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La marca del zorro

zorro-cola-pelada

 

Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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Sesenta veces y siete

Ya no es tiempo de promesas,

sólo quedan palabras, que se disipan

entre una ilegible fecha de caducidad

y una hoz que silba al azar.

 

Ya no podemos invocar

el nombre de la muerte en vano,

simplemente confiar que al cerrar los ojos,

puedan abrirse nuevamente y continuar.

 

Cabalgar en la frágil tabla sobre la feroz ola,

haciendo gala de un mágico equilibrio,

para escaparnos de la rompiente

y llegar finalmente a la orilla

 

Y ahí caminar en la arena,

sabiendo que no habrá otro mar,

ni otra ola, mirando la sombra

que al final será lo único que quede,

empapándose con la brisa

y el llanto que sembramos

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¿A quién buscáis?

A quien buscáis. Imagen tomada de Inernet

 

En mi pueblo no había judeas para Semana Santa.  Esta tradición de realizar una representación de la pasión y muerte de Jesucristo se observa en muchas localidades de Nicaragua, en donde grupos de teatro de aficionados realizan la representación de esos eventos, con el toque particular que cada director quiere darle o bien que marca la tradición que se trasmite de generación en generación.  En el  vecino Masatepe, son famosas esas judeas, en donde la representación se centra en la búsqueda y encadenamiento de Judas Iscariote, para vengar la traición que le hizo al Nazareno.  Con un toque más folklórico que de apego a los relatos de los evangelios, estas judeas atraen cada vez a más turistas.

En el pueblo, allá por la mitad del siglo XX, se manejaba que dichas judeas eran un soberano relajo, pues en cada barrio se organizaba una representación y durante el recorrido, amarraban al Jesús a un poste de luz y el resto de judíos se metían a una cantina a ingerir licor, de tal suerte que cuando salían la cosa se ponía alegre, al punto que si llegaban a coincidir dos de esas comparsas, se armaban tremendos pleitos.   Así pues, por prudencia, no se daba ninguna afluencia de paisanos al vecino pueblo.

En cierta ocasión, a finales de los años cincuenta, el Teatro Julia anunció para la semana santa, la presentación de una judea, sepa Judas de dónde venía, pero se revestía de cierta categoría pues se hablaba de un cuadro dramático, con actores, director, productor, efectos especiales y demás.  Al ser una novedad para el pueblo, la noche del estreno y cabe aclarar, la única función, el teatro se puso de bote en bote.  Todas aquellas viejecitas que nunca asistían al teatro al considerar que el cine era algo pecaminoso, se aparecieron aquella noche con sus mejores galas.  Mi madre me llevó a ver aquel espectáculo, llegando temprano para agarrar lugar, pues en efecto, cinco minutos antes de la hora señalada, ya no cabía ni un alfiler.  El teatro estaba inundado de un penetrante aroma de Heno del Campo, el perfume de moda en aquel momento.

Casi puntualmente se abrió el telón del teatro y un individuo elegantemente vestido de saco y corbata, se presentó como el director de la compañía fulana de tal, que se enorgullecía en presentar, ante tan selecta audiencia (aquí se observaron profundos suspiros de la concurrencia), la representación de la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo.  Solicitó encarecidamente al respetable público,  que guardaran silencio para que todos pudieran apreciar los diálogos provenientes de las sagradas escrituras.  El director realizó una marcada reverencia y los aplausos de la concurrencia no se hicieron esperar, saliendo éste de escena con pompa y circunstancia y caminando con cierta dificultad, pues el pantalón le quedaba un tanto apretado, como decían antes, era más pequeño el difunto.  Abajo el telón.

Una voz en off, ubicaba al redentor en el huerto de Getsemaní con sus discípulos, la noche de la pascua judía; se levantó el telón y ahí estaba un Jesús, para el gusto de la concurrencia, un poco más chaparro de lo esperado, pero por respeto nadie se atrevió a comentarlo y en profundo silencio se escuchó la tremenda voz de locutor del Jesús aquel, expresándole a sus discípulos de confianza que su alma estaba triste hasta la muerte y que velaran con él y a continuación con la oración en que pedía a su padre que apartara aquel cáliz.

Cuando finalizó aquel cuadro, apareció en escena Judas Iscariote.  Como siempre sucedía en aquellos tiempos, para resaltar al personaje y facilitar su identificación, el director recurría al racismo y el actor que lo encarnaba era moreno con ganas, con una barba medio escasa y con un ligero estrabismo, que desde luego no era actuado.  Alguien de gayola exclamó: -Ah que fulanito, para indicar su parecido con algún paisano, sin embargo, la concurrencia lo calló inmediatamente y no le celebró el chiste.    Después que el discípulo le estampó un beso al Jesús y éste le reclama si era así que entregaba al hijo del hombre, entran al escenario los soldados del templo.  Para magnificar el carácter de la autoridad de aquellos soldados, el encargado del casting había seleccionado a tres recios actores, que de tan fornidos rayaban en la obesidad, resaltada con aquellos uniformes que parecían las minifaldas que Mary Quant lanzaría años más tarde y que dejaban al descubierto las peludas y mochetudas extremidades de los soldados.

