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Bond, James Bond

A mi hermano Ovidio

Aunque usted no lo crea, el día de hoy viernes 5 de octubre de 2012 se está celebrando el Día Global de James Bond, para conmemorar el 50 aniversario del estreno en Londres de la primera película de la franquicia del legendario agente 007.  Para muchos, este hecho podría constituir, tal como sabrosamente dicen los españoles, una gilipollez.  No obstante, a pesar del obvio trasfondo comercial que pudo haber motivado a varias productoras cinematográficas como 20th Century Fox, Metro Goldwyn Mayer y Eon Productions de Albert Broccoli, el promover esta celebración, el hecho es que encontró eco en muchas organizaciones a nivel mundial, entre ellos el Museo de Arte Moderno de Nueva York que presentará hoy una retrospectiva de las películas del espía británico; una subasta internacional, en línea y en vivo, organizada por la Casa Christie´s de Londres para fines caritativos, un concierto en Los Angeles con los temas musicales de las películas de James Bond patrocinado por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas; así como una exhibición en la sede del Festival Internacional de Cine de Toronto.  Por otra parte, en muchos cines del mundo se presentará el documental Todo o nada, sobre este icono y desde luego muchas televisoras pasarán películas del agente 007 en su programación de este día.

En lo particular, creo que si el mundo está inundado por infinidad de celebraciones día a día, que incluso abarcan los casos más patéticos que puede uno imaginarse, es digno, justo y necesario celebrar a un personaje que, aunque ficticio, al igual que muchos de nuestro imaginario, por cincuenta años ha resaltado en nuestras vidas la emoción y el suspenso.

Recuerdo como si fuera hoy, que allá por 1963 en el Teatro Julia de San Marcos pasaron el avance de una película que prometía las más grandes aventuras jamás llevadas a la pantalla.  En una imagen congelada de un tipo impecablemente vestido, se resaltaba su mano mientras el locutor aclaraba que portaba una Walter PPK, mortífera y que en poder de un agente 00, es decir con licencia para matar resultaba una mezcla explosiva.  El actor, Sean Connery, se presentaba como la elegancia personificada, incluso en los momentos más difíciles.  Para nosotros en Nicaragua la licencia para matar no era una novedad, pues la Guardia Nacional la tenía desde hacía tiempo y vaya que sí la utilizaba.  También aparecía, como Venus emergiendo del mar, la imagen de Ursula Andress, en bikini, luciendo un puñal en su cintura.  Con semejante avance, esperé la película como agua de mayo y el día del estreno, estaba desde temprano en el cine, esperando lo que prometía El Satánico Dr. No, título que para impresionar al público de habla hispana tenía como anexo lo de satánico, que no aparece en el original en inglés.  Cabe decir que disfruté la película de principio a fin, sin sospechar que le seguirían unas dos docenas de películas más.  Fue toda una revolución la presentación de los títulos de la película, con el omnipresente cañón de la pistola y  el agente al otro lado disparando y bañando de sangre la escena, mientras el más que conocido tema de Monty Norman, adaptado por John Barry, inducía al público a la emoción.

Poco tiempo después, presentaron en la televisión un documental sobre el agente con licencia para matar, más bien como una promoción para la siguiente película de la serie, que a pesar de tener un título atrayente en inglés: From Russia with love, en español nos recetaron: El regreso del agente 007.   En el documental aparecía James Bond corriendo en unas colinas, perseguido por un helicóptero que le disparaba sin cesar, hasta que de su maletín saca un rifle plegadizo, lo arma y se trae al helicóptero, luego venía la famosa escena de la segunda película en donde acompañado de la bella Daniella Bianchi, desde una veloz lancha, lanza al mar unos barriles de combustible perforados por las balas de quienes lo persiguen y con una luz de bengala, hace explotar los barriles junto con sus enemigos, mientras le dice a la chica: -En Inglaterra hay un dicho: donde hay humo, hay fuego.

Desde luego que la espera para la segunda película de la serie se hizo eterna y cuando llegó, de la misma manera estaba de primero en el cine, disfrutando de hora y media de grandes emociones.  Fue la primera cinta que tuvo un tema musical propio, en esa ocasión con el mismo nombre From Russia with love, en la voz del cantante inglés Matt Monro.  Fue impactante, cuando en las escenas preliminares, Sean Connery sale del mar en traje de hombre rana y al quitárselo se queda en un dinner jacket impecable.  Ahí también miré la última actuación del recordado actor mexicano Pedro Armendáriz, antes de sucumbir al cáncer, así como al gran actor Robert Shaw (Tiburón) y la gran actriz austriaca Lotte Leny, quien fue la esposa del compositor Kurt Weill.  Fue interesante ver al momento de los créditos finales, un anuncio que anticipaba el regreso de James Bond en Goldfinger.

