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Requiem para un atleta

Un tanto desfasada me llegó la noticia de que el domingo 11 de julio había fallecido en la ciudad de Miami, Donald Vélez Espinoza, víctima del cáncer.  Me extrañó que los medios de comunicación no resaltaran en toda su dimensión la desaparición de uno de los mejores atletas que ha tenido Nicaragua en toda su historia.  Cabe señalar que cuando digo atleta me refiero al deportista que practica el atletismo, pues en estos días le llaman atleta a los corredores de moto, a los billaristas y hasta los que tienen hongos en los pies, sin restarle méritos a los dos primeros.

Cuando ingresé al equipo de atletismo que manejaba Istvan Histvegi en el Estadio Nacional, allá por 1969, para los novatos como yo era todo un espectáculo ver a “El Chompipe”, como le llamaban a Donald, entrenar las disciplinas del decatlón.  Tenía una estatura de seis pies y una arquitectura muscular privilegiada, de tal manera que se daba el lujo de poner en jaque a los sprinters a la hora de correr los 100 metros o a los semifondistas cuando corría los 1,500 metros planos, no se diga la facilidad y elegancia con que saltaba las vallas de 106 cms. de altura en los 110 metros, o bien cuando remontaba la jabalina más allá de los 60 metros.  Ese año que ingresé al atletismo, Donald ya tenía cerca de cuatro años practicando atletismo.  No cabe duda que El Teacher Hidvegi tenía un ojo clínico para evaluar a los prospectos en el atletismo pues desde el momento en que lo vio descubrió en él un candidato ideal para entrenarlo en decatlón.  Era el año 1965 y Donald Vélez, auténtico capitalino pues pertenecía a una de las familias fundadoras de Managua, estudiaba el bachillerato en el Colegio Primero de Febrero.  En esos momentos el Teacher hacía de tripas corazón para conformar un equipo que representara a Nicaragua en San Salvador en donde se realizaría el Primer Campeonato Centroamericano de Atletismo y se propuso iniciar a Donald en la práctica de las cinco pruebas del Pentatlón: salto largo, lanzamiento de jabalina, cien metros planos, lanzamiento de disco y 1,500 metros planos.  La participación de Donald sería más que nada de fogueo para el novato, sin embargo El Chompipe sorprendió a todos logrando un segundo lugar.  Dos años después, ya con un programa de entrenamiento específico que había diseñado Hidvegi, Donald compitió en la prueba de Pentatlón en el Primer Campeonato Centroamericano y del Caribe de Atletismo realizado en Jalapa, Veracruz, México en 1967, en donde alcanzó una puntuación de 2,847, para alcanzar la medalla de plata.

Todavía ahora, después de más de cuarenta años, algunos cronistas deportivos cuestionan la participación de Nicaragua en los Juegos Olímpicos de México en 1968, sin embargo, Donald Vélez quien integró el equipo olímpico nicaragüense participando en decatlón no sólo finalizó la prueba, sino que ocupó el vigésimo lugar con honrosos 5,943 puntos.

Así pues cuando llegué al equipo de atletismo en 1969 Donald era toda una estrella del equipo, sin embargo, nunca se le subió la fama.  Era un tipo campechano, con un increíble sentido del humor y que siempre esbozaba una amplia sonrisa, aún después de un duro entrenamiento.  No caminaba como los humildes que lo hacen agachando la cabeza, sino que desbordando confianza en sí mismo, entraba al campo de entrenamiento saludando a todos con su característica sonrisa.  Cuando el Teacher lo reprendía por cualquier motivo él sólo sonreía y le salía con alguna vacilada.

En 1970 los mejores atletas conformaron el equipo que con otras disciplinas participaron en los XI Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en Panamá, en donde Donald fue inscrito además del decatlón, en lanzamiento de jabalina.  Los atletas que no fuimos a Panamá esperábamos ansiosamente los resultados de nuestro equipo en Panamá.  Recuerdo que sería a comienzos de marzo del 70 cuando nos llegó la noticia; no recuerdo quién entró gritando al Estadio Nacional: El Chompipe ganó medalla de plata en jabalina.  La emoción se apoderó de todos nosotros pues sentimos como propia la medalla que había alcanzado Donald.  Luego se reconfirmó la noticia en los medios de comunicación:  Donald Vélez había alcanzado la medalla de plata en lanzamiento de jabalina con un disparo de 72,12 metros, siendo superado sólo por el puertorriqueño Amado Morales que con un lanzamiento de 76.40 alcanzó el oro, mientras que los arrogantes cubanos tuvieron que conformarse con el tercero y cuarto lugar.  El pueblo de Nicaragua le rindió el sombrero a Donald por su hazaña y aunque no tuvo un recibimiento apoteósico, como tal vez merecía, si fue lanzado a la fama.

