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La bendita corrección política

 

Fue a mediados, finales tal vez, de los años noventa que comencé a notar cierta proliferación del término “corrección política”, mismo que se refería, entre otras cosas, a la necesidad de utilizar un lenguaje que evitara las ofensas o formas discriminatorias hacia personas pertenecientes a grupos, dijéramos minoritarios, que tradicionalmente habían estado en situaciones de desventaja.  Claramente el concepto se extendía también a las actitudes que pudieran considerarse excluyentes.  Sentí que era el preludio hacia un nuevo orden de cosas que caracterizaría al tercer milenio que estaba por llegar.

Era indudable que la virtud de la tolerancia sería el nuevo reto en los tiempos venideros, considerando a esta como la armonía en la diferencia, pero ante todo el reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás.

Nací en la propia mitad del siglo XX y por ende tuve una formación llena de prejuicios e intolerancia, de tal manera que al igual que muchos coetáneos, la tarea de dejarme llevar por los vientos del cambio fue hasta cierto punto titánica, sin embargo a estas alturas del partido siento que salvo alguno que otro resabio, me siento mucho más tolerante y por lo tanto, aunque con ciertas reservas, comencé a adherirme a los dictados generales de la corrección política.  Sin embargo, con el tiempo, dicha “corrección” ha caído en el extremismo de la exageración y se ha convertido en una camisa de fuerza que tiene tantos amarres que amenaza con coartarnos completamente la libertad fundamental de expresión.

Como decían antes de que floreciera las estadísticas y las encuestas: para muestra un botón.  A continuación les presento algunos ejemplos que pueden ilustrarnos respecto a los dislates que se han cometido en nombre de la corrección política.

Después de llegar al convencimiento total de que cada ser humano tiene la libertad de hacer de su cuerpo o cualquier rincón de su humanidad, lo que quiera, desde un membráfono hasta un barrilete, cometa o papalote, vino el problema de nombrar al respectivo colectivo o comunidad, de tal manera que fuese satisfactorio para la corrección política.  Se inició con el término homosexualidad, que cubría de manera exacta, respetuosa y sin ninguna exclusión a todos aquellos ciudadanos, hombres o mujeres, que tenían preferencias sexuales hacia personas de su mismo sexo.  No obstante, algún iluminado consideró que lo anterior sonaba a procesión y que debía de denominarse con las respectivas distinciones, gay a los hombres homosexuales y lesbianas a las mujeres con dicha preferencia; surgiendo de esta manera la comunidad Lésbico gay (ladies first), pero cuando ya se estaba comenzando a utilizar este concepto, saltó otro iluminado que propugnó que deberían estar plenamente diferenciados los bisexuales y de la misma manera levantaron la mano los transexuales pidiendo ser parte de lo que ahora parece ser una sopa de letras a la que se han unido toda una pléyade de diversas preferencias, mezclas de ellas y por lo tanto denominaciones.  De tal manera que ahora no solo basta con ser plenamente tolerantes y aceptar y respetar las particulares preferencias sexuales de cada quien, sino que la corrección política pretende que el ciudadano común tenga que estudiar y aprenderse cada una de estas categorías para no cometer la incorrección de discriminar por omisión a uno de estos colectivos y cuando se cree que ya tiene completo todo el panorama salta alguien proclamando que es pansexual., de tal suerte que ahora al tratar de completar todas las siglas del colectivo se corre el riesgo de invocar al duende enemigo de Superman.  Tan fácil que era antes cuando para sustituir al manido etcétera simplemente se agregaba “y otras hierbas aromáticas que ni el cabro macho las come”.

Por muchos siglos, a las personas que están privadas de la vista se les llamó ciegos.  En ningún momento fue un vocablo con un sentido peyorativo o que atentara contra la dignidad de este colectivo, sin embargo la corrección política comenzó a considerarlo como discriminatorio y exigía que se les llamara invidentes, aunque otras corrientes proponían no videntes y otros por su parte, discapacitados visuales.  En qué aprietos habrán puesto a Don José Saramago.  Lo cierto es que los que padecen ceguera no consideran discriminatorio el término ciego, es más, tanto en Nicaragua como en muchos otros países, se encuentran agrupados en la Organización Nacional de Ciegos.  Encontramos pues, que muchos de los que se indignan al escuchar el término ciego, no son ciegos y de igual forma sucede con otros términos acuñados por la corrección política que no son alentados por las personas que tienen dichas condiciones, sino por gentes que por angas o por mangas han desarrollado la sensibilidad al extremo de tal forma que se irritan, enfadan u ofenden por términos ajenos a sus circunstancias.  Como decía mi abuelo: – son más papistas que el Papa, o como decía mi abuela: – sudan calentura ajena.

En mi caso particular, al llegar a juntar setenta tacos de almanaque como diría Pérez Reverte, no me inquieta, incomoda o mucho menos ofende la manera cómo me puedan denominar:  viejo, adulto mayor, persona mayor, persona de edad avanzada, persona de la tercera edad, incluso anciano; tal vez adulto en plenitud está más fregado, pues Plenitud es la marca de una ropa interior desechable.  Lo que realmente me molesta es que concluyan a priori que tengo mis facultades disminuidas, encerrándome en ciertos estereotipos y tiendan a elevarme la voz,  explicarme asuntos realmente obvios o a hablarme en un tono cantadito y en diminutivos.  En este caso, más que la corrección política en cuanto a la forma de denominar a este segmento se requiere la plena conciencia de que en la tercera edad también hay diversidad y que cada vez existen más personas de edad avanzada que optimizan sus oportunidades de salud, participación y seguridad y propenden a una adecuada calidad de vida y por lo tanto hay que eliminar todos las condiciones, mecanismos o procesos que nos restrinjan la libertad de participar activamente en la vida social, económica y política.

