Mis vocaciones perdidas

Breaking Bad.  Foto tomada de internet

 “No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas.  Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilustraciones, de todas mis vocaciones perdidas”  Julio Ramón Ribeyro.

 

Me parece admirable el hecho de que muchas personas aseguran que han seguido fielmente su vocación en la vida, misma que en muchos casos se manifestó desde su infancia.  Será que soy un poco sordo, pero lo cierto es que no recuerdo haber escuchado ningún llamado de ninguna naturaleza.

De pequeño, mis padres soñaban con que fuera la reencarnación de Chopin y muy pequeño me compraron un piano y contrataron las clases correspondientes en el Instituto Pedagógico de Diriamba y así mientras mis compañeros iban a jugar despreocupadamente en el recreo de las once, yo tenía que pasar una hora practicando bajo la tutela de un exigente profesor.  Yo le decía a mi madre que me gustaba más ser el que se situaba al frente de la orquesta y que con sólo mover una varita hacía sonar a todos.  Ella sonreía y me explicaba que ese era el oficio más difícil, pues había que dominar todos los instrumentos y tener sólidos conocimientos de música para poder dirigir.  Al final de cuentas, el profesor de música, en vez de abandonarse en los brazos de Ceres o Calíope, lo hizo en los de Baco, de tal forma que agarró una papalina que le impidió seguir dando clases de música, así que para mi fortuna o mi desgracia (nunca lo sabré), tuve que abandonar la música.

En el colegio, en las clases de religión siempre insistían los ínclitos hijos de La Salle en que había que estar atentos ante el llamado del Señor, pues había que seguir esa vocación fielmente.  Yo paraba la oreja pero jamás escuché absolutamente nada, así que asumí que no estaba destinado a abrazar la vida religiosa, sino que mi ser propendía hacia otro tipo de abrazos.

Todo el mundo habría pensado que siendo el mayor de mis hermanos me correspondía seguir la misma profesión de mi padre que era médico, sin embargo, nunca me llamó la atención esa carrera, pues me parecía muy triste que en las ocasiones especiales de la familia, cumpleaños, navidades, entre otros, mi padre tenía que hacer turnos en el hospital donde trabajaba y él por su parte tampoco me animó a seguir su profesión.   Reflexionando al respecto, pienso que si se hubiesen dado las condiciones, yo hubiera sido un buen médico internista, sin embargo, no me miro convertido en un agente de las gigantes farmacéuticas y a lo mejor hubiese sido una piedra en el zapato para ellas, al buscar tratamientos de acuerdo a las posibilidades de cada paciente, en fin, siento que hubiera seguido el juramento hipocrático al pie de la letra.

Tendría yo unos siete u ocho años cuando mi padre me regaló una cámara Kodak Brownie Fiesta con el propósito de que me aficionara a la fotografía, oficio que me gustó mucho y aprendí a tomar buenas fotos y a tener la paciencia para lograr las mejores tomas, sin embargo, aparte de un curso por correspondencia, de esos que anunciaban en los paquines, no tuve ninguna preparación formal, así que se quedó en una afición que  todavía mantengo.

Ya en la adolescencia, no recuerdo de quién salió la idea de que yo debería estudiar farmacia para hacerme cargo de la farmacia de mi abuelo.  En la distancia me parece que aquello era una base más frágil que una cáscara de huevo, pues no se necesitaba ser profeta para saber que el destino de dicha farmacia estaba escrito y con resultados para nada halagüeños.  En un inicio, como dicen por acá “agarré la vara” pues el mundo que observaba en el establecimiento de mi abuelo me parecía misterioso y cautivante, así cuando comenzaron a preguntarme: – ¿Qué vas a estudiar? con la convicción de Agustín de Hipona ante San Ambrosio respondía: -Farmacia, a lo que el interlocutor emitía un –Mmmmmmm aprobatorio.  En los principios de Química, encontraba una materia fascinante, sin embargo, más adelante cuando llegaron las fórmulas y los diferentes modelos moleculares, la cosa se puso color de hormiga y entonces saqué de mi mente la idea de seguir aquella carrera.  De la misma forma, en la distancia y el tiempo reflexiono sobre si hubiera seguido esa profesión y debo de admitir que siento que mi vida sería una tremenda frustración.  Estoy seguro que echándole muchas ganas hubiese llegado a dominar los intrincados caminos de las fórmulas químicas, así como los principios de la farmacología y me hubiese graduado al fin, sin embargo, la práctica de esa carrera me hubiese hecho sumamente infeliz.  Tengo algunos amigos farmacéuticos y con el respeto y aprecio que les profeso, debo de ser muy claro sobre lo que a mi modo de ver actualmente representa la práctica de esa profesión.  Al haber tenido la farmacia de mi abuelo un fin más trágico que el Hindemburg, al final hubiese tenido que buscar trabajo como regente de otra farmacia y aunque el título ese suena a Gobernador, en realidad me hubiera aburrido como una marmota al no tener el mínimo valor agregado en un  negocio en donde desaparecieron los preparados específicos y la totalidad de los medicamentos, como decían en el pasado, son “de patente”, por otra parte, el farmacéutico no puede recetar, ni siquiera puede sugerir al paciente cambiar la dosis y los galenos montan en cólera cuando un farmacéutico se atreve a sugerir un medicamento genérico para sustituir el elegante y caro que recetó.  Tal vez si hubiese tenido mi propia farmacia, además de “regentearla”, con algunas clases de mercadeo y finanzas hubiese buscado como diseñar una oferta de medicamentos con el mayor mercado y los mejores márgenes de ganancia, contratando a un médico para que recetase en la propia farmacia.   De haber trabajado en un laboratorio, me hubiera limitado a la clonación de medicamentos ya patentados, pues la investigación y desarrollo en la industria local están limitados por la falta de recursos.

