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Los que viven en el mundo, muertos

 

Hace poco más de un año comenzó a circular en las redes sociales una imagen que literalmente dice: “No son muertos los que en dulce paz descansan, bajo la tumba fría. Muertos son los que tienen el alma fría y viven todavía”.  En la parte inferior se observa la firma autógrafa de Rubén Darío.  Cuando leí por primera vez semejante dislate, me quedé patidifuso, atónito, estupefacto y a partir de entonces me he dedicado a aclarar a diestra y siniestra, que no es un escrito del gran vate.  Esto lo puede confirmar cualquiera de los innumerables expertos en Rubén Darío que existen en el país e incluso habrá algunos que se indignarán afirmando que es una ofensa achacarlo al Príncipe de las Letras Castellanas.  En primer lugar, porque quien transcribió el fragmento del poema, parece que lo hizo con las extremidades inferiores, pues está muy apartado de la versión original y tan solo le faltó incluir una cerveza bien fría, para acabarla de rematar.

También es importante aclarar que dicho poema, ha tenido una paternidad más vilipendiada que la constitución política de algunos Estados.  Al buscar en Google, se encuentra una colección de disparates en la autoría, desde Gustavo Adolfo Becquer, Amado Nervo, Julio Flores y finalmente Rubén Darío.  No obstante, la lucha más encarnizada la libran el peruano Ricardo Palma y el colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

Ricardo Palma, es un escritor peruano (1833-1919) célebre por sus obras sobre las tradiciones peruanas, pero que en su juventud escribió un considerable número de poesías.  He tenido la oportunidad de revisar la obra Poesías Completas de Ricardo Palma, publicado por la Editorial Maucci, en 1911 y en ese compendio no se encuentra la citada poesía.  Es más, el estilo de Palma en su poesía, es un tanto diferente al mostrado por la obra que nos ocupa y puede observarse claramente en el siguiente fragmento de una de sus Coronas Fúnebres dedicada a Rosa Amelia e incluida en dicha colección:

Lo que llamamos muerte

de vida se alimenta:

la muerte a nueva vida

tan sólo es despertar:

en ella siempre el germen

de otro existir alienta,

y así la estrella tórnase

radiante luminar.

 

Cuando creyente el alma

de Dios en la grandeza,

al ideal se eleva

de excelsa religión,

no es triste a ese misterio

que tras la tumba empieza

llevar el pensamiento,

llevar el corazón…

 

Como se puede ver, al analizar dicho fragmento, encontramos elementos que nos llevan a confirmar que la poesía que nos ocupa no fue escrita por Ricardo Palma. 

Lo anterior, nos lleva a revisar más a fondo, la alternativa de que hubiese sido Antonio Muñoz Feijoo, quien escribió dicho poema.  Muñoz Feijoo (1851-1890) era originario de Popayán, Colombia, quien además de ser Ingeniero de la Universidad del Cauca, fue posteriormente profesor y rector. También subdirector de la Escuela Normal y profesor en otros planteles de la capital del Cauca.  Desde muy joven se aficionó a la literatura, participando en diversos círculos intelectuales de Popayán.  Existen también testimonios de personas que conocieron muy de cerca a Muñoz y que confirman que a sus 18 años, escribió dicho poema y que lo que más le costó fue asignarle un nombre.  Vaciló al respecto, al tratarse el poema de tres cuartetos con diferente rima, habiéndose decidido al final denominarlo “Un pensamiento en tres estrofas”.   Muñoz cometió el error de entregar su manuscrito a un editor, quien al final quitó al crédito al joven y por algún tiempo apareció el primero como autor de la poesía y luego, con el tiempo, su paternidad se convirtió en la canción de Muchilanga.

Al igual que este caso, existen muchos en que las redes sociales se han encargado de cambiar a discreción la paternidad de cualquier frase u obra, algunos por convenir así a sus intereses, otros por crasa ignorancia, sobrando quien les eche segunda y lo reproduzcan a diestra y siniestra, logrando únicamente la confusión de la sociedad.

Para que disfruten de esta interesante reflexión, les dejo el original del poema que lleva por título “Un pensamiento en tres estrofas” del escritor colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

 

Un pensamiento en tres estrofas

 

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
… y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo, muertos

 

Para que usted, estimado lector, sea de los vivos que viven siempre vivos, no se dejen engañar con este tipo de bulos. 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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¡No vuelvo a beber!

