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Kadir, el olvidado

Me parece que en aquel entonces, John F. Kennedy ya era presidente de los Estados Unidos y aquí por una fácil deducción, alguno de los Somoza estaba en el poder.  Empezaba a oscurecer, ya había pasado el ángelus, aunque para ser honestos, ya casi nadie lo observaba.  Poco a poco, las personas, con cierta ansiedad se iban acercando al mueble, que a manera de altar, sostenía al aparato de radio, mismo que sintonizaba los 930 kilociclos de la amplitud modulada.  De pronto, una grave voz anunciaba:  “Cadena nicaragüense de radiodifusión, desde Radio Mundial, en Managua” y el sonido de un estridente platillo emanaba del aparato y quedaba resonando en aquellos hogares.  Inmediatamente después, se escuchaban los primeros acordes del primer concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y una vez que llegaban a la parte donde inicia el piano, otra voz, tal vez distinta de la primera, pero igualmente grave exclamaba:  La compañía Colgate Palmolive presenta su novela:  “Kadir el Arabe”.   Y hasta ahí no más.

Por alguna razón, por más que me exprimo el cerebro, el cerebelo y sus alrededores, incluyendo la pituitaria, no logro recordar nada más.  Por pura imaginación creo que en los créditos anunciaban la participación estelar de una de las grandes figuras de la radiodifusión nicaragüense: José Dibb Mc. Connell, quien interpretaba el papel del héroe de la novela: Kadir. No logro recordar si le acompañaban Sofía Montiel, Naraya Céspedes o Marta Cansino y si se mencionaba en la dirección a Julio César Sandoval.

De la trama de aquella novela, tampoco logro traer de la memoria el más mínimo indicio.  Lo único que podría colegir es que no se trataba de ningún yihadista, pues no era hora todavía.  Sospecho que era una trama emocionante, debido a que después de cada capítulo se formaban círculos de debate en los lugares estratégicos del pueblo, en donde cada quien analizaba los entresijos de la trama y los más avezados realizaban las predicciones más descabelladas para el siguiente capítulo, que de igual manera producía una enorme expectación.   Sin embargo, no podría decir dónde se localizaba la acción de aquella novela, mucho menos el detalle de las aventuras de aquel héroe.

Otra incógnita gigantesca es el nombre del autor de aquella novela y por lo tanto su origen, muy al contrario de lo ocurrido con “El derecho de nacer”, que mucha gente todavía recuerda a su autor, el cubano Felix G. Cagnet.  Es muy probable que un una casa ubicada en Loma Verde, al occidente de la capital, por donde está el Supermercado La Colonia Linda Vista, en algún cuarto que es ocupado de bodega, en una arrinconada caja, se encuentre un legajo de hojas de papel, de aquellas que le denominaban aéreo o de cebolla y que se utilizaban para las copias al carbón, en donde en la primera página se puede leer, mecanografiada con una máquina de escribir con mejores ayeres, un título en mayúsculas:  Kadir el Arabe.  Mi imaginación me dice que un poco más abajo, podría leerse Fulvio González Caicedo.  Así pues el guión de aquella famosa radionovela, duerme el sueño de los justos.

La radionovela en Colombia, al igual que en la mayoría de los países latinoamericanos, causó furor en la población.    Originario de Cali, Fulvio González Caicedo, se convirtió en uno de los escritores de radionovelas más prolíficos de Colombia y en ciertas ocasiones llegó a actuar en algunas de ellas.  Este famoso hombre de la radio en Colombia, parece ser el autor del guión de “Kadir el Arabe”, aunque el papel estelar estuvo a cargo del gran actor colombiano de radionovelas, el equivalente a Dibb Mc. Connell, Manuel Pachón.  Es muy probable que se tratase de un guión original, escrito especialmente para radionovela y no se base en alguna novela.  También es probable que González Caicedo se inspirase (vagamente) en una novela de Edith Maude Hull, novelista inglesa, publicada en 1919 con el título de El Arabe (The Sheik) en la cual se basó una famosa película, muda todavía, del mismo nombre, con la participación de Rodolfo Valentino y que posteriormente, de ahí se derivaron varias telenovelas.