Ya por bachillerarme, sentía que la carrera que más me llamaba la atención era Publicidad, pues sentía que podía desarrollar una creatividad increíble, aunque no lo suficiente para ver alternativas para estudiarla pues no se ofrecía en Nicaragua y mi padre era demasiado orgulloso como para gestionar una beca para ir a estudiar a otro país.   Pienso que tal vez esta carrera hubiese sido lo más cercano a mi vocación y al analizar el sector publicitario regional, modestia aparte, siento que hubiese tenido propuestas mucho más creativas que las que actualmente se manejan.

Al final de cuentas, analizando una serie de alternativas que tenían que ver más que nada con la realidad y factibilidad en varios órdenes, llegué a la conclusión de que estudiaría Economía, pues la carrera se ofrecía en Managua, en mi ignorancia creía que no requería nada de matemáticas y con la reciente creación del Banco Central de Nicaragua, se observaba un campo interesante para iniciar una carrera.  De esta forma, cuando en el pueblo seguían preguntándome qué estudiaría, respondía: -Economía, ante lo cual, algunos emitían un Oooooooohhhh, al estilo Capulina y otros más conocedores me animaban a buscar como tutor a Don Juan Mercado, una persona famosa en el pueblo por su avaricia a tal grado que después de leer La Prensa iba a la pulpería a cambiarla por un huevo.  En estos dorados tiempos creo que nadie daría un huevo por el periódico.

Así fue que a inicios de 1967 me presenté a la Facultad de Economía de la UNAN y después de un examen de admisión que aprobé sin problema, me matriculé en la carrera y cuando conocí el programa de estudios me di cuenta que comprendía cinco semestres de matemáticas.  Huelga decir que caí como Condorito: ¡Flop!.  Pero como decía Anita Ekberg: -Al hecho, pecho, así que cursé la carrera, graduándome, sin excelencia pero con dignidad, recibiendo mi título de manos del Rector Magnífico Dr. Carlos Tünnermann  Bernheim.   En el año 1973 inicié mi carrera profesional en el Banco Nacional de Nicaragua y por cuarenta años la he ejercido en campos que tal vez están más orientados a la administración, pero que al fin y al cabo son dos disciplinas que no pueden separarse por completo.  Los últimos dieciocho años los he trabajado en el sector educativo, lo cual le da un sentido un tanto gratificante a la labor que desempeño, aunque la misma está más bien orientada a los aspectos administrativos y no académicos, aunque de vez en cuando introduzco mi cuchara; metiche que es uno.

A pesar de que nunca tuve ninguna vocación de escritor, un día, allá por 2006 se me ocurrió empezar a escribir, cansado de tanto reporte técnico y su aséptico estilo, encontrando en el blog un medio en el cual libremente podía dar rienda suelta a ese entusiasmo que crecía cada día más en mi interior.    Debo de admitir que nunca anteriormente un oficio me había cautivado tanto como escribir.  Cuando me desempeñé en mis diversos cargos, realicé un trabajo altamente satisfactorio, sin embargo, nunca encontré la pasión que encierra para mí el escribir.  Así que me pregunto ahora si esta sería mi verdadera vocación que siempre se mantuvo silente y que brotó espontáneamente.  Sin embargo, no creo que si hubiese sentido ese llamado en mi juventud, el oficio se me hubiese presentado como una alternativa para sobrevivir.