Noe.  Imagen tomada de internet

 

En esta época del año, se hace propicio el tiempo para cavilar sobre la supremacía de algunas mentiras por sobre las demás, que parecen haberse multiplicado en nuestro entorno.  Hace un par de años escribí sobre una de las mentiras que siempre está contendiendo por el primer lugar:  Mañana te pago.  Pero en esto de las mentiras, parece mentira, la estacionalidad de las mismas es algo relevante. En este diciembre, gracias a la intervención de algunos asesores financieros de bolsillo, algunos cuantos dedicaron parte de su aguinaldo a saldar algunas deudas, por lo tanto Mañana te pago, cobrará vigencia hasta dentro de algunas semanas.

De esta manera, la milenaria mentira, presente en la humanidad desde Noe: ¡No vuelvo a beber! se coronará en este diciembre, como reina indiscutible, pues da la impresión que las circunstancias se muestran inmejorables para ello.  Las vacaciones parecen estirarse, gracias a la magnificencia del Supremo Empleador que ha otorgado una generosa cantidad de días festivos, lo que será un aliciente para el gratificante ejercicio de empinar el codo y además podría decirse que, en términos generales, la economía, como dice Chanito, marcha con pasos contundentes hacia un crecimiento sostenido. Así que como aquel coro de la opereta de Arrieta: Marina, la ocasión invita a cantar: “a beber, a beber, a apurar, las copas de licor, que el vino hará olvidar, las penas del amor”.  En virtud de que el límite se pone en el nivel de: Hasta que el cuerpo aguante, llega, más temprano que tarde un momento en que el cuerpo resiente, pues el hígado ya se encuentra como el centro de Alepo.

Aquí habría que aclarar que hay individuos que a fuerza de mucha experiencia han podido alargar los períodos ininterrumpidos de ingestión alcohólica, hasta niveles equivalentes al diluvio universal, cuarenta días y cuarenta noches, pero se trata de personas que dominan el arte de combinar la bebida y la comida de tal manera que pueden traslapar de forma magistral los períodos de borrachera con los relativos a la ineludible goma.  El resto de los mortales ya habrá claudicado mucho antes de que se escuche la sonora risa de Santa Claus. Lo cierto es que casi en su totalidad jurarán hasta con los dedos de los pies que no vuelven a beber.

Así pues, la consabida mentira saldrá de los labios de aquellos que en primer lugar sufren en su organismo los estragos de los excesos en la ingesta de alcohol.  Desde aquellos que caen en un coma etílico, diablos azules incluidos, hasta quienes sufren los efectos de una goma mal curada.  No obstante, no faltarán quienes padecen de una goma moral por los desaguisados, léase encabes, ocurridos durante una “noche de copas” como decía María Conchita.  Estos últimos llegan a ser peores que las patologías debido a que en cada ciudadano hay un reportero escondido, que celular en mano se apresta a documentar cualquier pecado, de palabra, obra u omisión, que brote de la euforia inspirada en el dios Baco y cuyos efectos serán de desastrosas consecuencias cuando, sin pensarlo dos veces, el improvisado reportero suba a las redes sociales su video, con la esperanza de que se vuelva viral.  Ahí se fregó la cosa, pues en esos casos no aplica el hashtag #borrachonosevale.

Así que mientras otros entre sus propósitos de año nuevo se propondrán bajar de peso, aprender inglés o ser mejores personas, una considerable proporción se impondrán la promesa de no volver a beber.  Obviamente, la promesa cae en terreno estéril con la plena conciencia de que se trata de una mentira más, pues no se operativiza, como dicen los administradores.  Para que este propósito se salga del terreno de la fantasía, el sujeto debe de ingresar a un grupo de alcohólicos anónimos pues de otra manera seguirá siendo de las mentiras más grandes.

De esta manera, estimado lector, tenga mucho cuidado, pues en medio del caótico tráfico de estos días, en donde se le puede atravesar tanto un busero kamikaze, un junior borracho o una aprendiz temeraria, como una fila interminable de mentiras y entre ellas, con la supremacía de siempre: ¡No vuelvo a beber!

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El influyente

Mario Moreno, Cantinflas.  Imagen tomada de internet

 

Muy a menudo observamos en los medios de comunicación el término “influyente”, para designar a determinada persona que puede ser desde un aspirante a Mister Universo, hasta un empresario “exitoso”, pasando, desde luego, por alguna presentadora de televisión y que de acuerdo a esas publicaciones, esos ciudadanos son tan famosos que lo que hacen o dicen tiene un impacto considerable en nuestra sociedad.  Algunas revistas internacionales integran listas de determinado número de influyentes en cierta región o en cierto período.  Lo cierto es que en consideración a que el término “influyente” se presta a una enorme flexibilidad, pues se refiere a ejercer predominio o fuerza moral, sin establecerse los límites de la magnitud de dicho ejercicio, llegamos a ver en dichas listas a individuos que con mucho esfuerzo podrían, si acaso, ejercer influencia en su entorno familiar.

