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El diminutivo cabalga de nuevo

Velázquez: Príncipe_Baltasar Carlos

 

A finales de 2007 escribí en este mismo blog un artículo titulado: “El nicaragüense y el diminutivo”, en el cual señalaba esa tendencia de los paisanos de utilizar el diminutivo de manera exagerada.  Recientemente me ha venido a la mente este asunto, en consideración a un caso que ha ocupado los titulares noticiosos en los últimos años.  Se trata del sonado juicio por estafa en contra de tres ciudadanos que invitaron a diferentes personas a invertir dinero en una empresa financiera que ofrecía una tasa de interés bastante atractiva.  El intríngulis del caso no es materia del presente escrito, más bien, me refiero a un asunto, aparentemente intrascendente, pero que refleja ciertas aristas que vale la pena considerar.

Generalmente estos affaires son bautizados con nombres contundentes, como sería el nombre de la empresa financiera de la quimera, los apellidos de los avezados financieros que organizaron el negocio o el lugar en donde se llevaron a cabo las negociaciones, verbigracia: el caso Noos u operación Babel, el caso Enron, el caso Madoff, o para no ir más lejos el caso Agave Azul.  No obstante, el que nos ocupa fue bautizado con un nombre muy particular:  El caso de la monjitas.

Le han llamado de esta manera, debido a que unas de las primeras víctimas, o si usted quiere, clientes captadas por los financieros, fueron unas religiosas.  Es muy importante aclarar que estas profesas tienen una estatura regular, es decir, muy por encima de Kylie Minogue o Christina Ricci, por lo tanto, en ese aspecto, el diminutivo no cabe.

Por otra parte, no se trata de monjas de clausura, contemplativas o descalzas, para que su condición de sacrificio perenne y proveedor constante de la gracia del Altísimo, motive al ciudadano común a endosarles el diminutivo, como un gesto de conmiseración.

Las religiosas del caso tienen como misión la educación, a través de la formación integral de sus alumnos, favoreciendo el desarrollo de las dimensiones humanas, el crecimiento en la fe, la libertad responsable y el servicio, mediante espacios reflexivos, críticos y científicos que los capaciten para enfrentar los retos que la sociedad les presenta.  Para este efecto, cuentan con un colegio de gran trayectoria y enorme prestigio en nuestro país.

De esta forma, el diminutivo se presentó en este caso, como una estrategia mediática de parte de los abogados de la orden y que fue sostenida por el hecho de que fueron estas religiosas quienes se atrevieron en ser las primeras en denunciar el hecho ante las instancias judiciales. No obstante, el problema que a este nivel se les presentó fue cuantificar el monto del batazo, es decir, del dinero que de buena fe, ellas entregaron a los financieros.  Para ser congruentes con el uso del diminutivo que había sido la punta de lanza de la estrategia de sus abogados, tendrían que haber manejado ante los medios que se trataba de unos “bollitos” o “centavitos” que la orden había apartado para algunas obritas sociales.  Sin embargo, el nicaragüense, además de ser afecto al diminutivo, cuando se trata del prójimo es perspicaz en extremo.  Así pues, para no meterse en Honduras, se manejó inicialmente como una “fuerte” suma de dinero.

De pronto se filtró que “fuerte” era con ganas, pues no es lo mismo la fuerza de El Chocolatito en su categoría que la de La Roca, pues se trataba de una suma cercana a los 500,000 dólares de los Estados Unidos, es decir, 14.25 millones de córdobas.  Para ubicar al lector, un trabajador que gana el mínimo necesitaría laborar 260 años para alcanzar esa cifra, es decir, más de tres veces y media su expectativa de vida.  Reflauta diría Condorito.

