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Perro mundo

 

La clasificación de las películas hoy en día se ha convertido en una simple referencia que muy pocas veces alienta a los padres de familia a discernir sobre lo que sus hijos pueden o no, ver en el cine.  Muy pocas veces he visto que en la taquilla de un cine le nieguen el acceso a un menor para una película clasificada como “R” y por otra parte he visto a una familia entrar a ver una de estas películas, con excesos en las escenas de violencia o sexo, acompañados de niños de 4 o 5 años que cargan además con una dotación de alimentos suficiente para sostener a un hospicio.

Hace cincuenta años las cosas eran muy diferentes.  Las películas con escenas un tanto subidas de tono eran clasificadas como “Prohibida para menores de 18 años” y cuando de acuerdo al censor se arañaban los límites de lo permitido en un espectáculo de esta naturaleza y que pudiese provocar acciones pecaminosas por pensamiento palabra u obra, entonces la etiquetaban como “Prohibida para menores de 21 años”.  Esta clasificación estaba resaltada en letras grandes en el programa impreso que a diario se repartía en el pueblo.  Estaba además la guía de El Observador que leía el párroco y se encargaba de advertir a la feligresía en sus sermones.  Además de la señal de alerta para los padres de familia para vigilar que sus hijos menores no vieran estas películas, la etiqueta servía como un eficaz medio de promoción, pues esas funciones ponían al cine de bote en bote, con una audiencia que en su mayoría se autocalificaba como de “amplio criterio”.

Muchos recordarán alguna de estas películas, como es el caso de “La cigarra no es un bicho”, cuyo título hizo palidecer, casi hasta el desmayo, a las beatas del pueblo y sonrojar a la legión entera de las hijas de María y eso que nunca en su vida habían visto una cigarra.  Al final resultó que en esta cinta argentina,La Cigarraera un motel en donde ocurre un brote de peste bubónica que obliga a dejar en cuarentena a los clientes que en ese momento ahí se encontraban.

No obstante, un caso digno de recordarse es el de la película “Perro mundo” un documental italiano que bajo el título original de “Mondo cane” se produjo en 1962.  La presentación en Nicaragua ocurrió en 1963 y causó una enorme sensación, debido a la etiqueta de prohibida para menores de 21 años.  Así que ni siquiera se me pasó remotamente por la mente tratar de verla.  Me tuve que conformar con las crónicas marcianas de los compañeros de colegio mayores, que aún sin tener la edad, se las ingeniaron para ingresar al cine, algunos con el beneplácito de sus padres, otros escabulléndose por el barcito de al lado del teatro y luego ufanándose de adultos, comentaban algunos pasajes de la película.

Lo que no tuvo restricciones de ninguna especie y fue disfrutado por todos fue su tema musical, compuesto por Nino Oliviero y Riz Ortolani.  En el film, es cantada por la renombrada vocalista italiana Katyna Ranieri bajo el título de Ti guardero´ nel cuore, (Te miraré en el corazón).  Luego se le puso letra en inglés y bajo el título de More (Más) fue interpretada por toda una constelación de cantantes como: Frank Sinatra, Doris Day, Andy Williams, Perry Como, Nat King Cole, Brenda Lee, Frankie Avalon, Marvin Gaye, Shirley Bassey, Bobby Darin, Aretha Franklin, Matt Monro, Diana Ross, Judy Garland, Bob McGrath, Tom Jones, Della Reese, Paul Anka, Tony Bayani, Eddie Allard, The Lettermen, Vic Damone, Harry Connick, Engelbert Humperdinck, Steve Lawrence, Andrea Boccelli, Danny Williams, además de las versiones instrumentales de Ray Conniff, The Ventures, Kai Winding, The Electromaniacs y desde luego, la versión al estilo jazz de los autores Ortolani y Oliviero.  En español no tuvo la gran cantidad de intérpretes pues recordamos tan solo la versión de Enrique Guzmán y una al estilo ranchero a cargo del Mariachi Nuevo Tecalitlán.  También muchos recordarán aquel disco que de repente inundó el mercado nacional llamado “Un verano con los Dinners”, del conjunto del mismo nombre originario de Mérida, México, en donde aparecía una versión instrumental de Más, al estilo de The Ventures.

Cuando llegué a Managua para ingresar a la universidad, tuve la oportunidad de ver todas las películas prohibidas para menores que no había visto anteriormente, así como todas las que iban saliendo, como una forma de ejercer la libertad que significaba alcanzar el nivel universitario.  La única que no volvieron a presentar y me quedé con la curiosidad de ver fue precisamente “Perro mundo”.

Hace poco, navegando en YouTube, me encontré con la famosa película y sin pensarlo dos veces la miré, cincuenta años después de su estreno mundial.  Se me hizo extraño que aún en YouTube tengan ciertas incongruencias como es el hecho de que los avances de la película requieren de una certificación de edad del cibernauta, no así la película completa.  Cosas veredes.  En su época la película tenía una advertencia que decía:  “Si usted no tiene un estómago de hierro, no podrá soportar esta película”.  En realidad el documental presenta algunos casos representativos de las cosas insólitas que tienen las diferentes culturas del mundo, como rituales de los nativos de Nueva Guinea, cementerios de perros en Estados Unidos, borracheras de cerveza en Alemania, degustación de cucarachas y otros insectos en Singapur y así por el estilo. Llama la atención que al inicio del film, cuando se presentan los créditos del mismo mientras un perro es conducido a través de una perrera llena de canes que ladran a más no poder, aparece una aclaración que reza: “Todas las escenas que verá en esta película son verdaderas y están tomadas de la vida misma.  Si a menudo son chocantes, es porque hay muchas cosas chocantes en este mundo.  Además, la misión del cronista no es endulzar la verdad, sino reportarla objetivamente”.  A pesar de lo anterior, se observa en el film que muchas escenas son actuadas.

La película tiene una fotografía impecable para la época, sin embargo, las cosas chocantes que supuestamente incluye el film, pueden verse ahora en la televisión más ampliamente y con lujo de detalles en el Discovery Channel o el NATGEO, en horario familiar. Todas las porquerías con que los creadores de la película creían que provocarían una nausea sostenida en el auditorio, se las come ahora muerto de la risa Andrew Zimmern, en su programa de comidas exóticas en del Discovery Travel and Living.  En fin, la prohibidísima película Perro Mundo, comparada con las escenas de cualquiera de las entregas de “Saw”, pareciera un capítulo de Heidi.

Indudablemente, las cosas han cambiado mucho, sin embargo, pareciera que el mundo se empeña en generar nuevas cosas que nos chocan y que al leer las noticias en los periódicos, llenas de asesinatos, atrocidades, injusticias, discriminación, fraudes,  intolerancia, nos llevan siempre a pensar en que vivimos en el mismo lugar que en su tiempo aquella película solo para mayores de 21 años calificó como un perro mundo.

 

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Esqueça

En el año 2000, por motivos de trabajo estuve un par de semanas en el estado brasileño de Río Grande del Sur, en donde está ubicada la reserva natural Pantanal del Mattogrosso, muy famosa en Nicaragua por haberse filmado ahí una telenovela que tuvo a la ciudadanía pegada al televisor por mucho tiempo.  Al final de la visita, una noche salí con unos amigos a un local en Porto Alegre, la capital del estado, en donde había música en vivo.