Las listas con mayor sentido, aunque no ajenas a intensa polémica, son las que se refieren a los personajes influyentes en la historia de la humanidad, en donde ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Así pues, en estos dorados tiempos, desfilan en nuestro entorno una serie de personajes locales que lucen en su frente, como si fuera una guirnalda, el título de influyentes.  Otros cargan a la fuerza esa etiqueta, debido a la extrema candidez de otros conciudadanos que juran hasta con los dedos de los pies y quieren hacer creer a todo mundo, que los primeros tienen el poder de influir en las decisiones de la Santa Sede, la Academia Sueca, la OEA o del Congreso norteamericano.

Luego que Fidel Castro se puso en la presencia del Supremo Hacedor, es obvio que una inmensa mayoría coincida en que fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX.  Eso ni siquiera tiene que ser avalado por el CSE.  No obstante, habrá quien piense que influyó para bien y habrá quien sea de la opinión que influyó para mal, con todos los matices que caben en esta discusión.  La historia, no obstante será quien lo juzgue, no ahora, sino más tarde, así que será cuestión de la Posteridad.

Sin embargo, si se tratara de identificar a un personaje cuya influencia hubiese permeado más que en el pensamiento y en los movimientos políticos y sociales de determinada región del planeta, en la idiosincrasia, en la forma de actuar de grandes sectores de nuestra sociedad actual, en ese caso, es posible que muchos coincidan en señalar a Cantinflas, el personaje creado por el mexicano Mario Moreno Reyes.  Su particular forma de ser, que fue plasmada en sus películas, principalmente las relativas a la década de los años cuarenta del siglo pasado, llegaron a enquistar en la idiosincrasia latinoamericana el famoso cantinfleo.

Este vocablo, incluso aceptado por la RAE, básicamente quiere decir: hablar de manera disparatada e incongruente, sin ningún contenido.  Aunque la realidad es que el cantinfleo en algunos casos va más allá de una forma de expresarse o de no expresarse, sino que alcanza además una actitud de exceso de confianza, oportunismo e irrespeto a la autoridad.

Nuestro acontecer nacional está plagado de intervenciones en donde el cantinfleo hace de las suyas.  Desde la feliz inocencia de los niños y jóvenes que con el mayor desparpajo responden con una andanada de palabras que al final no significan nada, ya sea a sus padres, a sus docentes o bien, en general, a sus mayores.

En los adultos la influencia del inolvidable mimo se hace más evidente pues abundan las oportunidades en donde un oportuno cantinfleo puede librarlos de la situación embarazosa de responder con la verdad.  No sería aventurado afirmar que las probabilidades de un ciudadano promedio de sufrir un acto de violencia y de que sea víctima de un cantinfleo andan casi tana catana.  Desde el marido que explica cándidamente a su esposa los motivos por los que se apareció hasta el tercer día, como resucitado con una sábana encima, hasta el operador de un call center que nos ha llamado para ofrecer un leonino préstamo, tratando de responder a nuestra pregunta que de dónde obtuvo nuestro número telefónico.  Muchos podrán recordar a cualquier conductor de televisión que es obligado a estirar tiempo durante una trasmisión y no tiene otra alternativa más que comenzar a cantinflear.

No obstante es el nivel de empresarios y políticos en donde el cantinfleo es una herramienta vital para el adecuado desenvolvimiento de sus carreras.  Ante la pregunta inevitable que plantea al unísono toda la sociedad, respecto a la causa de que los precios de los combustibles no siguen la misma tendencia, en proporción ante la estrepitosa caída de los precios del petróleo, algún iluminado responde: “…hay que distinguir que una cosa es el mercado del crudo y otro el de los combustibles. Tomen en cuenta que el crudo pasa por un proceso industrial, por lo tanto los precios son distintos…” Recórcholis diría Condorito.

Por su parte, algún defensor del proyecto del canal interoceánico responde ante la inquietud natural de la población respecto al impacto ambiental de dicho proyecto: “Nosotros pensamos que este megaproyecto, partiendo de que el canal debe estar al servicio de la naturaleza y no la naturaleza al servicio del canal, creemos que es una oportunidad para la restauración ambiental del territorio, creemos que da una oportunidad muy valiosa para el ordenamiento de este territorio”  Chanfle, exclamaría Chespirito.

