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La marca del zorro

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Las redes sociales locales se encuentran en ebullición a causa de un episodio que viene a resaltar los resabios de un primitivismo que todavía asoma en nuestra sociedad.  Resulta que en un partido de béisbol, en el sur del país; a mitad del encuentro, apareció por una malla del estadio un zorro cola pelada, también conocido como zarigüeya, un marsupial de la familia de los didelphidae, para los que llevan anotaciones.  Pues resulta que de manera graciosa, el animalito en cuestión se paseaba por la malla ante la curiosa mirada de los fanáticos, que del asombro pasaron a la agresión, al lanzarle toda suerte de objetos, tan solo por el vil placer de matar, como diría Juan de Dios Peza.

Total que entre envalentonados y miedosos algunos sujetos trataron de atrapar al animal, hasta con la ayuda de un bate, sin embargo, la sagacidad del marsupial fue mayor y logró escapar hasta que unos barbajanes al fin lo atraparon y sin más ni más, lo mataron, colgándolo de un alambre y enarbolándolo como si fuera un trofeo.

Todo lo anterior está grabado en video, de tal forma que fue subido a las dichosas redes y en poco tiempo se “viralizó”, como está de moda calificar al morbo exacerbado ante determinado hecho.  Muchos se rasgan las vestiduras y otra buena cantidad de ciudadanos exige el castigo correspondiente a los culpables.

De entrada quisiera aclarar que este hecho me parece condenable y no debería ocurrir a estas alturas del partido, cuando nos ufanamos de ser ciudadanos del siglo XXI.  No podemos presumir de nuestra adhesión al estadio de civilización en que se encuentra la mayor parte del planeta, cuando todavía asoma entre nosotros, aunque con gorra, el hombre de las cavernas.

Lo que me llama poderosamente la atención es la falta de proporción en la reacción de muchos cibernautas ante situaciones con diferentes grados de gravedad.

Casi al mismo tiempo, circula también un video captado en la tienda de una gasolinera al norte del país, en el que se observa a un sujeto, que con el mayor desparpajo le suelta un disparo a una mujer en el cuello, después de una aparente discusión entre la pareja, provocándole la muerte.  La Policía ha capturado al hechor, quien ahora sale con el cuento de que fue un accidente.  Habrase visto.

Por otra parte, en la ciudad de Masaya el cuerpo de un bebé sin vida fue encontrado en una bolsa en un basurero.  Este es el segundo bebé que en menos de una semana es encontrado en ese departamento, a los que habría que sumar otro encontrado en las mismas circunstancias en Somoto.

Sería lógico que la reacción de la sociedad, fuese proporcionalmente mayor en los casos anteriores, respecto a la que se desató con el zorro del estadio.  No obstante, pareciera que los integrantes de las redes sociales pierden la perspectiva y no vemos una indignación en el nivel que estos dos últimos casos merecen.  Si con la zarigüeya muchos se rasgaron las vestiduras, con el vil asesinato de la mujer, debían arrancarse hasta el último jirón de la ropa interior y si de manera vehemente se pide un castigo ejemplar para los que mataron al zorro, quienes desecharon a los bebés como basura, merecen  que les receten, al menos, la picota.

Pareciera que el fenómeno de las redes sociales, va empujando a la sociedad a actuar como lo hacían los romanos, que en el circo subían o bajaban su pulgar al tenor del estado de sus amígdalas.  No es posible que una sociedad se indigne al mismo nivel cuando maltratan a un caballo de tiro, que cuando una familia inocente es masacrada por la ineptitud de un comando de “élite” en un fallido operativo.  No se nos puede llenar el corazón con la misma intensidad cuando una mujer envuelta en una toalla exclama que se siente dichosa, que cuando un estudiante nica gana una medalla de bronce en la olimpiada internacional de matemática.

Las redes sociales son un valioso instrumento al servicio de la sociedad, para que pueda expresarse con libertad, pero también con responsabilidad, para que pueda informarse oportunamente, pero sin demasiada candidez, para que pueda reaccionar ante los sucesos que ocurren a su alrededor, pero de manera ponderada, guardando proporciones.  Agregaría yo, con buena ortografía, pero sería mucho pedir.  Los tiempos que corren demandan ciudadanos con criterio, que puedan distinguir entre lo cierto y lo falso, que no se dejen engañar y que junten sus voces para provocar cambios positivos en su entorno.  No hay que caer en la trampa de aquellos que ponen la foto de un fajo de dólares y que ofrecen mucho dinero si la comparten o siete años de mala suerte si no lo hacen o bien, dejarse presionar para poner “amen” ante la foto de un niño deformado.

