El nacimiento

Nacimiento.  Foto Orlando Ortega Reyes

En San Marcos, mi pueblo, nunca nevó y es posible que tampoco ocurra en los próximos dos millones de años, sin embargo, para quienes gozábamos del privilegio de ser niños, desde la última semana de noviembre, cuando los cortadores de café se encargaban de despeinar los cuatro costados del pueblo y dejaban colarse un frío que nos obligaba a sacar del ropero los suéteres y las chaquetas.  Con eso bastaba para imaginarnos que caminábamos por aquellas escenas que admirábamos en las tarjetas de felicitación que comenzaban a llegar y que invariablemente presentaban un paisaje invernal lleno de nieve que llegaba a cubrir hasta los decorados árboles.

Por la noche la temperatura bajaba aún más y el aroma de los cafetales se mezclaba con el olor de la pólvora de las triquitracas y del carburo de las lámparas de los comerciantes que con sus tijeras llenas de mercancía invadían el centro del pueblo, mientras que la luz mortecina del alumbrado público se miraba reforzada por una que otra iluminación de colores.

Junto con la llama de la esperanza que ardía en nuestros pechos, más que nada por los regalos que la víspera de la Navidad traería el Niño Dios, estaba la curiosidad de ir a ver el nacimiento de donde las Matus.  A pesar de que mi tío César era supuestamente el jefe de esa familia, la fuerza del clan compuesto por doña María Matus y sus hijas Reneé y Elida era mayor, de tal manera que todo mundo cuando se refería a esa familia lo hacía invariablemente como las Matus.  Lo interesante era que no eran mujeres de un carácter fuerte o agresivo, eran sí, emprendedoras curtidas en la luchas por la supervivencia, amables hasta la pared de enfrente y solidarias, incluso más que un gobierno socialista.  Doña María era una experta en las artes culinarias, de tal manera que hubiese dejado en ridículo a cualquiera de los participantes en esos reality de Master Chef.  La niña Reneé era una master en comercio y su habilidad para las matemáticas básicas era asombrosa, además de contar con una memora prodigiosa, tan necesaria para su oficio.  La tía Elida por su parte, casada con mi tío César, combinaba la tarea de criar a mi prima Estercita, con la abnegada tarea de poner inyecciones y sueros por todo el pueblo.

A inicios de diciembre, mi prima Estercita llegaba a la casa para llevarnos a ver el famoso nacimiento de las Matus.  No podría precisar cuándo comenzó esa tradición familiar, sin embargo me imagino que en aquel tiempo ya llevaban algunos años armándolo.  En cierta parte de la sala, ocupando una extensión considerable, estaba el mencionado nacimiento.  En la parte principal estaba desde luego una caseta que albergaba las imágenes de José, María y el Niño Dios, con las consabidas bestias a cada lado para darle calor con su vaho al recién nacido y a la altura del techo, un ángel tenía una leyenda que decía: Gloria a Dios en las alturas.  Por razones del espacio disponible, más que por romper la fijación occidental por la simetría, a ambos lados de la caseta, una parte más extensa que la otra, con algunos objetos superpuestos cubiertos con papel kraft debidamente teñido con anilina café, se mostraba un terreno un tanto abrupto simulando la percepción que tenía la tía Elida de los terrenos suburbanos de Belén.

Lo más interesante del caso es que en aquella representación se observaban además de los consabidos pastores, los magos de oriente que en la misma llegaban anticipados por la falta de calendarios o bien porque siguieron a la estrella equivocada, una serie de participantes que para la inocente mentalidad de los pequeños no constituía ninguna aberración, sino que simplemente eran elementos que proporcionaban un acompañamiento vistoso a la escena.  Ahí se encontraban pequeños camiones, la más variada fauna que se pueda uno imaginar, soldaditos de la segunda guerra mundial, indios y vaqueros de plástico, que a pesar de su feroz apariencia y de sus variadas armas que empuñaban, en medio de la escena parecían participar del regocijo del nacimiento del mesías.  No obstante, lo que más me llamaba la atención era una imitación bien lograda en madera de una refresquera, que eran una especie de rústico kiosko en donde se expendían gaseosas y similares en los parques y en aquella impresionante miniatura estaban colocadas una réplicas de coca colas, que formaron parte de una promoción de la embotelladora, cuando cumplía sus promesas en sus premios.

Para nosotros era un tremendo espectáculo admirar aquella obra de arte, más aún cuando en nuestras mentes no existía el concepto de anacronismo, al no haber desarrollado nuestra conciencia histórica, así que no se nos hacía nada raro que participaran en una amena convivencia en medio de aquella fiesta, los seguidores de Toro Sentado, con las gentes del General Patton o con los pastores judíos, que bien podían pedir una coca cola para mitigar su sed.  Pasó mucho tiempo para que advirtiéramos aquella situación, además del hecho de que un recién nacido pudiera tener dientes.  Abro un paréntesis para anotar que en el pueblo circulaba una leyenda urbana de un niño cuyo nacimiento se retrasó tanto que nació con dientes.

Pero, como en todo, llega un momento en que todo aquello que nos asombraba cuando éramos niños, deja de tener encanto al irnos percatando de la realidad de las cosas.  Así pues las bebidas espirituosas surgen como elemento indispensable en las principales celebraciones y aquellos elementos que llenaban nuestras vidas, dejan de tener el atractivo que un día tuvieron.  Así pasó con los nacimientos, los juguetes y otras particularidades de la Navidad.

