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Dormite mi niño

Cancion de Cuna

Algunas noches, el insomnio, como vulgar ladrón en chinelas de gancho, amenaza asaltarme.  Será tal vez un ruido, la cafeína a destiempo o bien los efectos secundarios de algún medicamento, el caso es que cerca de la una de la madrugada, que es su hora preferida, me despierto y me invade esa inequívoca sensación de que no basta con poner la cabeza en la almohada para conciliar el sueño.  Seguro de que si continuo así, me darán las cuatro en vela, procedo a sumergirme a la sima más profunda de mi memoria.  Buceando entre infinidad de recuerdos de la madurez, bajando hacia la juventud y descendiendo aún más a la niñez, existe todavía un reducto más profundo, en donde pocos se atreven a explorar.  Más abajo de los inseguros primeros pasos y aún del triunfal gateo, hay recuerdos que se difuminan en la profundidad.

Casi al ras de la plataforma, si es que acaso hay alguna, existen algunas sensaciones que intentan materializarse en imágenes, sonidos o emociones.  Entre ellas, aquella mezcla de miedo, soledad y abandono ante la llegada de la noche que se traduce, aún involuntariamente, en un incesante llanto, hasta que llegan unos tiernos brazos que acunan, acarician y comienzan el brote de un torrente de amor, del más puro que pueda existir en la galaxia y luego una inconfundible voz, dulce a más no poder, que emite palabras que todavía no se acaban de comprender pero que no pueden ser más que reflejo de aquel inmenso sentimiento.  Luego un canto que poco a poco va devolviendo la tranquilidad, esa extrema seguridad que tan solo produce aquella presencia y todas sus manifestaciones.   “A la rorro niño, a la rorro ya, duérmete mi niño, duérmete mi amor…”

En medio de aquel difuso recuerdo, mi ritmo cardiaco comienza a caer poco a poco, como una ligera pluma al aire y con la misma cadencia, mi respiración también se va sosegando, mientras mi cerebro, con la suavidad de una caja de cambios de un Porsche 911, pasa de ondas alfa a theta y en poco tiempo a ondas delta y como un manto de seda, cae el sueño, llevándome a insospechadas aventuras.

Creo, sin temor a equivocarme, que son muy pocos aquellos seres humanos que nunca fueron arrullados por una madre, abuela, tía y aunque en menor medida por parientes varones, con una canción de cuna, pues se trata de una de las manifestaciones culturales más arraigadas en todas las civilizaciones.   En un lugar cercano a la que fue la Mesopotamia, en donde algunos (todavía) creen pudo haberse ubicado el paraíso terrenal y que hoy es Irak, cerca de la frontera con Turquía y Siria, encontraron una pequeña tabla de barro con lo que es la canción de cuna más antigua de que se tiene evidencia, con más de dos mil años de antigüedad y perteneciente a la cultura babilónica.   De la misma forma que la canción de cuna o nana, con sus equivalentes lullaby en inglés, berceuse en francés, ninna nanna en italiano, canção de ninar  en portugués, wiegenlied en alemán, en cada idioma habrá un vocablo para designar a esta manifestación cultural.

Es interesante que estas canciones que guardan casi siempre el mismo ritmo que trata de imitar el balanceo que coadyuva a inducir el sueño, también se asemejan en la temática, además de las palabras dulces para el infante, mezclan ciertas amenazas que en algunos casos son terroríficas, si se miran a la luz de la realidad.  En el caso de la canción de cuna encontrada en la Mesopotamia, puede observarse que la misma dice que el llanto del niño despertó a un demonio y si no se calla, se lo comerá.  En algunas canciones de cuna de regiones africanas, se utiliza a la hiena, en lugar del demonio, en ciertas nanas españolas, se invoca al “coco” y en Nicaragua se amenaza con el coyote.  Así mismo, algunas canciones de cuna expresan la queja o lamento de la madre por la carga excesiva de trabajo y en algunos casos denotan una denuncia social en el sentido de la explotación que sufre la madre del bebé.  Un ejemplo de todas estas manifestaciones podría ser la canción de cuna que rescató y dio a conocer al mundo el célebre Atahualpa Yupanqui, quien narra que la escuchó en el caribe de la frontera entre Venezuela y Colombia entre la población negra de esa región y cuyo nombre es:  Duerme, duerme negrito.  En dicha canción de cuna la encargada de dormir al niño, le cuenta que su madre está en el campo, trabajando, sin que le paguen, pero que le traerá los más exquisitos bocados y si no se duerme, vendrá el diablo blanco y le comerá la patita.

