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La attachée

Muy a menudo voy al centro comercial Galerías, en Managua y casi siempre paso por un kiosco a tomarme un café.  Lo selecciono de acuerdo al ánimo que me acompaña en ese momento. Un americano si me encuentro estresado, un capuchino si estoy un tanto relajado, un macchiato si me siento triste o bien un espresso si me siento decaído.   La calidad del café se ve compensada por la singular experiencia de sentarme a saborear lentamente mi bebida, mientras veo pasar a toda suerte de ciudadanos que pululan por ese lugar de culto.  En vano trato de imaginarme que estoy en el Caffe Quadri, de la Plaza de San Marcos (Venecia, no Carazo) pues en menos de lo que canta un gallo, los elementos de la sociedad que señalara magistralmente Desmond Morris me traen de nuevo a la  realidad.

Desde mi pequeña mesa puedo observar al azar al variopinto de asistentes a dicho centro.  Aquellos que hacen gala del efecto demostración, cargando bolsas de los almacenes, no exclusivos, sino de elevados precios respecto a la calidad de los productos que venden y en donde lo más caro es el nombre.  Otros que cargan las mismas bolsas pero los traicionan los detalles, pues las bolsas, después de una cuidadosa observación, acusan arrugas que hacen ver que no son compras recientes y se trata por lo tanto de “dadores a creer”.  Veo desfilar a quienes tratan de ofrecer una imagen desenfadada, otros que se empeñan en venderse como muy formales y hasta quienes desean que se les mire como miembros de la realeza.  No faltan quienes se acompañan con niñeras/escoltas, vestidas con uniforme policial.  De la misma forma, se miran turistas de todas las calañas, la mayoría mostrando sus poco agraciadas piernas con diferentes tonos de pelambres.

En las pocas mesas del kiosco llega también una amplia variedad de clientes, casi de todo, menos parejas buscando un sitio romántico, pues para nada lo es.  La mayoría es gente madura o de la tercera edad, quienes hacen un alto en su recorrido para tomar un café, un té o un frozen.  Mucho turista y algunos “hermanos lejanos” como les llaman los salvadoreños a sus coterráneos que viven en el extranjero.

Cierta tarde, me encontraba en el kiosco.  Me sentía relajado, sin embargo, con cierto decaimiento, aparentemente por algún desbalance de la levotiroxina, por lo que había  pedido un capuchino con un espresso extra.  Estaba disfrutando aquella inyección de cafeína que pronto me llegó hasta el hipotálamo, cuando de pronto miré llegar al kiosco a un grupo de cuatro mujeres.  Frisaban en los cuarenta y tres de ellas definitivamente eran extranjeras.  Vestían ropas deportivas, short, camisetas turísticas nacionales, sandalias.  Una de ellas vestía un tanto menos casual, con un pantalón y una blusa muy bien combinados, de corte moderno, con unas sandalias cerradas y un tacón que levantaba su corta estatura.  Su cabello negro, piel morena, más bien canela y sus ojos, un tanto achinados, acusaban su origen distinto al de sus compañeras.  Se sentaron en la mesa contigua, las tres turistas con un café frozen y la otra con un capuchino.  Cuando comenzaron a conversar me di cuenta que eran canadienses.  Su francés tenía el acento característico de Quebec.  Cuando la chica morena habló lo hizo en un francés metropolitano, bastante depurado. De lo que logré escuchar y entender, hablaron de Granada y de los puntos de atracción turística.  De pronto fijé mi vista en un grupo que transitaban al lado del kiosco rodeando a una señora setentona, con joyas finas, un peinado de salón, pero su vestido de fina tela, acusaba la confección a la medida de una costurera, en un estilo demasiado tradicional.  Se desplazaban de manera particular por lo que me hicieron deducir que eran de algún departamento del interior.  Cuando regresé la vista a mi café, mis ojos se encontraron con los de la chica morena.  Sentí que me observaba y cuando ella lo notó, sonrió e inclinó brevemente su cabeza, como en señal de saludo.  Su mirada acusaba que me conocía y por cortesía, pues yo no la reconocí, sonreí discretamente y le devolví el saludo con otra inclinación de cabeza.

Seguí disfrutando de mi capuchino, lentamente, mientras el grupo de al lado seguía conversando amenamente.  Miré el reloj de mi celular y noté que ya tenía que partir, por lo que me levanté, tomé mi vaso y servilleta dispuesto a depositarlos en el contenedor, cuando volví a encontrar los ojos de la chica.  Volvió a sonreír y dijo: – Gusto en verlo, sonreí y le contesté: -Igualmente, y me fui.

