El caso del alcohol puro

Botica.  Imagen tomada de Internet

Mi abuelo paterno, tenía una visión comercial un tanto particular en el manejo de su botica.  A pesar de ser un agnóstico declarado, algunas veces manejaba ciertos criterios morales que lo hacían ver, en cierta manera, como un mojigato.  Pudo haber sido cierta influencia de mi abuela, devota católica, quien en ciertos momentos le torcía el brazo en algunas decisiones que debían haber sido puramente comerciales.  Por ejemplo, en esa botica, tal como lo he comentado en otros artículos, no se vendían condones, con la particularidad que mi abuelo de la manera más tranquila expresaba que no los expendía, mientras que mi abuela y la tía Leticia montaban en cólera cada vez que un ingenuo comprador osaba preguntar por dicho producto.  También se rehusó a vender en la sección de revistas algunas de contenido picaresco y lo más atrevido que llegó a vender fue una revista llamada Luz, que con bases científicas ofrecía una atrevida educación sexual ilustrada a los curiosos de la época, por la friolera de dos córdobas (40 centavos dólar).

En esa botica, entre muchos productos, se vendía alcohol bajo dos formas.  El alcohol metílico, procesado a partir de la madera y que era conocido como alcohol metílico o alcohol desnaturalizado, que se empleaba como antiséptico, es decir exclusivamente de uso externo, pues su ingesta produce severos daños al sistema neurológico, incluso la muerte.  De la misma manera se vendía el alcohol etílico, que generalmente se obtenía de la destilación del fermento de caña de azúcar y que alcanzaba un nivel alcohólico de 96 grados.  A este alcohol en la farmacia se le conocía como alcohol puro y su precio era superior al desnaturalizado.  En rigor era el mismo guaro o guarón de las cantinas en su forma más pura, sin ningún tipo de adulteración.  De cualquier forma, su expendio en la farmacia era con fines culinarios, es decir para la elaboración de algunos alimentos, especialmente postres, se utilizaba también como solvente, para casos como la anilina soluble de grado superior.

En cierta ocasión, no podría precisar las causas, el suministro del guaro sufrió una terrible escasez, de tal manera que ni en la Renta de Jinotepe, ni en el expendio de doña Cheya Jara, quien tenía la concesión exclusiva en el pueblo, había existencia del vital líquido.  Después de cierto tiempo, los afectos al culto del dios Baco, empezaron a sentir los rigores de la abstinencia.  Resulta que mi abuelo, que siempre le gustaba tener un inventario bastante amplio, tenía en su poder una buena dotación de alcohol puro.  Alguien con espíritu investigativo se dio cuenta del inventario existente en la botica y de manera disimulada comenzó a comprar en pequeñas cantidades.

En algún momento mi abuelo se percató que la demanda de aquel producto se había disparado respecto a la tendencia histórica, de tal manera que descubrió que su alcohol se estaba destinando al consumo humano directo.  No le gustó la idea de estar fomentando ese execrable vicio y comenzó a restringir la venta del espíritu aquel.  Algunos consumidores muy avezados comenzaron a querer vacilar a mi abuelo comprando primero anilina soluble en alcohol para luego pedir el alcohol puro.  No sabían que para alguien que madruga siempre hay alguien que se acuesta vestido, así que no hubo forma de sacar el líquido con esas triquiñuelas.

En cierta ocasión, un ciudadano que trabajaba en labores administrativas en un trillo de arroz en Jinotepe, pero que de vez en cuando se abandonaba en los brazos de Dionisio, sintió el antojo de echarse sus rielazos y se le hizo fácil enviar a su hijo a comprar dos cuartas de alcohol puro a la botica.  Mi abuelo lo conocía bien, así como su desmedida forma de beber y lo violento que se ponía cuando se emborrachaba, al punto que arremetía con extrema violencia  contra su mujer y sus hijos.  De esa forma, cuando llegó el muchacho a solicitar la venta del producto a la botica, mi abuelo tranquilamente le dijo que no había.

Al llegar el muchacho a su casa con la noticia del falso flete, el tipo aquel volvió a enviar a su hijo con el mensaje de que su papá sabía que mi abuelo tenía alcohol puro en existencia y que le dijera la razón por la que no se lo quería vender.

Al recibir el mensaje, mi abuelo con la misma tranquilidad le dijo que no se lo vendía porque sabía que se lo iba a beber y luego empezaría a maltratar a su familia.  Se fue el rapaz.

Al rato se apareció el individuo aquel en la botica.  Mi abuelo se encontraba en su mecedora leyendo un libro.  Apartó sus ojos de su lectura y volvió a ver al tipo que con actitud amenazante se apostó enfrente de él.  Mi abuelo no se inmutó.  De joven había peleado en la guerra y fue torturado por los conservadores, de tal manera que nunca mostraba temor alguno ante ninguna circunstancia, por grave que fuera.  Con toda la tranquilidad del mundo se limitó a decir: -¿Qué se le ofrece don Fulano?

El tipo aquel, tragándose su enojo, trató de recuperar la calma y buscando lo más florido de su lenguaje le conminó a que le dijera en su cara el por qué no le había querido vender el alcohol puro.  Mi abuelo, conservando su ecuanimidad, le repitió exactamente lo que le había dicho al hijo.

El sujeto se puso casi morado, como un higo, sin embargo, sacó fuerzas para recobrarse del resuello y aclarándose la garganta le dejó ir un discurso.  Le dijo que él en su casa podía hacer lo que le viniera en gana, sin que nadie tuviera la autoridad para criticar lo que su derecho fundamental le confería en ejercicio de su libertad.   Que si él tomaba, lo hacía con su dinero y que su borrachera era de él y de nadie más.  Que si en algún momento, con razón o sin razón le pegaba a su mujer o a sus hijos, tenía todo el derecho del mundo como jefe de la familia.  Así que absolutamente nadie tenía que echarle en cara lo que hacía, ejerciendo sus derechos y quien lo hiciere estaba invadiendo su privacidad.  Estoy seguro de que ei hubiera estado en estos tiempos, le hubiese achacado el calificativo de “injerencista”.

