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El nacimiento

Nacimiento.  Foto Orlando Ortega Reyes

En San Marcos, mi pueblo, nunca nevó y es posible que tampoco ocurra en los próximos dos millones de años, sin embargo, para quienes gozábamos del privilegio de ser niños, desde la última semana de noviembre, cuando los cortadores de café se encargaban de despeinar los cuatro costados del pueblo y dejaban colarse un frío que nos obligaba a sacar del ropero los suéteres y las chaquetas.  Con eso bastaba para imaginarnos que caminábamos por aquellas escenas que admirábamos en las tarjetas de felicitación que comenzaban a llegar y que invariablemente presentaban un paisaje invernal lleno de nieve que llegaba a cubrir hasta los decorados árboles.

Por la noche la temperatura bajaba aún más y el aroma de los cafetales se mezclaba con el olor de la pólvora de las triquitracas y del carburo de las lámparas de los comerciantes que con sus tijeras llenas de mercancía invadían el centro del pueblo, mientras que la luz mortecina del alumbrado público se miraba reforzada por una que otra iluminación de colores.

Junto con la llama de la esperanza que ardía en nuestros pechos, más que nada por los regalos que la víspera de la Navidad traería el Niño Dios, estaba la curiosidad de ir a ver el nacimiento de donde las Matus.  A pesar de que mi tío César era supuestamente el jefe de esa familia, la fuerza del clan compuesto por doña María Matus y sus hijas Reneé y Elida era mayor, de tal manera que todo mundo cuando se refería a esa familia lo hacía invariablemente como las Matus.  Lo interesante era que no eran mujeres de un carácter fuerte o agresivo, eran sí, emprendedoras curtidas en la luchas por la supervivencia, amables hasta la pared de enfrente y solidarias, incluso más que un gobierno socialista.  Doña María era una experta en las artes culinarias, de tal manera que hubiese dejado en ridículo a cualquiera de los participantes en esos reality de Master Chef.  La niña Reneé era una master en comercio y su habilidad para las matemáticas básicas era asombrosa, además de contar con una memora prodigiosa, tan necesaria para su oficio.  La tía Elida por su parte, casada con mi tío César, combinaba la tarea de criar a mi prima Estercita, con la abnegada tarea de poner inyecciones y sueros por todo el pueblo.

A inicios de diciembre, mi prima Estercita llegaba a la casa para llevarnos a ver el famoso nacimiento de las Matus.  No podría precisar cuándo comenzó esa tradición familiar, sin embargo me imagino que en aquel tiempo ya llevaban algunos años armándolo.  En cierta parte de la sala, ocupando una extensión considerable, estaba el mencionado nacimiento.  En la parte principal estaba desde luego una caseta que albergaba las imágenes de José, María y el Niño Dios, con las consabidas bestias a cada lado para darle calor con su vaho al recién nacido y a la altura del techo, un ángel tenía una leyenda que decía: Gloria a Dios en las alturas.  Por razones del espacio disponible, más que por romper la fijación occidental por la simetría, a ambos lados de la caseta, una parte más extensa que la otra, con algunos objetos superpuestos cubiertos con papel kraft debidamente teñido con anilina café, se mostraba un terreno un tanto abrupto simulando la percepción que tenía la tía Elida de los terrenos suburbanos de Belén.

Lo más interesante del caso es que en aquella representación se observaban además de los consabidos pastores, los magos de oriente que en la misma llegaban anticipados por la falta de calendarios o bien porque siguieron a la estrella equivocada, una serie de participantes que para la inocente mentalidad de los pequeños no constituía ninguna aberración, sino que simplemente eran elementos que proporcionaban un acompañamiento vistoso a la escena.  Ahí se encontraban pequeños camiones, la más variada fauna que se pueda uno imaginar, soldaditos de la segunda guerra mundial, indios y vaqueros de plástico, que a pesar de su feroz apariencia y de sus variadas armas que empuñaban, en medio de la escena parecían participar del regocijo del nacimiento del mesías.  No obstante, lo que más me llamaba la atención era una imitación bien lograda en madera de una refresquera, que eran una especie de rústico kiosko en donde se expendían gaseosas y similares en los parques y en aquella impresionante miniatura estaban colocadas una réplicas de coca colas, que formaron parte de una promoción de la embotelladora, cuando cumplía sus promesas en sus premios.