En cuanto a la cuestión racial, pues la cosa se complica.  En Nicaragua, se estima que el 84.35 % de la población, como precisaría El Firuliche, es mestiza.  Este mestizaje abarca la mezcla de las razas mongoloide, negroide y caucásica, de tal manera que quien no tiene de dinga lo tiene de mandinga.  En este sentido la corrección política en cuanto al lenguaje a utilizar al respecto, topa con pared, pues aunque se pretenda utilizar los conceptos comandados por la misma, hay una extrema abundancia de áreas grises.  Si se utilizaran los términos amerindio o pobladores autóctonos, está el problema de que solo una minoría pertenece a enclaves puros, lo mismo sucede con el vocablo afrodescendientes, que cubriría a las poblaciones negras puras o con una marcada mulatidad.  El problema es con el resto del mestizaje, pues los fenotipos son tan diversos que a veces resulta imposible determinar su composición genética y solo un análisis de ADN podría revelar la realidad del mestizaje, misma que sorprendería a muchos.  Así pues en este sentido, la corrección política debe enfocarse a la plena aceptación y es más, enorgullecimiento del mestizaje en toda la población, que conlleve a desterrar para siempre la discriminación de conciudadanos por sus rasgos físicos, pues siempre está presente la posibilidad de una pareja con la estampa de Robert Redford y Meryl Streep, con tres angelitos rubios y al llegar un cuarto niño, el destino o las leyes de Mendel, les hagan una jugarreta genética que venga a revivir el cuento de Capullo y Sorullo.

Antes de la corrección política, para cualquier trastorno mental y en una amplia gama de contextos, se ocupaba indistintamente el término locura.   Sin embargo, la corrección política consideró peyorativos los términos locura y loco, dejando en la cuerda floja a Erasmo con su elogio.  Por mucho tiempo aquellos que padecían de estos trastornos no se sentían ofendidos o discriminados, obviamente porque su condición los mantenía en otra dimensión o bien porque consideraban que era un estado hasta cierto punto romántico, tal como lo afirmaba Javier Solis:  “ …si me llaman el loco, porque el mundo es así, la verdad sí estoy loco, pero loco por ti…”  En la actualidad, quienes padecen de condiciones de esta naturaleza se han vuelto más sensibles y se ofenden si los llaman enfermos mentales o psicóticos como pretende la bendita corrección y poco a poco nos van empujando a convertirnos en expertos para diferenciar los diversos trastornos involucrados en estos padecimientos.  Así pues se necesita cursar un par de semestres de nosología psiquiátrica para poder dominar cada uno de los trastornos involucrados y no caer en el error de revolver el sebo con la manteca.  Hay que saber cuándo se trata de un trastorno neuro cognitivo, cuando un trastorno de ansiedad, cuando un caso de depresión, trastorno bipolar o de la personalidad o bien trastornos psicóticos.  En los niños, es menester saber diferenciar un TEA de un Asperger o de un TDA.  Cualquier equivocación o ignorancia puede traernos serias consecuencias, como es el caso tan común de llamarle bipolar a alguien que simplemente tiene malas pulgas o de calificar de sociopatía a la simple hijueputez.

Así pues estimados lectores, esa iniciativa que en sus inicios perseguía el objetivo de evitar las ofensas a los grupos indefensos y frágiles, poco a poco fue convirtiéndose en una tiranía que desde los extremos pretende controlar nuestra libertad de expresión.  Por lo tanto, lo más indicado es actuar siempre con el respeto que los demás merecen y si en determinado momento desde la corrección política algunos ultrasensibles tratan de condenarnos, con todo el dolor del mundo hay que mandarlos donde la sexoservidora que los dio a luz.

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Y chocoplós…

 

Al igual que Jourdain, el personaje de Moliere, que después de cuarenta años de hablar se dio cuenta que lo hacía en prosa; al llegar a estudiar las onomatopeyas en la gramática española, me sorprendí al saber que yo había utilizado algo con un nombre tan rimbombante desde que comencé a hablar.  Al ir descubriendo el mundo que nos rodeaba, las onomatopeyas eran fundamentales para ayudarnos a conocer tantas cosas, en especial a los animales, al asociar el guau con los perros, el miau con los gatos, el paca paca con los caballos o bien aprender aquella primera canción de los pollitos dicen pio, pío, pío, cuando tienen hambre, cuando tienen frío.

Alrededor del mundo, en todos los idiomas, la onomatopeya siempre ha sido un recurso muy utilizado; con sus variantes, tal vez, pero siempre han reforzado al lenguaje hablado.  Así pues, por muchos años, el habla nicaragüense se vio salpicada de toda suerte de onomatopeyas que le daban vida a una narración e ilustraban cualquier acción, algunas de carácter universal, otras muy propias de la región.

De esta manera, al escuchar hablar a los mayores nos envolvía un vocabulario con abundancia de estos recursos, de tal forma que nos acostumbramos a utilizarlas en profusión.  Asimismo, cuando aprendimos a leer y nos adentramos en el mundo de los paquines, encontramos que ahí la onomatopeya jugaba un papel relevante e indispensable para el desarrollo de las historias y aquel cúmulo de recursos, algunos extranjeros, nos vino a ampliar enormemente nuestro acervo, así que cuando jugábamos a correr en un automóvil, usábamos screach para acompañar a un frenazo, roarrr, para la aceleración, así como slam, para un portazo, gulp, para un susto, snif, para un suspiro, ja-ja, para la risa, muac para un beso o bu-bu, para el llanto.

Indudablemente los golpes, cualquiera que fuera su índole, acumulaban el mayor número de onomatopeyas, tratando de describir las diferentes formas e intensidades: pipó, pipá, juas, plas, juácatelas, bimbón, pipoco, bangán, pas, bimbanga, pliqui placa, chumbulún, ra-flá, esta última la utiliza Ge erre ene en La papalina, en el sentido de golpe que aplasta, sin embargo, se utiliza mucho para dar a entender la rapidez en algo.  Algunas de las anteriores se usaban para la descripción de un acto sexual, sin duda con altas dosis de exageración y acompañadas con las respectivas expresiones no verbales:  -Y era aquel: bimbanga bimbanga.

Cuando se trataba de una acción que se repetía se utilizaba: fiqui fiqui, riqui riqui, fliqui fliqui, riquifliqui, jequere jequere, chun chun.  Generalmente acompañaba a la descripción de oficios como serruchar, limar, cepillar, aunque también para describir actos sexuales menos pretenciosos.

De la misma forma, los instrumentos musicales se hacían acompañar con sus respectivas onomatopeyas, como el tararán tararán del tambor, el tu tu tú, de la trompeta, el pirirín del piano, el fififí del violín, el chirringui chingui  o charranga changa de la guitarra, el  pliqui pliqui de la marimba.

