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El cadejo

 

Era el inicio de la década de los setenta.  No podría precisar la fecha y lo único que recuerdo es que en esos días estaba en todo su furor el éxito “Venus” de Shocking Blue, que al final resultó ser un refrito de un éxito anterior que se llamaba “La canción del banjo”  y que jugaba con la letra de “Oh Susana”.  Sin embargo, el tema tenía un ritmo tremendo y las emisoras locales nos lo recetaban mañana tarde y noche.  Para ese tiempo ya tenía varios años viviendo en Managua y ya casi me acostumbraba al tremendo calor, aunque a veces sentía que estaba en una película del desierto cuando miraba, al final de la calle 11 de julio hacia el este, el paisaje con el Instituto Pedagógico de Managua y la entrada de la Academia Militar que se enturbiaba, tal como se representaban los oasis y al caminar por aquellas calles, los zapatos resbalaban en las esquinas por el asfalto que se derretía bajo el inclemente sol.

En nuestra casa, el cuarto que yo ocupaba con mi hermano Oswaldo era el más caluroso, al estar ubicado en el extremo occidental de nuestra casa y en donde recibía todo el sol de la tarde, de tal suerte que por la noche, el calor no disminuía y tan solo un ventilador GE luchaba por amainarlo.  Conscientes del sacrificio que esto significaba, nuestros padres nos dejaban en el refrigerador dos Coca colas, para que en el transcurso de la noche nos hidratáramos.

Una noche desperté para tomar mi bien merecido refresco, miré el reloj y seria más de las once de la noche y miré el termómetro en mi cuarto y arañaba los 36 grados.  Bebía embelesado, como en comercial, aquella fría gaseosa, cuando de pronto el timbre comenzó a sonar insistentemente.  Fui hasta la verja exterior y me di cuenta que se trataba de Pedrito.  Era un joven que trabajaba en el Hospital Bautista y a quien mi padre le tenía mucho aprecio.  Su madre era paciente de mi padre.   Lucía agitado y me suplicó que llamara a mi padre porque se trataba de una emergencia.

Fui hasta la habitación de mi padre y le expliqué la situación.  Se vistió y fue a conversar con él, quien le expuso un estado grave de su madre.  Sin mayor dilación mi padre tomó su maletín y dudando un poco, me pidió que lo acompañara pues iba hasta San Judas en donde vivía Pedrito.  En consideración a la hora y al lugar le consulté si llevaba el “cuete”, asintió y fui a tomar la pistola que guardaba en su closet.  Era una Smith & Wesson, 38 especial, calibre corto.  La cargué con sus cinco balas, la escondí bajo la camisa y saqué del garaje la Station Wagon. Pedrito guardó su bicicleta en la casa y nos fuimos los tres.

En aquella época San Judas no estaba tan bien conectado con Managua como lo está ahora, era toda una expedición llegar hasta allá. Había que entrar por Altagracia y la ruta indicada era ingresando por una calle cercana a la Fosforera y luego hacia el sur.  Después de muchas cuadras se pasaba por el Palacio de la Nunciatura, un impresionante edificio que albergaba las oficinas de la representación papal.  Su titular en aquellos días, Lorenzo Antonetti, sucesor del recordado Santi Portaluppi, dividía su tiempo entre Managua y Tegucigalpa.

Luego se pasaba por unos parajes en donde años más tarde se construiría un complejo habitacional que se convertiría en el Centro Cívico y un poco más al sur lo que sería la Unidad Independencia.  Por ahí ya era terreno agreste y en donde un enorme ceibo constituía el punto de referencia.  Pedrito nos indicó que nos internáramos más al sur, ya en calles de terracería que se hacían más estrechas, hasta que después de varias peripecias llegamos a un lugar más oscuro que la boca de un lobo. Nunca había visto uno, pero me lo imaginaba.   Pedrito nos advirtió que hasta ahí se podía llegar en el vehículo y que su casa estaba unos cuantos metros hacia adentro.

