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La del vestido rojo

La del vestido rojo.  Imagen tomada de internet

CUENTO.  BASADO EN HECHOS REALES.

Faltan diez minutos para las cuatro de la tarde y en aquel recóndito pueblo, las nubes se confabulan para esconder por un rato al timorato sol de diciembre y una ráfaga de viento levanta una nube de polvo en la rústica calle que de pronto pareciera haber adquirido cierta solemnidad ante el cortejo fúnebre que la recorre en su marcha hacia la parroquia, misma que no necesita ser nombrada pues es la única que existe.  Un fino ataúd de madera preciosa es llevado a la usanza de aquel pueblo, en hombros de familiares y amigos, con un marcado balanceo, “chiqueado” como dirían ahí.   Le siguen, una mujer que no llega a sus cincuenta años, acompañada de cuatro mujeres jóvenes, todas ellas de riguroso negro, cubierta sus cabezas con finas mantillas de ese mismo color.    Luego, una nutrida concurrencia de personas esforzadas por lucir de manera circunspecta para la ocasión.  Algunos en la parte posterior del cortejo, se atreven a conversar en muy baja voz.

La viuda, lleva una expresión un tanto indescriptible.  No parece haber compunción. No llora y en su rostro no hay asomo de alguna pasada lágrima.  Sus hijas, más bien reflejan cierto asomo de temor.  Como si para todas ellas, aquel sepelio fuera un amargo trago que debían apurar.  Entre los acompañantes, tampoco se adivina ninguna expresión grave, ni siquiera por solidaridad. Uno de los que cargan el ataúd, es el único que refleja un dolor contenido; seguro algún hermano del difunto.

De pronto, cuando el cortejo alcanza la esquina próxima a la parroquia, del cafetín ahí ubicado, sale súbitamente una mujer.  Todos los acompañantes del difunto, sin excepción, la voltean a ver, como dicen, tragándose la campanilla.  No por su figura, pues es de estatura más que regular y de cuerpo bien conformado, sino porque está vestida completamente de rojo.  Incluso sus zapatos hacen juego al color de su vestimenta, al igual que su collar y pendientes, mientras que su cabello, negro azabache, es sujetado por un aro del mismo color.  Lleva unos lentes oscuros, no tanto como para esconder sus ojos, sino como para esconder de sus ojos, la escena que tiene frente a sí.

La viuda al verla, la reconoce inmediatamente y siente que un fuego con un sabor entre amargo y ácido sube por su esófago y amenaza por llegar a su boca.  Se trata de su hija. Tiene varios meses de no verla y en ese tiempo parece haber embarnecido, además, tiene una expresión que nunca le conoció.  Denota seguridad y una actitud retadora.  Detrás de ella se ha colocado, como protegiéndola, un tipo alto, fornido, que luce blue jeans, una camisa a cuadros y botas vaqueras.  La concurrencia también llega a reconocerlos y comienza a cuchichear.

En el preciso momento en que el féretro pasa frente a la pareja, el hombre hace una seña a alguien al interior del cafetín y de pronto, una roconola comienza a tocar una pieza a regular volumen.  Al escucharla, todos parecen trastabillar.  La viuda se detiene, al borde del colapso, de tal forma que una de sus hijas la toma del brazo para que no caiga.  El allegado al difunto que carga el ataúd, casi echa espuma por la boca, sin embargo, vuelve a ver al hombre de la acera y observa que de la cintura se asoma una Colt .45 automática.  La roconola sigue con la pieza que ha llegado al estribillo:  “Ya el zopilote murió, ya lo llevan a enterrar, ya lo llevan a enterrar, échenle bastante tierra, no vaya a resucitar, no vaya a resucitar”.

El momento que le tomó al cortejo pasar por aquella esquina se hizo eterno.  Cuando finalmente calló la música, la pareja se dirigió a una camioneta estacionada cerca de ahí y se perdió en la distancia.

