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Cincuenta años no es nada

Orlando Ortega Reyes

 

En este mes de febrero cumplo 50 años de haberme bachillerado. Como reza la manida frase: “se dice fácil”, sin embargo, poniéndolo en perspectiva, se trata de medio siglo.  Nuestra promoción fue dedicada a Rubén Darío en ocasión del centenario de su nacimiento, que se nos hacía tan lejano, incluso su muerte, que había ocurrido tan solo cincuenta y un años antes.

Cinco décadas han transcurrido desde aquella fría noche de febrero en Diriamba, cuando cincuenta adolescentes, vestidos de riguroso esmoquin, acompañados por sus madres, subieron al escenario del teatro que había sido improvisado por los Fratres Scholarum Christianarum  en el patio del colegio, para recibir el preciado diploma que tanto anhelaban y que les daba el título de Bachiller en Ciencias y Letras.  Cuando este título era avión y valía mucho más que los 500 córdobas del bono solidario de ahora.

Meses más tarde, todavía con el corazón henchido de emoción y un enorme bagaje de sueños e ilusiones, la universidad se encargó de bajarnos los humos y con la clásica “peloneada” nos señaló, como en la antigua Roma, el memento mori. Recuerda que eres mortal.  Ahí aprendimos a lidiar con la soledad de no tener a alguien que nos recordara nuestras responsabilidades.  Cuando al final, obtuvimos un nuevo diploma que nos acreditaba como profesionales, entonces fue la propia vida, la que se encargó de ponernos los pies en el suelo.

Luego, una serie de desastres, algunos provocados por la naturaleza y otros por el propio ser humano, se encargaron sacudir nuestras vidas.  Ahí, aquellas estructuras que habíamos cimentado con las enseñanzas y valores inculcados en el colegio, tuvieron que ser revisadas, remendadas, reforzadas o simplemente redefinidas, a fin de enfrentar los retos reales que nos imponía nuestro propio camino.

Después de cincuenta años, nos encontramos en un punto del camino en donde aquellos sueños e ilusiones caben ahora en el bolsillo y el considerable bagaje que llevamos es la experiencia acumulada en nuestro cotidiano bregar.  El Colegio de La Salle tan querido, nos hace recordar aquel poema de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ay dolor que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…” pues primero un sismo y luego las bárbaras hordas, se encargaron de no dejar piedra sobre piedra.   Nuestros queridos maestros, en su gran mayoría ya descansan el sueño de los Justos, al igual que nueve de nuestros compañeros, que se nos adelantaron en esta jornada.

Es inevitable pues, en esta íntima efeméride, reflexionar sobre el camino andado, sobre aquella frase de Gardel: Sentir, que es un soplo la vida… En aquella ocasión, teníamos diecisiete años y ese período es ahora, viéndolo con soberano optimismo, el resto de nuestra expectativa de vida.  Fue aquella etapa, el primer borrador de nosotros, sobre el cual, hemos ido afinando a golpe y porrazo, para llegar a ser lo que actualmente somos.

La templanza, tolerancia y solidaridad que ahora pueden distinguirnos, nos recuerdan las piedras fundamentales que nuestras familias cimentaron y que el colegio se encargó de fortalecer.  Sin embargo, de pronto la pereza nos fue inculcada como un vicio, ahora parece haber dado un vuelco y es la virtud que nos aleja de los otros pecados capitales.

Así pues, ahora que evitamos a toda costa el esmoquin, sin que esto le reste solemnidad al asunto, brindamos por aquellos días, celebrando más que nada, la vida y haciendo propia aquella frase de Massimo Ranieri: “La calle del recuerdo es siempre la más larga”.