Un experto en redes sociales acuñó una frase que vale la pena someterla a reflexión: “En el pasado eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

Nota:  La foto es de Jairo Cajina.

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La dicha es mucha en la ducha

Virus. Imagen tomada de Internet

 

En los últimos años ha circulado en internet una cita atribuida a Albert Einstein: “Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas”.  Lo extraño del caso es que de acuerdo con  biógrafos serios del gran físico, nunca dijo tal frase.  Fue en la película de los años noventa: “Powder”, que uno de los protagonistas “citó” a Einstein, adjudicándole dicha frase y así se quedó y el internet lo reafirma casi a diario.

Independientemente de quién la haya dicho, la frase no deja de tener cierto sentido premonitorio.  Lo que sería tal vez un tanto aventurado, es tratar de ubicarnos en qué punto nos encontramos en esa vertiginosa carrera de la tecnología respecto a nuestra humanidad, de tal forma que podamos adivinar qué tan cerca estamos de enfrentarnos a toda una generación de idiotas.  Lo que sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que ya hay muchos.

No cabe duda que los avances en la tecnología, especialmente en el campo de la comunicación son de los aspectos que más están influyendo en la masificación de la idiotez universal.   A pesar de todas las ventajas que nos ofrecen estos adelantos, poniendo a nuestro alcance el todo conocimiento del mundo, tan sólo a un clic de distancia, la tarea de saber distinguir entre el conocimiento enriquecedor y toda la basura que flota a su alrededor, pareciera una misión imposible.

Las redes sociales que supuestamente tendrían el papel de desarrollar comunidades en donde se promovería la comunicación, la tolerancia y la solidaridad, poco a poco se han convertido en la causa de la pérdida de la verdadera convivencia social.  El botón de la muestra de los excesos en que se puede caer en esto de las redes sociales son los llamados videos virales.

Era de esperarse que algún video que se compartiera en las redes sociales le gustara a un mayor número de usuarios y que en algunos casos, gustara tanto que se llegara a números record de visualizaciones.   En un mundo ideal, se volverían virales los videos tomados por la Estación Espacial Internacional, por el telescopio ALMA o el microscopio de una reconocida universidad, un video de Carl Sagan, una recreación del Coliseo de Roma o sin ponernos exigentes, el de las mejores marcas de una Olimpiada o de un osado surfista cabalgando en una gigantesca ola, una buena receta de cocina, en fin, la lista sería muy amplia.  No obstante, se han vuelto virales una lista interminable de videos con contenidos por demás vacíos, como el reportado como el primero de la red, Numa Numa, el play back de una canción rumana, realizado por Gary Brolsma en 2004, así como accidentes de tránsito, fails o caídas estrepitosas de gente común, un bebé que muerde el dedo a su hermano, un panda estornudando y una lista interminable de dislates, de acuerdo al humor del momento de los internautas o bien de algún travieso webmaster.

En Nicaragua, la tierra de los Galaxy S 6 que emiten el mensaje: “Llamame que no tengo saldo”, de vez en cuando algún video local se vuelve “viral”, guardando siempre las dimensiones del caso.  Ejemplo de esto es el video de un sujeto que quería comprar marihuana y le vendieron estiércol seco de caballo y expresa su tremenda desilusión ante el robo del que fue víctima; “Me siento robado” exclama como corolario del desaguisado.  Otro video local que se volvió viral fue el de una docente que fue grabada cuando le daba un querque a un niño, “sobada” en comparación con los que recibíamos cuando éramos niños, pero que se compartió exponencialmente mientras la muchedumbre clamaba ante los miembros del Sanedrín: ¡Crucifíquenle!