Ya en la salida del pueblo, la del vestido rojo no pudo más y rompió en amargo llanto.  El hombre le tomó la mano y simplemente le dijo: -Ahora sí, amor, ya todo terminó.  Pero no era cierto, aquello no terminó ahí y a decir verdad, parecía que nunca terminaría.  De repente, la mente de la muchacha se transportó a aquella misma calle, que unos meses antes. ella, vestida de blanco, recorría hacia el altar del brazo del ahora difunto.  En ese entonces, ella se esforzaba por mostrar felicidad y serenidad, pero en el fondo se moría de los nervios, mientras que su padre, lucía una cara de pocos amigos.  Desde el momento en que su hija comenzó su noviazgo con el que ahora sería su marido, él se había opuesto rotundamente, esgrimiendo los más ridículos pretextos, pues el sujeto en cuestión no tenía cola visible que le pisaran.  La familia del novio, pequeños ganaderos, tenía  recursos, era gente trabajadora y él, quien no era afecto a las labores del campo, había logrado finalizar la escuela de comercio y trabajaba como contador en la capital, desde donde viajaba regularmente al pueblo.

Después de la ceremonia religiosa, la pareja, sus familias y numerosos invitados se trasladaron a la casa de la novia, en donde el padre, a regañadientes, no tuvo otra alternativa más que echar la casa por la ventana.  Fue una recepción fastuosa, para los estándares de aquel pueblo, es más, guardando las debidas distancias, el propio Camacho se hubiese sentido envidioso.  A pesar de que los festejos se prolongaron hasta el atardecer del día siguiente, al rayar el alba, la pareja salió en viaje de luna de miel a Santa María de Ostuma, un hotel de montaña en el norte del país que en aquel tiempo estaba muy de moda para aquel tipo de menesteres.

Después de disfrutar de los maravillosos paisajes que se observaban desde el hotel e ingerir una frugal cena, los recién casados se recluyeron en su habitación y se dispusieron a iniciar los prolegómenos del asunto que tenían por delante.  La dulzura que había desbordado hasta entonces la novia, de pronto fue convirtiéndose en un profundo sentimiento de temor.  El novio, quien acusaba en su hoja de vida una experiencia, pudiésemos decir, suficiente en esas lides, entendió que era algo normal, ante la incertidumbre de la muchacha frente a un hecho que podía considerarse un rito de iniciación, en ciertos casos, un tanto doloroso.  Como todo un caballero, de lo cual se preciaba, trató de calmar a su ahora esposa, ofreciendo la gentileza que el caso requería. Aun así, el nerviosismo de la novia iba in crescendo, hasta el punto en que comenzó a ponerse tiesa (ella), mientras que el novio hacía su mejor esfuerzo para tranquilizarla con las mentiras piadosas del caso.  Cuando él lo creyó prudente, se dijo a sí mismo aquel refrán que repetía su abuela: “Lo que se va a pelar, que se vaya remojando” y se preparó para asumir en propio nombre su dominio sobre la doncellez de su dulcinea.  Como el torero que con el estoque en mano, mide la fuerza necesaria para atravesar piel y músculos del astado, el joven se lanzó con firmeza, sin embargo, más que resistencia, sintió como si alguien hubiese abierto una puerta y el impulso lo llevó hasta la pared de enfrente.

La sorpresa, el desconcierto y la frustración del novio fueron mayúsculos.  En aquel tiempo los estudios sobre el “himen complaciente” todavía no se profundizaban, de tal manera que no había ningún atenuante ante lo que era un atentado al honor del novio, de tal forma que el tálamo nupcial amenazaba en convertirse en un ring de la AAA.  -¿Qué pasó? Fue lo único que se le ocurrió decir al novio.  La muchacha se limitó a enmudecer y al rato, como decían en el pueblo: “dice a llorar”.    El primer impulso de cualquiera hubiese sido estrangular a la causante de aquella mancha en el honor del esposo, sin embargo, el joven no era violento y había aprendido a manejar sus reacciones con cierta dosis de ecuanimidad.

No obstante, de pronto tomó la actitud de un oficial de “entrevistas” de la OSN (Oficina de Seguridad Nacional) y comenzó a interrogar insistentemente a la joven, tratando de descartar las opciones tan manidas utilizadas en estos casos, como las caídas de una bicicleta, de un árbol, de una cerca, indagando acerca de algún novio, vecino, compañero de clases, sin que ella pudiera dar la menor luz en aquella persecución de la verdad.  En aquel interrogatorio que se prolongó durante toda la noche, el novio llegó a observar que el código más fuerte en su pareja era el silencio.  En ningún momento hubo el intento de alguna mentira que tratara de calmarlo.  Llegó el muchacho a la amenaza de llevarla desnuda por todo el pueblo y dejarla en la puerta de su casa y ahí repudiarla a todo pulmón.

