y en el caso de las familias hay una tendencia a componerse de tres miembros, en estas latitudes, en cada vivienda habitan en promedio 5.015 personas, más eventualmente cuatro piches adicionales que están temperando.

Otro aspecto muy importante y que ya ha sido señalado por algunos estudiosos del tema es el de los aspectos culturales.  Más que afirmar que no está en la cultura del nicaragüense vivir en espacios verticales, yo diría que no está en su ser el habitar en condominio, es decir en una comunidad en donde existen áreas comunes y más que nada, gastos comunes.  Si los compatriotas son reacios a pagar por sus servicios básicos, sería inconcebible para ellos el hecho de tener que pagar por servicios que son comunes a todos los que habitan en un edificio, como la iluminación de pasillos, escaleras y otras áreas comunes, la limpieza de estas áreas, los servicios de seguridad, costos de operación y mantenimiento de elevadores y eventualmente servicios como el gas estacionario que se paga por alícuotas por departamento.  La experiencia en otros países latinoamericanos señala que en todo conjunto habitacional hay uno que otro, por no decir muchos condóminos, que son reacios a pagar por estos gastos y no hay poder sobre la tierra que los obligue a hacerlo, de tal forma que se arma la de San Quintín y al final el resto se tiene que conformarse con subsidiar a los vivianes.

No hay que olvidar lo relativo al ruido, en una sociedad que está acostumbrada a hablar en voz alta, como si su interlocutor se encontrara a un kilómetro en el desierto del Sahara y quienes son aficionados a la música, tienen complejo de D.J. y manejan sus equipos de sonido generando ruido arriba de los cien decibeles.  Por otra parte, estas construcciones, para hacerlas más livianas, sus desarrolladores emplean materiales que se prestan a estas especificaciones, pero que dejan pasar el menor ruido.  Así pues, en un colectivo en donde el sentido común es el menor de los sentidos, se arma fácilmente la canción de Muchilanga.

Otro aspecto manejado por quienes defienden el crecimiento vertical de la ciudad es que a través de este modelo, se abaratarán los costos de los servicios básicos.  Esto podría tener lógica desde cierto punto de vista, sin embargo, en un país en donde la lógica no funciona pues el plomo flota y el corcho se hunde y ante la caída brutal del precio del petróleo el precio de los combustibles más  bien se eleva.  De la misma forma, los servicios básicos que también dependen del precio del petróleo tampoco bajan.  Así pues, es iluso pensar que por el crecimiento vertical de la ciudad, el costo de estos servicios vaya a bajar.

Otras de las ventajas que asignan a este modelo es que habrá una  dependencia menor de los vehículos, pues una considerable proporción de ciudadanos se trasladará a sus trabajos a pie.  Parece que los defensores de esta afirmación no han tenido que caminar en esta ciudad, en donde a duras penas un 12% de sus calles son transitables a pie, siendo el resto verdaderos retos para los peatones, quienes tienen que practicar parkour para poder sobrevivir a los cafres del volante.

Aun así, se requiere de forma urgente un plan urbanístico a corto, mediano y largo plazo, realizado con el concurso de profesionales en la materia, de tal manera que el crecimiento de la ciudad sea eficiente y sostenible.  Es probable que la construcción vertical pueda ser una opción, pero para levantar en zancos a las viviendas vulnerables ante los estragos que están causando las lluvias ante el desastroso sistema pluvial de la ciudad.

 

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La Bolívar

Avenida Bolivar.  Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me parece de lo más natural que a cierta edad, cuando el camino por recorrer es mucho más corto que el ya recorrido, se tienda a volver la vista atrás y evocar a Jorge Manrique en aquellos versos de su elegía: “…cómo a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…”  A pesar de las numerosas críticas a esta actitud, muchos seguimos añorando la vieja Managua, aquella señorial ciudad que guardaba celosamente el alma de los capitalinos y que en cada una de sus calles desbordaba la inconfundible identidad de sus habitantes.

Uno de los pasajes más emblemáticos de aquella ciudad era sin duda alguna la Avenida Bolívar, conocida también como la Primera Avenida Oeste.  A diferencia de la Avenida Roosevelt, la arteria central de la ciudad, la primera era mucho más tranquila pues había una mayor proporción de casas de habitación respecto a los locales comerciales.  Era una calle que invitaba a caminar por ella, ya fuera en una fresca tarde de diciembre o bajo el abrasador sol de abril a medio día, cuando a lo lejos, el paisaje parecía difuminarse como dunas en la lejanía del desierto y el asfalto de la calle se sentía derretirse bajo las suelas de los zapatos.

Muchos de mis recuerdos más gratos de la vieja ciudad están ligados a esta avenida, aunque en ese sentido debo de admitir que envidio la memoria prodigiosa de los grandes cronistas de la ciudad: Cuadra Moreno, Fischer Sánchez, Sánchez Ramírez, Gutiérrez Barreto, entre otros, que de manera magistral pueden recorrer de memoria una a una las casas de toda la avenida.  Yo tengo recuerdos un tanto dispersos de esos lugares, pero que en su conjunto me traen la imagen de una calle tan llena de vida.

Tal vez el lugar que más frecuenté fue una casa que estaba ubicada esquina opuesta al Teatro González, en donde tuvo su consultorio el Dr. Boris Gutiérrez y Gutiérrez, dentista muy amigo de mi padre y que se encargó de atender mis constantes dolencias dentales, así que mis recuerdos están mezclados con enormes sentimientos de temor y dolor, en un tiempo en que todavía no se utilizaba la anestesia para las intervenciones odontológicas.  Era una casa amplia, en alto, elegante, en donde también despachaba un médico de apellido Fuentes, que según mi padre había estudiado en Francia y era una eminencia.  Al fondo se observaba un enorme jardín de un extremo verdor, con abundantes coludos.  Desde la sala de espera se observaba el Teatro González, en donde tuve la oportunidad de ver muchas películas, sin embargo, el recuerdo más vívido es el de la primera vez que fui a ese teatro y fue cuando estrenaron La dama y el vagabundo, de Walt Disney y mi abuela le pidió a mi padre que nos trajera y ahí estábamos disfrutando la película con una bolsa de palomitas de maíz que nos supieron a gloria, pues en el cine del pueblo apenas llegábamos a chicles, maní y caramelos de nancite.  También recuerdo claramente la promoción de bachillerato de mi querido y recordado primo Eduardo Ortega Gasteazoro (q.e.p.d), cuando quedé impresionado con un número musical que me dejó con la boca abierta, pues un joven con un arco de violín le arrancó tremendas canciones a un serrucho de carpintería, una de ellas la clásica Humo en tus ojos.  El joven aquel se llamaba Carlos Mejía Godoy.