En junio de ese mismo año, participamos en los Juegos de la Juventud Mexicana en la capital azteca y era impresionante la popularidad de Donald entre todos los atletas y entrenadores centroamericanos, mexicanos y de otros países que participaban, no tanto por su hazaña con la jabalina, sino por el don de gentes que tenía. Donald continuó entrenando y compitiendo, sin embargo, tenía que distribuir el tiempo con sus estudios pues en 1969 empezó a estudiar economía en la UNAN.  Todavía participó en las Olimpiadas de Munich en 1972 sin nada glorioso que reportar.  Luego vino el terremoto de diciembre de 1972 y prácticamente marcó su retiro, dedicándose luego a finalizar su carrera universitaria.

El carácter de Donald influyó indudablemente para su desarrollo laboral, pues se inició en ventas, si mal no recuerdo en un concesionario de vehículos y repuestos de automotor, en donde aceptó trabajar por comisión, habiendo roto todos los records de venta de esa casa comercial, a tal punto que llegó a ganar más que el gerente.  Luego ingresó a trabajar en una financiera transnacional en donde también alcanzó buenas posiciones.

Para los años ochenta sintió que las cosas eran más difíciles que correr 110 metros con vallas de 2 metros y descalzo, así que emigró a los Estados Unidos, específicamente en Miami, en donde residió hasta su muerte.  Según me comentaban, en las últimas décadas se abrazó con fervor a su religión, alcanzando el grado de diácono en su iglesia.

Cuando se inició el proyecto del Salón de la Fama en Nicaragua a mediados de los noventa, la figura de Donald Vélez surgió como indiscutible miembro en la especialidad de atletismo y en el año 2001 fue nombrado como Atleta del Siglo XX.  No cabe duda que si alguien merece estar en ese Salón y ser nombrado como atleta del siglo es Donald Vélez.

No volví a ver a Donald desde los años setenta, ya como colega profesional, no me lo imagino como diácono ni mucho menos enfermo, así que guardo de él la figura de aquel campeón sonriente, del eterno buen humor.

Descanse en Paz

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EL POLIFACETICO ISTVAN HIDVEGI

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(1) El Teacher

Conocí a Istvan Hidvegi a inicios de 1969.  Desde finales del año anterior, mi entonces profesor de Sociología en la Facultad de Economía, el Dr. Julio Miranda Cortés y mi condiscípulo Adán Hodgson, decatlonista, me animaron para que practicara atletismo; pues según ellos, con mis 6´3´´ y 200 libras de peso tenía condiciones para alguna disciplina de campo.  Por mi parte, yo sólo había practicado el beisbol callejero y al comienzo no me entusiasmaba la idea; sin embargo, después del esfuerzo que había realizado para perder 80 libras y situarme en aquel peso, decidí aceptar la invitación.

Una mañana de febrero de aquel año, Adán me llevó al Estadio Nacional en donde entrenaba el único equipo de atletismo de Nicaragua y de donde prácticamente salía la selección nacional de esta disciplina.  Cerca de la tercera base del campo de béisbol, se aglomeraba un grupo de jóvenes que realizaban toda clase de ejercicios, mientras otros corrían alrededor de una improvisada pista de 400 metros que cubría todo el campo.  En la meta se encontraba un individuo joven, pasaría apenas los treinta años, alto, tal vez rayando los seis pies, rubio, tenía una estructura atlética, sin embargo empezaba a desarrollar una panza que disimulaba con el corte de sus camisas; se protegía los ojos del inclemente sol con unos lentes oscuros.  Era Istvan Hidvegi, el Teacher como lo conocían todos los atletas y era el entrenador del equipo de atletismo.  Después de una breve presentación, me preguntó algunos datos personales, los anotó en su cuaderno y me dijo que me presentara al día siguiente a primera hora, con short, camiseta y zapatos tenis.

