¡No vuelvo a beber!

Noe.  Imagen tomada de internet

 

En esta época del año, se hace propicio el tiempo para cavilar sobre la supremacía de algunas mentiras por sobre las demás, que parecen haberse multiplicado en nuestro entorno.  Hace un par de años escribí sobre una de las mentiras que siempre está contendiendo por el primer lugar:  Mañana te pago.  Pero en esto de las mentiras, parece mentira, la estacionalidad de las mismas es algo relevante. En este diciembre, gracias a la intervención de algunos asesores financieros de bolsillo, algunos cuantos dedicaron parte de su aguinaldo a saldar algunas deudas, por lo tanto Mañana te pago, cobrará vigencia hasta dentro de algunas semanas.

De esta manera, la milenaria mentira, presente en la humanidad desde Noe: ¡No vuelvo a beber! se coronará en este diciembre, como reina indiscutible, pues da la impresión que las circunstancias se muestran inmejorables para ello.  Las vacaciones parecen estirarse, gracias a la magnificencia del Supremo Empleador que ha otorgado una generosa cantidad de días festivos, lo que será un aliciente para el gratificante ejercicio de empinar el codo y además podría decirse que, en términos generales, la economía, como dice Chanito, marcha con pasos contundentes hacia un crecimiento sostenido. Así que como aquel coro de la opereta de Arrieta: Marina, la ocasión invita a cantar: “a beber, a beber, a apurar, las copas de licor, que el vino hará olvidar, las penas del amor”.  En virtud de que el límite se pone en el nivel de: Hasta que el cuerpo aguante, llega, más temprano que tarde un momento en que el cuerpo resiente, pues el hígado ya se encuentra como el centro de Alepo.

Aquí habría que aclarar que hay individuos que a fuerza de mucha experiencia han podido alargar los períodos ininterrumpidos de ingestión alcohólica, hasta niveles equivalentes al diluvio universal, cuarenta días y cuarenta noches, pero se trata de personas que dominan el arte de combinar la bebida y la comida de tal manera que pueden traslapar de forma magistral los períodos de borrachera con los relativos a la ineludible goma.  El resto de los mortales ya habrá claudicado mucho antes de que se escuche la sonora risa de Santa Claus. Lo cierto es que casi en su totalidad jurarán hasta con los dedos de los pies que no vuelven a beber.

Así pues, la consabida mentira saldrá de los labios de aquellos que en primer lugar sufren en su organismo los estragos de los excesos en la ingesta de alcohol.  Desde aquellos que caen en un coma etílico, diablos azules incluidos, hasta quienes sufren los efectos de una goma mal curada.  No obstante, no faltarán quienes padecen de una goma moral por los desaguisados, léase encabes, ocurridos durante una “noche de copas” como decía María Conchita.  Estos últimos llegan a ser peores que las patologías debido a que en cada ciudadano hay un reportero escondido, que celular en mano se apresta a documentar cualquier pecado, de palabra, obra u omisión, que brote de la euforia inspirada en el dios Baco y cuyos efectos serán de desastrosas consecuencias cuando, sin pensarlo dos veces, el improvisado reportero suba a las redes sociales su video, con la esperanza de que se vuelva viral.  Ahí se fregó la cosa, pues en esos casos no aplica el hashtag #borrachonosevale.

Así que mientras otros entre sus propósitos de año nuevo se propondrán bajar de peso, aprender inglés o ser mejores personas, una considerable proporción se impondrán la promesa de no volver a beber.  Obviamente, la promesa cae en terreno estéril con la plena conciencia de que se trata de una mentira más, pues no se operativiza, como dicen los administradores.  Para que este propósito se salga del terreno de la fantasía, el sujeto debe de ingresar a un grupo de alcohólicos anónimos pues de otra manera seguirá siendo de las mentiras más grandes.

De esta manera, estimado lector, tenga mucho cuidado, pues en medio del caótico tráfico de estos días, en donde se le puede atravesar tanto un busero kamikaze, un junior borracho o una aprendiz temeraria, como una fila interminable de mentiras y entre ellas, con la supremacía de siempre: ¡No vuelvo a beber!

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El influyente

Mario Moreno, Cantinflas.  Imagen tomada de internet

 

Muy a menudo observamos en los medios de comunicación el término “influyente”, para designar a determinada persona que puede ser desde un aspirante a Mister Universo, hasta un empresario “exitoso”, pasando, desde luego, por alguna presentadora de televisión y que de acuerdo a esas publicaciones, esos ciudadanos son tan famosos que lo que hacen o dicen tiene un impacto considerable en nuestra sociedad.  Algunas revistas internacionales integran listas de determinado número de influyentes en cierta región o en cierto período.  Lo cierto es que en consideración a que el término “influyente” se presta a una enorme flexibilidad, pues se refiere a ejercer predominio o fuerza moral, sin establecerse los límites de la magnitud de dicho ejercicio, llegamos a ver en dichas listas a individuos que con mucho esfuerzo podrían, si acaso, ejercer influencia en su entorno familiar.

Las listas con mayor sentido, aunque no ajenas a intensa polémica, son las que se refieren a los personajes influyentes en la historia de la humanidad, en donde ni están todos los que son, ni son todos los que están.

Así pues, en estos dorados tiempos, desfilan en nuestro entorno una serie de personajes locales que lucen en su frente, como si fuera una guirnalda, el título de influyentes.  Otros cargan a la fuerza esa etiqueta, debido a la extrema candidez de otros conciudadanos que juran hasta con los dedos de los pies y quieren hacer creer a todo mundo, que los primeros tienen el poder de influir en las decisiones de la Santa Sede, la Academia Sueca, la OEA o del Congreso norteamericano.

