Mi papá Emilito

 

Cuando nació mi primer hijo varón, acordamos llamarlo Orlando Emilio.  Para todos era lo más obvio, pues se trata de mis dos nombres, sin embargo, su segundo nombre no obedece a eso.  Tampoco fue escogido en honor a mi abuelo Emilio, quien se lo merecía de sobra, sino que se llamó así como un homenaje al hermano mayor de mi padre.  Si pudiera hablar de un personaje inolvidable en mi memoria y que dejó una profunda huella en mi vida, fue sin duda alguna aquella figura, el sumun de la elegancia y a quien yo llamaba “papá Emilito”.

Nació el 11 de abril de 1919, en Masaya, en medio de una época convulsa.  Su hermana mayor había muerto unos seis años antes, víctima indirecta de uno de los tantos movimientos armados de esos tiempos.  Mi abuelo había decidido renunciar a su trabajo en el ferrocarril para emprender una aventura, instalando una botica en San Marcos, bajo la premisa de que el auge del café en esa región ofrecía un buen clima para los negocios y además para su salud, por el aire fresco que se respiraba en aquel pequeño pueblo de la meseta caraceña.  Después de que nació su hijo a quien llamó como él, Emilio, se trasladó solo al pequeño pueblo en donde instaló su botica en el sector del mercado.  Meses más tarde,  en una tarde lluviosa de octubre, mi abuelo llegó a la estación del ferrocarril a esperar a su familia con un carromato para trasladar sus pertenencias.  Con extrema alegría vio descender a su esposa Ester, con un vivaracho niño en sus brazos, mientras trataba de controlar a los Césares, sus sobrinos gemelos de cuatro años a quienes había adoptado prácticamente desde su nacimiento.

Emilito, a como lo llamaban tanto en la familia como en el pueblo, creció viajando constantemente a Masaya y a Diriamba, en donde cursó sus estudios.  Cuando nacieron sus hermanos Eduardo y Orlando, supo desempeñar el cargo de hermano mayor con el rigor que en aquellos tiempos se requería.  Su padre delegó en él esa función, mezcla de prefecto y protector, misma que cumplió de manera eficiente.  Desde pequeño fue muy elegante.  En la casa de los abuelos había una fotografía en donde los tres hermanos posan en sus mejores galas, destacando el mayor por su porte.  Alguien escribió arriba de la foto: Los tres mosqueteros.   Emilito además era audaz y se tejieron muchas leyendas sobre sus hazañas, entre ellas la de circular en una bicicleta por los tablones de madera que cubrían la pila (aljibe) del patio de la casa, así como las flexiones que realizaba en los lugares más inverosímiles de la casa.

Cuando tenía cerca de quince años, Emilito convenció a sus padres para que lo enviaran a Managua a estudiar la carrera del futuro: comercio.  Así fue que ingresó a una de las nacientes escuelas de comercio de la capital en donde se destacó en mecanografía, alcanzando una destreza sin igual en el manejo de la máquina de escribir.  De manera coincidente, en esos días, en Casa Presidencial requerían de alguien eficiente en mecanografía para servir de secretario del Presidente de la República en una reunión de mandatarios que se realizaría en Costa Rica, para lo cual acudieron a la escuela de comercio en busca de alguien que pudiera desempeñar aquel cargo.  En la escuela, sin vacilar recomendaron al joven aquel.  Cuando le pusieron una prueba quedaron impresionados por la velocidad con que manejaba la máquina, la nitidez de su trabajo y la elegancia con que se sentaba a mecanografiar.  Lo contrataron de inmediato y de esta manera inició su carrera, como secretario del primer mandatario y luego ubicado en el Ministerio de Relaciones Exteriores en donde trabajó toda su vida.

Así fue que el joven fue ganándose el respeto de quienes lo conocían, aunque amigos y familiares seguían llamándolo Emilito.  Su carácter de extrema madurez, aun a su temprana edad, unida a su claridad de pensamiento, hizo que sus padres confiaran en él para muchas de las decisiones que debían de tomar.  Fue él quien los convenció de que sus hermanos debían de terminar el bachillerato, para poder seguir luego estudios profesionales.  Asimismo, les recomendó que los ingresaran internos al Colegio Bautista de Managua.  Así lo hicieron y se mantuvieron en su decisión aun cuando el párroco de San Marcos los criticó agriamente y hasta llegó a amenazarlos.  Mi abuelo expresó claramente que no se movería un milímetro de su decisión y que de su parte el párroco podía hacer lo que estimara conveniente.  Así pues, este último no tuvo otra alternativa  que bajarle el gas al asunto, pues el pueblo tenía más fe en la aspirina, las píldoras rosadas y el jarabe de tolú que en el agua bendita.

Cuando mi tío Eduardo y mi padre se bachilleraron, Emilito recomendó y apoyó a sus padres para que los enviaran a México a seguir los estudios universitarios y de esta manera Eduardo se graduó de ingeniero civil y mi padre de médico.

En cierto momento, también convenció a sus padres para que formalizaran su relación, que al igual que muchas parejas en aquellos tiempos se basaba en la palabra y el afecto más que en los papeles.