Al día siguiente, con mi atuendo deportivo me presenté al estadio para iniciar una de las más grandes aventuras que he emprendido en mi vida.  Por espacio de cuatro años estuve entrenando el lanzamiento de martillo bajo la tutela de Istvan Hidvegi, un entrenador exigente, concienzudo y que llegaba a conocer las fortalezas y debilidades de cada miembro de su equipo y mediante planes de entrenamiento cuidadosamente preparados, sacaba el mayor provecho a sus potencialidades.

El teacher era un idealista, sin embargo, siempre mantenía los pies en el suelo.  Sabía perfectamente que tenía serias limitaciones en todos los aspectos.  En el estadio se trabajaba con las uñas, en una pista patroleada que no prestaba las condiciones óptimas para los eventos de velocidad o fondo y para los lanzamientos había que vigilar la zona de impacto para no matar a algún cristiano, pues en ese mismo campo practicaban además beisboleros, boxeadores y corredores aficionados.  Los implementos deportivos eran escasos y muchas veces deteriorados por el uso.  Incluso los atletas no constituían la materia prima ideal, pues había sprinters y lanzadores de 5 pies y medio, fondistas con reducida capacidad pulmonar, asmáticos, enfermizos y demás.  No había posibilidad para una dedicación exclusiva, pues quienes no trabajaban, tenían que lidiar con un horario errático en las secundarias y universidades.  Lo único que había era voluntad.

No obstante, con todas esas limitaciones Hidvegi fabricaba campeones.  En los sesentas y setentas Nicaragua era respetada en atletismo a nivel centroamericano, tanto en pista como en campo y con México en algunas disciplinas a veces se ponía al tú por tú.

Mientras muchos equipos todavía mostraban estilos que sólo se miraban en las películas del Baron de Coubertin, los atletas nicaragüenses mostraban un estilo depurado tanto en la pista como en el campo.  Los nicas lanzaban la bala al estilo de Randy Matson, el disco al mejor estilo de Al Oerter y el martillo como el gran Gyula Zsivotzky.  El teacher recibía las mejores revistas de atletismo del mundo y estaba actualizado de las últimas técnicas internacionales.

El teacher era inflexible respecto al cumplimiento de los planes que diseñaba para cada atleta y aunque fuera echando el bofe, todos debían terminar las actividades programadas.  Lo que no podía controlar, a pesar de su insistencia en la práctica diaria, eran las continuas faltas de parte de algunos atletas por diversas razones, desde motivos de trabajo, estudios, enfermedad, hasta prolongadas papalinas.

Otro aspecto que cuidaba mucho el Teacher era el vocabulario de los atletas, pues bajo ningún motivo toleraba el trato soez de parte de ellos y lo hacía dando el ejemplo, aunque cuando montaba en cólera soltaba una retahíla en húngaro que nadie sabía lo que significaba.  Siempre trataba de mantener su buen humor, sin embargo en ocasiones era en extremo mordaz.  También cuidaba mucho el espíritu de equipo, tratando de evitar al máximo las confrontaciones entre los atletas, que pertenecían a un grupo heterogéneo en todos los aspectos.

En esos cuatro años, llegué a conocer a todos los miembros de aquel equipo que con el tiempo llegaron a ser una leyenda en el atletismo, entre los que se encontraba Donald Vélez “El Chompipe” que para mí ha sido el mejor atleta en la historia del atletismo.  Era como dicen los gringos un natural, tenía todas las condiciones físicas para ser un campeón y si hubiera tenido una férrea disciplina y dedicación, hubiera llegado a ser un plusmarquista a nivel panamericano. También entrenaban en ese tiempo Russel Carrero, Hugo Pérez, Abraham Espinales, Armando Mejía, Sergio Rubí, Francisco Menocal, los hermanos Gómez, Onell Pérez, Mary Streber, Iván Turcios, Lourdes Rodríguez, Juan Argüello, Francisco “Pancho Maroma” Argüello, Roberto Silva, las hermanas Porras, Randall Clerk, Gustavo “Bullshit” Morales, Luciano “El Perico” Obando, Carlos “El Chivo” Vanegas,  Carlos “Marabunta” Meneses, Marvin Peralta, los hermanos Larios, Aleyda Flores, Enrique “Tarzán” Montiel, Murillo, Torrentes, David Silva.  Algunos de ellos están en el Salon de la Fama, pero como dicen en los manicomios, ni son todos los que están, ni están todos los que son.