Mi abuelo, un tanto sorprendido por la elocuencia del sujeto, procuró sacar un rescoldo de cortesía y le dijo: -Mire don Fulano, si lo pone de esa manera, tiene usted toda la razón.   Las leyes de este país, le confieren una plena libertad en sus actos y aunque me ofenden sus actitudes, debo admitir que no son de mi incumbencia.  Le pido disculpas por atreverme a juzgar su proceder.

El tipo aquel, enganchándose en el vagón del cinismo, le dijo: -Entonces, ¿me va a vender el producto?

Mi abuelo, tratando de ser todavía más cortés, le dijo: – De acuerdo a lo que usted argumenta, debo de inferir que ese mismo derecho que usted esgrime, asiste a mi persona para ejercer una plena libertad en mi negocio.  Por lo tanto, yo puedo vender o no vender lo que se me venga en gana, al precio que se me ocurra y a quien a mí se me pegue la gana.  ¿Es eso cierto, don Fulano? Aquel ciudadano un tanto sorprendido no tuvo más remedio que responder: -Pues sí, don Emilio. Entonces fíjese que en estos momentos no se me antoja venderle el alcohol, ¿Cómo lo ve?

El sujeto aquel comprendió que se había enredado en su propio mecate, así que no le quedó más remedio que mascullar entre dientes: -Muchas gracias, dando la vuelta sin esperar a escuchar cuando mi abuelo le dijo: -Que le vaya bien.

Después de algunas semanas, el alcohol puro volvió a expenderse de manera regular y ya no hubo ocasión de buscarlo de manera subrepticia en la botica.  El sujeto aquel, nunca volvió a poner un pie en el negocio de mi abuelo, ni envió a su hijo a comprar nada y siguió con su costumbre de emborracharse y agredir violentamente a su familia.

Años más tarde, el tipo aquel falleció, según algunos parientes, del hígado.  En aquellos tiempos, todos los entierros pasaban invariablemente por la calle en donde estaba la botica.  Cuando el cortejo fúnebre se acercó, mi abuelo se acomodó su sombrero, salió a la puerta y con una enorme solemnidad se descubrió la cabeza al paso del ataúd.  Agachó la mirada y esperó a que al llegar a la casa de los Herrera, enrumbara hacia el cementerio, entonces, colgó su sombrero, regresó a su mecedora y continuó leyendo.

 

 

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Primun non nocere

Hipócrates.  Imagen tomada de Internet

 

En estos días, hemos observado un fenómeno mediático alrededor del caso de un cirujano plástico, declarado culpable de homicidio imprudente, en la persona de una paciente a quien le había practicado una intervención quirúrgica de carácter estético.  Es obvio que un caso como este cause un enorme revuelo en la sociedad y provoque las más variadas opiniones.

Antes que nada, quiero aclarar que mi padre fue médico y su dedicación y entrega a su práctica profesional hicieron que yo desarrollara un enorme respeto y admiración por la medicina.  De la misma manera, tengo muchos amigos que son médicos y he tenido la oportunidad de observar de cerca sus prácticas profesionales, lo cual ha reafirmado en mí, los mismos sentimientos hacia esa noble carrera.

No obstante, la negligencia profesional o mala praxis médica es un hecho innegable y no es posible abstraernos de este problema, sino que es necesario realizar un amplio debate sobre este particular, así como las implicaciones de carácter legal que se derivan de la misma. La negligencia médica abarca a todos aquellos hechos u omisiones de un profesional de la medicina que caen debajo de los estándares aceptables de la práctica médica y causan daño o muerte a un paciente y que en la mayoría de los casos involucra un error médico.

El país cuenta con muchos médicos que tuvieron la oportunidad de estudiar, especializarse e incluso desarrollar su práctica médica en escuelas y hospitales de prestigio y cuentan con una experiencia que ha venido a enriquecer a la medicina nacional.  También es cierto que a la par de esa proporción de médicos altamente competentes, hay un sector que no ha tenido la oportunidad de tener estudios ni prácticas rigurosas, pues provienen de universidades que tienen como política no reprobar a los alumnos que estén al día en el pago de sus aranceles y por lo tanto pueden concluir sus estudios confundiendo todavía una asepsia con una autopsia.

En lo particular, no creo, que abordar el tema de la mala praxis y discutirlo a fondo se trate, bajo ningún punto, de criminalizar a la práctica médica, ni mucho menos, de menospreciar a tan noble profesión.

Tal vez, es un tema que puede causar tremendas controversias, debido principalmente a que nunca se ha dimensionado de manera correcta este problema, al no existir estadísticas nacionales al respecto, debido principalmente al secretismo que se maneja alrededor del mismo.  Sin embargo, en los Estados Unidos, de acuerdo a la revista de la Asociación Norteamericana de Medicina (JAMA) la negligencia médica constituye la tercera causa de muerte en ese país, después de las enfermedades cardiacas y el cáncer. Asimismo, se detalla que anualmente los errores médicos causan la muerte de un total de 220,000 pacientes y en 2012 las indemnizaciones por esta causa sobrepasaron los 3 mil millones de dólares.  En España se estima que el número de las víctimas de la mala praxis es mayor que el de las víctimas de los accidentes de tránsito.

Otro aspecto importante es que la negligencia médica no sólo se refiere a la muerte del paciente durante una intervención quirúrgica, sino que abarca también los efectos causados al dejar materiales extraños dentro del cuerpo del paciente después de la intervención, operaciones en el lugar u órgano equivocado, operaciones innecesarias, malestares derivados de la operación, infecciones o úlceras.  Asimismo, abarca también los diagnósticos equivocados, receta de medicamentos equivocados o innecesarios, equivocación en la dosis del medicamento prescrito o falta de previsión de posibles interacciones entre medicamentos, entre otros y que en casos extremos también pueden provocar la muerte.