Una de las más floridas se utilizaba para acompañar a la zambullida o el chapaleo en el agua y era chocoplós, misma que luego fue extendiéndose a cualquier tipo de caída.  Asimismo se utilizó para ayudar a describir los tipos de gordura, pues habían gordos chocoplós y gordos chumbulún.

Cuando un chisme o cuento se regaba entre mucha gente se decía que se hizo el burumbunbún, de la misma forma, cuando se escuchaba un rumor indeterminado se decía el güere güere o güiri güiri; a cualquier tipo de enfrentamiento se le denominaba rifi rafa, asimismo, la onomatopeya del teletipo pipiripipí, utilizada luego como preámbulo para los flash noticiosos se extendió para acompañar a la descripción de una persona chismosa.

También existían algunas onomatopeyas relativas al cuerpo humano, por ejemplo para la tos:  tuju, tuju, cuj, cuj, para las tripas cuando rugen:  churru-churrú, al beber glú glú o trucutú, el oído zumbando fiiiiiiii o chirrriiiiii, el achús del estornudo, las flatulencias tan explícitas con su prrrrrr o trrrrrr,  el vómito con el guaca o guácala, la micción: chorrrroooó (siempre que no hubiese afectación de la próstata) y aquella que dio origen al nombre de la letrina: pon pon.  Algunas onomatopeyas de animales se aplicaban a los humanos como era el caso de alguien que moría súbitamente y ni pío dijo, o bien, no dijo ni cuío.

Actualmente ya casi no se usan aquellas onomatopeyas, es más la genta ya casi ni platica.  Ahora dos personas pueden estar a tiro de conversación y sin embargo, se envían mensajes de texto y complementan sus mensajes pletóricos de faltas de ortografía con emoticones.  De esta manera poco a poco se va perdiendo la riqueza del lenguaje, es más, nos estamos privando de aquel enorme placer de conversar, mientras nos balancéabamos riqui riqui riqui, en una mecedora.

 

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Ipso facto

 

En mi niñez, las misas todavía eran celebradas en latín, con su agregado en griego.  Mi madre me mandaba los domingos y yo obedecía a regañadientes, tratándole de explicar que me aburría en extremo, pues no entendía absolutamente nada de lo que hablaba el sacerdote y cuando subía al púlpito a decir el sermón, que aunque era en español, tampoco le entendía.  Con el tiempo fui aprendiendo algunas de las expresiones utilizadas por el celebrante que me servían de guía para ver en qué parte de la misa estábamos.  Cuando el cura decía: Verbun Dómini, quería decir que el celebrante se iba a dirigir al púlpito de madera, al frente de los fieles, al cual accedía por una escalera de caracol para dirigir su sermón.  Procuraba ubicarme en el grupo de varones que por tradición debían sentarse en las últimas bancas del fondo o bien permanecer de pie, cerca de la puerta.  Al momento de iniciar el cura su ascensión al púlpito, todos sin excepción, se salían al atrio, en donde aprovechaban para rascarse a discreción y conversar sobre los temas de actualidad.  Al momento de finalizar el sermón y comenzar el padre su descenso, todos entraban rápidamente a ocupar sus lugares al fondo del templo.  No sé si el cura miraba aquel movimiento o si desde arriba lograba observar al grupo aquel, lo cierto es que nunca hizo ningún reproche al respecto.  Una expresión que me causaba inquietud era cuando exclamaba:  Dóminus vobiscum, a lo que el acólito y algunos fieles dadores a creer respondían Et cum spíritu tuo.  Yo desde luego en “ele olo chico zapote”, lo único que se me venía a la mente era algo relacionado con los bizcos. Una frase que me llenaba de emoción era cuando, antes del Pater Noster, el cura decía: Per omnia secula seculorun, a lo que los fieles de manera solemne respondían a coro: Amen.  Aquel seculorum resonaba tanto que me daba la impresión de que se trataba de algo en extremo misterioso.  Sin embargo, la parte más feliz era cuando el oficiante exclamaba: Ite missa est, a lo que todos, un tanto aliviados respondían:  Deo gratias.

Cuando cursé el sexto grado de primaria en el Instituto Juan XXIII, a pesar de lo experimental e irregular de aquel curso, en donde todos los docentes eran voluntarios, sentí que la asignatura de Español, a cargo de la profesora Rosita Reyes, quien con un gran esfuerzo cubrió a cabalidad el programa, fue un aprendizaje relevante, pues gracias a ello pude sentar las bases para un manejo adecuado del lenguaje.  Con su manera de enseñar nos hizo entusiasmar por las locuciones latinas, que además de adentrarnos en el conocimiento de aquella lengua, nos dejó lecciones en varios campos.  Aprendimos desde Ad hoc, a esto, para esto, hasta Vox populi, vox Dei, la voz del pueblo es la voz de Dios.  Ahí me di cuenta que Per omnia secula seculorum quería decir “Por todos los siglos de los siglos”, que después de saberlo me llenaba de angustia ante el misterio de lo eterno.

Aunque usted no lo crea, a mediados del siglo pasado, el nicaragüense con algún nivel de estudios, aun modesto, manejaba un vocabulario de cierta altura, en donde las locuciones latinas enriquecían el habla cotidiana.   Cuando algún hecho estaba concluido, sin posibilidad de revertirse se decía consumatum est.  El síndrome de los diablos azules de los bebedores consuetudinarios se conocía comúnmente como delirium tremens. Cuando una persona metía las extremidades inferiores y trataba de sacarlas con cierto honor exclamaba:  Errare humanum est.   Se escuchaba regularmente: Le presté cien córdobas a fulano, luego arqueando las cejas agregaba: per secula, es decir que nunca los vería de nuevo.  Cuando se realizaba una estimación bajo el método Alver, el interlocutor agregaba a grosso modo, para indicar que se trataba de algo aproximado, aunque la preposición “a” estaba de más.  Para indicar el oficio de alguien principalmente cuando se trataba de algo no ortodoxo, se decía modus vivendi.  En el lenguaje policiaco se utilizaba modus operandi, relativo a la forma particular de alguien al cometer un ilícito o bien in franganti, cuando sorprendían a alguien en plena comisión del delito.  Cuando alguien se refería a una persona que se creía lo máximo, se decía: se cree el non plus ultra.  En el caso de que una persona sin pertenecer a una institución realizaba funciones propias de la misma, sin percibir remuneración alguna, se decía ad honorem y un ejemplo clásico eran los miembros ad honorem de la guardia somocista, quienes sin percibir salario, solo por el placer de espiar y denunciar a los opositores, ejercían estas funciones. Las misas de acción de gracias se llamaban te deum, clásicas en las celebraciones de los quince años.  Asimismo, se utilizaba con mucha frecuencia: etcétera, mea culpa, viceversa, versus, lapsus, in memoriam, in fraganti, idem, ego, alias, bis.

