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El trueno entre las hojas

Cuando llegué a Managua en 1967, el cine era todavía una de las principales distracciones de los capitalinos.  La televisión todavía no se generalizaba por el alto costo de los aparatos, sin embargo había salas de cine para todos los gustos y presupuestos, desde 50 centavos de córdoba en la gayola del Luciérnaga, el Trébol, el América o el Alameda hasta de 7 córdobas (un dólar) en el Margot, el González o el Salazar, con sus butacas acolchonadas de velour y el confort del aire acondicionado.  Después de las funciones, incluso las más tardías, se podía caminar por la vieja Managua hasta cualquier punto de la misma, sin el temor de ser asaltado.

Coincidió mi llegada a la capital con el enorme revuelo que causaba en todos los estratos de la población, especialmente la masculina, la presentación en todos los cines de la ciudad de las películas de Isaber Sarli “La Coca”, actriz argentina quien bajo la dirección de Armando Bó, participó en cerca de 28 películas en donde la constante era la voluptuosa desnudez de la actriz, de quien se llegó a sospechar si era nicaragüense por la insistencia en bañarse un par de veces en cada película.  Por todos los cines de Managua desfiló la mayoría de estas películas, en donde provocaron tremendos tumultos en las taquillas ante la gran demanda de parte de los capitalinos deseosos de admirar el sensual cuerpo de la argentina.  Muchos conciudadanos mayores de sesenta años, recordarán películas como La mujer del zapatero, Fuego, Carne, La mujer de mi padre, Sabaleros, La insaciable, entre otras, en donde Armando Bó se quebraba la cabeza tratando de explotar cada veta de la voluptuosidad dela Sarli, dentro de los límites que le permitía la censura de aquella época, que a golpe y porrazo dejaba abierta una rendija cada vez mayor en la pesada puerta.

Cuando en cierto momento dejaron de llegar películas nuevas de la Sarli, los distribuidores locales consiguieron la primera película de esta actriz y la exhibieron como un estreno, lo cual era cierto pues en Nicaragua nunca se había presentado.  La película era El trueno entre las hojas, filmada en 1956, poco tiempo después que Isabel Sarli, Miss Argentina, hubiera participado en el concurso de Miss Universo llegando a finalista.  Se cuenta que Isabel Sarli fue engañada para poder realizar el primer desnudo frontal del cine argentino que aparece en esa cinta, al asegurarle Armando Bó, después de darle un mecatazo de whisky, que la escena del desnudo se filmaría en un plano en el que ella se miraría lejana, cuando en realidad utilizó una lente que acercó la escena.

Cuando presentaron la citada película, fui a hacer fila al Cine Ruiz, una sala bastante decente y que costaba 1.50 córdobas, ubicada en el barrio Los Angeles, cerca de la cervecería.  El cine estaba de bote en bote, con un público en su mayoría varones y unas escasas parejas, pues señoras solas ni pensarlo.   Había una efervescencia que se sentía en el ambiente pues todo el mundo esperaba con cierto nerviosismo el inicio de la película.  Debo aclarar que mi presencia en esa película era con fines exclusivamente investigativos pues en ese momento estaba realizando un trabajo en la facultad de economía sobre la elasticidad de la demanda y los gustos y preferencias de los consumidores y se me hizo pertinente ampliar mi investigación con mi observación de esa función.

Cuando inició la proyección se escuchó un murmullo que parecía ir en crescendo y daba la impresión de que la lujuria flotaba sobre toda la sala, mezclada con el humo de los cigarrillos encendidos en la sala, resaltando la brillantez del blanco y negro de la cinta.

Un arpa y su acompañamiento interpretando una guarania, música folclórica paraguaya, dio entrada a los títulos de la cinta, que iniciaban con una cita que dejó patitiesos a los espectadores: “El trueno cae y se queda entre las hojas. Los animales comen las hojas y se ponen violentos. Los hombres comen los animales y se ponen violentos. La tierra se come a los hombres y empieza a rugir como el trueno”. (De una leyenda aborigen).  Al no ser nada relacionado con el erotismo que se esperaba, los espectadores empezaron a murmurar, mientras el arpa seguía conduciéndolos por los caminos de la tristeza y ambientando la cinta en una hacienda en mitad de la selva.

La frustración del público fue mayor al empezar a desarrollarse el argumento del film, mismo que giraba en torno a la explotación de los trabajadores de la hacienda, en su mayoría indígenas, de parte de un gringo que la administraba de manera férrea y que con la mayor naturalidad del mundo le metía un balazo a quien se atrevía a protestar.  Después de un rato, aparece Isabel Sarli haciendo el papel de la mujer del gringo quien llega a la hacienda provocando un verdadero revuelo.  En primer lugar porque monta a caballo a horcajadas, como hombre, cosa que hasta hace unas décadas estaba totalmente fuera de lugar para una mujer, quien debía montar al estilo de la Reina Isabel, es decir, de ladeque.  En segundo lugar por la insistente insinuación de la fémina quien en un arranque de impudicia se desnuda y realiza el famoso baño en el estanque, con el primer desnudo total que se vio de parte de una latinoamericana, ante la mirada entre atónita y de lascivia de un campisto, acompañado por los 427 espectadores, como precisaría El Firuliche.  La escena vino a calmar la ansiedad del público que en su mayoría empezaba a sentir un nudo en la garganta ante las escenas de las condiciones infrahumanas de los trabajadores.  El desenlace del film llega hasta el desarrollo de una revuelta de parte de los trabajadores que al final ajustician al gringo.

Cuando apareció el letrero de “Fin” en la pantalla, el público se quedó anonadado y el desalojo de la sala tomó más tiempo que el normal, pues la gente parecía que buscaba ánimos para levantarse de la butaca y encontrar la salida.  Ya en la calle se escuchaban reproches en voz baja y aquella actitud que prevalecía a la salida de las otras cintas de la Sarli no se miraba por ningún lado.  Generalmente se observaba a los asiduos espectadores de las películas de La Coca, salir con una mirada de fauno  e incluso la suave brisa que lanzaba el Xolotlán sobre su novia, parecía que provocaba repelos en su humanidad.  En esta ocasión, daba la impresión que los espectadores venían de una vela y sus rostros largos se abrigaban en la oscura noche.

Y es que Armando Bó escogió el relato “El trueno entre las hojas” del renombrado escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien también realizó la adaptación y el guión para la película, habiendo realizado cambios significativos respecto a su relato original a fin de adaptarse a los recursos disponibles y a la explotación de la figura de la Sarli a solicitud de Bó.  No obstante, la película mantuvo su crudeza y carácter testimonial que prevalece en el cuento de Roa Bastos.  Para la música de la película consiguió a los grandes músicos, también paraguayos, Eladio Martínez y Emigdio Ayala Báez, este último autor de la formidable canción Mi dicha lejana que constituyó el tema principal de la película y que le imprimió ese toque de profunda tristeza al ser interpretada de manera instrumental y resaltando un arpa.  El citado tema constituye en la actualidad una de las guaranias más representativas del Paraguay y ha sido interpretada por Los Panchos, Leo Marini y la Sonora Matancera, Neil Sedaka, Ramona Galarza, Los Paraguayos, Genaro Salinas, Paul Mauriat, Bibian Rojas, Marcos de Brix, Antonio Rubens, Jorge Cafrune, Lorenzo Pérez, entre otros.