La verdad es que al final de cuentas, tal como dice el gran escritor peruano Julio Ramón Riveyro “arrastro tras de mí los cadáveres de mis vocaciones perdidas”, sin embargo, de cada una de ellas he tomado un poco para sobrevivir.   Echo mano de la medicina para diagnosticar situaciones analizando los síntomas y demás evidencias a fin de buscar el remedio para el problema,  con la ayuda de la farmacología busco los ingredientes exactos que necesito mezclar para lograr un preparado eficaz para determinado problema,  con una gran dosis de creatividad busco el camino correcto para librar una situación y con el orden y disciplina de la economía y la administración logro manejar adecuadamente mis actuaciones.  Siempre está presente la música en todos los momentos de mi vida y al escribir comparto con mis amigos recuerdos, sueños y experiencias, que se han grabado en mi mente como aquellas fotos que tomaba con mi Kodak Brownie Fiesta.

 

 

7 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, farmacias

7 Respuestas a “Mis vocaciones perdidas

  1. Buen post. La verdad es que yo también admiro a esa gente que dice que desde chiquit@s siguen su vocación. / Y que bueno q descrubras ahora q escribir te llena y la sentis como vocación. / Un abrazo.

  2. SANDRA PERALTA MEZA

    Me gusta su escrito y de cierta manera me veo reflejada en ellos. Resulta reconfortante saber que no soy la única persona que pasó por una situación tal y que al final, en las letras y la música ha encontrado un oasis en este desierto extremadamente árido. Soy economista, graduada de la UNAN y con estudios de economía también, en la universidad de Panamá. Un gran saludo.

  3. Gustavo

    Es interesante contrastar los sueños profesionales que yo tenía en Nicaragua al final de los sesenta con los de mis hijos varias décadas más tarde. Recuerdo que mi al terminar la secundaria dije que quería estudiar economía para poder influenciar el desarrollo del país–tal como me habían indoctrinado los jesuitas. Sin embargo, yo decía que quería ser economista sin tener npi de qué era eso. Décadas más tarde me he despertado convencido que mi vocación verdadera era la arquitectura, pero en la Granada de 1968 no había nadie que me ayudara a encontrar mi vocación y defenderla.

    Para mi familia en ese tiempo una profesión era un medio de ganarse la vida; la vocación era para los ratos libres. Terminé estudiando agronomía en El Zamorano, seguido de postgrados en economía agrícola y econometría. Ahora trabajo en economía de la educación, pensando que si los jesuitas o mi abuela hubieran reconocido mi vocación ahora sería arquitecto. Mis hijos, en cambio, estudiaron lo que les dio la gana y sin miedo a cambiar de oficio. Ahora que son profesionales a lo mejor son igual de felices que yo con mi profesión de conveniencia, pero siento que me hubiera gustado haber tenido la misma oportunidad que ellos y perseguir mi vocación.

    Gracias, Orlando, por tu escrito. Me gusta saber que la vaina no era yo; que la vaina era el momento en que vivíamos.

  4. “Para mi familia en ese tiempo una profesión era un medio de ganarse la vida; la vocación era para los ratos libres.” Considero que esta expresión de Gustavo ha pesado mucho – y aún pesa-en el panorama nacional, desde luego, en mi vida. Escribir, como en tu caso, es una vocación de entrega. Tus escritos tienen una función social. Saludos

  5. A. L. Matus

    Lo importante es trabajar en lo que a uno le gusta. En la medida en que lo que hacemos se convierte en pasión, es que nos acercamos a nuestra verdadera vocación. Interesante artículo profesor.

  6. pedro ivan

    Siga escribiendo amigo, lo hace muy bien!!

  7. Oswaldo Ortega Reyes

    No había mucho para escoger en aquellos tiempos, la educación no era precisamente una de las prioridades del gobierno y las universidades carecían de visión de futuro o un plan coherente y como resultado había un alto número de estudiantes matriculados en las facultades de Psicología y Humanidades en un país donde a un maestro de educación primaria se le pagaba mal y con retardo.
    La verdadera vocación creo que aparece cuando uno ya tiene mucho camino recorrido nunca a los 17 años después de una sesión de orientación vocacional a cargo de una psicóloga contratada por el colegio y pagada por los padres de familia que en menos de 45 minutos decide que tienes aptitudes únicamente para estudiar “idiomas”.
    Muy bueno el tema que escogiste para este artículo, hoy como ayer es muy duro ganarse la vida pero me imagino que si no estás en lo que te gusta vas a sentir como Armando Manzanero que la semana tiene más de 7 dias y no habrá cifra en el cheque te te saque una sonrisa al recibirlo.

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