En ese momento, Jesús saca de su ronco pecho la frase: -¿A quién buscáis?, a lo que al unísono los soldados exclaman: – A Jesús de Nazareth, a lo que sin dilación el primero responde: – Yo soy.  En ese momento, los soldados retroceden y se tiran al suelo.

Ni el director, ni el encargado de la logística se habían tomado la molestia de revisar el escenario en donde se realizaría la representación.  Si de manera responsable lo hubiesen hecho, se habrían dado cuenta que las tablas del escenario eran las originales del teatro y nunca le habían dado mantenimiento, por lo tanto no tenían la resistencia del Teatro Apollo de Londres, por ejemplo.

El caso es que al caer de un solo mecatazo cerca setecientas libras de los tres soldados, el tablado cedió y se rompió, cayendo los tres al fondo del foso.  Aquello parecía una escena del coyote y el correcaminos.  El respetable público no resistió y comenzó a desternillarse de la risa, seguido de aplausos en estacato y rechiflas por doquier.  Ni siquiera una película de Cantinflas había provocado aquella algarabía.  Inmediatamente, el director pidió que bajaran el telón y muy circunspecto salió para dirigirse al público, exclamando: -Distinguida concurrencia, recuerden que esta es una representación sacra, más respeto por favor.  Las carcajadas y aplausos no cesaban, lo que provocó la ira del director, que clamaba por respeto, amenazando con suspender la obra, a lo que algún lustrador le lanzó una sonora pedorreta, la cual fue celebrada por el auditorio con más aplausos.    Una señora cercana a nosotros exclamó: -Esto huele a rifa.  Mi madre no quiso esperar más, me tomó de la mano y antes que las cosas pasaran a más, salimos corriendo del teatro.

Nos dimos cuenta luego que la representación no continuó, debido a la molestia del director, además que los mismos soldados del templo, con un ligero cambio de indumentaria, serían los soldados romanos que llevaban a Jesús al calvario y estos mostraban politraumatismos y escoriaciones en diferentes partes del cuerpo, como diría un socorrista de la Cruz Roja a los micrófonos de la nota roja.  Los organizadores del evento se negaron a regresar las entradas y al final de cuentas, el público tuvo que sopesar que el precio que habían pagado por la entrada, valió la pena por la escena de los tres soldados dar el ranazo contra las tablas del escenario.

Me parece que esa fue la última, tal vez la única judea en vivo que se vio en el pueblo.  A inicios de los años sesenta, pudo darse la oportunidad de organizar el teatro popular religioso en el pueblo, cuando llegó el Padre Etanislao García (q.e.p.d) quien tenía una marcada vocación para la farándula, al insertar representaciones en vivo en los via crucis y demás procesiones, amén de una pastorela que causó sensación en la región.  Según algunos allegados al párroco, estaba planeando organizar una judea, cuando le llegó la noticia de su relevo de parte de los padres canadienses.

Como es natural, muchos de los recuerdos de la infancia, a mi edad se van difuminando y amenazando con desvanecerse por completo, sin embargo, aquella escena todavía está nítidamente marcada en mi memora, cuando después de escuchar la poderosa voz de aquel Jesús exclamar: -Yo soy, veo en cámara lenta a los corpulentos soldados caer al suelo y chocar con las frágiles tablas y sus rostros de estupefacción al darse cuenta que las tablas cedían y caían con ellas hasta el fondo del foso, y veo en aquella escena, en blanco y negro, como una película de Fellini, a las señoras emperifolladas riendo a carcajadas y aplaudiendo a más no poder.

 

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Pintura por números

Ideay pues, apuntes sobre la nicaraguanidad.  Foto Celeste González

Después de varios meses de trabajo logré sacar la primera edición de mi libro “Ideay, pues” “Apuntes sobre la nicaraguanidad”, que recoge los artículos que publiqué en este blog “Los hijos de septiembre” en el período 2007-2014.  Decidí realizarlo a través de Create Space que es una plataforma de publicación independiente, en la cual no se requiere realizar inversión financiera alguna y que tiene la ventaja de distribuir los libros a través de ella misma y de Amazon y varias librerías en línea en todo el mundo.  Lo anterior, debido a que realizar la publicación a través de una editorial local requiere de un considerable esfuerzo de negociación y gestión, muchas veces infructuoso y lanzar una edición privada es muy costoso.  Por otra parte consideré que si es posible que una persona luzca en la pasarela de Galerías Santo Domingo un blue jeans que le envió un pariente desde los Estados Unidos con una marca de moda y que al final, al observar la etiqueta, se advierte que fue confeccionado en una zona franca de Nicaragua; asimismo, es factible que puedan recibir un libro desde el país del norte.