Al inicio la película no fue recibida con el beneplácito de la crítica, pues fue superada por la agria actitud de la censura de una timorata e hipócrita sociedad, sin embargo, con el tiempo, el film es considerado como una joya por su carácter de drama social y algunos críticos la han etiquetado como representante del cine contestatario, término que en aquel tiempo tan solo hubiese traído a la mente algún título como: La tuya o Aquella vieja.

En los años siguientes con la aparición del cine picaresco italiano y sus desnudos al por mayor, con un nuevo modelo para la belleza femenina en donde predominaba la esbeltez, Isabel Sarli poco a poco fue esfumándose de la mente de los capitalinos.  Armando Bó falleció en 1981 y es recordado más que nada por el género erótico-popular que cultivó con la Sarli, quien después de algunos intentos de regresar al cine, se resignó a vivir tranquilamente su tercera edad.   Se le miró públicamente hace un par de años en un festival de cine en Guadalajara, México.  A pesar de la imagen que adquirió después de todas sus películas, Isabel Sarli admite que en toda su vida sólo tuvo un amor: Armando Bó.

En lo particular, debo de reconocer que al final de cuentas la película en cuestión no me ayudó en mi investigación, sin embargo, por mucho tiempo acudía a mí aquella sensación de profunda tristeza y desazón que me provocaba el recuerdo de aquellas escenas de la densa selva de donde parecía que en cualquier momento iba a brotar un trueno, mientras que el arpa gemía: Mi dicha lejana.

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Los bailongos de Miranda

Cuando iniciaba mis estudios universitarios en el vetusto edificio dela Facultadde Economía, en las inmediaciones del Palacio de Comunicaciones de la vieja Managua, había un estudiante de esos que les dicen “fósiles” por llevar un tiempo exagerado cursando la carrera.  Al combinar muchos estudiantes sus estudios con un trabajo de tiempo completo, era muy común encontrar repitentes para quienes la carrera se hacía maratónica.   Jorge, nunca supe su apellido, vivía en el occidente de la capital, en el barrio Cristo del Rosario y trabajaba en una oficina cerca del edificio de F. y C. Reyes, porla Avenida Roosevelt.  Se observaba que era mayor que el resto de los estudiantes que promediaban los veinte años, pues fácilmente superaba la treintena.   Podía vérsele llevando clases de todos los años,sin embargo,parecía un tanto abstraído y no se miraba que tuviera un grupo de amigos definido.  Me imagino que los compañeros con quienes ingresó ya se habían graduado y saltar de una materia a otra, no le permitía llevar una relación sostenida con ningún grupo, así que generalmente en los recesos se le miraba un tanto solitario.

En cierta ocasión en que se organizó una fiesta dela Facultad, me animé a asistir y fui con unos amigos al Club Managua.  Fue amenizada por el “Negro Jairo” una de las orquestas más afamadas en los sesenta en Managua.  Cuando había dado inicio la fiesta y la orquesta se lucía con sus mejores interpretaciones, ingresó al salón Jorge, vestido formalmente.  Nos extrañamos, pues no nos imaginamos que fuera asiduo a ese tipo de eventos.  Al momento en que la orquesta se arrancó con un cha-cha-cha, Jorge sacó a bailar a una muchacha de cuarto año y para sorpresa de todo el auditorio, hizo una verdadera gala de la pieza, manejando unos pasos de fantasía, de esos que sólo se miran en las películas, moviéndose de manera etérea, como si fuera un Fred Astaire en el escenario.  Total que el fósil aquel no paró de bailar en toda la noche, mambo, merengue, cumbia y bolero.

Después de la fiesta, todos regresamos a la rutina de la facultad, sin embargo, la popularidad de Jorge se había incrementado significativamente y se le miraba socializar más con el resto de estudiantes.  En cierta ocasión estaba yo esperando el inicio de una clase, sentado en unas sillas de fibras plásticas que estaban en un extremo del patio de la facultad, cuando llegó Jorge y se sentó a mi lado.  Nos saludamos y no resistí la curiosidad de preguntarle dónde había aprendido a bailar.  Sonriendo me respondió: -En los bailongos de Miranda.  Al observar que me había quedado en ele-olo, me preguntó: -¿No conociste Los Balcanes?  Le respondí que no y me dijo – Si no conociste Los Balcanes no has conocido Managua, mucho menos sabés de bailongos.  Desde esa vez, en cada ocasión en que me lo encontraba me iba contando en retazos sus experiencias en el famoso bailongo de Miranda.

Sería tal vez en los años dela SegundaGuerraMundial que un vecino del barrio Cristo del Rosario, Don Luis Miranda, inició un negocio en su casa.  Comenzó vendiendo refrescos y luego se convirtió en una especie de cafetería.  En cierta ocasión se le ocurrió poner música y de repente la gente comenzó a bailar, entonces Don Luis empezó a cobrar por cada pieza que tocaba en su equipo de sonido y de ahí vino la idea de organizar eventos para todos los aficionados al baile.  Generalmente se realizaban estos bailongos los días domingos de siete a doce de la noche.  Don Luis cobraba una cuota de entrada, más el consumo al interior del recinto.  Hay que anotar que en aquellos tiempos no existía una burocracia que exigiera un sinnúmero de requisitos para abrir un nuevo giro, cambiarlo o para agregarle diferentes giros a una misma actividad económica.

Parece que Don Luis era muy estudioso de la historia, al igual que muchos de los conciudadanos de esa época y el nombre de Los Balcanes sonaba mucho por las conflagraciones a las que se vio sometida esa región desde el inicio del siglo XX, por lo que bautizó su negocio con ese nombre que llegó a convertirse en un punto de referencia en la vieja Managua.

En un inicio el entusiasmo por los bailongos de Miranda fue tan grande que se convirtió en un imán para todos los aficionados al baile del rumbo, sin embargo, también empezó a atraer de personas de dudosa reputación.  De vez en cuando se miraba llegar a ciertos “chivos” reconocidos, acompañados de mujeres que por su vestimenta se adivinaba que se dedicaban a actividades non sanctas.  Don Luis intuyó que a pesar de que su negocio se abarrotaba, sus vecinos, en especial las muchachas terminarían retirándose, por lo que tuvo que dar un giro de timón drástico.  Transformó el local en una especie de club social obrero, con junta directiva y todo, reservándose Don Luis el derecho de admisión.  Asimismo, trató de manera infructuosa de borrarle el nombre de Los Balcanes a su negocio.

Cuando el negocio prosperó, su propietario empezó a llevar música en vivo y a pesar de que elevó el precio de ingreso a cinco córdobas a los caballeros, pues las damas entraban de cortesía, el local se llenaba.  En la puerta del negocio, el propio Don Luis se aseguraba que todo el mundo llegara propiamente vestido.  Los caballeros que no alcanzaban a llevar su levita dominguera, por lo menos su arreglo debería ser lo suficientemente formal.  Las damas debían presentar el mínimo decoro que dictaban los cánones de la época.

