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Fuenteovejuna, Señor

 

La sociedad nicaragüense se encuentra consternada.  La tasa de muertes en accidentes de tránsito se está elevando a un ritmo vertiginoso.  A pesar de que, considerando los últimos acontecimientos en la vida nacional, nada tendría que sorprendernos, ni quitarnos el sueño.  Sin embargo, lo aparatoso de los últimos accidentes y el número de víctimas involucradas, tiene a todo el mundo con el fondillo a dos manos.

La ciudad capital se despereza temprano en la mañana, ante un calor que amenaza con llevar a los termómetros a niveles arriba de los 36 grados. Una joven que luce un elegante uniforme corporativo, se muestra sumamente impactada al escuchar en el radio de su automóvil el último recuento de víctimas, sin embargo, suena su teléfono celular y ella suelta una mano del volante para tomarlo y revisar su whatsapp, haciendo peripecias en el auto, con un ojo al gato y el otro al garabato, para ver los últimos chismes de su grupo de amigas, se ríe sola y con una pericia escandalosa logra introducir un emoticón, que aunque no viene al caso, es lo más fácil, antes de poner el aparato en su lugar, pues de pronto su automóvil pierde un poco la dirección.

En una casa de un reparto con nombre italianado, un joven ejecutivo lee el periódico en el desayunador, mientras una asistente del hogar, debidamente uniformada, le sirve café caliente y le escucha exclamar: ¡Qué barbaridad! al ver la nota que señala la alarma por la desmedida tasa de accidentes.  Luego, hace a un lado el diario y toma un reporte que le prepararon en su oficina con las estadísticas de los últimos dos años de las ventas de vehículos nuevos del distribuiror, del cual es gerente y observa con embeleso la tendencia alcista que haría palidecer de envidia al propio Og Mandino y lo harían enloquecer con las proyecciones estimadas para el presente año.

Muy cerca de ahí, en una mansión ubicada en un reparto exclusivo, una señora ya entrada en años, todavía en bata, pero manteniendo su refinada elegancia, mira en la televisión de su cuarto un noticiero local, en donde un locutor con una voz engolada y con un dejecito un tanto fingido, pone el grito al cielo por la cantidad de personas que han perdido la vida en accidentes.  La señora arruga un poco la cara en señal de desagrado.  No obstante, sin ella saberlo, es cómplice del éxito del ejecutivo anterior, pues ella es gerente de crédito de un importante banco comercial del país, que haciendo a un lado los requerimientos de crédito del agro nacional y de las pequeñas y medianas empresas, ha canalizado una extraordinaria cantidad de recursos hacia el crédito de consumo, lo cual ha hecho posible la explosión en las ventas de vehículos.

Al otro extremo de la ciudad, un joven se despierta con el ruido de un radio a todo volumen, en donde con música alusiva a las noticias de última hora, un locutor con un tono grave, tirándole a enojado, ofrece la noticia de una colisión que dejó tres muertos.  El joven, que acusa una goma de coger raza, apenas reacciona y en medio de su malestar logra exclamar: -Virgen santa. No se sabe si por la resaca que carga, o por la noticia que acaba de escuchar.  De pronto viene a su memoria, escasa por cierto, imágenes de la borrachera de la noche anterior y cómo todavía no tiene ni la menor idea de cómo logro llegar en su automóvil a su casa.  Gracias al cielo, su madre santa lo encomienda siempre a San Judas Tadeo.

En un bulevar de la ciudad descienden de una motocicletas dos oficiales de la policía de tránsito, sin casco, por cierto y mientras se apostan detrás de unos arbustos, comentan entre ellos los detalles de un accidente provocado por un autobús de cierta ruta, en donde un colega fue a cubrir el reporte correspondiente, debiendo trabajar hasta media noche y a manera de conclusión exclaman casi al unísono: ¡Qué cagada! mientras esperan a que un descuidado automovilista al dar la vuelta en la esquina, incursione, aunque tímidamente, en el segundo carril y sea sujeto de una multa dizque por invasión de carril y si se descuida se la dejan ir por el caso agravado de zigzag o vuelta en “U” que son 1,000 bolas de multa.

Una mujer que barre la acera de su casa, se encuentra con su vecina quien le comenta que una conocida de ella iba en el bus que se accidentó en El Dorado y que no paraba de exclamar: ¡Fue horrible, fue horrible!  La primera traga gordo y le comenta que la ola de accidentes es imparable.  Luego alguien le llama de la venta de enfrente y la mujer cruza la calle como los caminantes de The walking dead, sin volver a los dos lados y esa es su costumbre, sin importar el flujo vehicular, pues en su mente cualquiera que transite debe detenerse antes de impactarla, pues en caso contrario, enfrentaría la cárcel y un buen dinero en indemnizaciones.