Dentro de la música clásica también la canción de cuna logra alcanzar una importante dimensión, destacando la Berceuse de Chopin o la Canción de Cuna de Brahms que daba fondo a todas las escenas en donde se invocaba al sueño en las caricaturas que mirábamos en la televisión en los años cincuenta y sesenta.

En Nicaragua está muy arraigada la canción de cuna, sin embargo casi en totalidad se derivan de la tradición española, la cual es muy rica, no obstante no existe mucha evidencia sobre lo que fueron las canciones de cuna que pudieron haber utilizado los antepasados indígenas.  Cabe la aclaración que muchas de las canciones de cuna tienen su origen en la tradición religiosa y hacen mención al niño Jesús y su familia.   Es interesante que estas expresiones no se enseñan formalmente en ningún lado y sin embargo, cuando una madre arrulla a su hijo, lo hace espontáneamente cantando uno de esos temas al igual que lo hizo su madre, tiempo atrás su abuela y más atrás su bisabuela y así sucesivamente.  La más conocida y utilizada en diferentes versiones es aquella: Dormite mi niño, cabeza de ayote, si no te dormís, te come el coyote…” y cada nicaragüense guarda en su memoria esta o alguna otra canción.

Nací en medio de una sociedad marcadamente machista, sin embargo, cuando llegué a la juventud, se inició cierto cambio en estas actitudes y comenzó a verse a padres de familia manteniendo una más cercana relación con sus hijos, en especial en sus cuidados.  Así fue que cuando llegaron mis hijos, aprendí a cambiarles los pañales, cuando todavía eran de algodón sujetados con gacíllas, a darles su biberón evitando que agarraran aire o bien sacándoselo mediante golpecitos en la espalda.  De la misma forma viví esa inigualable sensación de dormirlos cantándoles una canción de cuna.  No recuerdo de dónde la sacaba, simplemente de la mente iban brotando los versos, que tal vez había escuchado de mi madre al dormir a mis hermanos.   Sin embargo, la experiencia más dulce que recuerdo fue cuando mi familia llegó a encontrase conmigo en México después de tres meses de no verlos, de tal forma que mi hijo menor Rodrigo, de apenas un año, ya no me conocía y tuve que hacer un gran trabajo para volver a acercarme a él.  Ese año, 1979, fue declarado Año internacional del niño y en México había una insistente propaganda de todo lo que representan los niños y los vínculos que debían mantener con ellos sus padres.  Tal como lo relaté en su momento, algunas noches que llegaba del trabajo encontraba a Rodrigo sin poder dormirse, entonces le cantaba Duerme, duerme negrito, hasta que se dormía.  En alguna ocasión me dijo:  ¿Verdad que me dices negrito de cariño, papá? -Claro que sí mi muchachito, le respondía yo.

Así pues, no cabe duda que los recuerdos más gratificantes están ligados a esa relación que con el más puro amor se da entre padres e hijos y que muchas veces tienen como música de fondo una canción de cuna.  De esta manera, apreciado lector, cuando con un cuchillo entre los dientes se acerque hacia su cama el infame insomnio, puede echarse al coleto una Tafil de un gramo, unas diez gotas de Rivotril o de perdida un té de pasiflorina, o bien, respirar profundamente y lanzarse al océano de los recuerdos y tratar de encontrar allá en lo profundo, aquellos vestigios en la memoria de un inmenso amor de alguien que nos hacía dormir con la más bella voz que guarda nuestro corazón.

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