Después de pensarla un poco, decidimos que mi padre iría con Pedrito a la casa y yo me quedaría en la camioneta.  Con las luces del vehículo iluminé un poco el sendero por donde transitarían, sin embargo, el joven aquel sacó una pequeña linterna de mano que les ayudó a guiarse por aquel abrupto terreno.  La camioneta era de 8 cilindros y jalaba gasolina como loca, de tal manera que no había más alternativa que apagarla, al igual que las luces, pues las baterías en ese tiempo, Hasbani en su mayoría, con nada y nada podían descargarse a cero y al ser automático el vehículo, no había manera de encenderlo empujado.

Apagué pues el vehículo y las luces y aquello quedó en tinieblas.  Tan solo se miraba la tenue luz de la lámpara de Pedrito que poco a poco se iba perdiendo en la distancia, hasta que a unos treinta o cuarenta metros llegaron a su destino.  Entonces la oscuridad se hizo poco a poco más densa, como si fuera un espeso líquido negro que caía desde arriba.   El viento apenas corría, pero mitigaba un poco el sofocante calor.   Quise poner el radio del carro, pero a esa hora ya ninguna emisora estaba trasmitiendo, así que poco a poco se fue haciendo más notorio el ruido de aquel paraje.  Insectos que competían en una incesante sinfonía.

Debo de admitir que me sentía nervioso.  Tal vez no alcanzaba, todavía, el punto de zurrarme del miedo, pero no estaba tranquilo.  A medida que avanzaba la noche, me iba sintiendo más inquieto.  Sabía de antemano que aquellas visitas de mi padre podrían tardar a veces una hora y en una ocasión en que tuvo que practicar una transfusión le llevó más de tres horas.

El tiempo parecía caer pesadamente, lento, como esos relojitos de arena de la computadora que llegaban a desesperar y que por más que se viera el reloj, no había nada que hacer para que transcurriera más rápidamente.

De pronto, en medio de aquel concierto de grillos, chicharras y demás insectos, escuché un trino, si es que se le puede llamar así a aquel silbido, que obviamente no era producido por un insecto, sino por un ave nocturna.  Era un tanto en estacato, como si fuera un insistente ladrido de un perro, pero con una especie de “juu” repetido varias veces.   Una cocoroca, pensé para mis adentros.  Ahí sí, como decía la canción que le gusta al prócer:  “Se me fueron los pulsosommm”.

Traté de calmarme respirando profundo y lo primero que pensé fue en la madre de Pedrito.  Pobrecita, cavilé para mis adentros, reflexionando luego que hacía mal poniendo más en la balanza a favor de la superstición que en la capacidad de mi padre.  Ya me estaba tranquilizando cuando de pronto, del camino por donde habíamos llegado hasta aquel punto, me pareció escuchar el ruido de una rama que se quebraba ante el peso de algo.    En ese momento pensé en la botella de aquel whisky: “Chivas brother”.

En aquellos días, mi vista era de águila.  Ahora de águila solo me queda la nariz.  A pesar de eso, del lado de donde provino el ruido no se miraba absolutamente nada.    Encendí la camioneta y la hice girar un tanto hacia la izquierda, de tal manera que la trompa apuntara hacia donde había escuchado el ruido.  Encendí las luces y me pareció ver detrás de un árbol a un individuo que parecía vestir camisa clara.  Así estuve un rato, hasta que la figura aquella no volvió a divisarse.  Entonces volví a apagar la camioneta y las luces.  Sentía entonces que el corazón latía a más de 180.

En aquel momento pensé que estaba en peligro inminente y saqué la pistola que había colocado debajo de mi asiento.  Con el arma en la mano sentí que los latidos del corazón bajaron un poco su ritmo.  Sentía un poco de seguridad, pero el miedo todavía seguía invadiéndome.