No recuerdo bien cuando fue que la tía Elida dejó de poner su nacimiento.  Ella nunca perdió aquella alegría que sentía por la vida, aún en los momentos más difíciles y daba gusto encontrarla pues siempre mostraba su mejor sonrisa, acompañada de un piropo, pues sin importar si uno estuviera flaco o gordo, siempre nos encontraba hermosos y guapos.  Me imagino que cuando mi prima Estercita tuvo que emigrar a los Estados Unidos, perdió el entusiasmo de armar el nacimiento y luego, a medida que la soledad iba invadiendo aquella casa, algunos ciudadanos, en operación hormiga fueron llevándose las cosas que tenían a la vista en su casa que siempre estaba con las puertas abiertas.

Con el tiempo me tocó llevar a mis hijos a ver algunos nacimientos espectaculares.  En México los llevé varias veces la garaje de una casa en la colonia Marte, en el Eje 5 sur, en donde instalaban un nacimiento de más de mil figuras y lo que más me impresionaba era la alegría de mis hijos que me hacía recordar mis tiempos con mi prima Estercita viendo el nacimiento de las Matus.

Mi hermana Oralya siguiendo un poco aquella tradición de la tía Elida, fue ampliando poco a poco su nacimiento hasta alcanzar un tamaño considerable y mis hijos también participaban de todo aquel rito de instalarlo y desinstalarlo.

Ahora que me corresponde alimentar toda esa fantasía que gira alrededor de esa tradición a mis nietas, debo confesar que lo hago con cierto desgano.  En mi casa, aunque ni Ripley lo crea, hay como 45 nacimientos de diferente tamaño ubicados por toda la casa y tengo que caminar con los ojos bien abiertos para no tropezar con alguna oveja o pastor.

Ahora que están de moda los nacimientos institucionales, llevo regularmente a mis nietas a la exposición que las instituciones del estado arman a lo largo de toda la Avenida Bolívar y lo único que me llena es el asombro y alegría de mis nietas al ver todo el colorido de la Avenida, con una diversidad de villancicos que se entremezclan y con consignas y anuncios subliminales disfrazados de jaculatorias. El anacronismo adquiere ahora otra dimensión.  Cada institución del Estado se exprime las neuronas hasta el borde de la meningitis por presentar el nacimiento más original y yo por mi parte, en ese trayecto, que pareciera salido de una película de Fellini, me abstraigo y me dedico a recordar aquel nacimiento que con tanto empeño armaba la tía Elida.  Cómo extraño su saludo lleno de cariño y de alegría, así como el anacronismo tan inocente de su nacimiento.

 

 

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Sesenta veces y siete

Ya no es tiempo de promesas,

sólo quedan palabras, que se disipan

entre una ilegible fecha de caducidad

y una hoz que silba al azar.

 

Ya no podemos invocar

el nombre de la muerte en vano,

simplemente confiar que al cerrar los ojos,

puedan abrirse nuevamente y continuar.

 

Cabalgar en la frágil tabla sobre la feroz ola,

haciendo gala de un mágico equilibrio,

para escaparnos de la rompiente

y llegar finalmente a la orilla

 

Y ahí caminar en la arena,

sabiendo que no habrá otro mar,

ni otra ola, mirando la sombra

que al final será lo único que quede,

empapándose con la brisa

y el llanto que sembramos

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¡No vuelvo a beber!

Noe.  Imagen tomada de internet

 

En esta época del año, se hace propicio el tiempo para cavilar sobre la supremacía de algunas mentiras por sobre las demás, que parecen haberse multiplicado en nuestro entorno.  Hace un par de años escribí sobre una de las mentiras que siempre está contendiendo por el primer lugar:  Mañana te pago.  Pero en esto de las mentiras, parece mentira, la estacionalidad de las mismas es algo relevante. En este diciembre, gracias a la intervención de algunos asesores financieros de bolsillo, algunos cuantos dedicaron parte de su aguinaldo a saldar algunas deudas, por lo tanto Mañana te pago, cobrará vigencia hasta dentro de algunas semanas.

De esta manera, la milenaria mentira, presente en la humanidad desde Noe: ¡No vuelvo a beber! se coronará en este diciembre, como reina indiscutible, pues da la impresión que las circunstancias se muestran inmejorables para ello.  Las vacaciones parecen estirarse, gracias a la magnificencia del Supremo Empleador que ha otorgado una generosa cantidad de días festivos, lo que será un aliciente para el gratificante ejercicio de empinar el codo y además podría decirse que, en términos generales, la economía, como dice Chanito, marcha con pasos contundentes hacia un crecimiento sostenido. Así que como aquel coro de la opereta de Arrieta: Marina, la ocasión invita a cantar: “a beber, a beber, a apurar, las copas de licor, que el vino hará olvidar, las penas del amor”.  En virtud de que el límite se pone en el nivel de: Hasta que el cuerpo aguante, llega, más temprano que tarde un momento en que el cuerpo resiente, pues el hígado ya se encuentra como el centro de Alepo.

Aquí habría que aclarar que hay individuos que a fuerza de mucha experiencia han podido alargar los períodos ininterrumpidos de ingestión alcohólica, hasta niveles equivalentes al diluvio universal, cuarenta días y cuarenta noches, pero se trata de personas que dominan el arte de combinar la bebida y la comida de tal manera que pueden traslapar de forma magistral los períodos de borrachera con los relativos a la ineludible goma.  El resto de los mortales ya habrá claudicado mucho antes de que se escuche la sonora risa de Santa Claus. Lo cierto es que casi en su totalidad jurarán hasta con los dedos de los pies que no vuelven a beber.

