El Callejón de Alí Babá

El Callejón de AlÂ?Babá                                            Para Oralya con todo mi cariño

Managua todavía no se desperezaba la mañana del primer día de 1969, cuando en una camioneta station wagon y un camión cargado con nuestras pertenencias, arribamos al Callejón Ramón Sáenz Morales y en medio de algunas miradas curiosas procedimos a ocupar la casa número 613. Habíamos abandonado el pueblo para iniciar la tarea de convertirnos en capitalinos.

El Callejón en cuestión era la prolongación final, en el extremo sur, de la sexta avenida suroeste de la vieja Managua. Comenzaba en la calle 11 de julio y finalizaba después de describir una pronunciada curva, en la paralela quinta avenida suroeste, a escasos metros de la Calle Colón. La entrada al callejón estaba claramente señalada con su nombre oficial, en honor a un poeta capitalino, sin embargo todos los Managuas lo conocían como el Callejón de Alí Babá, pues según las malas lenguas, un empleado público se había piñateado unos terrenos de la comuna y posteriormente los vendió o cedió a sus amistades, lo cual no es insólito en Nicaragua.

El proceso de salir furtivamente al vecindario como “gallinas compradas” duró relativamente poco, pues los Reinoso que vivían enfrente se encargaron de darnos la bienvenida y hacer que en breve nos sintiéramos como peces en el agua.

La entrada al callejón estaba flanqueada por un enorme árbol en donde estaba la Panadería La Tica. Hacia adentro se abría un mundo extraordinario en donde ahora, después de tanto tiempo, pareciera increíble que en tan sólo ciento veinte metros cupiera esa cantidad y diversidad de personajes.

Como de una leyenda urbana salía la imagen del propietario de la panadería que se decía fue dado por muerto y que a mitad de uno de los rezos del novenario se apareció en su casa, en medio de la consternación y gritos de la familia doliente. Nos tocó también presenciar el escándalo, en ese mismo establecimiento, de cuando un panadero apodado “Pico de Rata”, con el corazón atravesado por un desaire que le hizo la encargada de la sección de pan dulce, decidió poner fin a su existencia tomando DDT, intento que no tuvo éxito por la mala calidad del insecticida, quedando turulato y hablando como Don Corleone por el resto de sus días.

Había una cantina de tablas y piso de tierra en donde pululaban los más extraños especimenes que parecieran haber brotado de la mente de George Lucas; con la suerte de que no eran maleantes y se llevaban bien con el vecindario, como Chalío a quién le faltaba una pierna o un tipo con un vientre prominente que se paseaba con un radio escuchando, según él, valses clásicos.

En ese callejón podía decirse que se respiraba cultura, pues ahí vivía y tenía su estudio el pintor Róger Pérez de la Rocha, famoso por sus desnudos y la cantidad y calidad de mujeres que posaban para él. También vivía ahí doña María Zamora y su familia, que nos deleitaba todo el día con música clásica y que recibía visitas del mundo político y social, como el entonces Ministro de Educación, General José Agurto a quién deleitaban con el Bolero de Ravel. No se quedaba atrás don Orlando Rueda, visitador médico, quien al bañarse entonaba con su potente voz de tenor, arias de óperas famosas o bien canciones de María Grever. Algunas tardes don Panchito Castillo salía a tomar el fresco en la acera con su guitarra, interpretando alguna mazurquita.

Los muchachos por su parte curioseaban en una casita de tablas, contiguo al taller de Tiberio, en donde ensayaban los Kramers, con el Gato Aguilar en la batería. Al dar la vuelta en la quinta avenida practicaban los Jets de Toño Saldaña, hermano del famoso Paco “Loco”.

El callejón estaba dividido por una callejuela que desde la quinta avenida se extendía hasta la séptima, que bajaba del cine Alameda. Era una angosta vía de tierra pero marcaba dos tramos claramente diferenciados. En el primer tramo que iba de la calle 11 de julio a la callejuela, había una diversidad extrema de familias, en casas que iban desde humildes construcciones de madera hasta casas de clase media, como la que alquilábamos nosotros, que era de reciente construcción y de dos plantas. El segundo tramo por su parte, que iba desde la callejuela hasta la quinta avenida y que incluía la curva, estaba compuesto de residencias de clase alta, tanto en tamaño como en la calidad de construcción, algunas de ellas con estatuas de mármol en el porche.

