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Luces de Nueva York

Las tibias noches de verano eran motivo para que familias, parejas de novios o amigos, salieran a pasear por el parque de San Marcos y de vez en cuando disfrutar de un refresco en los pocos cafetines que había en el pueblo.  Era una de esas noches, allá por el año de 1958, el Salón Rosado de don Enrique Vivas tenía una nutrida concurrencia y mientras la roconola amenizaba con los éxitos de la época, los parroquianos disfrutaban de un refresco natural, una gaseosa o una cerveza, en un ambiente tranquilo o como decían en aquella época, familiar.

En una de las mesas cerca de la roconola, una pareja departía cordialmente, el muchacho tímidamente le tomaba la mano a la muchacha que parecía ser bastante mayor que él.  Mientras apuraban sus respectivas bebidas, conversaban sobre las nimiedades que acostumbran las parejas de enamorados.  De pronto, por la puerta del Salón entró un hombre que se detuvo en el umbral de la puerta, observó a los presentes en el lugar y después de verificar que la muchacha se encontraba en una de las mesas, se dirigió al interior del local.

La muchacha al verlo se puso blanca como papel y de repente sintió que la chicha se le subía a la garganta.  Cabe aclarar que ella disfrutaba de un vaso de chicha de maíz y su acompañante una cerveza.  Luego sin despegarle la mirada a la muchacha, el hombre se dirigió directamente hasta la roconola, sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos que introdujo en el aparato, pulsó dos teclas y cuando vio que el selector se movía para poner el disco escogido, sin dejar de mirarla fijamente, buscó la salida y se perdió en la noche.  De pronto las trompetas de la Sonora Matancera inundaron el local con su característico timbre y su clásico ritmo, sin embargo, cuando se escucharon las primeras estrofas de la canción, la joven sintió morirse, del blanco pálido pasó al rojo casi morado.  Fue en un cabaret, donde te encontré, bailando, vendiendo tu amor, al mejor postor, soñando….

El muchacho que a pesar de las cervezas tenía lo oreja fría, se desconcertó al mirar a su acompañante a punto de dar el barquinazo y decidió que lo mejor era llevar a la joven a su casa; pagó la cuenta, ayudó a su pareja a alcanzar la salida, la sentó en barra delantera de su bicicleta y comenzó a pedalear en medio de la penumbra de las calles del pueblo, mientras en el Salón se escuchaba todavía el coro de la Sonora: Adiós, cabaretera, adiós, adiós.  La concurrencia inmersa en sus propios asuntos no puso mucho cuidado a lo que pasó, sin embargo, en una mesa, una señora, alerta como un lince, no había despegado los ojos de todo lo ocurrido desde que entro el hombre aquel.

La mañana siguiente, Radio Bemba, como dicen en Cuba, se encargó de diseminar la noticia en todo el pueblo, antes del mediodía ya se conocían los pormenores del asunto y para esa noche, en el hit parade de todas las roconolas de San Marcos, la Sonora Matancera colocaba en primer lugar su tema: Luces de Nueva York.

Vivía aún su época de oro la Sonora Matancera cuando en 1957 grabó el sencillo Luces de Nueva York. El tema es original del trompetista y compositor boricua Roberto “Tito” Mendoza y fue interpretada por el cantante puertorriqueño también, Johnny López. Por alguna razón no funcionó esa asociación, pues la Sonora solamente grabó con López dos temas.  Por otra parte, dichos sencillos no tuvieron el impacto que tuvieron en esa misma época los temas de la Sonora con otros intérpretes como Celio González, Bienvenido Granda, Daniel Santos, Celia Cruz, Nelson Pinedo, Carlos Argentino, Leo Marini o Vicentico Valdez.