Frente a aquel consultorio, en la parte oriental, se encontraba el Edificio Paiz, de don Domingo Paiz, en donde tenía su correduría de seguros y alquilaba a otras oficinas y negocios.   En la otra esquina, al noroeste, estaba el Club Internacional, en donde sólo ingresé una vez y fue durante una feria agostina que organizaban las damas diplomáticas para recaudar fondos para fines benéficos.

Por ese rumbo se encontraba el legendario Gambrinus, un salón cervecero-restaurante, que para ser sincero nunca visité, sin embargo, muchos conocedores todavía recuerdan las delicias que ahí servían.

Del Teatro González hacia el norte, recuerdo el INFONAC y la final de la avenida, frente al Parque Darío, el Palacio del Ayuntamiento, un edificio de estilo griego con escalinata y columnas, construido en 1927 y que alojaba al Distrito Nacional que era el equivalente a la Alcaldía de Managua, con la diferencia que antes el titular de esa oficina era designado por el Presidente de la República y ahora, bueno, ahí lo dejamos.

Otro local que visité mucho fue, un poco más al sur, Los Mejores Trajes Gómez, de don Miguel Gómez, uno de los mejores sastres de Managua y que había estudiado en La Habana, Cuba.  Mi padre había sido uno de los primeros clientes de don Miguel, de tal manera que cuando llegábamos, él personalmente nos atendía con enorme cortesía.  Era un negocio floreciente y observé la ampliación que fue experimentando en la década de los cincuentas y sesentas.  Ahí fuimos los estudiantes del Pedagógico de Diriamba, a dar a confeccionar nuestros smokings para la ceremonia de graduación, cuando el título de Bachillere en Ciencias y Letras, al igual que yo, tenía un considerable peso.  El caso es que al momento de realizar las órdenes y desde luego pagar el adelanto, no se encontraba Don Miguel y un encargado me advirtió que mi traje, por ser talla 48, tendría un sobre precio; me sorprendió mi rapidez al argumentarle que con la tela que les iba a sobrar del traje de un compañero que era XS, podían finalizar el mío y ambos pagaríamos lo mismo.  Al final el encargado tuvo que acceder.

Tuve la suerte de conocer al efímero Hotel Balmoral.  A inicios de diciembre de 1972, invitaron a mi novia a una boda en ese hotel, así que asistí como agregado cultural.  En esa época, estaba iniciando la moda de realizar los eventos en extremo elegantes, en un club o en un hotel.  Así pues, disfruté de una fiesta en ese elegante recinto, en donde corrieron los más finos licores y las más exquisitas viandas.

En mi memoria olfativa se encuentra una farmacia, no estoy seguro si se llamaba San Antonio y que tenía incorporada una fuente de sodas, en donde vendían toda suerte de refrescos, de tal manera que al transitar por ahí, se mezclaban los aromas de los productos farmacéuticos con los emanados de la fuente de sodas.  En cierta ocasión que acompañaba a mi padre por el centro de la ciudad, el calor era tan intenso que estábamos a punto de deshidratarnos, de tal manera que ingresamos a la citada farmacia y pedimos un par de refrescos.  Al momento de pagar el encargado preguntó qué refrescos habíamos pedido y mi padre, muy dado a la broma, le dijo que no había podido identificar la esencia que habían utilizado, lo cual ocasionó que el señor aquel montara en cólera y aclarara que en ese local sólo servían refrescos naturales.  Al salir, mi padre pasó de la extrema seriedad a esbozar una enorme sonrisa.

En esa avenida estaba ubicada una librería, propiedad de un profesor del Colegio Calazans de nombre Lucinio, de origen español.  No tenía un enorme surtido, pero tenía la ventaja que siempre atendían a la clientela con mucha amabilidad.

También recuerdo en esa avenida a la escuela de comercio de la familia Matamoros.  En aquellos tiempos una de las carreras técnicas más socorridas era la de Comercio, que era básicamente mecanografía, taquigrafía, redacción y ciertos elementos de contabilidad.

Se ubicaba en esa avenida el Restaurante Pacífico, que según algunos conocedores de la comida china, en especial los que trabajaban en los bancos Nacional y Central, se servía el mejor chop suey de la capital.

En la intersección de la calle 11 de julio con la Avenida Bolívar estaba un enorme guanacaste, que proyectaba una enorme y acogedora sombra sobre sus alrededores.  Ya en ese sector, empezaban a dominar las  casas de habitación.   Un poco hacia al lago, a mano izquierda, bajando, estaba la casa de habitación de un sacerdote que fue párroco de la Iglesia El Calvario.  Según algunos comerciantes de ese rumbo, el padre, tan sólo con el afán de reactivar el comercio, realizaba préstamos para capital de trabajo a ciertos feligreses que requerían de liquidez.  Dicen que cobraba una tasa de interés un tanto arriba de lo que cobran actualmente las tarjetas de crédito y los solicitantes debían de presentar una garantía colateral, preferiblemente las escrituras de algún inmueble.  En los años sesenta circulaba una anécdota que más bien parecía ficticia, pues aseguraban que en cierta ocasión llegó un feligrés a indagar sobre el sacramento de la confirmación y exclamó en la sacristía: – ¿Hay confirma? a lo que la grave voz del párroco se escuchó desde el fondo: -¡No, sólo con hipoteca!  Así pues, cuando iba al centro con mis hermanos  y pasábamos por la casa del citado sacerdote, en especial cuando mirábamos que se encontraba un flamante Mercedes Benz en el garaje, nos turnábamos para gritar: -¿Hay confirma? mientras salíamos disparados hacia el norte.

Del guanacaste hacia el sur había un variopinto de estilos de casas de habitación, sin embargo, la que más llamaba la atención era una que tenía un enorme pasadizo para llegar a un jardín frontal en donde la familia que la habitaba tenía expuesta una tina de baño que según ellos había pertenecido al Rey Mosco.  En la sala de aquella casa había toda una colección de pinturas que adornaban las enormes paredes.

No estoy seguro dónde comenzaba oficialmente la Bolívar en el extremo sur, si en la Calle Colón, en el tope de la 27 de mayo o en el Hospital Militar.  Algunos sitúan al Club de Clases de la Guardia Nacional que quedaba entre las dos citadas calles, como parte de la Bolívar.  Después de ese sitio hacia el sur, en la banda oeste comenzaban las elegantes casas de Bolonia y en la banda este, además de la Colonia Militar, había un enorme predio vacío integrado a la explanada de la Loma de Tiscapa.

La última vez que miré aquella idílica avenida fue el 22 de diciembre de 1972, cuando la atravesé para dirigirme al Cine Darío en el este de la ciudad.   Al día siguiente, por la mañana acompañé a mi padre a presentarse a su trabajo en la Clínica Oriental del INSS y al atravesar dicha avenida por aquel Guanacaste, se observaba al igual que casi toda las calles de la capital, un torrente de dolor y muerte.  Todavía a media mañana estaban sacando cadáveres de aquellas pintorescas casas de la avenida.