Decían los romanos: tempus fugit y a medida que vemos volar al inclemente tiempo, muchos de los que vivieron aquella tremenda época, los integrantes del cuadro dramático de la Radio Mundial, sus propietarios, técnicos y demás colaboradores e incluso los que estaban al otro lado del aparato de radio, poco a poco van mudándose al otro barrio y quienes tienen más suerte, permanecen todavía en este, pero ya con grandes fallas en la tabla de particiones del disco duro o bien, en el peor de los casos, a merced del alemán.  Es por lo tanto una verdadera lástima, que no se hubiese pensado en integrar un archivo nacional sobre la obra radiofónica, que muestre a las nuevas generaciones el gran esfuerzo que realizaron estas gentes para llevar solaz y esparcimiento a los hogares nicaragüenses y lograr que las familias encontraran un espacio de convivencia en torno a aquel aparato radiofónico.  Así pues, llegará lastimosamente un tiempo en que de toda aquella época de la radiodifusión no quede más que una que otra crónica.

De vez en cuando, emulando un tanto a Marcel Proust, salgo en busca del tiempo perdido, nada más que en lugar de saborear una magdalena, busco en Youtube y pongo el primer concierto de piano y orquesta de Tchaikovski y mientras el conjunto de cornos ingleses arrancan la ejecución, por un instante siento que me acerco a aquel radio Phillips, todavía de bulbos y me siento rodeado de la familia, esperando un capítulo más de “Kadir el Arabe”, sin embargo, después de ese instante, aquel retablo se desvanece y no encuentro nada y me dedico entonces a admirar ese magnífico duelo entre Sviatoslav Richter y Herbert von Karajan y la orquesta sinfónica de Viena, imaginándome a Pyotr Illich sonriendo detrás de la orquesta.

 

 

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Un matrimonio feliz

Quienes ya tenían uso de razón a finales de los años cincuenta seguro recordarán un programa radial que se trasmitía a medio día a través dela Radio Mundialy que llevaba por título “Un matrimonio feliz”.  Se trataba de las aventuras de un viejo coscolino que en aquellos dorados tiempos calificaban como “rabo verde” y ahora simplemente “maduro interesante”, llamado Cándido Suave, quien era casado con una mujer de un recio carácter llamada Doña Robustiana Roncafuerte.  Don Cándido tenía como amigo y compañero de aventuras a Don Terencio Canales y Doña Robustiana tenía como confidente a Doña Tencha Nacatamales.  La interpretación de la serie estaba a cargo del cuadro de actores de Radio Mundial, llevando el papel estelar José María Morales quien tenía como nombre artístico “Pascual Tibio”, en el papel de don Cándido; Carmen Martínez como doña Robustiana; Aura María Ruiz en el papel de Doña Tencha y no estoy seguro si don Terencio era interpretado por Hugo Hernández Oviedo.

En cada capítulo se presentaba una historia en donde Don Cándido trataba de conquistar a una jovencita a escondidas de Doña Robustiana, misma que al final por angas o por mangas se enteraba de las andanzas de su marido y lo descubría in franganti e indefectiblemente terminaba el capítulo cuando ella lo agarraba a garrotazos, lanzándole toda clase de improperios.

Lo interesante del caso es que la serie tuvo un éxito inusitado en una sociedad que en ese tiempo era extremadamente machista.  Era una época en donde la mujer, en la mayoría de los casos, era un objeto propiedad de su marido, situación que era aceptada por ambos cónyuges, así como por todo el círculo social que los rodeaba.  Eran los tiempos en que no era extraño escuchar a una madre advertirle a su hija: “Cuando el hombre pega, pega en lo suyo, pues el hombre manda en la calle y en su casa”.

De esta manera, el programa presentaba lo que era la excepción de la regla, o por lo menos, un fenómeno extraño pero que no obstante ocurría y que es el del marido oprimido por la mujer.  Esta situación permanecía un tanto oculta, debido a que el orgullo del varón obligaba a callar los atropellos que sufría, al contrario de algunas señoras que lucían las huellas de la violencia intrafamiliar como trofeos de guerra.  La serie radial presentaba pues lo que provocaba humorismo y que de ninguna manera sería considerado como una violación a los derechos humanos.