Cuando ya creíamos haber visto todo, la semana pasada resultó que un noticiero local acudió a cubrir una historia que prometía ser de interés para la audiencia, pues podía cambiar el rumbo del país.  Se trataba de una riña entre dos borrachos en el barrio Monseñor Lezcano, en el occidente de Managua.   Para tratar de darle profundidad a la historia, el avezado reportero, con el Pulitzer en su mente, decidió captar las impresiones de algún testigo y encontró a una ciudadana, que siendo ya de noche, apareció envuelta en una toalla de baño (reflauta), ante lo cual, el reportero, con una agudeza digna de Oriana Fallaci, la entrevista y logra que ella admita que la pelea fue por ella.  Es más, el reportero le lanza el anzuelo de que ella es la manzana de la discordia y con cierto rubor ella lo admite, luego con un deje de inocencia aprendido de Jaime Bayly el reportero le pregunta cómo se siente, ante lo cual, ella con la expresión de felicidad de quien gana un certamen internacional exclama con un tono de voz como el de Norma Jean Mortenson, después del Happy Birthday Mr. President:  ¡Me siento dichosa!  Entonces, la magia funciona y en medio de la vacua nimiedad, el video se vuelve viral.  Habrase visto.  El video logra opacar todas las noticias a nivel mundial y mientras la pobre Dilma Rousseff se desgalilla exclamando: ¡Me siento traicionada! su voz es silenciada por la de nuestra conciudadana quien no cesa de exclamar a los cuatro vientos que se siente dichosa.

Pero el cuento no para ahí.  Bueno hubiera sido.  El caso es que los tremendos calores que sufre el país, no solo provocan una sed de camellos, sino que hay una sed de tener celebrities, entonces vemos que las redes sociales siguen con la dichosa ciudadana de la toalla.  Ahora en otro video aparece ya bañada, con un peinado y maquillaje provisto por un coiffeur que imita uno de esos programas de Home and Health TV y en donde trata de lanzar una cortina de humo sobre la historia del pleito de los dos borrachos de Monseñor Lezcano.  Ahora, ya convertida en celebrity reclama sus derechos de autor sobre la ahora famosa frase, que ya ha sido impresa en gorras, no importa que antes que ella, millones de mujeres la hayan dicho en algún momento de sus vidas.  Las redes sociales ahora ya no resaltan como la manzana de la discordia de un pleito de borrachos, sino como a una valiente mujer con espíritu guerrero, una madre soltera que tiene que sobrevivir en un mundo adverso, situación que igual viven decenas de miles de mujeres en este país.  De esta forma, todo programa de televisión local que se respeta, ha debido incluir un reportaje o entrevista con la dichosa chica de la toalla, quien ya cuenta con ofertas para la producción de comerciales de una que otra empresa local.

Es normal que la sociedad esté harta de las celebridades locales, puros sapos y culebras, pero hay tela de donde cortar.  Recientemente, nos llegó sin mucha alharaca una noticia de que alumnos de un par de colegios de Managua, con el apoyo de una madre de familia, desarrollaron una aplicación de software llamada Mission Moon, que concursa en un certamen de la NASA con buenos augurios.  También recibimos la noticia de que una pequeña empresaria fabricante de rosquillas de Somoto, Madriz, recibió el premio International Star for Leadership in Quality, ISLQ, en Francia.  A fines del año pasado, un joven nicaragüense fue galardonado como el mejor alumno de maestría y licenciaturas en economía de la Universidad de Göttingen en Alemania.  Hay atletas nicaragüenses que compiten a nivel internacional fuera del país.  Así pues, ¿qué tipo de personalidades debemos resaltar en los medios de comunicación y las redes sociales si deseamos que las nuevas generaciones tengan ejemplos que lleguen a inspirarlos?

Lo bueno con todo esto de lo viral, es que al igual que esos virus que pululan en el aire, tienen un período corto de incidencia y en poco tiempo llegan a desaparecer de la memoria colectiva.  Así pues, la dichosa, debe aprovechar lo que la fugaz fama le otorgará y prepararse para que en un corto tiempo, otro video viral la venga a borrar de las redes.  Al fin y al cabo, si ser el motivo de un pleito de borrachos la hace dichosa, todo lo que venga después, también; pues como dijo Baudelaire: Pour connaitre le bonheur, il fait avoir le courage de l´avaler (Para conocer la dicha hay que tener el valor de tragársela) (la dicha).