A continuación, comparto con ustedes el escrito que a manera de prólogo introduce la colección de artículos del libro:

“En mi adolescencia mi padre me alentó a aficionarme a la pintura por números.  Lo hizo más que nada para mantenerme ocupado; yo en cambio lo hice por el impulso de superar un reto, pues ambos sabíamos que la pintura jamás sería lo mío.  Comencé con un cuadro de un niño al estilo Tom Sawyer y finalicé con un cuadro de tamaño considerable que reproducía La última cena de Da Vinci.  Aquella técnica de pintura, si pudiera llamarse técnica o peor aún, pintura, hacía que uno se concentrara en las pequeñas áreas numeradas, de tal forma que si se respetaban los límites y se aplicaba correctamente el color que determinaba el número,  al final, entornando un poco los ojos y echándole producto de gallina, se podía adivinar aquella obra maestra de Leonardo. En ningún momento tuve en mente la escena en sí de la última cena, alguno de los personajes, ni siquiera las patas de la mesa, sino que mi atención estuvo puesta exclusivamente en aquellos pequeños mapas numerados.   Mi padre como un gesto de reconocimiento a mi esfuerzo, colocó mi obra terminada en el comedor, que era el sitio recomendado para este cuadro y ahí se mantuvo por cierto tiempo, hasta que, como si contuviera algún código oculto, misteriosamente desapareció de mi casa.

Algo parecido me ha sucedido con una serie de artículos que he escrito en los últimos ocho años para un blog que denominé Los hijos de septiembre y que gira alrededor de esa esencia que llaman nicaraguanidad.  En esta ocasión, me centré en cada artículo basado en las vivencias que flotaban en mi memoria, algunas de ellas nebulosas y que con el invaluable apoyo de mi familia y amigos cercanos, pude acercarme a la realidad de los hechos.  A diferencia del caso de la pintura, debo de admitir que he sentido que la escritura sí puede ser lo mío, y con la determinación del Correggio al exclamar: Anch´io sonno pittore me lancé a la elaboración de mis artículos en los que he puesto toda la pasión que la vida y su costo, desde luego, me han permitido.  En este esfuerzo me han animado, en primer lugar mi familia, luego la cantidad de visitas al blog, los mensajes positivos que he recibido y las visitas que de vez en cuando realizan afamados escritores y más de un periodista.  El caso es que al observar una selección de esos artículos como un todo, al igual que aquel mi esfuerzo de la Ultima Cena, pueden apreciarse los rasgos fundamentales de la nicaraguanidad.  A mi favor, podría agregar que a diferencia de la magnífica obra de Santa María de la Grazie, ningún autor ha podido plasmar la identidad del nicaragüense con la maestría que Leonardo puso en su emblemático cuadro.  Podría ser que no es comparable una escena, un tanto estática, con la tremenda dinámica que ha ofrecido la esencia del nicaragüense en los últimos doscientos años.

Así pues, ese panorama que observé en el conjunto me empujó a ordenar los artículos y compartirlos en el presente libro, de tal forma que el lector tenga al final, una idea general de la nicaraguanidad y su dinámica en los últimos años.   Asimismo, en estos escritos he tratado de guardar un estilo desenfadado, pues no le luce a este tema lo grave y riguroso.  Así pues el lector encontrará una lectura amena que lo conducirá de la mano suavemente hacia el asombroso mundo del nicaragüense.  Debo advertir sin embargo que el humor contenido en mis escritos puede tacharse algunas veces de irreverente, pero en este sentido, prefiero esa etiqueta que escatimarlo.

Para facilitar su lectura he clasificado los artículos en cinco apartados que reflejan igual número de temas fundamentales en el conocimiento de la nicaraguanidad.  Sin que signifique prioridad alguna, se me ocurrió iniciar el libro con el tema del lenguaje del nicaragüense, con sus diferentes matices y colores y que bajo el título de Ideay, pues, expresión tremendamente nicaragüense, le da también el nombre a toda la obra.  El castizo refrán: Barriga llena, corazón contento tiene un significado especial por estos lados, pues los exponentes de la comida local han tenido un gran arraigo entre la gente, de tal forma que es tema insoslayable en cualquier intento de esbozar su identidad, de esta manera, el segundo apartado trata sobre gastronomía nicaragüense bajo ese paremiológico título.   Indudablemente la diversidad de caracteres que acusan los nicaragüenses hace obligatorio un recorrido por los personajes que han llegado a ser emblemáticos en la conciencia colectiva y que ocupan el apartado denominado Todos somos Lisímaco.  Otro aspecto relevante en esta exposición lo constituyen los rasgos fundamentales del nicaragüense, sus virtudes y defectos y que están agrupados bajo el título de Somos así, relacionado con una anécdota que abre el capítulo.  Finalmente he incluido una serie de anécdotas diversas algunas de las cuales llegarán a asombrar al lector y que de ahí el título Cosas veredes.