Para ser sincero, nunca había disparado aquella arma.  Tampoco creo que mi padre lo hubiese hecho, ni siquiera para practicar.  Mi única experiencia en ese sentido fue con rifles 22 y con una Colt 45 que brevemente mi tío Eduardo me prestó en un viaje que hicimos a Ometepe.

El asunto es que todavía estaba en mi mente lo fácil que parecía utilizarse un arma en contra de un cristiano, después de ver las películas de James Bond o de tantos westerns, en especial los de manufactura italiana.

El hecho es que yo estaba dispuesto a todo, al tener la S&W en la mano, cargada y que con solo oprimir en la empuñadura se quitaba el seguro.  En ese momento, el ruido se acercó más y me puse en alerta máxima.  Roja como dirían los (las) vulcanólogos (as).  Brevemente encendí solo las luces y me pareció ver ligeramente lo claro de la camisa del individuo detrás de otro árbol más cercano.  En ese momento pensé que tal vez sería prudente disparar al aire, para que el tipo pensara que no se la iba a comer sin bastimento, pero me contuvo pensar que se armaría tremendo escándalo en las casas del rumbo y mi padre se llevaría tremendo susto.  Así que decidí esperar.

En esas estaba cuando del sendero hacia la casa de Pedrito, escuché un ruido que salía de la oscuridad.   No era precisamente un rugido, sino que como el gruñido que antecede al ladrido de un perro, sin llegar a este último, sin embargo, era mucho más grave y sonoro que el que emite un perro común y corriente.  P´a acabarla de rematar, dije para mis adentros.  Puse la ignición del automóvil y subí las ventanas que permanecían siempre abiertas, pues no funcionaba el aire acondicionado y entonces el calor era insoportable.  Corrí el riesgo.

De pronto, frente a la camioneta pasó una silueta, oscura y que hacía adivinar un enorme perro y en cierto momento volvió la cabeza hacia la camioneta y observé unos ojos que brillaban con un tono rojizo.  Escuché otro rugido, pero resultaron ser mis tripas.   Apenas pasó por la camioneta, el animal aquel aceleró la marcha.  Encendí la camioneta y puse las luces altas.  El animal se dirigió al último lugar a donde había observado la silueta aquella con la camisa blanca y miré que corrió hacia adentro de un solar y ambos se perdieron en la oscuridad.   Bajé las ventanas para escuchar mejor, pero no logré captar nada.  Al rato volví a escuchar el canto de la cocoroca y esta vez, un poderoso ladrido, también en estacato, le contestó y se perdió en un largo aullido.

Me di cuenta que mis manos temblaban, así que puse de nuevo la pistola debajo del asiento y coloqué mis manos en el volante y noté que a pesar de agarrarlo con fuerza, mis manos seguían temblando.  Pasaron unos cinco o diez minutos, no lo pude precisar, pero en ese lapso pude volver a calmarme.  En el lugar de la casa de Pedrito volvió a notarse la luz de su linterna que poco a poco se fue acercando hasta que los dos llegaron a la camioneta y procedieron a subir.

Mi padre sacó el aire con un ligero resoplido que era clásico en él cuando terminaba una tarea difícil.  Nunca traté de ser infidente con su práctica profesional, así que no le pregunté nada y por la plática con Pedrito colegí que la señora estaba fuera de peligro.  Le había dado una receta para que fuera a alguna farmacia de turno a buscarla a la brevedad y le dio indicaciones sobre el seguimiento que le iba a dar.  En un momento en que la plática entre ellos cesó, sin dar antecedentes ni nada, le dije a Pedrito: -Bravo, tu perro.  Extrañado me dijo: -¿Cuál perro? Yo no tengo perro.  –Uno negro, grande, le aclaré. –No, en la casa no hay ningún perro y en el vecindario no he visto ninguno.  Ahí me quedé con la boca abierta y solo alcancé a exclamar: -Ahhh

Llegamos a nuestra casa y al bajar, antes de tomar su bicicleta, Pedrito le dio un gran abrazo a mi padre y a mí me extendió la mano. Guardé la camioneta, luego fui a descargar y guardar la pistola en su lugar y pasé por la refrigeradora apurando casi de un solo trago la mitad de mi Coca cola que había dejado y me fui a dormir.  Miré la hora y eran veinte para las dos. Caí como un tronco y no desperté sino hasta las seis de la mañana.  No comenté lo sucedido con nadie.