Así pues, la consabida mentira saldrá de los labios de aquellos que en primer lugar sufren en su organismo los estragos de los excesos en la ingesta de alcohol.  Desde aquellos que caen en un coma etílico, diablos azules incluidos, hasta quienes sufren los efectos de una goma mal curada.  No obstante, no faltarán quienes padecen de una goma moral por los desaguisados, léase encabes, ocurridos durante una “noche de copas” como decía María Conchita.  Estos últimos llegan a ser peores que las patologías debido a que en cada ciudadano hay un reportero escondido, que celular en mano se apresta a documentar cualquier pecado, de palabra, obra u omisión, que brote de la euforia inspirada en el dios Baco y cuyos efectos serán de desastrosas consecuencias cuando, sin pensarlo dos veces, el improvisado reportero suba a las redes sociales su video, con la esperanza de que se vuelva viral.  Ahí se fregó la cosa, pues en esos casos no aplica el hashtag #borrachonosevale.

Así que mientras otros entre sus propósitos de año nuevo se propondrán bajar de peso, aprender inglés o ser mejores personas, una considerable proporción se impondrán la promesa de no volver a beber.  Obviamente, la promesa cae en terreno estéril con la plena conciencia de que se trata de una mentira más, pues no se operativiza, como dicen los administradores.  Para que este propósito se salga del terreno de la fantasía, el sujeto debe de ingresar a un grupo de alcohólicos anónimos pues de otra manera seguirá siendo de las mentiras más grandes.

De esta manera, estimado lector, tenga mucho cuidado, pues en medio del caótico tráfico de estos días, en donde se le puede atravesar tanto un busero kamikaze, un junior borracho o una aprendiz temeraria, como una fila interminable de mentiras y entre ellas, con la supremacía de siempre: ¡No vuelvo a beber!

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El influyente

Mario Moreno, Cantinflas.  Imagen tomada de internet

 

Muy a menudo observamos en los medios de comunicación el término “influyente”, para designar a determinada persona que puede ser desde un aspirante a Mister Universo, hasta un empresario “exitoso”, pasando, desde luego, por alguna presentadora de televisión y que de acuerdo a esas publicaciones, esos ciudadanos son tan famosos que lo que hacen o dicen tiene un impacto considerable en nuestra sociedad.  Algunas revistas internacionales integran listas de determinado número de influyentes en cierta región o en cierto período.  Lo cierto es que en consideración a que el término “influyente” se presta a una enorme flexibilidad, pues se refiere a ejercer predominio o fuerza moral, sin establecerse los límites de la magnitud de dicho ejercicio, llegamos a ver en dichas listas a individuos que con mucho esfuerzo podrían, si acaso, ejercer influencia en su entorno familiar.

Las listas con mayor sentido, aunque no ajenas a intensa polémica, son las que se refieren a los personajes influyentes en la historia de la humanidad, en donde ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Así pues, en estos dorados tiempos, desfilan en nuestro entorno una serie de personajes locales que lucen en su frente, como si fuera una guirnalda, el título de influyentes.  Otros cargan a la fuerza esa etiqueta, debido a la extrema candidez de otros conciudadanos que juran hasta con los dedos de los pies y quieren hacer creer a todo mundo, que los primeros tienen el poder de influir en las decisiones de la Santa Sede, la Academia Sueca, la OEA o del Congreso norteamericano.

Luego que Fidel Castro se puso en la presencia del Supremo Hacedor, es obvio que una inmensa mayoría coincida en que fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX.  Eso ni siquiera tiene que ser avalado por el CSE.  No obstante, habrá quien piense que influyó para bien y habrá quien sea de la opinión que influyó para mal, con todos los matices que caben en esta discusión.  La historia, no obstante será quien lo juzgue, no ahora, sino más tarde, así que será cuestión de la Posteridad.

Sin embargo, si se tratara de identificar a un personaje cuya influencia hubiese permeado más que en el pensamiento y en los movimientos políticos y sociales de determinada región del planeta, en la idiosincrasia, en la forma de actuar de grandes sectores de nuestra sociedad actual, en ese caso, es posible que muchos coincidan en señalar a Cantinflas, el personaje creado por el mexicano Mario Moreno Reyes.  Su particular forma de ser, que fue plasmada en sus películas, principalmente las relativas a la década de los años cuarenta del siglo pasado, llegaron a enquistar en la idiosincrasia latinoamericana el famoso cantinfleo.

Este vocablo, incluso aceptado por la RAE, básicamente quiere decir: hablar de manera disparatada e incongruente, sin ningún contenido.  Aunque la realidad es que el cantinfleo en algunos casos va más allá de una forma de expresarse o de no expresarse, sino que alcanza además una actitud de exceso de confianza, oportunismo e irrespeto a la autoridad.

Nuestro acontecer nacional está plagado de intervenciones en donde el cantinfleo hace de las suyas.  Desde la feliz inocencia de los niños y jóvenes que con el mayor desparpajo responden con una andanada de palabras que al final no significan nada, ya sea a sus padres, a sus docentes o bien, en general, a sus mayores.

