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De los Ortegas pobres

Hace diez años escribí en este blog, un post llamado “De los Ortega buenos”, narrando los sinsabores que tuve que atravesar mientras trataba de superar el trauma que tuve a mi corta edad, cuando me di cuenta que compartía el mismo apellido con un famoso asesino en serie: Pompilio Ortega Arróliga.  Fue también aquel post, un homenaje a la figura de mi abuelo don Emilio Ortega Morales quien fue un ejemplo de trabajo honrado durante toda su vida y que se convirtió en un referente para nuestra familia.

A partir de aquel artículo, tuve una serie de discusiones, en especial con amigos con quienes comparto el mismo apellido, en el sentido de que el título del post, podría interpretarse como si únicamente la familia que se desprende de mi abuelo, fuera la buena.  Traté de ser muy claro que esa nunca fue mi intención y que era plenamente consciente que existen otras ramas de los Ortega que también cuentan con personajes en su genealogía que han sido exponentes de bondad y que el único prototipo de maldad con ese apellido, al que podía hacer referencia sin temor a equivocarme, era aquel asesino en serie, que fue juzgado, convicto, encarcelado y posteriormente ejecutado con la “ley fuga” y que afortunadamente no tuvo descendencia.

Años después mis lectores me animaron a que publicara un libro con una selección de mis artículos publicados en este blog.  Decidí que dicho libro girara alrededor del post “De los Ortega buenos”, sin embargo, me propuse que la cobertura de bondad quedara más clara.  Al respecto, realicé varias consultas respecto al uso del singular y el plural en los apellidos y encontré que en los apellidos que finalizan en vocal, pueden ser sujetos del plural para darles el sentido de un conjunto de personas que tienen el mismo apellido, de tal manera que en el caso de mi artículo, al pluralizarlo, remarcaba el hecho de que existen varias familias con el mismo apellido que podían considerarse buenas.  Así fue que, aun con el riesgo de que se considerara un dislate, en el libro cambié el título del artículo a “De los Ortegas buenos”, mismo que también lleva el libro, con la esperanza que ninguna familia con este apellido se sintiera discriminada y que cada quien, mediante un agudo examen de conciencia, pudiese ubicarse donde le corresponde o donde mejor le convenga.

Aun así, la polémica continuó, al considerar algunos lectores que la cualidad de bueno es algo puramente subjetivo e intangible, algo que no se puede medir y que dependiendo del cristal con que se mire, una persona puede ser buena para algunos y mala para otros.  Ahí está el caso de Orlando Ortega, el gran corredor español (antes cubano) de 110 metros con vallas, medallista olímpico, que para algunos es de los Ortegas buenos y para otros es un gusano traidor.  Otros más sarcásticos, al escuchar que alguien se considera de los buenos, agregará:  Al guaro y qué pues.

Recurrí a Google para realizar una correlación entre bondad y el apellido Ortega, resultando una enorme serie de coincidencias entre esta cualidad y el Sr. Amancio Ortega Gaona.  Se trata de un exitoso y multimillonario empresario español que amasó su fortuna en el ramo textil y luego con un espíritu emprendedor único, realizó una integración con toda la cadena de producción, distribución y venta.   Su fortuna asciende a 80 mil millones de dólares, centavos más, centavos menos y ocupa los primeros lugares del mundo según la revista Forbes, pisándole siempre los talones a Bill Gates.   Tiene más de 6,500 tiendas tiendas en todo el mundo y aunque usted no lo crea, aquí en Nicaragua tiene la cadena compuesta por: Zara, Stradivarius, Pull&Bear y Bershka, todas ellas en Galerías Santo Domingo.

Ahora bien, con semejante fortuna, Amancio Ortega es desde luego un filántropo.  Tiene una fundación que apoya la educación y la asistencia social, asignando generosas becas a quienes cumplen con ciertos criterios de selección y hace un par de meses, en ocasión de cumplir 81 años, donó cerca de 360 millones de dólares para combatir el cáncer en España.  Asimismo, se cuenta que es un hombre muy humilde, pues almuerza con sus empleados en la cafetería de su empresa, viste de manera modesta y en su tiempo libre cría pollos en su granja.

