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La bala que silba

De vez en cuando y últimamente, más de cuando en vez, escucho una bala silbar.  Porque balas, pasan muchas y dan donde tienen que dar, sin apenas darte cuenta. Es el destino disparando a discreción.  Pero algunas se sienten pasar tan cerca que te hacen ver que estás en el rango de tiro y ese silbido te pone la piel de gallina.  Sin embargo, esta vez pasó tan cerca que no solo escuché el silbido, sino que pasó rozando mi pecho y pude sentir luego el impacto seco, en algún lugar, tan lejos, pero tan cerca y el golpe de una humanidad al caer al suelo.  En medio de aquel susto y el dolor posterior pude alcanzar a escuchar un nombre:  Arturo Vicente.  Quedaron atrapados en mi garganta el ¡no puede ser!, ¿Cómo?, pues había sentido pasar aquel inexorable final acariciando mi piel con sus garras.

Aquel trance me llevó a recorrer, tal vez pausadamente, toda mi vida.  Desde los recuerdos más lejanos de mi niñez que se ubican en la casa de mis abuelos en San Marcos. La casa siguiente hacia el sur era la de los Pérez, distinguida y querida familia encabezada en aquel entonces por doña Dominguita viuda de Pérez y en donde predominaban las mujeres.  En una extensión de aquella casa vivían don Arturo, su esposa doña Zaida y sus hijos: Arturo Vicente, un par de años mayor, Magda de mi edad, Gioconda y Martha Elena la menor.

Tengo gratos recuerdos de aquella casa y sus ocupantes.  Las adolescentes, sería tal vez que les llamaba la atención que yo hubiese llegado de México, me daban cariño a manos llenas, Violeta, Antonieta, Leda, Auxiliadora, Alma Nidia.  Con el grupo de mi edad, nos encontrábamos en el kiosco del parque a jugar por las tardes, Arturo, Magda, Casta, Mercedes, Auxiliadora, Roberto, además de otros niños del pueblo.

Arturo era un tanto rollizo, cuando ingresamos a los lobatos con el uniforme de pantalón corto se miraba una extrema diferencia conmigo, pues en aquella época, aunque usted no lo crea, yo era extremadamente delgado.  Luego cuando alcanzamos la edad, pasamos a los boy scouts y recuerdo que Arturo, con su uniforme kaki, fungía como acólito en la misa de ocho del domingo.  No recuerdo si estuvimos en la misma patrulla, es más, tampoco recuerdo el nombre de aquella a la cual pertenecí.  Me imagino que Rudy Marín con su memoria prodigiosa debe acordarse.

Cuando después de cuatro años en el Pedagógico de Diriamba regresé a la Escuela de Varones de San Marcos, me encontré con Arturo y con aquel grupo a cargo de Salvador Carrillo, combinábamos el aprendizaje con el beisbol y el boxeo.  Al año siguiente, con Arturo y otros compañeros iniciamos la versión Beta del Instituto Parroquial Juan XXIII.   Éramos unos catorce alumnos en el sexto grado, con dos únicas muchachas de compañeras y parecía que nuestro único afán era hacerle perder la paciencia a los profesores, en especial a la maestra titular, una muchacha recién bachillerada del Colegio Francés de Granada:  Aidalina García, ahora destacada jurista y magistrada de la Corte.   Tal vez no fue un año de adquisición de grandes conocimientos, pero en el área socio afectiva el logro fue invaluable, pues ahí fortalecimos muchas amistades y compartimos el terror de ser alcanzados por el chilillo que magistral y frecuentemente manejaba el director Pbro. Etanislao García.  Recuerdo especialmente a Arturo en aquel año, cuando se ofreció de voluntario para en un acto cultural cantar algunas coplas en las que se llevó de corbata a muchos compañeros.

La secundaria era en aquel entonces considerada como algo serio.  De tal manera, que mis padres decidieron que era necesario que regresara al Pedagógico de Diriamba.  Por su parte, los padres de Arturo también pensaron igual, de tal manera que continuamos juntos la secundaria.

El grupo de San Marcos en el Pedagógico era muy unido.  Viajábamos en aquel tiempo en un microbús que pasaba muy temprano por el pueblo.  Recuerdo a Desiderio Campos, Félix y Marco Vallecillo, Juan Molina, Julio y Gilberto Vega, Anastasio García y los “primariones”, Sergio Zepeda, Pablo Vargas, Arturo y yo.  El trayecto a Diriamba coincidía con el programa radial de las industrias papeleras mercurio, que presentaba música romántica, en especial a Roberto Yanés y su gran éxito Óyelo bien, entre otros.   En el receso de medio día, nos juntábamos a conversar sobre los tópicos de interés del pueblo y en ciertas ocasiones nos escapábamos a Diriamba a comprar cigarrillos y fumarlos en el trayecto.  Ya en esa época yo era El Curro y Arturo El Cholo.  Nunca llegué a saber quién le puso así ni por qué, pero él siempre lo tomó con filosofía y lo internalizó sin problema.

Para esos tiempos nos llegó la fiebre del baile y con cualquier pretexto organizábamos fiestas en donde inicialmente con refrescos y sandwiches pasábamos alegres veladas, luego vinieron los quince años de las amigas que sucedieron en cascada y que en algunos casos fue la oportunidad para que la Flor de Caña ingresara a las opciones.  Arturo mostró siempre templanza en ese sentido y nunca llegué a mirarlo indispuesto.