En los adultos la influencia del inolvidable mimo se hace más evidente pues abundan las oportunidades en donde un oportuno cantinfleo puede librarlos de la situación embarazosa de responder con la verdad.  No sería aventurado afirmar que las probabilidades de un ciudadano promedio de sufrir un acto de violencia y de que sea víctima de un cantinfleo andan casi tana catana.  Desde el marido que explica cándidamente a su esposa los motivos por los que se apareció hasta el tercer día, como resucitado con una sábana encima, hasta el operador de un call center que nos ha llamado para ofrecer un leonino préstamo, tratando de responder a nuestra pregunta que de dónde obtuvo nuestro número telefónico.  Muchos podrán recordar a cualquier conductor de televisión que es obligado a estirar tiempo durante una trasmisión y no tiene otra alternativa más que comenzar a cantinflear.

No obstante es el nivel de empresarios y políticos en donde el cantinfleo es una herramienta vital para el adecuado desenvolvimiento de sus carreras.  Ante la pregunta inevitable que plantea al unísono toda la sociedad, respecto a la causa de que los precios de los combustibles no siguen la misma tendencia, en proporción ante la estrepitosa caída de los precios del petróleo, algún iluminado responde: “…hay que distinguir que una cosa es el mercado del crudo y otro el de los combustibles. Tomen en cuenta que el crudo pasa por un proceso industrial, por lo tanto los precios son distintos…” Recórcholis diría Condorito.

Por su parte, algún defensor del proyecto del canal interoceánico responde ante la inquietud natural de la población respecto al impacto ambiental de dicho proyecto: “Nosotros pensamos que este megaproyecto, partiendo de que el canal debe estar al servicio de la naturaleza y no la naturaleza al servicio del canal, creemos que es una oportunidad para la restauración ambiental del territorio, creemos que da una oportunidad muy valiosa para el ordenamiento de este territorio”  Chanfle, exclamaría Chespirito.

Un magistrado que provoca los más agrios sentimientos entre todos los nicaragüenses responde a la pregunta de que si a pesar de todo permanecerá en su cargo: “Seguiré adelante cumpliendo con la patria, si no, buscaré qué hacer”.  Rayos y centellas admitiría Gene Autry.

Lo insólito ocurre cuando esta socorrida práctica llega hasta un documento oficial del Estado, como es lo siguiente, extraído de un Decreto Presidencial:  “Honramos a Darío entregándonos a trabajar para cultivar la Paz, el Amanecer, los Colores y las Luces del Alba, la Alegría del Aire que contiene Grandeza y Espíritu con el que forjamos las Realizaciones de los Nuevos Días”. No hay razón, chato, diría el inolvidable mimo.

Soy un ferviente creyente de que el buen humor es un elemento vital para soportar el transcurso de esta vida, pues como decía el gran filósofo británico Alan Watts: “Las personas sólo sufren porque toman en serio lo que los dioses hacen por diversión”.  No obstante, en el cantinfleo hay cierta percepción de parte de quien lo practica que su interlocutor tiene un nivel intelectual equivalente al salario mínimo.  Así pues, dejarnos cantinflear impunemente pudiera minar nuestra autoestima en grado considerable, de tal forma que es necesario, estimado lector, que realice su mejor esfuerzo porque el émulo del mimo no se salga con la suya.  Contraataque, interrogue, riposte, hasta que el individuo comprenda que usted es un hueso duro de roer y que aquel no se saldrá con la suya. Por último, dígale como don Mario: “¿Cómo dijo que me dice que dijo? Tons como quien dice: a volar, joven”.

 

 

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Matamamas y lealtades

judas-iscariote. Imagen tomada de Internet

 

Cuando todavía estudiaba en primaria, a fines de los años cincuenta del siglo pasado, se utilizaba mucho un insulto, que aunque no estaba catalogado entre las “malas palabras”, el mismo causaba cierta conmoción a quien lo recibía.   Tal vez por su composición, ese epíteto calaba hasta en el más rudo.  Me refiero al vocablo “matamama” que resultaba de unir el verbo matar, con el sustantivo mama, forma coloquial de denominar a la madre de alguien.  De esta forma, matamama era quien, de manera figurada (la mayoría de las veces), podría matar a su progenitora para conseguir algo.  De esta forma, se manejaba esta palabra para designar a un desleal o traidor, en una amplia gama de formas y tonos, que iban desde alguien que cambiaba de bando o en el otro extremo a quien cometía un acto grave de traición.  Por alguna razón, la Real Academia de la Lengua no lo ha incluido entre los nicaraguanismos que ha incorporado en su diccionario.

En aquellos tiempos se utilizaba frecuentemente para designar a quien cambiaba de grupo o de equipo deportivo, ya fuera como integrante o simplemente como fanático de algún equipo.  Muchos recordarán a los boeristas de aquella época que después de orgullosamente expresar su preferencia, agregaban “hasta la muerte” sellando de esta manera una afiliación con lealtad a toda prueba.

También se utilizaba este nombre para designar a quienes cometían faltas a la lealtad en términos generales o bien como sinónimo de malinchismo, es decir cuando alguien prefería a una persona extranjera frente a un connacional o bien a los productos provenientes de otro país frente a la producción nacional.

En política se utilizaba en mayor medida como sinónimo de traidor, ya fuera por cambiar de partido político o bien sin hacerlo, colaborar con el partido adversario y en el sentido más grave a quien cometía un acto de traición a la patria.