Luego que Fidel Castro se puso en la presencia del Supremo Hacedor, es obvio que una inmensa mayoría coincida en que fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX.  Eso ni siquiera tiene que ser avalado por el CSE.  No obstante, habrá quien piense que influyó para bien y habrá quien sea de la opinión que influyó para mal, con todos los matices que caben en esta discusión.  La historia, no obstante será quien lo juzgue, no ahora, sino más tarde, así que será cuestión de la Posteridad.

Sin embargo, si se tratara de identificar a un personaje cuya influencia hubiese permeado más que en el pensamiento y en los movimientos políticos y sociales de determinada región del planeta, en la idiosincrasia, en la forma de actuar de grandes sectores de nuestra sociedad actual, en ese caso, es posible que muchos coincidan en señalar a Cantinflas, el personaje creado por el mexicano Mario Moreno Reyes.  Su particular forma de ser, que fue plasmada en sus películas, principalmente las relativas a la década de los años cuarenta del siglo pasado, llegaron a enquistar en la idiosincrasia latinoamericana el famoso cantinfleo.

Este vocablo, incluso aceptado por la RAE, básicamente quiere decir: hablar de manera disparatada e incongruente, sin ningún contenido.  Aunque la realidad es que el cantinfleo en algunos casos va más allá de una forma de expresarse o de no expresarse, sino que alcanza además una actitud de exceso de confianza, oportunismo e irrespeto a la autoridad.

Nuestro acontecer nacional está plagado de intervenciones en donde el cantinfleo hace de las suyas.  Desde la feliz inocencia de los niños y jóvenes que con el mayor desparpajo responden con una andanada de palabras que al final no significan nada, ya sea a sus padres, a sus docentes o bien, en general, a sus mayores.

En los adultos la influencia del inolvidable mimo se hace más evidente pues abundan las oportunidades en donde un oportuno cantinfleo puede librarlos de la situación embarazosa de responder con la verdad.  No sería aventurado afirmar que las probabilidades de un ciudadano promedio de sufrir un acto de violencia y de que sea víctima de un cantinfleo andan casi tana catana.  Desde el marido que explica cándidamente a su esposa los motivos por los que se apareció hasta el tercer día, como resucitado con una sábana encima, hasta el operador de un call center que nos ha llamado para ofrecer un leonino préstamo, tratando de responder a nuestra pregunta que de dónde obtuvo nuestro número telefónico.  Muchos podrán recordar a cualquier conductor de televisión que es obligado a estirar tiempo durante una trasmisión y no tiene otra alternativa más que comenzar a cantinflear.

No obstante es el nivel de empresarios y políticos en donde el cantinfleo es una herramienta vital para el adecuado desenvolvimiento de sus carreras.  Ante la pregunta inevitable que plantea al unísono toda la sociedad, respecto a la causa de que los precios de los combustibles no siguen la misma tendencia, en proporción ante la estrepitosa caída de los precios del petróleo, algún iluminado responde: “…hay que distinguir que una cosa es el mercado del crudo y otro el de los combustibles. Tomen en cuenta que el crudo pasa por un proceso industrial, por lo tanto los precios son distintos…” Recórcholis diría Condorito.

Por su parte, algún defensor del proyecto del canal interoceánico responde ante la inquietud natural de la población respecto al impacto ambiental de dicho proyecto: “Nosotros pensamos que este megaproyecto, partiendo de que el canal debe estar al servicio de la naturaleza y no la naturaleza al servicio del canal, creemos que es una oportunidad para la restauración ambiental del territorio, creemos que da una oportunidad muy valiosa para el ordenamiento de este territorio”  Chanfle, exclamaría Chespirito.

Un magistrado que provoca los más agrios sentimientos entre todos los nicaragüenses responde a la pregunta de que si a pesar de todo permanecerá en su cargo: “Seguiré adelante cumpliendo con la patria, si no, buscaré qué hacer”.  Rayos y centellas admitiría Gene Autry.

Lo insólito ocurre cuando esta socorrida práctica llega hasta un documento oficial del Estado, como es lo siguiente, extraído de un Decreto Presidencial:  “Honramos a Darío entregándonos a trabajar para cultivar la Paz, el Amanecer, los Colores y las Luces del Alba, la Alegría del Aire que contiene Grandeza y Espíritu con el que forjamos las Realizaciones de los Nuevos Días”. No hay razón, chato, diría el inolvidable mimo.

Soy un ferviente creyente de que el buen humor es un elemento vital para soportar el transcurso de esta vida, pues como decía el gran filósofo británico Alan Watts: “Las personas sólo sufren porque toman en serio lo que los dioses hacen por diversión”.  No obstante, en el cantinfleo hay cierta percepción de parte de quien lo practica que su interlocutor tiene un nivel intelectual equivalente al salario mínimo.  Así pues, dejarnos cantinflear impunemente pudiera minar nuestra autoestima en grado considerable, de tal forma que es necesario, estimado lector, que realice su mejor esfuerzo porque el émulo del mimo no se salga con la suya.  Contraataque, interrogue, riposte, hasta que el individuo comprenda que usted es un hueso duro de roer y que aquel no se saldrá con la suya. Por último, dígale como don Mario: “¿Cómo dijo que me dice que dijo? Tons como quien dice: a volar, joven”.

 

 

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Matamamas y lealtades

judas-iscariote. Imagen tomada de Internet

 

Cuando todavía estudiaba en primaria, a fines de los años cincuenta del siglo pasado, se utilizaba mucho un insulto, que aunque no estaba catalogado entre las “malas palabras”, el mismo causaba cierta conmoción a quien lo recibía.   Tal vez por su composición, ese epíteto calaba hasta en el más rudo.  Me refiero al vocablo “matamama” que resultaba de unir el verbo matar, con el sustantivo mama, forma coloquial de denominar a la madre de alguien.  De esta forma, matamama era quien, de manera figurada (la mayoría de las veces), podría matar a su progenitora para conseguir algo.  De esta forma, se manejaba esta palabra para designar a un desleal o traidor, en una amplia gama de formas y tonos, que iban desde alguien que cambiaba de bando o en el otro extremo a quien cometía un acto grave de traición.  Por alguna razón, la Real Academia de la Lengua no lo ha incluido entre los nicaraguanismos que ha incorporado en su diccionario.