Los bailongos de Miranda llegaron a tener el acompañamiento de las orquestas de categoría de esos tiempos, como por ejemplo Los satélites del ritmo, con su célebre cha-cha-cha: Yo no le creo a Gagarían, cuando todavía la integraba el célebre Rafael Gastón Pérez.  También llegó a amenizar los bailongos la orquesta de don Julio Max Blanco, así como la recordada Shampoo Musical.  Se cuenta que también se presentó con gran éxito la no menos célebre agrupación caraceña La Jazz Carazo.

Con la categoría de club social obrero, el local inició la tradición de nombrar una reina, la cual se elegía en los mismos bailongos y de esa manera, las jóvenes del sector occidental de la capital se disputaron por muchos años el título.   Se recuerda que en cierto momento Don Luis nombró locutor oficial de esos eventos al que luego se convertiría en una leyenda del Estadio Nacional, Ramiro Solórzano “Fonguito”.

Cabe destacar que en los bailongos de Miranda desfilaron todos los grandes aficionados al baile de la vieja Managua de mediados del siglo XX, habiéndose convertido en una verdadera escuela, pues cada quien iba llevando los pasos y fantasías que por su parte iba aprendiendo ya fuera en el cine o en otros salones.   Una de las figuras más populares fue sin duda alguna el recordado Lisímaco Chávez Cerda, originario de Diriamba pero Managua por adopción, quien era aficionado a las películas de Tin Tan y de sus trajes pachucos, de tal manera que se presentaba a los bailongos con traje completo de pachuco y a veces un sombrero medio matizón.  Le gustaba mucho realizar pasos de fantasía.  Recuerdo que cuando en Carazo formó años más tarde su conjunto Los Licy´s Boys, siempre en el intermedio realizaba un playback con la guitarra eléctrica (quien en realidad interpretaba era Enoc Jerez), realizando una coreografía que dejaba a los asistentes con la boca abierta.

Cerca de 1964 falleció Don Luis Miranda, llevándose con él a sus concurridos bailongos.  Ya para esa época la actividad nocturna de la capital tendía a aglutinarse al propio centro de la ciudad y una serie de clubs comenzaron a operar en ese sector.  No obstante, los asiduos concurrentes a los eventos de Miranda a quienes se les llegó a conocer como “miranderos” siempre que en una fiesta se presentaba la ocasión sacaban a relucir sus magníficos dotes en la danza, tal era el caso de Jorge.

En aquellas pláticas esporádicas en los intermedios de clase en la facultad, Jorge me comentaba sobre algunos conceptos básicos de los ritmos tropicales que más adelante me llegaron a servir.  Luego, cuando la facultad se trasladó al Recinto Universitario Rubén Darío en Jocote Dulce, Jorge desapareció del mapa, sería que le salía muy extraviado viajar diario hasta allá o se cansó de la maratónica carrera, así que no lo volví a ver.

El año pasado, en algunos pocos cines de la capital exhibieron de manera un tanto clandestina una película tico-brasileña llamada El último comandante, en donde el gran actor mexicano Damián Alcázar encarna a un guerrillero nicaragüense que abandona la revolución y desaparece para llegar a Costa Rica en donde se dedica a su verdadera pasión: el cha-cha-chá, convirtiéndose en profesor de este ritmo.   Tal vez Alcázar no se acerque mucho a la figura de un ex guerrillero nicaragüense, pero al igual, Antony Queen, mexicano, encarnó a Zorba El Griego.  Cuando miré esa película y al personaje de Alcázar, inmediatamente se me vino a la mente la figura de Jorge y aquella pasión que le ponía al baile, así como su pausada forma de hablar sobre cada ritmo.  Si tan sólo le hubiese puesto un poco de aquella pasión al estudio del postkeynesiano y al monetarismo, a lo mejor hubiese culminado su carrera.

Hace un par de semanas circulaba yo por la calle que atraviesa la antigua Colonia Mántica, absorbida casi en su totalidad por el Hospital Saludo Integral cuando de repente cruzó la calle un hombre ya mayor, con la cabeza completamente blanca, sin embargo, cuando volteó hacia el tráfico que avanzaba, me pareció reconocer aquella chispa que tenía la mirada de Jorge y por el enérgico y rítmico paso de su caminar a pesar de los setenta y pico de años que podría tener, juraría que se trataba de él.  Recordé entonces aquellas amenas pláticas en la Facultad de Economía y de ese momento me vino la idea de escribir estas lineas.

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Pequeña amante

Este 5 de mayo se presentó en el Teatro Nacional Rubén Darío el cantautor español Braulio, en un concierto organizado por el diario La Prensa, en un afán del rotativo por ampliar sus actividades dentro del showbizz.

En Nicaragua, Braulio no necesita mayor presentación, pues una gran cantidad de conciudadanos mayores de cuarenta años guardan en su mente el éxito arrollador que obtuvo el cantautor canario allá a inicios de 1978 con el tema Pequeña amante.  No necesitó mucho tiempo este tema para colocarse en los primeros lugares de las preferencias del público, pues Braulio tenía una potente voz y además bien entonada y por otra parte el ritmo de la canción se salía de los esquemas de las baladas españolas a las que estábamos acostumbrados con Julio Iglesias, Camilo Sesto y demás.  El cantautor no ha tenido una producción musical prolífica que digamos y del resto de su obra, podría afirmar que En la cárcel de tu piel es el único tema que se le llegó a acercar a Pequeña amante.  Luego está En bancarrota, una oda a la árida labor de auditoría, que me imagino se constituyó en un himno de los contadores bancarios románticos, pues los de la CGR prefieren a Shakira.  En cuanto al tema Crónica de un viejo amor, tiene la enorme desventaja que invariablemente trae a la mente la genial composición de Serrat, Entre un hola y un adiós a la cual la primera no le llega ni a los talones.

Debo de admitir que no fui al concierto.  No caeré en la tentación de afirmar como algunos dadores a creer, que tenía mi agenda apretada, casi tal vez al nivel de la del Payaso Pipo, aunque tampoco admitiré que fue por pinche.  La verdad es que con 35 dólares prefiero comprar una botella de whisky y pasar una tremenda velada con un par de amigos, escuchando no solo los mejores éxitos de Braulio, sino varios más.

De acuerdo a las crónicas del evento, el cantautor realizó su concierto con gran suceso, presentando una nueva faceta de showman, combinando la interpretación de sus canciones con la comedia.  Desde luego el número más esperado y aplaudido fue sin duda alguna Pequeña amante, que fue coreada por toda la audiencia.

Lo extraño es que en ninguno de los artículos de La Prensa, previos al concierto, se hace mención a Pequeña amante.  En un inicio pensé que fue una triste omisión de la reportera que a lo mejor es tan joven que no llegó a conocer dicho tema, sin embargo, al acceder al sitio web del cantante, en donde promociona en primera instancia su restaurante de comida canaria en Miami: Braulio´s Concert Hall, se encuentra uno con la misma sorpresa, que el gran éxito Pequeña amante no aparece por ningún lado.  El resto de sitios en la web que hacen referencia al cantautor parecen ser clonados del anterior y de la misma manera omiten cualquier alusión al gran éxito de Braulio.

