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Cuando estudiaba la primaria en el Instituto Pedagógico de Diriamba, una de las materias más fascinantes que recibía era la Historia Sagrada, que relataba de una forma amena las peripecias del pueblo judío.  La editorial G.M Bruño, propiedad de los ínclitos hijos de La Salle, proporcionaba los libros de texto en donde se plasmaban extractos de los pasajes relevantes de la Biblia adaptados para niños y con vistosas ilustraciones.

Desde luego que una de las historias más gustadas era la de David y Goliat, pues estaba llena de valentía, osadía y determinación y cada quien se imaginaba al gigante filisteo caer como una pera madura al recibir una pedrada de parte del pequeño David, quien permanecía impasible con una honda, imaginándose muchos una resortera y en estos dorados tiempos muchos visualizarán al pastorcito judío en una motocicleta.

Esta historia cobraba vida cuando el patio del Colegio se inundaba de un ruido de tambores y flautas que anunciaban una de las danzas típicas más famosas de Diriamba: David y Goliat.  Me imagino que por los diálogos irrespetuosos del Güegüence hacia el Gobernador Tastuanes, los reverendos hermanos no permitían el acceso del Macho Ratón.   Entre bailes se desarrollaban ciertos diálogos que recreaban la historia de David y Goliat, sin embargo por el ruido de la música y por las máscaras que portaban los artistas, no se entendía bien lo que decían, a excepción de ciertos hijueputazos que lanzaban a diestra y siniestra.  David representado por un muchacho bastante joven y pequeño se enfrentaba a un Goliat que no podía alcanzar las dimensiones narradas en la Biblia pues se tenía que echar mano del menos chaparro de la compañía y sólo se distinguía por una mancha de sangre entre ceja y ceja, como víctima de las novelas de Don Marcial Lafuente Estefanía.

Desde luego que la historia de David terminaba con Goliat y no llegamos a conocer al Rey David, aquel que le cantaba Las Mañanitas a las muchachas bonitas y la manera en que se adueñó de Betsabé, ingresando a su esposo Urías al servicio militar obligatorio y movilizándolo a combate en donde el pobre colgó las sandalias.

Otra de las historias que me gustaban sobremanera era la del maná, pues me parecía algo mágico que todos los días, religiosamente, a excepción de los sábados y por espacio de cuarenta años que pasaron los judíos en el desierto, Yavé les enviaba el maná que les servía de alimento.  Por supuesto los ilustradores de G.M. Bruño no tenían ni la más remota idea de cómo era el maná y lo representaban como unas láminas que simulaban alguna deliciosa golosina.  A simple vista se miraba tan sabroso a tal punto que uno se imaginaba que los judíos no se aburrieron de ingerirlo por espacio de cuarenta años.

En ese tiempo, a medida que iba creciendo y con la magia de la lectura, iba descubriendo todo un nuevo mundo en la botica de mi abuelo, pues ya podía mirar encima de los mostradores y leer las etiquetas de los productos que ahí se manejaban.

Me llegó a intrigar una caja metálica, como de hojalata que era del tamaño de la tercera parte de una caja de zapatos, dorada brillante que se manejaba en el mostrador central de la botica.  Un día que logré alcanzarla y al ver la parte superior me di cuenta que era lo que contenía: Maná.  Abajo tenía consignado el origen: Palermo, Sicilia, Italia.  De alguna forma me imaginé que si venía de Italia, el Papa debía estar involucrado, así que me quedé con la sensación de que el abuelo era tan gran comerciante que incluso ofrecía el maná celestial a sus clientes sanmarqueños.

Un día decidí que debía probar el maná para sentir el placer que experimentaba el pueblo judío cuando en aquellos cuarenta años disfrutó de aquel manjar enviado por Yavé.  Así que aproveché uno de esos momentos en que la botica se quedaba un tanto solitaria para tomar la reluciente caja, abrirla, apartar un papel parafinado y encontrar una especie de borona de queso de un color amarillento.  Tomé una porción y la degusté.  Su sabor no era el del exquisito manjar que me imaginaba, sino algo entre dulcete y salobre, nada del otro mundo.  Así que me quedé desilusionado del mágico maná.

Al día siguiente me comenzó una diarrea que me duró dos días.  No quise comentarlo con nadie para no recibir el castigo que se me impondría por haber osado probar algo de la botica, lo cual teníamos terminantemente prohibido.  Lo único que pensaba era en que comer tanto maná fue la razón por la que los judíos habían tardado tanto tiempo en el desierto.

Años más tarde, me di cuenta que el maná de la botica del abuelo era muy diferente al maná de la Historia Sagrada.   Este maná es una resina que se obtiene del Fresno (Fraxinus ornus). Al realizar cortes sobre este árbol, se produce una exudación que cuando se seca se recolecta y se empaca para fines farmacéuticos.  El principal productor del maná es Sicilia y se utiliza básicamente como un laxante suave, que además tiene un sabor agradable, a diferencia del aceite de ricino.

Después del episodio del maná en la botica del abuelo, la Historia Sagrada dejó de tener el encanto que tenía.  Cuando miraba el episodio de Jonás en el vientre del pez, se me hacía poca cosa comparado con Pinocho en el vientre de la ballena. Me ilusionaba más Sherezada que la historia de Judith y Holofernes y las aventuras de Buck Rogers se me hacían más emocionantes que Elías arrebatado al cielo en un carro de fuego.

Nunca volví a encontrar el maná de Palermo.  De vez en cuando voy a alguna farmacia pregunto si tienen maná y me refieren a su pirata de cabecera quien diligentemente me ofrece el álbum Amar es combatir de Maná, con el éxito Labios compartidos.  Nada que ver.

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