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Que murmuren

Por muchos años los artistas resaltaban exclusivamente por su talento.  En una época en donde los medios de comunicación se asomaban tímidamente a nuestras vidas, aprendimos a valorar a quienes trabajaban en el negocio del entretenimiento por la excelencia de su trabajo.  La voz y calidad interpretativa de los cantantes marcaban la preferencia del público y en esa medida vendían sus discos o se escuchaban por el radio. 

 

Cuando la televisión estaba todavía en pañales, era el radio quien nos traía los éxitos musicales del momento, entendiéndose por “momento” los últimos veinte meses pues nos llegaban con cierto retraso.  Parece mentira, pero en ese tiempo no llegábamos a conocer el rostro de muchos artistas.  De acuerdo a la voz nos imaginábamos la figura del cantante y eso nos bastaba. Disfrutábamos de su música y no la asociábamos con su posible apariencia, mucho menos con su vida privada.  Tiempo después talvez teníamos acceso a un álbum que traía una foto del artista, a lo mejor retocada y hasta entonces comenzábamos a asociar su apariencia real y su obra.  En el mejor de los casos, estos artistas llegaban al cine y ahí terminábamos de conocerlos, aunque lo que hacían con sus vidas continuaba siendo un misterio y la verdad es que nos valía.

 

Luego la televisión, allá a finales de los sesenta, comenzó a traernos clips de algunos éxitos, aunque también retrasados, de los principales intérpretes de la época y fue entonces en donde comenzó una identificación un poco más estrecha con los artistas, sin embargo los detalles de su vida privada continuaban siendo algo completamente ajeno, salvo algunos casos extremos que ocupaban las páginas de los diarios.  Algunos medios de comunicación escritos contaban con secciones especializadas en noticias del mundo de la farándula y a pesar de que habían noticias y chismes sobre la vida de los artistas, parecía haber un límite en la invasión a su privacidad.

 

Mucha información sobre los artistas era completamente desconocida para nosotros.  Sabíamos tal vez que Enrique Guzmán había nacido en Venezuela, que César Costa era estudiante de derecho, que Angélica María había iniciado su carrera desde niña, que Paul Anka era canadiense y que al igual que Marco Antonio Muñiz había tenido alguna cirugía plástica para mejorar su imagen, sin embargo, lo que realmente nos importaba era su música.  Cuando algunos de ellos llegaron a visitar Nicaragua, era inevitable que se levantaran rumores, tales como cuando a Enrique Guzmán le falló su grupo y lo querían obligar a cantar con la orquesta de la Guardia Nacional y él se negó rotundamente; nos sorprendió cuando Raphael cantó en el González y un famoso gay local subió al escenario para entregarle una muñeca y el ruiseñor de Linares casi pierde la voz o cuando a Alberto Vázquez se le ocurrió salir a cantar en un cine de Masaya con un pantalón verde, ajustado y se llevó una tremenda rechifla; también se manejó en los corrillos que a la cantante sudamericana Robertha después de su show se la llevaron de regalo a Somoza o nos dimos cuenta que Lucha Villa, cantando en la televisión, levantó el micrófono que tenía enredado en el pie y fue a dar con su humanidad contra el suelo.

 

Cuando los medios de comunicación fueron modernizándose y la inmediatez de las noticias invadió nuestra tranquilidad, poco a poco, la vida privada de los artistas fue cediendo terreno ante la agresividad de algunos medios que encontraron una veta con enorme potencial en la difusión de sus intimidades.  En ese momento los artistas empezaron a debatirse entre sacrificar su privacidad o mantenerse fuera de la atención de sus admiradores.

 

Comenzó entonces a fluir la información sobre la vida amorosa de los artistas, sus familias, sus enfermedades y sus escándalos ciertos o prefabricados.  Surgieron nuevas profesiones como la de los paparazzi, fotógrafos que acosan día y noche a las celebridades, llamados así en honor a Paparazzo el personaje de La Dolce Vita de Fellini; llegaron también los especialistas en imagen de los artistas, algunos tan versátiles que recomiendan desde el look hasta las historias ficticias que se tejen alrededor de sus vidas y los reporteros de espectáculos, cuya única capacidad está en la audacia para lanzar las más absurdas preguntas.

 

Poco a poco, las noticias del espectáculo fueron introduciéndose en las vidas del público y ante esta creciente demanda, nació la especialización en producción y conducción de programas exclusivos del mundo del espectáculo en donde personas sin ninguna preparación en la profesión periodística se lanzaron a este nuevo horizonte, sin más talento que el manejo del chisme y el rumor.  Esta industria se ha desarrollado vertiginosamente hasta el punto que representa una proporción considerable de la producción de las radiodifusoras y televisoras.