Era ya de mañana, pues la claridad de la aurora empezó a colarse en la habitación, cuando la insistencia del joven logró romper aquel muro infranqueable dentro de su compañera y de pronto, la verdad se desbordó, con la fuerza del agua que rompe una represa y se limitó a tres palabras: -fue mi papá.  Su voz se ahogó muy dentro de su pecho y se dejó caer entre sollozos.  El novio fue quien en ese momento perdió el habla, sus ojos se desorbitaron y su quijada perdió la fuerza que lograba mantener su boca cerrada.  Se dio cuenta inmediatamente que ella no estaba mintiendo, recordó aquella animadversión de aquel hombre a su persona, a su noviazgo y luego al matrimonio.

Cuando él recobró el resuello, comenzó a caminar por toda la habitación, mientras cavilaba lo que podía hacer.  Pensó por un momento en matar a quien ahora era su suegro, sin embargo, estaba seguro que conociendo a sus respectivas familias, esto podría ocasionar interminables vendettas que terminarían al final con todos sus integrantes.  Pensó en una acción legal, pero tampoco podía progresar, dada la estrecha relación del suegro con el régimen somocista, que al final de cuentas controlaba la justicia en el país.  Lo más importante fue concluir, después de todas las reflexiones, que su esposa, no era otra cosa que una víctima.  Fue entonces que se acercó a la cama y comenzó a acariciarle su cabeza, tratando de contener las lágrimas.  Ella, tratando de arrancar las palabras de su garganta, le preguntó: -¿Me perdonás? –No tengo nada que perdonarte, le replicó él, eso sí, agregó, quiero que lo que yo te pida, lo obedezcas ciegamente, sin protestar.  Ella sin pensarlo mucho asintió.  – Lo primero, dijo él, va ser que no vas a volver nunca a tu casa.  Ella después de un sollozo, asintió.  – Lo segundo, agregó, será que luego me contés a detalle como fue toda esa historia. Ella dudó por un momento, pero al final volvió a asentir.

Regresaron directamente a la capital, a la pequeña casa que él había alquilado para convertirla en su nido de amor.  Sin embargo, todo aquel cariño que habían construido durante los meses de noviazgo, tuvo que ser comenzado casi de cero y todas las noches al igual que Sherezade, ella le iba soltando a retazos la escalofriante historia de cómo su propio padre la había violado innumerables veces y como aquel código de silencio que imperaba en aquella casa, impedía detener aquella canallada. Luego le soltó algo más tormentoso.  Antes de que se fijara en ella, su padre había violado sistemáticamente a sus dos hermanas mayores.  Al final, quién sabe por qué razón, la prefirió a ella y dejó a sus hermanas en paz.  Lo más macabro era que todos, incluso la madre sabía lo que estaba sucediendo y lo único que se imponía era el silencio.

Cuando después de varios meses, el joven supo aquella borrascosa verdad, comenzó a darle vueltas en su cabeza la forma de hacer pagar a aquel aberrado.  Pensó por mucho tiempo y al final dio con la solución, al recordar el dicho: Pueblo chico, infierno grande.  Así fue que ejecutó su plan para que el mismo pueblo fuera el gran infierno de aquel demente.  Buscó a una pariente que también vivía en la capital pero que viajaba cada fin de semana al pueblo y le pidió que trasmitiera unas cuantas cápsulas de la historia, sin citar fuentes, a una lista de personas que se encargarían de diseminar la información por todo el pueblo y sus alrededores.  Así lo hizo y el domingo, después de la primera misa, muy temprano por la mañana, las noticias se dispersaron como reguero de pólvora.  Se multiplicaron de manera impresionante los grupitos que en las esquinas no hacían otra cosa sino comentar aquella historia.