Es obvio que este empresario tiene sus detractores que afirman que debería pagar más impuestos en lugar de andar regalando dinero para fines específicos.  Agregan que no lo hace por bondad sino por conveniencia y que detrás de esa filantropía hay gato encerrado.  Así pues, incluso una persona que pueda desprenderse de 360 millones de dólares a favor de los enfermos de cáncer, sentiría el peso de la duda respecto a su bondad.

Lo que no puede negarse, pues se mide con pesos y centavos, es el hecho de que es de las personas más ricas del mundo y en segundo lugar, que a su lado, el resto de los Ortegas del mundo nos encontramos distantes, a muchos años luz.  Aquí no caben esas categorizaciones que realiza a veces don León Núñez, de ricos de primera, ricos de segunda y ricos de tercera, es simplemente Amancio Ortega y por allá, el resto de los Ortegas.

Así pues, después de reflexionar sobre los aspectos de bondad y su correlación con el apellido, he encontrado que catalogarse como de los buenos, es y será tema de un intenso debate, sin embargo, para ubicarse en una categoría que no deje lugar a dudas, el dinero puede ser un parámetro un tanto más certero.  Por eso ahora cuando todavía el apellido Ortega sigue provocando cierto escozor en la gente y alguien, cuando digo mi apellido se queda como esperando una aclaración, sin pensarlo mucho le digo: “De los Ortegas pobres”, así el interlocutor pone los ojos como los de Marty Feldman y emite un sonido como de violonchelo: Mmmmmmm.

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De los Ortega buenos

Don Emilio Ortega Morales  

“Los apellidos famosos, en lugar de enaltecer, rebajan a quienes no saben llevarlos”.   

 François de la Rochefoucauld    

Comencé a percatarme prácticamente de mi apellido cuando entré al colegio.  La política de los Hermanos Cristianos del Instituto Pedagógico de Diriamba y creo que de muchos colegios aun en la actualidad, era la de eliminar cualquier asomo de confianza en el trato al alumno, dejándolo en el ámbito un tanto castrense e impersonal del apellido; a excepción desde luego de los “cepillos”, que siempre encontraban un caluroso eco en el ánimo de los hijos de La Salle y recibían un trato especial. 

No había terminado de acostumbrarme al uso del Ortega a secas, cuando allá a inicios de los años sesenta un individuo asesinó a sangre fría a su compañera y a sus ancianos padres.  El caso ocupó los titulares de los periódicos y de los radionoticieros por un buen rato; desde el crimen hasta el juicio y encarcelamiento del Chacal de Tacaniste, cómo se le conoció al  multi asesino.  Pero lo más dramático del asunto era que el sujeto en cuestión se llamaba Pompilio Ortega Arróliga. 

Está por demás narrarles los detalles del escarnio que significó para mí, cuando la mayoría de los condiscípulos en el colegio comenzó a relacionarme con el Chacal y a pregonar que era mi tío y cosas por el estilo.  Cabe señalar que si no me equivoco, en esa época yo era el único Ortega del Pedagógico.  Así que regresaba yo a mi casa con mi autoestima por el suelo y con un sabor en la boca como si hubiera chupado una moneda de a centavo. 

Lo que me extrañaba era que en mi casa nadie le ponía mayor cuidado a ese hecho, ni dejaban de hablar al respecto.  Un día que mi padre trajo a colación el caso, comentando que Pompilio recibía en la cárcel infinidad de cartas de jovencitas que le manifestaban su admiración, aproveché para preguntarle si nos íbamos a cambiar el apellido.  Se rió y me contestó con naturalidad, -¿Y por qué?, el que se lo tiene que cambiar es él.  -No merece llevarlo. -Ortega, tu abuelo.   