Cuando presentaron Goldfinger en el pueblo, llegué temprano al cine y ya había una nutrida concurrencia, pues a nivel nacional ya el agente británico era un ídolo.  Así disfrutamos de una película más de James Bond, con un tema musical de primera en la voz de Shirley Bassey y con la gran sorpresa del Aston Martin que tenía un rudimentario GPS integrado y ametralladoras al frente y en caso necesario, lanzaba aceite para que los vehículos que los seguían resbalaran y colisionaran.  Lo último no fue novedad para nosotros pues los carros concheños circulaban tirando el aceite en todo el camino.  Recuerdo también que todos se quedaron sin habla cuando a una chica que seduce Bond, como castigo, Goldfinger la manda a pintar de oro, ocasionándole la muerte. A partir de esta película, mi hermano Ovidio se convirtió en mi fiel compañero en la afición por esta serie, que anunciaba felizmente la siguiente producción de la saga: Operación Trueno.

Con tiempo, mi hermano y yo nos preparamos para el estreno de Thunderball, ahorrando dinero para viajar e ir a verla de primeros en el estreno en Managua.  Así pues, la miramos en el Margot, con aire acondicionado, sillones acolchados y palomitas de maíz. En cada película, el formato de la misma, iba mejorando, aparecían mejores artilugios, escenas submarinas espectaculares, chicas Bond al por mayor, un tema impactante en la voz de Tom Jones y en general el argumento con una adaptación bastante aceptable.   Para esa época, los fanáticos de James Bond abundaban, especialmente en Managua y se pusieron de moda unas calcomanías que imitaban impactos de bala en la carrocería y algunos llevaban una Beretta, a falta de la Walter PPK, en la guantera.

Cuando ya vivía en Managua, con mucha mayor razón seguí devotamente asistiendo a todas las películas de James Bond que le siguieron.  En una ocasión, encontré en una librería del centro, varios ejemplares de las novelas originales de Ian Fleming y las compré, disfrutando al máximo la lectura de las mismas.  Una de las que más disfruté fue Casino Royale, que todavía no se había llevado a la pantalla.  Luego apareció la primera versión cinematográfica de esta novela, pero resultó que los derechos los había adquirido otra productora, quien consideró pertinente convertirla en una obra al estilo Pop Art y resultó en una comedia divertida, pero sin el sabor a la aventura que tenían el resto.  La música fue sin igual, parte escrita por Burt Bacharach y Al David y participaron artistas de primera línea al por mayor, entre ellos David Niven, Peter Sellers, Ursula Andress, Deborah Kerr, Orson Welles, Woody Allen, William Holden, entre otros.

Aún cuando Sean Connery tiró la toalla y lo sustituyó Roger Moore, mi afición por las películas de James Bond, no decayó y siempre estuve atento al estreno de esas películas. Cuando me trasladé a México, igual continué con mi asidua asistencia a todas las películas.  Lo más interesante se dio cuando si iba a estrenar En la mira de los asesinos, título también un tanto mafufo para el original A view to a kill, programada para finales de septiembre de 1985.  El 19 de septiembre de ese año, ocurrió el terremoto más grande que se recuerde en el Distrito Federal; nosotros nos salvamos de chiripa, pues vivíamos en el Edificio Chihuahua de Tlatelolco y estando fuera escuchamos caer estrepitosamente al vecino Edificio Nuevo León.  El complejo quedó inhabitable y fue gracias a la generosidad de una tía materna que logramos refugiarnos en una comunidad cerca de Xochimico.  Cuando la calma regresó a la capital y los cines comenzaron a operar de nuevo, sería un par de meses después, anunciaron el estreno de la película de James Bond.  Mis hijos estaban cansados de permanecer los fines de semana en aquel apartado lugar y les propuse ir al cine a lo cual accedieron encantados.  Fuimos a ver la película, un poco nerviosos, pero todo ocurrió sin incidentes y el único temblor que sucedió fue en la pantalla, cuando Roger Moore está en San Francisco con Tanya Roberts.