Es ahora cuando al fin logramos comprender en toda su dimensión mucho de lo aprendido en el colegio, muchas veces solo por la insistencia de algún profesor, como aquella vez cuando el Hermano Pedro, un hijo de La Salle importado de los andes peruanos, que insistía que aprendiéramos las sextillas con doble pie quebrado en las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique y que ahora medio siglo después, haciendo a un lado la métrica, se nos viene a la mente, de manera tan clara, aquel primer verso: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida, como se viene la muerte, tan callando, cuan presto se va el placer, como, después de acordado, da dolor, como, a nuestro parecer, todo tiempo pasado fue mejor…”

 

 

 

 

 

 

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Los gansos del Capitolio

Corre el año de 1965 y en una lluviosa mañana del mes de julio, la ciudad de Diriamba, Carazo se muestra brumosa.  En el sector noroccidental de la ciudad se yergue majestuoso el edificio del Instituto Pedagógico “La Salle”.  Los alumnos han finalizado el receso matutino y han ingresado a sus aulas para continuar con el horario establecido.  Desde el patio central del colegio se puede observar la dinámica que guarda cada una de las aulas.  En la planta baja del ala este, la primaria se muestra en ebullición, mientras los titulares de cada grado hacen su mejor esfuerzo por canalizar la energía de tanto niño para que se concentren en el proceso de enseñanza aprendizaje.  Un tanto más en calma, en el ala sur, se observan las aulas de secundaria, en donde cada profesor, religioso o seglar, se empeña en mantener fija la atención de los alumnos sobre la materia que los ocupa, no obstante, puede notarse cierta inquietud, risas furtivas, pláticas en voz baja.  Sólo un aula se muestra en un silencio absoluto y todos los alumnos tienen la mirada fija al frente del aula, en donde un profesor se dirige a ellos con voz firme.  Se trata de uno de los pocos seglares que tiene el Pedagógico como docentes.  Puede rondar los cuarenta años, viste un traje claro y una discreta corbata.  De estatura media, delgado, tez clara, con un bigote que resalta su rostro y le da una apariencia de aquellos actores italianos de la Cinecittá de los años cuarenta.

Se trata del Profesor Francisco “Paco” Cordero, quien imparte una clase de Historia Universal a sus alumnos del tercer año.  Con una habilidad narrativa extraordinaria expone ante la clase las embestidas que realizan los ejércitos galos sobre los romanos y cómo las otrora temibles legiones romanas, sucumbían ante la fiereza y determinación de los bárbaros.   Las facultades histriónicas del docente pintan de manera realista la forma en que los romanos se retiraban hacia su último refugio seguro:  El Capitolio, desde donde les toca observar, con el dolor de sus corazones, cómo los galos saquean e incendian la ciudad y en la noche, creyéndose a salvo tras las murallas del sitio, duermen plácidamente hasta que Manlio, joven soldado, despierta ante un extraño ruido que al final resulta provenir de los graznidos de los gansos sagrados que cuidaban el Capitolio y al investigar la causa de los mismos, se da cuenta que un soldado galo ya casi alcanza la cima de la muralla, dándole tiempo para arrancarle las manos de la piedra y despeñarlo hacia el fondo del precipicio, dando la voz de alarma y logrando que los romanos se armaran y repelieran el ataque derrotando a los fieros galos.   El alumnado sale de su embeleso y le dedica al unísono un caluroso aplauso al profesor quien humildemente mueve sus manos solicitando apagar la emotiva manifestación de parte de sus alumnos.

El Profesor Paco Cordero era sin duda alguna uno de los pilares fundamentales del Pedagógico de Diriamba.  Desde los años cuarenta inició su labor docente en el prestigiado centro de estudios, como titular de la clase de historia, geografía y educación cívica.  Junto a su primo el Dr. Bayardo Cordero y el Profesor Heriberto Linarte, fueron los docentes seglares del colegio, además del Profesor Carlos Muñoz en primaria.   Se distinguía por el enorme respeto que mostraba ante su clase y sus alumnos, así como la forma en que lograba captar la atención de los mismos cuando los transportaba por el fabuloso mundo de la historia.  Llegaba a ubicar a sus alumnos en el propio fragor de la batalla y cada quien se sentía pelear al lado de Leonidas y sus 300 espartanos en el paso de las Termópilas o acompañar jadeando a Filípides en la agotadora carrera después de la batalla de Maratón para avisar a sus conciudadanos atenienses antes de morir: ¡Hemos vencido!