En aquellos tiempos se utilizaba frecuentemente para designar a quien cambiaba de grupo o de equipo deportivo, ya fuera como integrante o simplemente como fanático de algún equipo.  Muchos recordarán a los boeristas de aquella época que después de orgullosamente expresar su preferencia, agregaban “hasta la muerte” sellando de esta manera una afiliación con lealtad a toda prueba.

También se utilizaba este nombre para designar a quienes cometían faltas a la lealtad en términos generales o bien como sinónimo de malinchismo, es decir cuando alguien prefería a una persona extranjera frente a un connacional o bien a los productos provenientes de otro país frente a la producción nacional.

En política se utilizaba en mayor medida como sinónimo de traidor, ya fuera por cambiar de partido político o bien sin hacerlo, colaborar con el partido adversario y en el sentido más grave a quien cometía un acto de traición a la patria.

En muchas ocasiones este vocablo formaba parte de aquellas retahílas que como andanada de artillería pesada se dejaban caer sobre cualquier sujeto.  En la historia del famoso Peyeyeque, personaje emblemático de la vieja Managua, relatada en una canción de la inspiración de Humberto “El Gato” Aguilar, el famoso barrendero le dirigió una serie de insultos al policía que lo estaba juzgando, pues hay que recordar que en aquellos tiempos ese cuerpo castrense era juez y parte (aquí entra Manzanero cantando: Todavía).  La retahíla aquella se componía de: “conservador, cachureco, matamama, comunista”, lo que valió una inmediata condena de parte de la autoridad.

Como decía Julio Numhauser: “Cambia, todo cambia” y en estos dorados tiempos que corren, el vocabulario de los nicaragüenses ha cambiado sustancialmente.  Ya no es ningún insulto para nadie que le digan conservador, cachureco, ni siquiera comunista. A lo mejor “zancudo” puede causar cierto escozor.   Incluso aquellos vocablos tan nicaragüenses se están perdiendo en el olvido, como es el caso de “tuani” que ya pocos lo emplean, pues las nuevas generaciones para estar alineados con los fashionistas, dicen en su lugar “kawai”.

Lo que llama la atención es que el vocablo matamama cayó en un total desuso.  Es muy raro escuchar a alguien lanzarle este insulto a una persona.  Lo cierto es que por su parte la lealtad también ha sufrido cambios importantes en su concepción.

En el ámbito deportivo, la lealtad realmente no importa.  Es algo natural que los equipos de cualquier deporte puedan ser comprados y vendidos como en un tramo del oriental, lo mismo ocurre con los jugadores que son subastados al mejor postor.  De esta forma, la lealtad hacia un equipo no tiene mucha razón de ser.  Tal vez en el caso de aquellas selecciones de países que compiten con la bandera del mismo en algún torneo mundial o regional y que por lógica todos los ciudadanos deben de tener simpatías por dicha selección, aunque la verdad es que nadie le pone cuidado a la lealtad del vecino hacia la selección nacional, máxime cuando queda a mitad del camino.

Con relación al afecto hacia lo extranjero, ya a nadie le importa si un ciudadano prefiere lo importado a lo local.  En un bar cualquiera, algunos piden Flor de Caña, otros whiskey escocés, otros vodka, otros Toña, otros Corona y nadie arruga la cara, salvo el que toma Caballito.   Por otra parte, la doble nacionalidad es algo muy natural y a nadie critican por involucrarse de lleno en las elecciones de los Estados Unidos, con todos sus detalles y no saben quién es Saturnino Cerrato (bueno, parece que nadie).  Otro claro ejemplo es todo el alboroto que desde estas fechas se está gestando en torno a la celebración de Halloween, en donde todo grupo de jóvenes que se precie de “nice” e incluso instituciones educativas, tienen que organizar una fiesta alrededor de esta ocasión.  Ni siquiera le paran bola a los gritos de algunos sectores que desean parar esta práctica y que recurren hasta el extremo de calificar esta festividad como diabólica.  Creo que a nadie le han gritado: matamama, por disfrazarse para esta festividad, ni siquiera cuando lo hacen durante todo el año.

En la política el asunto es más complicado, aunque no deja de verse algo parecido al ámbito deportivo.  Aquí pareciera que la lealtad adquiere una elasticidad más grande que la de Ralph Dibny, pues por un lado se observa que miembros de un partido, de la noche a la mañana se pasan al partido adversario, con un cinismo de antología y unos argumentos oligofrénicos y a nadie parece importarle mucho.  Nadie se atreve a gritarles: matamama y si alguno se atreve a criticarlos utiliza, con cierta dosis de corrección política, el epíteto “tránsfuga”, que tiene el mismo significado de matamama, pero que se oye con más cadencia o que bien puede confundir a más de un ingenuo que sentirá que significa algo así como “escapista”.

Ni siquiera se usa matamama para designar a quienes en estos tiempos se hacen acreedores a la etiqueta de vendepatria, que se reparte al por mayor entre las facciones políticas, como en un juego de ping pong, con o sin razón, dependiendo del cristal con que se mire.

El colmo de las distorsiones en cuanto a la lealtad, es el caso de una figura del boxeo que de pronto, en un vaso de agua se ha visto colocado en el ojo del huracán, por el simple hecho de haberse tomado una foto en la Basílica de Guadalupe en México, siendo el púgil evangélico.  Esto equivale a que se hubiese tomado una foto en la Plaza Garibaldi siendo abstemio o junto a Salma Hayek, siendo casado. Nadie se atreve a gritarle: matamama, pues el interfecto le apea los dientes de un cascarazo, sin embargo, fue obligado a ofrecer disculpas y unas peregrinas explicaciones.