Un magistrado que provoca los más agrios sentimientos entre todos los nicaragüenses responde a la pregunta de que si a pesar de todo permanecerá en su cargo: “Seguiré adelante cumpliendo con la patria, si no, buscaré qué hacer”.  Rayos y centellas admitiría Gene Autry.

Lo insólito ocurre cuando esta socorrida práctica llega hasta un documento oficial del Estado, como es lo siguiente, extraído de un Decreto Presidencial:  “Honramos a Darío entregándonos a trabajar para cultivar la Paz, el Amanecer, los Colores y las Luces del Alba, la Alegría del Aire que contiene Grandeza y Espíritu con el que forjamos las Realizaciones de los Nuevos Días”. No hay razón, chato, diría el inolvidable mimo.

Soy un ferviente creyente de que el buen humor es un elemento vital para soportar el transcurso de esta vida, pues como decía el gran filósofo británico Alan Watts: “Las personas sólo sufren porque toman en serio lo que los dioses hacen por diversión”.  No obstante, en el cantinfleo hay cierta percepción de parte de quien lo practica que su interlocutor tiene un nivel intelectual equivalente al salario mínimo.  Así pues, dejarnos cantinflear impunemente pudiera minar nuestra autoestima en grado considerable, de tal forma que es necesario, estimado lector, que realice su mejor esfuerzo porque el émulo del mimo no se salga con la suya.  Contraataque, interrogue, riposte, hasta que el individuo comprenda que usted es un hueso duro de roer y que aquel no se saldrá con la suya. Por último, dígale como don Mario: “¿Cómo dijo que me dice que dijo? Tons como quien dice: a volar, joven”.

 

 

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Matamamas y lealtades

judas-iscariote. Imagen tomada de Internet

 

Cuando todavía estudiaba en primaria, a fines de los años cincuenta del siglo pasado, se utilizaba mucho un insulto, que aunque no estaba catalogado entre las “malas palabras”, el mismo causaba cierta conmoción a quien lo recibía.   Tal vez por su composición, ese epíteto calaba hasta en el más rudo.  Me refiero al vocablo “matamama” que resultaba de unir el verbo matar, con el sustantivo mama, forma coloquial de denominar a la madre de alguien.  De esta forma, matamama era quien, de manera figurada (la mayoría de las veces), podría matar a su progenitora para conseguir algo.  De esta forma, se manejaba esta palabra para designar a un desleal o traidor, en una amplia gama de formas y tonos, que iban desde alguien que cambiaba de bando o en el otro extremo a quien cometía un acto grave de traición.  Por alguna razón, la Real Academia de la Lengua no lo ha incluido entre los nicaraguanismos que ha incorporado en su diccionario.

En aquellos tiempos se utilizaba frecuentemente para designar a quien cambiaba de grupo o de equipo deportivo, ya fuera como integrante o simplemente como fanático de algún equipo.  Muchos recordarán a los boeristas de aquella época que después de orgullosamente expresar su preferencia, agregaban “hasta la muerte” sellando de esta manera una afiliación con lealtad a toda prueba.

También se utilizaba este nombre para designar a quienes cometían faltas a la lealtad en términos generales o bien como sinónimo de malinchismo, es decir cuando alguien prefería a una persona extranjera frente a un connacional o bien a los productos provenientes de otro país frente a la producción nacional.

En política se utilizaba en mayor medida como sinónimo de traidor, ya fuera por cambiar de partido político o bien sin hacerlo, colaborar con el partido adversario y en el sentido más grave a quien cometía un acto de traición a la patria.

En muchas ocasiones este vocablo formaba parte de aquellas retahílas que como andanada de artillería pesada se dejaban caer sobre cualquier sujeto.  En la historia del famoso Peyeyeque, personaje emblemático de la vieja Managua, relatada en una canción de la inspiración de Humberto “El Gato” Aguilar, el famoso barrendero le dirigió una serie de insultos al policía que lo estaba juzgando, pues hay que recordar que en aquellos tiempos ese cuerpo castrense era juez y parte (aquí entra Manzanero cantando: Todavía).  La retahíla aquella se componía de: “conservador, cachureco, matamama, comunista”, lo que valió una inmediata condena de parte de la autoridad.

Como decía Julio Numhauser: “Cambia, todo cambia” y en estos dorados tiempos que corren, el vocabulario de los nicaragüenses ha cambiado sustancialmente.  Ya no es ningún insulto para nadie que le digan conservador, cachureco, ni siquiera comunista. A lo mejor “zancudo” puede causar cierto escozor.   Incluso aquellos vocablos tan nicaragüenses se están perdiendo en el olvido, como es el caso de “tuani” que ya pocos lo emplean, pues las nuevas generaciones para estar alineados con los fashionistas, dicen en su lugar “kawai”.