El lunes por la mañana, la familia de nuestra historia, todavía con la oreja fría, comenzó a notar una especie de nubosidad que flotaba por todo el pueblo y como miradas furtivas y no tan furtivas se clavaban sobre sus humanidades.  No obstante, quien más resintió la situación fue el padre, quien observó un rechazo, primero un tanto velado y luego demasiado evidente.  Mientras le daba vueltas a su cabeza sobre el motivo de aquella actitud en la gente, un nudo parecía recorrer sus entrañas.  Después de varios días en que cada vez más se generalizaba aquella actitud hacia él, se le ocurrió la idea de ir a la cantina El resbalón, a donde acudían regularmente muchos de sus amigos y conocidos.  Ahí se encontraba su amigo y compadre Tobías.  A esa hora, el compadre ya llevaba algunos mecatazos adentro, así que se sentó junto a él y pidió su dosis.  Su compadre también estaba cambiado y solo respondía con monosílabos.  Cuando no pudo más, decidió jugársela y sin más le dijo: – Bueno compadre, ¿podría decirme usted qué demonios pasa?  El compadre, que no tenía pelos en la lengua, ante aquella pregunta a mansalva y bajo los influjos del alcohol le dijo: – Lo que pasa compadre es que usted es un degenerado.  Su primera reacción fue querer agarrar a golpes a su compadre, hasta que se tragara sus palabras, pero aquel le tenía clavados los ojos y en aquella mirada comprendió lo que en realidad había sucedido.  La mirada del compadre continuaba penetrándolo hasta el fondo de su alma, si es que tenía.

Aquel hombre, ahora casi como un zombi, se levantó de su silla, abandonó la cantina y con pasos inciertos se dirigió a su casa.  Cuando llegó y se encontró con su esposa, esta se asustó al verlo como un guiñapo. –Pero qué te pasó, le preguntó.  El hombre, balbuceando quiso decir: – Lo que pasa es que son unos hijue…  no alcanzó a finalizar su frase, cuando se llevó las manos al pecho, se arqueó y como en cámara lenta cayó al piso.   La mujer se quedó paralizada, sin mover un dedo, luego de un instante, mientras el hombre yacía con los ojos desorbitados, con la frente cuajada de sudor, le costaba respirar y su rostro mostraba cierta palidez.    De pronto, llegaron las hijas e igualmente se quedaron sin hacer nada, simplemente se volvieron a ver y se quedaron inmóviles.  Después de un rato, la madre se arrodilló a su lado y volvió sus ojos hacia arriba mientras exclamaba: -Hágase Señor tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.    Cuando su respiración se hizo imperceptible, la madre le dijo a una de sus hijas:  -Llamá al doctor.

Cuando llegó el doctor, en un tiempo, pudiéramos decir prudencial, se acercó al hombre que continuaba en el piso y comenzó a verificar los signos vitales y después de varias auscultaciones, se acercó a la señora y le dijo: -Lo siento, su esposo ha fallecido.  Fue un infarto al miocardio.  No hubo shock, no hubo llanto, no hubo prácticamente nada, la ahora viuda simplemente se limitó a decir: -Dios lo haya perdonado.

Unas horas después, en su casa de la capital, el contador recibía una llamada de su pueblo.  Disimulando una sonrisa, se dirigió a su esposa y le dijo: -El sátiro de tu padre murió hoy de un infarto.  Ahora te voy a pedir lo último en que vas a obedecerme ciegamente.  Mañana, te vas a poner el vestido rojo que te compré para la fiesta de fin de año y vamos a ver pasar el cadáver de ese tipo.  Ella quiso decir: -Pero…  – Nada de peros, quedamos en que ciegamente.  Ella una vez más asintió.

Cuando la camioneta llegó a la capital ya estaba oscuro.  Ella ya se había calmado, pasaron luego por su casa, en donde él se cambió los jeans y la camisa a cuadros por un traje oscuro, con corbata azul con motivos rojos, mientras ella se retocó el maquillaje, tomo su bolso de noche y se dirigieron al club, en donde habían comprado boletos para la celebración del año nuevo.  Cuando ingresaron al club, ya había una nutrida concurrencia.  Una banda estaba finalizando El año viejo, al estilo de Toni Camargo.  Todas las miradas se enfocaron en aquella mujer de rojo, acompañada de un tipo que no desentonaba con la figura de ella.  El director de la banda se dirigió a sus músicos e iniciaron aquel cha-cha-cha que después de la introducción de trompetas decía: “Estas insoportable, con tu vestido rojo….”