Así pues, no está lejano el día en que el vocablo matamama esté desterrado del habla nicaragüense.  Cuando alguien, por relancina, lo llegue a escuchar, pensará que se trata de algún futbolista africano o de un personaje del Rey León.  La lealtad por su parte también va por ese camino y al final quedará solo en los programas de algunas empresas que asignan puntos a sus clientes por su lealtad al preferirlos.

 

 

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El caso del alcohol puro

Botica.  Imagen tomada de Internet

Mi abuelo paterno, tenía una visión comercial un tanto particular en el manejo de su botica.  A pesar de ser un agnóstico declarado, algunas veces manejaba ciertos criterios morales que lo hacían ver, en cierta manera, como un mojigato.  Pudo haber sido cierta influencia de mi abuela, devota católica, quien en ciertos momentos le torcía el brazo en algunas decisiones que debían haber sido puramente comerciales.  Por ejemplo, en esa botica, tal como lo he comentado en otros artículos, no se vendían condones, con la particularidad que mi abuelo de la manera más tranquila expresaba que no los expendía, mientras que mi abuela y la tía Leticia montaban en cólera cada vez que un ingenuo comprador osaba preguntar por dicho producto.  También se rehusó a vender en la sección de revistas algunas de contenido picaresco y lo más atrevido que llegó a vender fue una revista llamada Luz, que con bases científicas ofrecía una atrevida educación sexual ilustrada a los curiosos de la época, por la friolera de dos córdobas (40 centavos dólar).

En esa botica, entre muchos productos, se vendía alcohol bajo dos formas.  El alcohol metílico, procesado a partir de la madera y que era conocido como alcohol metílico o alcohol desnaturalizado, que se empleaba como antiséptico, es decir exclusivamente de uso externo, pues su ingesta produce severos daños al sistema neurológico, incluso la muerte.  De la misma manera se vendía el alcohol etílico, que generalmente se obtenía de la destilación del fermento de caña de azúcar y que alcanzaba un nivel alcohólico de 96 grados.  A este alcohol en la farmacia se le conocía como alcohol puro y su precio era superior al desnaturalizado.  En rigor era el mismo guaro o guarón de las cantinas en su forma más pura, sin ningún tipo de adulteración.  De cualquier forma, su expendio en la farmacia era con fines culinarios, es decir para la elaboración de algunos alimentos, especialmente postres, se utilizaba también como solvente, para casos como la anilina soluble de grado superior.

En cierta ocasión, no podría precisar las causas, el suministro del guaro sufrió una terrible escasez, de tal manera que ni en la Renta de Jinotepe, ni en el expendio de doña Cheya Jara, quien tenía la concesión exclusiva en el pueblo, había existencia del vital líquido.  Después de cierto tiempo, los afectos al culto del dios Baco, empezaron a sentir los rigores de la abstinencia.  Resulta que mi abuelo, que siempre le gustaba tener un inventario bastante amplio, tenía en su poder una buena dotación de alcohol puro.  Alguien con espíritu investigativo se dio cuenta del inventario existente en la botica y de manera disimulada comenzó a comprar en pequeñas cantidades.

En algún momento mi abuelo se percató que la demanda de aquel producto se había disparado respecto a la tendencia histórica, de tal manera que descubrió que su alcohol se estaba destinando al consumo humano directo.  No le gustó la idea de estar fomentando ese execrable vicio y comenzó a restringir la venta del espíritu aquel.  Algunos consumidores muy avezados comenzaron a querer vacilar a mi abuelo comprando primero anilina soluble en alcohol para luego pedir el alcohol puro.  No sabían que para alguien que madruga siempre hay alguien que se acuesta vestido, así que no hubo forma de sacar el líquido con esas triquiñuelas.

En cierta ocasión, un ciudadano que trabajaba en labores administrativas en un trillo de arroz en Jinotepe, pero que de vez en cuando se abandonaba en los brazos de Dionisio, sintió el antojo de echarse sus rielazos y se le hizo fácil enviar a su hijo a comprar dos cuartas de alcohol puro a la botica.  Mi abuelo lo conocía bien, así como su desmedida forma de beber y lo violento que se ponía cuando se emborrachaba, al punto que arremetía con extrema violencia  contra su mujer y sus hijos.  De esa forma, cuando llegó el muchacho a solicitar la venta del producto a la botica, mi abuelo tranquilamente le dijo que no había.

Al llegar el muchacho a su casa con la noticia del falso flete, el tipo aquel volvió a enviar a su hijo con el mensaje de que su papá sabía que mi abuelo tenía alcohol puro en existencia y que le dijera la razón por la que no se lo quería vender.

Al recibir el mensaje, mi abuelo con la misma tranquilidad le dijo que no se lo vendía porque sabía que se lo iba a beber y luego empezaría a maltratar a su familia.  Se fue el rapaz.

Al rato se apareció el individuo aquel en la botica.  Mi abuelo se encontraba en su mecedora leyendo un libro.  Apartó sus ojos de su lectura y volvió a ver al tipo que con actitud amenazante se apostó enfrente de él.  Mi abuelo no se inmutó.  De joven había peleado en la guerra y fue torturado por los conservadores, de tal manera que nunca mostraba temor alguno ante ninguna circunstancia, por grave que fuera.  Con toda la tranquilidad del mundo se limitó a decir: -¿Qué se le ofrece don Fulano?

El tipo aquel, tragándose su enojo, trató de recuperar la calma y buscando lo más florido de su lenguaje le conminó a que le dijera en su cara el por qué no le había querido vender el alcohol puro.  Mi abuelo, conservando su ecuanimidad, le repitió exactamente lo que le había dicho al hijo.