Meses más tarde, regresé a San Judas.  Esa vez fue con mi amigo Pancho “Maroma” Argüello quien me pidió lo llevara a traer unos cables de martillo que él confeccionaba.   Nos internamos en aquel barrio y esa vez pude apreciar los detalles de aquellos parajes que había adivinado en la oscuridad aquella noche.  No supe en realidad el lugar exacto donde había estado, pero me imagino que no estaba lejos de la casa de Pancho.  Cuando ya con los cables en nuestro poder regresamos hacia el Estadio, le dije como sin querer: -Mucho perro hay por estos lados.  –Es una plaga, agregó.  –Dicen que han visto un perro negro enorme, aparentemente sin dueño, le dije, tanteándolo. –Más bien, dicen algunos que han visto al Cadejo y que ha desgraciado a algunos cuantos.  –¿Serapio Silva?, le dije, parodiando a Tres Patines.  –Cereal, agregó Pancho, un vecino jura que lo vio una noche.  –Ahhh, exclamé mientras pasábamos a la par del ceibón rumbo a Altagracia.

 

 

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El judío errante

 

El judío errante. Imagen tomada de Internet

 

En el cuarto de mi abuelo había un librero antiguo con puertas y sólo él tenía acceso al mismo.  No tenía llave, de tal manera que cuando mi abuelo viajaba a Managua a sus negocios, yo aprovechaba y con el máximo sigilo lo abría.  Había una gran cantidad de libros y revistas y la que más me llamaba la atención era una publicación argentina llamada “Rico Tipo” que era algo parecido al Condorito pero con más personajes, así que me llevaba una de estas revistas al patio y tranquilamente la leía, disfrutando de las aventuras de Fulmine, Fallutelli, El otro yo del Dr. Merengue y otros que ya no recuerdo.  Cuando terminaba de leerla, volvía a colocarla en su lugar y cerraba bien las puertas para no dejar ninguna huella.  Después que murió mi abuelo en 1961, mi acceso al citado librero fue más frecuente e irrestricto.  Terminé de leer la colección de Rico Tipo y seguí con las revistas Leoplán de Argentina y Carteles y Bohemia de Cuba.  En esta última me gustaba sobremanera una caricatura de humor negro a cargo del caricaturista Prohias que se llamaba El hombre siniestro.  Años más tarde me volví a encontrar al caricaturista cubano en la revista norteamericana MAD con la caricatura, más o menos del mismo corte que El hombre siniestro, llamada Spy vs Spy.

En cierta ocasión que me dedicaba a navegar por el mar de publicaciones en el librero de mi abuelo, me encontré una carpeta de papel kraft, en la que estaban guardadas varias fotografías de personas que yo no conocía, recortes de revistas y periódicos y una fotografía en particular me llamó la atención.  Era una instantánea (así le decían antes a las fotos en donde el sujeto era sorprendido, en lugar de posar para la misma) de un tipo caminando por la acera de una calle desconocida, cabello y barbas hirsutos, descuidados, vistiendo ropas harapientas y con un costal al hombro.   Para no quedarme con la duda, después de mucho pensarlo le pregunté a mi tía, una prima de mi padre que se había criado en la casa de mis abuelos, que quién era el sujeto de la foto.  Frunció la cara en un gesto de desaprobación por haber sacado aquella foto y de manera cortante me dijo: -Es el judío errante-y acto seguido me arrebató la foto y la fue a guardar a su lugar.    Le pregunté a mi madre quién era el judío errante y me comentó que era una leyenda sobre un judío que le había negado agua a Jesús en su camino al Gólgota y que éste le había condenado a vagar por toda la eternidad.    Le dije que mi abuelo tenía una foto de ese judío errante y ella se limitó a reír.  Entendí que mi tía, una vez más me había tomado el pelo, pues ella era de aquella vieja escuela en donde al niño no debía contestársele sus preguntas y en su lugar había que responderle con vaciladas.