Ya comenzaba a formarse un torbellino en torno a lo fuerte de la suma de dinero, cuando, tal como afirmaba Virgilio: Audentis Fortuna iuvat (La Fortuna favorece a los valientes) y en el momento más oportuno, uno a uno fueron saliendo otros “favorecidos“ del affaire, quienes de manera velada le solicitaron “raid” a las monjitas para hacer un frente común en contra de los financieros.  Las otras víctimas tenían en común que habían traspasado el umbral de la tercera edad, muchos de ellos profesionales retirados y algunos especialistas en administración y finanzas.  Para subirse al carro, tal vez hubiese sido prudente, que se cobijaran bajo el mismo paraguas del diminutivo y aparecer como los viejitos, los roquitos o algo parecido, sin embargo, como decía Carol King: It was too late.  Ya no era pertinente, así que a nivel mediático lo único que les quedó era manejar el hecho de que se trataba de los ahorritos de toda su vida.   Esto significaba que tenían que haber sacrificado mucho, como los traguitos con los amigos, los viajecitos por toda la bolita del mundo, la camionetita 4×4 y una que otra casita.

El proceso entero se llevó casi tres años desde el ilícito y al final, antes del desenlace, el cerebro del grupo financiero entregó por interpósita persona a las monjitas, una suma arriba de los 526 mil dólares, por lo que las religiosas graciosamente hicieron mutis por el foro, bellas como la princesa de Margarita, pues ya tenían el prendedor, dejando colgados de la brocha al resto de demandantes, que no tuvieron espacio para plantear: “a todos o a nadie”.

Al final del cuento, los tres ciudadanos acusados fueron declarados culpables de estafa agravada, crimen organizado y ofrecimiento fraudulento de efectos de crédito.  De los tres solo dos estuvieron presentes en el juicio pues uno de ellos, tempranamente se juzgó a sí mismo y se declaró inocente y en las propias narices de sus guardianes puso pies en polvorosa y quién sabe cómo, cruzó la frontera y nadie sabe por dónde anda.  Así pues dos de ellos purgan condena en la cárcel, pero eso sí, bendecidos por su gesto de la devolución.  El resto de los afectados se quedaron oliendo el dedo, pues no se pudo rastrear el dinero y no hay esperanzas de que puedan algún día recuperarlo.

Así pues, es importante saber que el diminutivo bien empleado puede ser en extremo beneficioso, sin embargo hay que saber hacerlo, en especial estar conscientes que la palabra ingenuo no tiene diminutivo.

 

 

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Una bella pastorcita

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La ilusión de un niño no tiene límites, sus sueños son tan ricos y coloridos como un cuento de las Mil y una noches.  En aquellos tiempos, cuando la inocencia se adosaba a las mentes infantiles, estos sueños alcanzaban su punto más alto cuando se acercaba la Navidad.  La ilusión de que el Niño Dios cumpliera todos nuestros deseos, sólo se miraba limitada por la condicionante del comportamiento durante el año, pues al no conocer el rasero que emplearía el tierno infante, siempre quedaba la duda de si un extremo rigor castigaría nuestras ambiciones.  En nuestra imaginación no cabía la posibilidad de que el niño Jesús tuviera un presupuesto y ciertas restricciones.

Los niños de aquel entonces no pensábamos en cena navideña pues el veinticuatro de diciembre nos íbamos a la cama temprano, con el corazón en suspenso al pensar que al despertar encontraríamos el tesoro que el Niño Dios habría traído especialmente para nosotros.  A media noche, un tremendo ruido nos despertaba; cohetes y una música que se colaba hasta nuestra habitación.  Esa música trasmitía una alegría inconmensurable y provenía del “Pase”, una procesión que desbordaba júbilo y que llevaba a la Sagrada Familia, con la participación de una muchedumbre que caminaba animadamente al compás de los Sones de Pascua que interpretaba una banda filarmónica.  Aquellos Sones se convertían en el soundtrak de una película de fantasía en donde corríamos hasta al árbol de Navidad y encontrábamos nuestros regalos, a veces muy cerca de lo que esperábamos, a veces más cerca de lo que al Niño Dios le venía de inspiración.

Fue una verdadera suerte haber tenido en la niñez aquel fondo musical, tan nicaragüense, tan nuestro, que nos acompañó en los momentos maravillosos, de esperar al Niño Dios, de abrir regalos, de mirar asombrados el Pase y la figura infaltable en los mismos: la banda filarmónica de los Ramírez de Masatepe.