 

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El santo

San Roque. Imagen tomada de internet

Cuento

Para Don Miguel

En aquel tiempo de los fabulosos años setenta, dulce tregua entre el terremoto y la guerra, mi jefe, muy circunspecto, me llamó a su oficina para informarme que el BANCO, así todo en mayúsculas, porque los viejos funcionarios cuando pronunciaban aquella palabra, lo hacían entornando los ojos en medio de una nube de incienso, había tenido a bien promoverme a Gerente de una sucursal.  Me emocioné al extremo al escuchar tan tremenda noticia, pues no era cualquier empleado el que recibía semejante promoción.  Estaba a punto de decir, Señor no soy digno…, cuando el jefe, después de aclararse la garganta, aclaró, esta vez a mí, que se trataba de la “gerencia” de una agencia que la institución tenía en un poblado un tanto alejado y que después de un año y dependiendo de mi desempeño tendría la opción de obtener otra promoción.  Tendría a mi cargo un cajero, un contador y una secretaria locales que ya laboraban en la agencia.

Como en ese tiempo no tenía responsabilidad alguna y todavía tenía fe en la institución, acepté aquella “promoción” que con poquito de perspicacia hubiera sentido como un castigo.  Pero ¿qué sería de nuestras aventuras sin el espíritu audaz de la juventud?

Me trasladé al pueblecito aquel, metido en medio de la montaña y me instalé en un pequeño departamento anexo al local donde estaba la agencia del banco. No me costó adaptarme al trabajo, pues ya dominaba todos los procedimientos de funcionamiento de la institución, de tal manera que un par de semanas, la agencia ya funcionaba como un reloj.  Me costó un poco más acostumbrarme a la idiosincrasia de las gentes de aquel lugar, en donde daba la apariencia de que todos eran parientes entre sí y tenían cierta aversión y desconfianza para los fuereños.

Una de las costumbres un tanto arraigadas del pueblo era las novatadas que le propinaban a los forasteros, tales como brindar direcciones falsas, cambiarle el nombre al individuo o endosarle un infame apodo.  En mi caso, la prueba que me tenían preparada coincidió con las fiestas patronales, en donde además de los bailongos, juegos de azar, consumo exagerado de cususa, barreras de toros, instalaban en plena plaza un ring de boxeo, en donde los aficionados improvisaban torneos relámpago. Fui de espectador como una forma de integrarme a la comunidad y al parecer ya tenían planeado que en determinado momento, cuando subió al ring un gigantesco moreno a quien apodaban “Charles Atlas”, todo el mundo comenzó a corear mi nombre y no pararon hasta que con zapatos de vestir y en camisola, subí con determinación al ring.  Me miraba como el topo Gigio a la par de aquel gigante.  Lo que nadie sabía, ni se imaginaba, era que en mis años de universitario había practicado boxeo cerca de tres años en el gimnasio que Pambelé tenía en el Estadio Nacional y me retiré cuando ingresé al Banco y a la vez tuve que preparar mi tesis de graduación.   El moreno aquel era fuerte pero lento como tortuga a la hora de lanzar sus mazazos, de tal manera que pude esquivar los golpes que con todas sus fuerzas lanzaba hacia mi humanidad y casi al terminar el primer round, un par de ganchos al hígado y un uppercut de derecha que lancé a la quijada de Charles bastaron para que cayera como una tabla.  La gente enmudeció y fue al cabo de algunos minutos, cuando el tipo aquel logró despertar y levantarse como Lázaro después de resucitar, que la audiencia salió de su asombro y comenzó a aplaudir y aclamar al “gerentito”.  Esa fue la mejor dinámica para mi inmersión total dentro de aquella cerrada sociedad.

Después de aquel episodio, todos comenzaron a saludarme con respeto, a pesar de mi juventud, el Don no me lo apartaba, tuve invitaciones a tertulias, bodas, bautizos y demás fiestas de muchas personas, clientes o no de la agencia.

Una de las cosas que más me llamaba la atención era la proliferación de apodos en el pueblo.  Todo el mundo parecía tener algún remoquete que obedecía al color de su piel o de su cabello, a su parecido con algún personaje o animal, o bien a su oficio o a cualquier anécdota de su vida.  Creo que si no hubiera por el episodio del boxeo, me hubiera hecho acreedor de algún remoquete.  Por mi posición tenía que hacer un gran esfuerzo por averiguar el nombre verdadero de aquellos a quienes sólo se conocían por su apodo.