Así pues, un debate serio y profundo sobre este tema es prioritario y un aspecto importante en este sentido, es que no le cierren las puertas al ciudadano común y corriente, pues aunque no sepa dónde se encuentra el hueso esfenoides, es el sujeto que sufre en carne propia los flagelos de una enfermedad y que espera de un médico, una atención eficiente y de acuerdo a ciertos estándares, de manera que le devuelva su salud.    Así pues, en la reflexión sobre las implicaciones de la práctica médica es necesario considerar las inquietudes, miedos y aspiraciones de los pacientes, independientemente de si el mismo acude a la práctica privada o asistencial.

Un paciente demanda, antes que nada, información sobre todo el proceso de atención médica.  Es posible que no todos los pacientes puedan comprender los pormenores de un diagnóstico o de su tratamiento, sin embargo, el galeno debe tratar de explicar de la manera más sencilla sus estimaciones del diagnóstico y las alternativas de tratamiento y considerar todas las inquietudes del paciente al respecto.  Al momento de la elaboración del historial del paciente, el galeno puede inferir con una alta dosis de certeza, el nivel de comprensión que puede tener el paciente y si bien es cierto, habrá algunos que se confundirán fácilmente, como aquel caso del “soplo en los ovarios”, una importante proporción podrá manejar eficientemente la información que el médico le proporcione.  Por otra parte, el paciente tiene todo el derecho de investigar por su cuenta, ya sea en libros o en internet, los pormenores de su dolencia y el médico no debe perder la paciencia ante esto, sino más bien, orientar al paciente sobre el manejo adecuado de la información.

Otro aspecto muy importante que afecta sensiblemente a los pacientes es la prescripción de medicamentos.  En un país en donde el PIB per cápita apenas alcanza los 2,000 dólares anuales, es de vital importancia que el análisis del tratamiento a prescribir deba de llevar en paralelo un análisis de la capacidad financiera del paciente, de tal manera que esté en condiciones de adquirirlo sin afectar sus gastos prioritarios.  Esto necesita un acercamiento del médico a la realidad del paciente y consideraciones conjuntas sobre su capacidad para asumir determinado tratamiento.  Por ejemplo, el uso de un medicamento de última generación para la presión arterial puede rondar los 35 dólares mensuales, es decir 420 dólares anuales, lo que representa el 21% del ingreso promedio de un nicaragüense.

Al respecto, el médico debe de estar consciente que antes de la confianza que le profesan a las grandes empresas farmacéuticas, está el compromiso con el paciente para la búsqueda de la salud de este último en términos sostenibles.  No debe por lo tanto considerar un pecado o una falta de lealtad, prescribir algún medicamento genérico.

De la misma forma, el paciente espera que aunque la práctica no tenga un giro comercial propiamente dicho, se le considere como un cliente y por lo tanto el tratamiento sea en los términos que pudiera marcar las normas de servicio al cliente.  Es más, el médico a veces tiene que descender del oráculo a un papel de asesor.  No importa que se trate de una atención en una previsional del INSS, o un centro de salud, siempre se requiere una alta dosis de humanismo hacia el paciente.

El camino hacia una cirugía debe ser lo más transparente posible de tal forma que el paciente tenga un panorama completo de la rigurosa necesidad de la misma, sus riesgos tanto de practicarla, como de no hacerlo, los detalles del procedimiento y posibles efectos posteriores.  Un claro ejemplo de los vicios que ocurren al respecto, son las cesáreas que de manera innecesaria se practican en el sistema de salud, muchas veces sólo para programar la agenda de un obstetra en un horario cómodo, amén del sobreprecio.

En fin, son muchas las expectativas de un paciente cuando se quebranta su salud y busca desesperadamente asirse de la sabiduría y experiencia de un galeno que la restablezca.  En un tiempo en que los juramentos por Apolo, Esculapio, Higía o Panacea ya no tienen cabida, es menester contar con un código de ética que deba ser seguido al pie de la letra por todos los médicos.  Lo del establecimiento de un Colegio Médico en Nicaragua es una quimera, desde que estos oficios han caído en la ciénaga de la política.  Yo en lo particular no me dejaría auscultar por un médico que se proclame miembro de la Asociación de Médicos Anarquistas o de la Liga de Médicos pro Trump.  En este oficio no caben ese tipo de agrupaciones.

En vías de mientras, creo que los galenos deberían recordar siempre las sabias palabras de Hipócrates: “Cada vez que el médico no pueda hacer el bien, debe evitar hacer el daño”.

 

 

 

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Salve a tí, Nicaragua

Atletas en México

 

En ocasión de los Juegos Olímpicos que se están efectuando en estos días en Rio de Janeiro, una empresa fabricante de celulares y productos electrónicos, desarrolló un promocional llamado “El himno” y que consiste en la fusión del himno nacional de varios países, ensamblados a través de un solo ritmo y con la particularidad de que cada himno es interpretado por personas de otro país; de tal manera que el himno de Canadá lo interpretan asiáticos, el de Estados Unidos, africanos, el de Alemania, sudamericanos y así.  Lo anterior bajo el lema “Un mundo, un himno”.  Haciendo a un lado la innecesaria inclusión del celular que fabrica la citada empresa, me parece un promocional muy bien logrado y bajo el manto de la utopía, propugna por un mundo sin barreras, aunque todos sabemos que después de la tregua de los Juegos Olímpicos, el mundo volverá a sus andadas.   Lo que sí es muy cierto, es que el promocional descansa sobre el hecho de que cada himno nacional tiene un significado especial para los ciudadanos de ese país y en su inconsciente colectivo está arraigado un sentimiento patriótico que los motiva a amar y respetar a ese símbolo de su nación y en la mayoría de las ocasiones, cuando lo cantan, lo hacen de corazón y con todo su ser.  Cabe la aclaración que tres naciones en el mundo tienen un himno sin letra, entre ellas España.

En forma coincidente, estuve recientemente en un prestigiado colegio a primera hora de la mañana y tuve la oportunidad de presenciar, a cierta distancia, el acto cívico de los lunes que se desarrollaba en uno de los patios de ese centro.  Me extrañó que los niños más pequeños no participaran en dicho acto, permaneciendo en sus salones.  Cuando llegó el momento de la entonación del himno nacional, un solista con la ayuda de un micrófono lo cantó, mientras que todo el alumnado con desgano fingió cantar sin llegar a cubrir al solista.