La canción Luces de Nueva York tiene un tema sórdido como la mayoría de los éxitos de la Sonora Matancera y trata del despecho que siente el intérprete por la traición sufrida de parte de su ex pareja, una cabaretera a la cual sacó de ese ambiente, le ofreció su amor y que al final  junto con el reclamo le pide que vuelva al lugar de donde salió.  La ambientación del mismo ocurre en la ciudad de Nueva York, justificable tal vez por la nacionalidad del autor, quien en medio del despecho saca la vena poética para expresar:  Allí quemaron tus alas, mariposa equivocada, las luces de Nueva York.  Habría que recordar que la primera película norteamericana totalmente sonora fue precisamente la que llevaba como título Luces de Nueva York del director Bryan Foy.

Años más tarde, la agrupación musical mexicana a quien Jesús Martínez “Palillo” bautizó como la Sonora Santanera, decidió grabar ese mismo tema, habiéndose convertido en un éxito arrollador en ese país.

Para llegar a comprender el motivo por el cual, una versión que para muchos no supera al tema original de la Sonora Matancera, logró cautivar al público mexicano, es menester analizar algunos factores.  En primer lugar habría que considerar lo que representa el cabaret para el mexicano y esto se puede observar claramente en la reiterada aparición del mismo en toda la producción del cine mexicano de mediados del siglo XX, incluyendo las películas de Cantinflas, Tin-Tan, María Antonieta Pons, Tongolele y Ninón Sevilla, que convirtieron al antro en el lugar de culto a la belleza femenina y la exaltación de todas las pasiones y desenfrenos que se desencadenaban alrededor de ella.  Por otra parte, habría que tener en cuenta que el dancing constituye todo un fenómeno cultural en México y por tanto los lugares como el Salón Los Angeles (Quien no conoce Los Angeles no conoce México), el California, el Colonia, el Tropicana, el Bar León y tantos más, tuvieron un significado muy especial en la clase obrera de la capital mexicana y fue ahí precisamente donde la Sonora Santanera logró imponer un estilo propio, con temas que hacían vibrar al público que acudía a los mismos.  Por eso, más de cincuenta años después de fundada la Santanera, el tema Luces de Nueva York continua siendo una de las piezas más solicitadas de la agrupación.

En las últimas semanas, en muchas radiodifusoras de Nicaragua se ha estado trasmitiendo en forma bastante insistente una nueva versión de Luces de Nueva York.  La misma tiene la ventaja de todos los adelantos tecnológicos de la grabación que compensan las limitaciones interpretativas tanto a nivel de cantante como de la propia orquesta.  El tema corresponde al álbum Amar y querer, Un homenaje a las grandes canciones del intérprete mexicano Kalimba Marichal.  Cabe anotar que este novel cantante surge de la fábrica en serie de grupos de Televisa, integrando una de las versiones del grupo La Onda Vaselina.

El álbum supuestamente se comercializa bajo el concepto de las “grandes bandas” bajo la óptica, no de llegar al nivel interpretativo de Glen Miller o Tomy Dorsey, sino de alcanzar una agrupación con más de seis músicos y podría considerarse más bien como un sub productos de uno de los programas de concursos del grupo Televisa.  El tema en cuestión, a pesar de contar con arreglos que pretender llenar la melodía con todos sus recursos, no alcanza el sabor que debe tener la sordidez de un lugar como el de la canción, tal como en su momento logró la versión de la Sonora Matancera.  La interpretación de Kalimba no está mal, sin embargo, maneja unos pick ups que lejos de acercarse a Pérez Prado, se escuchan ridículos y al final de la canción, se enreda en unos lances juangabrielísticos que no van con el tema.

De cualquier manera, ese tema me llevó de regreso a mi niñez, a aquellas noches interminables de música en la roconola del Salón Rosado y a aquellos cuentos a los cuales los niños no teníamos acceso y que solamente parando bien la oreja lográbamos escuchar retazos de esas historias. Nunca supe quiénes fueron los protagonistas de aquel cuento, ni si al final la muchacha logró escapar de su pasado, que tal vez no había transcurrido precisamente en un cabaret, sino en un simple “chelineado”.  Tiempos aquellos en que tan sólo escuchar esa palabra bastaba para ponerle eriza la piel a muchos, pues todavía no habían escuchado cantar a Sally Bowles quien con extrema profundidad y emoción afirmaba: Life is a Cabaret.