En la universidad, dependiendo la carrera se intensificaba el uso de locuciones latinas, encabezando la lista la carrera de derecho, debido a la influencia del derecho romano en la legislación moderna.  En la facultad de economía también se utilizaban aunque en menor medida.  La expresión más utilizada era ceteris paribus, es decir, si las otras cosas permanecen constantes; premisa indispensable para realizar el análisis de una variable, aislándola del resto de factores que pudieran afectarla y que en la realidad nunca permanecen constantes.  Vemos esto claramente en las proyecciones de la economía nacional en 2017, muy optimistas, ceteris paribus, sin embargo, las otras cosas, que no permanecieron constantes, se encargaron de mandarlas al traste.  También había que dominar el ex ante y el ex post, así como las condiciones sine qua non.

Cuando comencé a trabajar en la década de los setenta, todavía se manejaba en el lenguaje estándar una que otra locución latina.  En la oficina había un sujeto que era muy afecto a utilizar la locución: ipso facto, que quiere decir, por el mismo hecho, pero que él lo manejaba como algo automático, ágil, rápido, expedito.  Siempre buscaba la manera de que dicha expresión saliera a colación en la plática, de tal suerte que muchos lo conocían como El ipso facto.  Resulta que en cierta ocasión, en la fiesta de fin de año, ya con sus flagellum entre pecho y espalda le dijo a un alto funcionario todo lo que su rencor tenía guardado, incluyendo epítetos e infidencias que hicieron que el funcionario montara en cólera y abandonara el evento, no sin antes dar indicaciones que lo despidieran ipso facto.  Al día siguiente esta redundancia inundó los pasillos de la oficina y no faltó quien en voz baja dijera in vino veritas. Definitivamente como decía Marco Tulio Cicerón: O tempora o mores.

En la actualidad es muy raro escuchar una conversación en donde aparezcan las locuciones latinas.  Tal vez si se trata de ciudadanos de la tercera edad, sin embargo, a medida que se baja en edad, es mucho más difícil encontrar su uso, mucho menos su comprensión. Los programas de lengua y literatura a cualquier nivel no contienen el estudio de las locuciones latinas y muy raramente algo de las raíces griegas y latinas.  En estos dorados tiempos, en vez de decir “se cree el non plus ultra”, se dice, “se cree la última coca del desierto”. A los equivalentes a los agentes ad honorem de la guardia nacional se les conoce simplemente como sapos. En vez de emular con elegancia a Julio César exclamando: Alea jacta est, se dice con una mano en la cintura:  Ya se fue el balde, que se vaya también el mecate.  Una excepción podría ser el lenguaje de hechiceros, básicamente latín, manejado en las novelas y películas de Harry Potter, aunque en realidad lo que prevalece por estas tierras es el yoruba.

Hay ciertas locuciones que han desaparecido porque el concepto que representaban ha dejado de existir.  Nadie utiliza mea culpa, debido a que todo el mundo busca como echarle la culpa a los demás por sus errores.  El habeas corpus, también valió sorbete.  De la misma forma quieren desaparecer la expresión vox populi, vox Dei, debido a lo peligroso que es para cierto güis de balandrán, ni se diga memento mori.

Concluyo con una locución que se utilizaba en el teatro romano cuando finalizaba la función y que replicó el emperador César Augusto al momento de su muerte: Acta est fabula.

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El alcoholímetro

 

 

El marcado incremento de accidentes de tránsito, ligado a la presencia de alcohol en los conductores que se dio en la primera mitad del siglo XX, obligó a las autoridades de los países desarrollados a buscar alternativas  para medir el nivel de alcohol en estos individuos, con el fin de regular y detener el uso de esta sustancia entre los conductores.  Esto dio origen al alcoholímetro, aparato que mide con marcada exactitud el nivel de alcohol en la sangre, derivado de la concentración en el aliento de una persona, estableciéndose al respecto una escala con los diferentes rangos de cantidad de alcohol presente.

En Nicaragua, así como en muchas partes del mundo, la sabiduría popular ha desarrollado desde tiempos ancestrales, un sistema de medición del nivel de alcohol en la sangre de un individuo, basado en la simple observación y utilizando frecuentemente el método Alver, con resultados más o menos apegados a la realidad de las cosas.  La ubicación de una persona dentro de cualquier nivel de la escala ha servido para atenuar o agravar las acciones derivadas de la conducta de cada uno de estos sujetos.  Lo interesante es que a la par de esa percepción del grado de presencia de alcohol en el individuo, la gente comenzó a crear una escala basada en vocablos que definen cada grado, en muchos casos, con jocosa originalidad.

En el nivel más bajo de la escala, que en los estándares modernos equivalen a una concentración de 0.0 a 0.3 gramos de etanol por litro de sangre, es decir en estado de sobriedad, el vocablo que más se ha utilizado es “bueno y sano”, que si se observa con detenimiento no tiene mucho que ver con dicho estado, también está su traducción al escaliche: “zanahoria” o bien los conceptos “normal” o “tranquilo”.