En los cinco años que recibí clases con el Profesor Cordero, nunca logré verlo perder la compostura, ni montar en cólera como lo hacían algunos ínclitos hijos de La Salle.  Ante actos de indisciplina se limitaba tranquilamente a sacar de la clase al alumno sin ningún aspaviento o en el peor de los casos anotar el incidente y darse el gusto de dibujarle unos tres 60 consecutivos en la materia.

Era muy afecto al principio “la primera impresión es la que cuenta”, generalmente le daba una extrema importancia al primer examen del curso y de conformidad con ese resultado, las notas a lo largo de todo el año parecían aferrarse a la obtenida en aquel primer examen, sin importar el esfuerzo que se realizara en cada una de las pruebas.  Muchas leyendas urbanas se tejieron alrededor de este estilo de calificar del profesor, escuchándose repetidamente el cuento de que un alumno había copiado textualmente el Credo y Bendita sea tu pureza en la hoja del examen y había obtenido la máxima calificación.   Algunos ingenuos se fueron de boca con la leyenda y pusieron cualquier burrada en el examen haciéndose acreedores de la nota más baja, además de una reprimenda de parte del profesor.

En realidad, a final de cuentas lo importante no era la calificación obtenida, sino aquella fascinante comprensión de la historia que nos llevaba a todas las épocas y continentes, desde un Cuauhtémoc, torturado por los conquistadores con una hoguera en sus pies, sacando la entereza para exclamarle a su lugarteniente quien le reclama por el dolor del martirio: ¿Acaso estoy en un lecho de rosas? hasta la defenestración de Praga que dio origen a la guerra de los treinta años.  Varias generaciones de lasallistas ipedeños tuvimos esa visión del mundo que nos rodeaba a través de los cinco años de recibir aquellas históricas lecciones de parte del recordado Paco Cordero.  Nunca nos imaginamos que en pocos años nos tocaría la suerte de vivir una de las convulsiones más grandes en la historia de nuestro país y cada quien, de acuerdo a su concepción del mundo y su propia misión, tomaría el camino que su conciencia le dictara.

En la clase de Educación Cívica, el comportamiento del Profesor Cordero era un tanto más relajado, a pesar de la gravedad al inculcar los valores patrios en los alumnos, siempre dejaba un espacio para resaltar su buen humor.  Recuerdo que para la época de septiembre, siempre insistía en la calidad que debe tener un ciudadano para considerarse un patriota y finalizaba su exposición relatando una anécdota de un tipo que en las fiestas patrias, con un par de vergolillazos adentro gritaba a todo pulmón: -Soy Patriota, a lo que el profesor le respondía: – Ni a “cuadrado” llegás, haciendo alusión a las variedades de guineo.

El Profesor Cordero trabajó cerca de treinta años en el Instituto Pedagógico de Diriamba y fue uno de los profesores más apreciados y respetados por el alumnado.  En marzo de 1974 un fuerte sismo sacudió la región de Carazo, dejando inhabilitado al Instituto Pedagógico, quien se vio obligado a cerrar sus puertas.  A diferencia de los reverendos hermanos cristianos que son reubicados automáticamente, el profesorado seglar se ve de pronto en la vil calle.  No hubo un plan de indemnización, ni conforme a la ley, ni conforme a la equidad y aquel lema de “Semper fidelis” pareció esconderse en las grietas provocadas por el terremoto.  El Profesor Cordero al observar esta actitud de los religiosos, recuerda de manera inexorable aquella frase de Madame Pompadour, querubín del Rey Luis XV, quien para consolarlo después de la batalla de Rossbach le dice:  “Au reste, aprés nous le deluge” (Por lo demás, después de nosotros, el Diluvio).

A diferencia de su primo Bayardo que emprende una demanda legal en contra del Colegio, el Profesor Cordero se rehúsa a tomar ese camino y se resigna a aprovechar el espacio que recientemente había tomado de impartir clases en los colegios La Inmaculada y La Divina Pastora, que inicialmente eran exclusivos de mujeres y que con el tiempo se inclinaron a la coeducación.  De esa manera, logra mantenerse en la docencia hasta el año 1979.