Puedo asegurar que no se trata de un hecho aislado, pues es una constante la actitud de total indiferencia de muchos conciudadanos para con su himno.  Por más de veinte años he asistido regularmente a eventos del sector educativo en donde en diferentes ámbitos iniciaban con el himno nacional, sin embargo, el público asistente raras veces lo ha cantado con sentimiento.  En la mayoría de las ocasiones tratan de ejecutar un triste play back, y en el mejor de los casos, lo cantan como si fueran ventrílocuos, como si tuvieran cierta aprensión en mostrar su espíritu cívico ante los demás.  Una gran mayoría prefiere las versiones instrumentales, para evitarse la incomodidad de tener que cantarlo.  Lo más grave del caso es que hay quienes además de no interpretarlo, muestran una total falta de respeto a este símbolo patrio, al conversar desenfadadamente o textear con sus teléfonos celulares.

Parece mentira que alguien, cuando se está bañando, se cree un émulo de Plácido Domingo y avisa a todo el vecindario del horario de sus hábitos de aseo o bien, en un karaoke, con dos cervezas adentro, se convierte en un Vicente Fernández o una Ana Gabriel, según sea el caso, sin embargo, a la hora de cantar el himno nacional, parecieran una foca con laringitis.  Todavía quedan algunos que piensan que ser patriota es escuchar el himno interpretado por una orquesta y al final gritar a todo pulmón: ¡Viva el Boer!

Sé de algunas excepciones que podrían confirmar la regla o bien dar un rayo de esperanza de que en algún momento surja el espíritu patriótico en esta población.  A mediados de 2014 fui invitado a la celebración del 50 aniversario de la fundación de la Federación Nicaragüense de Atletismo; evento que reunió a los atletas y directivos que formaron parte de aquel importante esfuerzo deportivo.  Después de un emotivo reencuentro de parte de los asistentes, algunos de ellos con varias décadas de no verse, dio inicio el evento con la entonación del himno nacional.  Me emocionó el hecho de que todos los asistentes, sin excepción, sacaron su mejor voz para interpretarlo con alma, vida y corazón.  Fue algo impresionante, después de tantos años de escuchar las timoratas versiones de los eventos públicos, participar en aquella interpretación tan llena de fuerza.  Encontré fácilmente la explicación a ese fenómeno al recordar que todos los presentes, en algún momento de su juventud, portaron con orgullo el uniforme azul y blanco para representar a su país, con la determinación de hacer sonar aquel himno en las diversas competencias internacionales en las que participaron.  Largas horas de duro entrenamiento y la fuerza y el coraje que cada quien le imprimió a sus actuaciones, tan sólo para poner en alto el nombre de su país.  En un deporte en donde no había el mínimo estímulo económico y algunas veces ni siquiera el reconocimiento de los compatriotas, los atletas hacían tremendos sacrificios para representar dignamente a su país.  En esas circunstancias, se valora el significado de la patria, se respeta y se enaltecen sus símbolos y esa actitud perdura por siempre.  Ahí estaban hombres y mujeres que ya peinan canas, todos ellos abuelos, caminando todavía con la frente en alto, como lo hacían en aquellos desfiles en donde con el corazón henchido de orgullo seguían al pabellón nacional, dispuestos a dejar el alma en las competencias.

A mediados de 2011, se llevó a cabo en Managua el Congreso Latinoamericano de Lectura y en el acto de inauguración de ese evento, en el auditorio central de la Universidad Centroamericana, con lleno total, los organizadores del evento invitaron a la maestra de generaciones y especialista en educación musical, Prof. Berta Mairena de Miranda para que dirigiera a los conciudadanos asistentes al evento, en la entonación del himno nacional.  Con singular maestría, la Prof. Mairena arrancó de la concurrencia, en su mayoría docentes, una entonación con la majestuosidad que el himno merece.  Los propios asistentes se admiraron del efecto de cientos de gargantas emocionadas, rindiéndole homenaje a su patria.  El himno nacional no se aplaude, sin embargo, con los sentimientos a flor de piel, el auditorio entero se desbordó en un sonoro aplauso que llegó a arrancar las lágrimas a una importante parte de los asistentes.

Estoy seguro que al igual que estos ejemplos, algunos lectores recordarán algún evento en donde, abandonando la abulia, el auditorio se inflama de patriotismo y entona su himno con la fuerza que éste demanda.  Son tal vez contadas estas ocasiones, pero nos pueden indicar que es posible rescatar el espíritu de amor hacia la patria que debe de arder en todos los nicaragüenses.

Si bien es cierto, la clave está en la educación, todavía falta mucho por hacer, pues aunque el actual currículo tiene como uno de sus propósitos fortalecer los sentimientos de identidad nacional y el orgullo de ser nicaragüense, el amor y respeto a los símbolos patrios y nacionales, pareciera que este se queda en el papel, pues basta con observar la conducta de los estudiantes durante los eventos de las fiestas patrias, más carnavalesca que patriótica, para darse cuenta que este propósito está todavía a nivel quimérico.  Por otra parte, los escasos esfuerzos que se dan en el sector educativo en este aspecto, no son reforzados en el hogar, al encontrar los estudiantes una actitud completamente apática de parte de los padres de familia respecto a su identidad y orgullo de su patria.

En estos momentos, en que tristemente estamos bajo la mirada de todo el mundo, no precisamente por no conseguir ninguna medalla en las olimpiadas, Nicaragua necesita urgentemente más patriotas y menos nacionalistas, pues como dijo don Camilo José Cela: “El nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto”.

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Se me olvidó tu nombre

Alzheimer. Imagen tomada de Internet

 

 

Estrenábamos la década de los sesenta, en aquel período entre el bolero y la balada, cuando nos llegó un tema que se destacó más que por su melodía y su nítida interpretación, por lo jocoso de la letra.  Me refiero a “Se me olvidó tu nombre” del gran autor puertorriqueño Raúl René Rosado, que también nos regaló “En un bote de vela”.  El tema que nos ocupa estaba interpretado por el gran cantante de origen cubano Roberto Ledesma, poseedor de una inigualable voz y que ya había cautivado a la audiencia con su éxito “Con mi corazón te espero”.  Aunque ese mismo tema también fue grabado entre otros, por Javier Solís, Juan Legido y Daniel Santos, la versión que más éxito tuvo fue sin duda alguna la de Ledesma.