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El bigote que cantaba

Bienvenido Granda

Los abuelos paternos tenían un código de conducta muy estricto que no sólo comprendía a los miembros de la familia, sino que en algunos casos se extendía hasta los clientes de su botica, como era el caso de la prohibición de utilizar palabras soeces.  De la misma forma, a pesar del giro de su negocio, nunca vendieron un solo condón.  No obstante se mostraban compasivos, pues no le negaban a nadie la Benzetacil de 2.4 millones de unidades.  

Existía también un código para la música que se podía escuchar en la casa y que incluía una lista negra de artistas o canciones prohibidas, ya sea por el contenido de las letras de las canciones o por lo “vulgar” de los artistas, de acuerdo al criterio muy particular de los abuelos.  Definitivamente que la lista la encabezaba el célebre Bachiller José María Peñaranda, con cierta razón, sin embargo, nunca encontré el motivo del por qué se incluía a la Sonora Matancera, Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, entre otros.  

Pero lo más chistoso era que dichas reglas se disipaban en los confines de la casa, pues no había forma de detener la música que emanaba de la roconola del Salón Rosado, propiedad de Don Enrique Vivas y que colindaba con nuestra habitación.  Así que sin quebrantar ninguna regla, escuchaba durante gran parte del día la música que tanto la familia Vivas como sus clientes, situaban en los primeros lugares de su preferencia y que por mucho tiempo le correspondió al repertorio de La Sonora Matancera.  

Cuando llegaba un nuevo disco, los Vivas se encargaban de estrenarlo, poniéndolo hasta el cansancio, de tal forma que ya al segundo día era posible que nos hubiéramos aprendido la letra de la canción.  Muchas veces cuando aparentemente había calma en el citado Salón, surgía una discusión fuerte entre sus propietarios y para mantener la discreción, una de las muchachas corría a poner la roconola y ahí estaba otro rato de Sonora Matancera.  La fuerza de la costumbre lo iba haciendo a uno adivinar lo que ocurría, ya sea la llegada de un nuevo éxito, la cabanga de un cliente o la discusión familiar.  

Había una situación muy particular cuando cierta señora llegaba de visita a la casa ubicada al frente del Salón Rosado.  Esta señora había tenido cierto problema con otra vecina cercana de ese sector, aparentemente por el marido de la primera y una forma de manifestarle su odio era enviando al hijo de la empleada de la casa al Salón Rosado con ocho chelines, así se conocía a las monedas de veinticinco centavos y que era lo que costaba una pieza en la roconola; con la instrucción de que pulsara ocho veces la F-4, que en dicho aparato correspondía a Señora, con Bienvenido Granda.  A la tercera interpretación de la citada canción, ya todo el mundo sabía que la señora en cuestión estaba de visita y que mientras duraba la misma, casi media hora, la otra vecina tenía que soplarse una y otra vez todos los epítetos que melodiosamente emitía la voz de Bienvenido.   

Nuestra familia vivió en casa de los abuelos cerca de ocho años y que coincidentemente fue durante la época de oro de la Sonora Matancera y en particular de Bienvenido Granda, conocido en el mundo de la farándula como “El bigote que canta”.  En realidad, en esa edad no se marcan predilecciones, simplemente los recuerdos en especial los musicales, se fijan profundamente en la mente y de esta manera muchos éxitos de la Sonora Matancera quedaron íntimamente ligados a los recuerdos de mi infancia, la casa de los abuelos y tantas cosas a su alrededor.  Por eso, tanto la música de Bienvenido Granda, como la de Daniel Santos, Leo Marini, Alberto Beltrán, Celio González, Celia Cruz y otros me transportan inmediatamente a ese maravilloso mundo.  

