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El club de la nostalgia

Leonardo Fabio

Creo que en ningún punto del planeta, la nostalgia flota en las ondas hertzianas como en Nicaragua; a pesar de que como dicen los rusos, añorar el pasado es correr tras el viento.  Cada país, tiene una que otra emisora que trasmite sólo música del recuerdo y otras que tienen algún programa dedicado a esa evocación melódica del pasado.  Sin embargo, en Nicaragua prolifera la transmisión de esta música, con la particularidad de que se trata de música de los años sesenta y setenta, excluyendo, por tratarse de un fenómeno aparte, los programas dedicados a la Sonora Matancera, que a nivel de culto perduran en varias emisoras. 

Voy en mi vehículo escuchando la radio, prácticamente el único lugar donde la escucho; la voz candente de Shakira me va marcando el ritmo del tráfico, a veces caótico, de la ciudad; buseros que van cambiando de carril casi encima de mí, taxistas que se detienen de improviso ante un leve gesto de un posible pasajero, cafres que van probando mis reflejos, transeúntes que parecen kamikazes sobre el asfalto.  Cuando el solo de trompetas prestadas de Jerry Rivera, anuncian que las caderas de Shakira terminaron de reiterar que no mienten y súbitamente aparecen unos violines en cascada y un lánguido coro que le dan paso a Juan Ramón quien con su otrora potente voz deja oír:  -Se ha puesto el sol ya en mi vida sin ti, no tengo nada si no tengo tu amor…   Por casualidad, en esos momentos transito por una calle de Monseñor Lezcano, pasando la Estatua del tío Antonio hacia Telcor, y la melodía me remonta cuarenta años hacia atrás, allá por 1966.  Mi pericia al volante de repente trastabilla y tengo que observar bien el tablero del vehículo para cerciorarme que no se trata de la camioneta Opel de mi padre, en donde di mis primeros pasos al volante y en donde escuchaba esa melodía.  Mientras tanto Juan Ramón sigue: Aquel pasado tan dichoso que fue, momentos mágicos que nunca olvidé…  El paisaje ante mí, que no ha cambiado en mucho tiempo, parece retenerme en esa época.  De repente no tengo preocupaciones, ni dolencias y me abandono a la melodía, un tanto balada, un tanto tango de la canción.  –Fuiste la luz y tibieza y a mi sueño le diste una cita, con la belleza infinita del amor…  Y así, durante los casi tres minutos que dura la canción, me transporto a una época en donde todo era más fácil, más tranquilo, más llevadero.  De repente, Juan Ramón lanza las notas finales – Se ha puesto el sol, para mi vida sin tu amor y los violines se encargan de dar abruptamente fin a la canción.  En esos momentos ya voy por la Avenida del Ejército y un piano invita a Alejandro Saenz y a David Bisbal a preguntarse mutuamente ¿Y si fuera ella? y una jungla de ventas de repuestos de automotores me regresan al siglo XXI.  Sin embargo, esa pequeña tregua, como decía Benedetti, me oxigena y me da fuerzas para seguir mi camino.  

Me imagino que tanto paisano sumido en un oscuro destino, necesita de vez en cuando, un asomo de felicidad y sentirse transportado a esa época, que a pesar de todo lo que se argumenta, invita a añorarse.  Los radioemisores, muchos de los cuales pertenecen a esta franja coetánea, conocen estas añoranzas del pueblo nicaragüense y salpican su programación con una infinidad de éxitos que nos hicieron vibrar en otro tiempo. 

Por eso no debe extrañarnos que en medio de Maná y Calle 13, de repente aparezca Leonardo Favio interpretando Fuiste mía un verano y aunque fue solamente un verano, nos acompaña tan entusiastamente, que nos imaginamos que todavía es el muchacho aquel que arrasó en el Festival de Viña del Mar, sin sospechar de que está próximo a cumplir los setenta años y ha retomado su carrera de director de cine. 