Recuerdo muy bien en unas fiestas patronales que se organizó unas carreras de cinta en donde obtuvo el primer lugar y muy orgulloso llevó la medalla ganada y se la obsequió a Ninoska Urbina, su novia, que luego sería su esposa de toda la vida.

Más adelante, si mal no recuerdo Arturo y Tacho García tuvieron la idea de conformar un Club Juvenil y con mucho entusiasmo lo integramos.  Nos reuníamos en el mismo local del Club de Leones, junto a la Alcaldía.  Arturo y Tacho tenían gran facilidad para organizar eventos y en varias fiestas patronales el Club se encargó de la fiesta de huipiles en el Town Club.

Al final de la secundaria llegamos a bachillerarnos solo Arturo y yo, pues Pablo había ingresado a la Academia Militar y Sergio se había quedado en cuarto año, en donde los ínclitos hijos de La Salle pusieron un fino colador.  Arturo finalizó con un buen promedio, pues siempre se distinguió por sus buenas calificaciones.  Yo admiraba en él la facilidad con que balanceaba todas sus actividades de tal manera que siempre tenía tiempo para estudiar.

Arturo seleccionó la carrera de Arquitectura y para ese período le perdí la pista y muy eventualmente me lo encontraba los fines de semana en el pueblo, sin embargo cuando en 1969 todas las facultades se juntaron en el Recinto Rubén Darío, nos encontrábamos más seguido.

Después del terremoto del 72, muchas veces que yo estaba pidiendo raid para viajar a Managua, Arturo que entonces trabajaba en El Velero y conducía una pick up doble cabina Volkswagen, me llevaba hasta Nejapa, en donde él tomaba la carretera vieja a León y yo seguía a Managua.

El resto de la década de los setenta lo miré muy poco.  Luego yo estuve 16 años en México y al regresar supe que vivía en Costa Rica desde mediados de los ochenta. En 1995 lo volví a ver, Arturo había organizado la cena tradicional que anteriormente el mayordomo de las fiestas patronales ofrecía al cura párroco, pero en esa ocasión se encontraba de visita en el pueblo el padre canadiense Pedro Pelletier y la fiesta tomó el nombre de la Cena del Recuerdo.  Luego me lo encontré varias veces en Managua, trabajando él para una empresa de Arturo Vaughan.   Después creo que hubo problemas en la empresa en la que trabajaba y en 2000 se decidió a regresar a Costa Rica.

Años después tuve la oportunidad de leer en La Prensa un artículo en donde se hablaba sobre el espíritu inigualable de solidaridad de Arturo.  En un restaurante que había puesto en San José, acudían todos los nicaragüenses que deseaban asesoría sobre aspectos legales migratorios o laborales y Arturo con mucha amabilidad los ayudaba, en muchas ocasiones organizó colectas para ayudar a la repatriación de paisanos fallecidos en aquel país.  Se hizo tan famosa aquella desinteresada ayuda que su restaurante era conocido como El Consuladito, pues ahí encontraban los connacionales más ayuda que en las instancias gubernamentales.

Pasó mucho tiempo antes de volver a ver a Arturo.  Fue en la vela de la insigne maestra la Srita. Flérida Noguera cuando de pronto se me acercó alguien que de golpe no logré reconocer, hasta que Roberto Fernández, amigo del 5to y 6to. Grado me dijo: – Es El Cholo.  Nos abrazamos y conversamos sobre los años maravillosos.  Meses después llegué a acompañarlo al fallecer su mamá, Doña Zaida.   Luego, entre Rudy Marín y Arturo organizaron una reunión para encontrarnos con Gilberto Vega y su familia de paseo por Nicaragua.

En febrero de este año, los ex alumnos de la XXIV Promoción del Instituto Pedagógico de Diriamba nos organizamos para celebrar los 50 años de nuestra promoción.  Arturo se entusiasmó y confirmó su asistencia, sin embargo, unas semanas antes del evento me llamó para cancelar, pues en esa fecha lo iban a operar de un reemplazo de cadera.  Lo llamé luego para ver cómo había salido y me confirmó que todo había salido bien y que estaba en la terapia de recuperación.

Después de la convocatoria para una nueva reunión de la promoción en febrero de 2018, Arturo me llamó para mostrarme su entusiasmo e interés de participar.  Me manifestó algunos planes de negocios que tenía y quedamos de vernos en las fiestas de abril en San Marcos, pero no fue posible.  Unas tres semanas antes de fallecer me llamó para saludarme y confirmar su anuencia a participar en la reunión y quedó en firme la voluntad para encontrarnos antes de esa fecha.

Creo sin temor a equivocarme que Arturo ha sido uno de los ciudadanos de San Marcos más apreciados.  Esto se lo ganó a pulso, pues prodigó cariño a sus familiares y supo llevar el concepto de amistad a los niveles de los grandes personajes.  Fui testigo de su inconmensurable amor por su ciudad, su cultura y sus tradiciones.  Su partida ha hecho renacer en los que lo conocimos esa debilitada facultad de extrañar.

Estoy plenamente consciente que algún día la bala llevará mi nombre, pero ahora, me duele más la bala que pasó silbando y ver al amigo caído y recuerdo otra vez aquella sevillana que dice:  “Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va y va dejando una huella que no se puede borrar”  Descansa en paz, querido Cholo.

 

 

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