El sujeto se puso casi morado, como un higo, sin embargo, sacó fuerzas para recobrarse del resuello y aclarándose la garganta le dejó ir un discurso.  Le dijo que él en su casa podía hacer lo que le viniera en gana, sin que nadie tuviera la autoridad para criticar lo que su derecho fundamental le confería en ejercicio de su libertad.   Que si él tomaba, lo hacía con su dinero y que su borrachera era de él y de nadie más.  Que si en algún momento, con razón o sin razón le pegaba a su mujer o a sus hijos, tenía todo el derecho del mundo como jefe de la familia.  Así que absolutamente nadie tenía que echarle en cara lo que hacía, ejerciendo sus derechos y quien lo hiciere estaba invadiendo su privacidad.  Estoy seguro de que ei hubiera estado en estos tiempos, le hubiese achacado el calificativo de “injerencista”.

Mi abuelo, un tanto sorprendido por la elocuencia del sujeto, procuró sacar un rescoldo de cortesía y le dijo: -Mire don Fulano, si lo pone de esa manera, tiene usted toda la razón.   Las leyes de este país, le confieren una plena libertad en sus actos y aunque me ofenden sus actitudes, debo admitir que no son de mi incumbencia.  Le pido disculpas por atreverme a juzgar su proceder.

El tipo aquel, enganchándose en el vagón del cinismo, le dijo: -Entonces, ¿me va a vender el producto?

Mi abuelo, tratando de ser todavía más cortés, le dijo: – De acuerdo a lo que usted argumenta, debo de inferir que ese mismo derecho que usted esgrime, asiste a mi persona para ejercer una plena libertad en mi negocio.  Por lo tanto, yo puedo vender o no vender lo que se me venga en gana, al precio que se me ocurra y a quien a mí se me pegue la gana.  ¿Es eso cierto, don Fulano? Aquel ciudadano un tanto sorprendido no tuvo más remedio que responder: -Pues sí, don Emilio. Entonces fíjese que en estos momentos no se me antoja venderle el alcohol, ¿Cómo lo ve?

El sujeto aquel comprendió que se había enredado en su propio mecate, así que no le quedó más remedio que mascullar entre dientes: -Muchas gracias, dando la vuelta sin esperar a escuchar cuando mi abuelo le dijo: -Que le vaya bien.

Después de algunas semanas, el alcohol puro volvió a expenderse de manera regular y ya no hubo ocasión de buscarlo de manera subrepticia en la botica.  El sujeto aquel, nunca volvió a poner un pie en el negocio de mi abuelo, ni envió a su hijo a comprar nada y siguió con su costumbre de emborracharse y agredir violentamente a su familia.

Años más tarde, el tipo aquel falleció, según algunos parientes, del hígado.  En aquellos tiempos, todos los entierros pasaban invariablemente por la calle en donde estaba la botica.  Cuando el cortejo fúnebre se acercó, mi abuelo se acomodó su sombrero, salió a la puerta y con una enorme solemnidad se descubrió la cabeza al paso del ataúd.  Agachó la mirada y esperó a que al llegar a la casa de los Herrera, enrumbara hacia el cementerio, entonces, colgó su sombrero, regresó a su mecedora y continuó leyendo.

 

 

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Primun non nocere

Hipócrates.  Imagen tomada de Internet

 

En estos días, hemos observado un fenómeno mediático alrededor del caso de un cirujano plástico, declarado culpable de homicidio imprudente, en la persona de una paciente a quien le había practicado una intervención quirúrgica de carácter estético.  Es obvio que un caso como este cause un enorme revuelo en la sociedad y provoque las más variadas opiniones.

Antes que nada, quiero aclarar que mi padre fue médico y su dedicación y entrega a su práctica profesional hicieron que yo desarrollara un enorme respeto y admiración por la medicina.  De la misma manera, tengo muchos amigos que son médicos y he tenido la oportunidad de observar de cerca sus prácticas profesionales, lo cual ha reafirmado en mí, los mismos sentimientos hacia esa noble carrera.

No obstante, la negligencia profesional o mala praxis médica es un hecho innegable y no es posible abstraernos de este problema, sino que es necesario realizar un amplio debate sobre este particular, así como las implicaciones de carácter legal que se derivan de la misma. La negligencia médica abarca a todos aquellos hechos u omisiones de un profesional de la medicina que caen debajo de los estándares aceptables de la práctica médica y causan daño o muerte a un paciente y que en la mayoría de los casos involucra un error médico.

El país cuenta con muchos médicos que tuvieron la oportunidad de estudiar, especializarse e incluso desarrollar su práctica médica en escuelas y hospitales de prestigio y cuentan con una experiencia que ha venido a enriquecer a la medicina nacional.  También es cierto que a la par de esa proporción de médicos altamente competentes, hay un sector que no ha tenido la oportunidad de tener estudios ni prácticas rigurosas, pues provienen de universidades que tienen como política no reprobar a los alumnos que estén al día en el pago de sus aranceles y por lo tanto pueden concluir sus estudios confundiendo todavía una asepsia con una autopsia.

En lo particular, no creo, que abordar el tema de la mala praxis y discutirlo a fondo se trate, bajo ningún punto, de criminalizar a la práctica médica, ni mucho menos, de menospreciar a tan noble profesión.

Tal vez, es un tema que puede causar tremendas controversias, debido principalmente a que nunca se ha dimensionado de manera correcta este problema, al no existir estadísticas nacionales al respecto, debido principalmente al secretismo que se maneja alrededor del mismo.  Sin embargo, en los Estados Unidos, de acuerdo a la revista de la Asociación Norteamericana de Medicina (JAMA) la negligencia médica constituye la tercera causa de muerte en ese país, después de las enfermedades cardiacas y el cáncer. Asimismo, se detalla que anualmente los errores médicos causan la muerte de un total de 220,000 pacientes y en 2012 las indemnizaciones por esta causa sobrepasaron los 3 mil millones de dólares.  En España se estima que el número de las víctimas de la mala praxis es mayor que el de las víctimas de los accidentes de tránsito.