Es probable que después de machetearse este libro,  el lector no alcance los créditos suficientes para graduarse en nicaraguanidad, sin embargo, los que tienen la suerte de vivir por acá gozarán al reconocer muchas situaciones planteadas y en varias ocasiones se enfrentarán a un espejo.  Para los hermanos lejanos que sufren el agridulce sabor del exilio, sentirán la nostalgia del terruño que no dejan de añorar y los extranjeros, sentirán el gusanito de darse una vuelta por este maravilloso país.  Lo que sí le puedo garantizar es que no se van a aburrir y llegarán al final con un dulce sabor de boca.”

 

Enlace a catálogo de Create Space

 

 

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Zanatillo, zanatillo

Zanatillo.  Foto de Celeste González

 

Bolonia guarda, todavía, cierto encanto de la vieja Managua.  Junto a los edificios modernos conviven edificaciones de los años cincuenta y a pesar de que se ha convertido en una zona casi comercial, mantiene una relativa tranquilidad y especialmente, muestra grandes áreas arboladas.  Malinches, almendros, laureles, chilamates, entre otras especies, ofrecen su refrescante sombra a la vez que sus raíces provocan marimbeados en las aceras.  La biodiversidad que ahí habita es impresionante; aves, insectos y hasta uno que otro garrobo.

Algunas veces salgo a sentir la brisa que se cuela por las arboledas y observo a un asiduo visitante, un zanate que sigilosamente aterriza y comienza a picotear en el asfalto, luciendo su negrura y ese tinte amarillento de sus ojos, de pronto emite un sonido que pareciera iniciar como un silbido y de pronto se convierte en un lamento en crescendo.  Luego de la misma manera, sigilosamente, se pierde entre el follaje.  En ese momento, me viene a la mente mi niñez en el patio de la casa de los abuelos, donde abundaban los zanates y era muy común ver que merodeaban en el patio y eran parte integral del paisaje cotidiano.  Muchas veces observábamos a estos pájaros al llegar a las piletas y sumergir rápidamente su cabeza en el agua y sacudirse rápidamente después.  Así pues entendíamos perfectamente cuando a alguien que tomaba un baño express, le decían que se había hecho un baño de zanate.

Para mí, el ave estaba muy ligado a la canción popular El zanatillo, misma que aprendí muy pequeño.  No recuerdo cómo lo conseguí, pero estoy seguro que no fue en la escuela.  Es obvio que no significaba ninguna proeza, como pudiera ser aprenderse a esa edad una canción de Pink Floyd, pues El zanatillo tiene apenas seis estrofas.  Alguien en mi casa debió haberla cantado repetidamente de tal forma que se me pegó la sencilla letra.  Debo de admitir,  sin embargo, que no llegaba a entender el sentido de la canción, en especial la estrofa que dice: “zanatillo, zanatillo, préstame tu relación, para sacarme una espina que tengo en el corazón”, pues el lenguaje figurado todavía no cabía en mi incipiente comprensión del  mundo.  Cuando en mi casa alguien se ensartaba una espina, tomaba o una aguja o una navaja y con la pericia de un cirujano, lograba sacarla.  De esa forma, no me explicaba cómo una relación podía asumir las funciones de una navaja, para sacar una espina en un lugar tan delicado como era el corazón.

Con el tiempo, logré entender el lenguaje figurado y metafórico, a excepción tal vez de algunas letras de las canciones de Andrés Calamaro.  No obstante, siempre mantuve la duda del vocablo “relación”, hasta que investigando un poco encontré que tiene la acepción, además de trato amoroso, que generalmente se usa en plural, la de copla que declaman los integrantes de algunos bailes tradicionales.  Si observamos las estrofas de: “El zanate y la zanata, se fueron a confesar, como no hallaron al padre, se pusieron a bailar”, encontramos que no es otra cosa que una copla y con esto, tal vez podría encontrarse cierto sentido a El zanatillo.

En aquella época, cuando todavía no se habían rescatado muchas canciones vernáculas y Carlos Mejía Godoy todavía lucía pantalones cortos, hablar de música folklórica era hablar de El zanatillo, Ya el zopilote murió, El solar de Monimbó, El nandaimeño y Nicaragua mía.  En nuestra casa no se cantaba la de El zopilote murió pues en una estrofa decía que a Don Emilio le dejaba lo pelado de la frente y eso no le hacía ninguna gracia a mi abuelo.

El caso es que, regresando al animal (al zanate), no logro encontrar en mi niñez y adolescencia ninguna manifestación de rechazo o discriminación al mismo.  Generalmente, en la escuela o entre los muchachos del pueblo, zanate era uno de los apodos más socorridos para quienes tenían la piel más oscura que el promedio, al igual que pijul o tinco, pero de igual manera, le adosaban algún apodo equivalente a quienes tenían la piel más clara que el promedio, como lombriz de leche, mosca blanca, entre otros.