Lo que llama la atención es que el vocablo matamama cayó en un total desuso.  Es muy raro escuchar a alguien lanzarle este insulto a una persona.  Lo cierto es que por su parte la lealtad también ha sufrido cambios importantes en su concepción.

En el ámbito deportivo, la lealtad realmente no importa.  Es algo natural que los equipos de cualquier deporte puedan ser comprados y vendidos como en un tramo del oriental, lo mismo ocurre con los jugadores que son subastados al mejor postor.  De esta forma, la lealtad hacia un equipo no tiene mucha razón de ser.  Tal vez en el caso de aquellas selecciones de países que compiten con la bandera del mismo en algún torneo mundial o regional y que por lógica todos los ciudadanos deben de tener simpatías por dicha selección, aunque la verdad es que nadie le pone cuidado a la lealtad del vecino hacia la selección nacional, máxime cuando queda a mitad del camino.

Con relación al afecto hacia lo extranjero, ya a nadie le importa si un ciudadano prefiere lo importado a lo local.  En un bar cualquiera, algunos piden Flor de Caña, otros whiskey escocés, otros vodka, otros Toña, otros Corona y nadie arruga la cara, salvo el que toma Caballito.   Por otra parte, la doble nacionalidad es algo muy natural y a nadie critican por involucrarse de lleno en las elecciones de los Estados Unidos, con todos sus detalles y no saben quién es Saturnino Cerrato (bueno, parece que nadie).  Otro claro ejemplo es todo el alboroto que desde estas fechas se está gestando en torno a la celebración de Halloween, en donde todo grupo de jóvenes que se precie de “nice” e incluso instituciones educativas, tienen que organizar una fiesta alrededor de esta ocasión.  Ni siquiera le paran bola a los gritos de algunos sectores que desean parar esta práctica y que recurren hasta el extremo de calificar esta festividad como diabólica.  Creo que a nadie le han gritado: matamama, por disfrazarse para esta festividad, ni siquiera cuando lo hacen durante todo el año.

En la política el asunto es más complicado, aunque no deja de verse algo parecido al ámbito deportivo.  Aquí pareciera que la lealtad adquiere una elasticidad más grande que la de Ralph Dibny, pues por un lado se observa que miembros de un partido, de la noche a la mañana se pasan al partido adversario, con un cinismo de antología y unos argumentos oligofrénicos y a nadie parece importarle mucho.  Nadie se atreve a gritarles: matamama y si alguno se atreve a criticarlos utiliza, con cierta dosis de corrección política, el epíteto “tránsfuga”, que tiene el mismo significado de matamama, pero que se oye con más cadencia o que bien puede confundir a más de un ingenuo que sentirá que significa algo así como “escapista”.

Ni siquiera se usa matamama para designar a quienes en estos tiempos se hacen acreedores a la etiqueta de vendepatria, que se reparte al por mayor entre las facciones políticas, como en un juego de ping pong, con o sin razón, dependiendo del cristal con que se mire.

El colmo de las distorsiones en cuanto a la lealtad, es el caso de una figura del boxeo que de pronto, en un vaso de agua se ha visto colocado en el ojo del huracán, por el simple hecho de haberse tomado una foto en la Basílica de Guadalupe en México, siendo el púgil evangélico.  Esto equivale a que se hubiese tomado una foto en la Plaza Garibaldi siendo abstemio o junto a Salma Hayek, siendo casado. Nadie se atreve a gritarle: matamama, pues el interfecto le apea los dientes de un cascarazo, sin embargo, fue obligado a ofrecer disculpas y unas peregrinas explicaciones.

Así pues, no está lejano el día en que el vocablo matamama esté desterrado del habla nicaragüense.  Cuando alguien, por relancina, lo llegue a escuchar, pensará que se trata de algún futbolista africano o de un personaje del Rey León.  La lealtad por su parte también va por ese camino y al final quedará solo en los programas de algunas empresas que asignan puntos a sus clientes por su lealtad al preferirlos.

