Casi todos los nombres

Yo te bautizo con el nombre de...

Yo buscaba un nombre insignificante

y la verdad es que el más insignificante que encontré fue el mío

José Saramago

El nombre constituye uno de los elementos básicos de la esencia de una persona; es una parte vital del ser humano, no sólo como pilar fundamental de identidad individual, sino también comunitaria. En algún remoto tiempo se le asignaba un nombre al recién nacido con el fin de trasmitirle, con alguna dosis de magia, algunas características implícitas en el significado del mismo, es decir, cada nombre propio de las personas ha tenido su origen en un determinado concepto. Con el paso del tiempo, el significado de cada nombre fue perdiéndose y fue el gusto particular de los progenitores el que determinaba la asignación del apelativo.

Con la conquista de América, España impuso su cultura, su religión y su idioma y con ello, el nombre de todo recién nacido en sus dominios tenía, en primer lugar que ser del catálogo español y en segundo, estar incluido en el santoral autorizado por la Iglesia Católica. De esta manera el nuevo mundo se fue llenando de nombres, en su mayoría bíblicos españolizados, aunque en algunos casos la influencia de la iglesia católica era tan grande que era obligado bautizar al recién nacido con lo que marcara el santoral del día de su nacimiento y éste no señalaba necesariamente la fiesta de un santo, sino de un evento, un órgano o un objeto, como la concepción de María, la transfiguración de Jesús, Corpus Christi, Pentecostés, la santa cruz, Natividad, la circuncisión del niño Jesús, candelaria, la Santísima Trinidad, la adoración de los santos reyes, la sangre de Cristo, la anunciación de la santísima Virgen, la asunción, la ascensión, Cristo Rey, la sagrada familia y tantas más. También estaba el caso en que el santoral marcaba a una santa como por ejemplo Santa Rita y el recién nacido era varón o viceversa. Así por muchos siglos, se cometieron innumerables atropellos a la identidad de muchos seres humanos que debieron cargar a lo largo de su existencia, nombres con los cuales nunca tuvieron el menor arraigo.

Mi abuelo paterno, fue llamado Emilio, sin haber encontrado ningún obstáculo en su bautizo pues el santoral católico contempla varios santos con ese nombre, en su mayoría mártires; sin embargo, mi abuelo materno, fue nombrado Abelardo por su padre, pero al momento de su bautizo el cura se negó a utilizar ese nombre, pues no había ningún registro en el santoral, por lo que tomó el nombre del santo correspondiente a ese día y por sus pistolas lo bautizó como Sebastián; nombre que mi abuelo nunca utilizó, pues mi bisabuelo lo inscribió en el registro civil como Abelardo y con ese nombre se quedó. Mi abuela paterna tuvo un nombre bíblico: Ester y mi abuela materna también: Juana.

Con los movimientos liberales de comienzos del siglo XX, la iglesia católica tuvo que ceder mucho terreno en su injerencia en la vida de las repúblicas y el registro civil se convirtió en el órgano rector de la asignación de los apelativos de los nuevos ciudadanos. En Nicaragua el Código Civil se promulgó en 1904; su Título VI se dedica al Registro del Estado Civil de las Personas y en su capítulo II se regula el registro de nacimientos, sin ninguna restricción respecto al nombre con que puede ser inscrito el recién nacido. A partir de entonces, el abanico de opciones para el recién nacido se amplió considerablemente y se abrió la puerta a nombres que al no estar incluidos en el santoral, no tenían cabida, como por ejemplo los nombres romanos: Julio, César, Augusto, Octavio, Tiberio, Cornelia, Fabiola, Camila, Faustina, Domitila; griegos: Dionisio, Agapito, Anastasio, Alejandro, Gaspar, Filemón, Melania, Idalia, Irene, germánicos: Aldo, Adolfo, Alfonso, Carolina, Clodomiro, Selma.

Los movimientos migratorios que ocurrieron a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX vinieron a enriquecer el catálogo de nombres en Nicaragua, con las particularidades de cada uno de ellos. El caso de los emigrantes chinos es un caso interesante, pues sus nombres en su idioma eran muy complejos para su manejo de parte de la población nicaragüense, por lo tanto optaron por cambiarse el nombre por uno de su preferencia o que se asemejara a su nombre original, así vemos que mantenían su apellido, un tanto españolizado, con nombres como José, Agustín, Napoleón, Santiago, Armando, Rafael, Lorenzo, Francisco, Juan, Javier o Felipe.

A medida que avanzó el siglo XX, la búsqueda de nombres originales para los nuevos ciudadanos se intensificaba, teniendo como fuentes, la literatura universal, por un lado y con el auge del cine, las películas, sus personajes, sus actores y actrices.