Esperaba que la actuación de los intérpretes en el estrado se centrara en la música que para mí era lo más representativo de ese país: Jobin, Moraes, Powell, Gilberto, entre otros, sin embargo, el programa giraba en torno a la música popular, incluyendo los éxitos de Alexandre Pires y Só pra contrariar.  En cierto momento, le llegó al cantante en turno un papelito de parte de alguien de la audiencia y después de hablar rápidamente con el resto del grupo, se arrancaron con una canción.  Al inicio, por la introducción no logré identificarla, como casi todas las que ahí se cantaban, sin embargo, el cantante inició:  Esqueça, si ele ñao te ama, esqueça, si ele ñao te quer…

En ese momento se me vino a la mente una canción que por más de treinta años, por alguna razón se había quedado olvidada en algún lugar de mi memoria.  Sería tal vez porque el título en español de la misma: Olvídalo, había sido como una orden hipnótica para archivarla en alguna carpeta que a su vez se escondería en alguna pista ignota de mi disco duro.  En 1967 habían llegado a Nicaragua algunos temas de Roberto Carlos pertenecientes al álbum Eu te darei o ceu, lanzado por el cantante en 1966, que por alguna razón estaban en portugués: Eu estou apaixonado por você, Esqueça y el tema con el mismo nombre del álbum.  Debió haber sido por motivos de comercialización o disponibilidad de tiempo, pues un par de años antes, ya había llegado la versión en español de Mi cacharrito y Rosa, Rosita, es más del citado álbum, el tema Namoradinha de um amigo meu, tenía una versión es español, que por cierto no se prestaba muy bien a la traducción.

Los temas tuvieron en Nicaragua una gran aceptación, pues tenían una melodía agradable y pegajosa, a pesar de que con la letra la mayoría se quedaba en ele olo chico zapote.  Algunos grupos nacionales se atrevieron a interpretarlas en portugués cometiendo una sarta de barrabasadas, como aquel que decía: pensó en José, en lugar de penso em você.  En esos éxitos se comenzó a observar los intermedios que hicieron famosos a los temas de Roberto Carlos, en donde un instrumento, en aquel caso, el órgano (Hammond), jugueteaba con la melodía.

El local en Porto Alegre se emocionó con la interpretación de Esqueça al punto que corearon las últimas estrofas al unísono y al final ofrecieron una gran ovación al cantante, quien agradeció de manera especial a la audiencia, aludiendo al gran cantante e ídolo brasileño Roberto Carlos.  En esa ocasión me dio la impresión que este tema, aún dentro de la extensa discografía del cantante, era una de las preferidas del público brasileño.  No estaba equivocado, pues en el espectáculo Elas cantam Roberto, realizado en mayo de 2009 en el Teatro Municipal de Sao Paulo, en ocasión de los 50 años de carrera artística de Roberto Carlos, con la participación de las principales cantantes de ese país, Daniela Mercury y Wanderlea, interpretaron a dúo Esqueça.

Lo más interesante del caso es que aunque la mayoría de los brasileños y los pocos nicaragüenses que recuerdan esa canción creen que el tema es de la autoría de Roberto Carlos, no es más que un cover que el brasileño realizó del tema que a inicios de 1964 lanzara el cantante de rock norteamericano Bobby Rydell.  Este intérprete no fue muy conocido en Latinoamérica, a pesar que sus principales temas se colocaron en las listas de preferencia de los Estados Unidos, como la canción que nos ocupa que tenía originalmente el título de Forget him.  Sus amigos de la infancia, Frankie Avalon y Fabian, con quienes tuvo un conjunto fueron más reconocidos por estos lugares.  Rydell interpretó la versión que años antes interpretara e hiciera famosa el gran Dean Martin del tema Quién será, del músico mexicano Pablo Beltrán Ruiz y que en inglés se conoció con el nombre de Sway, así como el tema Wild one y Volare.  Un año más tarde el grupo liderado por Gary Lewis, The Playboys, lanzaron una nueva versión de Forget him, con un toque más parecido a los grupos de la British invasion, pero cuya calidad no llegaba a los talones a la versión original y solo fue un relleno para el álbum This diamond ring.

Más interesante es el hecho de que el autor de Forget him es el gran músico inglés Tony Hatch, quien a veces navegaba con el seudónimo de Mark Anthony (nada que ver con el salsero).  Hatch es un renombrado músico y compositor conocido con el mote de El Bacharach inglés.  Dentro de su extensa producción tal vez algunos recordarán Look for a star (Buscando una estrella), que a finales de los años cincuenta interpretara el saxofonista Billy Vaughan y que era de las piezas preferidas por los concursantes en el recordado Programa Perfecto, que se trasmitía en la Estación X y era patrocinado por la Mercedes Benz.  Hatch, también compuso mucho del repertorio de la cantante inglesa Petula Clark, incluyendo el éxito del cual ella vendió más de tres millones de copias: Downtown.

Así pues es muy pertinente aquel viejo dicho: “Nadie sabe para quién trabaja”.  Aunque aquí también se aplica:  “Una de cal por otra de arena”, pues algo similar ocurre con el éxito original de Roberto y Erasmo Carlos, Sentado a la vera del camino, del cual la cantante italiana Ornella Vanoni, realizara un cover bajo el título de L´appuntamento, el cual alcanzó un gran éxito y recientemente fue incluido en la banda sonora de la película Ocean Twelve.  Es posible que en Italia una gran mayoría crea que este tema es original de la Vanoni compuesto por su esposo Gino Paoli, quien amorosamente le había compuesto Senza fine.

Así pues, vemos que en el mundo del espectáculo siempre hay omisiones ingratas y los verdaderos autores de algún tema, o el intérprete original, generalmente queda escondido en el olvido para una gran parte de la audiencia.  Sin embargo, ahora con la magia de Youtube, puede usted disfrutar de Esqueça, en las versiones de Roberto Carlos y Daniela Mercury y compararlas con Forget him de Bobby Rydell o de Gary Lewis y los Playboys.

 

 

 

 

 

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Pegados

Frecuentemente veo las ediciones en línea de los principales periódicos internacionales y en especial los de México y España.  Me parece muy interesante conocer la cotidianidad de otros lugares, ver las noticias del mundo desde otra perspectiva y más que nada disfrutar de un periodismo de altura.

El caso es que recientemente me encontré con algunos artículos en España con la reseña de una obra de teatro, del género musical, que está causando furor en ese país.  La obra cuyo nombre, Pegados, no provoca en primera instancia mayor suspicacia, se trata de un encuentro casual de una pareja que al calor de las hormonas, llegan a tener sexo en el baño de una cafetería. Un tanto prosaico, pero así va la historia.  La suerte no estuvo de su parte pues ocurre que se quedan literalmente pegados y al no poder desembarazarse de esa situación deben acudir a un hospital para que clínicamente arreglen el problema.  Resulta que la atención en el hospital no es inmediata, de tal forma que da tiempo para que en medio de sus tribulaciones puedan cantar y bailar y lo mejor de todo, conocerse.  Aparentemente el tema de la obra es tratado con la delicadeza que amerita, de tal forma que una situación tan difícil y que para algunos llegaría a ser grotesca, puede ser asimilada por la audiencia y aceptarla con el humorismo y frescura con que se desarrolla la puesta en escena.