Ahora, en pleno siglo XXI, la Avenida Bolívar es símbolo de estos tiempos que corren, pues es casi el triple de ancha que la original, con tres carriles por banda, cunetas bien elaboradas, bahías y paradas de buses elegantes.  Es muy difícil identificar los puntos que una vez caracterizaron aquella vía, salvo tal vez el Teatro González, que ahora, más traqueteado que el  acordeón de Peñaranda, luce un rótulo de publicidad de refrescos que anuncia “La casa de Jehová” y en lugar de la cartelera hay un horario de servicios de la iglesia que ahí funciona.  Donde fue el Club Internacional es el patio de la lonchera de Telcor.  Donde fue el Edificio Paiz es ahora una parte de la Cancillería y la recordada clínica del Dr. Gutiérrez y Gutiérrez es ahora una plazoleta junto a un súper héroe que carga una Kalishnikov y advierte que sólo los obreros y campesinos irán hasta el fin.   El enorme Guanacaste ya no existe y en su lugar se encuentra el estacionamiento de SERVIGOB.

Para quienes no conocieron la antigua avenida, la vía actual podría desbordar modernidad, hasta le van a instalar semáforos inteligentes, para suplir el vacío que campea en los recintos aledaños.  Los árboles majestuosos han sido remplazados por imponentes árboles metálicos y en su conjunto pareciera una avenida del primer mundo, sin embargo, para quienes conocimos la vieja calle, extrañamos aquel principio vital, aquel flujo que emergía del suelo y le daba vida, aliento y fuerza a todo lo que ahí se encontraba y que hoy, a pesar de todo lo que le quieren insuflar, no va a recuperar nunca.

 

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La Racachaca

La Racachaca. Foto Orlando Ortega Reyes

 

Uno de los cruceros vitales en el occidente de la Managua actual es la intersección de la Pista Benjamín Zeledón con la 20 Avenida Suroeste. En virtud de que la mayoría, por no decir la totalidad de los lectores se habrá quedado en Ele Olo Chico Zapote con esta referencia, es menester aclarar que se trata de los semáforos de La Racachaca. La Pista Benjamín Zeledón que viene de Plaza España para fenecer en la Carretera Sur, a la altura de El Guanacaste, maneja gran parte del tráfico del oriente de la capital hacia el noroeste, mientras que la 20 Avenida Suroeste conecta los barrios sur occidentales como Independencia, San Judas y Loma Linda, con la propia Altagracia y sectores situados en el noroeste.
El nombre que tiene esa intersección se lo debe a una famosa fritanga que estuvo ubicada ahí y cuya historia es por demás interesante. Podría decir que dicha historia comienza en la ciudad de Ramallah, en Palestina. A diez kilómetros al norte de Jerusalem, en la Montaña de Alá, que es el significado del nombre Ramallah, vivía un joven llamado Mustafá Dipp, perteneciente a una familia acomodada y que ávido de aventuras, un día se armó de valor y decidió viajar a América.
El azar lo trajo hasta Nicaragua y a finales de los años veinte, Mustafá comenzó a trabajar duro, como lo han hecho todos los “baisanos”, primero con el negocio de las telas, actividad predilecta de los “turcos” como genéricamente se conocía a los inmigrantes del Asia Menor y luego en el sector inmobiliario, convirtiéndose en un importante casa teniente y sumando a sus ingresos del comercio, las rentas producidas por las diversas casas que había adquirido en la vieja Managua. Mustafá se casó con una nicaragüense, Emma Fonseca y en 1928 nació su hijo Jorge Efraín, quien con el tiempo se convertiría en ayudante de su padre, en especial en la administración y mantenimiento de las casas que poseía la familia.
Para 1972, la suerte le sonreía a la familia Dipp que vivía en el sector del Mercado Boer, sin embargo, el sismo de diciembre de ese año, vino a dejar en el suelo todas las aspiraciones familiares, al igual que la totalidad de inmuebles que tenían, lo que los dejó en una situación económica crítica. La primera alternativa vislumbrada por Jorge fue obtener financiamiento de parte de la familia de su padre en Palestina, pero el conflicto con Israel imposibilita cualquier ayuda al respecto. Después de analizar varias opciones, en 1975 Jorge se decide a emprender el proyecto de establecer una fritanga y se decide hacerlo en el barrio Altagracia. Para ese entonces, el régimen dictatorial de Somoza, quien para disimular la opresión hacia el pueblo, mostraba un desmedido afán de progreso, especialmente la construcción de obras de infraestructura, se encontraba construyendo una pista adoquinada que iba desde un nuevo complejo inmobiliario de oficinas y comercios llamado Plaza España, en el sector de Bolonia, hasta la carretera sur, en El Guanacaste, en donde quedaba la Casa Lang. En ese trayecto, en el corazón de Altagracia, Jorge consiguió un terreno en una esquina en donde improvisó, con una construcción de madera, un local para su negocio.
La clave de sus estrategia fue ofrecer una fritanga de calidad, a través de carne de primera para asarla y ofrecerla con los acompañamientos clásicos de las fritangas, gallo pinto, tajadas de plátano frito, queso frito y demás delicias, con diferentes refrescos, sin embargo, se especializaría en el tradicional cacao. Sólo faltaba el nombre. Por mucho tiempo estuvo barajando diferentes alternativas pero ninguna le convencía.
Una noche, Jorge se fue con un sobrino a tomar unas cervezas y ya medio sesereques, les dio por cantar. De pronto comenzaron a entonar la canción que interpretaba Javier Solís, de la autoría de Alvaro Carrillo: La mentira (Se te olvida), que era una de las preferidas de Jorge y resulta que a mitad de la canción, quién sabe si por el efecto de las cervezas, se les olvidó la letra; sin embargo, esto no detuvo a los inspirados cantantes que continuaron con la melodía exclamando onomatopéyicamente: Racachaca, racachaca chacachacachacachaca, racachaca, racachaca, habiéndoles caído pan de rosa el asunto y así finalizaron el tema y no sólo eso, sino que a Jorge se le ocurrió que así se llamaría su fritanga: La Racachaca.
De la misma forma, Jorge bautizó con ese nombre a la especialidad de la casa, que era una orden de carne asada de primera con gallo pinto y que se pedía como una Racachaca. Fueron varios los factores que se juntaron para que el negocio de la fritanga floreciera. En primer lugar la nueva pista que vino a traer un tráfico impresionante, poniendo a Altagracia en un lugar privilegiado. La gestión empresarial de Jorge que fue clave en el éxito del negocio, pues estaba presente en todos los procesos del negocio y cuidando todos los detalles para que la satisfacción de la clientela estuviera garantizada. Aunado a lo anterior, estaba la calidad de los productos, en especial la carne que era de primera y el delicioso cacao se convirtió en una bebida altamente demandada.
Durante la primera mitad de la década de los ochenta, a pesar de las enormes restricciones, el negocio de Jorge continuaba con cierto éxito. Sin embargo, en 1985, Jorge falleció a la edad de 57 años. Tras su muerte, sus hijos emigraron a los Estados Unidos y el negocio prácticamente quedó abandonado.
A mediados de los años noventa, un familiar de Jorge, se aventuró a levantar el negocio, sin embargo, tuvo la mala suerte que en paralelo, a la media cuadra, otra fritanga se levantó de manera impresionante, llevándose doña Julia la mayor parte de los posibles clientes, obligando al negocio de La Racachaca a languidecer tristemente en su esquina. Hubo, varios intentos de reanimar la imagen del negocio, incluso cuando de pronto la fritanga de doña Julia cayó estrepitosamente, sin embargo, no tuvo éxito. Un poco más de suerte tuvieron los negocios de leche agria que se fincaron alrededor de estas fritangas.
En los últimos años, se dieron dos intentos por revivir a La Racachaca, uno de ellos transformándolo en una cafetería, con asados y repostería, pero no logró levantar cabeza y desde hace un año aproximadamente, el negocio se orientó exclusivamente a la panadería y repostería con mejores resultados, de tal manera, que aquella efervescencia de antaño, se vuelve a observar en la improvisada esquina de Altagracia.
Esta es pues, la verdadera historia de La Racachaca. Después de cuarenta años, ya existen varias versiones del origen del nombre, incluso una que lo deriva del árabe. Lo cierto es que en esta historia, hay una alta dosis de trabajo, de espíritu emprendedor y de originalidad. Y como finalizan los mariachis: “Chan charrán chan chan”.