Emilito sentía un gran arraigo por San Marcos y el pueblo entero le profesaba un gran cariño y respeto.  En sus visitas al pueblo era consultado en todo lo que tenía que ver con la etiqueta y el savoir vivre así que muchas fiestas y grandes eventos se organizaron bajo su asesoría.

En 1948 antes de salir a un cargo en la Embajada de Nicaragua en Venezuela, se casó con Griselda Rosales Valerio, de Masatepe.  Como dato curioso, quien llevó los anillos en la ceremonia religiosa fue nada menos que el célebre escritor Sergio Ramírez Mercado, que en esa época tendría unos seis años.

Mis padres y yo llegamos a San Marcos en 1951, cuando mi padre terminó sus estudios de medicina en México.  En mis recuerdos más lejanos está siempre la figura tan querida de mi papá Emilito.  Yo lo llamaba así pues mi abuelo siempre fue mi papá Emilio y por añadidura, aquel personaje que sin importar su edad siempre fue llamado cariñosamente Emilito por familiares y amigos, pasó a ser mi papá Emilito.  A pesar de su corta estatura respecto a sus hermanos (mi padre casi arañaba los seis pies), él se imponía por su carácter, reflejado en un porte vigoroso y  lleno de autoridad.

Siempre sentí un cariño especial de parte de mi papá Emilito, tal vez, porque siempre añoró un hijo varón.  Me costó un poco entender cómo él y su familia aparecían y desaparecían del pueblo, cuando era designado en sus diferentes encargos de su trabajo en el exterior, pero siempre, al cabo de cierto tiempo, su sonrisa iluminaba la casa de los abuelos cuando aparecía de nuevo y la algarabía de los primos juntos llenaba el patio en interminables jornadas de juego, hasta que la última gota de paciencia de mi abuelo se desvanecía.

Cuando llegué a la pubertad comencé a pensar que podía llegar a tener su elegancia y que en algún momento, lo tendría cerca para aconsejarme en aquella tarea.  Sin embargo todas esas aspiraciones se pulverizaron una mañana de domingo, a finales de mayo de 1964.  Faltaba una semana para los quince años de su primogénita Giselle.  Alguien tocó a la puerta de nuestra casa y mi madre fue a averiguar, regresando con un telegrama en la mano, pálida, llegando hasta el baño, donde mi padre se afeitaba, diciéndole que avisaban que Emilito había muerto de un infarto en Tegucigalpa.  Tenía tan solo 45 años.

El dolor cubrió como avalancha nuestro hogar.  Mi padre cargó una pesada cruz, al ver a su querido hermano muerto, preparar sus restos y acompañarlo a su última morada.  Luego, aquel dolor se convirtió en un terrible temor.  Sintió en carne propia que la muerte era traicionera y no respetaba edades, sintiéndose vulnerable al extremo.

Hoy se cumplen cien años de su nacimiento y casi 55 años de su partida.  Siempre lo tengo en mi mente, en especial, aquel recuerdo de unos meses antes de morir que llegó de Tegucigalpa en un Chevrolet Biscayne último modelo, con guantes de conducir, lentes oscuros y un atuendo sport de enorme elegancia.  Recuerdo su risa contagiosa y trato de mantener vivo en mí aquel gran sentido del humor que lo caracterizaba.  Hace mucho tiempo me resigné a no tener aquella elegancia a la que un día aspiré y me refugio en lo que dice Calamaro:  “…la procesión no siempre va por fuera…”

Todas las pláticas que quise haber tenido con mi papá Emilito, las tuve tiempo después con mi tía Chelda, su viuda y mis primas.  A partir de mediados de los noventa coincidimos en Managua y fueron frecuentes nuestras veladas interminables recordando las épocas doradas y reafirmando aquel cariño que el tiempo nunca aminoró y que me hizo merecedor de ser considerado más que un sobrino o primo, un hijo o hermano.

Así pues, en esta fecha tan especial, levantaré mi copa y haré un brindis desde el fondo del alma, por tan insigne caballero, cuya fina estampa el tiempo no ha podido ni podrá borrar.

 

 

3 comentarios

Archivado bajo Familia, Nicaragüense

3 Respuestas a “Mi papá Emilito

  1. Elizabeth Pasquier

    Great! Siempre vivo Emilito. Saludos don Orlando.

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  2. Marcos

    Que grandes recuerdos Orlando, ya que la patria en esos momentos pasaba por instantes muy gratos con un PIB muy alto y nuestra moneda era divisa de cambio a nivel mundial, cuando nuestro Córdoba ( como moneda extranjera) lo recibían en cualquier país de Centroamérica y obvio estaba más alto que cualquiera, nuestra nacionalidad era respetada y éramos bien recibidos y casi con honores por ser Nicas, ( con acento Nica bien marcado ) qué tiempos aquellos Don Forsico, pero como dijo Machado ” todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar ” saludos enormes Orlando y un gran abrazo a la distancia. Pero sobre todo un respeto profundo a la opinión de los presentes y un recuerdo perenne a los ya ausentes o como se diría en forma muy patriótica ” nicaragüenses todos”

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  3. harold Manuel alvarez Guevara

    Saludes 

    Enviado desde Yahoo Mail para Android

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