Indudablemente las causas y consecuencias del entuerto se mencionan de manera tangencial y en medio de la chacota con que se aborda el asunto.  Me imagino que la situación parte de un principio que debe de pertenecer a la neumática, algo así como la fuerza inversa de una botella de champaña o bien a la mecánica newtoniana y por lo tanto la situación no es inverosímil.  Lo que resulta una exageración es el ánimo de los protagonistas para cantar y bailar en medio de su calvario y tal vez no sólo el ánimo, sino la capacidad gimnástica para hacerlo.  Sólo me imagino que podrían cantar La Hiedra y bailar un palo de mayo o una lambada, pero en fin, son artistas y pueden llegar a dominar cualquier situación escénica.

Para darle cierto marco de realismo a la historia, los autores o más bien los relacionistas públicos de la obra señalan que la misma se basa en un hecho real que fue consignado en uno que otro periódico español.

Lo insólito del asunto y que me ha motivado a escribir sobre este tema, es que en Nicaragua sucedió algo extrañamente similar a la historia del musical.  Fue a finales de los años setenta cuando la tranquilidad del Hospital Regional de Jinotepe fue interrumpida por susurros que fueron esparciéndonos a lo largo y ancho del nosocomio. Luego se observaron rostros con los ojos desorbitados, quijadas desencajadas, jesuses, risitas, cachetes ruborizados, escozores, en fin una amplia gama de reacciones a la noticia de que una pareja había sido llevada de emergencia porque se había quedado pegada mientras practicaban el acto sexual.  Para complicar el cuadro, la sala de operaciones estaba ocupada con una intervención que parecía iba para largo; no habían consultorios desocupados, así que ante las protestas y ruegos de la pareja, la misma fue dejada en una camilla en un corredor, cubierta tan solo con una delgada sábana.  Está por demás narrar los viajecitos emprendidos por gran parte del personal y uno que otro paciente curioso para ver de quién se trataba el caso, utilizando los pretextos más inverosímiles.

Mi padre que en esa época trabajaba en ese hospital conoció de cerca el caso, sin embargo, al ser requerido para atenderlo y conocer el nombre de los protagonistas, solicitó que le apartaran ese cáliz, pues resulta que la pareja era de San Marcos y más aún, la muchacha era hija de una amiga cercana de él.  Un tanto a regañadientes tuvo que dirigirse a auscultar a un paciente y pasar irremediablemente por donde estaba la infortunada pareja, tratando de no volver a verlos, sin embargo, el protagonista al reconocerlo, con la impasibilidad de alguien se encuentra la playa tomando el sol exclamó: -Ideay doctor.  La muchacha se arrebujó en el pedazo de sábana.  Mi padre no supo que contestar, pues un: -¿Cómo están? hubiera sido una obviedad y –¿Cómo va la cosa ahí?, una perogrullada. Así que se limitó a saludar con la mano y fingir que atendía una emergencia para pasar de largo.  Cabe aclarar que esto lo supe por terceras personas, pues mi padre tenía un enorme sentido de la confidencialidad y la discreción y a pesar de no ser sus pacientes, no quiso comentar nada al respecto.  Años más tarde, en una reunión familiar, al calor de los tragos salió el cuento a relucir y mi padre se limitó a sonreír.

Ignoro el procedimiento mediante el cual lograron volver las cosas a la normalidad, por lo menos en lo relativo a las partes, que al saber por qué ostentan un título nobiliario, pues sentimentalmente la pareja tomó cada quien su camino.  La muchacha, que en realidad no se consideraba de ningún modo como casquivana, ni siquiera ojo alegre, es más, creo que militó en las filas de las Hijas de María, al final, tuvo que emigrar fuera del país con su familia para nunca regresar.  El varón siguió con su vida normal, como si hubiera completado un episodio de Survivor.

En la obra musical, mientras cantan y bailan su infortunio, la pareja va conociéndose y al final parece que se enamoran y colorín colorado.  El éxito del musical ha sido tan sonoro, que en México ya compraron los derechos y la han estrenado en una versión un tanto más timorata, propia para el público de estas latitudes.  Colijo yo, sin haber visto la obra, que la peculiar situación no conduce a ninguna moraleja, pues este accidente, que es una verdadera serendipia, podría ocurrir aunque la relación se lleve a cabo en la cama king size de un palacio o en el lavatorio de un avión, si se realiza por dos desconocidos o por una pareja enamorada, por dos pecadores o por dos santos.  Es simplemente un capricho de la física.

No creo que ningún grupo de teatro nacional, por muy experimental que pretenda ser, se atrevería a montar esta obra en Nicaragua.  Como cantaba Alvaro Carrillo: Pasarán más de mil años, muchos más.  La gente tal vez lo resista en la vida real, buscando algún pretexto para observar a la infortunada pareja, pero verlo en escena y aplaudirlo, ya son otros cinco pesos.

Como decía Don Fabio: “…auténtico, ahí nos vemos Güicho.”

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Volver a verte

A inicios de 1964 mi hermana Oralya fue a visitar a los abuelos a México y como siempre era una tremenda emoción esperar el regreso de quien realizaba el viaje, pues la familia de allá se esmeraba en enviarnos abundantes regalos.  En aquella ocasión, además de todos los presentes recibidos, ella presentó un regalo especial.  Se trataba de un disco del tamaño Extended Play, de los medianos que traían cuatro canciones y se trataba de una artista que estaba empezando a causar furor en México.  Era una cantante española y su nombre era Rocío Dúrcal.  Para ese tiempo, en las radiodifusoras nicaragüenses todavía no sonaba ninguna de sus canciones.  El disco era parte de las canciones de la película “Rocío de la Mancha” que la artista había filmado en 1963 y que traía Que tengas suerte, Canta conmigo, Nubes de colores y otra que no recuerdo.   Rocío había filmado anteriormente en 1962 la película “Canción de Juventud”, la cual llegó a Nicaragua con bastante retraso, al igual que la canción más destacada de la cinta: Volver a verte.

Al inicio, escuchamos las canciones de aquel disco, para ser franco, sin demasiado entusiasmo y no fue sino hasta algunos meses después que llegó a las radiodifusoras locales la banda original de la película” La chica del trébol”, que fue poniendo en los primeros lugares de audición los éxitos:  Trébole, Los piropos de mi barrio, Hay tantos chicos y Mucho más, por cierto esta última era un cover del hit de Ricky Nelson Fools rush in.  Cierto tiempo después empezaron a presentarse las películas de Rocío.  La frescura y grácil figura de la española captó al instante las preferencias de los jóvenes de aquella época.  En esos años empezamos a asistir a fiestas danzantes en donde se fue haciendo una costumbre tocar los éxitos de Rocío, a pesar algunos no se prestaban mucho a ese efecto, imagínense a alguien en esos tiempos tratando de bailar Trébole.  Luego llegó el tema Tengo 17 años de la película del mismo nombre que rápidamente se colocó en los primeros lugares.