Un día en una librería del Distrito Federal encontré un libro sumamente interesante y lo compré, se llamaba Triciclo y era la historia de Dusko Popov, un espía de origen serbio, que inicialmente espiaba para Alemania pero que al final terminó siendo un doble agente a favor de Inglaterra.  Ian Fleming conoció a Popov y se encontraron en un casino en Portugal en donde Popov realizó una apuesta de 40 mil dólares de aquel entonces en baccarat, para hacer que un rival se retirara.  Esa fue la inspiración para Fleming para su primera novela Casino Royale.

A la fecha he visto las 22 películas de James Bond oficiales más la primera de Casino Royale y pienso asistir al estreno de de Skyfall, a estrenarse a finales de este mes y que tiene además la sorpresa del tema musical interpretado por Adele.

Por la particularidad del caso, encuentro un tanto cuanto difícil ver la manera de celebrar en forma esta especial ocasión.  Ya ven que en ninguna película se enfoca las costumbres de James Bond a la hora del almuerzo y en todo caso nuestra asistente gastronómica decidió preparar un delicioso Indio Viejo el día de hoy, cosa que definitivamente no va con el 007.  Así pues por la noche, sacaré a orear un smoking que tengo y ya caracterizado, me prepararé un par de vodka martinis, agitados no revueltos, que seguro me pondrán cachetón, mientras escucho en el reproductor de MP3, uno de los temas cuya letra me sigue gustando:  You only live twice, or so it seems, one life for yourself and one for your dreams…(Solo se vive dos veces, o así parece, una vida para ti mismo y otra para tus sueños).

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Perro mundo

 

La clasificación de las películas hoy en día se ha convertido en una simple referencia que muy pocas veces alienta a los padres de familia a discernir sobre lo que sus hijos pueden o no, ver en el cine.  Muy pocas veces he visto que en la taquilla de un cine le nieguen el acceso a un menor para una película clasificada como “R” y por otra parte he visto a una familia entrar a ver una de estas películas, con excesos en las escenas de violencia o sexo, acompañados de niños de 4 o 5 años que cargan además con una dotación de alimentos suficiente para sostener a un hospicio.

Hace cincuenta años las cosas eran muy diferentes.  Las películas con escenas un tanto subidas de tono eran clasificadas como “Prohibida para menores de 18 años” y cuando de acuerdo al censor se arañaban los límites de lo permitido en un espectáculo de esta naturaleza y que pudiese provocar acciones pecaminosas por pensamiento palabra u obra, entonces la etiquetaban como “Prohibida para menores de 21 años”.  Esta clasificación estaba resaltada en letras grandes en el programa impreso que a diario se repartía en el pueblo.  Estaba además la guía de El Observador que leía el párroco y se encargaba de advertir a la feligresía en sus sermones.  Además de la señal de alerta para los padres de familia para vigilar que sus hijos menores no vieran estas películas, la etiqueta servía como un eficaz medio de promoción, pues esas funciones ponían al cine de bote en bote, con una audiencia que en su mayoría se autocalificaba como de “amplio criterio”.

Muchos recordarán alguna de estas películas, como es el caso de “La cigarra no es un bicho”, cuyo título hizo palidecer, casi hasta el desmayo, a las beatas del pueblo y sonrojar a la legión entera de las hijas de María y eso que nunca en su vida habían visto una cigarra.  Al final resultó que en esta cinta argentina,La Cigarraera un motel en donde ocurre un brote de peste bubónica que obliga a dejar en cuarentena a los clientes que en ese momento ahí se encontraban.

No obstante, un caso digno de recordarse es el de la película “Perro mundo” un documental italiano que bajo el título original de “Mondo cane” se produjo en 1962.  La presentación en Nicaragua ocurrió en 1963 y causó una enorme sensación, debido a la etiqueta de prohibida para menores de 21 años.  Así que ni siquiera se me pasó remotamente por la mente tratar de verla.  Me tuve que conformar con las crónicas marcianas de los compañeros de colegio mayores, que aún sin tener la edad, se las ingeniaron para ingresar al cine, algunos con el beneplácito de sus padres, otros escabulléndose por el barcito de al lado del teatro y luego ufanándose de adultos, comentaban algunos pasajes de la película.