Otro aspecto importante es que la negligencia médica no sólo se refiere a la muerte del paciente durante una intervención quirúrgica, sino que abarca también los efectos causados al dejar materiales extraños dentro del cuerpo del paciente después de la intervención, operaciones en el lugar u órgano equivocado, operaciones innecesarias, malestares derivados de la operación, infecciones o úlceras.  Asimismo, abarca también los diagnósticos equivocados, receta de medicamentos equivocados o innecesarios, equivocación en la dosis del medicamento prescrito o falta de previsión de posibles interacciones entre medicamentos, entre otros y que en casos extremos también pueden provocar la muerte.

Así pues, un debate serio y profundo sobre este tema es prioritario y un aspecto importante en este sentido, es que no le cierren las puertas al ciudadano común y corriente, pues aunque no sepa dónde se encuentra el hueso esfenoides, es el sujeto que sufre en carne propia los flagelos de una enfermedad y que espera de un médico, una atención eficiente y de acuerdo a ciertos estándares, de manera que le devuelva su salud.    Así pues, en la reflexión sobre las implicaciones de la práctica médica es necesario considerar las inquietudes, miedos y aspiraciones de los pacientes, independientemente de si el mismo acude a la práctica privada o asistencial.

Un paciente demanda, antes que nada, información sobre todo el proceso de atención médica.  Es posible que no todos los pacientes puedan comprender los pormenores de un diagnóstico o de su tratamiento, sin embargo, el galeno debe tratar de explicar de la manera más sencilla sus estimaciones del diagnóstico y las alternativas de tratamiento y considerar todas las inquietudes del paciente al respecto.  Al momento de la elaboración del historial del paciente, el galeno puede inferir con una alta dosis de certeza, el nivel de comprensión que puede tener el paciente y si bien es cierto, habrá algunos que se confundirán fácilmente, como aquel caso del “soplo en los ovarios”, una importante proporción podrá manejar eficientemente la información que el médico le proporcione.  Por otra parte, el paciente tiene todo el derecho de investigar por su cuenta, ya sea en libros o en internet, los pormenores de su dolencia y el médico no debe perder la paciencia ante esto, sino más bien, orientar al paciente sobre el manejo adecuado de la información.

Otro aspecto muy importante que afecta sensiblemente a los pacientes es la prescripción de medicamentos.  En un país en donde el PIB per cápita apenas alcanza los 2,000 dólares anuales, es de vital importancia que el análisis del tratamiento a prescribir deba de llevar en paralelo un análisis de la capacidad financiera del paciente, de tal manera que esté en condiciones de adquirirlo sin afectar sus gastos prioritarios.  Esto necesita un acercamiento del médico a la realidad del paciente y consideraciones conjuntas sobre su capacidad para asumir determinado tratamiento.  Por ejemplo, el uso de un medicamento de última generación para la presión arterial puede rondar los 35 dólares mensuales, es decir 420 dólares anuales, lo que representa el 21% del ingreso promedio de un nicaragüense.

Al respecto, el médico debe de estar consciente que antes de la confianza que le profesan a las grandes empresas farmacéuticas, está el compromiso con el paciente para la búsqueda de la salud de este último en términos sostenibles.  No debe por lo tanto considerar un pecado o una falta de lealtad, prescribir algún medicamento genérico.

De la misma forma, el paciente espera que aunque la práctica no tenga un giro comercial propiamente dicho, se le considere como un cliente y por lo tanto el tratamiento sea en los términos que pudiera marcar las normas de servicio al cliente.  Es más, el médico a veces tiene que descender del oráculo a un papel de asesor.  No importa que se trate de una atención en una previsional del INSS, o un centro de salud, siempre se requiere una alta dosis de humanismo hacia el paciente.

El camino hacia una cirugía debe ser lo más transparente posible de tal forma que el paciente tenga un panorama completo de la rigurosa necesidad de la misma, sus riesgos tanto de practicarla, como de no hacerlo, los detalles del procedimiento y posibles efectos posteriores.  Un claro ejemplo de los vicios que ocurren al respecto, son las cesáreas que de manera innecesaria se practican en el sistema de salud, muchas veces sólo para programar la agenda de un obstetra en un horario cómodo, amén del sobreprecio.

En fin, son muchas las expectativas de un paciente cuando se quebranta su salud y busca desesperadamente asirse de la sabiduría y experiencia de un galeno que la restablezca.  En un tiempo en que los juramentos por Apolo, Esculapio, Higía o Panacea ya no tienen cabida, es menester contar con un código de ética que deba ser seguido al pie de la letra por todos los médicos.  Lo del establecimiento de un Colegio Médico en Nicaragua es una quimera, desde que estos oficios han caído en la ciénaga de la política.  Yo en lo particular no me dejaría auscultar por un médico que se proclame miembro de la Asociación de Médicos Anarquistas o de la Liga de Médicos pro Trump.  En este oficio no caben ese tipo de agrupaciones.

En vías de mientras, creo que los galenos deberían recordar siempre las sabias palabras de Hipócrates: “Cada vez que el médico no pueda hacer el bien, debe evitar hacer el daño”.