Para nosotros era un tremendo espectáculo admirar aquella obra de arte, más aún cuando en nuestras mentes no existía el concepto de anacronismo, al no haber desarrollado nuestra conciencia histórica, así que no se nos hacía nada raro que participaran en una amena convivencia en medio de aquella fiesta, los seguidores de Toro Sentado, con las gentes del General Patton o con los pastores judíos, que bien podían pedir una coca cola para mitigar su sed.  Pasó mucho tiempo para que advirtiéramos aquella situación, además del hecho de que un recién nacido pudiera tener dientes.  Abro un paréntesis para anotar que en el pueblo circulaba una leyenda urbana de un niño cuyo nacimiento se retrasó tanto que nació con dientes.

Pero, como en todo, llega un momento en que todo aquello que nos asombraba cuando éramos niños, deja de tener encanto al irnos percatando de la realidad de las cosas.  Así pues las bebidas espirituosas surgen como elemento indispensable en las principales celebraciones y aquellos elementos que llenaban nuestras vidas, dejan de tener el atractivo que un día tuvieron.  Así pasó con los nacimientos, los juguetes y otras particularidades de la Navidad.

No recuerdo bien cuando fue que la tía Elida dejó de poner su nacimiento.  Ella nunca perdió aquella alegría que sentía por la vida, aún en los momentos más difíciles y daba gusto encontrarla pues siempre mostraba su mejor sonrisa, acompañada de un piropo, pues sin importar si uno estuviera flaco o gordo, siempre nos encontraba hermosos y guapos.  Me imagino que cuando mi prima Estercita tuvo que emigrar a los Estados Unidos, perdió el entusiasmo de armar el nacimiento y luego, a medida que la soledad iba invadiendo aquella casa, algunos ciudadanos, en operación hormiga fueron llevándose las cosas que tenían a la vista en su casa que siempre estaba con las puertas abiertas.

Con el tiempo me tocó llevar a mis hijos a ver algunos nacimientos espectaculares.  En México los llevé varias veces la garaje de una casa en la colonia Marte, en el Eje 5 sur, en donde instalaban un nacimiento de más de mil figuras y lo que más me impresionaba era la alegría de mis hijos que me hacía recordar mis tiempos con mi prima Estercita viendo el nacimiento de las Matus.

Mi hermana Oralya siguiendo un poco aquella tradición de la tía Elida, fue ampliando poco a poco su nacimiento hasta alcanzar un tamaño considerable y mis hijos también participaban de todo aquel rito de instalarlo y desinstalarlo.

Ahora que me corresponde alimentar toda esa fantasía que gira alrededor de esa tradición a mis nietas, debo confesar que lo hago con cierto desgano.  En mi casa, aunque ni Ripley lo crea, hay como 45 nacimientos de diferente tamaño ubicados por toda la casa y tengo que caminar con los ojos bien abiertos para no tropezar con alguna oveja o pastor.

Ahora que están de moda los nacimientos institucionales, llevo regularmente a mis nietas a la exposición que las instituciones del estado arman a lo largo de toda la Avenida Bolívar y lo único que me llena es el asombro y alegría de mis nietas al ver todo el colorido de la Avenida, con una diversidad de villancicos que se entremezclan y con consignas y anuncios subliminales disfrazados de jaculatorias. El anacronismo adquiere ahora otra dimensión.  Cada institución del Estado se exprime las neuronas hasta el borde de la meningitis por presentar el nacimiento más original y yo por mi parte, en ese trayecto, que pareciera salido de una película de Fellini, me abstraigo y me dedico a recordar aquel nacimiento que con tanto empeño armaba la tía Elida.  Cómo extraño su saludo lleno de cariño y de alegría, así como el anacronismo tan inocente de su nacimiento.