Mi abuelo Emilio Ortega Morales, a quien le debo mi segundo nombre, nació y creció en Managua, teniendo como patio trasero la costa del entonces impoluto Lago Xolotlán.  De pequeño jugaba entre lagartos que salían del lago a tomar el incandescente sol de la capital, en lo que se conocía como el Barrio El Mamón, colindante con el barrio La Bolsa, cerca de lo que luego fue el Club Managua.  A muy temprana edad, él y su hermano Pedro quedaron huérfanos.  La única familia que les quedó fue José Antonio Lezcano Ortega, hijo de la tía Isabel, muerta también en forma temprana.  José Antonio llegaría luego a ser sacerdote y Arzobispo de Managua, además de Diputado ante el Congreso Nacional. 

Para sobrevivir, mi abuelo debió trabajar duro desde pequeño.  Fue ayudante en varios almacenes y boticas, en donde aprendió los secretos de la alquimia y el teje y maneje mercantil.  Posteriormente, llegó a ser inspector del ferrocarril en Masaya y fue entonces cuando conoció a mi abuela.  Años después a causa de una enfermedad le recomendaron un clima fresco, por lo que decidió aventurarse a instalar una botica en San Marcos y fue así que con un préstamo de unos amigos comerciantes chinos se trasladó con mi abuela al pueblo en donde fundó la botica La Capitalina en 1919. 

Fue siempre muy emprendedor.  Cuando supo que empezaron a importar los primeros camiones Ford, adquirió uno e inauguró una ruta entre San Marcos y Masaya, en competencia con el ferrocarril.  También se embarcó en la aventura de la agricultura con mal suceso pues sembró arroz en Tancabuya, en la costa del Pacífico y las plagas terminaron con él, luego se fue al Río San Juan en donde también fracasó después de muchos meses de duros trabajos.  Pero nada lo desanimaba y de un proyecto pasaba pronto a otro. A finales de los años veinte fue electo diputado suplente ante el Congreso Nacional por el entonces Distrito de Diriamba, sin embargo, la política nunca fue su vocación. 

Era un incansable lector, devoraba cuanto libro y revista caía en sus manos y el mundo que descubría en sus lecturas, soñaba con traerlo al pueblo.  En una ocasión importó vitrolas con discos de arias de las grandes óperas, champaña, caviar y demás exquisiteces, que desde luego no cautivaron el gusto de los sanmarqueños y debió destinar todo al consumo de la familia.  

En los cuarenta y tres años que mi abuelo vivió en San Marcos logró ganarse el cariño y respeto de todo el pueblo, así como de todos los comerciantes capitalinos con quienes tuvo relación.  Con el fruto de su arduo trabajo logró vivir en una honrosa medianía y no llegó a ser rico debido a su enorme rectitud, orgullo y escrúpulos.   Tampoco llegó a ser santo como su primo José Antonio, pues era un intransigente agnóstico.  Su divisa siempre fue la honestidad. Recuerdo muy bien que en una ocasión una persona llegó a comprar algo a su botica y debía dársele cinco centavos de vuelto.  En ese momento no había en la caja cinco centavos en sencillo, por lo que el comprador dijo que no había problema, que ahí lo dejara.  Mi abuelo se incomodó y le dijo que de ninguna manera.  El comprador insistió diciendo que cuando lo tuviera se lo diera en su nombre al próximo indigente que pasara.  Mi abuelo no soportaba la incomodidad y me envió a la tienda de Don Agustin Quant a que le cambiara unas monedas para poderle dar su vuelto al insistente comprador. 

Nunca tuve la oportunidad de profundizar sobre la familia con mi abuelo.  Murió cuando yo tenía once años y lo poco que recuerdo fue que admiraba enormemente a su primo José Antonio.  Mi abuelo se emocionaba cuando narraba la forma en que su primo recorrió Managua en marzo de 1931 después del terremoto que asoló la ciudad, llevando consuelo a los sobrevivientes y el requiem a los que quedaron bajo los escombros.  También comentaba de cuando iban de paseo a una huerta familiar en el rumbo hacia Masaya, en lo que resulta ser ahora el restaurante Intermezzo del Bosque.   

Don José Antonio era el guardián de los documentos respecto a la familia Ortega y desafortunadamente quedaron reducidos a cenizas al quemarse el Palacio Arzobispal en el terremoto de 1931.  Monseñor Lezcano y Ortega murió en enero de 1952, cuando yo tenía apenas dos años de edad. 