Cuando llegué a la universidad me encontré con un repitente a quien apodaban El zanate, me parece que desde la secundaria.  Al contrario de lo que pudiera parecer, no era de piel tan oscura, si acaso podría caber en la categoría que en estos lados se conoce, con cierta dosis de condescendencia, como “moreno lavado”, no obstante era de corta estatura, tal vez arañaba el metro y medio, es decir unos cinco pies.  Lo que lo distinguía aparte de su estatura, era la confianza que tenía en sí mismo, no tanto para el estudio, sino que en su forma de interactuar con los demás; jamás se amilanaba ante nadie.  Enamoraba a las muchachas más guapas de la facultad, sin el menor temor a ser rechazado, insistentemente, incluso sin miedo a la reacción de sus novios.  Vivía por mi rumbo, cerca del Oriental en la 15 de septiembre, en una casa amplia y tenía una hermana que era todo lo contrario a él, alta, muy guapa y que se daba un aire con Rocío Durcal.  Conversando con un compañero sobre El zanate, que aparentemente lo conocía  desde  adolescente, me contó una historia que pudiera antojarse inverosímil.  Vivía El zanate, en la época del cuento, en la misma 15 de septiembre, pero en el sector occidental, junto a Las Delicias del Volga, cuando en esa cantina se desató una trifulca.  Ya trasladado el pleito a la  calle, un parroquiano que resultó ser el famoso y temido As Negro, un hampón del bajo mundo capitalino, se camiseó, sacó una pistola y empezó a amagar a sus oponentes, cuando la madre de El zanate salió a ver qué pasaba y al ver la situación le gritó al hampón que guardara el arma, además de una serie de insultos que provocaron la ira del matón, quien sin mediar palabra le dejó ir un disparo a la señora y que afortunadamente falló.  Casi inmediatamente salió El zanate, con una pistola en la mano, vaya usted a saber de dónde la había tomado, profiriendo insultos al forajido, quien iba a levantar su arma cuando el primero, con la determinación y rapidez de Clint Eastwood le dejó ir cuatro disparos, de los cuales dos impactaron en la humanidad de El As Negro, que aunque no fueron letales, bastaron para neutralizarlo mientras llegaba la Guardia Nacional, que en aquellos tiempos hacía las funciones de policía.  No como ahora, que es al revés.

Regresando al zanate, el animal, tiempo después descubrí un dicho que reza: Culebra, indio y zanate, manda la ley que se mate.  Por cierto en extremo racista y rayando en la infamia.  Afortunadamente se trata de un dicho de la época de la conquista y que se ha ido enterrando en el olvido, pues en un país en donde el 87.43 % de la población, como afirmaría El Firuliche, es mestiza, no puede tener cabida, además con esa conciencia ecológica que crece en el pueblo, es inadmisible que una ley propugne el exterminio de una especie animal.

Con el cambio climático, el zanate ha mostrado una importante tasa de migración hacia el sur, pues cierta parte del territorio de nuestro vecino fue en una ocasión suelo patrio y por lo tanto, también es el hábitat natural del zanate nicaragüense (quiscalus nicaraguensis). El caso es que se ha multiplicado esta población en ese país, tal vez no tanto como la migración poblacional en busca de oportunidades de trabajo, pero que ha provocado cierto rechazo al inocente animal, de parte de los vecinos.  Este rechazo, va desde la incomodidad ante la presencia del ave, hasta ciertas veladas campañas para exterminarlos, todo esto como un simbolismo, ya que asocian al zanate con sus vecinos nicaragüenses.

Así pues querido lector, si usted tiene la suerte de ver aterrizar en su patio un zanate, no sienta rechazo alguno, mejor deténgase a observarlo, admire su color e imagínese el ala del misterio, goce con el fulgor amarillento de sus ojos, asómbrese con la policromía que provocan los contrastes del negro con el violeta, el verde o el azul que tornasolan en su cuerpo,  deléitese con las notas de su canto e imagínese su tristeza cuando cambia a un gemido que pareciera interminable.  Grábese esto en su mente y si es de esa onda, tómese un selfie con él, para que pueda contarle a sus nietos que conoció a esta especie, amenazada por el cambio climático y la ambición de los mega proyectos y que desafortunadamente no estará con nosotros en un futuro no muy lejano.  Si tiene una espina clavada en el corazón, mejor no le diga nada y recuerde que un clavo saca a otro clavo.

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Esto no es cierto, pero sucede

 

Semaforos Seminario.  Foto Orlando Ortega Reyes

Hay un refrán en México que reza: Cuando el tecolote canta, el indio muere; esto no es cierto, pero sucede; que refleja la superstición indígena de que los tecolotes,  búhos, lechuzas o cocorocas, son aves de mal agüero, agregando que tal vez no sea verdad, pero que algunas veces parece suceder.  Traigo esto a colación debido a que a pesar de que la modernidad nos va orillando a rechazar todos aquellos atavismos que insisten en amarrarnos al pasado y analicemos todos aquellos fenómenos que de acuerdo a las costumbres caerían en el terreno de la superstición, buscando alguna explicación dentro del marco de la ciencia, de vez en cuando hay situaciones que nos hacen pensar en esas cosas que no son ciertas pero suceden.