 

 

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Los treinta segundos que nos arrebataron la Navidad

Managua diciembre 1972

El recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad

Charles Dickens   

La imagen de la Navidad en el mundo está relacionada con el invierno, la nieve, trineos, chimeneas, árboles escarchados; todo un ambiente gélido que sirve para darle un marco de blancura a esta fiesta milenaria de la buena voluntad.  En Nicaragua en donde hay un verdor perenne y la temperatura se mueve cerca de los treinta grados centígrados, descendiendo apenas en el mes de diciembre, pareciera que la Navidad no tuviera cabida; sin embargo, para el nicaragüense es la fiesta por excelencia.  No existe en el año ninguna ocasión que pueda reunir a la familia en torno a un ambiente de paz y armonía y en donde se comparta además del cariño, la rutinaria pero apetecible labor de comer y beber.  El veinticuatro de diciembre todos los caminos llevan al hogar, en donde aguarda una familia cargada de ilusiones y una mesa que se pone de manteles largos para una cena que refrenda lazos de amor.  Cada quien viste sus mejores galas para dar y recibir abrazos al por mayor, con el fondo musical inigualable de sones de pascua o villancicos.    

Las calles se llenan de adornos y luces, los comercios derrochan ingenio en arreglarse para la ocasión, simulando paisajes invernales y haciendo un clima propicio para la calidez de esta ocasión y la oportunidad para elevar sus ventas.  

La cena de Navidad es el centro de la fiesta y varía de acuerdo a la tradición de cada familia y en parte también a sus posibilidades.  Hay quienes saborean la delicia de un nacatamal o de un arroz a la valenciana, otros prefieren una gallina rellena o henchida como se le llama en algunas regiones; algunos se inclinan por pavo o pierna de cerdo al horno; hay otros que agregan una ensalada, en especial la de papas y manzanas, todo acompañado de un sabroso pan.  En la región atlántica se acostumbra cenar una sopa.  El postre de rigor es el Pío V o simplemente la sopa borracha.  Para el brindis se recurre a una gama más amplia de opciones: cerveza, vino, ron, whisky, vodka, sidra, aguardiente y en general cualquier bebida espirituosa que alegre el ambiente.  

Desde que yo recuerdo, esa época ha tenido un significado especial para mí y ocupa un lugar privilegiado en mi memoria.  Tal vez sea que es tan corto el tiempo entre mi cumpleaños y esa fecha, que ha sido como un puente de felicidad en esta época, pues mis padres siempre se empeñaron en celebrarnos el cumpleaños haciéndonos sentir reyes por un día.  La Navidad también era una celebración importante para nuestra familia y mi madre se esmeraba en preparar la cena más deliciosa que un ser humano pudiera llegar a soñar.  En esos días la casa se iluminaba con los colores y luces de la temporada y en el ambiente flotaba un aroma especial, mezcla de finas especias, vinos sazonando alguna carne y alguna botella de whisky que mi padre abría para la ocasión, todo con el acompañamiento de villancicos diversos.  

Sin embargo, uno de los recuerdos más gratos de la época navideña era el paseo por las calles del centro de la vieja Managua, principalmente las avenidas Roosevelt y Bolívar.  Viven tan presentes en mi memoria las caminatas con mi abuelo o mi padre, en la ebullición de la gente que compraba o se paseaba por el centro de la ciudad.  Ya desde los primeros días de diciembre, el ambiente se llenaba del aroma de las manzanas y uvas que inundaban los mercados Central y San Miguel y que se extendía por todo el centro. Miles de luces, árboles de navidad y rótulos alusivos a la temporada engalanaban el paisaje de la novia del Xolotlán y la hacían lucir radiante y bella.  De repente parecía que todo el mundo se hermanaba por las felicitaciones, buenos deseos y abrazos que todos prodigaban.  

El mes de diciembre de 1972 llegó con la misma ilusión de todos los años, mezclada en esta ocasión con la euforia producida por el triunfo de Nicaragua sobre Cuba en el XX Campeonato de Beisbol, celebrado en el Estadio Nacional de la capital.  Como siempre, las calles se empezaron a vestir con la alegría de la temporada navideña, con luces cada vez más sofisticadas.  El aire se volvió a llenar del aroma de las manzanas y uvas de los mercados y todo prometía llevarnos a otra Navidad feliz.  