La moraleja, un tanto cuanto subliminal, es que no importaba cuántas apaleadas le propinaba Doña Robustiana a Don Cándido, este último siempre regresaba a las andadas, por lo tanto, nada detenía a su espíritu conquistador.

Con el auge de la televisión en los años sesenta, muchos programas radiales perdieron audiencia y poco a poco se fueron apagando.  Unos pocos incursionaron en la televisión como es el caso de “Un matrimonio feliz”, pero no tuvo el éxito ni duración del programa radial.  Luego los actores buscaron otras vetas dentro del gran abanico que ofrecía la televisión y así fue que el programa y sus personajes se fueron esfumando dentro del olvido.

Ahora en el siglo XXI, nuestra sociedad presenta un variopinto de correlaciones de fuerzas en los matrimonios, algunos de los cuales son felices, otros dicen que lo son aunque no es cierto, otros admiten abiertamente que no lo son y otros manifiestan que no lo son y no saben que lo son o no quieren admitirlo.  Desafortunadamente el machismo todavía está muy arraigado en nuestra sociedad y se manifiesta de diversas maneras, resaltando la violencia intrafamiliar que es una lacra que flagela a los miembros más débiles de esta célula, en cuyos hogares el pan nuestro de cada día es la “sopa de muñeca”.

No se puede negar que ha habido avances en este sentido y son cada vez más las parejas que logran establecer un equilibrio en donde existe respeto y una plena participación de ambos en las decisiones y responsabilidades de la sociedad conyugal.  Sin embargo, las estadísticas en materia de violencia contra las mujeres es alarmante y lo más dramático es que todavía pervive en parejas que tienen un nivel cultural y económico elevado.  El femicidio todavía consume considerables espacios en los medios de comunicación.

En lo referente a los maridos oprimidos por sus cónyuges, es un fenómeno que todavía sigue ocurriendo en el país, aunque bajo diferentes facetas.  Existen aquellos que en realidad son víctimas del recio carácter de una esposa dominante que tiene a su cargo casi todas las decisiones del hogar y en algunos casos llega a la violencia física y/o psicológica en contra de su pareja.  Lo anterior, de manera independiente si el varón es el que aporta todo el sustento económico a la familia, una parte o peor aún cuando tiene la mala suerte de estar desempleado y ella es quien mantiene a la familia.

También existen aquellos varones que le dan la “con dulce” a sus parejas, haciéndoles creer que ellas tienen el control de la familia, solo para tener un espacio para cometer sus tropelías con mayor tranquilidad.

En los casos en que los varones oprimidos llegan a ostentar alguna forma de poder, se llega a extremos patéticos.  Tuve la oportunidad de conocer el caso de un par de ministros cuyas parejas tenían una presencia sostenida en sus respectivos despachos, ya fuera determinando el largo de las faldas de las colaboradoras de la entidad, hasta el caso de obligar al domado ministro a despedir a una funcionaria eficiente por el único pecado de ser atractiva.  Cosas veredes amigo Sancho.

En enero pasado fue aprobada la Ley Integral en contra de la violencia hacia las mujeres, que se espera logre acabar, o por lo menos reducir drásticamente este problema, siempre y cuando exista la voluntad política de destinar recursos para aplicarla o para erradicar los vicios de inventar “arrebatos” como atenuantes para este tipo de delitos.  Asimismo, las funcionarias gubernamentales deberán tener la entereza de aceptar las críticas que la opinión pública realice sobre su desempeño y no escudarse en la vacilada de la violencia mediática.

En cuanto a los varones que sufren del síndrome de Cándido Suave, es decir que les dan para “sus puros”, pues no les queda otra que exclamar: -Oh, y ahora ¿quién podrá defendernos?; pues esa ley no aplica para hombres, no existe la defensa propia y todo lo que digan puede ser utilizado en su contra.  Así pues como decían las viejas de mi pueblo, perdón, las adultas mayores: -Sóbese.

 

 

 

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