Lo más interesante es que a la par de aquellos apodos, algunos de ellos realmente procaces, había una categoría especial de motes que de cierta manera denotaban cierto respeto por la persona que lo portaba, aunque en un inicio parecía haber existido cierta sorna en el mismo.  Estaba el caso de don Felipe, un pintor de brocha gorda a quien todos llamaban “El ministro”, debido a que en su tiempo libre, ayudaba al Padre Miguel en la oficina de la parroquia.  Después de tanto tiempo de llevar aquel título, más que apodo, el señor en cuestión caminaba con parsimonia, vistiendo siempre de manga larga y hablando de manera pausada y magisterial.  Asimismo, “El canciller”, quien era un finquero llamado don Cosme y que recorría el pueblo en su jeep con mejores ayeres y siempre usaba de aquellas “corbatas” de vaquero, que era un grueso cordón con dos punteras y que estaban unidas en el cuello con una pequeña hebilla con una “C” gótica.  Era quien representaba a todos los agricultores y ganaderos del rumbo e incluso don Matías, el alcalde, a quien por cierto apodaban “El mono”, se dirigía a él con mucha deferencia.

Don Jeremías, era un viejo comerciante que había sido alcalde por mucho tiempo y que muchos aseguraban que era amigo personal del General, ostentaba el remoquete de “El cacique”, me imagino que más que por el poder que tuvo era porque tenía un aire a Nicarao.  Era consultado en muchas de las decisiones del pueblo y acostumbraba a pasear diariamente por las principales calles del pueblo, con aire marcial y esperando los saludos respetuosos de sus conciudadanos.  Por su parte, don Roque, quien además de realizar trabajos de fontanería, tocaba el trombón en la banda municipal era conocido como El maestro y de la misma forma, era tratado con mucha consideración y estima.

Había en aquel pueblo una especie de club, que por lo cerrado del mismo, se manejaba como una logia masónica.  Tenía sólo doce integrantes, motivo por el cual dicho grupo se conocía con el nombre de Los doce apóstoles del ceibo, debido a que se reunían en el patio de la casa de uno de los miembros que tenía un árbol de ceibo, a cuya sombra habían instalado una mesa en donde acompañados de varias botellas de licor se dedicaban a debatir sobre diversos tópicos de interés en el pueblo.  Se decía que ahí confluían, se filtraban y se diseminaban toda suerte de rumores que en determinados casos se convertían o bien en noticias o bien en simples calumnias.  También se decía que de aquella mesa habían salido casi todos los apodos del pueblo y los demás habían tenido que pasar por su aprobación.

En cierta ocasión necesitaba una mesita de madera para mi habitación y habiendo preguntado a mi secretaria dónde podía encargar una, ella me dijo que fuera donde “El santo”, un carpintero que trabajaba más o menos bien y a veces era cumplido.  Me dio la dirección y en el trayecto iba cavilando sobre aquel remoquete, imaginándome encontrar a un viejo de barbas hirsutas, casi con una aureola en su cabeza y pensando que debió ser muy piadoso, religioso y bien portado para hacerse acreedor a ese apodo.  Cuando llegué a la dirección pregunté por el señor carpintero, para no caer en cualquier equívoco y me indicaron que pasara al patio, en donde en un bajareque tenía instalado su taller.  Me recibió un tipo de unos cuarenta y tantos años, sin camisa, fornido, moreno que con una garlopa cepillaba una tabla.  Al verme dejó de cepillar y me preguntó qué se me ofrecía.  Su rostro tenía rasgos miskitos, tenía los ojos jalados hacia arriba, la boca carnosa, tenía el cabello cortado casi al rape y al hablar parecía ventrílocuo apretando los labios.  Después de observarlo, le expliqué lo que necesitaba y él accedió a elaborarlo y me dio el costo y el plazo, que me perecieron razonables y por lo tanto quedamos en un quedar.  Un par de días después del plazo se apareció por la agencia con la mesita, bastante bien elaborada y procedí a pagarle el importe sin dilación.  Al salir, el contador dijo: -A ver si no se bebe esos reales.  Me quedé intrigado, pues alguien que era considerado como santo no debía andar en esas danzas, cuando al observar mi inquietud, el contador se limitó a decir: -Mmmmm, arrecho al guaro es.

En las siguientes semanas escuché otros comentarios sobre el famoso santo, una vez se dijo que le había pegado una buena paliza a su mujer y en otra ocasión que había protagonizado una enorme trifulca en una cantina de mala muerte.  No omito decir que la intriga se apoderaba de mí con mayor fuerza ante aquellos hechos.