En muchas ocasiones este vocablo formaba parte de aquellas retahílas que como andanada de artillería pesada se dejaban caer sobre cualquier sujeto.  En la historia del famoso Peyeyeque, personaje emblemático de la vieja Managua, relatada en una canción de la inspiración de Humberto “El Gato” Aguilar, el famoso barrendero le dirigió una serie de insultos al policía que lo estaba juzgando, pues hay que recordar que en aquellos tiempos ese cuerpo castrense era juez y parte (aquí entra Manzanero cantando: Todavía).  La retahíla aquella se componía de: “conservador, cachureco, matamama, comunista”, lo que valió una inmediata condena de parte de la autoridad.

Como decía Julio Numhauser: “Cambia, todo cambia” y en estos dorados tiempos que corren, el vocabulario de los nicaragüenses ha cambiado sustancialmente.  Ya no es ningún insulto para nadie que le digan conservador, cachureco, ni siquiera comunista. A lo mejor “zancudo” puede causar cierto escozor.   Incluso aquellos vocablos tan nicaragüenses se están perdiendo en el olvido, como es el caso de “tuani” que ya pocos lo emplean, pues las nuevas generaciones para estar alineados con los fashionistas, dicen en su lugar “kawai”.

Lo que llama la atención es que el vocablo matamama cayó en un total desuso.  Es muy raro escuchar a alguien lanzarle este insulto a una persona.  Lo cierto es que por su parte la lealtad también ha sufrido cambios importantes en su concepción.

En el ámbito deportivo, la lealtad realmente no importa.  Es algo natural que los equipos de cualquier deporte puedan ser comprados y vendidos como en un tramo del oriental, lo mismo ocurre con los jugadores que son subastados al mejor postor.  De esta forma, la lealtad hacia un equipo no tiene mucha razón de ser.  Tal vez en el caso de aquellas selecciones de países que compiten con la bandera del mismo en algún torneo mundial o regional y que por lógica todos los ciudadanos deben de tener simpatías por dicha selección, aunque la verdad es que nadie le pone cuidado a la lealtad del vecino hacia la selección nacional, máxime cuando queda a mitad del camino.

Con relación al afecto hacia lo extranjero, ya a nadie le importa si un ciudadano prefiere lo importado a lo local.  En un bar cualquiera, algunos piden Flor de Caña, otros whiskey escocés, otros vodka, otros Toña, otros Corona y nadie arruga la cara, salvo el que toma Caballito.   Por otra parte, la doble nacionalidad es algo muy natural y a nadie critican por involucrarse de lleno en las elecciones de los Estados Unidos, con todos sus detalles y no saben quién es Saturnino Cerrato (bueno, parece que nadie).  Otro claro ejemplo es todo el alboroto que desde estas fechas se está gestando en torno a la celebración de Halloween, en donde todo grupo de jóvenes que se precie de “nice” e incluso instituciones educativas, tienen que organizar una fiesta alrededor de esta ocasión.  Ni siquiera le paran bola a los gritos de algunos sectores que desean parar esta práctica y que recurren hasta el extremo de calificar esta festividad como diabólica.  Creo que a nadie le han gritado: matamama, por disfrazarse para esta festividad, ni siquiera cuando lo hacen durante todo el año.

En la política el asunto es más complicado, aunque no deja de verse algo parecido al ámbito deportivo.  Aquí pareciera que la lealtad adquiere una elasticidad más grande que la de Ralph Dibny, pues por un lado se observa que miembros de un partido, de la noche a la mañana se pasan al partido adversario, con un cinismo de antología y unos argumentos oligofrénicos y a nadie parece importarle mucho.  Nadie se atreve a gritarles: matamama y si alguno se atreve a criticarlos utiliza, con cierta dosis de corrección política, el epíteto “tránsfuga”, que tiene el mismo significado de matamama, pero que se oye con más cadencia o que bien puede confundir a más de un ingenuo que sentirá que significa algo así como “escapista”.

Ni siquiera se usa matamama para designar a quienes en estos tiempos se hacen acreedores a la etiqueta de vendepatria, que se reparte al por mayor entre las facciones políticas, como en un juego de ping pong, con o sin razón, dependiendo del cristal con que se mire.

El colmo de las distorsiones en cuanto a la lealtad, es el caso de una figura del boxeo que de pronto, en un vaso de agua se ha visto colocado en el ojo del huracán, por el simple hecho de haberse tomado una foto en la Basílica de Guadalupe en México, siendo el púgil evangélico.  Esto equivale a que se hubiese tomado una foto en la Plaza Garibaldi siendo abstemio o junto a Salma Hayek, siendo casado. Nadie se atreve a gritarle: matamama, pues el interfecto le apea los dientes de un cascarazo, sin embargo, fue obligado a ofrecer disculpas y unas peregrinas explicaciones.

Así pues, no está lejano el día en que el vocablo matamama esté desterrado del habla nicaragüense.  Cuando alguien, por relancina, lo llegue a escuchar, pensará que se trata de algún futbolista africano o de un personaje del Rey León.  La lealtad por su parte también va por ese camino y al final quedará solo en los programas de algunas empresas que asignan puntos a sus clientes por su lealtad al preferirlos.