Como a raíz de la muerte de Bin Laden volvió a cobrar fuerza lo de las teorías de la conspiración y al igual que los comandos de los SEAL,  mientras dormía me asaltó la duda respecto a dicha omisión que bajo este esquema podría antojarse intencionada.  Así pues, después de horas de cavilación se me vino a la mente la interrogante de que si no sería la causa de esto una estrofa de la canción que dice: Pequeña amante, dieciséis años son tan pocos, que yo debí volverme loco, para que así llegara a amarte… Sería acaso esa especificidad en la edad de la “pequeña amante” la que pudiera haber llevado a ese tema, en los tiempos actuales, a un nivel cercano a la clandestinidad.  A finales de los setenta no había una plena conciencia de la gravedad de una relación entre un adulto y una menor de edad, ni mucho menos una pléyade de ONG que se rasgaran las vestiduras, sin embargo recuerdo que esa estrofa no dejaba de causar cierto escozor en la mayoría de la audiencia, pero que considerando la melodía y la impresionante voz de Braulio, no se le hacía mucho caso.  Lo mismo sucede cuando se lee Lolita de Vladimir Nabokov, que a pesar de la fascinación que provoca la impecable narrativa del autor, no deja de inducir a cierta sensación de culpabilidad en el lector al interiorizarse en aquella historia, como si al momento de disfrutarla se convirtiera en cómplice de Humbert.

Cabe la aclaración que estos deslices son tan antiguos como el ser humano, pues según algunos exegetas (no comprometidos) de la Biblia, después de exhaustivos análisis llegaron a concluir que Sulamita la doncella a quien Salomón (el Sabio) dedica el Cantar de los Cantares, tendría a lo sumo trece años.  Me imagino que el Sabio debió tener también su Fulanita, Menganita y Sutanita, coetáneas de la anterior pero que no llegaron a tener su Cantar, por lo menos escrito.

Sin el menor ánimo de juzgar a Braulio, me llama la atención de que de cierta manera insiste en colocarse una diana en su espalda.  Tomamos de su sitio web, en su biografía, lo siguiente: “Braulio es un cantante y autor que afronta su trabajo desde una perspectiva poco usual en otros compositores de música ligera: procura describir en sus canciones situaciones que tengan conexión con la vida real, alejándose del camino trillado y de las abstracciones. Sus obras son pequeños relatos de tres o cuatro minutos, que muchas veces encierran profundas moralejas. También suele mostrarnos, en algunos temas, algo que maneja con aparente facilidad: un humor fresco y descarado”.  Esta declaración nos trae a la mente a Los tigres del norte, que con sus narco corridos han provocado una tremenda polémica que no termina todavía.

Volviendo a la canción que nos ocupa, a la luz de la anterior declaración pareciera que hay un viso de realidad en la historia de la pequeña amante, aunque a final de cuentas podría declarar que se refiere a un amigo suyo que le contó esta historia.  Como dicen los gringos: End of story.  No obstante, si esculcamos en su discografía encontramos otro tema, un tanto desconocido llamado El diablo por viejo que dice en una estrofa: Me falta estatura y te doblo la edad.  Y si por si esto no fuera suficiente, tiene otra canción llamada: Casi puedo ser tu padre, que va en el mismo tenor.

Sería tal vez a finales de los ochenta o inicios de los noventa, que Braulio sacó una segunda versión de Pequeña Amante.  Consciente de los tiempos que corrían, bien pudo corregir un poco esta versión si tan sólo hubiese omitido esa cantidad de años, dándole un vuelco a la estrofa, haciendo referencia a la inmadurez o cualquier otro rasgo de la chica y al final hubiese dejado la incógnita de la edad, pudiéndose también haber tomado lo de “pequeña” por la estatura de la muchacha en cuestión.  Sin embargo, la nueva versión salió idéntica en cuanto a la letra, siendo una lástima porque el arreglo que se le hizo es moderno y muy bien logrado, manteniendo Braulio su potente voz.

Cada día es más delicado el tema de las relaciones con menores de edad y las expresiones artísticas deben de ser sumamente cautelosas al tratar estos temas.  A inicios de la década de los noventa José José sacó un tema llamado: Cuarenta y veinte, que no fue recibido con entusiasmo por parte de la audiencia y algunos irreverentes le cambiaron el título a: Chochenta y veinte.  El año pasado, el escritor español Fernando Sánchez Dragó en su último libro narra una aventura sexual que tuvo en Japón en los años sesenta con dos menores de edad.  Lo anterior provocó un escándalo de tal naturaleza que al final tuvo que admitir que no era cierto, que no eran tan menores como había expresado y que relaciones, relaciones no habían existido.

Habría que recordar también el triste caso de Marcial Maciel, quien desde antes de su muerte había emprendido una veloz carrera hacia los altares y que al descubrirse su vida secreta cayó estrepitosamente hasta la sima y ni sus envidiables conexiones lograron amortiguar su caída.

Pequeña amante es una canción tan especial y que además nos trae enormes recuerdos y tomando en cuenta que nunca consideramos como parte esencial de la misma esos “peligrosos” dieciséis años, valdría la pena que Braulio retomara esa segunda versión que realizó y le cambiara la edad a “treinta y seis” que a estas alturas del partido, siguen siento muy pocos y que se alejaría del riesgo de realizar una apología de algo indeseable.

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Nelson Pinedo

Por muchos años, por una u otra razón, el nombre de Somoza fue uno de los más pronunciados en Nicaragua.  Tal vez en estos dorados tiempos podría ser el de Ortega, toda vez que cada día son más quienes siguen con asiduidad mis escritos.  Sin embargo, es interesante saber que en cierta época hubo un nombre que le siguió muy de cerca al de Somoza, por su reiterada pronunciación de parte de los nicaragüenses y este fue: Nelson Pinedo.

Una proporción de quienes pronunciaban ese nombre se referían al cantante de origen colombiano y que ante un squezze play realizado en 1954 por Daniel Santos, ingresó a la Sonora Matancera para sustituirlo como cantante titular, habiendo grabado grandes éxitos como El muñeco de la ciudad, Bésame morenita, Quién será, Ya me voy pa´ La Habana, La esquina del movimiento, entre otros.  No obstante, una gran proporción de conciudadanos utilizaba ese nombre como una forma coloquial para decir: no.

La negación para los nicaragüenses, al igual que para todos los hispano parlantes es algo complejo, pues no sólo expresa un enunciado, sino también rechazo, oposición, énfasis, así como en muchos casos la negación no llega a ser lo contrario de la afirmación.

Generalmente el nicaragüense es enfático para negar, especialmente cuando se le acusa de algo y surge por defecto una expresión categórica: jamás de los jamases.  Sin embargo, muchas veces dentro del énfasis que utiliza para negar algo, recurre al argot, como para dejar una puerta abierta, como si el tono jocoso de su negación lo pudiera proteger de cualquier equivocación.  De esta forma se vino a deformar el vocablo no, hacia formas como: niguas, nanay, naranjas chinandeganas y del habla coloquial mexicana es posible que se hubiera importado: nel que en ese país se acompañaba de pastel, para reforzar la rima.  Esta forma jocosa para negar se extendió hacia situaciones insospechadas, como por ejemplo cuando para denotar el tema tabú de la disfunción eréctil se utilizaba: Nicaragua-Paraguay.

