El gran canal

Lluvia.  Foto tomada de www.ifondos.net

Recuerdo que tendría unos cinco años cuando comencé a percatarme de las estaciones del año, bueno, en mi pueblo sólo habían dos, verano cuando no llovía e invierno cuando sí.  En especial tengo recuerdos vagos del mes de mayo, cuando algunas tardes empezaban a nublarse, cada vez más oscuro, anunciando que la temporada de lluvias se acercaba y era entonces cuando mi abuelo comenzaba a hablar del canal.

Resulta que al igual que muchas casas antiguas, la casa de mis abuelos, que técnicamente no era de ellos pues alquilaban a una familia Tiffer, tenía una gran pila o aljibe como le llaman en otros lados, para suplir de agua a los requerimientos de la casa como el baño, lavado y otros menesteres, a excepción del  agua de beber.  Era una pila enorme, pues tendría unos quince metros de diámetro, con un borde de piedra de un metro de alto y casi otro de ancho.  La pila se alimentaba del agua de lluvia y como la que caía directamente a la misma era insuficiente, había que recolectar la que caía de los tejados de la casa y para ello había una serie de canales que situados en la terminación del alero del techo recolectaba el agua que se resbalaba de las tejas de barro y después de un considerable recorrido llegaba hasta la pila, en donde la misma tenía un agujero para dejar pasar toda el agua recolectada.

Así pues, los primeros aguaceros eran cruciales para comprobar si el sistema funcionaba bien, después de los preparativos y ajustes realizados en los últimos días del verano.  En aquellos tiempos, los aguaceros eran descomunales a tal grado que, aunque usted no lo crea, caían sapos y peces que según algunos venían desde la costa del Pacífico.  Parecía que el cielo se iba a caer y sería la edad, pero cada trueno daba a entender que el cielo se había roto y toda el agua arriba encerrada caería estrepitosamente en nuestras cabezas.  Mi abuelo no hablaba de la tormenta, sino que se limitaba a repetir la palabra canal en cada frase de su conversación.    Cuando la  lluvia terminaba, salía al patio a realizar una concienzuda inspección para ver el funcionamiento del canal y el nivel que había aumentado la pila con la torrencial lluvia.  En cierta ocasión cayó un tremendo aguacero que parecía no terminar y de pronto todas las mujeres en la casa empezaron a correr de arriba abajo proveyéndose de escobas para empezar a sacar el agua que como un torrente se había desbordado del patio al interior de la casa.  Mi abuelo y mi padre no podían portar una escoba, pues en aquella época era una herejía, así que se dedicaron a poner a resguardo el material susceptible a echarse a perder como era el papel de envolver que estaba en una esquina casi al ras del suelo.  Al día siguiente, cuando mi abuelo salió al patio a realizar una inspección se dio cuenta que la mayor parte del canal había sucumbido al peso de la cantidad de lluvia que había caído y se encontraba prácticamente inservible.  De inmediato buscó a los especialistas para repararlo y desde entonces empezó a darle forma a un ambicioso proyecto, un super canal que pudiera resistir cualquier tormenta y con una capacidad que recolectara de manera eficiente la mayor cantidad de agua, de tal forma que las reservas de agua cubrieran la totalidad de la pila.  Mientras le daba forma a su proyecto, también trabajó en paralelo un sistema que apegándose a la modernidad de los tiempos terminara con la cruel tarea de sacar el agua con un balde y una soga y así fue que cierto día se apareció con una bomba hidráulica manual y llamó a don Alberto Campos, experto en ese campo para que la instalara, así pues llegó el momento en que mediante movimientos vigorosos del mango de la bomba se subía el agua a dos enormes barriles en donde se iba almacenando el agua y que por la presión llegaba a través de una tubería al baño y a la cocina de la casa.

El funcionamiento del nuevo sistema entusiasmó más a mi abuelo quien siguió soñando con su gran canal que iba creciendo en su mente y que era cuestión de tiempo y un poco de dinero para hacerlo realidad.  Platicaba con sus amigos de su proyecto y como el pueblo estaba lleno de ingenieros, médicos, politólogos, economistas y demás profesiones, tal vez no egresados una escuela, pero formados en la universidad de la vida, cada quien daba sus valiosos aportes al proyecto, algunos con los pies en el suelo, otros a nivel de sueño guajiro y otros a nivel de intoxicación de THC.

Fue a inicios de 1960, todavía en verano, cuando mi abuelo anunció que antes del invierno estaría funcionando el gran canal.  Ya había cotizado en las ferreterías de Managua el material necesario y ya había hablado con los especialistas locales que lo harían realidad.  Por fin, su sueño de tantos años se convertiría en algo concreto.  Pero como decía la introducción de El Fugitivo, “en la oscuridad, el destino mueve sus hilos”, el domingo 28 de febrero, mi abuela sufrió un derrame cerebral fulminante, mientras mi abuelo, atónito, se quedó inmóvil.  A partir de ese momento, parecía que su misión en la vida se limitaría a empezar a morir.  No volvió a hablar ni del gran canal, ni de la preparación de la esencia de vainilla, ni del Bay Rum, mucho menos de la brillantina, simplemente se abandonó y diecinueve meses después falleció.    En cierta ocasión cuando ya su enfermedad, más del alma que del cuerpo, estaba minando su ser, se me ocurrió preguntarle, más que nada para hacerle plática: -Abuelo ¿y el gran canal?.  Me volvió a ver, dibujó una media sonrisa y me dijo: -Tu abuela siempre se rió del dichoso canal y luego se le humedecieron los ojos.