Conocedor de la historia, el Profesor Cordero pudo vaticinar lo que ocurriría en la sociedad nicaragüense en los años subsiguientes y el panorama que avizoraba no era nada halagüeño, menos para un profesor acostumbrado al cariño, el respeto y la consideración de parte de sus alumnos, por lo que decidió retirarse de la docencia.

Sería en el 2006 o 2007 que el recordado Profesor Francisco “Paco” Cordero durmió el sueño de los Justos.  La prensa nacional ignoró completamente este suceso, de interés relevante no sólo para los miles de ex alumnos del insigne maestro, sino para la sociedad diriambina y muchos nos enteramos mucho tiempo después de su desaparición, aunque en el corazón henchido de gratitud de todos los ipedeños, siempre estará presente y sus lecciones seguirán vigentes guiándonos como el faro de luz que siempre ha de alumbrar.

 

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Adiós, Profesor Linarte

Profesor Heberto Linarte

Tenía tan sólo seis años cuando fui arrancado de las faldas de mi madre para ingresar al Instituto Pedagógico de Diriamba.  Fue un evento traumático pues previamente había cursado dos niveles de preescolar cerca de mi casa, bajo la sombra protectora de la abuela, quien mandaba a sus emisarias a monitorear mi estancia en la escuela y de una maestra, amiga de la familia, que me trataba con especial consideración.  Para ir al Pedagógico tenía que madrugar y tomar una camioneta que pasaba por el pueblo para recoger a los sanmarqueños que en esa época estudiaban con los ínclitos hijos de La Salle y que nos llevaba de regreso a las cuatro de la tarde, pues todavía existía el turno completo, con dos medias jornadas los miércoles y los sábados.  Estaba en la modalidad de seminternado por lo que tenía que almorzar en el Colegio, cuya comida era infame comparada con la comida de la casa de los abuelos.

Fue toda una experiencia asistir diariamente al vetusto edificio del Colegio, además de convivir con tanto condiscípulo y en especial con el claustro de profesores, unos más notorios que otros.  Los personajes más pintorescos eran los hermanos Agustín y Felipe.  “Tincito”, como le decían al primero, tenía a su cargo el tercer grado y además de ser un músico consumado, autor de numerosas composiciones y creador de varias bandas musicales, era un fiel creyente que el mejor alimento era el pinolillo, del cual cargaba siempre una generosa dotación en un bote que escondía bajo su sotana y repartía a todos los pinoleros que se acercaban a solicitarle.  Felipito por su parte era una figura novelesca, de pequeña estatura pero con una vitalidad única y un dinamismo que lo hacía transitar de la librería a la tesorería, así como a todas las labores de mantenimiento y cuando era menester, bajaba al pozo a componer la bomba o subía al tanque, treinta metros arriba, a revisar los niveles de agua.

Sin embargo, la figura más enigmática de todo el colegio era el Profesor Heberto Linarte, quien impartía Matemáticas y Física en secundaria y a quien le decían “El Mago”.  Este sobre nombre lo había ganado porque había una creencia en todo el alumnado de secundaria que nadie podía copiársele en un examen, lo cual con el tiempo se volvió una leyenda.  Ayudaba a su misteriosa figura, no tanto los anteojos oscuros que casi siempre los mantenía puestos y que le ayudaban a mirar hacia donde nadie sospechaba, sino su automóvil.  El Profesor Linarte vivía en ese entonces en El Crucero y se trasladaba al Colegio en un  enorme Cadillac color biege, convertible, al que por añadidura le eran endosadas capacidades mágicas y hasta se llegaba a decir que lograba despegarse del suelo cuando corría.  Cuando viajábamos en la camioneta de San Marcos a Diriamba, pasando Las Esquinas de repente nos aventajaba el Cadillac y todo el mundo se asomaba para ver las maravillas que pudiera hacer el fantástico automóvil.