 

 

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El caso del alcohol puro

Botica.  Imagen tomada de Internet

Mi abuelo paterno, tenía una visión comercial un tanto particular en el manejo de su botica.  A pesar de ser un agnóstico declarado, algunas veces manejaba ciertos criterios morales que lo hacían ver, en cierta manera, como un mojigato.  Pudo haber sido cierta influencia de mi abuela, devota católica, quien en ciertos momentos le torcía el brazo en algunas decisiones que debían haber sido puramente comerciales.  Por ejemplo, en esa botica, tal como lo he comentado en otros artículos, no se vendían condones, con la particularidad que mi abuelo de la manera más tranquila expresaba que no los expendía, mientras que mi abuela y la tía Leticia montaban en cólera cada vez que un ingenuo comprador osaba preguntar por dicho producto.  También se rehusó a vender en la sección de revistas algunas de contenido picaresco y lo más atrevido que llegó a vender fue una revista llamada Luz, que con bases científicas ofrecía una atrevida educación sexual ilustrada a los curiosos de la época, por la friolera de dos córdobas (40 centavos dólar).

En esa botica, entre muchos productos, se vendía alcohol bajo dos formas.  El alcohol metílico, procesado a partir de la madera y que era conocido como alcohol metílico o alcohol desnaturalizado, que se empleaba como antiséptico, es decir exclusivamente de uso externo, pues su ingesta produce severos daños al sistema neurológico, incluso la muerte.  De la misma manera se vendía el alcohol etílico, que generalmente se obtenía de la destilación del fermento de caña de azúcar y que alcanzaba un nivel alcohólico de 96 grados.  A este alcohol en la farmacia se le conocía como alcohol puro y su precio era superior al desnaturalizado.  En rigor era el mismo guaro o guarón de las cantinas en su forma más pura, sin ningún tipo de adulteración.  De cualquier forma, su expendio en la farmacia era con fines culinarios, es decir para la elaboración de algunos alimentos, especialmente postres, se utilizaba también como solvente, para casos como la anilina soluble de grado superior.

En cierta ocasión, no podría precisar las causas, el suministro del guaro sufrió una terrible escasez, de tal manera que ni en la Renta de Jinotepe, ni en el expendio de doña Cheya Jara, quien tenía la concesión exclusiva en el pueblo, había existencia del vital líquido.  Después de cierto tiempo, los afectos al culto del dios Baco, empezaron a sentir los rigores de la abstinencia.  Resulta que mi abuelo, que siempre le gustaba tener un inventario bastante amplio, tenía en su poder una buena dotación de alcohol puro.  Alguien con espíritu investigativo se dio cuenta del inventario existente en la botica y de manera disimulada comenzó a comprar en pequeñas cantidades.

En algún momento mi abuelo se percató que la demanda de aquel producto se había disparado respecto a la tendencia histórica, de tal manera que descubrió que su alcohol se estaba destinando al consumo humano directo.  No le gustó la idea de estar fomentando ese execrable vicio y comenzó a restringir la venta del espíritu aquel.  Algunos consumidores muy avezados comenzaron a querer vacilar a mi abuelo comprando primero anilina soluble en alcohol para luego pedir el alcohol puro.  No sabían que para alguien que madruga siempre hay alguien que se acuesta vestido, así que no hubo forma de sacar el líquido con esas triquiñuelas.

En cierta ocasión, un ciudadano que trabajaba en labores administrativas en un trillo de arroz en Jinotepe, pero que de vez en cuando se abandonaba en los brazos de Dionisio, sintió el antojo de echarse sus rielazos y se le hizo fácil enviar a su hijo a comprar dos cuartas de alcohol puro a la botica.  Mi abuelo lo conocía bien, así como su desmedida forma de beber y lo violento que se ponía cuando se emborrachaba, al punto que arremetía con extrema violencia  contra su mujer y sus hijos.  De esa forma, cuando llegó el muchacho a solicitar la venta del producto a la botica, mi abuelo tranquilamente le dijo que no había.

Al llegar el muchacho a su casa con la noticia del falso flete, el tipo aquel volvió a enviar a su hijo con el mensaje de que su papá sabía que mi abuelo tenía alcohol puro en existencia y que le dijera la razón por la que no se lo quería vender.

Al recibir el mensaje, mi abuelo con la misma tranquilidad le dijo que no se lo vendía porque sabía que se lo iba a beber y luego empezaría a maltratar a su familia.  Se fue el rapaz.

Al rato se apareció el individuo aquel en la botica.  Mi abuelo se encontraba en su mecedora leyendo un libro.  Apartó sus ojos de su lectura y volvió a ver al tipo que con actitud amenazante se apostó enfrente de él.  Mi abuelo no se inmutó.  De joven había peleado en la guerra y fue torturado por los conservadores, de tal manera que nunca mostraba temor alguno ante ninguna circunstancia, por grave que fuera.  Con toda la tranquilidad del mundo se limitó a decir: -¿Qué se le ofrece don Fulano?

El tipo aquel, tragándose su enojo, trató de recuperar la calma y buscando lo más florido de su lenguaje le conminó a que le dijera en su cara el por qué no le había querido vender el alcohol puro.  Mi abuelo, conservando su ecuanimidad, le repitió exactamente lo que le había dicho al hijo.