Por alguna razón, tal vez la cercanía de Masatepe, los Ramírez se habían amarchantado con el pueblo, de tal forma que su presencia llegó a ser sostenida y de la misma forma que nos hacían saltar de júbilo en las fiestas patronales con los sones de toros, nos llevaban al recogimiento y dolor con las marchas fúnebres de Semana Santa y de nuevo a la dicha inmensa de los Sones de Pascua en Navidad.  Interpretaban magistralmente todos los Sones, muchos de ellos tienen como referencia sólo un número, a excepción quizás de La Vieja.  Mi abuela, originaria de Masaya los conocía casi todos y se alegraba al extremo al escucharlos, pues con orgullo decía que había conocido a don Pablo Vega y Raudez, autor de muchos de ellos, así como a su hijo Alejandro Vega Matus, también célebre compositor.  Habría también que anotar que algunos Sones de Pascua fueron compuestos por los mismos Ramírez.

Otro elemento importante de aquellos tiempos eran los villancicos, mismos que no deben confundirse con los Sones de Pascua, pues los primeros son composiciones para canto, muchas veces en verso, con alusiones directas a la Navidad.  Estos se cantaban principalmente en los rezos del Niño Dios, que por invitación se celebraban en las casas de las devotas y que al igual que en las Purísimas, finalizaban con un brindis a los asistentes, en su mayoría algo de beber o de comer.  Recuerdo que a mi abuela le encantaba: Una bella pastorcita, caminando va con frío y como bella rosita, va cubierta de rocío.  Sin embargo, el más famoso y por algunos preferido es el que compuso el mismo autor del Himno Nacional de Nicaragua, Salomón Ibarra Mayorga, llamado Ese cabellito rubio, aunque no se quedan atrás A las doce de la noche, Venid pastorcitos, Adiós dulce niño.

Por muchos años, fueron casi exclusivamente estos Sones de Pascua y Villancicos, quienes alegraron nuestras navidades.  Luego cuando ingresé al Pedagógico de Diriamba, cantábamos una versión de Jingle Bells que el Hermano Agustín “Tincito” le había puesto letra en español haciendo referencia al I.P.D.

Los villancicos foráneos los empecé a conocer cuando a mediados de los años sesenta participé en una Pastorela que se organizó en San Marcos.  Cuando se hizo cargo de la parroquia el padre Estanislao García, ahora párroco de San Jerónimo y próximo a cumplir sus 100 años, el pueblo vivió una época farandulera, pues el Padre García organizaba desde veladas espectaculares al estilo de Sábado Gigante, procesiones con imágenes vivas y un año se decidió a montar una Pastorela con todas las de ley.  Participó en ella toda la juventud del pueblo, pues con un espíritu que envidiaría el propio Cecil B. de Mille, el Padre García realizó un casting seleccionando a todos los personajes, lo más parecido a lo que su mente dictaba para ellos.

Yo alcancé a formar parte del enorme contingente de pastores y ahí aprendí Los pastores a Belén,  célebre villancico que entonábamos los pastores y las zagalas.  La Pastorela fue un éxito completo, el Teatro Julia estaba al reventar y el elenco se lució con una actuación digna de un film de Dino de Laurentis.  Destacó la escena en donde los peregrinos piden posada y el dueño de la misma, interpretado por el célebre cantautor Manuelito Romero los manda a la calle, mientras él, con una mirada libidinosa, continuaba deleitándose con la danza de los siete velos interpretada por Ena García.  No se quedó atrás la interpretación de Marcos Bodán en el papel de San José, a quien caracterizó muy bien, aunque de casto no tenía nada.

Cuando el Padre García fue transferido llegaron en su lugar dos padres canadienses, Pierre Pelletier y Mario Rioux y se acabó la farándula, sin embargo su primera navidad en el pueblo coincidió con la inauguración de un enorme órgano eléctrico que en vida, mi tío Emilio Ortega Corea había iniciado la colecta para su compra.  Esa navidad llegó al pueblo como invitado un cura canadiense, virtuoso músico, quien se lució arrancándole al órgano los más bellos villancicos internacionales: Noche de Paz, Blanca Navidad, El niño del tambor, Arbol de Paz, La primera navidad y varios más.

Años más tarde, cuando mis padres participaban en el movimiento de los Cursillos de Cristiandad, se empezó a escuchar en el pueblo otros villancicos españoles, aunque el que más entusiasmaba al colectivo, en especial a Juan Carlos Alfaro y a Fernando Talavera (Que de Dios gocen) era Los peces en el río y en especial el estribillo de “beben y beben y vuelven a beber”.

