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El que va para viejo

CUENTO

ORLANDO ORTEGA REYES

La muchacha observaba detenidamente a las personas que salían de Movistar, para detectar algún posible cliente en busca de una cubierta, unos audífonos o cualquier aditamento para celulares.  De pronto miró que con paso cansado venía un ciudadano mayor con una bolsa transparente, que parecía contener una caja con un celular nuevo.  Esperó a que se acercara y sus ojos se desorbitaron cuando notó que la caja blanca tenía unas letras que decían:  SAMSUNG, GALAXY S 10.  Era un celular que arañaba los mil lolos.    Cuando se acercó le ofreció muy solícitamente una cubierta protectora para el aparato, a lo cual, el señor, un tanto malhumorado le dijo: – Esta porquería no merece nada.  La muchacha le dijo, un tanto dubitativa: –  Es un buen teléfono inteligente.  – ¿Para qué quiero yo, un teléfono inteligente? –Agregó el anciano, – Yo sólo ocupo el teléfono para recibir las llamadas de mis hijos de los Estados, todo lo demás es babosada.  Además, el que va para viejo…  En su mente, la muchacha agregó: …va para pendejo y un tanto maliciosamente le propuso: – Y si yo le diera un teléfono de esos fáciles de usar y le doy cien dólares, ¿Me lo cambiaría?  El señor se quedó pensando un rato y expresó: -No sé, luego si se enteran mis hijos, no sé.  La muchacha un tanto indiferente, agregó como por no dejar: – A lo mejor ni se dan cuenta y así tendría usted un teléfono nuevo y cien dolaritos para sus medicinitas.  El ciudadano aquel, siempre con una expresión dubitativa le preguntó: -¿Seguro que me daría el celular y cien dólares por esta porquería?  Seguro –agregó la muchacha.  – Orraites caites, le contestó.

La muchacha sacó de una maleta una caja con un Alcatel 1041 nuevo, y de un motetito que tenía escondido en un zipper de la maleta, sacó subrepticiamente cinco billetes de veinte dólares y se los entregó al señor, quien como no queriendo le entregó la bolsa con la caja.  La muchacha volvió a ver a todos lados y un tanto nerviosa echó la bolsa en la maleta y la cerró rápidamente.   El hombre tomó el dinero y se lo metió en el bolsillo y con la caja con el celular en la mano, siguió su paso cansado hasta perderse en la calle.

Con la maleta en la mano, la muchacha se apartó del bullicio y ya a solas, abrió la maleta y con cierto deleite sacó la caja de la bolsa y la abrió.  ¡Oh, sorpresa! en la caja sólo habían papeles que envolvían un Nokia 1100, con mejores ayeres.  La muchacha no podía dar crédito a sus ojos y al final se limitó a gritar: -¡Viejo hijuelagranputa!

Al doblar la esquina, el individuo aquel empezó a caminar bien erguido y con paso seguro, llegó hasta un viejo Datsun, lo abrió, arrancó y se perdió entre las calles de la ciudad repitiendo: -Viejos los caminos.

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Ipso facto

 

En mi niñez, las misas todavía eran celebradas en latín, con su agregado en griego.  Mi madre me mandaba los domingos y yo obedecía a regañadientes, tratándole de explicar que me aburría en extremo, pues no entendía absolutamente nada de lo que hablaba el sacerdote y cuando subía al púlpito a decir el sermón, que aunque era en español, tampoco le entendía.  Con el tiempo fui aprendiendo algunas de las expresiones utilizadas por el celebrante que me servían de guía para ver en qué parte de la misa estábamos.  Cuando el cura decía: Verbun Dómini, quería decir que el celebrante se iba a dirigir al púlpito de madera, al frente de los fieles, al cual accedía por una escalera de caracol para dirigir su sermón.  Procuraba ubicarme en el grupo de varones que por tradición debían sentarse en las últimas bancas del fondo o bien permanecer de pie, cerca de la puerta.  Al momento de iniciar el cura su ascensión al púlpito, todos sin excepción, se salían al atrio, en donde aprovechaban para rascarse a discreción y conversar sobre los temas de actualidad.  Al momento de finalizar el sermón y comenzar el padre su descenso, todos entraban rápidamente a ocupar sus lugares al fondo del templo.  No sé si el cura miraba aquel movimiento o si desde arriba lograba observar al grupo aquel, lo cierto es que nunca hizo ningún reproche al respecto.  Una expresión que me causaba inquietud era cuando exclamaba:  Dóminus vobiscum, a lo que el acólito y algunos fieles dadores a creer respondían Et cum spíritu tuo.  Yo desde luego en “ele olo chico zapote”, lo único que se me venía a la mente era algo relacionado con los bizcos. Una frase que me llenaba de emoción era cuando, antes del Pater Noster, el cura decía: Per omnia secula seculorun, a lo que los fieles de manera solemne respondían a coro: Amen.  Aquel seculorum resonaba tanto que me daba la impresión de que se trataba de algo en extremo misterioso.  Sin embargo, la parte más feliz era cuando el oficiante exclamaba: Ite missa est, a lo que todos, un tanto aliviados respondían:  Deo gratias.