 

Agradezco sobremanera a Iván Dipp por su invaluable ayuda para redactar este post.

 

 

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Dadme un punto de referencia…

El arbolito.  Foto Orlando Ortega Miranda

 

Sería tal vez 1955 cuando de la mano de mi abuela salí del Hospital Bautista, donde trabajaba mi padre y tomamos un taxi, que en esa época les llamaban “gatos”.  Con su voz un tanto autoritaria le espetó al conductor: “de la Hormiga de Oro dos abajo y media al lago”.  El taxista sin titubear arrancó el vehículo y raudo y veloz atravesó la ciudad capital y ya en el sector de abajo, como se le conocía al occidente, se ubicó rápidamente en la dirección solicitada y llegamos sin contratiempo a la casa de mi tío.  Si mi abuela le hubiese dicho “a la quinta avenida noroeste, número 307” tal vez el taxista hubiera puesto cara del Demonio de Tasmania y reclamado la dirección nica, es decir, basada en un punto de referencia.  

En esa época, Managua tenía sus calles perfectamente catalogadas y numeradas, partiendo de una avenida central que atravesaba la ciudad de la loma de Tiscapa al lago, es decir de sur a norte y cuyo nombre oficial era Avenida Roosevelt; por otra parte, había una calle central, que era la que fenecía en el oriente en la Iglesia Santo Domingo y a partir de esos dos ejes, las calles y avenidas se denominaban de acuerdo al cuadrante donde estaban ubicadas.   Muchas veces tenían dos nombres, ambos oficiales, por ejemplo, la 2ª calle sur era la calle 15 de septiembre y los domicilios hacia el oriente y occidente de la avenida central se ubicaban en la 2ª calle sureste y suroeste respectivamente.  A excepción de los empleados del sistema postal que conocían a la perfección la ubicación de cualquier inmueble en la capital con la nomenclatura oficial, el resto de la población necesitaba de otros parámetros para poder orientarse.  Pareciera que los nicaragüenses se adosaron íntimamente al pensamiento de Arquímides (de Siracusa) y parafraseándolo enarbolaron el lema: “dadme un punto de referencia y encontraré el mundo”.

Así pues, a través de su historia la capital ha estado plagada de puntos de referencia que han variado de manera sorprendente, pues lo mismo se ha utilizado un inmueble ya fuera público, privado, comercial o religioso, que el lugar en donde ocurrió un acontecimiento histórico.  Estos sitios se han movido de forma dinámica de acuerdo a las circunstancias, en especial después de los terremotos de 1931 y 1972.  Antes del primer sismo, resaltaban el Hotel Lupone, el Teatro Variedades, la Maison Dorée, la Iglesia Candelaria, el Campo de Marte, la Parroquia, la Casa del Aguila, la Penitenciaría.  Entre los dos terremotos florecieron un sinnúmero de sitios que sirvieron tradicionalmente de puntos de referencia y de los cuales unos pocos sobreviven en la actualidad.  La sobertería La Hormiga de Oro, que mencioné al inicio era uno de los principales referentes en el sector occidental para localidades cercanas a la Calle Momotombo entre la Avenida Bolivar y la 6ª  Avenida Noroeste, en donde también se ubicaba otro famoso punto que era la Chibolería Gil.  Por ese lado estaba también el Palacio de Comunicaciones, la Cafetería La India, el Diario La Prensa, la Alianza Francesa.   Un poco más alejados del centro en ese mismo sector también estaban dos lugares emblemáticos que a la fecha aún sirven como referencia, el Arbolito, que después de varios atentados se impuso en la intersección de lo que fue la Avenida del Ejército y la Calle del Triunfo.  El otro lugar es Las Delicias del Volga, legendaria cantina de la vieja Managua a unas cuadras del Cementerio General y que a pesar de haber desaparecido hace muchos años y albergar a la fecha una venta de repuestos, todavía se sigue utilizando para orientar a quienes buscan una dirección en el rumbo.  Por la carretera sur estaban el Buen Tono y la Fosforera, esta última que servía de referencia para quienes asistían al Chepito´s Inn.

En el propio centro de la ciudad muchos recordarán a la esquina de Los Coyotes o bien la de Carlos Cardenal en la otra banda, en la Avenida Roosevelt, los Mejores Trajes Gómez en la Bolívar, el Jardín Central en la 15 y la Roosevelt, las camisas Record en la 15, los repuestos Chico Ché en la misma calle.    Desde luego, los cines eran referencia obligada, es más con sus variantes, como la luneta del Principal.  También los edificios públicos como los Juzgados del Trébol, la Casa Liliam sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Salud, entre otros. 