 

 

 

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Salve a tí, Nicaragua

Atletas en México

 

En ocasión de los Juegos Olímpicos que se están efectuando en estos días en Rio de Janeiro, una empresa fabricante de celulares y productos electrónicos, desarrolló un promocional llamado “El himno” y que consiste en la fusión del himno nacional de varios países, ensamblados a través de un solo ritmo y con la particularidad de que cada himno es interpretado por personas de otro país; de tal manera que el himno de Canadá lo interpretan asiáticos, el de Estados Unidos, africanos, el de Alemania, sudamericanos y así.  Lo anterior bajo el lema “Un mundo, un himno”.  Haciendo a un lado la innecesaria inclusión del celular que fabrica la citada empresa, me parece un promocional muy bien logrado y bajo el manto de la utopía, propugna por un mundo sin barreras, aunque todos sabemos que después de la tregua de los Juegos Olímpicos, el mundo volverá a sus andadas.   Lo que sí es muy cierto, es que el promocional descansa sobre el hecho de que cada himno nacional tiene un significado especial para los ciudadanos de ese país y en su inconsciente colectivo está arraigado un sentimiento patriótico que los motiva a amar y respetar a ese símbolo de su nación y en la mayoría de las ocasiones, cuando lo cantan, lo hacen de corazón y con todo su ser.  Cabe la aclaración que tres naciones en el mundo tienen un himno sin letra, entre ellas España.

En forma coincidente, estuve recientemente en un prestigiado colegio a primera hora de la mañana y tuve la oportunidad de presenciar, a cierta distancia, el acto cívico de los lunes que se desarrollaba en uno de los patios de ese centro.  Me extrañó que los niños más pequeños no participaran en dicho acto, permaneciendo en sus salones.  Cuando llegó el momento de la entonación del himno nacional, un solista con la ayuda de un micrófono lo cantó, mientras que todo el alumnado con desgano fingió cantar sin llegar a cubrir al solista.

Puedo asegurar que no se trata de un hecho aislado, pues es una constante la actitud de total indiferencia de muchos conciudadanos para con su himno.  Por más de veinte años he asistido regularmente a eventos del sector educativo en donde en diferentes ámbitos iniciaban con el himno nacional, sin embargo, el público asistente raras veces lo ha cantado con sentimiento.  En la mayoría de las ocasiones tratan de ejecutar un triste play back, y en el mejor de los casos, lo cantan como si fueran ventrílocuos, como si tuvieran cierta aprensión en mostrar su espíritu cívico ante los demás.  Una gran mayoría prefiere las versiones instrumentales, para evitarse la incomodidad de tener que cantarlo.  Lo más grave del caso es que hay quienes además de no interpretarlo, muestran una total falta de respeto a este símbolo patrio, al conversar desenfadadamente o textear con sus teléfonos celulares.

Parece mentira que alguien, cuando se está bañando, se cree un émulo de Plácido Domingo y avisa a todo el vecindario del horario de sus hábitos de aseo o bien, en un karaoke, con dos cervezas adentro, se convierte en un Vicente Fernández o una Ana Gabriel, según sea el caso, sin embargo, a la hora de cantar el himno nacional, parecieran una foca con laringitis.  Todavía quedan algunos que piensan que ser patriota es escuchar el himno interpretado por una orquesta y al final gritar a todo pulmón: ¡Viva el Boer!

Sé de algunas excepciones que podrían confirmar la regla o bien dar un rayo de esperanza de que en algún momento surja el espíritu patriótico en esta población.  A mediados de 2014 fui invitado a la celebración del 50 aniversario de la fundación de la Federación Nicaragüense de Atletismo; evento que reunió a los atletas y directivos que formaron parte de aquel importante esfuerzo deportivo.  Después de un emotivo reencuentro de parte de los asistentes, algunos de ellos con varias décadas de no verse, dio inicio el evento con la entonación del himno nacional.  Me emocionó el hecho de que todos los asistentes, sin excepción, sacaron su mejor voz para interpretarlo con alma, vida y corazón.  Fue algo impresionante, después de tantos años de escuchar las timoratas versiones de los eventos públicos, participar en aquella interpretación tan llena de fuerza.  Encontré fácilmente la explicación a ese fenómeno al recordar que todos los presentes, en algún momento de su juventud, portaron con orgullo el uniforme azul y blanco para representar a su país, con la determinación de hacer sonar aquel himno en las diversas competencias internacionales en las que participaron.  Largas horas de duro entrenamiento y la fuerza y el coraje que cada quien le imprimió a sus actuaciones, tan sólo para poner en alto el nombre de su país.  En un deporte en donde no había el mínimo estímulo económico y algunas veces ni siquiera el reconocimiento de los compatriotas, los atletas hacían tremendos sacrificios para representar dignamente a su país.  En esas circunstancias, se valora el significado de la patria, se respeta y se enaltecen sus símbolos y esa actitud perdura por siempre.  Ahí estaban hombres y mujeres que ya peinan canas, todos ellos abuelos, caminando todavía con la frente en alto, como lo hacían en aquellos desfiles en donde con el corazón henchido de orgullo seguían al pabellón nacional, dispuestos a dejar el alma en las competencias.

A mediados de 2011, se llevó a cabo en Managua el Congreso Latinoamericano de Lectura y en el acto de inauguración de ese evento, en el auditorio central de la Universidad Centroamericana, con lleno total, los organizadores del evento invitaron a la maestra de generaciones y especialista en educación musical, Prof. Berta Mairena de Miranda para que dirigiera a los conciudadanos asistentes al evento, en la entonación del himno nacional.  Con singular maestría, la Prof. Mairena arrancó de la concurrencia, en su mayoría docentes, una entonación con la majestuosidad que el himno merece.  Los propios asistentes se admiraron del efecto de cientos de gargantas emocionadas, rindiéndole homenaje a su patria.  El himno nacional no se aplaude, sin embargo, con los sentimientos a flor de piel, el auditorio entero se desbordó en un sonoro aplauso que llegó a arrancar las lágrimas a una importante parte de los asistentes.

Estoy seguro que al igual que estos ejemplos, algunos lectores recordarán algún evento en donde, abandonando la abulia, el auditorio se inflama de patriotismo y entona su himno con la fuerza que éste demanda.  Son tal vez contadas estas ocasiones, pero nos pueden indicar que es posible rescatar el espíritu de amor hacia la patria que debe de arder en todos los nicaragüenses.