Allá por 1959 nuestra familia dejó la casa de los abuelos y se trasladó a su nueva casa y las restricciones sobre la música se terminaron.  En nuestro radio Philips nuestra madre nos buscaba los éxitos del momento, y disfrutábamos a Paul Anka, Neil Sedaka, Elvis Presley, Enrique Guzmán y los Teen Tops, César Costa, Angélica María, los Apson, los Ventures, Connie Francis, Franke Avalon, Lloyd Price, Dion, Pat Boone.  A medio día escuchábamos Los Tres Villalobos en la Radio Mundial.  Esta sensación de libertad vino a apartarnos un tanto de la Sonora Matancera y demás éxitos del Salón Rosado.  

A finales de 1979 estando con mi esposa y mis hijos en México, nos trasladamos a la Unidad Tlatelolco, complejo habitacional orgullo de la arquitectura mexicana de los años sesenta.  Inicialmente vivimos en uno de las torres llamadas Tecpan, sobre el propio Paseo de la Reforma Norte.  Muy cerca de ahí, estaba un parque, réplica del famoso Jardín de San Marcos en Aguascalientes, en donde por la mañanas iba a correr y algunas tardes llevaba a pasear a alguno de mis hijos que se mostraban inquietos en el encierro del departamento.   

Una tarde, bajé con mi hijo Orlando al parque y después de jugar un rato nos sentamos en una de las bancas metálicas.  De pronto un señor de edad, bajito, bien abrigado, con espeso bigote se sentó en el otro extremo de la banca.  Saludó protocolariamente con una leve inclinación de su cabeza que le respondí de igual manera, pero mi hijo Orlando quiso darle la mano, por lo que le dije que no molestara al señor.  Al escucharme hablar me dijo que mi acento era centroamericano.  Le dije que veníamos de Nicaragua, y le pregunté si conocía. Me dijo que sí, que había tenido la oportunidad de cantar ahí.  Le pregunté su nombre y me dijo: Bienvenido Granda, para servirle.  Después de reponerme de un profundo:- Gulp, un tanto incrédulo le pregunté que si era el cantante de Angustia, En la orilla del mar, Señora, Por dos caminos…  Me interrumpió diciendo: -Usted recuerda mejor que yo mis canciones, amigo.  Le respondí que en Nicaragua él y la Sonora Matancera eran recordados y queridos.  Empezábamos a conversar cuando una señora con acento cubano se acercó llamándolo:  -Bienve, -Bienve.  -Bueno, me dijo, -me están buscando, fue un gusto conocerle. -El gusto fue mío Don Bienvenido, alcancé a decirle.  

Al regresar al edificio, todavía un poco incrédulo le pregunté a uno de los administradores sobre el señor y me confirmó que en efecto era el famoso cantante de la Sonora que tenía un departamento en el Cuauhtemoc, el primer edificio sobre Reforma.    

Al año siguiente nos trasladamos al Edificio Chihuahua, también en Tlatelolco frente a la Plaza y en algunos viajes al Parque, lo miré fugazmente y nos saludamos.   Luego dejé de verlo y en una ocasión en que andaba trabajando por Veracruz allá a mediados de 1983, escuché en la radio local que había fallecido don Bienvenido.  Debo confesar que sentí cierta tristeza, pues había desaparecido una persona sencilla, sin el menor asomo de esas ínfulas de divo que tienen los artistas de hoy, un gran intérprete que nos dejó tantas canciones, tantos recuerdos, especialmente ligados a una época dorada.  

En mi computadora tengo una carpeta con música de La Sonora Matancera y especialmente de Bienvenido Granda y frecuentemente me escapo hacia aquel mundo mágico de la infancia en donde cada vez hay menos sobrevivientes.  Ya desaparecieron los abuelos, mi padre,  Don Bienvenido y la mayor parte de los integrantes de la Sonora, don Enrique Vivas y su esposa, las tres señoras, la visitante, la visitada y la acusada.  De vez en cuando me encuentro en San Marcos a Beto Calero, ya ronda los sesenta años pero siempre lo recuerdo con su pantalón corto, apresurado, con un puñado chelines dirigiéndose a la roconola del Salón Rosado a pulsar ocho veces la F-4: Señora, con Bienvenido Granda. 

Escuche usted Soñar Contigo con Bienvenido Granda No necesita echar un chelín.

Esta es la canción Señora, escúchela

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