En el rumbo del oriente, arriba como se decía, estaba la loma de Chico Pelón, por el aeropuerto Xolotlán, el Abanico, la Farmacia Mendoza en el mercado Oriental, la cantina del Gato Abraham, el Caimito, la gasolinera El Triángulo, la Caimana, la panadería Cagnoni, la estación Caldera, la Sala Evangélica, la primera Iglesia Bautista, el edificio Silva, el Cerna, el taller Cajina, el Hotel Estrella, los tacones AGO, la casa Pantoja, la panadería El Colmado, la Farmacia Loyola, el cine Fénix.

Así como estas direcciones seguramente hay una infinidad de puntos que ocuparían muchas páginas en este artículo y cada quien, de conformidad con los recuerdos que guarde de sus rincones podría agregar a esta muestra y que por otra parte han sido objeto de largas crónicas de parte de especialistas en el tema.  Habría que resaltar que era interesante cómo algún acontecimiento marcaba un punto de referencia como lo fue, en una época La Balacera, allá por el Barrio San Luis, que en una época llamó tanto la atención de los vecinos que se quedó por mucho tiempo como referencia obligada en el rumbo. 

Es importante señalar que a pesar de que muchas cantinas fueron referencias que por largo tiempo orientaron a muchos capitalinos, las casas de cita, como se les conocía a los prostíbulos, por alguna razón no se utilizaban a menudo para ubicar alguna dirección.  Cuando por azares del destino viví junto al exclusivo lupanar conocido como La Toña Nariz, la dirección obligada era de la Clínica Barbosa una cuadra al sur y veinte varas arriba.  Tampoco podía ocupar la dirección de donde la Engracia Lacayo setenta y cinco varas abajo.  Cuando mi familia se trasladó a la capital nos ubicamos en el llamado oficialmente Callejón Ramón Sáenz Morales, que era la prolongación de la 6ª avenida Suroeste y que se le conocía con el remoquete de la Cueva de Alí Babá, sin embargo, la referencia obligada era de la Panadería La Tica, media al sur. 

El terremoto del 72 arrasó con la centro de la ciudad y todos los puntos comprendidos en esa zona desaparecieron para siempre.  Cuando después del shock la población se dio cuenta que tal como decía Julio Iglesias: “La vida sigue igual”, comenzaron todos los negocios a anunciarse en las radiodifusoras bajo el recordado lema: “Estamos operando” y a continuación ofrecían la nueva dirección basada ahora en nuevos puntos de referencia.  De esta forma ciertos sectores cobraron nueva vida, como el caso de Ciudad Jardín y sus famosas referencias de la ITR, La Colonia, entre otros.  Linda Vista con la gasolinera de El Cortijo, Altamira con la famosa Vicky, el By Pass con puntos como Enaluf, el Zumen o bien la nueva avenida de Plaza España al Guanacaste con la Racachaca. 

De esta manera, para orientarse en Managua es necesario por lo menos conocer la ubicación de los puntos de referencia obligados en la ciudad, una leve noción de orientación de tal forma que pueda distinguirse en dónde quedan los cuatro puntos cardinales en determinado lugar, en especial aquellos sitios que no están orientados de manera exacta con dichos puntos y en donde hacia arriba no es necesariamente hacia el este, sino hacia el noreste.  También hay que dominar un poco las medidas de longitud, tanto del sistema métrico decimal como del español, pues del punto de referencia se maneja una buena cantidad en cuadras y varas.  En  algunos pocos casos se manejan metros.  Casi siempre se realiza un cálculo de que una cuadra mide 100 varas y de ahí, media cuadra serán 50 y así sucesivamente se da la idea en que tramo de la cuadra está ubicado el inmueble.  Aunque hay cuadras leonesas, es decir que llegan a medir las 200 varas y ahí se debe hacer la aclaración.

En la actualidad, el sistema de nomenclatura y numeración de la capital continúa siendo un verdadero caos.  Aunque usted no lo sepa y quizá no lo crea, existe un código postal para cada zona de Managua, sin embargo, sigue siendo inoperativa.  Por ejemplo si proporciono la dirección de Calle Los Pinos No. 64, código postal 12066, pondría a parir chayotes a los empleados de correos y no se diga a cualquier ciudadano común y silvestre, pues pasaría una semana más perdido que el hijo de Lindbergh, así que sigue siendo más fácil decir, frente a la Iglesia San Francisco de Bolonia, casa con verjas amarillas.  Aquí es importante señalar que se ha agregado a la dirección referenciada una mayor especificidad con el color de la casa, el portón o la verja. 

Los puntos de referencia se han diversificado y multiplicado por la gran extensión de la capital y se necesita ser un verdadero experto para dominar aunque se la mitad, pues ni siquiera un avezado taxista los puede dominar al cien por ciento.  Se requiere tener conocimientos avanzados de geografía e historia y mucho sentido común para dar con una dirección ubicada en un barrio ajeno a nuestras andanzas.   Es muy frecuente encontrar direcciones que hacen referencia a lugares que ya no existen e incluso en el Tribunal Supremo Electoral tienen la abreviatura: D.D.F. es decir, de donde fue, para incluirla en la dirección de la cédula de identidad.  Es necesario saber dónde fue Lozelsa para ubicar sus semáforos, también dónde fue la Vicky, la Tiendona, el Munich, el Banco Popular, la IBM, el Lacmiel, el Colonial, la Pepsi, el CAS, el cine León, las 3 B, el Aragón, el cine Salinas, la Ceibita, la Nunciatura, entre otros. 

Existen nuevos puntos como son las terminales de las rutas de buses, los tanques de agua de un barrio, las estaciones de policía, los parques, las rotondas, los semáforos, las gasolineras ( un lío ahora con los cambios de nombre), las iglesias de diferentes denominaciones, los policías acostados (reductores de velocidad), las agujas de entrada a repartos, los hospitales, las embajadas, las universidades que abundan, etc.

No pasará mucho tiempo para que desde los celulares hasta los relojes cuenten con un GPS y las direcciones se puedan dar con las coordenadas respectivas, sin embargo, será necesario que el usuario domine los principios básicos de cartografía y sepa qué significa longitud y latitud, asimismo que sepa manejar el sistema DMS es decir grados minutos y segundos, sin confusión alguna, pues muchos bachilleres en los exámenes de admisión para la universidad expresaron con una confianza contundente que el ángulo recto hierve a los 90 grados.

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Evocando aquellas bocas

Boca.  Foto tomada de FlickrCC

Tanto tiempo soñamos con vivir en el siglo XXI, que las postrimerías del siglo pasado estaban plagadas con esa etiqueta.  Casi nadie en el mundo de los negocios se libraba de agregar a su nombre esos tres números romanos que venían a darle a todo un sentido de modernidad.  Estéticas, cines, bares, restaurantes, boutiques, galerías, sastrerías, en fin, cada rama de las actividades económicas quería hacer sentir a sus clientes que ya el futuro estaba con ellos.  No obstante, lo irónico es que ahora que ya tenemos los pies bien puestos en el siglo XXI (por lo menos los pies), no se diga en el tercer milenio, una tarea que nos ha venido a invadir es la de recordar, con una alta dosis de melancolía, las cosas que nos regresan al siglo pasado.  Para no perder lo fashionista, los gurúes del ramo le endosan a esa actitud la clasificación de retro o mejor aún retro-chic.