Y así, tantos intérpretes, muchos de ellos ya fallecidos o sumidos en el más cruel olvido, llegan a nuestro espacio radial y se sientan a conversar con nosotros, como en los viejos tiempos.  Hace unas semanas por ejemplo, volví a escuchar después de más de cuarenta y cinco años, Campana Rota, en la voz de Javier Vega y sin remedio volví a recorrer las tranquilas calles de San Marcos.  Nadie piensa tal vez que aquel prometedor cantante, hermano de la actriz Isela Vega, falleció hace muchos años, al igual que Manolo Muñoz que de vez en cuando nos deleita con la Pera Madura o Polo que vive aún con El último beso. 

Muchas de estas canciones están tan arraigadas en los corazones de muchos nicaragüenses, que a pesar de que todavía se escuchan en de vez en cuando en las ondas etéreas, pueden provocar profundas emociones que arrancarían las lágrimas hasta a un rudo de la lucha libre.  Si no lo cree, en una reunión en donde predominen personas de más de 45 años ponga en el aparato de audio la canción Virgen Negra y verá.  Los Chaynas, conjunto presuntamente peruano, sacó a la luz esta emotiva canción allá por el año 1964 y la colocó en el primer lugar de preferencia de la audiencia nacional.  De acuerdo a una empresa publicitaria que llevaba un registro de las preferencias de la época, todavía en 1975, era la canción más escuchada en la historia de la radio en Nicaragua.  Así que con los primeros arpegios del órgano con que inicia la canción, podrá observar muchos rostros un tanto conmocionados y a pesar de que inmediatamente el conjunto, con una entrada de batería, le imprime un ritmo de porro sudamericano, a nadie se le ocurrirá bailar.  Después de uno que otro pujidito o un quejumbroso -Aayyy, muchos seguirán la canción:  Negras mis penas son, como tu piel morena, fundidas en bronce están, mis amarguras.  Algunos no podrán terminar la línea, pues los embargará la emoción y buscarán un pañuelo,  kleenex o de perdida la servilleta del vaso del trago.  Muchos recordarán la roconola de la esquina de su casa, que repetía la melodía día y noche, hasta que se rayaba el disco o se dañaba la aguja y en menos de lo que cantaba un gallo, el personal de Don Miguel G. Hernández llegaba a cambiar cualquiera de los dos.  Otros recordarán el bálsamo que constituía la canción para sus heridas de amor que lo torturaban, otros caerán en la cuenta de que en ese entonces renegaban del color de su piel y encontraban en Virgen Negra un refugio para digerir su resignación, mientras que otros se acordarán que buscaban incesantemente en la geografía la ubicación del Puerto del Olvido para llorar un gran dolor.   Cuando la canción llegue irremediablemente al momento en que Los Chaynas rematan la canción con el trocito del Ave María, seguido del órgano que súbitamente cambia al estilo iglesiero, tenga lista la botella de licor pues sobrará quien necesite un trago doble para recuperarse. 

Y así como esta canción hay muchas que calan el corazón de los nicas.  Todavía la temporada veraniega arranca con la repetición incansable de Tiritando; en las navidades nunca falta Luis Aguilé con Ven a mi casa esta Navidad o se trae en año nuevo a Toni Camargo con Yo no olvido al año viejo o a Nestor Zevarce con Faltan cinco pa´ las doce.    Todavía en algún cumpleaños invitan a Nelson Ned a cantar Happy Birthday to you my darling o alguien finiquita algún asunto con Murió la flor de Germain La Fuente y los Angeles Negros.  No falta algún acabangado que recurra a Enrique Guzmán con Anoche no dormí o quiera cortarse los pulsos con el fondo musical de la Copa Rota de José Feliciano. 

Recientemente el grupo Los Mokuanes lanzó con buen suceso una serie de álbumes con canciones de ese período y en los cuales lograron recolectar en versiones bastante apegadas a las originales, toda una época de recuerdos.  

A pesar de que los gastados discursos de los políticos nos pinten de color de rosa ciertas épocas de nuestra historia, la realidad es otra, hay una época que se quedó huérfana y que sin embargo muchos nicaragüenses la viven día a día en el recuerdo de su música y no se cansan de volver la vista atrás, aún bajo el riesgo de convertirse en estatuas de sal.   

 

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