Pasé toda la tarde aplicando ese software de reconocimiento facial que tenemos de fábrica en el cerebro, sin embargo, por más que recorría todas las bases de datos, el resultado era: No match found. No lograba reconocer a la chica aquella.  Su rostro me resultaba algo familiar pero no lograba ubicarla ni en el tiempo ni en lugar alguno.  Cuando eso me ocurre, la búsqueda se convierte en una monomanía, tratando de ubicar a la muchacha aquella.  Ya era noche, cuando para distraerme entré en Facebook para ver alguna novedad, cuando de pronto veo a una amistad que postea una foto con un plato que refleja un gallo pinto, un tanto grasoso, con unos maduros fritos iguales y un pedazo de queso seco.  Luego los manidos comentarios:  Qué delicia, Invitá, Me muero, Se me antojó, etc.  Cuando de pronto, el software que sigue trabajando de manera inconsciente, de pronto me trae a la memoria a René.

A finales de los noventa ingresé a la Alianza Francesa para entrarle de lleno al francés y en varios niveles tuve de profesor a René, originario de Monte Tabor.  Un tipazo, muy buen profesor, sin embargo, a veces era demasiado sincero y en una ocasión,  hablando de comidas, expresó: –Je deteste le gallo pinto.  Explicaba que ya se había aburrido del plato tan nica que cuando lo invitaban a cenar y le ofrecían gallo pinto se ponía enervado, pues odiaba el plato aquel.  Comencé a recordar a algunos compañeros de aquella época y de pronto, sentí un clic.  Como cuando el engranaje de la caja fuerte encuentra la combinación correcta y al final hace aquel sonido.  En mi mente apareció un letrero:  Match found.  La chica aquella era la attachée.

Cuando estaba en los niveles inferiores, una noche llegó la Directora de la Alianza y nos informó que se integraría al grupo una muchacha que tenía necesidades especiales y que nos pedía que le diéramos todo nuestro apoyo para que pudiera lograr su reto de aprender francés.  De esta forma se integró una muchacha que aparentemente tenía parálisis cerebral.  Tenía limitada su parte motora de tal manera que se desplazaba en una silla de ruedas, le costaba acomodarse en ella y a pesar de que comprendía todo muy bien, al querer hablar, se le dificultaba un poco.  Con la paciencia de cada profesor, unos más que otros y con la comprensión del grupo, la muchacha aquella iba avanzando.  Me imagino que había una instrucción superior de aprobarla, peu importe ce que.

Como parte del arreglo que había realizado la Dirección de la Alianza con la familia de la muchacha, la acompañaba al aula una chica, bastante joven, veinte años a lo sumo, pequeña de estatura, pelo negro, morena, más bien color canela y los ojos achinados. Vestía humildemente, por lo que deduje que no era pariente de la muchacha, sino alguien contratada para asistirla. No supe si le habían establecido un protocolo de participación, sin embargo, ella era muy respetuosa, jamás habló en clase, se limitaba a empujar la silla de ruedas, acomodar a la muchacha cuando era menester, con una pequeña toalla le limpiaba el rostro y como también tenía problemas en sus manos, la chica tomaba los apuntes que se generaban en la clase.   Nunca supe su nombre y me atrevería a decir que nunca la escuché decir palabra alguna.  Para mí era la attachée, es decir la agregada.

En algunas ocasiones que la observaba, noté que tenía dos cuadernos y copiaba los apuntes de la clase dos veces.   Muchas veces cuando el profesor preguntaba a la muchacha, miraba que a la atachée le brillaban los ojos, como si supiera la respuesta, de la misma forma, cuando le preguntaban a alguien del grupo y contestaba erróneamente, ya la attachée tenía una mirada de desaprobación.  Tres interesant, decía para mis adentros.

Durante todo el tiempo que estuve en la Alianza, llegó la muchacha aquella, acompañada por su attachée, quien siempre se ajustó a su papel, sin decir palabra alguna en clase, limitándose a asistir a la muchacha en lo necesario, pero siempre, muy atenta a cada palabra del profesor y llenando dos cuadernos a la vez.

Me alegré mucho.  En primer lugar por había logrado al fin reconocer a la muchacha aquella y era impresionante su cambio en los últimos veinte años, en segundo lugar, porque consideraba admirable, el enorme esfuerzo que hizo por aprovechar aquella oportunidad, que el destino había puesto en su vida.  Días después registrando en mis archivos, me encontré un cuaderno de aquella época, buscando tal vez alguna pista adicional, pero no encontré nada, salvo tal vez, una frase muy ilustrativa que encontré en un ejercicio: C´est un grand art que de savoir juger et saisir les occasions ( Es un gran arte el saber cómo juzgar y aprovechar las oportunidades).

 

 

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