Cuando en 1924 nació mi padre, mi abuelo que ya había nombrado a sus dos primeros hijos Emilio y Eduardo, recordó a Orlando El Furioso de Ludovico Ariosto y lo registró con ese nombre, sin el furioso desde luego, pues su segundo nombre fue Ernesto, tal vez por la apreciación de Oscar Wilde respecto a la importancia de llevar ese nombre. Cuatro años más tarde, cuando mi abuelo materno Abelardo fue a inscribir a mi madre lo hizo con el nombre de Belia, diferenciándolo de Velia, que es la forma más usada pero que corresponde al nombre de una ciudad griega y otra romana.

En la mitad del siglo XX, cuando yo nací, la amplitud de nombres utilizados era ya bastante amplia, sin embargo, se mantenían en ciertos rangos en donde lo exótico todavía no era un factor común. En mi caso, mi nombre representa esa relación de alianza de un matrimonio recién constituido y que acuerda que el primogénito debe de llevar el nombre del padre, por lo que me llamaron Orlando, sin embargo, en mi segundo nombre, se asomó la correlación de fuerzas en la naciente familia, al llevar el de mi abuelo paterno Emilio. La situación vino a balancearse un poco cuando nació mi hermana que lleva un nombre que representa la unión del nombre de mis padres Orlando ama a Belia: Oralia. El problema vino cuando mi padre, al ver que sus dos primeros hijos tenían nombres que iniciaban con “O” se le ocurrió que todos los demás debería iniciar con esa letra y fueron cuatro. El resultado fue que uno de ellos, con cierta razón, llegó a aborrecer su primer nombre y prefería utilizar un apodo y al final resolvió el problema utilizando sólo su segundo nombre.

En San Marcos, para esos tiempos, todavía se observaba una clara predominancia de los nombres clásicos españoles, aunque ya se empezaba a notar cierta predilección por algunos nombres exóticos que resaltaban en el cine, pero se limitaban a los nombres femeninos: Marlene, Ninoska, Ninette, Dayra, Gladis, Solanda, Tatiana, Indiana, aunque Harrison Ford todavía ni soñaba con el Arca Perdida. En Masatepe sin embargo, había una afición por los nombres mitológicos y también por tres nombres de varón que se repiten insistentemente: Rogelio, Remigio y Róger.

A finales de los años sesenta e inicios de los setenta, se desató una fiebre en todo el país por salirse de los esquemas tradicionales en la utilización de los nombres propios. Esto parecía obedecer a una inquietud internacional, pues es interesante el caso de Cuba con la famosa “Generación Y” que a partir de los años setenta resultó en la predominancia de nombres con la letra “Y”. En Nicaragua se empezó a rescatar nombres que en otra época se antojaban cacofónicos, como el caso de Fernanda, pues era inconcebible que se feminizara ese apelativo tan masculino, así como Karla que se había mantenido como el tradicional Carlota y algo parecido ocurrió con Gabriela. De la misma manera empezaron a utilizarse los nombres compuestos, como la antes citada Karla que debía acompañarse con Vanessa o en algunos casos con Waleska.

Luego llegaron las telenovelas y se convirtieron en la principal fuente de los apelativos a utilizarse en los años subsiguientes, como fue el caso de la cantidad de Yessenias, Isauras, Natashasas, Yahairas, Iselas y en el caso de los varones, el uso obligado de los dos nombres.

También empezó a aflorar el ingenio de algunos progenitores que deseaban un nombre único y original para sus hijos, como el caso de Raúl Rocha que nombró Lura (las letras de Raul revueltas) a una de sus hijas y a la otra Nepda (nacida el primero de agosto). Augusto “Menudo” por su parte bautizó a su hijo con el nombre de Elvis Presley, como un homenaje al Rey. Un médico de Managua nombró a uno de sus hijos Joemán y se reservó como secreto su significado y le prometió al vástago que algún día le revelaría el secreto.

El caso de la Costa Atlántica es una historia aparte. Al haber sido colonizada por los ingleses, la mayoría de los nombres son de esa naturaleza y guardan la armonía con los apellidos ingleses, aunque en algunos casos también los combinan con nombres españoles. Un caso aparte son los miskitos, que tienen un carácter tan espontáneo que cambian de nombre de conformidad con su ánimo y un día pueden ser Tom Cruise, otro día Kentucky Fried Chicken y otro Justin Timberlake. Me comentaba Melba Reyes que en un viaje a la Costa Atlántica una pasajera llevaba un bebé que se llamaba Sopita Maggi.