 

 

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El diminutivo cabalga de nuevo

Velázquez: Príncipe_Baltasar Carlos

 

A finales de 2007 escribí en este mismo blog un artículo titulado: “El nicaragüense y el diminutivo”, en el cual señalaba esa tendencia de los paisanos de utilizar el diminutivo de manera exagerada.  Recientemente me ha venido a la mente este asunto, en consideración a un caso que ha ocupado los titulares noticiosos en los últimos años.  Se trata del sonado juicio por estafa en contra de tres ciudadanos que invitaron a diferentes personas a invertir dinero en una empresa financiera que ofrecía una tasa de interés bastante atractiva.  El intríngulis del caso no es materia del presente escrito, más bien, me refiero a un asunto, aparentemente intrascendente, pero que refleja ciertas aristas que vale la pena considerar.

Generalmente estos affaires son bautizados con nombres contundentes, como sería el nombre de la empresa financiera de la quimera, los apellidos de los avezados financieros que organizaron el negocio o el lugar en donde se llevaron a cabo las negociaciones, verbigracia: el caso Noos u operación Babel, el caso Enron, el caso Madoff, o para no ir más lejos el caso Agave Azul.  No obstante, el que nos ocupa fue bautizado con un nombre muy particular:  El caso de la monjitas.

Le han llamado de esta manera, debido a que unas de las primeras víctimas, o si usted quiere, clientes captadas por los financieros, fueron unas religiosas.  Es muy importante aclarar que estas profesas tienen una estatura regular, es decir, muy por encima de Kylie Minogue o Christina Ricci, por lo tanto, en ese aspecto, el diminutivo no cabe.

Por otra parte, no se trata de monjas de clausura, contemplativas o descalzas, para que su condición de sacrificio perenne y proveedor constante de la gracia del Altísimo, motive al ciudadano común a endosarles el diminutivo, como un gesto de conmiseración.

Las religiosas del caso tienen como misión la educación, a través de la formación integral de sus alumnos, favoreciendo el desarrollo de las dimensiones humanas, el crecimiento en la fe, la libertad responsable y el servicio, mediante espacios reflexivos, críticos y científicos que los capaciten para enfrentar los retos que la sociedad les presenta.  Para este efecto, cuentan con un colegio de gran trayectoria y enorme prestigio en nuestro país.

De esta forma, el diminutivo se presentó en este caso, como una estrategia mediática de parte de los abogados de la orden y que fue sostenida por el hecho de que fueron estas religiosas quienes se atrevieron en ser las primeras en denunciar el hecho ante las instancias judiciales. No obstante, el problema que a este nivel se les presentó fue cuantificar el monto del batazo, es decir, del dinero que de buena fe, ellas entregaron a los financieros.  Para ser congruentes con el uso del diminutivo que había sido la punta de lanza de la estrategia de sus abogados, tendrían que haber manejado ante los medios que se trataba de unos “bollitos” o “centavitos” que la orden había apartado para algunas obritas sociales.  Sin embargo, el nicaragüense, además de ser afecto al diminutivo, cuando se trata del prójimo es perspicaz en extremo.  Así pues, para no meterse en Honduras, se manejó inicialmente como una “fuerte” suma de dinero.

De pronto se filtró que “fuerte” era con ganas, pues no es lo mismo la fuerza de El Chocolatito en su categoría que la de La Roca, pues se trataba de una suma cercana a los 500,000 dólares de los Estados Unidos, es decir, 14.25 millones de córdobas.  Para ubicar al lector, un trabajador que gana el mínimo necesitaría laborar 260 años para alcanzar esa cifra, es decir, más de tres veces y media su expectativa de vida.  Reflauta diría Condorito.

Ya comenzaba a formarse un torbellino en torno a lo fuerte de la suma de dinero, cuando, tal como afirmaba Virgilio: Audentis Fortuna iuvat (La Fortuna favorece a los valientes) y en el momento más oportuno, uno a uno fueron saliendo otros “favorecidos“ del affaire, quienes de manera velada le solicitaron “raid” a las monjitas para hacer un frente común en contra de los financieros.  Las otras víctimas tenían en común que habían traspasado el umbral de la tercera edad, muchos de ellos profesionales retirados y algunos especialistas en administración y finanzas.  Para subirse al carro, tal vez hubiese sido prudente, que se cobijaran bajo el mismo paraguas del diminutivo y aparecer como los viejitos, los roquitos o algo parecido, sin embargo, como decía Carol King: It was too late.  Ya no era pertinente, así que a nivel mediático lo único que les quedó era manejar el hecho de que se trataba de los ahorritos de toda su vida.   Esto significaba que tenían que haber sacrificado mucho, como los traguitos con los amigos, los viajecitos por toda la bolita del mundo, la camionetita 4×4 y una que otra casita.