En el sector occidental de Managua, para ser precisos en la esquina sur oriental de la intersección de la 35  Avenida Sur Oeste con la calle del Seminario, que en alguna ocasión fue bautizada como Cardenal Miguel Obando y Bravo y que por alguna razón la gente del sector se niega a utilizar ese nombre y la llama o bien la calle del Seminario o bien la calle del Banco Popular; en esa esquina, también conocida como la de los Semáforos del Seminario, allá a finales de los años noventa, se inició la construcción de un local, con un diseño moderno y por un rato mantuvo en la población con la interrogante de cuál sería el giro del negocio que se instalaría, pues definitivamente no era una casa de habitación.  Algunos apostaba por la instalación de un antro, pues en ese tiempo era el sector preferido para todos los trasnochadores que buscaban diversión y tenían a pocas cuadras al legendario Restaurante Munich, La Guitarra, la Discoteq 35 Avenida, el Mary´s Sport Bar, entre otros.  Al final, las dudas se disiparon cuando instalaron un hermoso rótulo de color rojo, que con letras modernas anunciaba:  Nika Pollo.

Pues bien, llegó la inauguración del restaurante en cuestión y muchos pensaron que podría competir con los restaurantes Tip Top y con el  recién inaugurado Pollo Campero.  Estuvo operando un rato el tal Nika Pollo y antes de cumplir un año, misteriosamente desapareció.  Al pasar por la esquina, el local estaba cerrado y el rótulo había sido removido.   Al rato me pareció ver al mismo negocio por la carretera a Masaya.  Después de esa empresa, el local ha sido ocupado por una considerable cantidad de negocios, de todos los giros posibles, desde una venta de ropa USAda, un bar con karaoke y aunque usted no lo crea, la célebre iglesia de Pare de Sufrir.  En esa ocasión, todos coincidieron de que al fin algún negocio, perdón, en este caso no podría llamarse así, lograría mantenerse por un buen tiempo en ese punto, que empezaba a agarrar la fama de que estaba “salado”, pues los directivos de esa iglesia realizan minuciosos estudios de mercado para seleccionar la localización de sus centros de ayuda y además tienen en su poder el milagroso aceite de Jerusalem, la pomada de Job, el agua del Jordán, la sal de Magdalena y el saco de Judas, así que con todo eso a su favor, no habría forma de que esa iglesia llegara a fracasar.   El caso es que por más que sus parlantes ofrecían el oro y el moro a los fieles, no llegaban ni las moscas, al punto que al menos de un año, ofrecieron las santas posaderas y un día amaneció el local cerrado y el rótulo arrancado.  Al tiempo, la misma iglesia adquirió el local del Restaurante Munich, célebre por sus mariachis, y ya lleva unos cuatro o cinco años establecido ahí.

Así pues, ningún giro de negocio ha podido echar raíces en ese lugar y en un lapso de casi veinte años, cerca de quince negocios han fracasado estrepitosamente.  Hace unos ocho meses, de manera decidida una empresa comercializadora de motocicletas, se instaló en ese local.  En virtud de que este giro es uno de los que acusan una mayor expansión y una rentabilidad nada despreciable, muchos respiraron tranquilos pues al fin se miraba una empresa con grandes posibilidades, pues se miraba cierta afluencia de clientes.

Esta mañana que transitaba hacia la carretera sur, al llegar a los semáforos del Seminario se pone la luz roja y al detenerme y mirar hacia la fatídica esquina, observo que el local está cerrado, los rótulos arrancados y algo extraño que ha ocurrido en todos los casos, el inmueble está completamente pintado para borrar cualquier huella del nombre del negocio que recién lo ocupó.

Incluso hasta el más escéptico le parecerá extraña la cantidad de fracasos que han ocurrido en esa esquina.  Lo más fácil sería declarar con las manos en la cintura que el lugar está “salado” y lanzar las más descabelladas historias al respecto, desde algún crimen cometido en el  lugar, antes tal vez de que se construyera el inmueble, hasta algún pecado gravísimo cometido ahí, vaya usted a saber.  Si se tratase de empresas del mismo dueño o del mismo giro, tal vez se podría esgrimir alguna teoría al respecto, pero ante tanta diversidad, no se me viene a la mente ninguna explicación lógica.  Será tal vez, que algún vecino esconda algo y no le conviene que esté ocupado, quién sabe.

Así pues, ahí está un local, me imagino que a un precio bastante favorable, esperando a un valiente que se decida a instalar un negocio en un ponto envidiable y de gran futuro.  Si usted cuenta con un pequeño capital, no es supersticioso y es amante de los grandes retos, ahí tiene una oportunidad inigualable.

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Meet The Beatles!

Meet The Beatles

You and I have memories

Longer than the road that stretches out ahead

Paul Mc Cartney

 

Cuánto me hubiera gustado conocer a la cuarteta en el propio Liverpool, o de perdida en el Washington Coliseum en el  D.C; pero no fue así, llegué a conocerla en San Marcos, Carazo, en una fiesta que se organizó para despedir a las vacaciones, en aquellos dorados tiempos cuando el año escolar iba de mayo a febrero.  Era un 8 de mayo de 1964 y en la casa de la familia Pérez, centro neurálgico de la vida social, nos encontrábamos los adolescentes de ese pueblo, disfrutando de una velada llena de música, refrescos y bocadillos.  En una consola, un tanto traqueteada, sonaban los éxitos bailables de ese entonces, Enrique Guzmán, César Costa, Los hermanos Carrión, Leo Dan y uno que otro twist de Chubby Checker.