Sin embargo, fue cuando se presentó la película “Más bonita que ninguna”, filmada en 1965 que Rocío se apoderó de nuestros corazones.  En general, las películas españolas de esos tiempos, todavía bajo el manto del franquismo, eran unas completas gilipolleces, pero en esa cinta se presentó Rocío como nunca antes lo había hecho, un tanto más madura, derramando gracia, elegancia y una belleza sin igual, en especial cuando interpreta el tema que dio lugar al título de la película, con un dominio escénico sin igual, una coreografía insuperable y una estampa que definitivamente no nos dejaba lugar para dudar que difícilmente encontraríamos a una muchacha tan bonita como ella.

A partir de entonces Rocío Dúrcal llegó a arraigarse en nuestras vidas, como parte esencial de ellas, pues por mucho tiempo fue marcando cada una de nuestras etapas con sus temas que llegaron a producirse al por mayor.

A finales de 1967, el artista radial y empresario de espectáculos Richard Moore hizo los arreglos para que Rocío Durcal viniera a Nicaragua.  La gran noticia en Carazo fue que dentro de la gira programada para ella, estaba una presentación en el recién inaugurado Teatro La Salle en el Instituto Pedagógico de Diriamba.  Mi hermana Oralya me dijo que una amiga suya de apellido Obaldía de Jinotepe, tenía boletos para la función y como en aquellos tiempos una entrada a estos conciertos no llegaba a los 4 dólares, no como ahora que cualquier hijo de vecino pide un ojo de la cara, conseguimos un par de boletos y nos fuimos al concierto.  Tuvimos entonces la suerte de verla en vivo interpretar sus grandes éxitos.  Todo el teatro se emocionó y aplaudió al máximo sus interpretaciones, todavía no se estilaba hacerle el coro a ninguna de ellas y debo de admitir que disfruté mucho de esa velada, aunque francamente no miré el glamour que Rocío derramaba en su interpretación de Más bonita que ninguna de la película.

A pesar de que antes de llegar a Nicaragua ya había filmado “Acompáñame”, no fue sino hasta meses después de su presentación que disfrutamos del tema del mismo nombre, que por alguna razón de las disqueras, en la versión discográfica no la acompañaba Enrique Guzmán, sino un español con el timbre de Alberto Vázquez.  Desde luego el tema ocupó los primeros lugares en las listas de éxitos de las radiodifusoras, al igual que algunos meses después lo hizo con el tema Cartel de Publicidad, y luego Amor en el aire, de la película homónima con Palito Ortega.

Después vinieron unos años de vacío, cambio de sello discográfico y la unión de Rocío con el cantautor Antonio Morales “Junior”, quien tuvo mucho que ver en el regreso de la cantante con el álbum Una vez más en 1977, en donde destaca Sola y En algún lugar con un marcado sello de Junior.

En ese año precisamente se produce el encuentro entre Rocío y el cantautor mexicano Juan Gabriel y la cantante toma un nuevo rumbo en su carrera, lanzándose a bucear en las aguas de la canción ranchera, con gran suceso de tal suerte que prácticamente fue adoptada por los mexicanos.  De esta forma lazó los grandes éxitos de Juan Gabriel que en su voz adquieren una enorme dimensión.

En los años ochenta que estuve en México fui testigo de la forma en que Rocío Dúrcal se adueñó de gran parte de las listas de popularidad, no solo con los éxitos de Juan Gabriel sino que con las rancheras clásicas.

En 1981 Rocío retoma la balada y selecciona al compositor español Rafael Pérez Botija para integrar un álbum que también logra la cima de la popularidad con los recordados temas La gata bajo la lluvia, No sirvo para estar sin ti y La verdad de la verdad, entre otros.

En el año 1983, Rocío regresa con Rafael Pérez Botija quien produce el álbum, que para mi humilde criterio es el mejor de toda la carrera musical de Rocío, Entre tú y yo.  En este álbum están los grandes éxitos: Jamás te dejaré,  Tu foto en la pared, Amor no gracias, Fruta verde, Tú si que sabes amar y Por qué será. Estos dos últimos temas de la autoría y con la participación de del gran maestro Clare Fischer, el autor del clásico Morning.

En el resto de los ochenta Rocío sigue grabando canciones mexicanas, con Juan Gabriel y luego con Marco Antonio Solís “El Buki” y en los noventa graba temas de Joan Sebastian, del argentino Roberto Livi, de quien grabó Cómo han pasado los años.  Sigue produciendo álbumes de sus mejores canciones y antologías diversas y en los años dos mil continua su carrera en donde se destacan Entre tangos y mariachis producido por el renombrado director y arreglista Bebu Silvetti, así como el álbum Caramelito que lo produjera el colombiano Kike Santander y que fue nominado a un premio Grammy Latino en 2004.  Para esa época se le detectó un cáncer que la obligó a cancelar muchos compromisos e iniciar un largo camino que desembocó en su fallecimiento en el año 2006.

Después de tantos años en que Rocío y sus canciones fueron parte fundamental de la banda sonora de nuestras vidas y que siendo ligeramente mayor, iba marcando las diferentes etapas de nuestra existencia, su partida no dejó de impresionarme.  A la mayoría su muerte tal vez trajo a la mente esos temas que dejó como un himno de despedida: Amor eterno y Cuando dos almas, yo en cambio retomé una canción que en su momento no tuvo un gran significado para mí, pues en esa época el verbo extrañar no estaba prácticamente en mi vocabulario.  Fue a mediados de los sesenta cuando en una matinée de beneficencia miré “Canción de juventud”, en donde Rocío interpreta Volver a verte.   Ahora, que el verbo extrañar es una constante en mi vida, escucho ese tema y llego a comprender ese profundo sentimiento que envolvía la canción en su sencilla letra y de esta manera, la vuelvo a ver, con su vestido rojo, sus guantes blancos, su peinado embombado, el prendedor que remataba su discreto escote y su melodiosa voz que insistía: Más bonita que ninguna y yo que me siento vestido con un smoking y una copa de champán contemplando la escena y al divino tesoro que se fue para no volver.

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Pérez Prado for export

Mucho se ha discutido respecto a la paternidad del mambo y miles de artículos se han escrito sobre este tema y será muy difícil que algún día los musicólogos se pongan de acuerdo en este sentido.  Lo que no está a discusión es que el Rey del Mambo, fue y seguirá siendo Dámaso Pérez Prado.  Con una trayectoria artística de cerca de cinco décadas, este intérprete, director, arreglista y compositor de origen cubano y radicado posteriormente en México, dejó una huella indeleble en la música latinoamericana contemporánea.

Para abarcar todo el legado musical de Pérez Prado, el popular Car´e foca, como se le conocía en el ambiente artístico, se necesitarían libros completos, esfuerzo que ya ha sido realizado por diversos autores.  Lo que en este articulo quiero resaltar es la genialidad con que este singular artista logró dominar a las audiencias norteamericana, inicialmente y mundial posteriormente.  Es decir, la sensibilidad extrema de este artista para llegarle al gusto tan particular de esas audiencias en un determinado momento.