Con la popularidad que adquirió la Sonora Matancera en los años cincuenta y parte de los sesenta, el nombre de ese cantante llegó a adquirir una mayor dimensión al utilizarse para negar algo.  Nelson Pineda, se escuchaba por todos lados, lo que hacía rivalizar a este cantante con los grandes de esa orquesta: Bienvenido Granda, Daniel Santos, Celio González y otros.

Lo interesante es que la negación adquiere otro nivel cuando se trata de alguna solicitud particular.  No es lo mismo que le pregunten a un nicaragüense sobre el paradero de alguien que le soliciten algo, dinero, algún favor o  cualquier cosa que afecte su peculio.  Entonces ahí la negación no puede ser categórica, ni siquiera con las formas coloquiales antes expuestas.  En esos casos, la frase más socorrida es: En otra pasadita.  Ahí, tanto el emisor como el receptor están plenamente conscientes de que se trata de algo definitivo y que la pasadita puede referirse al paso del Cometa Haley, sin embargo, al estar suavizada, el receptor no tiene otra alternativa más que apechugar.  Son muchos casos en que ante la solicitud de algún indigente, el interlocutor, con una cara de compungido, digna de Marga López en sus mejores momentos, le diga: -Perdone Señor, a lo que el otro le responde como una sentencia emitida por el Sanedrín: -Que te perdone Dios.

Cuando existe la confianza del caso y más que nada entereza, ante una solicitud lanzada a mansalva: -Hermanó, necesito 500 varas, entonces armándose de valor el otro lo parquea diciéndole: -Andá conseguite 1000 y me das 500 que yo también ando urgido de riales.  Si lo agarran en curva, es posible que el demandado no pueda evadir la solicitud al estilo Matrix, sino que abre un impase diciendo: -Veremos, aunque para sus adentros piense: -Dijo el ciego.

En la época actual es probable que muy poca gente utilice Nelson Pinedo para negar algo y en esas contadas ocasiones, probablemente la otra persona no le captará más que por el contexto en que se lo dicen, pues también son muy pocos los que saben algo de este gran cantante de la Sonora.  Parece ser que la forma coloquial de negación que subsiste, después de que se popularizó en los setenta es: never.  Se utiliza sola o completando never in the life.

En Nicaragua como en muchos países se viven tiempos difíciles y como lo sentenció un destacado político para cubrir los deslices de su voluntad: “La calle está dura”, por lo tanto, los ciudadanos deben de caminar con cautela, porque por cualquier lado alguien puede acecharlo con un bate de aluminio.  Así pues, poco a poco se va internalizando la necesidad de decir no, cuando hay decirlo y abandonar los paños tibios ante el temor de negar.  Muchos han recurrido a machetearse tratados completos sobre superación personal que insisten sobre la importancia de no decir sí cuando se quiere decir no.

Así pues, si algún domingo por la tarde va pasando por La Casa del Obrero, allá en la Calle Colón, junto al Estadio Nacional y escucha que de adentro sale una melodiosa voz que clama: Mírame, mírame, quiéreme, quiéreme, bésame morenita, que me estoy muriendo por esa boquita, tan jugosa y fresca, tan coloradita, como una manzana, dulce y madurita…, entonces ese es Nelson Pinedo, que ameniza el baile de los entusiastas de la tercera edad.   Como el propio cantante dijo: Ya ha llovido, hay almanaque, hay calendario, hay kilometraje, pero todavía hay carrocería.  Además, los muñecos de la ciudad le asegurarán que aquello de Nicaragua-Paraguay ya pasó a la historia con las pastillitas azules de Pelé.

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El genio José Feliciano

Hace un par de semanas, mientras muy temprano en la mañana realizaba mi rutina de ejercicios, que invariablemente acompaño con música, aburrido de las mismas grabaciones guardadas en el reproductor MP3 me cambié al radio para escuchar algo diferente.  En efecto, salieron algunos temas de actualidad entre ellos una especie de bolero.  Como al hacer ejercicio es más difícil el zapping con el radio, dejé el bolero, el cual parecía mezclado con bachata.  El tipo que inició la canción la interpretaba con un acento antillano demasiado marcado y con un tonito que parecía arrancado de un reggaetón.   Casi inmediatamente después escuché una voz que se me hizo conocida.  Dejé el tema sonando en el aparato y continué escuchando la interpretación y al aparecer el inconfundible timbre y maestría de una guitarra acústica llegué a confirmar mis sospechas.  Se trataba del magnífico cantante y guitarrista puertorriqueño José Feliciano.  Lo que no me explicaba era cómo el gran maestro Feliciano podía aparecer en una canción como esa.  Era como ver al gran Anthony Hopkins en un comercial del Gallo más Gallo.

Días más tarde, escuchando el radio del automóvil volvió a salir el bolerito aquel.  Le puse un poco más de cuidado y seguía sin entender cómo el gran artista, que ha logrado un nivel que pocos latinoamericanos ni siquiera han soñado, podía aparecer en aquella canción.  A pesar de que la melodía no estaba tan mal, pues le hicieron un arreglo bastante decente en donde se puede apreciar que el maestro Feliciano todavía domina la guitarra con excelencia, además que una sección de cuerdas le otorga cierto nivel de refinamiento.  Sin embargo, la letra se me hizo, en lo particular fatal.  Dentro de un esquema decimonónico en el cual el pretendiente de una muchacha tiene que negociar con el futuro suegro, la suerte de ella.  Por otra parte, los argumentos esgrimidos por el pretendiente parecen salidos de una novela de Corín Tellado: “ solamente una oportunidad le pido, ayer soñé con Cupido y espero no estar mal..”  Como decía mi tía Mélida:  “Las tres divinas personas”, tan sólo pensar en que una hija está en la mira de un tipo tan cursi es para morirse.  “no quielo que malintelplete, lo siento, solo vine aquí para podel decil su hija me gusta”

Lo peor, sin embargo, es lo que obligan a decir a Feliciano.  “Señorito, tome asiento y conversemos de una vez”, “con qué cara te atreves decir que te gusta mi hija, tienes agallas, yo la protejo más que a mi vida, ella es mi sangre y no quiero que sufra su madre no sabe de mi (¿?), yo no creo en el amor ni en el destino (???????)”.

Al tratar de averiguar más sobre esa inexplicable intervención de José Feliciano en el bolerito ese, encontré que fue un apoyo del Maestro a un compatriota suyo.  Se trata de un joven de 20 años, el cantautor puertorriqueño Carlos Reyes Rosado, conocido en el ambiente de la farándula como Faruko y que según sus cronistas, léase los de su disquera, es un talentoso artista con una versatilidad asombrosa, pues domina muchos géneros: reggaetón,  rap, hiphop, R&B, pop, bachata, bolero, mambo, vallenato, cumbia y sólo le faltaron las rancheras.   Para su lanzamiento como solista le han producido el álbum titulado: “El talento del bloque”, en donde se llega a adivinar que “bloque” tiene la acepción de cuadra, manzana y no del bloque de concreto, aunque pueden dejar eso a la imaginación.