El sujeto se puso casi morado, como un higo, sin embargo, sacó fuerzas para recobrarse del resuello y aclarándose la garganta le dejó ir un discurso.  Le dijo que él en su casa podía hacer lo que le viniera en gana, sin que nadie tuviera la autoridad para criticar lo que su derecho fundamental le confería en ejercicio de su libertad.   Que si él tomaba, lo hacía con su dinero y que su borrachera era de él y de nadie más.  Que si en algún momento, con razón o sin razón le pegaba a su mujer o a sus hijos, tenía todo el derecho del mundo como jefe de la familia.  Así que absolutamente nadie tenía que echarle en cara lo que hacía, ejerciendo sus derechos y quien lo hiciere estaba invadiendo su privacidad.  Estoy seguro de que ei hubiera estado en estos tiempos, le hubiese achacado el calificativo de “injerencista”.

Mi abuelo, un tanto sorprendido por la elocuencia del sujeto, procuró sacar un rescoldo de cortesía y le dijo: -Mire don Fulano, si lo pone de esa manera, tiene usted toda la razón.   Las leyes de este país, le confieren una plena libertad en sus actos y aunque me ofenden sus actitudes, debo admitir que no son de mi incumbencia.  Le pido disculpas por atreverme a juzgar su proceder.

El tipo aquel, enganchándose en el vagón del cinismo, le dijo: -Entonces, ¿me va a vender el producto?

Mi abuelo, tratando de ser todavía más cortés, le dijo: – De acuerdo a lo que usted argumenta, debo de inferir que ese mismo derecho que usted esgrime, asiste a mi persona para ejercer una plena libertad en mi negocio.  Por lo tanto, yo puedo vender o no vender lo que se me venga en gana, al precio que se me ocurra y a quien a mí se me pegue la gana.  ¿Es eso cierto, don Fulano? Aquel ciudadano un tanto sorprendido no tuvo más remedio que responder: -Pues sí, don Emilio. Entonces fíjese que en estos momentos no se me antoja venderle el alcohol, ¿Cómo lo ve?

El sujeto aquel comprendió que se había enredado en su propio mecate, así que no le quedó más remedio que mascullar entre dientes: -Muchas gracias, dando la vuelta sin esperar a escuchar cuando mi abuelo le dijo: -Que le vaya bien.

Después de algunas semanas, el alcohol puro volvió a expenderse de manera regular y ya no hubo ocasión de buscarlo de manera subrepticia en la botica.  El sujeto aquel, nunca volvió a poner un pie en el negocio de mi abuelo, ni envió a su hijo a comprar nada y siguió con su costumbre de emborracharse y agredir violentamente a su familia.

Años más tarde, el tipo aquel falleció, según algunos parientes, del hígado.  En aquellos tiempos, todos los entierros pasaban invariablemente por la calle en donde estaba la botica.  Cuando el cortejo fúnebre se acercó, mi abuelo se acomodó su sombrero, salió a la puerta y con una enorme solemnidad se descubrió la cabeza al paso del ataúd.  Agachó la mirada y esperó a que al llegar a la casa de los Herrera, enrumbara hacia el cementerio, entonces, colgó su sombrero, regresó a su mecedora y continuó leyendo.

 

 

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Primun non nocere

Hipócrates.  Imagen tomada de Internet

 

En estos días, hemos observado un fenómeno mediático alrededor del caso de un cirujano plástico, declarado culpable de homicidio imprudente, en la persona de una paciente a quien le había practicado una intervención quirúrgica de carácter estético.  Es obvio que un caso como este cause un enorme revuelo en la sociedad y provoque las más variadas opiniones.

Antes que nada, quiero aclarar que mi padre fue médico y su dedicación y entrega a su práctica profesional hicieron que yo desarrollara un enorme respeto y admiración por la medicina.  De la misma manera, tengo muchos amigos que son médicos y he tenido la oportunidad de observar de cerca sus prácticas profesionales, lo cual ha reafirmado en mí, los mismos sentimientos hacia esa noble carrera.

No obstante, la negligencia profesional o mala praxis médica es un hecho innegable y no es posible abstraernos de este problema, sino que es necesario realizar un amplio debate sobre este particular, así como las implicaciones de carácter legal que se derivan de la misma. La negligencia médica abarca a todos aquellos hechos u omisiones de un profesional de la medicina que caen debajo de los estándares aceptables de la práctica médica y causan daño o muerte a un paciente y que en la mayoría de los casos involucra un error médico.

El país cuenta con muchos médicos que tuvieron la oportunidad de estudiar, especializarse e incluso desarrollar su práctica médica en escuelas y hospitales de prestigio y cuentan con una experiencia que ha venido a enriquecer a la medicina nacional.  También es cierto que a la par de esa proporción de médicos altamente competentes, hay un sector que no ha tenido la oportunidad de tener estudios ni prácticas rigurosas, pues provienen de universidades que tienen como política no reprobar a los alumnos que estén al día en el pago de sus aranceles y por lo tanto pueden concluir sus estudios confundiendo todavía una asepsia con una autopsia.

En lo particular, no creo, que abordar el tema de la mala praxis y discutirlo a fondo se trate, bajo ningún punto, de criminalizar a la práctica médica, ni mucho menos, de menospreciar a tan noble profesión.

Tal vez, es un tema que puede causar tremendas controversias, debido principalmente a que nunca se ha dimensionado de manera correcta este problema, al no existir estadísticas nacionales al respecto, debido principalmente al secretismo que se maneja alrededor del mismo.  Sin embargo, en los Estados Unidos, de acuerdo a la revista de la Asociación Norteamericana de Medicina (JAMA) la negligencia médica constituye la tercera causa de muerte en ese país, después de las enfermedades cardiacas y el cáncer. Asimismo, se detalla que anualmente los errores médicos causan la muerte de un total de 220,000 pacientes y en 2012 las indemnizaciones por esta causa sobrepasaron los 3 mil millones de dólares.  En España se estima que el número de las víctimas de la mala praxis es mayor que el de las víctimas de los accidentes de tránsito.