El día 22 cumplí veintitrés años y al igual que todos los años mi familia me consintió con el cariño que me brinda siempre a manos llenas.  Fue un día tranquilo y lo único que recuerdo fuera de lo normal fue el tremendo calor que se sintió por la tarde y la ausencia de viento entrada la noche.  Ese día se había difundido la noticia de que un avión uruguayo, que había desaparecido en los Andes, había sido rescatado con algunos sobrevivientes.  Nadie se imaginaba por todo lo que habían pasado, como tampoco nadie se imaginaba por lo que nosotros íbamos a pasar.  

Faltaba un poco menos de cuarenta y ocho horas para la Navidad, apenas había transcurrido la primera media hora del 23 de diciembre, cuando un terremoto de 6.2 grados Richter, en tan sólo treinta segundos destruyó la ciudad.  

Yo viví el terror del ruido macabro del trepidar de la tierra que nos llevó de un plácido sueño a la más amarga pesadilla.  Mi familia vivía en Managua desde 1969 en una casa que alquilábamos entre las calles Colón y 11 de julio, en el Callejón Ramón Sáenz Morales.  Sobrevivimos gracias a la construcción reciente de la casa.  Salimos a la calle y observamos un cielo color sangre, una densa nube de polvo le daba a la calle una apariencia macabra, un olor entre dulce y ácido emanaba del suelo y la gente pululaba en la calle como zombies.    

En nuestra huida hacia San Marcos, una hora después, miramos el espectáculo dantesco de la Calle Colón en donde la gente empezaba a sacar sus muertos a la acera.  Luego subiendo Ticomo vimos como el paisaje de la capital se había transformado en un manto de oscuridad y llamas.  

En las cuarenta y ocho horas posteriores al sismo viajé innumerables veces con mi padre a Managua, pues él trataba de presentarse en la clínica del INSS donde trabajaba.  Así que a la luz del día miré a la ciudad con sus entrañas abiertas al sol, mostrando los cadáveres de sus hijos a lo largo y ancho de la misma; pude también observar el rostro del dolor, del miedo, de la desesperación.  

El veinticuatro por la noche caí rendido por el cansancio en nuestra casa de San Marcos y desperté cerca de la media noche, completamente solo.  Creí que se trataba de otra pesadilla y salí a la calle a buscar a mi familia.  Los encontré al rato en la iglesia del pueblo en donde se celebraba la misa del gallo.  Un padre canadiense se desesperaba tratando de encontrar una pizca de lógica para explicar tanta destrucción, tanta muerte, tanto dolor.  No aguanté y regresé a la casa en donde me tendí en la cama y lloré todo lo que no había llorado en esas cuarenta y ocho horas. Supongo que para mis recién estrenados veintitrés años había sido demasiado lo que presencié.  Cuando llegaron mis padres y mis hermanos nos abrazamos con la plena conciencia de que la alegría de estar vivos no compensaba la tristeza de la tragedia de tantos hogares.  Compartimos una barra de pan que algún amigo del pueblo nos había llevado de regalo y nos quedamos en vela hasta que el cansancio nos venció.  

En Managua, esa noche todo era oscuridad.  Nadie recordó que era Navidad.  Los sueños e ilusiones de la Noche Buena fueron segados de un tajo por una inmensa guadaña y desgarraba el alma el silencio que reinaba a lo largo de la ciudad; aunque hay personas que juran que cerca de la media noche se escucharon lamentos que provenían de los escombros.  También cuentan algunos vecinos que por el rumbo de lo que era la colonia Luis Somoza en su colindancia con Don Bosco, divisaron una procesión compuesta de gente vestida de blanco que con veladoras encendidas cantaban: Perdona a tu pueblo, Señor; muchos trataron de unírsele, sin embargo, por más que recorrieron todo el rumbo nunca lograron encontrarla.