Cuando llegamos a la secundaria sentimos el rigor en el estudio.  Por un lado el titular del primer año, el Hermano Inocencio insistía en que debíamos aprender de memoria todos los huesos y músculos del cuerpo humano y en la clase de religión nos advertía sobre los peligros de los pecados impuros que podrían conducir no tanto al infierno en la otra vida, sino a la ceguera en esta, mientras nos miraba inquisidoramente a través de unos gruesos lentes que parecían arrancados del observatorio Auger. El Profesor Francisco “Paco” Cordero se lucía con sus narraciones sobre los más coloridos pasajes de la historia universal o bien sobre la educación cívica.  Sin embargo, lo que esperamos con una mezcla de temor y curiosidad eran las clases de Matemáticas que impartiría el Profesor Linarte.

Lo primero que nos impresionó en la clase de Matemáticas fue la tremenda voz del Profesor Linarte que puso a temblar a la mayoría de los alumnos.  Comenzamos con las operaciones básicas y elementos de geometría y de paso nos encaminó hacia el orden y la disciplina.  No permitía ningún tipo de relajo en su clase y aunque estuviera de espaldas a la clase, escribiendo en la pizarra, sabía quién estaba distraído o jugando y lo sorprendía con una pregunta, lo que reafirmaba la creencia de que tenía capacidades mágicas.  Los más escépticos le achacaban esas facultades a sus anteojos oscuros, que le servían para esconder su mirada u observar hacia atrás como un espejo.  Lo que no se imaginaba nadie era que el Profesor Linarte era un psicólogo práctico.  Sabía adivinar en la mirada de los alumnos si estaban nerviosos o bien si no tenían la menor idea de lo que se preguntaba en un examen.  Una gota de sudor resbalando por la patilla del joven bastaba para adivinar algún atrevimiento.  De cualquier forma, en los cinco años que lo tuvimos como profesor, nadie logró copiársele en un examen y los vanos intentos terminaron con el reprobado automático.

A pesar de que las matemáticas nunca fueron de mi agrado, con el Profesor Linarte logré aprender los elementos básicos de las operaciones matemáticas, la geometría, el álgebra, la trigonometría, los logaritmos, el cálculo, derivadas e integrales.  Posteriormente, en Física logré también adentrarme al mundo de la estática, la termología, acústica, óptica, electricidad y magnetismo.

Los profesores seglares, se distinguieron por tratar de manera respetuosa a los alumnos y en los años que yo estudié en La Salle, nunca presencié ningún maltrato físico a un alumno de parte de ellos.  El Profesor Linarte era exigente, enérgico y firme, pero nunca empleó la violencia con nosotros y el castigo más duro que utilizó fue una operación matemática kilométrica que debíamos resolver si queríamos salir al recreo de medio día y que al final nadie pudo resolver.

El Profesor Paco Cordero trataba de lucirse en sus clases con sus narraciones de la historia universal y se empeñaba en atraer la atención de todos sus alumnos y que vivieran dichos pasajes como si los estuvieran viendo.  El Profesor Bayardo Cordero que a partir de tercer año impartía Química y Biología, tenía un carácter campechano para explicar sus clases y era flexible para tratarnos en los exámenes.  El Profesor Linarte por su parte era estricto y nos sometía al rigor de sus explicaciones, sin embargo, una vez por semana, dedicaba un parte de su clase a hablarnos de los valores que deberíamos cultivar.  Si el Profesor Paco Cordero nos recordaba el pasaje de Francisco I, derrotado, escribiéndole a su madre: “Todo se ha perdido, menos el honor”, el Profesor Linarte por su parte nos hablaba sobre lo que significaba el honor y como una persona debe luchar por su dignidad y buscar la admiración y el respeto de los demás.  Tal vez el Profesor Paco Cordero nos narraba de manera emocionante la defensa del Paso de las Termópilas de parte de Leónidas y sus 300 espartanos, el Profesor Linarte por su parte nos hablaba del significado del heroísmo y del amor a la Patria.  Y así, esas cápsulas de profunda enseñanza fueron ayudando a fortalecer nuestros valores y que son distintivos de los lasallistas de aquella época.