En una época en que las canciones de desamor estaban llenas de injurias y altas dosis de odio, el llevar el desprecio al nivel de olvido era algo que sorprendía.  En su parte principal el tema cándidamente decía: “Que raro, ayer te vi pasar y al quererte llamar, la verdad, es para que te asombres, a pesar de lo mucho que te amé, ¿Me puedes tú creer? Se me olvidó tu nombre…”  La letra planteaba la gran interrogante de si era posible olvidar el nombre de la persona a quien se amó intensamente, y por otra parte, si fue de manera involuntaria o si fue el producto de un intenso ejercicio de echar al olvido.

Años más tarde, unos treinta tal vez, el Príncipe de la Canción: José José se fue por ese mismo camino con el tema de Chico Novarro y Dino Ramos: “Amnesia”, en donde concluye:  “Perdón, no la quisiera lastimar, tal vez lo que me cuenta sea verdad, lamento contrariarla pero, yo no la recuerdo”.  En este caso, el olvido llega al extremo y no recuerda para nada a la ex amante.

Obviamente, estas situaciones nos hacían inflar por encima de nosotros, un enorme signo de interrogación, pues eso de la amnesia era tan extraño, que en el sentir popular se movía en el terreno de la ficción y sólo se concretaba de manera prolífica en las películas y en especial en las telenovelas, en donde con el mayor desparpajo, un sujeto o una sujeta, después de un contundente golpe, despertaba sin saber nada de su pasado. Un caso épico lo constituye el personaje del escritor Robert Ludlum: Jason Bourne, agente de la CIA que después de un severo trauma se olvida de todo su pasado, sin embargo, no se le olvidan los siete idiomas que domina a la perfección o las letales técnicas de defensa personal que saltan ante el resorte de sus felinos reflejos.

Sin embargo, por muchos años, observamos el extremo cinismo de algunos ciudadanos que en lugar de borrar de su memoria la información que no era relevante, lo hacían con la información que no les convenía.  Ha sido muy común el formateo de aquellos sectores del disco duro de la memoria respecto a las obligaciones financieras, la paternidad, o bien, los desmanes de quienes abusan del alcohol.

En los estertores del siglo XX, el Alzheimer se encargó de sacudir nuestras conciencias respecto a la vulnerabilidad de nuestra memoria, ante el deterioro cognitivo que provoca esta enfermedad.  Su condición terminal e incurable vino a flagelar al mundo entero, con un importante crecimiento de su incidencia.  De esta manera la amnesia dejó de presentarse como una sombra de la ficción y dejó ver su cruda realidad.

El problema es que en forma paralela ha surgido una corriente, de parte de algunos sectores de nuestra sociedad, que pretenden que la amnesia, una condición de carácter neurológico pase a ser de carácter infecto contagioso, pues los sujetos en cuestión borran ciertos eventos de su memoria, pero a la vez pretenden que todos a su alrededor también lo hagan, de tal manera que dichos eventos desaparezcan totalmente de la memoria colectiva, como si nunca hubiesen ocurrido y muchos llegan al colmo de reescribir la historia a su conveniencia y a fuerza de repetición tratar de cambiarla.

No importa que dichos eventos estén documentados a través de diversos medios de comunicación, pues pueden presentarles un video con una contundente declaración diametralmente opuesta a su actual posición y éste, sin inmutarse continúa con su verborrea en la línea que ahora le conviene.

Como decían Los Socios del Ritmo: “Mira lo que son las cosas…”, muchas personas ahora pagan por escuchar a Roberto Ledesma, a sus 91 años o a lo que queda de José José a sus 67, a sabiendas que de aquel chorro de voz, sólo les quedó el chisguete; sin embargo, los mueve el recuerdo de aquellos ídolos que un día los hicieron soñar con su poderosa voz.   Por otra parte, en un mundo paralelo, hay personas que ayer nomás decían que habían visto una serpiente y ahora juran hasta con los dedos de los pies, que se trataba de un cordero enardecido.

 

 

 

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Hay un pokemon en mi sopa

Pokemon go.  Imagen tomada de Internet

 

Nicaragua siempre fiel al postulado de Federico: “Lo que hace el mono, hace el mico” se ha lanzado, como clavadista olímpico, al juego virtual que se ha convertido en fiebre tech mundial: el Pokemon Go.  No importa si el país, según el Banco Mundial, haya descendido en la calificación de desarrollo logístico, ni que ocupe el lugar 130 en el índice de percepción de transparencia según Transparencia Internacional, no obstante, en materia de este juego virtual, hay una marcada voluntad para no quedarnos a la zaga.  Así pues se observa un impase en la fiebre que ocurrió recientemente de circular por el Centro Comercial Galerías Santo Domingo, con bolsas de compras de Zara, Pull & Bear o Bershka, para dar paso a la realidad aumentada de Pokemon Go.

Para quienes no están interiorizados en los pormenores de esta fiebre, se trata de un video juego desarrollado por Niantic y distribuido por Nintendo, basado en un juego que la última desarrolló hace veinte años.  Es una aplicación gratuita, si es que algo, en estos dorados tiempos, puede considerarse realmente gratuito, en donde los teléfonos celulares (inteligentes, eso sí), utilizando sus cámaras y geoposicionadores (GPS) localizan a monstruos virtuales en lugares reales, para atraparlos, para lo cual deben de seguir las referencias que ofrece la aplicación y la medida en que se atrapa a estos monos y se entrenan en gimnasios virtuales, se van ganando puntos y subiendo de nivel.

Hay que admirar la astucia de estos jugadores criollos, pues la aplicación todavía no se encuentra disponible en muchos países, entre ellos Nicaragua, debiendo entonces tomarle el pelo al sistema, para lo cual deben cambiar sus identidades del perfil, por la de ciudadanos de Australia, Nueva Zelanda, Alemania o Estados Unidos, sustituyendo, por aquello de las cochinas dudas, su foto de perfil por una de Brad Pitt o de Meryl Streep.