 

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Todos somos fotógrafos

Camara Miranda. Foto Orlando Ortega Reyes

 

Me aficioné a la fotografía cuando tenía siete u ocho años.  En esa ocasión, mi padre, que era muy afecto a regalarme juguetes muy sencillos, me regaló una cámara fotográfica Kodak Brownie Fiesta, modelo “Chiquita” (como los bananos) que era la versión más simple de la línea de Kodak; casi un juguete pero que sacaba fotos reales.  La cámara captó todo mi interés y en las condiciones de aquella época, era obligado que la curva de aprendizaje fuera muy empinada (90% aprox.), pues había un costo monetario implícito.  El rollo de película de 12 tomas en Kodak Verichrome Pan 127, blanco y negro, era el más barato, costando cerca de 75 centavos dólar el rollo y su revelado estaba en el mismo precio, presupuesto que para un niño se presentaba elevado, pues una gaseosa costaba 7 centavos dólar, de tal manera que había que poner todo el empeño para que el rollo se aprovechara al máximo con buenas fotos y con la conciencia de que se trataba de un ejercicio no tan frecuente.  Sin tener la menor noción del arte fotográfico, lo que hice fue tener un poco de paciencia y dejarme llevar, como Luke Skywalker en su nave hacia la Estrella de la Muerte, por la fuerza, que era aquel llamado interior de cuándo apretar el disparador.

Así pues me convertí en fotógrafo a muy temprana edad, básicamente a nivel de fotografía familiar, pues los paisajes o naturaleza muerta en esa época no me llamaban mucho la atención.  Recién iniciaba en mi carrera de fotógrafo cuando logré una instantánea de mi hermano que estaba tan bien lograda que parecía de colección, así que toda la familia se quedó anonadada.  Mi padre llegó a augurar que llegaría a ser un Henri Cartier-Bresson.

En ese tiempo, eran muy pocos quienes en el pueblo tenían esta afición y a nivel profesional solo había dos fotógrafos, Felipe Quant, que se especializaba en fotos de estudio y además, el único con laboratorio propio y Manuel Molina, que se especializaba en eventos.

En 1963 mi padre viajó a Argentina y de regreso, en el puerto libre de Panamá, me compró una cámara que la empresa Kodak acababa de lanzar al mercado, la Instamatic 100, con flash integrado, que era todavía de bulbos, pero que me hizo sentir que estaba en la modernidad.  Esta cámara ya usaba los cartuchos sólidos del 126 y captaba fotografías, aunque no profesionales, sí mejores que la Brownie.   Así pues, seguí acumulando una serie de fotografías de la familia que engrosaron nuestro álbum, de aquellos de páginas negras y que sostenían las fotografías con unas esquineras adheribles.  En esa época, los álbumes eran algo muy íntimo, pues salvo alguna amistad muy cercana, no se compartían con nadie.

En 1965 apareció en un paquín un anuncio de un curso de fotografía de parte de una escuela argentina del tipo Hemphill Schools, que ofrecía las técnicas modernas para dominar el arte de la fotografía.  El costo no era muy elevado, de tal manera que mi padre me regaló un giro por la cantidad requerida y con cierto temor lo envié a la dirección en el país sudamericano.  A las quinientas, un día apareció un paquete a mi nombre y en vez de enviarme los fascículos de cada módulo una vez aprobado el mismo, para no estar gastando tiempo ni dinero en envíos lo mandaron de una sola vez.  Hice a un lado las lecciones de física y de óptica que por más que quería entrarle no se dejaban y me centré en los aspectos básicos del funcionamiento de las cámaras y las técnicas para obtener diferentes efectos.

Para esos tiempos, ya el número de aficionados a la fotografía se había incrementado, al estar al alcance de muchos tanto las cámaras como las películas y su revelado.  Nuevos modelos de cámaras salieron y  apareció el cubo flash, que nos parecía un arte de magia.

Cuando comencé a trabajar, en cierta ocasión una amiga me ofreció en venta su cámara.  No recuerdo la marca, pero era más completa que la Instamatic, tenía flash externo y en las pruebas que me permitió realizar, se notaba una mejor calidad.  Así pues que de esa manera me hice de mi tercera cámara fotográfica.  No obstante, muy pronto me desilusioné de la misma.