En el siguiente nivel que va desde los 0.4 a 0.6 g/l, que es donde comienza a notarse ligeramente los efectos del alcohol en el comportamiento del individuo, la gente cataloga al sujeto como “alegre” “alegrón” o bien se relaciona este nivel con la cantidad de tragos ingeridos, los cuales en este caso no deben sobrepasar los dos, es decir un par, entonces se usa la expresión: andaba “con un par de tragos adentro”.  Aquí es importante señalar que por alguna razón, el vulgo comenzó a relacionar la unidad de ingestión, que normalmente se maneja como “trago” (copa en otros países), con vocablos de connotación sexual, la mayoría de las veces relacionados con los órganos genitales, con el afán, tal vez, de darle mayor contundencia al asunto, de tal manera que los “tragos” se convirtieron en “vergazos”, “cachimbazos”, “turcazos” o “pijazos”.  En todos los casos siempre se dan equivalentes para el uso de los más comedidos: “reatazos”, “mecatazos”, “rielazos”, “fajazos”, “bolillazos” o “vergolillazos”.  De esta forma, en este nivel se utiliza la expresión “andar con un par de vergazos adentro” o bien en algunos para aliviar el grado y ser un tanto indulgentes, se utiliza en diminutivo: “un par de traguitos”.

Ahora bien, en el rango que va de los 0.7 a los 0.9 g/l, en donde el individuo comienza a presentar alteraciones en el equilibrio, entonces se dice que anda “mareado”, “mareadón” o “mariachi”, también se usa “rascado” o “rascadón” o bien “sesereque”.  Si se cuantifica mediante la cantidad de ingesta, se omite el “par” y se abre un abanico que va desde “andaba con sus vergazos adentro” si se acerca al 0.7 o bien, “andaba con sus buenos vergazos adentro” si se alcanza el 0.9.  Para estos casos se utiliza también la ubicación del destino de la ingesta “andaba con sus buenos cachimbazos entre pecho y espalda”.  En este nivel también se utiliza la expresión “andaba a media asta”.

Si se alcanza el nivel de 1.0 a 1.2 g/l, ya el sujeto se considera en completo estado de ebriedad.  Para el lenguaje popular, en el estrato de recato se dice que está “borracho” o un poco más campechanamente “bolo” o “picado”. Sin embargo, para el vulgo, este nivel presenta una gama impresionante de expresiones.  Invariablemente se utiliza el verbo andar, acompañado por una expresión que denota límites, para lo cual se agrega la preposición “hasta”.  De esta manera se dice que alguien “anda hasta el cepillo” “hasta el cerco” “hasta atrás” “hasta donde no es” “hasta los queques” “hasta el cereguete” “hasta los mambos” “hasta el queso”  “hasta la samagoyeta” o bien para darle más énfasis, se utilizan los socorridos vocablos de connotación sexual: “hasta la verga” “hasta el bicho” “hasta la turca” “hasta la cachimba”, “hasta el culo”, “hasta el cerote” o bien se disimulan estos conceptos con las variaciones “hasta la gaver” “hasta la vértebra” o bien “hasta el choby checker”.  Es importante aclarar que estas últimas expresiones también se utilizan como sinónimos de lleno o repleto, así pues cuando un local está a su máxima capacidad se dice que está “hasta la verga” o cualquiera de sus variantes.  Derivado de la expresión “hasta las cachas” que abarca muchos sentidos y que da a entender en extremo, sobremanera, a más no poder, se utilizó mucho “andaba hasta donde dice Collins” en alusión a la marca del machete tan utilizado en el campo nicaragüense.

Cuando el sujeto supera el nivel de 1.3 g/l, presenta alteraciones significativas en su control físico y mental y a medida que va aumentando, puede caer en una intoxicación severa.  En este nivel se mantienen los vocablos “hasta el órgano sexual de su preferencia”, sin embargo, para subrayar el grado superlativo de embriaguez, se agrega el adjetivo “mera”, “andaba hasta la mera verga”, o también puede sustituirse “mera” por  “vil” o “pura”.  Hace muchos años, se utilizaba el vocablo “improsulto” que originalmente significa muy leal, también utilizado como sinónimo de atrevido, descarado, malo o inútil.  Así cuando alguien andaba completamente borracho y su comportamiento era impertinente se decía que andaba “improsulto”.  También ha caído en desuso las expresiones que denotaban similitudes con el comportamiento del sujeto, como eran: “andaba arreando chanchos” o “andaba pegando papeletas”.

Es relevante aclarar que estas expresiones no presentan una discriminación por género, pues a medida que con el tiempo las mujeres han avanzado en los niveles de concentración de alcohol en su sangre, han sido objeto de calificación con todo el vocabulario mencionado anteriormente.  Asimismo, es importante anotar que para ambos sexos se utiliza indistintamente los vocablos que invocan uno u otro órgano sexual.  De esta forma un hombre puede indistintamente estar hasta la verga o hasta la cachimba y viceversa.

También es necesario acotar que como en todo, esta apreciación empírica puede experimentar falsos positivos o falsos negativos, pues de acuerdo a cada individuo, su masa corporal, las condiciones de su hígado, la velocidad con que ingiere el material bélico, así como su calidad, puede reflejarse de diversas maneras en el comportamiento del individuo.  Así pues, se encuentran sujetos que pueden ingerir hasta una media botella de licor, sin arrugar la cara y sin presentar ninguna señal que los delate, en cambio hay otros sujetos que con un solo trago, aun campaneado, presentan señales de una extrema embriaguez y es cuando se dice que “se pican con sopa de chancho”.

Durante mucho tiempo, en especial, en la segunda mitad del siglo XX, existió una presión social, básicamente proveniente del sector masculino, promoviendo el abuso en la ingesta de alcohol, inicialmente entre el mismo género, como una demostración de virilidad y a medida de que las féminas se atrevieron a navegar por esa escala, la presión se manifestó como una moda a seguir.  En esos tiempos, arañar los 1.2 gr/lt., merecía la asignación de la medalla de honor al valor que reflejaba la valía de la persona.  Cualquier desaguisado resultante de este estado simplemente se negaba o se apegaban a la enmienda constitucional de: “borracho no se vale”.

En el siglo XXI parece ser, afortunadamente, que va ganando terreno una tendencia sino a la sobriedad, a la templanza, toda vez que la población está cada vez más consciente de los daños que produce el alcohol al organismo.  Asimismo ha desalentado este consumo, la proliferación de la documentación de casi todos los actos de la vida diaria a través de una cantidad astronómica de cámaras, tanto de seguridad como de los celulares que porta la población y en donde se registran todos los dislates provenientes del abuso del alcohol y en menos de lo que canta un gallo, aparecen en el ciberespacio, donde es imposible hacerlos desaparecer.  Otro factor importante es el relativo a los estragos de la goma, pues por más propaganda que le hagan a un licor, el exceso en su consumo lleva a los terribles efectos del día después.  Así pues, el nivel de andar con “un par de pijazos adentro” podría ser un límite razonable para evitar futuras complicaciones.  En caso de alguien que tenga que conducir, lo más recomendable es que se mantenga “bueno y sano” para tener la conciencia, visión y reflejos al 100%.

