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La cocoroca

Para un pueblerino que “bajaba” a Managua, como dice Roberto Sánchez Ramírez, todo lo que se vivía en la gran urbe era una experiencia fantástica y de manera especial cuando se recorría la zona de los Mercados Central y San Miguel.  Lo más insólito para mí era ver a unas señoras que vendían vasos de agua helada, pues para mi rústica manera de pensar, el agua de beber no podía venderse, siendo que en la casa de los abuelos en San Marcos nunca se le negaba un vaso de agua al sediento transeúnte.

Recuerdo que en algunas ocasiones cuando acompañaba a mi padre a comprar su café molido El Gallo donde don Santos Reyes, pasábamos visitando a la tía Juanita, una prima de él que tenía un puesto de zapatos en el San Miguel.  En cierta ocasión, mientras mi padre conversaba tranquilamente con su prima, esta de pronto observó que alguien se acercaba y con una sonrisa nerviosa exclamó en voz baja: – Ahí viene la Cocoroca.  Entre la multitud apareció una mujer, no podría precisar su edad, pues cuando uno es niño, cualquiera que pasara los quince años es un adulto.  Se trataba de una mujer un poco más alta que el resto de las mujeres, de tez clara y con una expresión que me hacía recordar uno de los “frescos” que había pintado Marenco en la iglesia de San Marcos, en donde había una mujer que con unos grandes ojos seguía el camino de Jesús hacia el Calvario. Llevaba una pequeña canasta en donde cargaba una cantidad de pequeños frascos que ella pregonaba como perfumes finos.  Cuando le ofreció a mi tía, ella con un tono exageradamente cortés le dijo: -Ahorita no, tal vez en otra pasadita.  Cuando siguió su camino, mi tía respiró profundamente y a manera de explicación le dijo a mi padre: -Dios guarde esa boca.

Cuando mis viajes a Managua fueron más frecuentes y cuando luego me trasladé a vivir ahí, me fui acostumbrando a ver a esa legendaria figura transitar por los mercados, sin embargo, sinceramente nunca tuve la oportunidad de escucharla lanzando sus famosas retahílas con las más soeces bascosidades que la habían hecho tan temida en toda la novia del Xolotlán.

Don Mario Fulvio Espinoza relata con espeluznantes detalles el duelo que sostuvieron la Cocoroca y la Chorro de Humo y que incluí en el artículo “La barata de Tex Ramírez”.  Según don Mario Fulvio, después de pasar casi seis horas de interminables insultos de lo más procaz que pudo haberse escuchado en esa época, Tex Ramírez se aburrió y se fue a dormir, de tal forma que cuando ellas también se aburrieron se decidió darles un empate en ese duelo.

Don Mario Fulvio también narra de manera muy jocosa el enfrentamiento entre la Cocoroca y una morena costeña a quien llamaban la Harry Truman, quienes después de lanzarse los peores epítetos jamás escuchados por los capitalinos, el duelo quedó a favor de la Cocoroca, al haber perdido el habla su contendiente, quien se aburrió de seguir peleando con puras señas y optó por coger sus bártulos y poner pies en polvorosa.

A pesar de ser uno de los personajes emblemáticos de la vieja Managua es poco lo que se sabe de la Cocoroca.  Su nombre era Matilde y vivía en el barrio Cristo del Rosario, colindante con San Antonio y San Sebastián.  Procedía de un hogar muy pobre, situación que la había lanzado a la calle a ganarse la vida a muy temprana edad, habiéndose dedicado a múltiples oficios entre ellos vendiendo tortillas, frutas, ropa, hasta que finalmente encontró el oficio que ejerció por más tiempo, la venta de perfumes.  A finales de los años treinta y comienzo de los cuarenta, un individuo encontró un floreciente negocio que consistía en vender perfumes en pequeños envases, los cuales podía vender a precios bastante económicos y que le dejaban buenos márgenes de ganancia.  Este comerciante, pasaba por las farmacias comprando los envases vacíos de las píldoras rosadas, que eran diminutos tubos que tenían un taponcito de corcho en la punta.  De esta manera llenaba los pequeños envases con pachuli y otras esencias aromáticas y salía a venderlas con un eslogan que lo haría famoso:  Regalado el envase.  Frase que se haría famosa en Managua cuando alguien quería menospreciar la calidad de algún perfume. Pues resulta que en algún momento el comerciante sintió que no se daba abasto para la venta del perfume y decidió contratar a un vendedor, encontrando en Matilde un buen prospecto para este fin.  En ese tiempo ya se sabía que la Cocoroca era la encarnación criolla del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues al momento de ofrecer los productos era toda dulzura pero bastaba que alguien la agrediera para que se transformara en un dragón que despedía los más crueles insultos.  El caso es que de la noche a la mañana, la Cocoroca se convirtió en vendedora de perfumes.

Años más tarde, cuando el comerciante pasó a mejor vida, la Cocoroca se quedó con el negocio y cuando aparecieron los envases de penicilina, aquellos que tenían un sello de aluminio en la parte superior y que al quitárselo quedaba solo un tapón de hule, tuvo una alternativa más para ofrecer sus productos, mismos que habían ampliado el surtido ofrecido pues además del clásico pachuli, había una imitación del Heno del Campo, una de Cher Amie y varios más.