Lo que no tuvo restricciones de ninguna especie y fue disfrutado por todos fue su tema musical, compuesto por Nino Oliviero y Riz Ortolani.  En el film, es cantada por la renombrada vocalista italiana Katyna Ranieri bajo el título de Ti guardero´ nel cuore, (Te miraré en el corazón).  Luego se le puso letra en inglés y bajo el título de More (Más) fue interpretada por toda una constelación de cantantes como: Frank Sinatra, Doris Day, Andy Williams, Perry Como, Nat King Cole, Brenda Lee, Frankie Avalon, Marvin Gaye, Shirley Bassey, Bobby Darin, Aretha Franklin, Matt Monro, Diana Ross, Judy Garland, Bob McGrath, Tom Jones, Della Reese, Paul Anka, Tony Bayani, Eddie Allard, The Lettermen, Vic Damone, Harry Connick, Engelbert Humperdinck, Steve Lawrence, Andrea Boccelli, Danny Williams, además de las versiones instrumentales de Ray Conniff, The Ventures, Kai Winding, The Electromaniacs y desde luego, la versión al estilo jazz de los autores Ortolani y Oliviero.  En español no tuvo la gran cantidad de intérpretes pues recordamos tan solo la versión de Enrique Guzmán y una al estilo ranchero a cargo del Mariachi Nuevo Tecalitlán.  También muchos recordarán aquel disco que de repente inundó el mercado nacional llamado “Un verano con los Dinners”, del conjunto del mismo nombre originario de Mérida, México, en donde aparecía una versión instrumental de Más, al estilo de The Ventures.

Cuando llegué a Managua para ingresar a la universidad, tuve la oportunidad de ver todas las películas prohibidas para menores que no había visto anteriormente, así como todas las que iban saliendo, como una forma de ejercer la libertad que significaba alcanzar el nivel universitario.  La única que no volvieron a presentar y me quedé con la curiosidad de ver fue precisamente “Perro mundo”.

Hace poco, navegando en YouTube, me encontré con la famosa película y sin pensarlo dos veces la miré, cincuenta años después de su estreno mundial.  Se me hizo extraño que aún en YouTube tengan ciertas incongruencias como es el hecho de que los avances de la película requieren de una certificación de edad del cibernauta, no así la película completa.  Cosas veredes.  En su época la película tenía una advertencia que decía:  “Si usted no tiene un estómago de hierro, no podrá soportar esta película”.  En realidad el documental presenta algunos casos representativos de las cosas insólitas que tienen las diferentes culturas del mundo, como rituales de los nativos de Nueva Guinea, cementerios de perros en Estados Unidos, borracheras de cerveza en Alemania, degustación de cucarachas y otros insectos en Singapur y así por el estilo. Llama la atención que al inicio del film, cuando se presentan los créditos del mismo mientras un perro es conducido a través de una perrera llena de canes que ladran a más no poder, aparece una aclaración que reza: “Todas las escenas que verá en esta película son verdaderas y están tomadas de la vida misma.  Si a menudo son chocantes, es porque hay muchas cosas chocantes en este mundo.  Además, la misión del cronista no es endulzar la verdad, sino reportarla objetivamente”.  A pesar de lo anterior, se observa en el film que muchas escenas son actuadas.

La película tiene una fotografía impecable para la época, sin embargo, las cosas chocantes que supuestamente incluye el film, pueden verse ahora en la televisión más ampliamente y con lujo de detalles en el Discovery Channel o el NATGEO, en horario familiar. Todas las porquerías con que los creadores de la película creían que provocarían una nausea sostenida en el auditorio, se las come ahora muerto de la risa Andrew Zimmern, en su programa de comidas exóticas en del Discovery Travel and Living.  En fin, la prohibidísima película Perro Mundo, comparada con las escenas de cualquiera de las entregas de “Saw”, pareciera un capítulo de Heidi.

Indudablemente, las cosas han cambiado mucho, sin embargo, pareciera que el mundo se empeña en generar nuevas cosas que nos chocan y que al leer las noticias en los periódicos, llenas de asesinatos, atrocidades, injusticias, discriminación, fraudes,  intolerancia, nos llevan siempre a pensar en que vivimos en el mismo lugar que en su tiempo aquella película solo para mayores de 21 años calificó como un perro mundo.