 

 

 

 

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Salutación del pesimista

Guía práctica para saludar en tiempos de la corrección política

 

Desde tiempos inmemoriales el saludo ha sido un símbolo de respeto de un individuo hacia sus semejantes, a través de la emisión de palabras, realización de gestos o del contacto físico, al momento de encontrar a otra persona o al momento de dejarla.   De esta manera a través del tiempo, cada sociedad ha desarrollado códigos para el saludo que han conformado tratados de urbanidad o bien protocolos de comportamiento para determinados colectivos.

El siglo XX, en sus estertores finales, dio paso a nuevas normas de comportamiento con la inclusión de lo políticamente correcto, que abarca el lenguaje o comportamientos con los que se trata de minimizar cualquier asomo de ofensa a grupos de personas pertenecientes a determinadas etnias, cultura, nacionalidad, género, religión u otros.  El entusiasmo con que fue implementado este concepto en la sociedad moderna, en especial en el arranque del tercer milenio, vino a exacerbar la sensibilidad de los individuos, de tal manera que vivimos en un mundo en donde cualquiera se puede ofender e incluso indignar de algo que antes se podría haber considerado como una nimiedad.

A la par de este movimiento, se han dado pasos considerables para lograr la equidad de género y erradicar la violencia hacia las mujeres.  Muchas legislaciones a nivel universal se fueron adaptando para lograr estos objetivos y de esta manera muchos comportamientos en contra de las féminas fueron tipificados como delitos.  Si bien es cierto, el acoso callejero en donde entra el piropeo o bien cualquier forma de saludo que pudiera ofender o alborotar la sensibilidad de este género no está tipificado como delito, algunos colectivos mantienen una férrea lucha para que sean incluidos dentro del acoso sexual y buscan cualquier rendija por donde este tipo de comportamiento se pueda colar hacia ese delito.

Lo anterior conlleva a la necesidad de replantear las normas de cortesía con relación al saludo, pues si en cierto momento alguna persona se siente ofendida por ciertas formas de saludo, puede acarrearle al emisor serios problemas que van desde el balconeo en las redes sociales o bien, si la ofendida tiene contactos en cualquiera esfera del poder,  el emisor puede enfrentar situaciones verdaderamente serias.

En consideración a lo anterior, estimo prudente contar con un nuevo manual en lo referente al saludo, que si bien es cierto no haga distinción de género, por aquello de la discriminación, sea más útil a los varones, pues en estos casos, son los que sufren en mayor medida las consecuencias de un alma sensible y ofendida.

Como un aporte a lo que los especialistas en la materia podrían posteriormente elaborar a profundidad, ofrezco a continuación una guía práctica, no exhaustiva, para el saludo, dentro del marco de lo que podría considerarse políticamente correcto.

Dentro de la categoría de saludos verbales sin contacto, en especial entre individuos que no guardan ninguna relación afectiva, sean conocidos o no, la fórmula más usual es “buenos días” si es de mañana antes del mediodía, “buenas tardes” hasta las seis de la tarde y “buenas noches” a partir del ocaso.

Este saludo debe realizarse en un tono neutro.  No debe tratar de cantarse, pues puede interpretarse como un asomo de insinuación.  Al hacerlo el emisor debe de tratar de mantener una visión periférica, pues si le clava la mirada a su interlocutora ya sea en los ojos o en otra parte de su anatomía, puede tomarse como acoso.  Tampoco hay que añadirle “cola” al saludo, pues le puede salir el tiro por la culata. Si se añade “preciosa” “mi reina”, “guapa”, se expone al peligro, así que hay que dejar esos epítetos para la etiqueta del mercado. Cuanto mucho puede agregarse “señora”, a secas, no es aconsejable usar la fórmula “señora mía” pues puede dar paso a malos entendidos.

Estos saludos se utilizan generalmente en plural, sin embargo, algunas personas por dárselas de originales lo emplean en singular, en especial “buen día”, lo cual se puede considerar correcto, no obstante, en especial cuando es dirigido a un grupo de personas, el emisor podría pasar por tacaño.  Lo mismo ocurre con los saludos vespertinos y nocturnos, se puede utilizar “buenas” pero el emisor corre el riesgo de ser considerado pueblerino.  Aquí es necesario insistir en que por ninguna razón se agregue ciertas fórmulas que tienen implícito el doble sentido como “buenas las tenga” y “mejore las pase” pues equivaldría a ponerse frente a un pelotón de fusilamiento.

En el saludo matutino existen algunas fórmulas que se emplean a nivel familiar y de manera específica para quienes habitan en la misma casa, bajo la forma interrogativa “¿Cómo amaneció?” “¿Cómo amaneciste?” No es conveniente trasladar este saludo fuera del ámbito familiar, en especial cuando se le da cierta entonación mientras se recorre la anatomía de la otra persona,  muchísimo menos cuando se trata de una persona de avanzada edad con la entonación de “¿Cómo? ¿Amaneció?”  Sería echarse la soga al cuello utilizar la variante “¿Cómo le amaneció?” pues tiene triple sentido.

En los saludos descritos anteriormente es permitido esbozar una sonrisa, leve, procurando no abrir mucho los ojos y si el interlocutor no devuelve la sonrisa, simplemente hay que disimular, poniendo cara de “yo no fui”.

Cuando las personas a saludar son conocidas o mantienen una relación de amistad o familiar, el saludo anterior puede obviarse y utilizar en su lugar las fórmulas ¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? agregando el nombre del interlocutor.  También, en un plano más autóctono, folklórico tal vez, puede usar la fórmula tan nicaragüense de saludar con un ¿Ideay? Seguido del nombre del interlocutor o cualquier epíteto que lo sustituya. También se puede emplear la fórmula actualizada de ¿Entonces?  A medida que exista una mayor cercanía o confianza entre los interlocutores pueden agregarse ciertas fórmulas coloquiales como:  “¿Y ese milagro?” “¡Tanto tiempo!” “¿Dónde te has perdido?”.