Seguí en mis incursiones en el librero de mi abuelo y cada vez que podía volvía a registrar la foto aquella, hasta que un día la carpeta completa se perdió para siempre.  En cambio, encontré el libro “El mártir del Gólgota”, de Enrique Pérez Enrich y lo leí, encontrando ahí la historia del famoso Samuel Belibet conocido como el  judío errante.  Más o menos por ese mismo tiempo, la Radio Católica incluyó en sus dramatizaciones de semana santa la historia del judío errante y cada vez que la escuchaba, me venía a la mente aquella figura que aparecía en la foto del librero de mi abuelo. Era interesante el hecho de que en aquella época, mucha gente creía a pie juntillas que la historia del judío errante era cierta y que en la temporada cercana a semana santa, se le miraba transitar por todo el  mundo.

No mucho tiempo después, estaba yo en mi casa; tuvo que ser en tiempo de cuaresma, pues yo estaba de vacaciones en el colegio, que en aquel tiempo se extendían de febrero a abril y estaba haciendo un leve calor, sabrosón, como era el clima aquel tiempo en el pueblo.  Estaba sentado en el muro de mi casa filosofando (¡no seas malo!) cuando de repente, vuelvo a ver a mi izquierda y observo que viene acercándose un sujeto que era la viva imagen de aquel que aparecía en la foto.  Sentí que se me fueron los pulsosmmm.  El tipo aquel vestía con ropa un tanto descuidada, más no harapienta, sus cabellos y barba un tanto hirsutos y cargaba una de esas bolsas de marinero.  Se acercó y con una voz grave saludó:  -Buenos días amigo.  Haciendo un gran esfuerzo, le regresé el saludo e inmediatamente agregó: – ¿Serías tan amable en regalarme un vaso de agua para calmar mi sed?  Me quedé vacilante un momento y luego bajé del muro y fui a la cocina en donde se encontraba mi madre.  Le dije que un señor pedía un poco de agua y ella me alcanzó un vaso y lo llené de la paja (grifo) que era lo que se estilaba cuando no nos había inundado la propaganda de que debemos beber agua embotellada.    Llevé el vaso al individuo aquel y con una amplia sonrisa lo tomó y me dijo: -Muchas gracias, amigo.  –¿Cómo va todo por acá? –Bien, le respondí lacónicamente.  Empezó a apurar el líquido poco a poco, como si se tratara de un fino licor y embelesándose con cada trago.  Yo lo observaba cuidadosamente, tratando de encontrar alguna pista sobre su identidad, pero nada.

De pronto me armé de valor y le pregunté: -¿Es usted de estos lados?, así ambiguamente para ver qué me decía y él tranquilamente me contestó: -No, mi amigo, soy de muy lejos.  Recórcholis, pensé para mis adentros.  Me quedé vacilante sobre la siguiente pregunta que le lanzaría, cuando entregándome el vaso me dijo:  -De casualidad ¿no tendrás un bocado para este pobre peregrino?  Volví a la cocina con mi madre y le pregunté si no tendría algo de comer para el  señor.   Ella sin hacer ninguna pregunta, tomó un pedazo de pan, lo abrió y le introdujo un par de rodajas de jamón y me lo dio.  Se lo llevé y le pregunté si estaba bien y se limitó a decirme: -Perfecto y se lo engulló, como decían algunas viejas del pueblo, con una “hambritud” de pelón de hospicio.