Aunque ya produce cierto escozor hablar tanto de un mundo globalizado, hay que admitir que es imposible abstraernos de esa realidad y a pesar de todos los esfuerzos por mantener una identidad cultural, la inmediatez de las comunicaciones nos ubica en cualquier parte del mundo, por lo tanto los nombres propios tienen fuentes infinitas. De esta manera no se puede culpar a los progenitores que desean la originalidad en los apelativos de sus hijos.

En un vistazo a los nombres que emergen en nuestro renovado catálogo puede observarse la siguiente muestra: Krudskaya, Suhey, Justin, Wendy, Daleska, Steven, Dyran, Grecia, Kenneth, Josbel, Jesseth, Iskra, Milly, Erifel, Gia, Brisa, Samantha, Abril, Hahmed, Alpha, Manfred, Lisna, Melvin, Kevin, Rivo, Keith, Said, Bryan, Josmari, Axel, Jeancarlo, Aylin, Yazid, Jesse, Myha, Anielka, Jahell, Ariela, Sared, Wesley, Alyssa, Kendra, Natángela, Kimberly, Ashanti, Gruchenka, Marlice, Ashley, Geovanny, Belkis, Joseph´s, Jhonaly, Daleska, Noam, Shellsea, Osvally, Yara, Nayeris, Brandon, Ibrahiana, Eddil, Ronny, Jurgen, Heather, Yurianna, Yanin, Steacy, Jazy, Joyanska, Jannelle, Jair, Pavel, Izzel, Effin, Ander, Yamili, Keyling, Junieth, Yeris, Milady.

En una sociedad que propugna cada día más la tolerancia, debemos de aceptar esa libertad de los padres de familia de seleccionar para sus hijos, el nombre que considere más adecuado. Tal vez a quienes crecimos entre una mayoría de nombres clásicos, nos parecerán demasiado exóticos algunos apelativos, sin embargo, no nos queda más que aceptarlos.

Es indudable que cada quien tendrá una determinada percepción de cada nombre y la relación con el portador nos hará incluso encontrarlo sublime. Decía Serrat en uno de sus éxitos allá por 1969: tu nombre me sabe a yerba, y a pesar de no hacer referencia en la canción a ningún nombre en particular, todo su embeleso giraba alrededor del apelativo de la mujer de sus sueños. Tal vez podríamos por su discografía posterior, inferir que pudo haber sido Lucía, aunque para muchos ese nombre no se relaciona o asemeja a alguna “yerba”; claro que mucho menos podría tratarse de Penélope, pues ese nombre podría conducirnos a conclusiones peligrosas.

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5 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

5 Respuestas a “Casi todos los nombres

  1. Hola, Orlando. Interesante artículo. Algo sobre lo que me gustaría escribir porque es un gran fenómeno.

    Recientemente y a propósito de las Olimpíadas, leí que ya eran cuatro mil los niños nombrados en China con un nombre -el cual no recuerdo- lógicamente en chino que significa Olimpíada.

    No olvido lo que mi hija cuando era pequeña dio en llamar el nombre de la risita. Es el nombre de alguien que conocemos como Manuel quien confesó que por haber nacido un primero de enero los padres lo llamaron Circuncisión de Jesús. Y es que al contarlo se reía -y nosotras lo imitábamos- a más no poder.

    Recientemente leía, entre otras lindezas, que en México existen Yahoo, Aniversario de la Revolución, etc.

    Falta en tu comentario la parte de los Pancasanes, las Waslalas, etc.

    Salud♥s

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  2. Oswaldo Ortega

    Si bien es cierto que tanto nombre importado exige una capacidad memorística ágil y afilada, el tratamiento diminutivo de los mismos obliga a claudicar al más paciente : Brayancito, Lissetita, Maycolito, Ashleycita, Yahairita,Lestercito, etc. son ejemplos de la poca vigencia y abrumador olvido que hoy acusa el santoral cristiano. Asi comentaba recientemente una cliente de nombre Defensa Bracamontes Vda de Esparza madre del Licenciado Pueblito Esparza oriundos de Cuautitlán Itzcali Estado de México .

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  3. Muy interesante post. Viva Nicaragua

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  4. articulo interesante
    puedes colgarlo a nivel mundial

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  5. Yeris

    Hola, he estado, desde hace algunos años, tratando de encontrar el significado de mi nombre. Obviamente no tengo resultados, pero no pierdo las esperanzas, sobre todo que me he dado cuenta que en Mexico existen personas con el mismo nombre. Por favor si tienen alguna información les agradecería que la compartan conmigo.

    Gracias

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