En un barrio del rumbo de abajo, un funcionario de educación se prepara para salir a su oficina cuando observa en el televisor una noticia con el estilo de la nota roja, en donde se ve a los bomberos sacar los cadáveres de restos de un vehículo retorcido por el impacto, sin escatimar en tomas sangrientas.  El funcionario se compadece de las víctimas del accidente y luego se dispone a ir al baño, pero antes saca de un escondite al fondo del ropero, un libro y se sienta en su trono.  Es un libro de Sergio Ramírez que está leyendo con sumo interés, pero como quien dice, de manera clandestina, pues está consciente de que si la dirección superior se da cuenta de su afición por esa lectura, lo pondrán de patitas en la calle.  No puede concentrarse en la lectura pues le atormenta la idea de que al momento de planificar el año escolar, había insistido en incluir la educación vial como eje transversal, sin embargo, por órdenes de la superioridad, tuvo que incluir el aprendizaje del ajedrez.

En un populoso barrio, un joven de oficio conductor de autobús, desayuna con fruición, un generoso plato criollo, cuando se aparece su hermana con un celular y le muestra un video que colgaron en las redes sociales en donde un autobús aventaja a una enorme fila que transita en una vía, utilizando un carril improvisado a la izquierda del carril contrario, en lo que se supone es una vía peatonal.  El conductor siente un torozón en la garganta y no sabe si son los huevos o es el gallopinto que se le ha atragantado, al reconocer a su unidad en primer plano en el video.  Cuando recobra el resuello le exclama a su hermana:  Gente hijueputa, que se mete en lo que no le importa y solo cuelga pendejada y media.

En la periferia de la ciudad, un ciudadano urgido por llegar a su destino, para una caponera y comienza para él un viaje que solamente se mira en las persecuciones de las películas de James Bond.  El conductor del frágil vehículo, desafiando no solo las leyes de tránsito, sino las leyes que se miran en la Ciencia de lo Absurdo y haciendo caso omiso de las mentadas de madre que le profieren por doquier, se desplaza entre el denso tránsito, provocando en el pasajero una descarga tal de adrenalina que al final le pide al conductor que lo baje en el centro de salud.

Un alto funcionario de la comuna se dirige a su oficina y de pronto el tráfico es tal que se queda atrapado en una importante arteria de la capital, de tal forma que parece que está en un enorme estacionamiento.  Reflexiona al respecto y llega a la conciencia de que el gobierno municipal no tiene fondos para ampliar la infraestructura vial de la ciudad y que con tres megaproyectos han quedado con una deuda caribe.  Está consciente de que ante la hipertrofia del parque vehicular, la red vial actual no es suficiente y que en vez de instalar tantas arbolatas y construir tantos parques, que son necesarios, pero no vitales, deberían realizarse más obras de este tipo de infraestructura.  Pero se guarda sus reflexiones en el fondo de su ser, por aquello de las cochinas dudas.

Al salir de su casa, el muchacho antes de ponerse el casco, se despide de su madre, quien con el rostro compungido le ruega que tenga mucho cuidado en la calle, pues está llena de cafres y los accidentes están a la orden del día y hay muertos que no es jugando.  El muchacho le contesta con movimientos afirmativos de su cabeza mientras se calza el casco y sube a su motocicleta que de pronto se pierde rápidamente entre el tráfico, en donde presume de su pericia en zigzaguear por las filas de tal manera que alcanza a situarse en los semáforos de primero.  Cuando puede se salta el semáforo en rojo, pues este es más que nada para vehículos grandes.

En la oficina de una escuela de manejo, uno de los instructores, mientras espera su próxima lección, mira un noticiero en la televisión de la oficina, cuando aparece en la pantalla la fotografía de un conductor fallecido después de hacer una mala maniobra e impactar contra un furgón.  Se queda de una sola pieza cuando se da cuenta de que se trata de uno de sus alumnos, a quien tuvo que darle su ayudadita para que pudiera aprobar el curso de manejo y pudiera optar a la licencia de conducir.

En una mesa redonda trasmitida por una emisora de radio, varios periodistas debaten sobre el candente tema y mientras un reportero de un diario local le propone a un representante de la iniciativa privada que este sector destine recursos para fomentar la educación vial, como parte de la responsabilidad social, o que vía impuestos al consumo de licores y tabaco se financie la misma, el empresario se la devuelve reclamándole el por qué aquel diario, en lugar de ofrecer a sus lectores un curso de oratoria, mejor le ofrece un programa amplio de educación vial, entonces se arma la de Muchilanga y la discusión se convierte luego en una plática de presos.

Y así, miles de historias se entretejen en torno a esta crisis, como le han llamado algunos, para ilustrarnos acerca de la complejidad de este problema.  No es algo fácil de solucionar, pues en la misma están involucrados grandes sectores de la población.  De tal forma que cada vez que desafortunadamente ocurra un accidente y alguien pierda la vida, al momento de señalar culpables debemos recordar Fuenteovejuna, aquella obra de Lope de Vega, en donde al preguntar el juez: -¿Quién mató al comendador? –Fuenteovejuna, Señor -¿Quién es Fuenteovejuna? –Todo el pueblo, a una.

 

 

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