Cuando leí lo de la supuesta versatilidad de este muchacho, recordé que si a alguien podría adjudicarse este concepto en toda su dimensión es precisamente a José Feliciano.   Escuché por primera vez a este gran artista allá por 1968 cuando todas las emisoras nacionales tocaban hasta el cansancio sus primeros dos éxitos, en la categoría de “cortapulsos”: La copa rota y Amor gitano, ambos boleros con altas dosis de dramatismo:  “No se apure compañero si me destrozo la boca, no se apure que es que quiero con el filo de esta copa borrar la huella de un beso traicionero que me dio”. “Toma este puñal, ábreme las venas, quiero desangrarme hasta que me muera, no quiero la vida, si he de verte ajena, pues sin tu cariño no vale la pena”.  Ambas canciones con un derroche de maestría en la interpretación de la guitarra.  Los comentarios que nos llegaban sobre este extraordinario cantante y guitarrista señalaban que era boricua y que era invidente, sin mayor información sobre su trayectoria.

Un poco después, mis hermanos y yo comenzamos a comprar asiduamente una revista mexicana llamada Pop, que traía noticias sobre la música moderna internacional y en un número se hablaba de que José Feliciano tenía dos grandes éxitos en las listas de popularidad en los EE. UU. Uno de ellos era el éxito de The Doors, Light my fire y otro era Hi heel sneakers, un blues de Tommy Tucker, que también habían interpretado Elvis Presley, Chuck Berry y muchos más, sin embargo, la versión de Feliciano tenía un toque que captó la preferencia de la audiencia norteamericana.  De esta manera José Feliciano se convirtió en un verdadero fenómeno, pues realmente era el primer latinoamericano que había roto una enorme barrera que existía para incursionar en la música norteamericana y lo había hecho con gran éxito.  Ahí fue donde me di cuenta que la familia de José Feliciano, emigró de Puerto Rico a Nueva York cuando este tenía cinco años y que mostró desde pequeño una extraordinaria facilidad para la música, aprendiendo varios instrumentos entre ellos la guitarra.

Así fue que desde fines de los sesenta, José Feliciano alternaba en la música romántica en español y en los géneros del rock, soul, R&B, en inglés.  En el año 1971 fue la sensación participando en el Festival de San Remo en donde interpretó, alternando con Richi e Poveri, el tema Che Sara, que inmediatamente fue traducido al español como Qué será, el cual alcanzó un gran éxito.   De esa manera se puede observar que a lo largo de su carrera musical ha abarcado toda la gama de ritmos en inglés, así como la música romántica en español y lo importante es que en ambos idiomas lo hace con un perfecto dominio de su pronunciación.  Cabe también destacar su virtuosismo en la guitarra en interpretaciones como El vuelo del abejorro de Rimsky Korsakov, que no es para cualquiera, Zorba el griego de Teodorakis que originalmente se interpreta con mandolina, Malagueña de Ernesto Lecuona o su reciente versión de The third man.

De sus éxitos en español, creo sin temor a equivocarme que hay un tema que sacó en los setentas y que al escucharlo son pocos los que se escapan a una erupción sentimental que hace estremecer al más valiente y me refiero al recordado tema:  Tú me haces falta.  O bien, la extraordinaria interpretación del tema de Carlos Santana, Samba pa´ti, un clásico instrumental el cual se atrevió a cantar, logrando una excepcional adaptación en donde aparece el propio Santana en un duelo entre guitarra acústica y guitarra eléctrica, toda una joya.  Luego, cada quien tendrá sus favoritas, de conformidad con los recuerdos ligados a cada una de ellas:  Usted, Miénteme, Ay cariño, Luz y sombra, Nosotros, Poquita fe, Regálame esta noche, Nuestro juramento, Dos cruces, Entrega total, Lágrimas negras, Para decir adiós, Cuando pienso en ti, Estoy perdido, Cómo fue, Una aventura más, Paso la vida pensando, Alma mía, Mis noches sin ti, Cenizas, Cuando el amor e acaba, Celos de mi guitarra, Contigo en la distancia, De cigarro en cigarro, Después de ti qué, El cóndor pasa, En Aranjuez con tu amor, La barca, Tengo que decirte algo, Qué voy a hacer sin ti, Me has echado al olvido, No podrás olvidar, Por ella, Por mujeres como tú, Regálame esta noche, Si me comprendieras, Un amor así, Tú me acostumbraste, Volveré alguna vez, Yo lo comprendo, entre otras.

O bien en inglés, Ain´t, no sunshine when she´s gone, A man and a woman, Always something there to remind me, Blackbird, California Dreming, Billy Jean, By the time I get to Phoenix, Chico and The Man,  Affirmation, Daniel, Daytime dreams, Don´t let the sun catch you crying, Hey baby, Hey Jude, I can´t get no satisfaction, I feel fine, The second that emotion, Norwegian wood, My sweet Lord, Queen of my heart, Sad boy, In my life, Help, A day in a life, Since I met you baby, Softly as I leave you, Strangers in the night, The windmills of your mind, Walk right in, Wild world, You´re the girl I love.  En lo particular yo prefiero un tema de Neil Diamond que está escrito en un ritmo parecido al huapango y en donde Feliciano logra una magnífica interpretación: Play me.

También puede observarse alternar en los dos idiomas en su clásica interpretación del tema de su autoría: Feliz Navidad, que invariablemente vuelve a sonar en cada temporada navideña.  Otro aspecto relevante en José Feliciano es su genial sentido del humor y si quieren una muestra de ello, pueden observar cuidadosamente la introducción al dueto de Tengo que decirte algo, con Gloria Stefan, en donde deja speachless a la cantante.


Es enorme la cantidad de premios y reconocimientos alcanzados por este gran artista, basta acotar que tiene en su haber una impresionante cantidad de premios Grammy,  11 nominaciones y 8 estatuillas, acreedor por cinco años consecutivos del premio Mejor guitarrista pop, de parte de la revista Guitar Player, así como un reconocimiento de parte de su natal Puerto Rico como “Un puertorriqueño para la historia”, además de haber tocado con las principales orquestas sinfónicas del mundo.  En cierta ocasión el propio John Lennon afirmó que algunas de las canciones de los Beatles las prefería en la interpretación de Feliciano y fueron varias de sus canciones en las que aparece este gran artista interpretando la guitarra.

Después de repasar la impresionante carrera de este gran artista, no me queda más que afirmar que este Señor puede darse el lujo de cantar lo que quiera y con quien quiera, así que si en su afán de ayudar a su compatriota, humildemente se agacha para interpretar una canción que indudablemente no está a su altura, se le perdona.  Es más podría bajarse al chinamo para interpretar una cumbia con Gustavo Leytón y tendría nuestra más amplia indulgencia.

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El amor, triste y azul

Para 1968 estábamos sumergidos en la música rock.  Los Beatles estaban en su pleno apogeo y ese año habían lanzado Revolution y Hey Jude.  El movimiento hippie se había masificado en los Estados Unidos y el resto del mundo imitaba alguna de sus características, entre ellas la vestimenta, así como la música, que desembocó en el legendario concierto de Woodstock el siguiente año.   Grupos como The Doors, Steppenwolf, The Who, The Box Tops, Tommy James & The Shondells, The Monkees, Sly & The Family Stone, The Lemon Pipers, The Temptations, The Rolling Stones, Erick Burdon & The Animals, Cream, The Beach Boys, The Cowsills y varios más dominaban la escena de la música popular en inglés, aunque de vez en cuando aparecían éxitos que se apartaban de la corriente musical dominante.