A finales de 1973 se impuso de moda del poster.  Era un retrato de tamaño considerable, 20 por 30 pulgadas aproximadamente y montado sobre un bastidor de madera, el cual no necesitaba marco.  Rápidamente un fotógrafo, en ese entonces radicado en Diriamba, Américo González, se convirtió en el gurú del poster.   Decenas de jovencitas y una que otra señora encargaron sus respectivos retratos, que llegaron a adornar muchas de las salas de Carazo y de algunas ciudades del resto de la república.

Quise hacer un ensayo ampliando al máximo una fotografía que había tomado en mi cámara y fue un fiasco.  De tal manera que de pronto ya no me gustaba para nada aquella cámara, aunque era posible que con una cámara profesional, tampoco hubiera obtenido los efectos que con alguna receta secreta le agregaba don Américo.

Cuando en 1975 iba a nacer mi primogénita, sentí que la ocasión ameritaba una buena cámara.  Fui a la Casa Roberto Terán, en la Plaza de Compras, en donde tenían el mejor surtido de cámaras profesionales.  La de mayor renombre era una Pentax, sin embargo, estaba fuera de mi presupuesto, así que me decidí por una cámara japonesa, Miranda Sensorex II, Reflex de 35mm. y que fue uno de los últimos modelos fabricados por esa compañía antes de descontinuar su producción.  Su precio rondaba los US$575.00, así que apliqué a un crédito y de esa manera tuve mi primera cámara profesional. Coincidió esto con la aparición de un servicio de revelado en los Estados Unidos, el Rochester Photo Service, que recibía rollos de película y por un módico precio las revelaba e imprimía las fotos con gran calidad y además enviaban un rollo nuevo gratis.  El correo en aquel entonces era fiable y nunca se perdió nada.

De esta manera fue que no sólo mi primogénita, sino que mis tres hijos tuvieron fotos al por mayor y llegamos a llenar más de una docena de álbumes que para ese tiempo ya eran de un cartón especial recubierto con plástico adherible y que con el tiempo se hacían melcocha o perdían el pegamento.  La calidad de mis fotos, modestia aparte, era de primera.  Siempre me enfoqué a la fotografía familiar y salvo unas contadas excepciones tomé algunos paisajes.

Esa cámara me acompañó gran parte de mi vida, pues no fue sino hasta la aparición del formato digital y la inminente desaparición del rollo de película y los laboratorios de revelado, que decidí cambiarla por una Kodak Easyshare, que era la Instamatic de las digitales, sin embargo, resolvía y permitía apreciar la dulce sensación de la inmediatez, así como el ahorro en rollos y revelado.  Así fue que comencé a integrar mis álbumes digitales.  Por mi formación siempre traté de aprovechar al máximo cada disparo, aunque el dispendio no formaba parte del vocabulario de ese tipo de cámaras.  Con la facilidad de comunicación a través del correo electrónico, compartía con la familia las mejores tomas.

Con la expansión de la oferta de cámaras digitales, en una amplia gama precios, se incrementó considerablemente la cantidad de fotógrafos aficionados, pues aquella tendencia a atesorar los momentos relevantes de la vida de cada persona era cada vez más factible.  Ya no era necesario un amplio conocimiento de la técnica fotográfica, pues todas las cámaras contaban con modo automático que realizaba por sí sola los ajustes pertinentes y otras llegaban al punto de detectar sonrisas para hacer el disparo.  Además, por ese tiempo se amplió el uso del Photoshop, que hacía milagros con las fotografías. Todavía el intercambio de fotografías era reducido y se mantenía en el nivel familiar a través del correo electrónico.

Con la aparición y auge de las redes sociales, el intercambio fotográfico se multiplicó significativamente y en un círculo mucho más amplio, pues ya no sólo la familia participaba en el mismo, sino que también amigos o simplemente conocidos, ávidos de socializar.  Era una experiencia única observar, a través de fotografías, a algunas personas que no se habían visto en muchos años y que vivían en lugares remotos, otros solicitaban fotografías del pueblo donde crecieron o bien presumían de las ciudades en donde residían.

