Las malas palabras

Codice

En mi casa estaban proscritas las “malas palabras”.  Desde mis abuelos que se mostraban extremadamente inflexibles respecto a su utilización, hasta mis padres quienes con menor denuedo continuaban con esa práctica.  En cierta ocasión, estando yo muy pequeño y apenas empezando a hablar, un amigo de mi abuelo llegó a la casa y quería que yo me aprendiera la típica canción: Viva León, jodido.  Al observar mi abuelo que aquel señor me pedía que repitiera tan sabrosa frase, muy molesto le expresó: -Don Luis, si quiere seguir siendo mi amigo, por favor no le enseñe palabras mal sonantes a mi nieto.  De esta manera, mi vocabulario se desarrolló de una forma aséptica respecto al lenguaje coloquial que en general se manejaba en aquella época, en donde era normal que una conversación se salpicara de algunas expresiones que para algunos eran consideradas como vulgares, groserías, palabrotas, malas palabras o peor aún, soeces.  Me costó una que otra tunda, el identificar todas las expresiones que no debía utilizar, debido a que en general yo no comprendía el total significado de aquel vocabulario.  Mi madre por su parte, promovía que utilizara un léxico adecuado, cantándome Negrito sandía, el tema de Cri-cri que hablaba de un afro descendiente, en donde Gabilondo Soler trata de cubrir su racismo poniéndolo con cara angelical pero que le había endilgado un vocabulario lleno de  “picardías” augurándole unas tremendas palizas y que cuando fuera grande y se presentara en sociedad sería grosero y descortés cuando le tocara discutir con un marqués.  No me lo imagino enfrentándose al querubín del Duque de Palma de Mallorca.

Recuerdo que incluso yo tenía que caminar con pies de plomo respecto a expresiones o interjecciones eufemísticas que sustituían a aquellas palabras como:  jobero, púchica, juelamatraca, a la viuda y demás.  Mientras cursé la primaria, mantuve como decía, un vocabulario muy propio, libre de todas esas expresiones.  Al ingresar a la secundaria, ya los abuelos habían fallecido y toda esa presión desapareció y empecé a utilizar en el colegio (fuera de las aulas, desde luego) la mayoría de las expresiones que casi todos los compañeros manejaban por igual.  Sentía una especie de liberación de algo que había reprimido por tanto tiempo, que provocaba en mí, una singular sabrosura al pronunciarla, sin embargo en mi casa tenía que seguir manteniendo el mismo código de conducta al respecto y lo más que habíamos avanzado era utilizar algunos sustitutos, como por ejemplo penholder, en lugar de pendejo y así por el  estilo.

En la universidad mantuve esa predilección por adornar mi lenguaje con una que otra palabra “mal sonante”; era como una rebeldía ante la represión que se mantuvo en mi casa por tanto tiempo, algo parecido a un ejercicio de libertad.  Lo curioso fue que cuando ingresé al equipo de atletismo de Istvan Hidvegi, volvía a caer ante la misma restricción respecto a las palabras soeces en el equipo.

En aquel tiempo me preguntaba el por qué tanta alharaca por el uso de palabras que habían llegado a perder su significado original y que en el lenguaje coloquial, querían decir algo totalmente diferente.   Por ejemplo, jodido había perdido totalmente su significado original relacionado con la cópula, para expresar una diversidad de situaciones como perjudicado, dañado, fregado, un individuo indeterminado o simplemente una interjección.  O bien, el uso de hijueputa, que se utiliza como expresión para denominar a un malandrín y no precisamente al hijo de una sexoservidora.  La escatológica expresión: mierda, no necesariamente denota a esos desechos, sino que puede ser desde un lugar lejano, hasta una alternativa de ingesta para alguien que pretende algo fuera de lugar.  Los vocablos destinados a los órganos sexuales masculinos o femeninos se verbalizan para denotar la acción de propinar una golpiza o bien como sustantivo se refieren a la nada, a un trago de licor o a lo simpático. El término pendejo dejó de referirse al vello púbico para emplearse al nombrar a un tonto, en cualquiera de sus niveles o categorías.

Así pues, una considerable parte de la población nicaragüense utiliza un lenguaje plagado de expresiones “soeces” y otra proporción mantiene un lenguaje libre de “palabrotas”, muchos de ellos por su propia condición u oficio, como es el caso de los ministros de culto y religiosos en general, los maestros (con sus consabidas excepciones) algunos funcionarios públicos, entre otros.  Son de aquellos que cantan Viva León querido.  Dentro de los mal hablados se encuentran aquellos que utilizan el lenguaje soez de manera basta, sin gracia y que realmente ofenden el oído, sin embargo, hay quienes utilizan ese lenguaje con donaire y  hasta se llega a aceptar sus excesos.  No obstante, también tiene mucho que ver la percepción del interlocutor y la condición del emisor, pues si se trata de un pobre diablo, obviamente se dirá que es un corriente, vulgar, malbozalado, mientras que si se trata de un individuo de posición o recursos, pues tendrá un lenguaje florido y hasta cierto punto folklórico.   Es interesante observar que en las últimas décadas se ha dado una mayor laxitud en cuanto a este lenguaje, pues si bien es cierto siempre ha existido su uso, un importante sector de la población lo rechazaba de manera vehemente, proporción que ha ido en descenso con el paso del tiempo, dándose una mayor tolerancia a esta práctica.  En muchos canales de televisión nacional ya no se censuran estas expresiones con el clásico piiii y algunos de ellos más bien las promueven.