 

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En inglés, con subtítulos, por favor

Los nicaragüenses nos acostumbramos a ver el cine como debía ser, más bien a escucharlo, pues debía ser en su idioma original, con subtítulos en español, a excepción desde luego de las películas mexicanas, españolas o argentinas que a pesar de no captarse los diálogos al 100%, disfrutábamos de la suficiencia de no utilizar los subtítulos.  Era en el cine en donde llegábamos a afinar la lectura de corrido, pues de lo contrario, nos quedábamos en ele olo chico zapote.

Mediante el respeto al sonido original, lográbamos captar fielmente la actuación de cada personaje, disfrutando de la voz de cada artista, lamentando solamente la traducción caprichosa que realizaban quienes se encargaban de subtitular la cinta.  A medida que se iba avanzando en el estudio del inglés, en el caso de las películas en ese idioma, nos íbamos dando cuenta de todas las licencias que se tomaban los traductores, algunas veces por pereza y otras por un excesivo puritanismo, pues las expresiones como: son of a bitch o similares la traducían invariablemente como “desgraciado” o los más atrevidos como “mal nacido” o el vocablo shit, como “basura”.

La televisión fue un caso aparte, pues desde un inicio nos acostumbramos a ver los programas en idioma inglés doblados al español.  No había de otra.  No obstante, se nos hacía gracioso el hecho de que ciertos personajes de diferentes series tenían la misma voz.  Eran timbres tan especiales que a pesar del esfuerzo que realizaban por variarla, se reconocían a la legua, como es el caso de la voz de quien doblaba a Paul Michael Glaser en la serie Starsky y Hutch, que se puso de moda y se repetía en cuanta serie nos llegaba. Esto ponía de manifiesto las “argollas” que se formaban en los doblajes, en donde determinadas voces lograban acaparar la mayoría de los contratos.

Al menos en la televisión teníamos la suerte de que el doblaje se realizara en México, que no es por nada, pero ahí se realizaban los mejores trabajos al lograr voces sin ningún acento específico y evitando todos los regionalismos posibles.  En cierta ocasión nos llegó por alguna razón un capitulo de Los Intocables doblado en Colombia y no logramos entenderle nada, es especial cuando Elliot Ness gritaba ante unos toneles de whisky de contrabando:  Rompan toda esa maricada. Qué se ha creído el berraco ese.

A través del doblaje, las travesuras de los traductores quedaban impunes, pues nadie sabía de que se trataba el original, llegando en algunos casos a cambiar totalmente el sentido de un diálogo completo por la dificultad de traducirlos literalmente al español o en casos extremos a eliminar capítulos enteros que se basaban en juegos de palabras en inglés imposibles de trasladarlos al español.

En algunos países como España, pareciera que por ley las películas extranjeras, no importa el idioma, deben ser dobladas al español, de esta manera, ese público es completamente “analfabeta” en cuestión de subtítulos.  Deben sufrir en algunos casos la mala actuación quienes doblan la película y que en algunas ocasiones llegan a echar a perder completamente una cinta.  Para quienes no somos afectos al doblaje, se nos hace de lo más extraños escuchar a Gary Cooper exclamar:  Soltad vuestras armas, coño, a Marlon Brando decir: Os haré una proposición que no podrás rechazar o a Eddy Murphy gritar: Eres más feo que el Fari comiendo limones.

Cuando llegaron las películas italianas de vaqueros, bautizadas como Spaghetti Westerns, debimos soplarnos el doblaje del italiano al inglés y luego los subtítulos.  Era un inglés completamente aséptico, propio de este trabajo de doblaje que parecía salido de un disco de ejercicios de los cursos de inglés de la Hemphill Schools.  No obstante, todo quedaba un tanto encubierto con la acción a raudales que emanaba de esos films y la particular partitura musical de compositores como Enio Morricone que hacía vibrar los parlantes de los cines.

Fue tal vez Walt Disney quien pensó que en el mercado latinoamericano, debido a los subtítulos, un importante segmento del mercado infantil que no sabía leer, perdía interés en sus películas, a pesar de tratarse de dibujos animados con temas infantiles.  Por ese motivo, comenzó a realizar producciones especiales para el público latinoamericano, totalmente dobladas al español e incluso con toda la banda sonora interpretada por artistas de habla hispana. Así un tema de película interpretado por Elton John en el original, se escuchaba en español en la voz de Mijares.  Ante esto, una serie de estudios cinematográficos hicieron lo mismo con cintas, no precisamente de dibujos animados, pero sí con temas para todo público que fueron dobladas para incrementar el acceso de audiencias infantiles.