En estos casos de relaciones de conocimiento, amistad o familiaridad, procede el saludo de despedida.  En este caso, existen diversas fórmulas que se utilizan dependiendo del grado de confianza, amistad e intimidad.  Entre las más usuales y que siempre deben emitirse con una entonación adecuada están: “Nos vemos”, “Hasta luego”, “Hasta pronto”, “Que te vaya bien”.  Es permisible, si la relación así lo permite, agregar la expresión un tanto paternalista de: “Cuidate”. Cuando no exista una relación de amistad y la interacción anterior ha sido demasiado formal, es preferible despedirse simplemente con un: “Con permiso” o “Con su permiso”.

La despedida con un “Adiós”, es poco usual.  Generalmente se usa cuando las expectativas de volverse a ver son remotas o cuando se quiere insinuar que no existe ningún deseo de parte del emisor de volver a ver a la otra persona.  No obstante, “Adiós” se utiliza también como un saludo cuando los interlocutores se encuentras a cierta distancia y no es posible un acercamiento, por ejemplo, de acera a acera, de un vehículo a otro. Generalmente se acompaña agitando un brazo o al estilo de la Reina Isabel de Inglaterra que mueve su mano, como diciendo más o menos, pero con la mano en posición vertical.

En el reciente caso en el que una joven denunció a un vigilante de un restaurante de comidas rápidas por haberle dicho adiós de manera impropia, habría que analizar cuál fue la entonación que utilizó el referido vigilante.  En todo caso, no le correspondía a dicho empleado expresar un adiós a la joven.  Si ella hubiese sido un cliente que abandona el local, tendría que haber expresado, si acaso: “Gracias por venir a este establecimiento”, “que le vaya bien” o “le esperamos pronto”.  En caso de que la joven hubiese sido tan solo un transeúnte que pasó por el restaurante, el vigilante debía haber guardado una compostura impasible como un vigía en el Palacio de Buckingham, sin proferir palabra alguna.

En la categoría de saludos con contacto físico, se encuentran el saludo por antonomasia, que es estrechar la mano, el abrazo y el beso en la mejilla, es decir el osculum de los romanos.   En esta categoría de saludos, es muy aconsejable seguir la filosofía de Confucio: “Dechí vo plimelo” o sea, dejar que el interlocutor tome la iniciativa.

El saludo de manos se remonta a la antigüedad cuando los interlocutores alargaban su mano para mostrar que no portaban ningún arma.  En la actualidad es la forma convencional de saludo, a excepción de algunas culturas en donde se prohíbe cualquier contacto físico.  Este saludo se utiliza cuando los interlocutores se conocen o bien están siendo presentados.  En especial con las damas, se extiende la mano y se estrecha con cierta firmeza pero sin imprimir ninguna presión y de manera breve, mientras de expresa el saludo verbal.  En la despedida queda a opción de los interlocutores repetir el saludo de manos.

El abrazo como parte del saludo está reservado para las personas que guardan una relación muy cercana e íntima.  No debe utilizarse nunca entre simples conocidos y mucho menos entre extraños.  En ciertas regiones de Nicaragua se utiliza como sustituto del saludo de manos el medio abrazo, que consiste en colocarse a una distancia prudente,  extendiendo el brazo derecho del emisor hacia el brazo izquierdo del interlocutor y se produce un ligero palmeo un poco abajo del hombro.

El saludo de beso (osculum) no se practicaba en Nicaragua sino hasta en los años setenta. En aquella época, al ponerse de moda este tipo de saludo, se consideraba muy avant garde a quien saludaba de esta manera, de tal forma que todo mundo quería utilizar este tipo de saludo.  En la actualidad hay que extremar precauciones al respecto y reservar los besos como saludo para los casos que exista una sólida amistad o un vínculo de parentesco muy marcado.  En este sentido, se reitera la conveniencia marcada por Confucio y hay que esperar la actitud de la interlocutora y si ella toma la iniciativa hay que corresponder el saludo.  Habrá que acercarse a la interlocutora, con la expresión que le pintan a las imágenes de San José, y aproximar la boca a unos dos centímetros de la mejilla y estirando el pico, simular un beso, sin emitir sonidos, ni chasquido, ni fingir con la onomatopeya “Muac”.

Muchas señoras cuidan con extremo celo algunas partes de su cuerpo, en especial cuando saltan a la vista, como es el caso del rostro.  Gastan una fortuna en cremas, afeites y demás tratamientos, para que su rostro luzca siempre lozano y juvenil.  Estas damas tienen, con mucha razón, una enorme aprensión al contacto físico con cualquier persona, de tal manera que un beso, de parte de alguien que quién sabe dónde habrá puesto su boca anteriormente, pueda trasmitirle cualquier bacteria o microorganismo.  Estas señoras desarrollan técnicas para que en caso en que tengan que saludar de beso, eviten el contacto físico, de tal manera que en algunas ocasiones mueven la cabeza de tal forma que el cabello se mueve llegando a cubrir la mejilla y servir de cortina protectora para la misma o bien, inclinan de cierta manera la cabeza para que el beso se estampe en el cabello.

Por lo anterior, en estos dorados tiempos es muy aconsejable evitar al máximo el saludo de beso, a menos que se trate de familiares o amigas íntimas que puedan resentirse.  Lo más conveniente es anticiparse y extender la mano para forzar un saludo de manos, pues es preferible que pase por anticuado o tierra-adentro, antes de llegar a situaciones comprometedoras.  Si se observa a una dama que pueda representar una situación incómoda a la hora de saludar, finja ser japonés, realice una inclinación y diga: “kon´nichiwa” y de esta manera puede salvar el momento.

Con relación a las presentaciones, es recomendable seguir la fórmula clásica de “mucho gusto” mientras extiende la mano para el saludo correspondiente.  Si observa una expresión de “pocas pulgas” de parte de la presentada, puede ocupar la fórmula norteamericana de “¿Cómo está?”  Evite las fórmulas melosas como “Encantado” o “Es un placer” pues no vaya a ser.