Lo interesante es que no sólo la moda o las artes caen dentro de esa evocación, sino que también algunas costumbres de lo cotidiano que nos tocó vivir y nos entristece saber que aquellos dorados tiempos, al igual que las golondrinas que aprendieron nuestros nombres, no volverán.

Muchos jubilados que a mitad del siglo pasado eran vigorosos ejecutivos, aunque fuera de ventas, recuerdan, casi con lágrimas en los ojos, aquellos soleados sábados, cuando a las doce en punto, con la responsabilidad, puntualidad y entereza de un albañil, tiraban la cuchara y salían en grupo a cualquiera de las cantinas de moda de la ciudad capital.   Ya sentados en torno de una mesa de cantina, sintiéndose un poco los seis bohemios del poema, llamaban a la mesera a quien le pedían una media botella de Flor de Caña.  A pesar de que en sus expectativas estaba ponerse hasta el sereguete, generalmente se pedía de media en media,  para aparentar cierta templanza, además que las bocas se ofrecían por cada media.

Para aquellos que no están al tanto del argot de aquella época, las bocas a las que me refiero no eran las de las meseras, aunque cabe aclarar que algunas de ellas se apegaban a la frase de Sucre Frech: “Todo tiro a home”.  Las bocas eran platos de acompañamiento de las bebidas alcohólicas que variaban en una amplitud tremenda.   En aquella época era de rigor que todo trago de licor fuera acompañado de su respectiva boca, ya fuera que se sirviera en alguna casa de habitación o bien en algún estanco, cantina o bar.  Estos últimos basaban su prestigio en la calidad y cantidad de bocas ofrecidas y que iban incluidas en el precio del trago o botella.  Generalmente se hablaba de “una media servida” cuando se quería expresar que el precio de una media botella del licor incluía dos botellas de gaseosa, hielo, un limón cortado en cuartos y generalmente uno o dos platos de bocas.

La primera inquietud que seguramente saldrá en este sentido es sobre el origen de esta costumbre, así como respecto al del vocablo.  Sin lugar a dudas, la costumbre de servir un alimento de manera simultánea al licor nos llegó de la cultura española en donde se conoce a estos entremeses con el nombre de “tapas”.  Al respecto, se pueden encontrar diversas versiones sobre dicho origen, sin embargo, la más comentada es aquella que cuenta que en una ocasión el rey Alfonso XIII, en un viaje entre Cádiz y Madrid, se detuvo en un mesón llamado Ventorrillo del Chato (nombre un tanto cuanto bandido), cerca de San Fernando, en donde pidió le sirvieran una copa de vino de Jerez.  En virtud de que en ese momento se desató una polvareda al estilo de Leopoldo el de Peñaranda, el mesero de manera astuta corrió a tapar la copa del rey con una rebanada (loncha dicen los españoles) de jamón.  Al momento de tomar su copa, el rey preguntó de qué se trataba la rebanada de jamón, ante lo cual, el mesero le explicó que era tan sólo una tapa para evitar que cayera polvo en la copa.  El rey se comió el jamón,  apuró el vino y pidió que le repitieran la dosis, pero con la tapa incluida.  Dicen que de ahí nació la costumbre de tapar con algún alimento, las copas de vino de cualquier cliente, por plebeyo que fuera, con el fin de evitar que cayera cualquier partícula u objeto indeseado.  Otros aseguran que debido a la gran variedad de elementos de la gastronomía española, surgió la costumbre de servir una especie de muestrario con cada uno de los platos que ofrecía cada local.  Hay quienes porfían que se trató de una ordenanza real de proporcionar un poco de alimento al servir vino o bebidas espirituosas, con el fin de que los efectos del mismo no fueran tan contundentes.  Lo cierto es que “tapear” todavía es una costumbre muy arraigada en España, es decir, en lugar de pedir un plato en toda su forma, se pide vino o licor acompañado de sus respectivas tapas.   Esta costumbre llegó al  nuevo mundo y se dispersó en muchos países, como por ejemplo en México en donde se le denomina “botanas”.

A Nicaragua también llegó esa costumbre española y se adoptó con el nombre de “bocas”, sin embargo nadie ha llegado a explicar dónde, cómo y cuándo se le dio vuelta al nombre.  Lo extraño es que el vocablo “tapa”, además de referirse a la pieza que cierra por la parte superior cajas o recipientes, entre otros, también se utilizaba en el argot nicaragüense del siglo XX como sinónimo de “boca”, y de esta manera se escuchaba decir: -parece que no se lavó las tapas-, o bien como decía mi amigo el Gato Estrada cuando escuchaba un chisme grueso: – ¡qué tapas más aseadas!  Una explicación lógica que se me ocurre es que alguien advirtió al servir una de estos entremeses, que era algo para “abrir boca” que es una expresión utilizada para denominar al licor o comida que sirve para despertar el apetito y de ahí se quedó simplemente en “bocas”.

Pues bien, las bocas fueron un elemento sine que non en la sana costumbre de echarse unos rielazos.   Sin tratar de vulgarear a Maslow, en el nivel inferior de la respectiva pirámide se encontraban las denominadas bocas de sombrero, es decir que cuando la situación estaba arráncame la vida y no había para las bocas, ya en un nivel de bazookero, después del mecatazo no quedaba de otra más que soplarse con un sombrero, o bien como también se le llamaba apegándose al léxico beisbolero, tan en boga en el siglo XX, “beber a la mano pelada”.

Indudablemente,  desde los estancos hasta las cantinas y bares exclusivos, las bocas eran de rigor y variaban de conformidad con la categoría del local.  En los estancos o cantinas pequeñas, predominaban las bocas de frutas, también conocidas como bocas de pájaro o de sapindáceas, al referirse al mamón (sin agraviar a nadie) fruta preferida por su sabor agridulce o bien jocotes, mangos celeques, pitahaya, almendras, entre otros.  Es obvio que los tragos de un córdoba o cincuenta centavos no dejaban margen para bocas de mayor envergadura.  Un claro ejemplo en esta categoría  fue la afamada cantina de la vieja Managua de Panchito Melodía que ofrecía como bocas frutas de la mejor calidad y bien presentadas, de tal manera que fueron bautizadas por los parroquianos, en su mayoría periodistas, con nombres de artistas de cine.