A mitad del baile aparecieron unos amigos de Managua que acababan de regresar de los Estados Unidos.  Creo recordar que habían estado en el arranque de la feria mundial de Nueva York y nos traían a mostrar el último grito musical en ese país.   Como un mago de una chistera, sacaron un disco long play que tenía por título:  Meet The Beatles! y procedieron a ponerlo en la consola y ahí estaba aquella música.  En principio no nos sorprendió pues ya teníamos varios años escuchando rock and roll en diferentes estilos, tanto en inglés como en español.  No obstante aquel conjunto tenía un atractivo especial en su música y a pesar de que la mayoría, por no decir la totalidad de nosotros no teníamos ningún dominio del inglés, las canciones no dejaban de ser pegajosas, en especial una que iniciaba con un one, two, three, four, que eso sí, los de inglés avanzado sabíamos lo que significaba.

Luego circularon la cubierta del disco entre los presentes para que tuvieran entre sus manos aquello que con el tiempo se convertiría en una reliquia.  Cuando llegó a mí, lo primero que escudriñé fue la imagen de la portada.  A excepción del título:  Meet The Beatles! que estaba en dos colores predominantes en la época, el resto estaba en blanco y negro, con fotos de los rostros de los integrantes del conjunto.  Como aficionado a la fotografía me llamó la atención el efecto de una luz indirecta que iluminaba tan sólo una mitad de sus rostros, efecto que había yo ensayado anteriormente sin resultados positivos.  También observé que los integrantes de la cuarteta estaban ubicados tratando de romper la simetría, que como fijación occidental se manejaba en toda composición visual.  En la parte superior se encontraban tres integrantes y en la parte inferior uno sólo, a la extrema derecha.  También resaltaba el corte de cabello de los músicos, pues todos ellos lucían una extraña “pavita” que les daba una apariencia hasta cierto punto cómica.  En el reverso de la portada estaban los títulos de doce temas, que en ese momento no tenían ninguna relevancia para nosotros.  Así pues pensé:  -Mucho gusto y circulé la portada.

A la enésima vez que tocaron el disco, el muchacho y la muchacha se pusieron a bailar uno de los temas con un estilo que nos dejó a todos patitiesos.  Sin despegar los pies del suelo, comenzaron a mover el torso y los brazos de manera espasmódica y lenta, un tanto robótica y tuvimos que hacer un gran esfuerzo para no reírnos.  Después de “bailar” un par de temas, invitaron a la concurrencia a bailar con el mismo estilo y en definitiva todos se negaron, algunas muchachas agachando la cabeza y sonriendo y los varones con un disimulado “wibin”.  Luego la fiesta siguió con la música tradicional, sin embargo, había sido presentada formalmente ante nosotros la legendaria cuarteta de Liverpool: Los Beatles.

En ese año, los temas de Los Beatles llegaron por docena, cada uno convirtiéndose en un éxito y la juventud de entonces, siguiéndolos con extrema devoción.  Ese año fue aciago para mi familia, pues fallecieron dos tíos muy queridos y para colmo, en las vacaciones de septiembre agarré una hepatitis, no sé de qué letra, pero el caso es que casi me lleva al otro barrio.  Pasé más de dos semanas en cama, aislado, comiendo con cubiertos marcados de rojo y lo único que podía hacer era escuchar radio.  En esa fecha estaban estrenando las emisoras locales el álbum A hard´s day night y tres temas impactaban, además del que le dio el título:  And I love her,I  Should have known better  e If I fell.  Este último tema traducido aberrantemente como: Si caí.   En los noticieros de la televisión llegaban imágenes de las presentaciones de la cuarteta y la histeria que provocaban entre los jóvenes de los países que visitaban.

Si entre los jóvenes el grupo causaba furor, con los adultos la cosa era diferente, pues las reacciones iban desde la total indiferencia hasta los más negros presagios acerca de los efectos que esa música podría traer a los jóvenes.  Los reverendos hermanos cristianos del Instituto Pedagógico no se quedaron atrás y uno de ellos los atacaba sistemáticamente, diciendo que nada bueno se podía esperar de gente que había nacido y crecido en un puerto.  Yo reflexionaba en mis adentros, que si acaso los apóstoles no habían sido pescadores y obviamente vivían en un puerto, sin embargo, no me atreví a exteriorizarlo pues yo también hubiese sido Charlie.