En los dieciséis años que viví en México saqué una maestría en esta materia, iniciando por conocer las equivalencias entre el español de México y el de Nicaragua, pues muchas expresiones tienen diferentes significados.  Un ejemplo clásico es el sustantivo pinche, que originalmente es el ayudante de cocina y que en Nicaragua se utiliza para denominar a un tacaño, agarrado, sin embargo, allá se usa como sinónimo de despreciable y su utiliza como los adjetivos en inglés, previo al sujeto, escuchándose: pinche güey, pinche pendejo, hijo de su pinche madre.   El vocablo buey que aquí se usa para denominar al macho vacuno castrado, en México se ha derivado a güey y se utiliza para denominar al individuo engañado o simplemente tonto o bien un sujeto indeterminado.  En cuanto a cabrón, que en Nicaragua se utiliza castizamente como aquel que consiente el adulterio de su esposa, compañera o amasia, en México es sinónimo de malvado, hábil, aprovechado, así lo que es insulto por acá, allá es una especie de rango, utilizándose además para expresar asombro: ¡Ah, cabrón!, al igual que ¡Ay güey!.  El inocente “recto” de Nicaragua que se refiere a que no se inclina ni a un lado ni a otro o que no toma curvas o ángulos, utilizándose en cualquier dirección domiciliar, allá se utiliza más que nada para designar al final del tracto intestinal, de tal suerte que en las direcciones se debe emplear el vocablo “derecho”, de la misma forma nunca se dice por allá aquella máxima que “el mejor camino es el recto” pues es cuestión de dar en qué pensar. No obstante, la expresión más utilizada es el verbo chingar, que en Nicaragua no tiene ningún significado, salvo tal vez “chingada” que significa un lugar remoto, teniendo en México miles de acepciones con igual número de matices.

Con mis hijos traté de no repetir las imposiciones de mis abuelos, de esa manera si alguna vez llegaban a tener un vocabulario florido, no sería como una respuesta a la represión que en ese sentido les hubiese impuesto.  Por otro lado, no podía incurrir en la inconsistencia de exigirles algo que yo mismo no cumplía.

A mis sesenta y tres años, siento que los vaivenes de la vida me han propinado tantos pijazos que las medias tintas ya no son para mí, de tal forma que al haber abandonado casi por completo la redacción técnica, en donde no se puede decir que los ingresos netos se han ido al carajo debido a las constantes cagadas de ciertos entes gubernamentales, puedo darme el lujo de mantener en mi expresión oral y un poco menos en la escrita, un lenguaje más folklórico, incluso, me atrevería a decir que menos hipócrita, desde luego sin caer en la coprolalia.  No me considero mal hablado, pues tampoco creo que sean “malas palabras”; picantes tal vez.  Me parece que mal hablado es el que dice tip nervioso, epsigente, decección, picsina, eccenas, dicsfunción ereptil, hayga o los modernos y elegantes que dicen: recepcionar, accesar, aperturar, basamentar, etc.

Con esa invasión que hemos sufrido de tantos programas de cocina y comida, lo único que sacamos en claro es que el condimento es vital para darle sabor a esa básica necesidad y de la misma manera el lenguaje no puede ser aséptico y soso, sino que debe estar debidamente condimentado con esas expresiones.

Finalizaría este escrito, no con una de esas expresiones, sino con una cita del gran filósofo inglés John Locke que dijo:  “Tendríamos menos disputas en el mundo si se tomaran las palabras por lo que son, signos de nuestras ideas solamente, y no por ellas mismas”.

4 comentarios

Archivado bajo cultura, lenguaje, Nicaragüense

4 Respuestas a “Las malas palabras

  1. Comparto tu opinión en cuanto a lo de mal hablado. Excelente artículo. Saludos.

  2. Hola. no me considero abiertamente mal hablada pero se me sale espontáneamente un repertorio considerable de vocablos coloquiales y alguna q otra vulgaridad. Mis padres nunca decían malas palabras, ignor sus fundamentos., pero mi hermano y yo en la adolescencia nos tiramos todas las trancas. / Mi hermano se compuso una vez q se hizo papa, al punto q en varias ocasiones me corrigió para q sus hijos no escucharan de la tía Mariangeles semejante expresión. imagina vos? mi hija habla francés pero te conoce el repertorio coloquial y formal nicaraguense. Creo q es mejor.

  3. A. L. Matus

    Creo que la mejor forma de hablar es la espontánea. Si de esa manera afloran expresiones que para otras personas son vulgares, no hay por qué reprimirse. Veo como una hipocresía el decir, “que se vaya a la miércoles” o “me vale verdura”. Me gustó mucho el artículo. Saludos

  4. Marcos Sandoval Brenes

    Excelente artículo, como siempre, tenes toda la razón de los lenguajes floridos, mi abuela paterna era de Granada(Nandaime) nos llamaba la atención como las grandes en un lenguaje muy particular, en cambio mi abuela materna era de Carazo(Diriamba) y era muy pausada.
    saludos a tu persona hermano, Dios te bendiga.
    Marcos Sandoval Brenes

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s