En otra ocasión, me visitó en la agencia uno de los doce apóstoles, don Marvin, que de manera individual le apodaban “El ronco”, por su vocerrón.  Era el propietario de la casa donde estaba ubicado el ceibo y su legendaria mesa.  Necesitaba una habilitación para la recolección del café de su finca y como reunía los requisitos, le tramité su crédito de manera expedita.  Muy agradecido me invitó a su casa a una sopa de res, un sábado, después de cerrar la oficina.  Con cierta curiosidad me dirigí al domicilio del presidente de aquel grupo y como una deferencia especial, me llevó a la famosa mesa, aprovechando que no tenía programada reunión de su club.  Con gran orden y gusto la mesa estaba cubierta con un mantel cuadriculado y tenía preparada una botella de Ron Flor de Caña, con sus respectivas gaseosas, hielo, limones y pequeños platos con boquitas variadas.   Nos sentamos y mientras llegaba la sopa, jugando- jugando nos terminamos la botella de ron y antes de pensar en sacarle el diablo, ya había aparecido otra botella en la mesa.

Conversamos de diversos tópicos, entre ellos le comenté sobre mis años de boxeador donde Pambelé, el me habló sobre las familias fundadoras del pueblo, entre ellas la suya, así como de las de sus colegas del club.   Al calor de los tragos, cuando ya me sentía medio cachetón, empecé a preguntarle sobre los apodos del pueblo y con mucha paciencia me explicó el origen de muchos de ellos.

Ya encarrilado en el tema me atreví a preguntarle sobre el apodo que tanto me intrigaba.  Le dije que en todos los casos había un parecido sorprendente entre el portador y su apodo o bien una gran pertinencia en otros casos, pero que sentía que había uno en donde habían fallado enormemente y era el apodo de “El santo”, pues no entendía cómo podían haberle puesto ese mote si más bien era un diablo.  Al escucharme, don Marvin lanzó una sonora carcajada, al estilo de Vincent Price y palmeándose incesantemente la rodilla, no paraba de reír.  Cuando medio se calmó, me dijo: – Lo que pasa es que le pusimos así porque es cagado a El Santo, el enmascarado de plata, se rió nuevamente y agregó: -con todo y máscara, el desgraciado y continuó riendo hasta que llegó la sopa.  Recordé al susodicho y en efecto, aquella estampa sin camisa, con sus rasgos, su boca y ojos, su forma de hablar eran, en efecto, el vivo retrato del luchador mexicano.

Así pues, le devolví el crédito (el del apodo) a don Marvin y más de una vez me escapé de ahogar con la sopa, al reír a más no poder junto al anfitrión, de aquel apodo tan bien logrado.

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El Juicio

Cuento para el Día de las Madres.

Orlando Ortega Reyes

La mujer atravesó un inmenso túnel hasta llegar a una sala en donde la luminosidad era tan intensa que el color blanco resaltaba en diferentes tonalidades.  En el centro de la sala se encontraba una enorme silla dorada en donde estaba sentado el Juez Supremo, con una túnica azul y rojo, escoltado por un sinfín de guardianes, todos vestidos de blanco. Uno de ellos sin leer nada dijo el nombre de la mujer y los cargos que se le imputaban que consistían básicamente en faltas a la solidaridad, no haber ayudado a quienes solicitaron comida, bebida, vestido o bien alguna visita a la cárcel.   El Juez, con una expresión entre candor y tedio hizo resonar su voz preguntándole: -¿Cómo te declaras?  Ella, sorprendida porque aquella voz no tenía aquel efecto de trémolo con que siempre se le representaba y que daba la apariencia de que hablaba dentro de un bote, respondió sin vacilar: -Culpable.

El Supremo, de quien se decía podía adivinar todos los pensamientos, se quedó atónito, porque hasta entonces, en la infinidad de casos juzgados nadie se había declarado culpable, siempre había una reiterada declaratoria de inocencia, un pretexto, una justificación o bien una apelación a la misericordia o a la infinita comprensión.  Ella, sin embargo, con una entereza nunca antes vista se quedó esperando, mostrando una alta dosis de resignación, el resultado del veredicto final.