Cuando cursé el sexto grado de primaria en el Instituto Juan XXIII, a pesar de lo experimental e irregular de aquel curso, en donde todos los docentes eran voluntarios, sentí que la asignatura de Español, a cargo de la profesora Rosita Reyes, quien con un gran esfuerzo cubrió a cabalidad el programa, fue un aprendizaje relevante, pues gracias a ello pude sentar las bases para un manejo adecuado del lenguaje.  Con su manera de enseñar nos hizo entusiasmar por las locuciones latinas, que además de adentrarnos en el conocimiento de aquella lengua, nos dejó lecciones en varios campos.  Aprendimos desde Ad hoc, a esto, para esto, hasta Vox populi, vox Dei, la voz del pueblo es la voz de Dios.  Ahí me di cuenta que Per omnia secula seculorum quería decir “Por todos los siglos de los siglos”, que después de saberlo me llenaba de angustia ante el misterio de lo eterno.

Aunque usted no lo crea, a mediados del siglo pasado, el nicaragüense con algún nivel de estudios, aun modesto, manejaba un vocabulario de cierta altura, en donde las locuciones latinas enriquecían el habla cotidiana.   Cuando algún hecho estaba concluido, sin posibilidad de revertirse se decía consumatum est.  El síndrome de los diablos azules de los bebedores consuetudinarios se conocía comúnmente como delirium tremens. Cuando una persona metía las extremidades inferiores y trataba de sacarlas con cierto honor exclamaba:  Errare humanum est.   Se escuchaba regularmente: Le presté cien córdobas a fulano, luego arqueando las cejas agregaba: per secula, es decir que nunca los vería de nuevo.  Cuando se realizaba una estimación bajo el método Alver, el interlocutor agregaba a grosso modo, para indicar que se trataba de algo aproximado, aunque la preposición “a” estaba de más.  Para indicar el oficio de alguien principalmente cuando se trataba de algo no ortodoxo, se decía modus vivendi.  En el lenguaje policiaco se utilizaba modus operandi, relativo a la forma particular de alguien al cometer un ilícito o bien in franganti, cuando sorprendían a alguien en plena comisión del delito.  Cuando alguien se refería a una persona que se creía lo máximo, se decía: se cree el non plus ultra.  En el caso de que una persona sin pertenecer a una institución realizaba funciones propias de la misma, sin percibir remuneración alguna, se decía ad honorem y un ejemplo clásico eran los miembros ad honorem de la guardia somocista, quienes sin percibir salario, solo por el placer de espiar y denunciar a los opositores, ejercían estas funciones. Las misas de acción de gracias se llamaban te deum, clásicas en las celebraciones de los quince años.  Asimismo, se utilizaba con mucha frecuencia: etcétera, mea culpa, viceversa, versus, lapsus, in memoriam, in fraganti, idem, ego, alias, bis.

En la universidad, dependiendo la carrera se intensificaba el uso de locuciones latinas, encabezando la lista la carrera de derecho, debido a la influencia del derecho romano en la legislación moderna.  En la facultad de economía también se utilizaban aunque en menor medida.  La expresión más utilizada era ceteris paribus, es decir, si las otras cosas permanecen constantes; premisa indispensable para realizar el análisis de una variable, aislándola del resto de factores que pudieran afectarla y que en la realidad nunca permanecen constantes.  Vemos esto claramente en las proyecciones de la economía nacional en 2017, muy optimistas, ceteris paribus, sin embargo, las otras cosas, que no permanecieron constantes, se encargaron de mandarlas al traste.  También había que dominar el ex ante y el ex post, así como las condiciones sine qua non.