Sobre la agresividad de la Matilde, que parecía ser algo patológico, nadie podía dar razón de su origen.  Habría que recordar que en aquellos tiempos lo más fácil era etiquetar a cualquiera de estas personas como loco (a) y asunto concluido.  Podría ser que algunos sicólogos modernos afirmen que se trataba de una coprolalia, típica del síndrome de Tourette, sin embargo, el comportamiento de la Cocoroca estaba muy lejos de la sintomatología presentada por los pacientes que sufren de este síndrome.  Lo más probable es que esta mujer hubiera desarrollado dicha agresividad verbal como un mecanismo de defensa, pues es muy posible que hubiese vivido experiencias de violencia intrafamiliar, si no es que de abuso sexual. Lo cierto es que cuando esa agresividad se volvió famosa e infundió temor y respeto en la mayoría de locatarias de los mercados, la Matilde Cocoroca empezó a sentirse importante.  Además del temor que infundía la Cocoroca, llegó a convertirse en el último recurso para zanjar cualquier diferencia o altercado que pudiera ocurrir en la zona de los mercados, pues cuando un asunto pasaba a mayores, mandaban a llamar a la Matilde para que lo finiquitara y esta ni corta ni perezosa con el filo de su lengua lograba concluir cualquier asunto.

Pero como decía doña Elsita, a cada chancho le llega su sábado.  Una calurosa mañana de marzo, la Matilde Cocoroca recorría el mercado San Miguel, como dueña y señora, ofreciendo con su característico tono los perfumes más finos de Managua a precios al alcance de todos.  Cuando pasó por la comidería de doña Clotilde, con quien llevaba cierta amistad pues la Matilde le regalaba uno que otro perfume y la señora la invitaba a comer de vez en cuando.  Esa mañana doña Clotilde tenía una sopa de mondongo de primera, favorita de la Matilde y jugando-jugando se autoinvitó a un plato, que se le hizo poco y pidió un segundo, pues para mantener afilada su lengua, comía como pelón de hospicio. Al terminar la opípara comida, abundante en verduras, toalla y pata, la Matilde apenas podía incorporarse y cuando lo logró parecía aquellos sapos disecados que con una guitarrita vendían en el aeropuerto.  Siguió su periplo por el mercado, pero a un paso que parecía acompañar al Santo Entierro.  De repente, una comisión llegó a buscarla pues en un puesto de ropa, había surgido un diferendo que la locataria no podía solucionar.  Un tanto a regañadientes, la Matilde fue a cubrir su misión y se encontró con que la marchanta que había originado el altercado era una mujer menuda, vestida humildemente y que cargaba una bolsa demasiada grande para su tamaño.  La Cocoroca iba ya preparada para soltarle una andanada de insultos, cuando la mujer, de manera impasible se acercó a ella y empezó a susurrarle al oído.  Tardó tal vez unos veinte segundos, pero para la muchedumbre ansiosa de otro espectáculo le pareció una eternidad.  Cuando la mujer terminó, se fue caminando tranquilamente con su bolsa, mientras que la Matilde empezó a respirar dificultosamente, sus fosas nasales parecían que iban a reventar, mientras cada vez hacía un mayor esfuerzo para jalar aire.  Sus orejas se empezaron a mirar rojas como tomates, su cuello se hinchaba como sapo y sus ojos amenazaban con desorbitarse.   Al verla descompuesta, una locataria le acercó una silla y la Matilde cayó pesadamente, resoplando y ahí se quedó.  Las locatarias no sabían qué hacer, pues parecía que le iba a dar un soponcio y a pesar de que le preguntaban qué le pasaba, aquella no respondía y se limitaba a resoplar como olla de nacatamales.  Después de hora y media, la Cocoroca se levantó pesadamente, tomó sus perfumes y caminó hacia el rumbo de abajo.

Después de tres días que no se miró a la Matilde por los mercados, al fin, al cuarto día se apareció con sus perfumes, sin embargo, parecía otra persona, callada, ofrecía sus productos con leves balbuceos, cuando quería, saludaba con la cabeza a las locatarias y lo más raro fue que ante un atrevido que se atrevió a gritarle “Cocoroca”, no le respondió absolutamente nada.  Cuando sus amigas le preguntaban qué le pasaba, se limitaba a contestar con un bajo e ininteligible susurro, lo mismo sucedía cuando alguien se atrevía a preguntarle qué le había dicho aquella mujer.  Nunca se le volvió a escuchar palabra con claridad, parecía que su apodo se hubiese anticipado a lo que se convertiría con el tiempo, pues realmente se le escuchaba como el canto de una cocoroca.

Las conjeturas comenzaron a volar como papalotes, algunos decían que aquella mujer le había susurrado una maldición a la Cocoroca, otros especulaban si había sido una fuerte amenaza, otros le echaban la culpa al gran saco que cargaba la mujer.  La tía Juanita se limitó a decir:  Es el Armagedón papito.

Un día la Matilde no volvió a llegar a los mercados, se corrió el rumor de que se enfermó,  se decía que era el azúcar, la presión alta y demás dolencias.  Aprovechando la ausencia, comenzaron a aparecer otros vendedores de perfumes y poco a poco la imagen de aquella temida mujer fue disolviéndose en aquel colectivo.  Sin embargo, su recuerdo no desapareció del todo, pues en todas las crónicas de la vieja Managua ocupa un lugar privilegiado y cada vez que se habla de vocabulario soez, sale invariablemente a colación la figura de la Matilde Cocoroca, la quintaesencia de la vulgaridad.

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