El proceso entero se llevó casi tres años desde el ilícito y al final, antes del desenlace, el cerebro del grupo financiero entregó por interpósita persona a las monjitas, una suma arriba de los 526 mil dólares, por lo que las religiosas graciosamente hicieron mutis por el foro, bellas como la princesa de Margarita, pues ya tenían el prendedor, dejando colgados de la brocha al resto de demandantes, que no tuvieron espacio para plantear: “a todos o a nadie”.

Al final del cuento, los tres ciudadanos acusados fueron declarados culpables de estafa agravada, crimen organizado y ofrecimiento fraudulento de efectos de crédito.  De los tres solo dos estuvieron presentes en el juicio pues uno de ellos, tempranamente se juzgó a sí mismo y se declaró inocente y en las propias narices de sus guardianes puso pies en polvorosa y quién sabe cómo, cruzó la frontera y nadie sabe por dónde anda.  Así pues dos de ellos purgan condena en la cárcel, pero eso sí, bendecidos por su gesto de la devolución.  El resto de los afectados se quedaron oliendo el dedo, pues no se pudo rastrear el dinero y no hay esperanzas de que puedan algún día recuperarlo.

Así pues, es importante saber que el diminutivo bien empleado puede ser en extremo beneficioso, sin embargo hay que saber hacerlo, en especial estar conscientes que la palabra ingenuo no tiene diminutivo.

 

 

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La dicha es mucha en la ducha

Virus. Imagen tomada de Internet

 

En los últimos años ha circulado en internet una cita atribuida a Albert Einstein: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas”.  Lo extraño del caso es que de acuerdo con  biógrafos serios del gran físico, nunca dijo tal frase.  Fue en la película de los años noventa: “Powder”, que uno de los protagonistas “citó” a Einstein, adjudicándole dicha frase y así se quedó y el internet lo reafirma casi a diario.

Independientemente de quién la haya dicho, la frase no deja de tener cierto sentido premonitorio.  Lo que sería tal vez un tanto aventurado, es tratar de ubicarnos en qué punto nos encontramos en esa vertiginosa carrera de la tecnología respecto a nuestra humanidad, de tal forma que podamos adivinar qué tan cerca estamos de enfrentarnos a toda una generación de idiotas.  Lo que sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que ya hay muchos.

No cabe duda que los avances en la tecnología, especialmente en el campo de la comunicación son de los aspectos que más están influyendo en la masificación de la idiotez universal.   A pesar de todas las ventajas que nos ofrecen estos adelantos, poniendo a nuestro alcance el todo conocimiento del mundo, tan sólo a un clic de distancia, la tarea de saber distinguir entre el conocimiento enriquecedor y toda la basura que flota a su alrededor, pareciera una misión imposible.

Las redes sociales que supuestamente tendrían el papel de desarrollar comunidades en donde se promovería la comunicación, la tolerancia y la solidaridad, poco a poco se han convertido en la causa de la pérdida de la verdadera convivencia social.  El botón de la muestra de los excesos en que se puede caer en esto de las redes sociales son los llamados videos virales.

Era de esperarse que algún video que se compartiera en las redes sociales le gustara a un mayor número de usuarios y que en algunos casos, gustara tanto que se llegara a números record de visualizaciones.   En un mundo ideal, se volverían virales los videos tomados por la Estación Espacial Internacional, por el telescopio ALMA o el microscopio de una reconocida universidad, un video de Carl Sagan, una recreación del Coliseo de Roma o sin ponernos exigentes, el de las mejores marcas de una Olimpiada o de un osado surfista cabalgando en una gigantesca ola, una buena receta de cocina, en fin, la lista sería muy amplia.  No obstante, se han vuelto virales una lista interminable de videos con contenidos por demás vacíos, como el reportado como el primero de la red, Numa Numa, el play back de una canción rumana, realizado por Gary Brolsma en 2004, así como accidentes de tránsito, fails o caídas estrepitosas de gente común, un bebé que muerde el dedo a su hermano, un panda estornudando y una lista interminable de dislates, de acuerdo al humor del momento de los internautas o bien de algún travieso webmaster.

En Nicaragua, la tierra de los Galaxy S 6 que emiten el mensaje: “Llamame que no tengo saldo”, de vez en cuando algún video local se vuelve “viral”, guardando siempre las dimensiones del caso.  Ejemplo de esto es el video de un sujeto que quería comprar marihuana y le vendieron estiércol seco de caballo y expresa su tremenda desilusión ante el robo del que fue víctima; “Me siento robado” exclama como corolario del desaguisado.  Otro video local que se volvió viral fue el de una docente que fue grabada cuando le daba un querque a un niño, “sobada” en comparación con los que recibíamos cuando éramos niños, pero que se compartió exponencialmente mientras la muchedumbre clamaba ante los miembros del Sanedrín: ¡Crucifíquenle!