Cuando comencé a trabajar en la década de los setenta, todavía se manejaba en el lenguaje estándar una que otra locución latina.  En la oficina había un sujeto que era muy afecto a utilizar la locución: ipso facto, que quiere decir, por el mismo hecho, pero que él lo manejaba como algo automático, ágil, rápido, expedito.  Siempre buscaba la manera de que dicha expresión saliera a colación en la plática, de tal suerte que muchos lo conocían como El ipso facto.  Resulta que en cierta ocasión, en la fiesta de fin de año, ya con sus flagellum entre pecho y espalda le dijo a un alto funcionario todo lo que su rencor tenía guardado, incluyendo epítetos e infidencias que hicieron que el funcionario montara en cólera y abandonara el evento, no sin antes dar indicaciones que lo despidieran ipso facto.  Al día siguiente esta redundancia inundó los pasillos de la oficina y no faltó quien en voz baja dijera in vino veritas. Definitivamente como decía Marco Tulio Cicerón: O tempora o mores.

En la actualidad es muy raro escuchar una conversación en donde aparezcan las locuciones latinas.  Tal vez si se trata de ciudadanos de la tercera edad, sin embargo, a medida que se baja en edad, es mucho más difícil encontrar su uso, mucho menos su comprensión. Los programas de lengua y literatura a cualquier nivel no contienen el estudio de las locuciones latinas y muy raramente algo de las raíces griegas y latinas.  En estos dorados tiempos, en vez de decir “se cree el non plus ultra”, se dice, “se cree la última coca del desierto”. A los equivalentes a los agentes ad honorem de la guardia nacional se les conoce simplemente como sapos. En vez de emular con elegancia a Julio César exclamando: Alea jacta est, se dice con una mano en la cintura:  Ya se fue el balde, que se vaya también el mecate.  Una excepción podría ser el lenguaje de hechiceros, básicamente latín, manejado en las novelas y películas de Harry Potter, aunque en realidad lo que prevalece por estas tierras es el yoruba.

Hay ciertas locuciones que han desaparecido porque el concepto que representaban ha dejado de existir.  Nadie utiliza mea culpa, debido a que todo el mundo busca como echarle la culpa a los demás por sus errores.  El habeas corpus, también valió sorbete.  De la misma forma quieren desaparecer la expresión vox populi, vox Dei, debido a lo peligroso que es para cierto güis de balandrán, ni se diga memento mori.

Concluyo con una locución que se utilizaba en el teatro romano cuando finalizaba la función y que replicó el emperador César Augusto al momento de su muerte: Acta est fabula.

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Y los sueños…

 

La vida es sueño

Cuento

Se despertó aquella mañana con un sabor amargo en la boca.  Se acordó de alguien que decía que aquel sabor era como si se hubiera chupado una moneda de cinco centavos.  Luego redirigió su memoria tratando de recordar qué había soñado aquella noche, pero no había el mínimo rastro, como si la actividad onírica se hubiese vaporizado.  Mientras exprimía su cerebro en búsqueda de una pista sobre el sueño, entró Mercedes, quien después de saludar le dio un vaso con semilla de jícaro, que desde hacía muchos años el hombre ocupaba como energizante para arrancar el día, pues el café le daba calambrina.  Mientras apuraba aquel bebedizo la mujer que esperaba el vaso, se atrevió al fin y le dijo: -Señor, anoche soñé que usted se moría y nerviosa agregó – Se lo digo para que no suceda, diosito no lo permita.    El hombre, esbozó una media sonrisa y le dijo: -Tranquila, eso es señal de que algo bueno va a ocurrir.

Caminó hasta una de sus tantas oficinas dentro de aquel complejo habitacional y se encontró con Blas, uno de sus asistentes, quien al verlo le dijo: -Buenos días Jefe.  Se ve bien.  Le contestó el saludo lacónicamente y agregó – ¿Y por qué no debería estarlo?   Blas quedó vacilando y al final le dijo: -Es que anoche soñé que lo estábamos velando.  El hombre se quedó un tanto sorprendido, pero retomó la compostura y le dijo: -Vaya, estás reafirmando que las cosas van a mejorar.  Eso significa tu sueño.