 

A finales de ese año, nos llegó un tema, proveniente de los Estados Unidos en donde había ocupado el primer lugar de los hit parades por varias semanas y que realmente llegó al corazón de la audiencia nicaragüense.  Se trataba de Love is blue, interpretado por el pianista, arreglista y director francés Paul Mauriat y su gran orquesta.  En español la canción fue bautizada como El amor es triste y a pesar de que la versión de Mauriat era instrumental, la profundidad de la melodía conducía invariablemente hacia esa esencia del amor que produce una sensación de tristeza.  Hay que recordar que íbamos rumbo a los veinte años y nuestros corazones, por no decir toda nuestra producción de hormonas, eran como la planta nuclear de Fukushima. El tema estaba impecablemente interpretado y mantenía un estilo bastante depurado con un aire clásico.  En los Estados Unidos había sido clasificado dentro del rubro “Easy Listening” y en ese momento logró, momentáneamente, hacer a un lado a Ray Conniff, dueño y señor en ese entonces de esa categoría.

 

La canción, sin embargo, era un cover de un tema que tenía su historia.  La original había sido compuesta por el músico y director francés, André Popp, con letra de Pierre Cour para el Festival de Eurovisión de 1967, bajo el título L´amour est bleu.  La canción representó a Luxemburgo y fue interpretada en francés por la cantante Vicky Leandros, de origen griego y radicada en Alemania.   La canción no triunfó en el festival, el cual fue ganado por el tema inglés Marionetas en la cuerda.

 

El sello Philips le solicitó a Paul Mauriat realizar una versión instrumental de esa canción y a pesar de que Mauriat no estaba entusiasmado con la idea, al final aceptó grabarla.  El tema obtuvo un modesto éxito en Francia y fue gracias a un disc jockey de Minneapolis en los Estados Unidos quien descubrió la versión de Mauriat y empezó a radiarla que al poco tiempo la audiencia empezó a pedirla insistentemente, alcanzando el primer lugar de los charts por varias semanas consecutivas.  Era algo inusual para un tema instrumental, pues no se miraba algo igual desde el éxito de Telstar con The Tornados en 1962, éxito del cual posteriormente The Ventures sacaron un cover, para mi gusto mejor que el original y que muchos recordarán como el tema de “El programa de la juventud” de Radio Católica a mediados de los sesenta.

 

Para nosotros Paul Mauriat era completamente desconocido, a pesar de que en Francia tenía una larga carrera musical, pues desde pequeño estuvo dedicado a la música y había trabajado con artistas de la talla de Maurice Chevalier y Charles Aznavour.  De vez en cuando componía y grababa temas bajo cualquier seudónimo y uno de esos temas grabado originalmente con el título de Chariots, luego se convirtió luego en I will follow him, interpretado por Petula Clark y posteriormente por Little Peggy March quien la lanzó a un éxito arrollador en los Estados Unidos.  Dicho tema se conoció en español como Yo la seguiré, mismo que fue interpretado por varios artistas del momento como Emily Cranz y Enrique Guzmán; Angélica María sacó una versión muy buena bajo el título de Chariot.  A inicios de los noventa, una película de Whoopi Goldberg, “Una monja de cuidado” (Sister Act) volvió a resucitar el tema, con buen suceso.

 

En cuanto a El amor es triste, cabe decir que ninguna de las versiones del tema pudo superar a la interpretación de Paul Mauriat, aun considerando que las versiones cantadas, en francés e inglés jugaban con los colores asociados a las distintas facetas del amor, agregando que en inglés también tiene la acepción de triste o melancólico, de ahí que el título en español fuera El amor es triste, un tanto más apegado a la característica del tema.  Las versiones vocales fueron muchas, desde Frank Sinatra hasta Raphael quien la canta en su película El golfo.

 

Cabe agregar que Paul Mauriat no volvió a alcanzar el éxito que obtuvo con El amor es triste, salvo tal vez por el tema El amor en cada habitación, que también tuvo una buena aceptación pero nunca como el primero.  Lo curioso es que la música de Paul Mauriat obtuvo un éxito inusual en Japón, en donde el director ofreció cerca de mil conciertos a lo largo de toda su carrera, así mismo, cuando finalizó su contrato con el sello Philips, firmó con el sello japonés Pony Canyon.    Cuando sintió que era tiempo de retirarse, Mauriat seleccionó a la ciudad de Osaka, Japón, como el lugar para ofrecer su último concierto en 1998, ocho años antes de fallecer en su natal Francia.

 

Después de que El amor es triste inundó las ondas hertzianas de Nicaragua por un buen rato, en 1969 poco a poco se fue difuminando para dar paso a los nuevos éxitos.  Los Beatles lanzaron Get back, que fue el preludio de su separación y el rock en general volvió a adueñarse de las preferencias nacionales.

 

Los “jóvenes” que ya han rebasado la barrera del medio siglo, sin duda alguna recordarán El amor es triste y seguramente estará asociada al recuerdo de algún amor posible o imposible.  Se trata de un tema que a diferencia de muchos de los éxitos de esa época, no se escucha en los programas nostálgicos de la radiodifusión nacional.

 

Así que ahora, que el gris autumnal se cierne sobre nuestras cabezas, en alguna pálida tarde, tal vez podríamos recordar con el fondo musical del maestro Mauriat a los extraordinarios versos de El Vate: “y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa…”

 

 

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Una buena amistad vale oro

Hace algunas semanas se originó en Nicaragua un pequeño escándalo en torno a un comercial de la Cerveza Toña.  Dicho comercial, con el ánimo de resaltar el nacionalismo de sus consumidores nicaragüenses, en especial a raíz del conflicto limítrofe con Costa Rica, presenta imágenes de carácter folklórico con un son nica de fondo que insiste: “como mi tierra, no hay dos…”  Esto no tendría nada de particular si no hubiera sido que ha salido a la luz que el citado comercial fue grabado en Costa Rica, con “actores” y técnicos ticos.  Así pues, la “belleza trigueña que no anda con cuentos” que observamos en el comercial, salta a la vista que no tiene nada que ver con la belleza de las nicas.  Existe la posibilidad de que el comercial haya sido doblado, así pues no es remoto que en el original los “actores” hayan dicho horrhhorhess.

Los encargados de mercadeo de la cervecería salieron a la defensa de su decisión argumentando que en Nicaragua no existían los recursos técnicos para realizar el comercial y de haberse producido acá, los costos se hubieran elevado significativamente.

Esto me trajo a la mente la época en que se produjo uno de los mejores comerciales nicaragüenses de toda la historia de la publicidad nacional.  Fue hace cuarenta años, en el inicio de los años setenta cuando la Compañía Licorera de Nicaragua sintió que sus rones “añejados” clásicos, el Flor de Caña etiqueta negra y el etiqueta roja, estaban posicionados muy frágilmente en el mercado, pues ya habían sufrido los embates de la competencia con el ron Carta Vieja importado de Panamá, así como el Ron Conquistador.  Entonces, encargó a su químico estrella, el Ing. Guillermo Ramírez Baltodano, que trabajara en un ron que estuviera acorde con los aires de modernidad que soplaban en esa época.