Mientras en Nueva York, este fin de semana el Central Park llegó al caos debido a la concurrencia de jugadores en busca de estos muñecos, en Managua, en el Parque Luis Alfonso Velásquez, manteniendo desde luego la debida proporción, también albergó a los pioneros locales en este controversial juego, mismos que se dieron la tarea de atrapar a los diferentes especímenes de estas criaturas, quienes, en medio de su carácter virtual y como un signo de solidaridad y de buena esperanza, se tiñeron de los colores de un partido político.

La pregunta que por todos lados está saltando es: ¿Hasta dónde nos va a llevar este jueguito?  En realidad nadie lo sabe, aunque se barajan a nivel mundial muchos escenarios, algunos tejiendo las más descabelladas teorías conspirativas, desde la apropiación de millones de identidades de parte de Niantic, con fines por demás tenebrosos, hasta la invasión silenciosa de extraterrestres;  otros dicen como Moratín: “Arte diabólica es…” y otros anticipan cambios significativos a nivel mundial en lo tecnológico, lo económico y lo cultural.  Lo interesante es que todo esto podría ser sólo la punta de lanza de una corriente tecnológica que va tomando a las generaciones jóvenes y los va despegando de la cruda realidad de sus existencias y la va sustituyendo por un mundo virtual que se empeña en coexistir con el real, en momentos en que es tan necesario sacudirnos los mitos que nos han dominado desde tiempos ancestrales.

Dicen que de la víspera se saca el día.  Son pocas semanas desde que se lanzó este juego y ya empiezan a notarse ciertos efectos colaterales que nos pueden indicar lo que se avecina.  Por un lado, todas las consecuencias de caminar absorto con un celular en la mano, que si al caminar chateando ocurren numerosos accidentes, no se diga conduciendo un vehículo, ahora bien, buscando un animalejo de esos, con un mayor nivel de stress, la propensión al accidente se eleva exponencialmente y de hecho ya se han reportado algunos cuantos.   Por otra parte, todos los sitios emblemáticos de una localidad quedan expuestos a la invasión de aspirantes a Maestros Pokemon y si bien es cierto si llegaran a ingresar a la Asamblea, podría ser que los padres de la Patria, desde los brazos de Morfeo, no se dieran cuenta, pero si lo hicieran dentro de un atestado templo de cualquier denominación, podrían correr la misma suerte del muchacho aquel que tuvo la ocurrencia de ingresar a vender huevos.

Ahora bien, qué podría pasar con la propiedad privada y el derecho a la privacidad de los ciudadanos, si por casualidad uno de estos monstruos se localiza en el patio de una casa particular o por otra parte, no se estaría dando pie a que cualquier amigo de lo ajeno, cuando sea pescado in fraganti, en el interior de un inmueble, inmediatamente saque su IPhone y finja estar buscando a un Pikachu.

Si buscamos algunas ventajas dentro de toda la incertidumbre que nos está planteando el juego, puede decirse que está obligando a muchos jóvenes a caminar, a explorar y si logran descobijar el GPS podrían aprender a orientarse en determinado punto y saber dónde se encuentra el norte; sin embargo, sin tener una claridad en los criterios de ubicación de estas criaturas, se puede anticipar de que estos jóvenes, un tanto inocentes, pueden ser conducidos a lugares de extrema peligrosidad, en donde si la sola presencia de un extraño es riesgosa, el portar en la mano un celular es como dejar caer una gota de sangre en un mar lleno de tiburones.

De la misma forma, algunas universidades que han abusado en el otorgamiento de doctorados honoris causa, adjudicándolos a personas que a duras penas pueden leer de corrido o resolver una resta en la recta numérica, pueden otorgar, sin poner en riesgo su “integridad”, un título de Maestro Pokemon, quedando planchados con el homenajeado.

Quienes a ciencia cierta se están beneficiando de este juego, aparte de Niantic y Nintendo, son las operadoras de telefonía celular, pues la ejecución de la aplicación consume una considerable cantidad de datos de internet y no en todos lados los jugadores podrán encontrar el wi fi gratuito.  De la misma forma, ya están floreciendo nuevos emprendimientos para servicios asociados a este juego, como es el caso de transportistas improvisados que ofrecen sus servicios safari de localización y transporte hacia donde se encuentran los pokemones, así como lugares en donde podrán realizar las paradas obligadas en su exploración.

Es muy posible que como todos estos procesos virales, en cierto tiempo pierdan toda su fuerza y poco a poco se apague la fiebre de este juego, no obstante, lo inquietante es el juego que viene, pues no es remoto que la competencia de Nintendo ya se encuentre trabajando en un nuevo juego de realidad aumentada, pues en estos días ya se lanzó en China una versión local del Pokemon Go.  Es más inquietante aún, imaginarse hacia dónde se dirigirán estos nuevos video juegos, pues el cazar o entrenar estos seres virtuales no ofrece en sí, ningún riesgo a la integridad de las personas, salvo los riesgos colaterales que se mencionaron, pero qué pasaría si un nuevo juego propusiera retos en donde en esa extraña mezcla de lo virtual y lo real, se llegara a afectar realmente la integridad de los ciudadanos.  Ya hemos visto los excesos que se cometen de parte de ciertos oligofrénicos que realizan programas de televisión basados en bromas con cámaras escondidas que ofenden al ciudadano común, ahora ¿qué pasaría si algo parecido partiera de un video juego?

Mientras tanto,  habrá que esperar y en vía de mientras, como dice el Cardenal: “Hay que extremar precauciones”, si usted va caminando por la calle y ve a un joven con un celular más absorto que Newton debajo del manzano, mejor apártese, que el muchacho ni ve, ni oye, ni entiende y si usted conduce un vehículo y mira a alguien con la mirada fija en el celular, mejor frene en seco, que el joven se atravesará la calle como los Beatles en Abbey Road, sin volver a ver a los lados.  Prepárese bien, estimado lector, que en breve, los pokemones estarán hasta en la sopa.