Llegó a la oficina y encontró servido su desayuno. En un plato hondo había una generosa cantidad de gallo pinto y en otro plato dos tortillas, todavía humeando.  Sin sentarse comenzó a comer con una cuchara, cuando sonó uno de los varios celulares que había sobre el escritorio.  Lo miró y vio que se trataba de Jonás, su asesor financiero.  –Hola, se escuchó al otro lado de la línea.  –¿Qué pasó Jonás? expresó el hombre. – La operación pendiente ya casi cuaja, es cuestión de horas – respondió Jonás.  – Qué bueno, agregó el hombre, ¿algo nuevo? preguntó.  Jonás calló por un momento y luego le dijo, -qué raro, soñé que estaba en tu funeral.  El hombre se quedó anonadado, pero inmediatamente reaccionó y le dijo -qué bien, eso significa que el plan maestro va a tener éxito.

Terminó de desayunar, siempre de pie, cuando ingresó a la oficina su mujer.  Había olvidado completamente cuándo fue la última vez que se saludaron y a lo más que llegaban por las mañanas era a un gruñido que el otro lo único que hacía era tratar de cambiar de tono. -¿Algo nuevo? pregunto ella.  –No, le respondió y agregó– todo bajo control.   Dejó pasar un par de minutos y le preguntó: -Decime una cosa, ¿qué soñaste anoche?  Ella peló los ojos y después de estudiar su respuesta le dijo: – Soñé que estabas súper elegante, con un traje Armani, una corbata de seda Lacroix, te mirabas muy bien, a excepción de los tacos de algodón en la nariz y en los oídos.  Luego cambió el tono y agregó  – Como bien sabés, eso significa que viene una renovación vital, que se acerca un nuevo ciclo en nuestras vidas que nos conduce a nuevas victorias.  Lo extraño, dijo el hombre, es que parece que todo el mundo soñó lo mismo.  Ella volvió a pelar los ojos, esta vez con mayor intensidad.  – No lo creo, no es posible –concluyó.  En ese momento ingresó una asistente con una pila de carpetas, saludó muy solícitamente.  Puso las carpetas sobre el escritorio y se disponía a salir cuando la mujer le dijo que esperara y le preguntó qué había soñado la noche anterior.  La joven se quedó estupefacta y calló por un rato.  Volvió a ver la expresión de la mujer que denotaba impaciencia y no tuvo más remedio que decir: -Soñé que él, dijo viendo de reojo al hombre, estaba en un ataúd y había muchas flores, montones de flores.  Dicho esto, salió de prisa de la oficina, mientras el hombre y la mujer se miraban con estupefacción.  Entonces ella tomó un teléfono del escritorio y marcó un número.  Era el de una de sus allegadas y sin más ni más, le formuló la misma pregunta, sobre su sueño de la noche anterior.  La mujer desorbitó sus ojos al límite, colgó y dijo: -lo mismo.

Se quedaron en silencio un buen rato.  El hombre de pie y la mujer caminando nerviosamente por toda la oficina.  No contestaron los teléfonos que insistentemente sonaban.  Al rato ingresó en la oficina Rigo, uno de los edecanes.  Saludó cortésmente a la pareja e inmediatamente la mujer le dijo: – Rigo, te apuesto a que adivino lo que soñaste anoche.  El joven la miró sorprendido y no alcanzó a decir nada.  Entonces ella agregó: – Soñaste que alguien moría, ¿verdad?  Pues no, respondió él, no soñé eso.  La mujer se quedó sorprendida y le preguntó: -¿entonces qué soñaste?  Soñé dijo el edecán, que se me aparecía un ángel y me traía un mensaje del Señor, que yo había sido designado para cumplir los sueños de los demás.  Tanto el hombre como la mujer se quedaron estupefactos.  Cuando volvieron a ver a Rigo, observaron que tenía una pistola automática en la mano.  Luego, antes de que pudieran reaccionar escucharon varias detonaciones y de pronto todo se oscureció, dando paso a un sueño profundo, terriblemente profundo.