Lo anterior vino a animar a las “argollas” de doblaje y se ha incrementado la presión para que la mayor parte de las películas que nos llegan sean dobladas.  En la televisión nacional ya es un hecho, pues todos los canales locales que trasmiten películas, un tanto desfasadas, son dobladas al español, al igual que todos los programas de televisión extranjeros que se trasmiten.   Para quienes tienen televisión por cable todavía tienen la opción de seleccionar algunos canales que como principio trasmiten toda su programación en el idioma original con subtítulos en español.

El colmo de esta situación ocurre cuando algunos programas que originalmente son en inglés y que se doblan al español, de vez en cuando se desarrollan en países de habla hispana y los diálogos originales en español son doblados nuevamente al mismo idioma.  Hace poco estuvo en Nicaragua un pelón que come hasta piedras en los lugares más exóticos del mundo y aparece comiendo chanfaina y demás platillos de chancho y la persona que lo atiende hablaba con voz prestada.

Hay que admitir sin embargo, que con la necesidad de subtitular rápidamente los estrenos de películas que van saliendo en los Estados Unidos, la calidad de los subtítulos ha decaído considerablemente en las películas que llegan en DVD, en los videoclubs o peor aún en los piratas.  Los subtítulos de estas películas son una interminable colección de horrores ortográficos y de garrafales errores de traducción que hacen insufrible la cinta.

Pero como dicen por ahí, el cine se ve mejor en el cine y afortunadamente, en Nicaragua las salas de cine todavía tienen el respeto para el público al ofrecer la mayoría de las películas en inglés con subtítulos en español y en los casos en que se ofrece una versión doblada, lo anuncian de previo.

Dicen que en gustos se rompen géneros y habrá quienes prefieran las películas dobladas.  A mí en lo particular me parece una agresión a las manifestaciones artísticas de directores y actores, así como discriminatorias al considerar a la audiencia incapaz de leer de corrido los títulos mientras tratan de entender a la vez lo que dicen en el idioma original.

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Los fantasmas del Julia

Sissi

Cuando a finales de los años 80 se estrenó Cinema Paradiso, muchos disfrutamos sobremanera esa magistral cinta, especialmente quienes habíamos tenido la oportunidad de vivir lo que fue el cine de pueblo, para entonces prácticamente desaparecido y descubrimos en la obra de Tornatore, un retablo de lo que significó ese lugar tan especial.  La laureada cinta nos transportó a un mundo mágico en donde el cine se dejaba amar, en donde más que ver una cinta, la gente iba a convivir, a soñar, a reír y a llorar, en donde el factor de socialización y culturización no se limitaba al film, sino que se extendía al recinto y en especial a la gente.    

Fue en el Teatro Julia de San Marcos, Carazo en donde aprendí a querer al cine, en donde asistí asiduamente a la única tanda de ocho de la noche o a la matinée de los domingos y participé de esa cotidiana comunión de vecinos mientras admiraba la magia del cine.    

El Julia era un teatro único en su especie.  Propiedad de doña Amada de Somoza, viuda de un hermano de Anastasio Somoza García, fue bautizado en honor a la matrona de esa familia, doña Julia García de Somoza.  A pesar de que el nombre no le hacía mucha gracia a doña Amadita, como se le llamaba, pues su relación con la familia, incluso con el interfecto no fue demasiado cordial, el nombrecito, sin embargo, le traía una que otra prerrogativa. 

El local había sido construido a inicios de los años 40 y tenía butacas de madera en tres grandes bloques que totalizaban unos 400 lugares, más un pequeño palco situado en la parte posterior, resguardado por un muro bajito, más de adorno que para protección y que estaba destinado a doña Amadita, el cura del pueblo y uno que otro allegado a la señora.  En la parte superior estaba la gayola que a mitad de precio era la alternativa para los paisanos de menores ingresos.  

Creo que era el único teatro en el planeta que había sido diseñado para personas con una vejiga del tamaño del tanque de combustible del Discovery, pues no tenía baños.  En alguna ocasión para evitar males mayores, en el corredor izquierdo, pegado al muro de la casa vecina, también propiedad de doña Amadita, construyeron un canal que servía de mingitorio para el auditorio masculino.  Las féminas tenían que llegar preparadas para dos horas de continencia.   