En quinto año, por tradición las cosas cambiaban para los futuros bachilleres.  La actitud de parte de todo el claustro de profesores se flexibilizaba, había un trato más cercano y considerado y se llegaba a sentir un ambiente de camaradería.  El Profesor Linarte hacía más frecuentes sus intervenciones sobre aquellos temas que no estaban en ningún programa pero que a lo largo de la vida nos daríamos cuenta de su importancia.

Un día a finales de febrero de 1967 llegó el momento del adiós.  En la ceremonia de Promoción nos despedimos de todos los compañeros y de nuestros profesores, sin imaginarnos que a muchos de ellos no los volveríamos a ver jamás.  Al Profesor Linarte lo miré en un par de ocasiones a finales de los setenta, en Masatepe, adonde acompañaba a mi padre a reuniones que lo invitaban sus amistades en esa ciudad; nos saludamos cariñosamente y fue la última vez que lo miré.

A través de un comentario a este Blog, de manera casual entré en contacto con un hijo del Profesor Linarte, quien me comentó que su padre había fallecido recientemente.  Decidí entonces escribir algo sobre él y le solicité información para completar mis ideas y fue entonces que me di cuenta que llegué a conocer a Heberto Linarte, el Profesor, el Guía, el Mentor, sin embargo no sabía nada del Hombre, de aquel que en algún momento se despojaba de su capa de magia y misterio y como un ser de carne y hueso era hijo, esposo, padre, con tristezas y alegrías, sueños y ambiciones.

Heberto Antonio Linarte Rodríguez nació en Masatepe un 30 de marzo de 1929.  Su padre era Don Nicolás Linarte Jirón y su madre Doña María de Jesús Rodríguez Téllez, ambos dedicados a las tareas del campo.  A los pocos meses de nacido Heberto, su familia se traslada a la Hacienda El Crucero, en donde su padre es contratado como administrador y ahí, en una escuela multigrado cercana, estudia sus primeras letras; luego, es trasladado a casa de su abuela en Masatepe en donde cursa hasta el tercer grado.  Luego llega a Managua en donde ingresa al cuarto grado del Instituto Monseñor Lezcano que dirigían los ínclitos hijos de La Salle y posteriormente cursa la secundaria en el Instituto Pedagógico de Managua en donde se bachillera en el año 1948.

Por su dominio de las ciencias exactas se inclina por la Ingeniería e ingresa a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Nacional con sede en Managua.  Al mismo tiempo, imparte clases en una escuela nocturna ubicada en las cercanías de la Casa del Obrero.  A inicios de los años cincuenta, por razones personales abandona la carrera de Ingeniería. Coincide lo anterior con el hecho de que a su amigo el Dr. Alfredo Cardoza le ofrecen en el Instituto Pedagógico de Diriamba una plaza de docente, misma que la cede a Heberto.

De esta manera, a partir de 1951, Heberto se inicia como docente del I.P.D., en donde imparte las materias de Matemáticas y Física en secundaria. En 1955 se casó con la Sra. María del Socorro Cardoza Solórzano, hermana de su maestro y amigo Dr. Alfredo Cardoza con quien procreó siete hijos; desafortunadamente el último parto, de trillizos, tuvo serias dificultades y no sobrevivieron.  En 1968 los bachilleres del Instituto Pedagógico de Diriamba le dedican su Promoción al Prof. Heriberto Linarte.

Durante su labor docente en el Pedagógico, Heberto nunca se apartó de las labores agrícolas, pues siempre ayudó a su padre con la administración de la Hacienda El Crucero, así como de la finca de su propiedad en San Rafael del Sur llamada “Rancho Alegre”.  En 1970 que fallece su padre, Heberto hereda la administración de la Hacienda El Crucero y consigue un horario especial en el Pedagógico para poder combinar sus actividades, además de las clases que impartía en el Colegio Madre del Divino Pastor en sus dos planteles y ad honorem, en la escuela nocturna San Sebastián que fundara su amigo el Profesor Juan Carlos Muñoz para ayudar a los jóvenes de Carazo.