De esa forma, por los 16 años desde aquella fiesta, hasta 1970 en que se separó el grupo, cada uno de los temas que sacaron fue marcando el compás nuestras vidas.  Tratar de analizar el impacto en cada momento de esa época que tuvo cada tema de la cuarteta sería demasiado extenso, no obstante hay algunos que tuvieron un significado especial.   Muchos temas llegaron a mis oídos con años de retraso, pues las radiodifusoras no contaban con el suficiente tiempo radial para presentar cada uno de los temas que iban surgiendo y mi presupuesto de estudiante no daba para comprar cada álbum que iban sacando.  El caso de Yesterday es un claro ejemplo, pues conocí su letra años antes de escucharla.  Había una revista que los hijos de La Salle repartían de manera gratuita entre los alumnos de los últimos años llamada, si mal no recuerdo Fêtes et saisons, con temas religiosos para la juventud y que paradójicamente en un apartado musical tenía la letra de Yesterday.  Llegué a aprenderla sin conocer la melodía, hasta años más tarde que la escuché, cuando ya había roto el record del tango Celos, como la canción más escuchada en el mundo.

En 1968 ingresé a estudiar inglés al Centro Cultural Nicaragüense Americano, llegando a entender un poco más a las letras de las canciones en ese idioma.  En ese año se convirtió en un verdadero éxito el tema Penny Lane, que resonaba en todas las emisoras mañana, tarde y noche.  En ese tiempo yo vivía en el barrio Oriental y era mi pasatiempo cerrar los ojos y trastrocar aquella calle de Liverpool por el sector en donde yo vivía, pasando un video mental al tenor de la citada canción, apareciendo ahí los bares Tía Ana, Los Caracoles, La Toña Nariz, el taller de radiadores, las clínicas Barboza y de Paco León, el pito de la Cervecería, la fábrica de caramelos, el cine Ruiz, el cine México, la iglesia del Calvario entre otros elementos de aquel paisaje.

En enero de 1969, cuando mi familia se trasladó a la capital, llegó a todas las emisoras nacionales el tema Hey Jude, que inmediatamente se convirtió en favorita de la audiencia.  Me gustaba tanto porque sentía que mi vida, al igual que una triste canción podía mejorarla y ese año, con 100 libras menos, comencé a practicar atletismo de alto rendimiento.  Al año siguiente apareció por mi casa el álbum Sargent Pepper´s lonely hearts club band y me di gusto escuchándolo repetidas veces.  Dos temas me gustaban sobremanera: Getting better y When I´m Sixty-Four, este último me hacía soñar con la placidez de la jubilación y en la firmeza de las convicciones.  En esa época conocí el tema The long and winding road, que se me hacía de una belleza extraordinaria, sin embargo, fue a través de la interpretación del conjunto The Sandpipers, pues la original la escuché después.

De la misma forma, disfruté de los principales temas del último álbum de Los Beatles: Let it be, tanto el tema que dio el título al disco, como Get back, Don`t let me down y Two of us.  Tiempo después, tuve la oportunidad de ver la cinta con el mismo nombre, si mal no recuerdo en el cine América.

La ruptura del conjunto no provocó en mí desazón alguna, la vida de un joven estaba llena de tremendos cambios y uno más no mermaba aquel espíritu de enfrentarlos.  No obstante, con frecuencia seguía escuchando los temas de la cuarteta, con un mayor dominio del inglés iba tratando de agarrarle el feeling a aquellos temas que por mucho tiempo se me hicieron complicados.  En el tema The fool on the hill, encontré esa entereza que hay que tener cuando la gente no lo comprende a uno y lo considera un tonto, manteniéndose uno en la cima de la colina, impasible ante las críticas.  De la misma forma Norwegian Wood, que tuvo una traducción infame a Bosque noruego, cuando el sentido del tema apunta a madera noruega, o más bien las casas o muebles fabricados con el pino de bajo costo y que la interpretación de la letra se presta a varias alternativas, incluyendo la venganza del muchacho al incendiar el departamento de la chica cuando esta se va a trabajar.

Con la aparición de You Tube, se ha hecho más accesible el navegar por toda la obra de Los Beatles, con la facilidad de la letra en inglés o traducida al español disponible en los videos, muchos de ellos originales y que nunca tuve la oportunidad de ver.  De esta manera puede uno repasar todos aquellos momentos ligados a esa maravillosa música.

Ahora que tengo 65 años y mi jubilación se mira todavía al final de un largo y sinuoso camino, todavía me siguen necesitando, tal vez no para arreglar un fusible,  sino para cosas más complicadas, el caso es que he mantenido mis convicciones.  Eso sí, tengo dos nietas pero mis rodillas no resisten su peso.

Concluyo estas líneas con el tema In my life en mi mente, pues siempre se mantiene en mi memoria aquella fiesta de despedida de vacaciones cuando conocí a Los Beatles.  Algunos de aquellos amigos todavía los veo, otros ya han fallecido y otros se fueron y no los he vuelto a ver, pero lo importante, a pesar de añorarlo, no es el pasado, sino el presente.  A propósito, regularmente me encuentro con Carlitos, el amigo del disco Meet the Beatles! y no puedo evitar imaginármelo, con todo y sus canas, bailando con aquel estilo que nos dejó patitiesos.

 

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