 

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La reconciliación

 

Cuento

Orlando Ortega Reyes

Cuando la Clarisa le puso cuidado a la letra de aquella canción sintió que resumía todo lo que estaba viviendo.  Era un bolero ranchero y lo interpretaba un dueto bien acoplado que se llamaba Las Hermanas Núñez, pero que como era costumbre en aquella época se manejaban frecuentemente en diminutivo, Las hermanitas Núñez.   El tema en cuestión había lanzado a la fama al dueto y su título era Reconciliación.

Le impactó el inicio de la letra del tema que decía:  “Quisiera convencerte que es mentira, que yo te traicioné con otro amor, pero mi orgullo me ha detenido y no podrás gozar mi humillación”.  En realidad, en el fondo de su conciencia sabía que había traicionado a René, su novio de varios años, pero ella por lecciones aprendidas lo negó rotundamente en el primer y único reclamo que le hizo René y en donde le anunció que le daba la quiebra, como se decía en aquel entonces.   Ella también pensaba que traición, traición, no fue.  Fue más bien un momento de debilidad, en donde con par de cubas entre pecho y espalda, un tema romántico en la consola y aquel individuo alto, fuerte y sobre todo insistente, lo que le había hecho perder el juicio y por así decirlo, hasta la apelación.  Era el cumpleaños de la Sandra, una amiga de la Clarisa quien la había invitado a una “fiestecita”. René tenía clases por la noche y como cursaba el quinto año de Contabilidad no podía darse el lujo de faltar.  Así fue que la Clarisa muy quitada de la pena, asistió sola al cumpleaños y ahí fue donde el tipo aquel, amigo de un amigo de la cumpleañera se acercó y le echó la convencedora para bailar y poco a poco, la fue poniendo contra las cuerdas, hasta que llegó el momento en que salieron a tomar el fresco de la calle, cuando el otro fresco la tomó entre sus brazos y le clavó un beso al estilo de Burt Lancaster en “De aquí a la eternidad”, por lo que a ella no le quedó de otra que hacerle a la Deborah Kerr, con tan mala suerte que en esos precisos momentos, en la acera de enfrente salía de una casa la Tere, una prima de René.

La Tere quien le tenía un especial cariño a René, pues prácticamente habían crecido juntos, se sintió con el ineludible compromiso de pasarle al costo lo que sus ojos habían presenciado aquella noche, con todos los detalles.  René con la frialdad que le caracterizaba, procesó la información y para rematar el asunto, poco después por otra fuente supo que la Clarisa había vuelto a ver al individuo aquel y habían ido al cine Ruiz en donde continuaron su romance.  Así fue que René decidió cortar de raíz su relación con la Clarisa.

El problema se le complicó a la Clarisa pues en cierto momento sopesó su situación como la del mono que está bien agarrado de dos ramas y puede soltar una u otra mano, pero el caso es que el tipo aquel de repente se esfumó de la misma manera como había aparecido.  Por eso fue que decidió seguir aquella estrategia de negarlo todo rotundamente, tanto para sí misma como para el resto del mundo y al igual que la canción decidió que no se iba a humillar rogándole a René que le creyera y que regresara con ella.  Por otra parte, el tema aquel profetizaba: “Despréciame si quieres vida mía, castígame si estás en tu deber, que nada ganarás con tu ironía y siempre con mi amor has de volver. Te digo que procedes por capricho, por algo que no tiene explicación y mientras me castigas te castigas y sueñas con la dulce reconciliación”.

La Clarisa tomó aquella canción como un himno.  Mientras el éxito estuvo solo en el radio llamaba a todos los programas de complacencia para dedicarle la canción a René.  Cuando apareció el disco, lo buscó por todo Managua y su monomanía fue ponerlo día y noche hasta que se rayó.  De la misma forma, cuando llegó a las roconolas le pagaba a un lustrador que vivía por su casa, para que fuera a ponerlo en donde René pudiera llegar a escuchar esa canción.