El agradecimiento es otro tema que es importante incluir, debido a que podría ser tema de malos entendidos.  Después de recibir cualquier cosa, desde un servicio, un objeto, una comunicación, es preciso agradecer al interlocutor.  En este sentido es básico decir “Gracias” o “Muchas gracias”, puede también utilizar “Muy agradecido” y con un poco de cautela “Muy amable”.  Hay que evitar otro tipo de expresiones que puedan complicar las cosas.  Si es al revés, al momento que la interlocutora expresa su agradecimiento es importante responder con “De nada” “Por nada” “No hay por qué” o bien “A sus órdenes” hasta ahí no más.  En épocas pasadas se consideraba una galantería responder a un “gracias” de una damisela con la expresión: “Las que le adornan”, entonces la joven se sonrojaba y esbozaba una sonrisa que luego tapaba con su abanico.  Si se hace en estos tiempos, la joven se pondrá verde, pondrá una cara como la del Pájaro Loco cuando se enojaba y sacará su celular, le tomará una foto y al rato estará en el Facebook como acosador.  Si lo anterior es problemático, ni siquiera podrá imaginarse si se hace el chistoso y expresa: “Las que hace el mono” pues ahí habrá una confusión de animales y puede verse citado en la Comisaría de la Mujer.  Peor aún si se atreve a contestar un agradecimiento con “No tiene por qué darlas” pues ahí lo citarán en Auxilio Judicial.

En conclusión, vivimos en una época difícil para las relaciones interpersonales, pues si una persona no está al tanto de todos los elementos que hay que manejar de manera magistral, es posible que de pensamiento, palabra, obra u omisión, vaya a ofender a alguien.  Por eso, en cada interacción con las féminas es preciso recordar aquel proverbio persa: “No hieras a la mujer, ni con el pétalo de una rosa”.

 

 

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Los que viven en el mundo, muertos

 

Hace poco más de un año comenzó a circular en las redes sociales una imagen que literalmente dice: “No son muertos los que en dulce paz descansan, bajo la tumba fría. Muertos son los que tienen el alma fría y viven todavía”.  En la parte inferior se observa la firma autógrafa de Rubén Darío.  Cuando leí por primera vez semejante dislate, me quedé patidifuso, atónito, estupefacto y a partir de entonces me he dedicado a aclarar a diestra y siniestra, que no es un escrito del gran vate.  Esto lo puede confirmar cualquiera de los innumerables expertos en Rubén Darío que existen en el país e incluso habrá algunos que se indignarán afirmando que es una ofensa achacarlo al Príncipe de las Letras Castellanas.  En primer lugar, porque quien transcribió el fragmento del poema, parece que lo hizo con las extremidades inferiores, pues está muy apartado de la versión original y tan solo le faltó incluir una cerveza bien fría, para acabarla de rematar.

También es importante aclarar que dicho poema ha tenido una paternidad más vilipendiada que la constitución política de algunos Estados.  Al buscar en Google, se encuentra una colección de disparates en la autoría, desde Gustavo Adolfo Becquer, Amado Nervo, Julio Flores y finalmente Rubén Darío.  No obstante, la lucha más encarnizada la libran el peruano Ricardo Palma y el colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

Ricardo Palma fue un escritor peruano (1833-1919) célebre por sus obras sobre las tradiciones peruanas, pero que en su juventud escribió un considerable número de poesías.  He tenido la oportunidad de revisar la obra Poesías Completas de Ricardo Palma, publicado por la Editorial Maucci, en 1911 y en ese compendio no se encuentra la citada poesía.  Es más, el estilo de Palma en su poesía es un tanto diferente al mostrado por la obra que nos ocupa y puede observarse claramente en el siguiente fragmento de una de sus Coronas Fúnebres dedicada a Rosa Amelia e incluida en dicha colección:

Lo que llamamos muerte

de vida se alimenta:

la muerte a nueva vida

tan sólo es despertar:

en ella siempre el germen

de otro existir alienta,

y así la estrella tórnase

radiante luminar.

 

Cuando creyente el alma

de Dios en la grandeza,

al ideal se eleva

de excelsa religión,

no es triste a ese misterio

que tras la tumba empieza

llevar el pensamiento,

llevar el corazón…

 

Como se puede ver al analizar dicho fragmento, encontramos elementos que nos conducen a confirmar que la poesía que nos ocupa no fue escrita por Ricardo Palma. 

Lo anterior, nos lleva a revisar más a fondo la alternativa de que hubiese sido Antonio Muñoz Feijoo, quien escribió dicho poema.  Muñoz Feijoo (1851-1890) era originario de Popayán, Colombia, quien además de ser Ingeniero de la Universidad del Cauca, fue posteriormente profesor y rector. También fue subdirector de la Escuela Normal y profesor en otros planteles de la capital del Cauca.  Desde muy joven se aficionó a la literatura, participando en diversos círculos intelectuales de Popayán.  Existen también testimonios de personas que conocieron muy de cerca a Muñoz y que confirman que a sus 18 años escribió dicho poema y que lo que más le costó fue asignarle un nombre.  Vaciló al respecto, al tratarse el poema de tres cuartetos con diferente rima, habiéndose decidido al final nominarlo “Un pensamiento en tres estrofas”.   Muñoz cometió el error de entregar su manuscrito a un editor, quien al final quitó al crédito al joven y por algún tiempo apareció el primero como autor de la poesía y luego, con el tiempo, su paternidad se convirtió en la canción de Muchilanga.

Al igual que este caso, existen muchos en que las redes sociales se han encargado de cambiar a discreción la paternidad de cualquier frase u obra, algunos por convenir así a sus intereses, otros por crasa ignorancia, sobrando quien les eche segunda y lo reproduzcan a diestra y siniestra, logrando únicamente la confusión de la sociedad.

Para que disfruten y hagan propia esta interesante reflexión, tan válida en los momentos que “vivimos”, les dejo el original del poema que lleva por título “Un pensamiento en tres estrofas” del escritor colombiano Antonio Muñoz Feijoo.

 

Un pensamiento en tres estrofas

 

No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
… y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo, muertos

 

Para que usted, estimado lector, sea de los vivos que viven siempre vivos, anteponga siempre la duda, no se deje engañar con este tipo de bulos. 

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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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