El gran músico cubano llegó a México en 1948 y en poco tiempo logró cautivar al público mexicano y por ende al latinoamericano que bebía de la misma fuente a través de la música tropical.  No obstante, a inicios de los años cincuenta circularon en el ambiente artístico mexicano dos leyendas urbanas que con el tiempo se han ido disolviendo.  La primera era que el popular Cantinflas había filmado una película sobre Jesucristo y que la Iglesia Católica había gestionado la prohibición de su proyección y la segunda era que Dámaso Pérez Prado se había atrevido a manejar una versión en mambo del Himno Nacional de esa nación lo que causó la ira dela Secretaríade Gobernación.  Lo que fue cierto es que en la década de los cincuenta, Pérez Prado se mudó a los Estados Unidos en donde logró alcanzar la fama que ningún artista latinoamericano había alcanzado antes.

Una de las situaciones que enfrentó en esa época el gran Car´e foca es que las regulaciones norteamericanas le obligaron a manejar en su orquesta a músicos registrados en la asociación de músicos de aquel país y lo único que le liberaron, por carecer de esa especialidad, fue a sus percusionistas cubanos.  Con esa restricción Dámaso comprende que el mercado norteamericano tiene particularidades que merecían un enfoque diferente y seleccionó un tema de origen francés para que fuera su punta de lanza en los Estados Unidos.  El tema se llamaba Cerisier Rose et Pommier Blanc, del músico catalán de origen italiano Louis Guglielmi, conocido también como Louiguy y que había compuesto la música de La vie en rose, que inmortalizara Edith Piaf.  Esta canción ya había sido arreglada en diversas versiones en Estados Unidos bajo el nombre de Cherry Pink (and Apple blossom White), una de ellas a cargo de la orquesta Jimmy Dorsey.  Con una gran sensibilidad artística Pérez Prado realizó un arreglo con un ligero sabor a cha-cha-cha, en donde una trompeta lleva la melodía principal y que realiza un efecto que pareciera un bostezo para luego retomar la melodía.  El trompetista que logró ese efecto fue el gran maestro de ese instrumento Billy Regis.  Para el tiempo en que Pérez Prado grabó esa versión de Sherry Pink, el magnate Howard Hughes estaba produciendo una película en donde combinaba la sensación de la fotografía submarina con la sensual actuación de Jane Russel, habiendo seleccionado el tema de Pérez Prado para que fuera el tema de la película que llevó el título de Underwater, con una escena al final en dondela Russel baila cadenciosamente la canción.

La popularidad de Cerezo Rosa, como se tradujo al español, creció vertiginosamente en los Estados Unidos y en poco tiempo logró colocarse en lugares destacados de los pop charts por 26 semanas consecutivas, de las cuales diez semanas correspondieron al primer lugar y tan sólo pudo ser destronada por el gran hit del rock and roll de Billy Haley: Rock around the clock.  Ningún artista latino había logrado semejante triunfo, además que la RCA le otorgó el disco de oro por las ventas de Sherry Pink.  Este logro le abrió las puertas a Pérez Prado quien viajó por toda la Unión Americana presentando su música y desde luego Sherry Pink.  Parece que el trompetista Billy Regis en determinada ocasión sintió celos de que todas las ovaciones se las llevaba Pérez Prado y se separó del grupo.  En ese momento se dio la gran coincidencia de que Car´e foca conoció a un trompetista de origen nicaragüense que se había radicado con cierto suceso en los Estados Unidos.  Su nombre era Jaime Calderón.  El trompetista pinolero logró interpretar a la perfección el solo de trompeta de Sherry Pink y así se convirtió en parte de la orquesta de Pérez Prado por varios años.

Jaime Isaac Calderón era oriundo de Niquinohomo, Departamento de Masaya, Nicaragua y de acuerdo a lo que me comenta Don Juan José Valerio de esa localidad, Jaime Isaac desde pequeño dio muestras de su talento musical, el cual heredó de su familia pues muchos de sus miembros también fueron destacados músicos.  Después de ser parte integrante de la banda de “chicheros” de Niquinohomo, se trasladó a Jinotepe, en donde formó parte de la legendaria orquesta Jazz Carazo y posteriormente junto con un grupo de artistas nicaragüenses se fue a los Estados Unidos, como decían antes, a rodar fortuna.  Me cuenta Don Juan José que estando todavía con Pérez Prado, Calderón se encontraba interpretando una melodía que requería demasiada energía, cuando cayó víctima de un accidente cerebral, lo cual minó su salud y a inicios de los años ochenta falleció de un infarto al miocardio.

El mejor homenaje a Jaime Isaac Calderón, se encuentra tal vez en un video (ahora en Youtube) en donde Dámaso Pérez Prado al anunciar que su orquesta interpretará el clásico Sherry Pink, hace la aclaración de que el solo de trompeta estará a cargo de Jaime Calderón.  Algo que Pérez Prado no hacía regularmente. En dicho video se observa la maestría de Calderón, cuya interpretación del solo de Sherry Pink no tiene nada que envidiarle a la de Billy Regis.

En 1958 Pérez Prado lanzó un nuevo hit al mercado internacional.  Se trataba de un mambo al que llamó Patricia y en el cual estudió profundamente el arreglo necesario para impactar al público internacional.  No se trataba de un mambo tradicional, sino que de una pieza con un ligero toque de mambo en donde el instrumento que llevaba la melodía era un órgano.  Pérez Prado, a pesar de que muy poco se resalta, era un excelente tecladista y para muestra un botón, pues la versión en piano de El Manicero a cargo de este artista es inigualable.  En esa época el órgano no se acostumbraba en la música popular, sin embargo, Pérez Prado logró un tema exquisito, con ritmo candente y que inmediatamente cautivó a todas las audiencias.  Con este tema, Pérez Prado también logro colocarse en el número uno de los hit parades de los Estados Unidos y posteriormente de Europa.  Aprovechando la fiebre que Patricia había causado en todo el mundo, Pérez Prado lanzo dos temas de gran trascendencia.  En 1958 realiza un arreglo de una canción napolitana de Giuseppe Fanciulli cuya letra había compuesto Nicola Salerno y que había ganado el primer lugar del IV Festival de la Canción Napolitana en 1956.  El título de la canción era Guaglione, que en el dialecto napolitano quiere decir “muchaho de la calle” o tal como se tradujo al español Chamaco.  Pérez Prado realizó un arreglo muy bien logrado, en donde nuevamente introduce el órgano para darle una combinación sin igual al conjunto de trompetas, con un sabroso ritmo con un toque ligero de mambo, al igual que Patricia.  Este tema tuvo una gran acogida, sin embargo, su mayor éxito lo logró en 1995, cuando la Cerveza Guiness utilizó el mambo para un comercial de su producto.   En 1959, Pérez Prado compuso el tema Why wait, orientado al mercado internacional, en donde cambió completamente la estructura musical utilizada anteriormente, dejando el ritmo a las cuerdas eléctricas, un poco al estilo que hiciera famoso a Bert Kaempfert, dándole mayor fuerza a la sección de trompetas, logrando un tema lleno de ritmo y sabor.  Esta canción se hizo popular en Nicaragua pues los publicistas de aquella época la utilizaron para un comercial de los Pollos Tip Top, que repetía: “Compre usted pollitos Tip-Top”.