Luego, con la evolución de las redes sociales y la aparición de los teléfonos inteligentes, con cámara integrada y acceso al internet, la cantidad de fotógrafos aficionados creció exponencialmente y dichas redes se vieron inundadas con toda suerte de fotografías, desde las clásicas fotos de familia, hasta todo aquello que llamara la atención del individuo, como alimentos, animales, paisajes, eventos, pues muchos han sacado su vocación periodística y registran desde accidentes hasta fenómenos de la naturaleza, muchos de ellos casi en tiempo real.

No obstante, lo que ha venido a revolucionar la fotografía en el ámbito de las redes sociales ha sido el selfie, término que equivale a una fotografía de autorretrato o autofoto.  En el pasado, muchas cámaras contaban con un autodisparador, que le permitía al fotógrafo ponerlo en marcha, correr hacia el objetivo y sumarse al grupo y de esta manera aparecer con ellos.  En muy pocas ocasiones se utilizaba este dispositivo para realizar fotografías en solitario del fotógrafo.  Sin embargo, alguien descubrió que con la cámara al revés y alargando el brazo a la máxima distancia y en cierto ángulo, se podía obtener una auto fotografía ya fuera sólo o acompañado y si aparecía un pedazo de brazo, se recortaba y punto.  Luego, las cámaras de los celulares se adaptaron al selfie poniendo una cámara adicional al frente que permite ver en la pantalla el objetivo y algunas tienen un sensor para que con un movimiento de la mano se dispare el obturador.  El colmo de estos inventos ha sido el selfie stick es decir el palo para selfies (no confundir con el palo para ser feliz), que permite un mayor ángulo en la toma.  Existe una tendencia errónea de llamar selfie a cualquier fotografía de un grupo tomada con un celular, sin importar quién la tome.  El caso es que de acuerdo a estimaciones de expertos, del nivel de El Firuliche, actualmente circulan en el ciber espacio alrededor de 240 mil millones de selfies.

Esta fiebre que raya en la adicción, ha conllevado, como era de esperarse a toda clase de excesos, pues en ciertos casos se ha dado una exacerbación del narcisismo o bien ciertos sentimientos de inseguridad, soledad o trastornos psicológicos según expresan científicos que han estudiado el fenómeno.  En muchos casos se trata de la propia imagen tal cual, pero produce cierto repelo el observar a personas que se fotografían poniendo la boca como pato supuestamente para parecer más “sepsy”.  Aquí podría caber una jaculatoria.  No obstante, el colmo de los colmos ha sido el sacrificio de algunos animales acuáticos que han sido sacados de su hábitat para incluirlos en el selfie de algún gaznápiro y que ha conllevado a la muerte del animal (el acuático).

Es innegable  que la evolución de la tecnología, así como todo lo que gira alrededor de ella es vertiginosa y no sabemos hasta dónde nos va a llevar.  Qué nuevas formas de comunicarnos y socializar están por venir, es una interrogante que inquieta a muchos.  Lo cierto es que una acción inherente a las aspiraciones del ser humano como es guardar en una imagen cualquier momento que los emociona, de la misma manera que el ojo humano guarda en la memoria dichos momentos, está ahora al alcance de una inmensa mayoría.  La fotografía se ha democratizado y ahora podemos decir: ¡Todos somos fotógrafos!

Por mi parte, todavía me gusta la fotografía, aunque no me dedico tanto a ese menester como en el pasado. Después de varios cambios compré una Sony Cybershot H300 que al final resultó del modelo “Chiquita” (banano) de tal manera que opto por tomar fotos con el celular que tiene una cámara decente de 8 megapixeles y que está siempre a la mano.  Además de las fotos familiares, de vez en cuando tomo alguna foto para ilustrar el blog, aunque en algunas ocasiones recurro a mi cuñada Celeste González, hija de Américo González, quien gustosamente me cede una de sus obras de arte. No soy afecto a los selfies, será porque cuando me veo en la pantalla me parece verme en una cuchara.  No creo que estirando el pico como pato me vea mejor.

Así pues, estimado lector, no dude en documentar su vida a través de fotografías, guarde las que tenga que guardar, comparta las que tiene que compartir y elimine las que tiene que eliminar, después de todo, como dijo Jorge Luis Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

 

 

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