Mientras la Clarisa mantenía la firme creencia que al final de todo, René regresaría a ella, que la extrañaría tanto que se olvidaría de aquel episodio, que la perdonaría y ella, manteniendo su dignidad, aceptaría aquella reconciliación que los llevaría irremediablemente al altar.  René por su parte, fue firme en su decisión, pues no estaba dispuesto a caminar con su frente adornada.  Además en contabilidad hay momentos en que irremediablemente hay que hacer un cierre de ejercicio y sintió que aquel era el momento.

El tiempo fue pasando, la canción aquella fue desapareciendo del ambiente, pero en la mente de la Clarisa, todavía resonaba aquello de la dulce reconciliación.  René procuró evitar los lugares en donde podían coincidir, pero aun así, ella no perdía las esperanzas.  Luego apareció en todas las emisoras el tema “Una lágrima por tu amor” interpretada por Estela Núñez, quien por cierto no tenía nada que ver con las Hermanitas Núñez, pero por aquella asociación o bien por influencias de Leo Dan, muchos la conocieron como Estelita Núñez.  Con aquella canción la Clarisa se fue resignando a que René no volvería con ella, refugiándose en aquella línea de la canción que decía: “Te quise tanto, que tal vez nunca te olvidaré, fuiste el primer amor y no volverás”.  Aunque para decir verdad, René había sido su primer novio formal, pero antes había tenido más de un par de “enviones” como ella los catalogaba, con muchachos de su barrio.

Al poco tiempo vino el terremoto y la Clarisa y su familia tuvieron que abandonar su casa y refugiarse en el barrio La Primavera, donde unos parientes.  René también tuvo que dejar su casa y se fue con su madre donde una tía en Santa Ana.  La Clarisa encontró trabajo de secretaria en una empresa constructora, en auge por el dinamismo de la construcción.  La empresa de importación y exportación donde trabajaba René lo promovió después de titularse y le ayudó para que comprara una casa en Las Brisas y al poco tiempo encontró a una auditora con quien inició una relación y luego se casaron.    Cada quien consiguió construir su propio camino, pues la Clarisa que de vez en cuando soñaba con René, consiguió que un ingeniero se fijara en ella y al tiempo llegaron a casarse.  René fríamente tomó aquel episodio como si fueran unos estados financieros, declarados, auditados y archivados luego en un Ampo que quedaría en una oscura bodega.

Corren los tiempos actuales y en unas oficinas del Seguro Social, en la sección de Prestaciones Económicas, los derechohabientes que ahí acuden, en su mayoría de la tercera edad, después de tomar un número se sientan pacientemente a esperar su llamado.  En una silla espera un individuo que transita los setenta, cuando muy cerca de él llega a sentarse una señora, más o menos de la misma edad, aunque físicamente un poco más traqueteada, como si viviera en terracería.  Inocentemente vuelve a ver al señor de al lado y le pregunta qué número tiene, él cortésmente se vuelve y le dice que el 28.    La señora que tiene el 30 le dice gracias, pero cuando mira bien al individuo aquel, a pesar de las canas, las arrugas y los gruesos lentes, lo reconoce y exclama, disimulando un poco la emoción: -René.  El señor la vuelve a ver extrañado al verse reconocido por alguien que le pareció extraña, pero al exprimir el disco duro llega un momento en que hace un clic e inconscientemente dice: -Clarisa.  Luego ella sale con la perogrullada: -Tanto tiempo.  En verdad –agrega él al mismo tenor. Ella se acuerda de aquella canción de Hernaldo y agrega: -¿Cómo te va? deteniéndose ahí y dejando a un lado aquello de que lo miraba un poco más flaco.  Tranquilamente René responde: -Muy bien.  Ella le pasa el escáner detenidamente y en efecto físicamente se mira bien y su camiseta de lagartito, su pantalón Docker, junto a unos mocasines Hush Puppies, acusan una holgada posición.  El reconocimiento y su chispa al hablar no hacen sospechar ninguna afección mental.    René agrega: – Y a vos, ¿Cómo te ha ido?  Ella responde inmediatamente: -Muy bien, no me puedo quejar.  Fríamente René hace un reconocimiento y en efecto, en términos generales ella se ve bien, a pesar de que su piel por naturaleza es muy propensa a las arrugas y un buen tinte cubre las canas que deben de proliferar. Acusa una ligera escoliosis y su cuerpo se asemeja al de la madre, tal como la recordaba.  Su ropa, nos es ninguna baratija, aunque carece de buen gusto, sin embargo, el collar en juego con los aretes se miran de cierto valor, su cartera es de diseñador y concluye que para salir así a esa oficina, seguro debe de transportarse en vehículo propio.  René le contesta:  -Me alegra mucho y se acomoda de nuevo en su asiento como dando por concluida la plática.