Si bien es cierto, la clave está en la educación, todavía falta mucho por hacer, pues aunque el actual currículo tiene como uno de sus propósitos fortalecer los sentimientos de identidad nacional y el orgullo de ser nicaragüense, el amor y respeto a los símbolos patrios y nacionales, pareciera que este se queda en el papel, pues basta con observar la conducta de los estudiantes durante los eventos de las fiestas patrias, más carnavalesca que patriótica, para darse cuenta que este propósito está todavía a nivel quimérico.  Por otra parte, los escasos esfuerzos que se dan en el sector educativo en este aspecto, no son reforzados en el hogar, al encontrar los estudiantes una actitud completamente apática de parte de los padres de familia respecto a su identidad y orgullo de su patria.

En estos momentos, en que tristemente estamos bajo la mirada de todo el mundo, no precisamente por no conseguir ninguna medalla en las olimpiadas, Nicaragua necesita urgentemente más patriotas y menos nacionalistas, pues como dijo don Camilo José Cela: “El nacionalista cree que el lugar donde nació es el mejor lugar del mundo; y eso no es cierto. El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto”.

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Se me olvidó tu nombre

Alzheimer. Imagen tomada de Internet

 

 

Estrenábamos la década de los sesenta, en aquel período entre el bolero y la balada, cuando nos llegó un tema que se destacó más que por su melodía y su nítida interpretación, por lo jocoso de la letra.  Me refiero a “Se me olvidó tu nombre” del gran autor puertorriqueño Raúl René Rosado, que también nos regaló “En un bote de vela”.  El tema que nos ocupa estaba interpretado por el gran cantante de origen cubano Roberto Ledesma, poseedor de una inigualable voz y que ya había cautivado a la audiencia con su éxito “Con mi corazón te espero”.  Aunque ese mismo tema también fue grabado entre otros, por Javier Solís, Juan Legido y Daniel Santos, la versión que más éxito tuvo fue sin duda alguna la de Ledesma.

En una época en que las canciones de desamor estaban llenas de injurias y altas dosis de odio, el llevar el desprecio al nivel de olvido era algo que sorprendía.  En su parte principal el tema cándidamente decía: “Que raro, ayer te vi pasar y al quererte llamar, la verdad, es para que te asombres, a pesar de lo mucho que te amé, ¿Me puedes tú creer? Se me olvidó tu nombre…”  La letra planteaba la gran interrogante de si era posible olvidar el nombre de la persona a quien se amó intensamente, y por otra parte, si fue de manera involuntaria o si fue el producto de un intenso ejercicio de echar al olvido.

Años más tarde, unos treinta tal vez, el Príncipe de la Canción: José José se fue por ese mismo camino con el tema de Chico Novarro y Dino Ramos: “Amnesia”, en donde concluye:  “Perdón, no la quisiera lastimar, tal vez lo que me cuenta sea verdad, lamento contrariarla pero, yo no la recuerdo”.  En este caso, el olvido llega al extremo y no recuerda para nada a la ex amante.

Obviamente, estas situaciones nos hacían inflar por encima de nosotros, un enorme signo de interrogación, pues eso de la amnesia era tan extraño, que en el sentir popular se movía en el terreno de la ficción y sólo se concretaba de manera prolífica en las películas y en especial en las telenovelas, en donde con el mayor desparpajo, un sujeto o una sujeta, después de un contundente golpe, despertaba sin saber nada de su pasado. Un caso épico lo constituye el personaje del escritor Robert Ludlum: Jason Bourne, agente de la CIA que después de un severo trauma se olvida de todo su pasado, sin embargo, no se le olvidan los siete idiomas que domina a la perfección o las letales técnicas de defensa personal que saltan ante el resorte de sus felinos reflejos.

Sin embargo, por muchos años, observamos el extremo cinismo de algunos ciudadanos que en lugar de borrar de su memoria la información que no era relevante, lo hacían con la información que no les convenía.  Ha sido muy común el formateo de aquellos sectores del disco duro de la memoria respecto a las obligaciones financieras, la paternidad, o bien, los desmanes de quienes abusan del alcohol.

En los estertores del siglo XX, el Alzheimer se encargó de sacudir nuestras conciencias respecto a la vulnerabilidad de nuestra memoria, ante el deterioro cognitivo que provoca esta enfermedad.  Su condición terminal e incurable vino a flagelar al mundo entero, con un importante crecimiento de su incidencia.  De esta manera la amnesia dejó de presentarse como una sombra de la ficción y dejó ver su cruda realidad.

El problema es que en forma paralela ha surgido una corriente, de parte de algunos sectores de nuestra sociedad, que pretenden que la amnesia, una condición de carácter neurológico pase a ser de carácter infecto contagioso, pues los sujetos en cuestión borran ciertos eventos de su memoria, pero a la vez pretenden que todos a su alrededor también lo hagan, de tal manera que dichos eventos desaparezcan totalmente de la memoria colectiva, como si nunca hubiesen ocurrido y muchos llegan al colmo de reescribir la historia a su conveniencia y a fuerza de repetición tratar de cambiarla.

No importa que dichos eventos estén documentados a través de diversos medios de comunicación, pues pueden presentarles un video con una contundente declaración diametralmente opuesta a su actual posición y éste, sin inmutarse continúa con su verborrea en la línea que ahora le conviene.

Como decían Los Socios del Ritmo: “Mira lo que son las cosas…”, muchas personas ahora pagan por escuchar a Roberto Ledesma, a sus 91 años o a lo que queda de José José a sus 67, a sabiendas que de aquel chorro de voz, sólo les quedó el chisguete; sin embargo, los mueve el recuerdo de aquellos ídolos que un día los hicieron soñar con su poderosa voz.   Por otra parte, en un mundo paralelo, hay personas que ayer nomás decían que habían visto una serpiente y ahora juran hasta con los dedos de los pies, que se trataba de un cordero enardecido.

 

 

 

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