A finales de 1959 se encontraban reunidos el gran cineasta italiano Federico Fellini y su compositor de cabecera Nino Rota, estructurando lo que sería el fondo musical de la cinta que cambiaría totalmente el estilo de Fellini: La dolce vita.  Al director le había entusiasmado el ritmo del mambo internacionalizado por Pérez Prado y le trasmitió la inquietud a Rota, que con su genio musical seleccionó dos temas de Car´e focaPatricia y Why wait, utilizando el primero para dos escenas clásicas del film, el encuentro de Marcelo Mastroianni con una chica que en un restaurante de playa insiste en disfrutar del tema mientras él quiere dar rienda suelta a su vocación de novelista y una segunda vez, durante el famoso strip tease  de Anouk Aimée.  Luego en forma magistral Nino Rota arregla un tema final de la película en donde combina el leit motiv de la banda sonora, con Why wait.   La banda sonora de La dolce vita se convirtió en un clásico y desde luego la fama de Pérez Prado se elevó todavía más y se dice que por mucho tiempo en los antros europeos, el tema favorito para los strip tease fue Patricia.

En los años setenta, el insigne director regresó a México en donde retomó a su audiencia latinoamericana y en donde permaneció hasta su muerte en 1989.  En el año 1982, caminando yo por la céntrica calle de Francisco I. Madero, en el centro de la Ciudad de México, tuve la suerte de encontrarme al legendario Dámaso Pérez Prado, vistiendo estrafalariamente, con unas botas de grandes tacones para aumentar su tamaño y caminando con cierta dificultad.  Era impresionante el respeto de todos los transeúntes que a su paso le saludaban: ¡Maestro! y él levantando apenas su mano les regresaba el saludo.

En este vertiginoso siglo XXI ya pocos individuos menores de cuarenta años conocen a Pérez Prado, salvo tal vez por el cover que recientemente realizó Lou Bega del Mambo No. 5, sin embargo, para los veteranos, musicólogos e investigadores es un tema obligado.  Los más acuciosos podrán hacer esa necesaria separación de su música, como el Mambo No. 5, el Mambo del Politécnico, Qué le pasa a Lupita, El mambo del taconazo, de temas como Cerezo Rosa, Guaglione, Patricia, Why wait y Mambo en sax, entre otros.

Para los que mantenemos siempre en la memoria a tan insigne músico, se nos ocurre que sería interesante que en la Nicaragua de hoy, de repente se escuchara en todo el territorio nacional aquel clásico pick up que Dámaso Pérez Prado utilizaba para provocar la entrada de su orquesta con todo el swing, cuando al gritar: “Dilo”, en su garganta se transformaba en un sonoro: ¡Aauughh!

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El trueno entre las hojas

Cuando llegué a Managua en 1967, el cine era todavía una de las principales distracciones de los capitalinos.  La televisión todavía no se generalizaba por el alto costo de los aparatos, sin embargo había salas de cine para todos los gustos y presupuestos, desde 50 centavos de córdoba en la gayola del Luciérnaga, el Trébol, el América o el Alameda hasta de 7 córdobas (un dólar) en el Margot, el González o el Salazar, con sus butacas acolchonadas de velour y el confort del aire acondicionado.  Después de las funciones, incluso las más tardías, se podía caminar por la vieja Managua hasta cualquier punto de la misma, sin el temor de ser asaltado.

Coincidió mi llegada a la capital con el enorme revuelo que causaba en todos los estratos de la población, especialmente la masculina, la presentación en todos los cines de la ciudad de las películas de Isaber Sarli “La Coca”, actriz argentina quien bajo la dirección de Armando Bó, participó en cerca de 28 películas en donde la constante era la voluptuosa desnudez de la actriz, de quien se llegó a sospechar si era nicaragüense por la insistencia en bañarse un par de veces en cada película.  Por todos los cines de Managua desfiló la mayoría de estas películas, en donde provocaron tremendos tumultos en las taquillas ante la gran demanda de parte de los capitalinos deseosos de admirar el sensual cuerpo de la argentina.  Muchos conciudadanos mayores de sesenta años, recordarán películas como La mujer del zapatero, Fuego, Carne, La mujer de mi padre, Sabaleros, La insaciable, entre otras, en donde Armando Bó se quebraba la cabeza tratando de explotar cada veta de la voluptuosidad dela Sarli, dentro de los límites que le permitía la censura de aquella época, que a golpe y porrazo dejaba abierta una rendija cada vez mayor en la pesada puerta.

Cuando en cierto momento dejaron de llegar películas nuevas de la Sarli, los distribuidores locales consiguieron la primera película de esta actriz y la exhibieron como un estreno, lo cual era cierto pues en Nicaragua nunca se había presentado.  La película era El trueno entre las hojas, filmada en 1956, poco tiempo después que Isabel Sarli, Miss Argentina, hubiera participado en el concurso de Miss Universo llegando a finalista.  Se cuenta que Isabel Sarli fue engañada para poder realizar el primer desnudo frontal del cine argentino que aparece en esa cinta, al asegurarle Armando Bó, después de darle un mecatazo de whisky, que la escena del desnudo se filmaría en un plano en el que ella se miraría lejana, cuando en realidad utilizó una lente que acercó la escena.

Cuando presentaron la citada película, fui a hacer fila al Cine Ruiz, una sala bastante decente y que costaba 1.50 córdobas, ubicada en el barrio Los Angeles, cerca de la cervecería.  El cine estaba de bote en bote, con un público en su mayoría varones y unas escasas parejas, pues señoras solas ni pensarlo.   Había una efervescencia que se sentía en el ambiente pues todo el mundo esperaba con cierto nerviosismo el inicio de la película.  Debo aclarar que mi presencia en esa película era con fines exclusivamente investigativos pues en ese momento estaba realizando un trabajo en la facultad de economía sobre la elasticidad de la demanda y los gustos y preferencias de los consumidores y se me hizo pertinente ampliar mi investigación con mi observación de esa función.

Cuando inició la proyección se escuchó un murmullo que parecía ir en crescendo y daba la impresión de que la lujuria flotaba sobre toda la sala, mezclada con el humo de los cigarrillos encendidos en la sala, resaltando la brillantez del blanco y negro de la cinta.

Un arpa y su acompañamiento interpretando una guarania, música folclórica paraguaya, dio entrada a los títulos de la cinta, que iniciaban con una cita que dejó patitiesos a los espectadores: “El trueno cae y se queda entre las hojas. Los animales comen las hojas y se ponen violentos. Los hombres comen los animales y se ponen violentos. La tierra se come a los hombres y empieza a rugir como el trueno”. (De una leyenda aborigen).  Al no ser nada relacionado con el erotismo que se esperaba, los espectadores empezaron a murmurar, mientras el arpa seguía conduciéndolos por los caminos de la tristeza y ambientando la cinta en una hacienda en mitad de la selva.