Luego mi padre compró para una navidad un disco de Bert Kaempfert, que era uno de sus intérpretes favoritos, llamado Christmas in Wonderland, con magníficas interpretaciones de los villancicos clásicos y desde entonces cada navidad se tocaba en nuestra casa.

En 1969 el cantante de origen argentino, Luis Aguilé grabó un tema que años más tarde, sin ser un villancico, se convertiría en algo indispensable en todas las navidades: Ven a mi casa esta navidad.  La canción cobró una enorme relevancia después del terremoto de 1972, pues fue la primera experiencia que se vivió con una clara comprensión de lo que significa la solidaridad hacia los que han perdido algo valioso, situación que se refrendó en la década de los ochenta con la enorme cantidad de personas que se fueron al exilio.

Dicen que de todo hay en la viña del Señor.  Algunas personas detestan esta época e incluso llegan a deprimirse.  Yo por mi parte, disfruto al máximo estas fiestas, sin embargo, es indispensable que tengan de fondo algún villancico o Sones de Pascua.  Puedo prescindir del licor e incluso de las delicias de la cena, sin embargo, no puedo dejar de escuchar esta música, que sirvió de fondo a momentos mágicos e inolvidables que me traen de regreso la sonrisa de mi padre, el cariño inmenso de mi madre y aquellos rostros de mis hermanos, jubilosos, angelicales cuando corrían hacia el árbol de navidad y descubrían sus regalos.

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El nicaragüense y el diminutivo

 

 

Una de las tendencias más fuertes del nicaragüense es la de utilizar de manera exagerada el diminutivo.  No puede haber una plática entre nicaragüenses sin que aflore de manera abundante y natural el uso del diminutivo.  Las razones de este hecho son diversas y muchas se pierden en el tiempo.  Por una parte, nuestras raíces indígenas están íntimamente ligadas al náhuatl, que es un idioma rico en diminutivos.  Andalucía por su parte, de donde vino nuestra mayor influencia española, también tiene un especial afecto por los diminutivos. 

A continuación les presentaré algunos apuntes sobre el uso del diminutivo en Nicaragua, más allá de la utilización para denotar tamaño o un simple afecto; sin ningún ánimo de incursionar el difícil terreno de la ingeniería lingüística. 

Si en Nicaragua se pretende realizar el retrato hablado de una persona; esta manera de expresarse causará indudablemente un tremendo dolor de cabeza al interlocutor, a menos que éste comprenda a fondo, la connotación exacta de cada una de estas derivacionesAnte la pregunta: ¿Señora, cómo era el sujeto que acompañaba a la ahora occisa? no es remoto escuchar: -Era un muchacho bajito, pelito negro, de bigotito, de anteojitos; era de ciertos recursos pues andaba su relojito y su anillito. Un profano preguntaría, -¿bajito como de cinco pies?- No, más bien como de cinco pies sies pulgadas-  Ah, bueno, bajo a secas entonces-  Pues, sí-  El pelo escaso, ¿Verdad?,  No, pues regular.  –Ah- El bigote entonces ¿sería como el de Hitler o el de Cantinflas? Pues, más bien algo así como el de Maduro, el del pajarito-  Recórcholis Señora- Los anteojos ¿serían como los del jefe de Lorenzo Parachoques?, -No, más bien como los que usa el Cardenal.  –Comprendo-  ¿El reloj sería como reloj de mujer? No, sería como reloj de cronista deportivo; de esos que necesitan radiador-  Ah, vaya, mejor ni hablemos del anillo pues podríamos meternos en Honduras. 

En ciertos casos, el diminutivo se utiliza para demostrar respeto.  Por ejemplo para el nicaragüense se escucha muy fuerte decir: una monja, por lo que regularmente utiliza monjita.  No importa que la susodicha esté arañando las doscientas cuarenta libras, seguirá siendo monjita.   