El Ing. Ramírez, jinotepino e ingeniero químico graduado en México, conocido cariñosamente como Pitusín, era amigo y paciente de mi padre y siempre le estaba llevando muestras de obsequio, ya fueran rones secos, extrasecos, de cuerpo medio e incluso unas muestras de vodka, mucho antes que salieran al mercado, incluso, el ensayo del ron superior de la Flor de Caña.  Según mi padre Pitusín era un químico de renombre a nivel latinoamericano y era el verdadero creador del Flor de Caña.

De esta forma, el mago de la Flor de Caña concibió y trajo al mundo al Ron Flor de Caña “Oro” y la compañía licorera decidió lanzarlo al mercado con pompa y circunstancia, a través de una campaña publicitaria que colocara al producto en primer lugar de las preferencias nacionales.

Así fue que a finales de 1971, en la televisión principalmente, comenzó la mencionada campaña, con un comercial que constituyó un verdadero hito en la historia de la publicidad nicaragüense.  Lo primero que impactaba del comercial era la música.  Como no se trataba de promover ningún nacionalismo en esa época, no se recurrió a música vernácula, sino que fue a través de un bossa nova, que era el ritmo que sacudió a todo el mundo en la segunda parte de la década de los sesenta.  Un piano entraba con un ritmo sabroso y tranquilizante y luego una voz en off afirmaba de manera convincente: “Una buena amistad vale oro”.  Inmediatamente después aparecía una joven que irradiaba sensualidad, con una sonrisa que invitaba a la amistad y en una mano sostenía un vaso con un cocktail de lo que supuestamente era el nuevo Flor de Caña “Oro”.  Luego la voz en off señalaba las principales bondades del ron, mientras la cámara continuaba mostrando la beldad que sentada, no recuerdo si era una hamaca o una silla de playa, pero que en su conjunto el comercial empujaba prácticamente al consumidor a probar el nuevo ron.

El comercial descansó en tres elementos básicos, en primer lugar, la música, pues el bossa nova es un ritmo que invita a disfrutar una buena bebida en un ambiente relax, que provoca saborearla lentamente.  El segundo elemento era la amistad, pues para disfrutar unos tragos platicados, nada mejor que los buenos amigos que en un ambiente de cordialidad refrendan sus lazos de amistad.  El tercer elemento era la belleza de la joven del comercial que sin decir palabra alguna, con su figura y su extraordinaria sonrisa remataba la invitación a saborear el nuevo ron.

La muchacha en cuestión era una joven de apellido Bello Abaunza, prima de mis dilectos amigos los hermanos Robleto Abaunza y que de vez en cuando visitaba a sus primos en el pueblo.  Cabe aclarar que su prima Inmaculada Robleto, no se quedaba atrás en belleza y también ella pudo haber modelado para el comercial con igual éxito.  Ambas eran dignas representantes de la belleza nicaragüense.

Sobre el tema que servía de fondo, a pesar de que fácilmente podía identificarse como un bossa nova, en ese tiempo yo desconocía mucho de lo concerniente a ese movimiento musical, salvo tal vez los pocos éxitos que nos llegaron:  La chica de Ipanema, Meditación y unos cuantos más que eran las de clavar para iniciar las fiestas.  No conocía la obra de Jobin ni la de los grandes exponentes de esta música.  Sinceramente creí en ese tiempo, que el tema del comercial había sido compuesto especialmente para esa ocasión.

No fue sino hasta unos trece años más tarde, viviendo en México que curioseando por una discoteca del Distrito Federal miré un casette que estaba en promoción.  La portada mostraba una jirafa corriendo, con un cielo color verde y una pradera color azul, con una leyenda que decía Antonio Carlos Jobin: Wave.  Sin pensarlo mucho lo compré y cual no sería mi sorpresa cuando al escuchar el tema principal y que daba su nombre al álbum, Wave, resultó ser el tema de aquel comercial del Flor de Caña Oro.  Como referencia me di cuenta que dicho álbum había salido a la luz desde 1967.  No podría describir la emoción que sentí al transportarme a los dorados tiempos en el terruño y aquel comercial que puso a soñar a tanta gente.  Se convirtió en uno de mis temas favoritos y hurgando en su letra, en otras versiones cantadas, encontré una estrofa que le daba más sentido a aquel comercial y que decía: “es imposible ser feliz solito” con la salvedad que en portugués “sozinho” tiene mucho más fuerza.

Respecto a la Flor de Caña Oro, debo ser honesto, pues el lanzamiento de ese ron ocurrió cuando yo estaba metido de lleno en el equipo de atletismo que dirigía Istvan Hidvegi, quien demandaba de sus discípulos una disciplina férrea con renuncias casi  como de monje de La Cartuja.  Cuando por motivos del terremoto de 1972 dejé el equipo de atletismo e ingresé a trabajar al Banco Nacional, como una forma de fomentar la recuperación de pequeños negocios, en especial la de los bares, los miembros de la División Industrial visitábamos regularmente estos lugares para, además, estrechar los lazos de amistad entre los funcionarios y técnicos de esa División y desde luego, el trago más solicitado era el Flor de Caña Oro.  Más que el sabor del multi promocionado ron, quedaron en mi memoria los gratos momentos con la compañía de tantos amigos: Arturo Vaughan, Róger Arteaga, Marcio Berríos, Max Hurtado, Orlando Falla, Luis Rodríguez, Carlos Gutiérrez, Mario Duarte, Magaly Pérez, Ena Bendaña, Edgardo Pérez y varios más.

Cuarenta años después las cosas han cambiado sensiblemente.  Muchos de los amigos de aquella época se nos han adelantado.  Jobin falleció en 1994 y a inicios de este 2011 se presentó ante el Creador el gran Pitusín Ramírez.  La publicidad en Nicaragua emite ciertos estertores y esto se puede ver a través de la mayoría de las campañas publicitarias actuales.  Si no lo cree, observe la campaña de Yota y la de Tang Cebada.

El Ron Flor de Caña Oro ha logrado sobrevivir y el grupo Pellas se ha encargado de fabricarle una imagen de excelencia internacional y hasta contrató a un especialista para que diseñara una descripción del producto que pregona que cuenta con un cuerpo medio, ámbar dorado con un bouquet de vainilla y con entrada al paladar suave, dando paso a un paladar redondo, seco, con sabor a caramelo, caña de azúcar y sabores de especias picantes, terminando con un toque de coco tostado y pimienta.  Reflauta diría Condorito, no en balde ha ganado más medallas que un santo de pueblo.

Yo me he vuelto más exigente en cuanto a los tragos, será que mi hígado está más pateado que una pelota de fut en patio brasileño, así que el Ron Flor de Caña Oro, lo que me deja en la boca es un sabor a moneda de a chelín, que luego da paso a un paladar obtuso, con sabores de níspero y culantro y la goma ni se diga.

Lo que se mantiene incólume a través del tiempo es esa sabia frase del comercial: “Una buena amistad vale oro”, así que cada vez que me tomo una licencia para echarme un trago, lo hago preferiblemente con el fondo de la música de Jobin y a lo interno, hago un brindis por todas aquellas nobles personas que me han distinguido con su amistad, no importa que pase el tiempo y ahora sean, al igual que la chica del comercial, venerables abuelitos y abuelitas.

Enlace a Wave de Antonio Carlos Jobin

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