A medida que la cantina iba subiendo de categoría, ofrecía bocas un tanto más consistentes, en donde los frijoles constituían una de las mejores alternativas y se servían ya fuera en sopa, con crema o simplemente fritos acompañados con pedazos de tortilla.  En un nivel un tanto más arriba estaban las cantinas como Noche Criolla, que ofrecían vísceras de toda índole, como riñones en salsa de tomate, titiles encebollados o en salsa, entre otros.

Cuando el local vendía por botella o media botella, ya las bocas cambiaban tanto en cantidad como en calidad.  Se dice que quien instauró el concepto de una media servida fue una mujer llamada Ana Julia Carvajal que tenía una cantina por el rumbo del cine Rosario y que por su tapas tan aseadas le endosaron el remoquete de “La vieja maldita”.

También estaban las llamadas “bocas fingidas” las cuales consistían en hacer pasar por delikatesen a platillos completamente diferentes, como los “camarones” de cierta cantina que no eran otra cosa que gajos de mandarina, muy semejantes al molusco.  Otra de estas bocas que causó estupor en la ciudad capital fueron unas costillitas en caldillo que ofrecía una señora a quien le decían Mama Sara y que al final resultaron ser de gato.

Un nivel especial lo ocupaban aquellas cantinas famosas por sus sopas, en donde aparentemente nadie pudo quitarle el  título como la más emblemática a Chico Toval, cantina ubicada por el tope donde fenecía la Calle del  Trebol.

Una categoría aparte la constituían los restaurantes chinos, que solían acompañar las cervezas y los tragos que servían,  con una pequeña muestra de su menú, en especial el apetecido Chop Suey.

En un nivel superior se encontraban los bares o cantinas de postín que ya ofrecían bocas consistentes, generalmente incluyendo carne, en especial costillas.  A reserva de lo que puedan recordar los sluggers de la época, destacaban el Gambrinus, el Zanzibar, el Almendariz, el Guayacán, el Chilamate, El Alamo, entre una gran variedad dentro de la cual  podían escoger los capitalinos y cuya lista podría ser ampliada enormemente por los lectores.

Hay que aclarar que las delicias en las bocas ofrecidas en las cantinas no eran exclusivas para la ciudad capital, sino que en los departamentos también florecieron establecimientos que llegaron a convertirse en legendarias precisamente por la variedad y calidad de bocas ofrecidas.

En Jinotepe todavía se recuerda la afamada cantina Rancho Amalia, de don Gilberto González, mejor conocido como “Caremacho”, quien se esmeraba en manejar la calidad de su cantina a nivel de ISO 9000, con guaro y licores de la mejor calidad y bocas insuperables.

En la ciudad de León destacó el bar Mississippi, del famoso Félix Hernández “Cucaracha” que se daba el lujo de servir hasta 18 bocas diferentes sin repetir ninguna al cliente y en donde destacaba su insuperable sopa de frijoles.

En la ciudad de Rivas muchos recuerdan aún a doña Paula Pasos que se esmeraba en servir las más deliciosas bocas de la región, en especial una sopa de mondongo de antología.

En San Marcos, fue celebérrima la cantina Los besos brujos en donde doña Elsita servía unas bocas de chancho, en todas sus formas, que por mucho tiempo atrajo a gentes de todos los rincones de Nicaragua, no tanto por el destilado sino por las delicias gastronómicas.

Cabe decir que el terremoto de 1972 arrasó con la mayoría de los estancos, cantinas y bares de Managua y solo una proporción de las mismas renacieron como el ave Fénix ubicándose en lugares estratégicos, como por ejemplo la carretera a Masaya, como fue el caso de El Guayacán y El Alamo, famosos por sus costillas.  Cobraron fama los centros cerveceros como el Topkapi y Los Paraguas el primero en el Camino de Oriente y el segundo en el Centro Comercial Nejapa en donde servían las cervezas bien frías con unas enchiladitas de lujo.

A la llegada de la década de los ochenta, las cosas cambiaron radicalmente pues si por una parte se derrocó a un régimen dictatorial que quería establecer y perpetuar un poder absoluto a largo plazo, logrando que el amanecer dejara de ser una tentación; por otra parte, la lucha frontal contra el enemigo de la humanidad trajo una escasez galopante, de tal manera que la forma de beber guaro cambió radicalmente, pues se empezó a tomar sin mezclador, pues con esa acción se estaba boicoteando a las aguas negras del imperialismo y en cuanto a las bocas, se descendió al nivel de las bocas de sombrero, pues ni siquiera fue posible el acceso al queso o las cuajadas de los ríos de leche y miel por el cobarde bloqueo del cual fue víctima el país.

En la década de los noventa, con el regreso del capitalismo salvaje, también regresó el modo tradicional de beber del nicaragüense, es decir con su mezclador y las bocas de rigor.  Sin embargo, los nuevos negocios en el ramo de alimentos y bebidas replicaron ciertos usos y costumbres del ahora aliado estratégico del norte y si bien es cierto ya una media de ron se acompañaba de una amplia gama de mezcladores, además de suculentas entradas, lo cierto es que, vaya sorpresa, en la cuenta se incluía el detalle del costo de todos los mezcladores utilizados y en un rubro aparte se cobraban los platos de acompañamiento con los nombres más estrambóticos posibles, corriéndose con suerte si le ponían el hielo de cortesía.

Lo cierto es que con el pretexto de que los altos costos de operación de un negocio de esta naturaleza no dejaban margen para ofrecer de cortesía los mezcladores y las bocas, se vino a instaurar una nueva costumbre en la forma de beber que vino a relegar aquella noble modalidad de una media servida.  La sirven, sí, pero cobran todo.  Hasta el nombre de bocas ha pasado a la historia, pues aunque permanece el rigor de consumir alimentos con las bebidas, ahora se llaman “entradas”, “apetizers”, “aperitivos”, “entremeses”, entre otros.

De la misma forma, ha cambiado aquel concepto de “tragos platicados”, en donde se saboreaba además de un ron añejado lentamente con un sugerente sabor a turrón, mantequilla de almendras, miel y jerez (recórcholis, ni Carlitos se lo creyó), unas costillas de cerdo asadas a la mostaza y una profunda conversación sobre temas de moda.  Asimismo, en el fondo se escuchaba una música de moda a un volumen a nivel medio en la roconola del establecimiento.

Ahora, los aficionados a los tragos, en primer lugar deben de alistar una buena cantidad de dinero para hacer frente al costo del licor, los mezcladores y las bocas, mas el IVA y la propina, lo cual es un duro golpe al bolsillo.  Por otra parte, aquel placer de platicar los tragos, ahora es prácticamente imposible, pues la música de fondo, que ya no es de fondo, pues su volumen se eleva por encima de los 120 decibeles, no permite la conversación y se juega a escuchar y a hablar, cuando a pesar de los gritos, nadie entiende nada de los que se conversa, convirtiéndose aquello en algo kafkiano.