La Clarisa que con el tiempo se ha vuelto perceptiva, entiende que René no desea alargar aquella conversación y también se acomoda en su asiento y el silencio cae pesadamente entre ellos.  Rene se abstrae en sus propios pensamientos, sus cotidianidades, sin embargo, la Clarisa revive una vez más aquel episodio de hacía tantos años y cómo estuvo a punto de costarle su salud mental.  Con cierta obsesión siguió pensando en lo mismo, hasta cuando ya casi le tocaba el turno de pasar a René, entonces tomó valor y le dijo:  – ¿Pensaste alguna vez que solo fueron unos cuantos besos sin importancia? René extrañado por aquel extemporáneo reclamo la quedó viendo y después de una chispa que asomó en sus ojos le dijo: -Puede ser, pero la que afloja el pico…   y dejó en suspenso la frase, mientras voceaban su número, se levantó y se fue sin más.  Ella se quedó rumiando aquello y en esas estaba cuando de repente también llamaron a su número y pasó a la oficina que la atendería.

Cuando ella terminó su trámite buscó para ver si volvía a ver a René pero no había ni rastro de él.  Se resignó y buscó la salida.  Pasando la puerta estaba alguien ofreciendo el periódico del día y como decía la canción “a veces por caprichos del destino”, un gran titular ocupaba casi toda la portada del diario aquel: “RECONCILIACIÓN”.  La Clarisa se quedó patitiesa y solo le dio tiempo para exclamar para sus adentros: “Tu puta madre”.

 

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Todavía alguien llora por mí.

Esta hoja del calendario, la de hoy, es la que más cuesta arrancar.  A diferencia de las otras, que casi caen por su propio peso, sin necesidad de un plan de vuelo, salvo tal vez, el firme propósito de improvisar de la mejor manera, esta hoja requiere una previa y profunda reflexión.

Precisa, al arrancarla, mirar por el retrovisor lo que dejamos en la vía, pues todas las heridas pasadas se juntan y parecieran formar una sola cicatriz; todos los dolores estallan al unísono y reclaman el bálsamo de nuestra conciencia al exonerarnos.

Obliga también, a mirar de frente, como cuando se mira al mar, inmenso respecto al pedazo de costa donde permanecemos, cuando la arena del reloj pareciera escaparse para quedar de nuevo en la playa y desde ahí, replantear el trecho que resta por caminar, consciente de que el oficio de andante es ahora el de funambulista.

El enorme reto, después de arrancarla, es emprender de nuevo la marcha, acopiar fuerzas, pensando tal vez que ante un universo de indiferentes y de unos pocos a quienes tan solo mi nombre les produce un reflujo infernal, hay un contingente lleno de cariño, con un peso específico mayor que el iridio,  y que son quienes de verdad cuentan y que me darán la fuerza para seguir adelante.

Es aquella gente que me quiere, a pesar de todo, familia del alma y amigos sin fronteras, que siempre estarán ahí y que si de pronto el carro de fuego de Elías me arrebata, desde otra dimensión podré comprobar que todavía alguien llora por mí.

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La marca del zorro

zorro-cola-pelada

 

Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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Sesenta veces y siete

Ya no es tiempo de promesas,

sólo quedan palabras, que se disipan

entre una ilegible fecha de caducidad

y una hoz que silba al azar.

 

Ya no podemos invocar

el nombre de la muerte en vano,

simplemente confiar que al cerrar los ojos,

puedan abrirse nuevamente y continuar.

 

Cabalgar en la frágil tabla sobre la feroz ola,

haciendo gala de un mágico equilibrio,

para escaparnos de la rompiente

y llegar finalmente a la orilla

 

Y ahí caminar en la arena,

sabiendo que no habrá otro mar,

ni otra ola, mirando la sombra

que al final será lo único que quede,

empapándose con la brisa

y el llanto que sembramos

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