En 1974 después de un fuerte sismo que sacude a Carazo, el Instituto Pedagógico de Diriamba, después de 35 años de funcionamiento, cierra sus puertas definitivamente. Heberto queda abandonado a su suerte, pues los ínclitos hijos de La Salle fingen demencia y no le ofrecen absolutamente nada por sus 23 años de servicio, ni siquiera una alternativa de trabajo en Managua.  Heberto se dedica entonces de lleno a las actividades agrícolas, administrando además de El Crucero, una pequeña finca llamada El Pozo.

En los años ochenta, las fincas que administraba Heberto son confiscadas para favorecer a los “pobres”.  Sin muchas alternativas Heberto tiene que aceptar un puesto en la imprenta de su amigo Don Octavio Rocha en Managua.  Posteriormente, en 1983 a través de su ex alumno, el Profesor Rafael Narváez, originario de San Rafael del Sur y sanmarqueño por adopción, consigue una plaza de docente en el Colegio Corazón de Jesús de las Hermanas Betlemitas de Chinandega en donde imparte clases hasta el año 1984,  y logra ganarse el cariño del alumnado quienes le dedican las promociones de todos los años que estuvo allá.

Al año siguiente imparte clases en el Instituto Pedagógico de Managua, esta vez simultáneamente con su hijo menor quien impartía Matemáticas en segundo año.  El siguiente año lectivo, 1986, regresa a Chinandega a impartir su último año en esa ciudad pues tiene que regresar a El Crucero por razones de salud de su esposa.  En 1987 el Dr, Carlos Herrera le ofrece su plaza como profesor de Matemáticas en el Instituto Nuestra de las Victorias de El Crucero.  El Centro contaba apenas con el ciclo básico, sin embargo Heberto convence a Sor Bertha González que realizara las gestiones ante el Ministerio de Educación para incorporar toda la secundaria.  En 1989 el Instituto logra su primera promoción de bachilleres.

A mediados de los años noventa, la salud de Heberto empieza a deteriorarse debido a una diabetes padecida desde los cuarenta años y que comenzó a incidir en su vista y audición, lo que lo motiva a retirarse definitivamente de la docencia en 1995.  En ese mismo tiempo, la Hacienda El Crucero fue regresada a sus dueños y Heberto fue llamado a hacerse cargo de la misma.

A partir de entonces su salud fue deteriorándose poco a poco.  En 1997 sufrió un pequeño derrame cerebral que afortunadamente no dejó secuelas graves.  Por recomendaciones de su amigo el Profesor Bayardo Cordero, nunca dejó que le inyectaran insulina y recurría a remedios sencillos y a veces naturistas.  A comienzos de este año, su salud estaba en el límite y Heberto comenzó a presentir su muerte y hasta empezó a barajar fechas probables, que si el día de su cumpleaños el 30 de abril, que si el 11 de abril que era sábado de gloria en que cayó el día que nació o el 15 de abril fecha en que habían fallecido su padre y su abuela materna.

Fue el 16 de abril de 2009 que Heberto, rodeado de su esposa, hijos y nietos abandonó este mundo.  Fue su última voluntad que lo enterraran en el Cementerio de El Crucero, en una colina desde donde se divisa la montaña, el mar y Managua y fue allí en donde cargado por sus hijos y nietos bajó a su última morada.

Sus miles de alumnos se encuentran ahora en los puntos más inverosímiles del planeta y estoy seguro que en algún momento de sus vidas recordarán cariñosamente al Profesor y por eso en nombre de todos ellos, con el corazón de gratitud henchido, como dice el himno lasallista, digo: Querido Profesor Linarte, Descanse en Paz.

Agradezco profundamente al Profesor Heberto Linarte Cardoza, por haber compartido conmigo “El Retrato de mi padre”, que es un testimonio de la vocación y dedicación de un hombre que se entregó a la educación nacional, pero más que eso, es la muestra del amor y respeto que se ganó de parte de su familia.

Promoción I.P.D. "Heberto Linarte" 1968

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