Lo cierto es que a pesar de todo, afortunadamente se mantiene la sana costumbre de echarse unos reatazos en forma, pues como bien dijo Rabelais: “Malos o buenos tiempos van y vienen, mientras chocamos los vasos y grandes jamones nos entretienen”.  Así pues, hagamos un brindis, con bocas incluidas, por aquellos nobles cantineros y cantineras que hicieron de su oficio una noble misión, ofreciendo un buen licor y esmerándose en acompañarlo con las más deliciosas bocas de la historia.

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Los turco-circuitos

Corto circuito.  Foto tomada de Internet

No cabe duda que el habla nicaragüense guarda una dinámica extraordinaria y se ha movido a través del tiempo al compás de los eventos fundamentales que han impactado nuestra cultura, como podría decirse de la transculturización que se ha derivado del proceso de globalización, así como de los movimientos migratorios que se intensificaron a partir de la década de los ochenta.  De la misma forma puede decirse de las catástrofes naturales que han provocado siempre cambios radicales en todas las expresiones culturales.

El terremoto de 1972 vino a dar un vuelco significativo en la vida de los capitalinos y en general de todos los nicaragüenses y a partir de entonces surgieron nuevos vocablos y expresiones a la vez que desaparecieron muchos que estaban ligados a la vieja ciudad.

Una de estas expresiones que quedó entre las ruinas de Managua fue “Turco-circuito”,  vocablo derivado de “Corto circuito” y que se usaba en los casos en que esta falla en un sistema eléctrico era la causa de un incendio.

Después que los capitalinos observaron que de manera misteriosa la voracidad de las llamas consumieron los establecimientos comerciales de inmigrantes del Oriente Medio en el centro de la ciudad, sin mayores evidencias fácilmente achacaron el siniestro a un ardid de los comerciantes para cobrar el seguro que cubría a dichos establecimientos en el caso de estas eventualidades.

Aquí es importante aclarar el porqué del gentilicio devenido a hipocorístico “turco” aplicado a todos los inmigrantes provenientes del Oriente Medio, independiente de su país de origen.  Según algunos investigadores, la única manera que un ciudadano de toda la región del occidente de Asia viajara a estos lares era consiguiendo una visa en Turquía que era el único país que tenía un consulado para dicho trámite.  De esta manera todos los inmigrantes viajaban mediante una visa otorgada en Turquía, de tal forma que libaneses, palestinos, judíos, árabes, libios, jordanos y demás eran etiquetados rápidamente como “turcos”.

Estos inmigrantes eran gente trabajadora y se dedicaban principalmente al comercio, en donde en su propia versión del español anunciaban las más sorprendentes ofertas de precios bajos.    Iniciaban vendiendo de manera ambulante y después de muchos sacrificios lograban instalar un establecimiento comercial, preferentemente en los alrededores de los mercados Central y San Miguel de la vieja Managua.

Por otra parte, la práctica de asegurar un negocio y luego provocar un incendio para cobrar la póliza correspondiente era de vieja data y ocurría en cualquier país del mundo.  Es más, en Nicaragua ya había sido utilizada ocasionalmente por uno que otro comerciante local.  Casi siempre a pesar de las sospechas en esta práctica, al no tener el cuerpo de bomberos, especialistas en la investigación de este tipo de eventos, casi siempre se determinaba que la causa del incendio era un corto circuito y al final la compañía aseguradora debía pagar la suma asegurada al inconsolable comerciante.

No obstante, allá por la década de los cincuenta bastó  que ocurrieran tres eventos en tiendas propiedad de “turcos” para que el ingenio de los capitalinos cambiara el término de corto circuito por el de “turco circuito”, vocablo que quedó acuñado para clasificar a un incendio en un establecimiento comercial, independientemente del origen del propietario del local, en donde se sospechara que no era accidental.

El terremoto de 1972 provocó en la ciudad voraces incendios que redujeron a cenizas gran parte del centro de la misma y en donde no quedó ni la menor duda del origen del mismo.  Después del evento, el comercio comenzó a instalarse de manera desordenada por varios puntos de la ciudad y poco a poco fue disminuyendo los eventos en los que parecía que un siniestro era provocado por su propietario a fin de cobrar un seguro.  De esta manera el vocablo “turco circuito” quedó en desuso hasta el punto en que a estas alturas para todos aquellos menores de cuarenta años, es algo completamente desconocido.

Ya un incendio provocado para cobrar un seguro es un evento casi en desuso.  En primer lugar debido a que los cuerpos de bomberos tienen técnicos que al mejor estilo de CSI, pueden determinar desde el detonante, el acelerador y demás pormenores que dieron origen al siniestro, así que pueden concluir fácilmente si un incendio fue provocado o no.  Por otra parte, las instalaciones eléctricas han avanzado con la tecnología de tal manera que a menos que se trate de sistemas improvisados con mal material, no son sujetos de provocar un corto circuito.  Finalmente las compañías aseguradoras, como venados “lampareados”, son más precavidas en la administración de pólizas de seguro, hasta el punto de que pecan de ser más papistas que el papa.

El año pasado tuve que renovar mi automóvil y por la debilidad de mis finanzas tuve que sacarlo al fiado a través de un crédito bancario, el cual conseguí sin mayor problema, sin embargo, me obligaron a tomar un seguro de vida por aquello de las cochinas dudas.  Empecé a pagar mis cuotas formalmente, incluyendo el seguro de vida, sin embargo, de pronto recibí un requerimiento de la aseguradora de llenar formulario tras formulario sobre aspectos de mi salud, los primeros llenados por el suscrito, luego por mi médico y después por especialistas, electrocardiograma y finalmente querían meterse con mi próstata y ahí los paré en seco, manifestándoles que era absurdo que se preocuparan más por mi salud que algunos de mis amigos o que yo mismo.

Regresando a los “turcos”, en la actualidad se ha ampliado la inmigración de todos esos países y aunque ya no tienen que pasar por Turquía, no escapan a ese apelativo debido a la dificultad de identificar su país de origen.  Algunos de ellos siguen trabajando en el sector comercio, aunque han ampliado la gama de sectores dentro de esta actividad y otros ya incursionan en las finanzas y otras actividades básicas.  Los descendientes de los primeros inmigrantes son en su mayoría destacados profesionales.   Me imagino que celebran que haya desaparecido esa etiqueta un tanto racista que por algunas décadas tuvieron que portar.

A pesar de lo anterior, las prácticas fraudulentas no han desaparecido, sino que han buscado caminos más refinados y no es extraño ver a individuos, no sólo extranjeros, sino que paisanos de alcurnia y rebuscas como diría don Mario Fulvio, campear por todo el país con un bate de aluminio en la mano y ¡ay de quien se descuide!, pues ni las monjitas se escapan.

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