Cuando enterraron a mi abuelo el pueblo entero se volcó a la calle a ver pasar el cortejo fúnebre, pues era todo un acontecimiento ver el coche churrigueresco que portaba el ataúd del mismo estilo, sello de la Funeraria Reñasco de Masaya, halado por un blanco corcel que se parecía a Silver (Plata) el caballo del Llanero Solitario, sólo que con un ligero toque de anorexia y en especial, al cochero, que con una especie de frac y un sombrero de copa, era un anticipo del Oddjob de Goldfinger.    Muchos de los asesores de mi abuelo se han de haber imaginado que detrás del coche iba a ser enterrado el proyecto del gran canal.

En efecto, después de la muerte de mi abuelo, su farmacia cayó en picada.  Mi padre estaba dedicado a su profesión en el Hospital Bautista y para la tía Leticia era un peso demasiado grande.  El antiguo canal se fue cayendo poco a poco, además que con la introducción del sistema de agua potable en cada casa llevada a cabo por el régimen dictatorial de Somoza a través de Denacal, ya no era necesaria el agua de lluvia.  Con el tiempo la situación fue insostenible y coincidió que el Dr. Guillermo Ortega compró el inmueble de los Tiffer y ofreció comprar lo poco que quedaba de la farmacia.  Así fue que en el ala este se construyó una nueva edificación para la farmacia y en el ala norte, el Doctor Ortega construyó su casa de habitación para lo cual hubo que destruir y tapar lo que fue la pila.  Años más tarde, de una manera vil le piñatearon esa casa.

Ahora, más de medio siglo después, cada vez que veo encapotarse el cielo, con esos negros nubarrones que parecieran anunciar al diluvio universal, me acuerdo irremediablemente de mi abuelo y el  gran canal.  Reflexiono además sobre sus últimos meses de vida y trato de comprender lo que significó la muerte de mi abuela para él y como se ha de haber reprochado el haber dedicado sus últimos años a su sueño y no haber disfrutado por eso, un tiempo en aquel presente con ella.

7 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia

7 Respuestas a “El gran canal

  1. Edwing Salvatore Obando

    Simplemente bello y excelente alegoría con el gol que nos dejamos meter

  2. Me encanto recorder la botica y en especial la pila, a la cual siempre le tuve terror, pues mi tia Leticia siempre me prohibio asomarme, y menos caminar por la orilla, como despues hacia Ovidio, sin que nadie se diera cuenta , que tiempos aquellos.

  3. Chepeleon Arguello U

    Mi querido Orlando, tu escrito me trajo recuerdos propios, me identifico con el, ya que me tocó vivir en la casa de los abuelos los Urtecho, en la ciudad de Rivas, una casona con más de cien años de historia, donde existía una pila con igual uso y razón de existir, aunque ellos la conocen como “noria”, el significado no conlleva la descripción. Tus escritos son pinceladas históricas, que reviven lo casi olvidado, y se aprecia. Mientras compartís recuerdos íntimos familiares, nos describís la época, con lujo de detalles, que permite que el lector se apodere de la trama y disfrute tu escrito.
    Recuerdo a mediados de los sesenta, en la justa esquina donde el Doctor Ortega, construyo su residencia, los Chugenes, (no sé cómo se escribe el apellido de ellos, disculpas) tuvieron su restaurante en la mera esquina, antes que se construyera el local frente al parque y creo recordar, que la aguadora (ENACAL), estuvo en ese sitio… o quizás confundo lugares. Gracias mi estimado amigo por compartirlo.

  4. A. L. Matus

    En todos los pueblos y barrios de las grandes ciudades, hay individuos que de la manera más tranquila recetan ante una enfermedad, recomiendan estructuras en las construcciones, diseñan estrategias jurídicas y hasta se atreven a realizar psicoanálisis de sus paisanos y todo sin haber entrado a un aula. Muy bonito escrito sobre un tema, que como dice Edwing pareciera alegórico.

    • ortegareyes

      Gracias por sus amables comentarios. Me imagino que Merceditas debe recordar perfectamente lo que representaba esa pila para la casa y en especial para mi abuelo. Estimado Chepeleón. El Dr. Ortega adquirió la casa de los Tiffer que ocupó la farmacia de mi abuelo y la siguiente casa hacia el norte que en efecto ocupo el Restaurante Chugen de Eugenio Uriarte y antes de él la ocupó el Salón Rosado de Don Enrique Vivas. El Dr. Ortega ocupó el ala oeste del segundo inmueble para construir su casa y la esquina, en donde Augusto Uriarte, hermano de Chugén, tuvo unos billares, quedó igual y ahora Paco Ortega tiene una tienda en dicha esquina. La casa del Dr. Ortega ha ido de mano en mano como la carreta en León.

  5. Me emociona esta historia, especialmente por el fallecimiento de tu abuela y el posterior de tu abuelo. En parejas así, y si se pudiera programar, deberían fallecer en el orden inverso. Los hijos y los nietos suelen ser el refugio y consuelo de las abuelas viudas.

    Saludos.

  6. Marcos Antonio Sandoval Brenes

    Como siempre quedo impresionado con las acuarelas y recuerdos del tiempo del hilo azul cuando alzaba aquellos fardos de guayaba……..

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