Los días que siguieron fueron de interminables viajes a Managua y a Jinotepe a donde fue reasignado mi padre; la capital ya empezaba a ser militarizada y cercada.  Fue en esos días cuando Pedro Rafael Gutiérrez escribió su poema “Réquiem a una ciudad muerta”, que oportunamente se grabó en la inconfundible voz de Fabio Gadea Mantilla, acompañado con el fondo de una guitarra que gemía “Managua es maravillosa” de Tino López Guerra.  Ese poema le llegó al corazón de todos los Managua que con el llanto a flor de piel pedían a la Radio Corporación que la pusiera una y otra vez.  

Sin embargo, a pesar de todo, la ciudad no estaba muerta y como el ave fénix comenzó a levantarse.  Los negocios comenzaron a trabajar y pusieron de moda la frase: “Estamos operando”, seguida de su nueva dirección.  Los trabajadores comenzaron a ser requeridos a través de la radio por sus empleadores, quienes les pedían presentarse “al término de la distancia”.  Fue así que en medio de los escombros se levantó el espíritu de los Managua y se propuso levantar la ciudad.  

El año siguiente fue intenso; las labores de reconstrucción le dieron un enorme dinamismo a la economía.  Yo fui reclutado por el Banco Nacional de Nicaragua para participar en el programa de reconstrucción de la pequeña empresa que había sido diezmada por el sismo.  

Poco a poco la ciudad fue recobrando su figura, aunque de manera desordenada.  Había perdido su corazón que lucía ahora rodeado por una cerca infame, pero le habían brotado muchos retoños en sus alrededores.  Las heridas poco a poco fueron sanando y a pesar de que el miedo se mantenía latente en cada uno de los Managua, que regularmente y en especial cada 22 del mes, salían a dormir a la calle; pero el ánimo se fue levantando y superando el golpe que habían recibido.    

Diciembre regresó inexorablemente y las calles, inicialmente de manera tímida, se fueron vistiendo para la ocasión.  Los comercios se dedicaron a promover el regreso de la Navidad y la respuesta de la gente fue inesperada, todos querían celebrarla, volverse a reunir alrededor de esa fiesta.  Muchos tal vez en un nuevo domicilio, incluso en las ciudades circunvecinas a donde fueron a parar.  

Nosotros nos habíamos quedado en nuestra casa de San Marcos y mi hermana se esmeró en adornar la casa para la Navidad.  El ambiente se volvió a llenar del espíritu decembrino.  Para mi cumpleaños mi familia puso de nuevo su mejor esfuerzo para hacerme sentir como rey; mis padres me regalaron un disco con el soundtrack de Shaft con Isaac Hayes, el cual todavía conservo y un estuche de Brut, que en esa época era la colonia oficial del hombre cosmopolita, aunque ahora es la de los CPF.    Para la Navidad mi madre encargó una enorme pierna de cerdo, la cual preparó con el inmenso cariño que le imprime a todo lo que hace y la hizo adornar de una ensalada de manzana y papas.  Un delicioso pan que hacían en Jinotepe acompañó aquella cena que se antojaba banquete y un “paciente agradecido” como decía mi padre, nos llevó un delicioso Pío V.  Mi padre abrió una botella de whisky President que inundó toda la casa con un profundo aroma y una vez más nos sentamos a la mesa para celebrar la dicha de estar juntos, en especial aquel año.  Nos acompañaron los villancicos del album Christmas in Wonderland de Bert Kaempfert, que tradicionalmente poníamos en esa ocasión y que habíamos rescatado de la casa de Managua.  

Creo que al igual que muchos, en lo que me resta de vida nunca voy a olvidar el terror del terremoto de Managua, así como tampoco voy a olvidar la entereza y decisión de los capitalinos para reconstruir la ciudad y sus vidas.  Por siempre recordaré como en tan sólo treinta segundos la Navidad de ese año se nos arrebató de manera tan infame y como desde entonces esa fiesta se convirtió en la celebración de la dicha de estar vivos, de tener una oportunidad más de reunirnos alrededor de una mesa y compartir el amor y los buenos deseos.  Después de todo, como dice Juanes: “la vida es un ratico”.  

Feliz Navidad a todos 

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