 

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El diminutivo cabalga de nuevo

Velázquez: Príncipe_Baltasar Carlos

 

A finales de 2007 escribí en este mismo blog un artículo titulado: “El nicaragüense y el diminutivo”, en el cual señalaba esa tendencia de los paisanos de utilizar el diminutivo de manera exagerada.  Recientemente me ha venido a la mente este asunto, en consideración a un caso que ha ocupado los titulares noticiosos en los últimos años.  Se trata del sonado juicio por estafa en contra de tres ciudadanos que invitaron a diferentes personas a invertir dinero en una empresa financiera que ofrecía una tasa de interés bastante atractiva.  El intríngulis del caso no es materia del presente escrito, más bien, me refiero a un asunto, aparentemente intrascendente, pero que refleja ciertas aristas que vale la pena considerar.

Generalmente estos affaires son bautizados con nombres contundentes, como sería el nombre de la empresa financiera de la quimera, los apellidos de los avezados financieros que organizaron el negocio o el lugar en donde se llevaron a cabo las negociaciones, verbigracia: el caso Noos u operación Babel, el caso Enron, el caso Madoff, o para no ir más lejos el caso Agave Azul.  No obstante, el que nos ocupa fue bautizado con un nombre muy particular:  El caso de la monjitas.

Le han llamado de esta manera, debido a que unas de las primeras víctimas, o si usted quiere, clientes captadas por los financieros, fueron unas religiosas.  Es muy importante aclarar que estas profesas tienen una estatura regular, es decir, muy por encima de Kylie Minogue o Christina Ricci, por lo tanto, en ese aspecto, el diminutivo no cabe.

Por otra parte, no se trata de monjas de clausura, contemplativas o descalzas, para que su condición de sacrificio perenne y proveedor constante de la gracia del Altísimo, motive al ciudadano común a endosarles el diminutivo, como un gesto de conmiseración.

Las religiosas del caso tienen como misión la educación, a través de la formación integral de sus alumnos, favoreciendo el desarrollo de las dimensiones humanas, el crecimiento en la fe, la libertad responsable y el servicio, mediante espacios reflexivos, críticos y científicos que los capaciten para enfrentar los retos que la sociedad les presenta.  Para este efecto, cuentan con un colegio de gran trayectoria y enorme prestigio en nuestro país.

De esta forma, el diminutivo se presentó en este caso, como una estrategia mediática de parte de los abogados de la orden y que fue sostenida por el hecho de que fueron estas religiosas quienes se atrevieron en ser las primeras en denunciar el hecho ante las instancias judiciales. No obstante, el problema que a este nivel se les presentó fue cuantificar el monto del batazo, es decir, del dinero que de buena fe, ellas entregaron a los financieros.  Para ser congruentes con el uso del diminutivo que había sido la punta de lanza de la estrategia de sus abogados, tendrían que haber manejado ante los medios que se trataba de unos “bollitos” o “centavitos” que la orden había apartado para algunas obritas sociales.  Sin embargo, el nicaragüense, además de ser afecto al diminutivo, cuando se trata del prójimo es perspicaz en extremo.  Así pues, para no meterse en Honduras, se manejó inicialmente como una “fuerte” suma de dinero.

De pronto se filtró que “fuerte” era con ganas, pues no es lo mismo la fuerza de El Chocolatito en su categoría que la de La Roca, pues se trataba de una suma cercana a los 500,000 dólares de los Estados Unidos, es decir, 14.25 millones de córdobas.  Para ubicar al lector, un trabajador que gana el mínimo necesitaría laborar 260 años para alcanzar esa cifra, es decir, más de tres veces y media su expectativa de vida.  Reflauta diría Condorito.

Ya comenzaba a formarse un torbellino en torno a lo fuerte de la suma de dinero, cuando, tal como afirmaba Virgilio: Audentis Fortuna iuvat (La Fortuna favorece a los valientes) y en el momento más oportuno, uno a uno fueron saliendo otros “favorecidos“ del affaire, quienes de manera velada le solicitaron “raid” a las monjitas para hacer un frente común en contra de los financieros.  Las otras víctimas tenían en común que habían traspasado el umbral de la tercera edad, muchos de ellos profesionales retirados y algunos especialistas en administración y finanzas.  Para subirse al carro, tal vez hubiese sido prudente, que se cobijaran bajo el mismo paraguas del diminutivo y aparecer como los viejitos, los roquitos o algo parecido, sin embargo, como decía Carol King: It was too late.  Ya no era pertinente, así que a nivel mediático lo único que les quedó era manejar el hecho de que se trataba de los ahorritos de toda su vida.   Esto significaba que tenían que haber sacrificado mucho, como los traguitos con los amigos, los viajecitos por toda la bolita del mundo, la camionetita 4×4 y una que otra casita.

El proceso entero se llevó casi tres años desde el ilícito y al final, antes del desenlace, el cerebro del grupo financiero entregó por interpósita persona a las monjitas, una suma arriba de los 526 mil dólares, por lo que las religiosas graciosamente hicieron mutis por el foro, bellas como la princesa de Margarita, pues ya tenían el prendedor, dejando colgados de la brocha al resto de demandantes, que no tuvieron espacio para plantear: “a todos o a nadie”.

Al final del cuento, los tres ciudadanos acusados fueron declarados culpables de estafa agravada, crimen organizado y ofrecimiento fraudulento de efectos de crédito.  De los tres solo dos estuvieron presentes en el juicio pues uno de ellos, tempranamente se juzgó a sí mismo y se declaró inocente y en las propias narices de sus guardianes puso pies en polvorosa y quién sabe cómo, cruzó la frontera y nadie sabe por dónde anda.  Así pues dos de ellos purgan condena en la cárcel, pero eso sí, bendecidos por su gesto de la devolución.  El resto de los afectados se quedaron oliendo el dedo, pues no se pudo rastrear el dinero y no hay esperanzas de que puedan algún día recuperarlo.

Así pues, es importante saber que el diminutivo bien empleado puede ser en extremo beneficioso, sin embargo hay que saber hacerlo, en especial estar conscientes que la palabra ingenuo no tiene diminutivo.