En ciertas profesiones, el diminutivo podría denotar el carácter bisoño del titular, por ejemplo es común escuchar el doctorcito, cuando se trata de un médico recién egresado o la maestrita, cuando es tan joven que todavía no se hace acreedora del titulo entero.  En algunos casos, de acuerdo al contexto e incluso a la entonación, el diminutivo se utiliza en forma despectiva para indicar la falta de respeto que genera la figura de algún profesional, en este caso el doctorcito sería el doctor que a pesar de su experiencia no logra dar en el clavo respecto a una enfermedad. 

El término más utilizado para denominar a los miembros de la respetable comunidad gay es “cochón”.  Dicen algunos estudiosos que el término nació cuando un francés radicado en Granada, al sorprender a una pareja practicando su preferencia sexual, exclamó, no se sabe si por repulsión o por celos: ¡Cochon!, (en francés: cochino, marrano) y desde entonces ese es el vocablo más utilizado al respecto.  Sin embargo, cuando el sujeto en cuestión es bien parecido, amable, servicial o bien que trabaja para una amiga o es pariente de algún conocido, el diminutivo viene a marcar una diferencia pues se convierte en el “cochoncito”.  Esto viene a promover un tanto su aceptación natural en una comunidad homófoba, afortunadamente en vías de extinción. 

En Nicaragua, como en todo el mundo, hijo de puta es el mayor insulto posible, sin embargo, muchas veces, hijueputa puede denotar el carácter malandrín de una persona, cuando es en grado extremo llega a ser un “hijueputa bien hecho”.  Pero cuando el sujeto es hijo de alguna pariente o amiga,  para no llegar a poner en tela de duda la honorabilidad de la madre, el diminutivo viene a auxiliar la situación, transformándolo en “hijueputilla”, en donde el sujeto sin dejar de ser un desgraciado, aísla de su condición la honra de su madre.  Pendejito por su parte lleva más bien una dosis de ironía. 

Cuando un hombre tiene una relación íntima de carácter no formal con una fémina, se dice que tiene una mujer, una amante.  Sin embargo, cuando esta relación no constituye ningún peligro para la esposa del referido casanova, para denotar cierta permisividad se recurre al diminutivo y entonces resulta que el fulano tiene una mujercita.  No se trata de una chaparrita, ni mucho menos, sino de una relación un tanto tolerada por la esposa y especialmente por su círculo social.   

El diminutivo también denota conmiseración.  A pesar de que las ONG se han empeñado en reformar las denominaciones para ciertas capacidades diferentes, es muy común escuchar: el cieguito, el mudito, el renquito, el mancunchito, el ñajito.  Lo anterior también abarca a aquellas personas que comúnmente son explotadas o que dado su carácter voluntarioso todo un colectivo lo utiliza para sus mandados.  Así vemos que en toda oficina hay un Miguelito, Chemita, Pedrito, que siempre está presto a complacer los caprichos del resto de los empleados. 

También para disimular alguna cantidad que no se quiere dar a conocer a fin de no provocar envidia, se recurre al diminutivo.  -Es que he ahorrado algunos bollitos-, me gané unos centavitos- o simplemente -me van a dar un dinerito-.  De esta forma se cierra el paso a futuras averiguaciones cuantitativas y/o un posible sablazo. 

Las fórmulas de solicitud o cortesía también obligan al diminutivo.  El invidente que se acerca a la señora le dice: -una limosnita por el amor de Dios.  -Vine a ver si me hacía un favorcito-, ¿me regala un vasito de agua? ¿No quiere un bocadito? O bien -Con permisito. 

Con el gerundio también es socorrido el diminutivo, pues es muy común escuchar:  -Jugandito, jugandito te me robaste el radio-, como para matizar la acusación o bien, -Dejá de estar jodiendito-, para suavizar el verbo. La derivación también es muy útil para fortalecer la expresión, por ejemplo –rapidito- ahorita- ahí nomasito- hace poquito- al ratito. 

La derivación también se utiliza para minimizar el impacto de situaciones íntimas o embarazosas: -voy a echar una meadita- andaban echando un polvito- al pobre del susto se le salió un pedito-, el short del viejito era tan corto que se le miraban los güevitos-. 

Me despido con un hasta pronto, pues el diminutivo en las despedidas es una manifestación propia del sexo femenino.  Si en Nicaragua un varón se despide con un: adiosito o chausito, es muy probable que algún bellaco le grite: Ay, amor!!!

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