Nuestro tramo tenía un movimiento inusitado, a pesar de que el tráfico vehicular era reducido por ser un callejón casi sin salida, pues desembocaba a otra avenida de sentido contrario, el movimiento de personas, sin embargo, era dinámico. Gente que transitaba hacia la panadería, a la cantina, a la tortillería de los Alonso, a la pulpería de doña Goya, a la zapatería de Polloca o bien al Taller de Tiberio. Había varios consultorios médicos, además del de nuestro padre, estaba el consultorio radiológico del Doctor Lacayo y la Clínica Oftalmológica del Doctor Munguía. Vivían también distinguidos comerciantes como Mario Bandes y su tío don Teófilo Frech. Mario tenía en el centro el almacén el Caballero que se transformó en la Dama y el Caballero cuando se casó con Ester Miranda. Habíamos muchos estudiantes y en una casa de dos plantas en la callejuela vivían universitarios costeños entre ellos Lucien Benoit.

Por las tardes, después de que el potente pito de los talleres Caterpillar, sonaba a la una y treinta de la tarde, la muchachada salía a jugar a la calle, juntándose los Aranda, los Reinoso, mis hermanos y demás chavalos de la cuadra, poniendo una singular algarabía en el callejón.

Nuestra casa también vivía un febril movimiento: pacientes de mi padre, compañeros de estudios de seis hermanos, de afición musical de dos de ellos y mis compañeros de deporte. Nos visitaban asiduamente nuestras primas Giselle y Silvia y nuestro tío Eduardo y familia llegaban con relativa frecuencia.

El otro tramo por su parte, estaba habitado por gente importante, como el doctor Ramiro Sacasa, prominente político, el comerciante Orlando Chávez, el doctor José Padilla, el Capitán Nicolás Valle Salinas que fue Jefe de la Investigación de la Policía, así como las familias Trejo, Ferreti y Carrasquilla. Ese pedazo del callejón permanecía siempre tranquilo, casi no se miraba gente transitando por la calle, tan sólo a medio día se miraba llegar a Ofelia y Eva Sacasa con sus primorosos uniformes de La Asunción, a las hijas del Dr. Padilla o a las niñas gemelas de Valle Salinas que sacaban a pasear por las tardes.

Ya entrada la tarde pasaba Carlitos con La Prensa y entonces las familias salían a los porches y aceras a leer el periódico y a comentar las noticias, antes de recluirse a ver televisión o a salir al cine, pues estaban cerca el Alameda y el América. También estaban el Boer y el Lux pero el primero no tenía techo, pero sí ratones y en el segundo un guardia se paseaba en actitud amenazante con su clava por todo el cine.

En ese callejón pasamos cuatro años maravillosos, en donde la suerte nos sonrió y cada uno de nosotros tejió sus propias historias. Aquel pequeño trozo de la ciudad se convirtió en el dulce hogar que tanto habíamos añorado. Después de que por más de 16 años nuestro padre trabajó en la capital, llegando al pueblo las noches que no tenía turno, la familia completa por fin pudo aglutinarse, almorzar juntos todos los días, en fin, disfrutar la presencia de nuestro padre, a quien por fin llegamos a conocer a plenitud y para completar la felicidad disfrutábamos del cariño sin límites de nuestra madre. En ese tiempo me convertí en atleta, incursioné en el teatro, conocí a mi novia y adelanté mi carrera de economía. Sólo el terremoto de 1972 pudo poner un punto y aparte a esa época, en un final que ni Scherezada pudo haber imaginado para el Callejón de Alí Babá.

En la actualidad, el Callejón es una zona fantasma, sin nombre. Casi la totalidad de casas del primer tramo fueron derribadas y en su lugar se establecieron paracaidistas que construyeron casas rústicas, mimetizadas entre un grueso follaje que crece en el frente. La callejuela de tierra que dividía el callejón desapareció, pues también fue ocupada para construir, de tal suerte que ubicarse en ese tramo es misión imposible. La parte de la curva no sufrió daños y debido a la extrema vigilancia que pusieron sus dueños, las casas no fueron derribadas y la mayoría todavía persiste. El árbol que flanqueaba la entrada todavía desafía al tiempo y se inclina cada vez más hacia el oriente.

Traté muchas veces de encontrar el sitio donde quedaba nuestra casa, sin ningún éxito, pues no existen referentes que pudieran apoyar la localización. Tuve que esperar una visita de mi hermana Oralya, quien tiene, entre tantos atributos, una memoria prodigiosa, para pedirle que me acompañara a tratar de encontrar el sitio. Al llegar, tan sólo le tomó un par de segundos para afirmar con enérgica convicción: -Ahí era. Pero, cómo supiste? -Fácil, ese guayacán que está ahí, yo lo planté.