Conocíamos de la cinta a proyectarse diariamente a través de un programa impreso en papel periódico y que Miguel “Loco” distribuía casa por casa.  Miguel era un joven afectado en sus facultades mentales que doña Amadita tomo a su cargo y que al mejor estilo de Igor, le guardaba fidelidad y realizaba toda clase de tareas a cambio de un poco de comida y del espejismo de recibir cierto afecto.  El resto del personal que laboraba en el cine eran parientes de la señora y recibían un sueldo mísero, equivalente a la mitad del costo de una entrada a la función.  

A pesar de que la película iniciaba cerca de las ocho de la noche, cuando doña Amadita ocupaba su palco o informaba que no asistiría, la gente comenzaba a llegar a las siete y media, aprovechando el tiempo de espera para la convivencia.  Ahí se preguntaba por la familia, por los enfermos; se sabía de los aprobados y los reprobados, de las declaraciones de amor, de las quiebras sentimentales, de los acabangados, de las juidas, de los embarazos benditos o furtivos, ahí se anunciaban las proclamas, los bautizos, o se hacían los planes para pasar por alguna vela después de la función.  Durante la proyección eran permisibles los comentarios en voz alta, especialmente cuando algún episodio de la película se asemejaba a la vida real o cuando algún artista era parecido a cualquier personaje del pueblo.  

Cuando la cinta se cortaba o había algún problema con la energía eléctrica, el escándalo no se dejaba esperar con crueles epítetos que llovían al proyectista y a su asistente, mismos que eran lanzados con voz atiplada para evitar que aquellos reconocieran a sus vecinos, amigos o parientes.  El único identificable era un ñajo, que por más que se esmeraba, su voz era reconocida en el acto, haciéndose acreedor de la burla del auditorio que le gritaba al unísono -Callate Maqueca-.  

Cuando terminaba la función, cerca de las nueve y media, diez de la noche, los que presumían de ser los críticos del pueblo se reunía en el parque para realizar sus últimos comentarios, conclusiones y comparaciones, mientras tanto las parejas de novios caminaban con el paso más lento que podían para llegar a la entrega de las doncellas, antes de que el pueblo cayera en un profundo sueño hasta el día siguiente.  

El teatro también servía para otros eventos como compañías de teatro, de variedades, o de representaciones sacras, así como las famosas veladas, que eran talent shows en ocasión de fines de curso de las escuelas o para recadar fondos para obras sociales.    

Fue en ese cine en donde me hice fan de Roy Rogers, aquel vaquero de buenos sentimientos, caballeroso, prototipo del héroe de esa época y que mi padre insistentemente invocaba cada vez que yo mostraba mi desmedido temor a la oscuridad.  

También fue allí donde años después sentí que un rayo me fulminó, al ver por primera vez a Romy Schneider en el papel de Sissi y en donde dejé de soñar con tener un caballo y un par de pistolas doradas y de cachas de marfil y lo cambié por un sueño guajiro en donde tenía una espada para lanzarme en contra del Emperador Francisco José.  

En el Julia miré infinidad de películas, buenas, malas y regulares, muchas me gustaron y muchas no, pero lo importante fue que el cine llegó a ser una fuente inagotable de experiencias y conocimientos que me dieron valiosos elementos para sobrevivir posteriormente.    

Allá por los años setenta, después del terremoto de Managua y del estreno de El Padrino, un empresario del espectáculo se acercó a doña Amadita y le hizo una oferta que ella no pudo rehusar y de esa manera desapareció el Teatro Julia para dar paso al Cine Plaza.  En ese entonces el pueblo empezó a llenarse de foráneos que encontraron en el pueblo un perfecto dormitorio y la convivencia en el cine comenzó a enfriarse y así ese recinto fue perdiendo encanto, hasta que un día en los años ochenta desapareció.  

Para quienes conocimos al Teatro Julia en su esplendor, llegar ahora a San Marcos y pasar por sus ruinas nos parte el corazón.  Hay que hacer un verdadero esfuerzo para identificar donde fue la taquilla, donde estaba la pantalla, donde estaba el barcito en donde servían, según los conocedores, la mejor cebada de Nicaragua.  En el lugar en donde estaba el kilométrico migitorio, un avezado entrepreneur se hizo de un pedazo del terreno y dicen que está construyendo una clínica, bajo el riesgo de que por las noches los fantasmas del Julia con voz tenebrosa y atiplada le lancen los más graves epítetos, mientras que en venganza por el sacrilegio, le descarguen el poder de sus vejigas.  

El Teatro Julia Hoy  

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