 

 

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Un caballo sin nombre

Escher horses. Imagen tomada de Internet

 

 

Sería tal vez a finales de 1973 cuando nos llegó el tema del grupo América: A horse with no name (Un caballo sin nombre).  El grupo, conformado por jóvenes hijos de soldados estacionados en una base militar en Inglaterra, lo había lanzado en 1971 en Europa y en Norte América en 1972 y como toda la música extranjera, a nosotros nos llegaba con cierto retraso.  El tema de una extrema sencillez musical y con una letra a veces perogrullesca, de entrada captó la preferencia de la juventud de aquella época.  Todavía flotaba sobre nuestras cabezas el espíritu hippie, exacerbado por el carácter itinerante que nos tocó vivir después del terremoto de 1972.  En ese ambiente, la imagen del desierto se sentía tan vívidamente retratada por el grupo a través de un ritmo que parecía transportarnos lentamente hacia los paisajes que tantas veces vimos en las películas norteamericanas.

Algunas mentes suspicaces trataron de censurar su difusión en los Estados Unidos, bajo el argumento de que en el argot de aquella época, caballo se refería a la heroína.  Su autor Dewey Bunnell, lo negó y aclaró que el clima de Inglaterra le hacía añorar sus viajes por el desierto de Arizona y Nuevo México, cuando vivió en la base militar de Vandenberg.

A nosotros el desierto nos parecía algo exótico, en virtud de que habíamos crecido en un ambiente en donde había un verdor que parecía infinito.

Entre las aventuras más coloridas que permanecen en mi memoria, están sin lugar a dudas los viajes que realicé a la quebrada de Goyo Campos.  En la calle limítrofe del pueblo, que por ser la última se conocía como la calle nueva y resguardada por cercos de piñuela, se encontraba una enorme finca cafetalera propiedad del legendario ciudadano sanmarqueño, don Gregorio Campos.  Lo particular que tenía esa finca, era que como a un centenar de metros de distancia de aquella calle, estaba una cañada o quebrada como se le conocía en el pueblo.  A pesar de que en estos dorados tiempos se consideraría una invasión de la propiedad privada, con consecuencias incluso penales; en aquella época, no existían restricciones y de esta manera, organizábamos paseos por la citada quebrada, en busca de animales para cazar con resortera, como garrobos, ardillas y demás fauna silvestre que parecían mimetizarse a nuestro paso en la espesura de la vegetación.  Los enormes y centenarios árboles que protegían a los cafetales, provocaban una inmensa sombra que refrescaba el ambiente y ayudaba a darle un aire misterioso al lugar.   El aroma de esa inmensidad de vegetación se entremezclaba con el olor de los cafetales y le daba un toque hasta cierto punto mágico, al unirse a la sinfonía que ejecutaba toda la naturaleza en su conjunto.

De la misma forma, en bicicleta recorrí muchas veces los caminos que unían la meseta de Carazo, donde se podía ingresar por La Corina y conectar con Las Carolinas, la Fraternidad y por el otro extremo con El Porvenir.  De igual manera, los caminos estaban cubiertos por la espesura de los inmensos árboles que resguardaban los cafetales y donde se respiraba el dulcete aroma de los mameyales.

Los patios de las casas de habitación estaban sembradas de árboles frutales de enorme variedad, así recuerdo que donde mis abuelos había dos naranjos, uno de ellos de la variedad Velencia, un limonero, un árbol de níspero y uno de mango, los cuales, además de la gran cantidad de frutos, nos ofrecían sus ramas para las más variadas acrobacias.

Así pues, con tanto verdor a nuestro alrededor, el desierto era un mundo fantástico, sin nubes en el cielo como decía la canción y en donde el ritmo llevado por las guitarras, los tambores y los bongoes, nos daban la sensación de cabalgar en aquel caballo de trote cansado y sin nombre, mientras cruzábamos el inmenso desierto.

Todavía en aquel tiempo, pensábamos que el desierto era un mundo en nuestras antípodas, si no que en otra galaxia, el cual soñábamos con el fondo musical de América.

Pero de pronto, poco a poco se fueron dando las condiciones para que aquel lugar, mítico, si se quiere, empezara a asomar en nuestras tierras.  La deforestación se fue incrementando de manera vertiginosa en los años setenta.  En los años ochenta, con el pretexto de la roya, el programa conocido como CONARCA, supuestamente orientado a renovar los cafetales afectados, arrasó con cerca de 15 mil manzanas de cafetales en Carazo y con ellos, todos los centenarios árboles que les servían de sombra, muchos de ellos de especies preciosas y semi preciosas, los cuales fueron comercializados por algunos vivianes que se llenaron los bolsillos de dinero a costa del verdor de la región.  Lo anterior, sin contar con el acelerado ritmo de deforestación en el resto del país, el cual ha continuado hasta estas fechas, arrasando con todo lo que pueda ser comercializado, incluyendo terrenos ubicados en las supuestas “reservas”, siempre con un brillante pretexto de por medio.

Lo interesante, es que tal como en la canción, los responsables de esta catástrofe son caballos sin nombre o si los tienen, nadie quiere escucharlos y peor aún, enfrentarlos.

El hecho es que el desierto está cada vez más cerca.  Como un preludio, la ciudad capital se está llenando de árboles de metal y muy pronto los arbustos serán de razor ribbon.  Ya no es raro sentir como en la canción: The heat was hot and the ground was dry (El calor era caliente y la tierra era seca).

Las voces que se levantan para hacer conciencia clamando por días de amar la casa que habitamos, días de amar la tierra vegetal, flor y animal, no son más que voces que claman en un desierto cada vez más próximo, porque el amor por el dinero es mucho mayor.

El dilema ahora es si serán nuestros nietos, nuestros bisnietos o tal vez nuestros tataranientos quienes tendrán que vivir en lo gris blanquecino del desierto, llorando por agua, en el mismo lugar en donde su abuelo, bisabuelo o tatarabuelo se hartaba del verdor y no lo supo conservar y entonces ni de su nombre querrán acordarse.

 

 

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