Fue en ese momento en que como por arte de magia regresó a mí la imagen del callejón. Súbitamente me pareció vivir de nuevo aquel cúmulo de sentimientos que en aquella época se aglomeraban en nuestra existencia; casi llegué a sentir el aroma del pan horneándose en La Tica y a escuchar el poderoso pito de los talleres Caterpillar.

De regreso a casa, por alguna extraña coincidencia, en el CD de música italiana que tenía en el autoestereo, apareció aquella canción de Mássimo Rannieri de 1969, Rose rosse, que tenía una línea que decía “La strada dei ricordi e’ sempre la piu’ lunga”, -la calle de los recuerdos es siempre la más larga.

Con mi hermana Orlaya
Rose rosse, Mássimo Rannieri


					
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5 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense, Uncategorized

5 Respuestas a “El Callejón de Alí Babá

  1. Linda narración de viejos recuerdos, en mi sitio hay algunas cosas nicas y viejas fotos de antaño.
    Conocí ese callejón y recuerdo el cine América sin techo y pequeño al que iba con frecuencia en los 60.
    Saludos

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  2. Eddy A. Martinez

    Al leer esta narracion mi mente volo hacia el pasado y recorde esos anos maravillosos en ese callejon, mi padre Don Adrian Martinez ( el Juijua)
    era el dueno de la Panaderia Tica , y como una coincidencia el dia de hoy he encontrado una foto cuando mi padre inauguro la Panaderia en el ano 1937.
    Lo de la historia que se dio por muerto es cierto, eso sucedio en el ano 1961 el habia venido a San Francisco California con Orlando ( El Gallo Rostran) a comprar carros Hillman, y en el trayecto de regreso lo confundieron con otro nicaraguense que habia muerto en Tapachula Mexico, el tercer dia que los estabamos velando mi padre se aparecio y fue un alboroto, la casa se lleno de muchisima gente ya que fue una gran novedad.

    Lo de Pico de Rata, tambien es cierto, el trabajaba en la Panaderia haciendo labores diurnas, era muy joven y su nombre era Juan Marenco, y efectivamente se suicido por una muchacha que le dio la quiebra, yo me acuerdo que el cayo en la Gasolinera Texaco que quedaba de la Panaderia una cuadra abajo, eran como las seis de la manana.

    El arbol de Genizaro fue plantado por mi padre en los anos 20.

    y por supuesto que conoci a Roger Perez de la Rocha, vivia pegado a Isidro Ramirez, el dueno de la cantina se llamaba Carlos Rocha quien era primo de mi padre.

    Si me acuerdo del Dr. Padilla, Eva y Ofelia Sacasa,
    los Reynoso, los Quezada, los Saballos, (Quirimuca), Dona Lolis,
    Los kramers practicaban en la casa de Tiberio Somarriba quien tocaba el Bajo, tambien llegaba a practicar Cali Aleman quien ya era cantante, al final del callejon tambien vivia, el Dr. Pedro Quintanilla, el Dr. Ferreti, Valle Salinas, Orlando Buitrago, El Dr. Jose Padilla. etc

    la foto de la Panaderia tica en los anos 30 la tengo en mi oficina en la ciudad de San Francisco, California

    fueron anos muy lindos y muy sanos.

    Saludos

    Eddy A. Martinez

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  3. Ivan

    Buscando informacion sobre el maestro De la Rocha, al que una vez le sirvieron de modelo unos zapatos tenis que yo tenia, para hacer una pintura que le titulo los zapatos de cartn son Miami, me encontre con este interesante relato, yo vivi de la Paneria Tica 1 c. arriba, enfrente donde los Burros Zamora.

    Vinieron a mi memoria lindos recuerdos de cuando jugabamos janbol en las calles, me gustaria comunicarme con el Maestro De la Rocha

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  4. Saludos Eddy aunque no conpzco a todos los vecinos de entonces en ESA cuadra reconozco que el relato esta en lo que yo recuerdos ajustado a LA realidad.Varias veces visite LA panaderia unas como cliente y otras buscando a tu hermano Adrian de quien fui companero de clases en el Calasanz. Son agradables estas historia..
    Juan de Dios Saenz

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  5. Oscar Martinez A.

    Cuantos recuerdos, cuantas personas y nombres sin olvidar. Me trae muchos recuerdos, pues en esa época conocí el cine Alameda, el América, pocas veces el Luz y el Boer. Puede que haya conocido ese callejón, ya que era un poco vago con mi motocicleta Speed Twin Triumph. En las cercanías del cine Alameda y en la calle Colon estaba una barbería, que era donde llegaba a cortarme el pelo. Si mal no recuerdo el que lo hacia era Don Ramiro, el dueño.

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