La frustración del público fue mayor al empezar a desarrollarse el argumento del film, mismo que giraba en torno a la explotación de los trabajadores de la hacienda, en su mayoría indígenas, de parte de un gringo que la administraba de manera férrea y que con la mayor naturalidad del mundo le metía un balazo a quien se atrevía a protestar.  Después de un rato, aparece Isabel Sarli haciendo el papel de la mujer del gringo quien llega a la hacienda provocando un verdadero revuelo.  En primer lugar porque monta a caballo a horcajadas, como hombre, cosa que hasta hace unas décadas estaba totalmente fuera de lugar para una mujer, quien debía montar al estilo de la Reina Isabel, es decir, de ladeque.  En segundo lugar por la insistente insinuación de la fémina quien en un arranque de impudicia se desnuda y realiza el famoso baño en el estanque, con el primer desnudo total que se vio de parte de una latinoamericana, ante la mirada entre atónita y de lascivia de un campisto, acompañado por los 427 espectadores, como precisaría El Firuliche.  La escena vino a calmar la ansiedad del público que en su mayoría empezaba a sentir un nudo en la garganta ante las escenas de las condiciones infrahumanas de los trabajadores.  El desenlace del film llega hasta el desarrollo de una revuelta de parte de los trabajadores que al final ajustician al gringo.

Cuando apareció el letrero de “Fin” en la pantalla, el público se quedó anonadado y el desalojo de la sala tomó más tiempo que el normal, pues la gente parecía que buscaba ánimos para levantarse de la butaca y encontrar la salida.  Ya en la calle se escuchaban reproches en voz baja y aquella actitud que prevalecía a la salida de las otras cintas de la Sarli no se miraba por ningún lado.  Generalmente se observaba a los asiduos espectadores de las películas de La Coca, salir con una mirada de fauno  e incluso la suave brisa que lanzaba el Xolotlán sobre su novia, parecía que provocaba repelos en su humanidad.  En esta ocasión, daba la impresión que los espectadores venían de una vela y sus rostros largos se abrigaban en la oscura noche.

Y es que Armando Bó escogió el relato “El trueno entre las hojas” del renombrado escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, quien también realizó la adaptación y el guión para la película, habiendo realizado cambios significativos respecto a su relato original a fin de adaptarse a los recursos disponibles y a la explotación de la figura de la Sarli a solicitud de Bó.  No obstante, la película mantuvo su crudeza y carácter testimonial que prevalece en el cuento de Roa Bastos.  Para la música de la película consiguió a los grandes músicos, también paraguayos, Eladio Martínez y Emigdio Ayala Báez, este último autor de la formidable canción Mi dicha lejana que constituyó el tema principal de la película y que le imprimió ese toque de profunda tristeza al ser interpretada de manera instrumental y resaltando un arpa.  El citado tema constituye en la actualidad una de las guaranias más representativas del Paraguay y ha sido interpretada por Los Panchos, Leo Marini y la Sonora Matancera, Neil Sedaka, Ramona Galarza, Los Paraguayos, Genaro Salinas, Paul Mauriat, Bibian Rojas, Marcos de Brix, Antonio Rubens, Jorge Cafrune, Lorenzo Pérez, entre otros.

Al inicio la película no fue recibida con el beneplácito de la crítica, pues fue superada por la agria actitud de la censura de una timorata e hipócrita sociedad, sin embargo, con el tiempo, el film es considerado como una joya por su carácter de drama social y algunos críticos la han etiquetado como representante del cine contestatario, término que en aquel tiempo tan solo hubiese traído a la mente algún título como: La tuya o Aquella vieja.

En los años siguientes con la aparición del cine picaresco italiano y sus desnudos al por mayor, con un nuevo modelo para la belleza femenina en donde predominaba la esbeltez, Isabel Sarli poco a poco fue esfumándose de la mente de los capitalinos.  Armando Bó falleció en 1981 y es recordado más que nada por el género erótico-popular que cultivó con la Sarli, quien después de algunos intentos de regresar al cine, se resignó a vivir tranquilamente su tercera edad.   Se le miró públicamente hace un par de años en un festival de cine en Guadalajara, México.  A pesar de la imagen que adquirió después de todas sus películas, Isabel Sarli admite que en toda su vida sólo tuvo un amor: Armando Bó.

En lo particular, debo de reconocer que al final de cuentas la película en cuestión no me ayudó en mi investigación, sin embargo, por mucho tiempo acudía a mí aquella sensación de profunda tristeza y desazón que me provocaba el recuerdo de aquellas escenas de la densa selva de donde parecía que en cualquier momento iba a brotar un trueno, mientras que el arpa gemía: Mi dicha lejana.

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Los bailongos de Miranda

Cuando iniciaba mis estudios universitarios en el vetusto edificio dela Facultadde Economía, en las inmediaciones del Palacio de Comunicaciones de la vieja Managua, había un estudiante de esos que les dicen “fósiles” por llevar un tiempo exagerado cursando la carrera.  Al combinar muchos estudiantes sus estudios con un trabajo de tiempo completo, era muy común encontrar repitentes para quienes la carrera se hacía maratónica.   Jorge, nunca supe su apellido, vivía en el occidente de la capital, en el barrio Cristo del Rosario y trabajaba en una oficina cerca del edificio de F. y C. Reyes, porla Avenida Roosevelt.  Se observaba que era mayor que el resto de los estudiantes que promediaban los veinte años, pues fácilmente superaba la treintena.   Podía vérsele llevando clases de todos los años,sin embargo,parecía un tanto abstraído y no se miraba que tuviera un grupo de amigos definido.  Me imagino que los compañeros con quienes ingresó ya se habían graduado y saltar de una materia a otra, no le permitía llevar una relación sostenida con ningún grupo, así que generalmente en los recesos se le miraba un tanto solitario.

En cierta ocasión en que se organizó una fiesta dela Facultad, me animé a asistir y fui con unos amigos al Club Managua.  Fue amenizada por el “Negro Jairo” una de las orquestas más afamadas en los sesenta en Managua.  Cuando había dado inicio la fiesta y la orquesta se lucía con sus mejores interpretaciones, ingresó al salón Jorge, vestido formalmente.  Nos extrañamos, pues no nos imaginamos que fuera asiduo a ese tipo de eventos.  Al momento en que la orquesta se arrancó con un cha-cha-cha, Jorge sacó a bailar a una muchacha de cuarto año y para sorpresa de todo el auditorio, hizo una verdadera gala de la pieza, manejando unos pasos de fantasía, de esos que sólo se miran en las películas, moviéndose de manera etérea, como si fuera un Fred Astaire en el escenario.  Total que el fósil aquel no paró de bailar en toda la noche, mambo, merengue, cumbia y bolero.

Después de la fiesta, todos regresamos a la rutina de la facultad, sin embargo, la popularidad de Jorge se había incrementado significativamente y se le miraba socializar más con el resto de estudiantes.  En cierta ocasión estaba yo esperando el inicio de una clase, sentado en unas sillas de fibras plásticas que estaban en un extremo del patio de la facultad, cuando llegó Jorge y se sentó a mi lado.  Nos saludamos y no resistí la curiosidad de preguntarle dónde había aprendido a bailar.  Sonriendo me respondió: -En los bailongos de Miranda.  Al observar que me había quedado en ele-olo, me preguntó: -¿No conociste Los Balcanes?  Le respondí que no y me dijo – Si no conociste Los Balcanes no has conocido Managua, mucho menos sabés de bailongos.  Desde esa vez, en cada ocasión en que me lo encontraba me iba contando en retazos sus experiencias en el famoso bailongo de Miranda.