Otro aspecto importante es que la negligencia médica no sólo se refiere a la muerte del paciente durante una intervención quirúrgica, sino que abarca también los efectos causados al dejar materiales extraños dentro del cuerpo del paciente después de la intervención, operaciones en el lugar u órgano equivocado, operaciones innecesarias, malestares derivados de la operación, infecciones o úlceras.  Asimismo, abarca también los diagnósticos equivocados, receta de medicamentos equivocados o innecesarios, equivocación en la dosis del medicamento prescrito o falta de previsión de posibles interacciones entre medicamentos, entre otros y que en casos extremos también pueden provocar la muerte.

Así pues, un debate serio y profundo sobre este tema es prioritario y un aspecto importante en este sentido, es que no le cierren las puertas al ciudadano común y corriente, pues aunque no sepa dónde se encuentra el hueso esfenoides, es el sujeto que sufre en carne propia los flagelos de una enfermedad y que espera de un médico, una atención eficiente y de acuerdo a ciertos estándares, de manera que le devuelva su salud.    Así pues, en la reflexión sobre las implicaciones de la práctica médica es necesario considerar las inquietudes, miedos y aspiraciones de los pacientes, independientemente de si el mismo acude a la práctica privada o asistencial.

Un paciente demanda, antes que nada, información sobre todo el proceso de atención médica.  Es posible que no todos los pacientes puedan comprender los pormenores de un diagnóstico o de su tratamiento, sin embargo, el galeno debe tratar de explicar de la manera más sencilla sus estimaciones del diagnóstico y las alternativas de tratamiento y considerar todas las inquietudes del paciente al respecto.  Al momento de la elaboración del historial del paciente, el galeno puede inferir con una alta dosis de certeza, el nivel de comprensión que puede tener el paciente y si bien es cierto, habrá algunos que se confundirán fácilmente, como aquel caso del “soplo en los ovarios”, una importante proporción podrá manejar eficientemente la información que el médico le proporcione.  Por otra parte, el paciente tiene todo el derecho de investigar por su cuenta, ya sea en libros o en internet, los pormenores de su dolencia y el médico no debe perder la paciencia ante esto, sino más bien, orientar al paciente sobre el manejo adecuado de la información.

Otro aspecto muy importante que afecta sensiblemente a los pacientes es la prescripción de medicamentos.  En un país en donde el PIB per cápita apenas alcanza los 2,000 dólares anuales, es de vital importancia que el análisis del tratamiento a prescribir deba de llevar en paralelo un análisis de la capacidad financiera del paciente, de tal manera que esté en condiciones de adquirirlo sin afectar sus gastos prioritarios.  Esto necesita un acercamiento del médico a la realidad del paciente y consideraciones conjuntas sobre su capacidad para asumir determinado tratamiento.  Por ejemplo, el uso de un medicamento de última generación para la presión arterial puede rondar los 35 dólares mensuales, es decir 420 dólares anuales, lo que representa el 21% del ingreso promedio de un nicaragüense.

Al respecto, el médico debe de estar consciente que antes de la confianza que le profesan a las grandes empresas farmacéuticas, está el compromiso con el paciente para la búsqueda de la salud de este último en términos sostenibles.  No debe por lo tanto considerar un pecado o una falta de lealtad, prescribir algún medicamento genérico.

De la misma forma, el paciente espera que aunque la práctica no tenga un giro comercial propiamente dicho, se le considere como un cliente y por lo tanto el tratamiento sea en los términos que pudiera marcar las normas de servicio al cliente.  Es más, el médico a veces tiene que descender del oráculo a un papel de asesor.  No importa que se trate de una atención en una previsional del INSS, o un centro de salud, siempre se requiere una alta dosis de humanismo hacia el paciente.

El camino hacia una cirugía debe ser lo más transparente posible de tal forma que el paciente tenga un panorama completo de la rigurosa necesidad de la misma, sus riesgos tanto de practicarla, como de no hacerlo, los detalles del procedimiento y posibles efectos posteriores.  Un claro ejemplo de los vicios que ocurren al respecto, son las cesáreas que de manera innecesaria se practican en el sistema de salud, muchas veces sólo para programar la agenda de un obstetra en un horario cómodo, amén del sobreprecio.

En fin, son muchas las expectativas de un paciente cuando se quebranta su salud y busca desesperadamente asirse de la sabiduría y experiencia de un galeno que la restablezca.  En un tiempo en que los juramentos por Apolo, Esculapio, Higía o Panacea ya no tienen cabida, es menester contar con un código de ética que deba ser seguido al pie de la letra por todos los médicos.  Lo del establecimiento de un Colegio Médico en Nicaragua es una quimera, desde que estos oficios han caído en la ciénaga de la política.  Yo en lo particular no me dejaría auscultar por un médico que se proclame miembro de la Asociación de Médicos Anarquistas o de la Liga de Médicos pro Trump.  En este oficio no caben ese tipo de agrupaciones.

En vías de mientras, creo que los galenos deberían recordar siempre las sabias palabras de Hipócrates: “Cada vez que el médico no pueda hacer el bien, debe evitar hacer el daño”.

 

 

 

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