 

En estos días no puede concebirse el lanzamiento de un artista sin un trabajo previo de imagen e incluso un escándalo prefabricado.  Todo es ficticio, incluso el talento de algunos cantantes que son producto de la producción en serie de algún consorcio televisivo que también abarca la industria discográfica.  Podría mencionarse como una excepción “American Idol” en donde se procura mantener como premisa básica del concurso la calidad interpretativa de los participantes y es una lástima que otros concursos regionales de esta naturaleza los hayan mezclado con reality show, en donde los espectadores deben sufrir la cotidianeidad de los participantes.

 

De esta forma, estos consorcios pretenden que en nuestras vidas el mundo del espectáculo tenga igual relevancia que los grandes acontecimientos que sacuden al mundo.  En sus estrechas mentalidades quieren que desviemos nuestra atención del calentamiento global o de la guerra en Irak y perdamos el sueño por las declaraciones de Niurka Marcos sobre su ex marido, la salida oficial del closet de un integrante del grupo Rebelde o la relación de Ana Bárbara con el viudo de Mariana Levy.  Para esta gente debemos seguir con el mismo afán  la visita del Papa Benedicto XVI a los Estados Unidos que las declaraciones de un cantante admitiendo su adicción a las drogas y su pretendida calidad de héroe al ingresar a una clínica de desintoxicación.

 

A pesar de todo, existe una audiencia cada día mayor que está cautiva en este tipo de programas y que a pesar de su nulo valor agregado a su cultura, encuentra en esta invasión a la privacidad de los artistas cierto morbo que los mantiene atentos a todo cuanto ocurre alrededor de ellos.

 

En estos días las televisoras invierten un gran capital en el mantenimiento de una enorme planta de personal compuesta de paparazzis y de seudo periodistas que empujan hacia “entrevistas” a los diferentes sectores del mundo del espectáculo y con cuyo material luego preparan decenas de refritos en infinidad de programas, en los cuales sobresale la falta de talento y decoro, pero que han convertido en millonarios a muchos de sus productores y conductores.  El problema es que poco a poco estos “críticos” del mundo de la farándula van perdiendo el piso y se creen líderes de opinión o gurús y demandan un respeto exagerado a sus figuras como si fueran los dioses del Olimpo. 

 

Recientemente se observó un fenómeno que ilustra todo lo que representa este sórdido ambiente, cuando uno de estos “talentosos” conductores de programas del espectáculo se vio envuelto en un escándalo mil veces mayor que los que fabrica a diario en su programa.  Resulta que el conductor, que por cierto tiene un nombre firulichesco y cuyas preferencias sexuales maneja de manera velada en sus programas, contrató los servicios de un sexo servidor masculino y en un hotel de paso, después de una discusión supuestamente por los emolumentos, el conductor resultó severamente vapuleado, derivando luego en un juicio que se ha ventilado públicamente por meses.  No hubo tiempo de tapar el escándalo, pues como dicen popularmente entre bomberos no se machucan las mangueras, pero era tan apetitoso el bocado para los buitres de la nota roja que se convirtió en un verdadero festín, de tal manera que las secciones de espectáculos no tuvieron tiempo de disimular y tuvieron que presentar los hechos tal cual.  Algunos trataron de parcializar la información, utilizando el material obtenido pero dándole un sesgo de beatitud al presentador, sin embargo, se les salió de las manos y el pobre recibió a nombre de sus colegas una sopa de su propio chocolate. Indudablemente esto debió servir de escarmiento para su gremio, que considerando que viven en casas con techo de cristal y son por lo tanto más vulnerables ante cualquier escándalo, deberían ser más comedidos, sin embargo, parece no importarles y lo único que los mueve es el rating.

 

En Nicaragua, afortunadamente no existen una comunidad artística tan amplia o interesante que haya motivado la producción de este tipo de programas, además de que con los programas extranjeros que se presentan a través del cable o en los canales locales basta y sobra.  Sin embargo, recientemente haciendo fila en el supermercado miré una revista mexicana de noticias del espectáculo que tenía un sub título: Edición especial para Nicaragua.  Me dio curiosidad, debo admitirlo y la hojeé, encontrando un par de páginas con entrevistas timoratas a ciertos artistas nacionales.  Por el precio de la revista y la idiosincrasia local, siento que no llegará a los doce números.

 

La pregunta clave en este asunto es que si esta vorágine alrededor del mundo de la farándula llegará a un punto en donde los artistas y sus admiradores se hastíen de tanto chisme y rumor y rompan de una vez el círculo vicioso y den al traste con este género.  Sería fantástico, como dice Serrat, que volviésemos a escuchar buenas canciones interpretadas por una gran voz, sin conocer al cantante, ni su rostro, ni sus debilidades, ni su familia, ni sus gustos, ni nada, sólo su voz.

 

 

 

 

 

 

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