Ya con cierta confianza, me atreví a lanzarle la pregunta de los 64,000 dólares.  Sin más ni más le lancé: ¿De casualidad, es usted el judío errante?  Y cerré los ojos esperando que el sujeto montara en cólera o algo por el estilo, pero para mi mayor sorpresa, después de un corto silencio me respondió: -Sí, yo soy.    –Ay, nanita, pensé.  ¿Y ahora?  En ese momento me acordé de las judeas que representaban la pasión de Cristo y en el episodio en donde van a apresar a Jesús los soldados romanos, Jesús les pregunta: -¿A quién buscais? – A Jesús de Nazareth, respondían, entonces él les decía: -Yo soy, a lo que los soldados romanos se dejaban caer al piso, dándose un soberano platanazo.   Pero a pesar de la sorpresa, yo no estaba para esos lances.

Volví a ver al supuesto judío y tratando de mostrar tranquilidad le volví a preguntar: -Entonces, ¿usted se llama Samuel Belibet?  Mostró una enorme sonrisa y me dijo: -No, mi estimado amigo, ese no es mi nombre.  Ese nombre se lo inventaron por ahí, como parte de una leyenda, pero nada de eso es cierto.  Toda esa leyenda ha sido un pretexto para ensañarse con el pueblo judío, primero los romanos y finalmente los nazis.

Ya agarrando confianza le pregunté: -Entonces ¿por qué lo castigaron?  Volvió a sonreír y me dijo, no fue un castigo, más bien fue una especie de premio, si así lo pudiéramos llamar.  ¿Premio? –le interrogué.  –Bueno, pudiera decir que fue un pago por mi silencio.  En realidad fui testigo de un hecho que si se conocía hubiese cambiado todo el curso de la humanidad.  –Rayos y centellas, pensé como los vaqueros de los paquines.  –Como mi sueño era viajar por todas partes, se me concedió el don de la inmortalidad para poder viajar por cada rincón de este mundo y todo a cambio de mi silencio.

Como era evidente que no soltaría prenda sobre lo que había visto aquel individuo, le pregunté: – Y ¿no se aburre? –Pues no, me contestó, siempre hay algo nuevo para ver, aunque a través de los siglos, el ser humano no ha cambiado nada.  –¿Y cómo viaja? Seguí con mi interrogatorio, aunque si hubiese sido en estos tiempos diría entrevista.  –Ratitos andando y ratitos a pie, dijo tratando de disimular su sonrisa y mostrándome sus zapatos agregó:  –Estas joyas me ayudan mucho, luciendo unos tenis Converse All Star. –Me los regaló el propio Chuck Taylor, dijo con cierto orgullo.

A esas alturas ya me sentía un Gabry Rivas y seguí con mis preguntas. –¿Y de qué vive usted? –Pues, con todo lo que sé y he vivido, me defiendo como asesor, trabajo un tiempecito y luego descanso otro rato y aprovecho para viajar.

Iba yo a seguir con mi interrogatorio cuando me dijo: -Bueno mi joven amigo, me voy porque tengo un negocito por el rumbo de Niquinohomo y me queda un buen trecho por caminar, agradezco mucho tu hospitalidad y en agradecimiento te voy a dejar un consejo que aprendí del propio Siddhartha: “Duda de todo, encuentra tu propia luz” y con su bolso al hombro se dirigió hacia el este.

Cuando regresé a la cocina, mi madre me preguntó: ¿y quién era el señor a quien le llevase de beber y comer? –Un judío, me limité a decir. Mi madre volvió a reír y me dijo: -Los judíos no comen jamón ni a palos, pues el cerdo es animal inmundo para ellos. –Me volvieron a tomar el pelo, pensé para mis adentros.  Al comienzo, me sentí un poco mal, al haber sido tan ingenuo, sin embargo, luego pensé que la clave de todo estaba en aquel consejo: “Duda de todo, encuentra tu propia luz”, que me ha ayudado tanto a lo largo de toda mi vida.

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