De esta manera, la única familia cercana que llegué a conocer por parte de los Ortega Morales fue la familia Ortega Martínez, hijos de Pedro Ortega Morales, hermano de mi abuelo y que llegaron a ser famosos cuando cuatro de ellos jugaron juntos en el equipo de béisbol Marvin, allá por 1945.  Uno de ellos, mi tío Pablo Ortega Martínez, a punta de trabajo incansable levantó lo que hoy es la Ladrillería San Pablo. 

Los hijos de Don Emilio Ortega también supieron llevar el apellido siempre con la frente en alto.  El mayor de los hermanos Ortega Corea, Emilio, llegó a ser diplomático desde joven, era la elegancia personificada y su trato exquisito lo distinguía ; murió a los cuarenta y cinco años en Tegucigalpa mientras ocupaba un cargo en el servicio exterior.  De él se desprende la familia Ortega Rosales.  Mi padre Orlando fue médico trabajó mucho tiempo en el Hospital Bautista y luego en el INSS; era tan acertado que algunos médicos discretamente lo buscaban para que tratara a sus familiares; murió en Los Angeles en 1992.  Formó la familia Ortega Reyes.  Mi tío Eduardo es el único sobreviviente, es Ingeniero Civil y conserva aún su carácter jovial y entusiasta; ocupó altos cargos en el Distrito Nacional y en DENACAL, actualmente vive en San Francisco, California y es el jefe de la familia Ortega Gasteazoro.  Los tres hermanos tenían una chispa y humor impresionantes. 

Hace algunos años me encontré con un destacado docente que es originario de San Marcos y me expresó que debería sentirme orgulloso de ser nieto de Don Emilio Ortega, el ciudadano probo por excelencia en esa ciudad.  También me llenó de orgullo escuchar al cuñado de una amiga mía, hijo de un prestigiado comerciante e importador de Managua, que me dijo que su padre le comentaba que mi abuelo era una gran persona, honesta y trabajadora.  También me he encontrado con personas que conocieron a mi padre y todas sin excepción lo recuerdan como un gran médico y especialmente como una gran persona. 

A estas alturas del partido, he llegado a darle la dimensión exacta al significado del apellido.  Tal vez nunca llegaré a saber si tenemos algo que ver con el Duque de Bretaña y su esposa, la hija de Ramiro II de León que se cree fueron los fundadores de la familia Ortega, o si pertenecemos a la rama de los Ortega de Burgos y Valle de Mena o a la de los Ortega de Carrión de los Condes en Palencia, sin embargo, tengo bien presente el linaje que proviene de don Emilio Ortega Morales y con eso me basta. 

He llegado a la plena conciencia de que hay una infinidad de Ortegas por el mundo.  En España solamente, este apellido ocupa el lugar 50 en cantidad de personas en llevarlo y en México, ocupa una buena parte de las páginas del directorio telefónico.   Por curiosidad he ingresado mi nombre en Google y me he sorprendido de la infinidad de homónimos que tengo alrededor del mundo: un artista nica de la televisión de los EE UU, un bailarín grancanario, un pedagogo colombiano, un dirigente comunitario aquí mismo en Managua, un investigador chileno, un maleante buscado por el FBI en los EE UU, en fin.   

Lo importante es que ya no afectan las tropelías que puedan cometer quienes llevan mi apellido, como cuando sufrí con el caso de Pompilio.  Acepto mi apellido con orgullo y de mi parte hago mi mayor esfuerzo por que me enaltezca, especialmente sabiendo que llevo el nombre y el apellido de mi abuelo. 

Por eso ahora, cuando me presento con alguna persona:  Orlando Emilio Ortega Reyes, a sus órdenes, algún interlocutor, sin atreverse a indagar abiertamente a cuáles Ortega pertenezco, simplemente pregunta: -¿Ortega?, entonces como si fuera a confesarle un secreto le digo bajando la voz:-De los Ortega buenos.  A esto, el interlocutor pone los ojos como los de Bart Simpson, emite un leve chasquido y exclama:  Aaahhh.    

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