Cuando ya creíamos haber visto todo, la semana pasada resultó que un noticiero local acudió a cubrir una historia que prometía ser de interés para la audiencia, pues podía cambiar el rumbo del país.  Se trataba de una riña entre dos borrachos en el barrio Monseñor Lezcano, en el occidente de Managua.   Para tratar de darle profundidad a la historia, el avezado reportero, con el Pulitzer en su mente, decidió captar las impresiones de algún testigo y encontró a una ciudadana, que siendo ya de noche, apareció envuelta en una toalla de baño (reflauta), ante lo cual, el reportero, con una agudeza digna de Oriana Fallaci, la entrevista y logra que ella admita que la pelea fue por ella.  Es más, el reportero le lanza el anzuelo de que ella es la manzana de la discordia y con cierto rubor ella lo admite, luego con un deje de inocencia aprendido de Jaime Bayly el reportero le pregunta cómo se siente, ante lo cual, ella con la expresión de felicidad de quien gana un certamen internacional exclama con un tono de voz como el de Norma Jean Mortenson, después del Happy Birthday Mr. President:  ¡Me siento dichosa!  Entonces, la magia funciona y en medio de la vacua nimiedad, el video se vuelve viral.  Habrase visto.  El video logra opacar todas las noticias a nivel mundial y mientras la pobre Dilma Rousseff se desgalilla exclamando: ¡Me siento traicionada! su voz es silenciada por la de nuestra conciudadana quien no cesa de exclamar a los cuatro vientos que se siente dichosa.

Pero el cuento no para ahí.  Bueno hubiera sido.  El caso es que los tremendos calores que sufre el país, no solo provocan una sed de camellos, sino que hay una sed de tener celebrities, entonces vemos que las redes sociales siguen con la dichosa ciudadana de la toalla.  Ahora en otro video aparece ya bañada, con un peinado y maquillaje provisto por un coiffeur que imita uno de esos programas de Home and Health TV y en donde trata de lanzar una cortina de humo sobre la historia del pleito de los dos borrachos de Monseñor Lezcano.  Ahora, ya convertida en celebrity reclama sus derechos de autor sobre la ahora famosa frase, que ya ha sido impresa en gorras, no importa que antes que ella, millones de mujeres la hayan dicho en algún momento de sus vidas.  Las redes sociales ahora ya no resaltan como la manzana de la discordia de un pleito de borrachos, sino como a una valiente mujer con espíritu guerrero, una madre soltera que tiene que sobrevivir en un mundo adverso, situación que igual viven decenas de miles de mujeres en este país.  De esta forma, todo programa de televisión local que se respeta, ha debido incluir un reportaje o entrevista con la dichosa chica de la toalla, quien ya cuenta con ofertas para la producción de comerciales de una que otra empresa local.

Es normal que la sociedad esté harta de las celebridades locales, puros sapos y culebras, pero hay tela de donde cortar.  Recientemente, nos llegó sin mucha alharaca una noticia de que alumnos de un par de colegios de Managua, con el apoyo de una madre de familia, desarrollaron una aplicación de software llamada Mission Moon, que concursa en un certamen de la NASA con buenos augurios.  También recibimos la noticia de que una pequeña empresaria fabricante de rosquillas de Somoto, Madriz, recibió el premio International Star for Leadership in Quality, ISLQ, en Francia.  A fines del año pasado, un joven nicaragüense fue galardonado como el mejor alumno de maestría y licenciaturas en economía de la Universidad de Göttingen en Alemania.  Hay atletas nicaragüenses que compiten a nivel internacional fuera del país.  Así pues, ¿qué tipo de personalidades debemos resaltar en los medios de comunicación y las redes sociales si deseamos que las nuevas generaciones tengan ejemplos que lleguen a inspirarlos?

Lo bueno con todo esto de lo viral, es que al igual que esos virus que pululan en el aire, tienen un período corto de incidencia y en poco tiempo llegan a desaparecer de la memoria colectiva.  Así pues, la dichosa, debe aprovechar lo que la fugaz fama le otorgará y prepararse para que en un corto tiempo, otro video viral la venga a borrar de las redes.  Al fin y al cabo, si ser el motivo de un pleito de borrachos la hace dichosa, todo lo que venga después, también; pues como dijo Baudelaire: Pour connaitre le bonheur, il fait avoir le courage de l´avaler (Para conocer la dicha hay que tener el valor de tragársela) (la dicha).

 

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