-Tengo la sensación de que no te arrepientes de nada- dijo tranquilamente el Juez, a lo cual la mujer meditó un instante y le respondió: -Más bien, quisiera haber tenido la oportunidad de que las cosas hubieran sido diferentes.  -¿En qué sentido?- agregó el Supremo.  La mujer respiró profundamente y dijo: – Quisiera que mi vida hubiese transcurrido de tal forma que de mi corazón hubiera podido brotar a borbollones esa solidaridad que tanto se me ha demandado.  El Juez con cierto tono de ironía le replicó: -Tenías el libre albedrío para haber conducido tu vida hacia la entrega por tus semejantes.  –Lo que pasa es que de repente me quedé vacía- agregó la mujer.  En un momento de mi vida llegué a llorar tanto que derramé todas las lágrimas que me correspondían en la vida; grité tanto que casi pierdo el habla; mis uñas quedaron atrapadas en las batas de los médicos; mi cuerpo se secó a plazos en un banco de sangre; mi corazón quedó hecho trizas y el dolor se acuarteló en mi alma.  Llegó un momento en que hubiera deseado que me crucificaran mil veces antes que ver a mi inocente hijo con sus brazos abiertos y su cuerpo aguijoneado en una cama de hospital.  Mis últimas fuerzas las gasté abrazándolo, antes que me lo arrancaran para llevárselo para siempre.  Desde ese día, el único prójimo que encontré a mi lado fue el sufrimiento persistente, agudo, constante; por mis venas corrió hiel y vinagre y donde antes tuve un corazón que latía, quería y soñaba, tan sólo quedó un muñón.

El Juez Supremo se aclaró la garganta, un tanto forzadamente, antes de preguntarle: – ¿Y seria acaso que tus plegarias estaban cubiertas de la fe necesaria?.  La mujer sin pensarlo mucho le contestó: -Tan grande como para haber movido el Everetz, sin embargo, nunca obtuve una respuesta.  Pero, ¿Insististe en tu afán?-agregó el Juez, a lo que la mujer respondió: – Setecientas mil veces siete y nada, hasta que al final lo único que pudo salir de mi boca fue:  Eli Eli lama sabachthani.

 La cara del Juez de pronto adquirió la tonalidad del rojo de su túnica y sintió un agudo dolor que irradiaba desde su costado.  Trató de mantener su ecuanimidad y de pronto se levantó de su silla dorada y se dirigió hacia la mujer, la tomó de la mano y le dijo: -Ven conmigo.

La mujer un tanto sorprendida le preguntó: -¿Tú mismo me llevarás hacia el castigo que merezco? – ¿Por qué debo castigarte?-Señaló el Juez. -Por ausencia de solidaridad, agravada por faltas a la autoridad-Le dijo la mujer. –De ninguna manera- le replicó el Supremo- No puedo juzgarte, más bien debo pedirte perdón porque no estuve a tu lado cuando más me necesitabas, cuando yo debía evitar tu dolor; te dejé sola mientras tú te entregabas en cuerpo y alma a tu hijo, cuando tu único sueño era ser madre.  Te llevaré a un lugar especial, en donde pondré a todas las madres a quienes en algún momento desamparé, porque has de saber que mi lado humano siempre tiende a fallar. Ahí trataremos de curar tantas heridas y tanto dolor.

La mujer más que sorprendida le dijo: -Pero esto no es lo que estaba escrito.  El Juez Supremo sonrió y le respondió: -Casi nada de lo que está escrito es la Verdad.  Miles de veces le repetí a Mateo que tomara notas y al final escribió lo que le dio la gana y de repente, cada quien quiso adivinar lo que yo pensaba y empezó a inventar lo que yo habría querido decir y se armó el caos.

Llegaron al fin a un lugar que parecía salido de un comercial de productos naturistas, en donde el verde intenso envolvía a centenares de manantiales de agua que se antojaba viva.  La mujer aspiró un tenue perfume de las flores que adornaban la escena y de pronto le pareció escuchar un coro angelical que cantaba a lo lejos: “ Aquí estoy yo, abriéndote mi corazón, llenando tu falta de amor, cerrándole el paso al dolor, no temas yo te cuidaré…”  Entonces de repente de sus ojos brotó la última lágrima que por alguna razón le había quedado escondida y sintió que una inmensa paz fue inundando su ser y al fin empezó a descansar.

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