Sería tal vez en los años dela SegundaGuerraMundial que un vecino del barrio Cristo del Rosario, Don Luis Miranda, inició un negocio en su casa.  Comenzó vendiendo refrescos y luego se convirtió en una especie de cafetería.  En cierta ocasión se le ocurrió poner música y de repente la gente comenzó a bailar, entonces Don Luis empezó a cobrar por cada pieza que tocaba en su equipo de sonido y de ahí vino la idea de organizar eventos para todos los aficionados al baile.  Generalmente se realizaban estos bailongos los días domingos de siete a doce de la noche.  Don Luis cobraba una cuota de entrada, más el consumo al interior del recinto.  Hay que anotar que en aquellos tiempos no existía una burocracia que exigiera un sinnúmero de requisitos para abrir un nuevo giro, cambiarlo o para agregarle diferentes giros a una misma actividad económica.

Parece que Don Luis era muy estudioso de la historia, al igual que muchos de los conciudadanos de esa época y el nombre de Los Balcanes sonaba mucho por las conflagraciones a las que se vio sometida esa región desde el inicio del siglo XX, por lo que bautizó su negocio con ese nombre que llegó a convertirse en un punto de referencia en la vieja Managua.

En un inicio el entusiasmo por los bailongos de Miranda fue tan grande que se convirtió en un imán para todos los aficionados al baile del rumbo, sin embargo, también empezó a atraer de personas de dudosa reputación.  De vez en cuando se miraba llegar a ciertos “chivos” reconocidos, acompañados de mujeres que por su vestimenta se adivinaba que se dedicaban a actividades non sanctas.  Don Luis intuyó que a pesar de que su negocio se abarrotaba, sus vecinos, en especial las muchachas terminarían retirándose, por lo que tuvo que dar un giro de timón drástico.  Transformó el local en una especie de club social obrero, con junta directiva y todo, reservándose Don Luis el derecho de admisión.  Asimismo, trató de manera infructuosa de borrarle el nombre de Los Balcanes a su negocio.

Cuando el negocio prosperó, su propietario empezó a llevar música en vivo y a pesar de que elevó el precio de ingreso a cinco córdobas a los caballeros, pues las damas entraban de cortesía, el local se llenaba.  En la puerta del negocio, el propio Don Luis se aseguraba que todo el mundo llegara propiamente vestido.  Los caballeros que no alcanzaban a llevar su levita dominguera, por lo menos su arreglo debería ser lo suficientemente formal.  Las damas debían presentar el mínimo decoro que dictaban los cánones de la época.

Los bailongos de Miranda llegaron a tener el acompañamiento de las orquestas de categoría de esos tiempos, como por ejemplo Los satélites del ritmo, con su célebre cha-cha-cha: Yo no le creo a Gagarían, cuando todavía la integraba el célebre Rafael Gastón Pérez.  También llegó a amenizar los bailongos la orquesta de don Julio Max Blanco, así como la recordada Shampoo Musical.  Se cuenta que también se presentó con gran éxito la no menos célebre agrupación caraceña La Jazz Carazo.

Con la categoría de club social obrero, el local inició la tradición de nombrar una reina, la cual se elegía en los mismos bailongos y de esa manera, las jóvenes del sector occidental de la capital se disputaron por muchos años el título.   Se recuerda que en cierto momento Don Luis nombró locutor oficial de esos eventos al que luego se convertiría en una leyenda del Estadio Nacional, Ramiro Solórzano “Fonguito”.

Cabe destacar que en los bailongos de Miranda desfilaron todos los grandes aficionados al baile de la vieja Managua de mediados del siglo XX, habiéndose convertido en una verdadera escuela, pues cada quien iba llevando los pasos y fantasías que por su parte iba aprendiendo ya fuera en el cine o en otros salones.   Una de las figuras más populares fue sin duda alguna el recordado Lisímaco Chávez Cerda, originario de Diriamba pero Managua por adopción, quien era aficionado a las películas de Tin Tan y de sus trajes pachucos, de tal manera que se presentaba a los bailongos con traje completo de pachuco y a veces un sombrero medio matizón.  Le gustaba mucho realizar pasos de fantasía.  Recuerdo que cuando en Carazo formó años más tarde su conjunto Los Licy´s Boys, siempre en el intermedio realizaba un playback con la guitarra eléctrica (quien en realidad interpretaba era Enoc Jerez), realizando una coreografía que dejaba a los asistentes con la boca abierta.

Cerca de 1964 falleció Don Luis Miranda, llevándose con él a sus concurridos bailongos.  Ya para esa época la actividad nocturna de la capital tendía a aglutinarse al propio centro de la ciudad y una serie de clubs comenzaron a operar en ese sector.  No obstante, los asiduos concurrentes a los eventos de Miranda a quienes se les llegó a conocer como “miranderos” siempre que en una fiesta se presentaba la ocasión sacaban a relucir sus magníficos dotes en la danza, tal era el caso de Jorge.

En aquellas pláticas esporádicas en los intermedios de clase en la facultad, Jorge me comentaba sobre algunos conceptos básicos de los ritmos tropicales que más adelante me llegaron a servir.  Luego, cuando la facultad se trasladó al Recinto Universitario Rubén Darío en Jocote Dulce, Jorge desapareció del mapa, sería que le salía muy extraviado viajar diario hasta allá o se cansó de la maratónica carrera, así que no lo volví a ver.

El año pasado, en algunos pocos cines de la capital exhibieron de manera un tanto clandestina una película tico-brasileña llamada El último comandante, en donde el gran actor mexicano Damián Alcázar encarna a un guerrillero nicaragüense que abandona la revolución y desaparece para llegar a Costa Rica en donde se dedica a su verdadera pasión: el cha-cha-chá, convirtiéndose en profesor de este ritmo.   Tal vez Alcázar no se acerque mucho a la figura de un ex guerrillero nicaragüense, pero al igual, Antony Queen, mexicano, encarnó a Zorba El Griego.  Cuando miré esa película y al personaje de Alcázar, inmediatamente se me vino a la mente la figura de Jorge y aquella pasión que le ponía al baile, así como su pausada forma de hablar sobre cada ritmo.  Si tan sólo le hubiese puesto un poco de aquella pasión al estudio del postkeynesiano y al monetarismo, a lo mejor hubiese culminado su carrera.

Hace un par de semanas circulaba yo por la calle que atraviesa la antigua Colonia Mántica, absorbida casi en su totalidad por el Hospital Saludo Integral cuando de repente cruzó la calle un hombre ya mayor, con la cabeza completamente blanca, sin embargo, cuando volteó hacia el tráfico que avanzaba, me pareció reconocer aquella chispa que tenía la mirada de Jorge y por el enérgico y rítmico paso de su caminar a pesar de los setenta y pico de años que podría tener, juraría que se trataba de él.  Recordé entonces aquellas amenas pláticas en la Facultad de Economía y de ese momento me vino la idea de escribir estas lineas.

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