En mi caso, siempre estuve plenamente consciente que nunca llegaría a ser plusmarquista, pues no tenía la estructura o como lo llaman algunos expertos, la arquitectura muscular para lograrlo, a pesar de mi estatura y peso.  Yo nunca había levantado pesas y el Teacher no era afecto a sobrecargar el programa con pesas y se limitaba a ejercicios básicos con poco peso y ponía de ejemplo a Gustavo Morales, que sin ejercitarse con pesas y a pesar de su modesta estatura para un lanzador había fijado un record nacional de un poco más de 50 metros que todavía está vigente.  Sin embargo, no mencionaba que Gustavo era mecánico de aviación y su oficio le desarrollaba una fuerza descomunal pues a veces tenía que colocar inmensos motores en los aviones.  Sin embargo, llegué a mejorar cada día mi marca personal, alcanzando en esa época cerca de los 47 metros.

Me gustaba mucho entrenar, sentía que la disciplina del atletismo iba formando mi carácter y el lanzamiento de martillo me desarrollaba un inmenso sentido del equilibrio, además me llenaba mucho el sentido de pertenencia a un equipo.  En esos cuatro años llegué a cultivar una gran amistad con el Teacher y en muchas ocasiones llegué a fungir como su asistente.  Me confiaba algunas gestiones de parte de la Federación de Atletismo y ocasionalmente me daba las llaves de su Volkswagen para realizarlas.

Para 1972 las cosas empezaron a dificultarse para el equipo de atletismo, pues la Federación de Beisbol estaba empeñada en sacarnos del estadio, al pretender tenerlo para su uso exclusivo, de tal forma que casi a fines de año logró su cometido y con el pretexto del Campeonato Mundial de Beisbol que se celebraría en ese estadio, nos pusieron de patitas en la calle.  El equipo no se desanimó y aunque disperso reanudó sus prácticas.  Marabunta y yo practicábamos el martillo en la Explanada de Tiscapa, en donde temprano por la mañana nadie nos determinaba y no tuvimos problemas.  Todavía el 22 de diciembre fuimos a realizar unos lanzamientos, sin sospechar que serían los últimos antes de que Managua sucumbiera ante el devastador terremoto.

Después del terremoto abandoné temporalmente el atletismo al trasladarme a San Marcos y luego ingresar a trabajar al Banco Nacional.  Miraba ocasionalmente al Teacher en Loma Verde.  Luego en 1978, Roberto Silva compañero y amigo del equipo de lanzamiento de martillo regresó de Brasil en donde había estudiado educación física y me propuso entrenarme para volver a lanzar el martillo.  Acepté, pues ya vivía nuevamente en Managua y retomé la disciplina con mayor entusiasmo.  A pesar de la carga de trabajo en mi empleo, reunía fuerzas para entrenar unas tres horas diarias, incluyendo una hora de pesas en un gimnasio.

En esa época hubo una escisión en la Federación de Atletismo y por cuestiones del destino quedé en la acera diferente de donde se encontraba el Teacher.  Sin entrar en antagonismos cada grupo continuó su trayectoria y tranquilamente llegaron a coexistir las dos facciones.  Así participé en los Juegos Centroamericanos de El Salvador en 1977 en donde obtuve la medalla de bronce y posteriormente en los Centroamericanos y del Caribe en Medellín, Colombia en 1978 en donde obtuve el quinto lugar.  Para 1979 estaba entrenando duro, con casi cuatro horas diarias de entrenamiento y había logrado romper la barrera de los 50 metros, logrando la marca mínima para participar en los Juegos Panamericanos de San Juan, Puerto Rico.  Sin embargo, como decía Emmanuel, todo se derrumbó y debí abandonar el país y mi carrera como atleta.

No volví a ver al Teacher.  Estando de regreso en Nicaragua en los noventa me enteré que vivía en Miami y tiempo después supe de su muerte.  Sentí mucho no haberlo vuelto a ver, pues a pesar de todo, compartimos grandes momentos.  Muchas veces, cuando la vida parece tumbarme al suelo, recuerdo cuando practicaba el martillo.  Uno de los momentos más dramáticos para un lanzador de martillo es cuando se revienta el cable que lo sostiene del asa; ese instante que dura milisegundos, pareciera una muerte súbita y de repente, se recobra la conciencia en el suelo, tumbado, con los pulmones sin aire y preguntándose qué pasó.  Era cuando el Teacher se acercaba, me daba la mano para ayudarme a levantarme y me decía con su acento esdrújulo:  Arriba, que todavía te falta mucho.

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