El bueno, el malo y el feo

Llega un momento en nuestras vidas en que cincuenta años, es decir, medio siglo, deja de ser una cifra astronómica y se nos hace algo manejable, incluso acariciable.  Total, como decía Gardel, no es nada.  Es esa etapa cuando ya peinamos canas y algunos disconformes L´Oreal, Wella o Mejicana; cuando la caja más grande que tenemos no es la fuerte, sino la de las medicinas y cuando es un verdadero reto para la memoria recordar el horario en que hay que tomarlas o peor aún, recordar que hay que tomarlas.

Así pues, a estas alturas del partido se nos viene haciendo costumbre cada año retroceder cincuenta años el calendario y nos estrujamos la mente para desempolvar los recuerdos de aquella época.  En estos meses, le ha tocado el turno al año 1968.  Cómo no recordar aquel año que inició con un terrible susto.  Vivía yo en ese entonces, tal como lo consigné en un artículo anterior, Roconolas lejanas, en la casa de mi tía Leticia, en el sector del Mercado Oriental, en la calle de El Trebol, justamente junto a la Toña Nariz, una famosa casa de citas para ser finos, de cierta categoría y frente a los bares Tía Ana y Los Caracoles, todos ellos lugares non sanctos que muchos habrán conocido y de cuyos nombres muchos no querrán acordarse.  Pues bien, en la madrugada del 4 de enero me despertó un sismo que estremeció el cuarto donde dormía, por así decirlo, plácidamente.  Toda la estructura se cimbró, el suelo trepidó y un tremendo ruido hizo que me incorporara, al mismo tiempo que algunas tejas de barro del techo se rompían y uno de los trozos me cayó justamente en la cabeza, abriéndome una pequeña herida.  Me puse rápidamente la ropa y junto a mi tía salimos a la calle, en donde ya toda la gente llenaba el ambiente con gritos, llantos y oraciones.  Las muchachas de donde la Toña, sin ningún pudor salieron en baby doll, con un rostro que reflejaba un temor mayor que al de la penicilina.  El sismo no fue tan fuerte, apenas 4.8 grados y con epicentro en la Colonia Centroamérica, algo retirada de donde estábamos.  Sin embargo, años más tarde me di cuenta que debajo de  mi cuarto había un sumidero y que en el terremoto de 1972 se había tragado buena parte de aquella casa, llevándose al otro barrio a la familia que ahí vivía.

En ese año ingresé al segundo año de la carrera de economía y comenzó para mí el horario nocturno, complementado con una hora de clases a las siete de la mañana.  Además del propósito de echarle producto de gallina a las clases que empezaban a ponerse más difíciles, también me propuse bajar de peso, aprovechando que tenía que hacer dos viajes desde el Oriental hasta la Facultad cerca de La Prensa, unas veinticinco cuadras a pincel.  Comencé a conocer cada palmo de aquella ruta cotidiana, haciéndome asiduo de las farmacias que tenían básculas y que por un córdoba ofrecían el peso y la suerte y que fueron testigos de las setenta libras que logré bajar a lo largo de aquel año, vaticinándome además las más extravagantes predicciones para mi vida.  En algunas ocasiones, más por curiosidad que por otra cosa, daba algunos paseos en la  recién inaugurada ruta 11, llamada Policlínicas, pues conectaba a los dos centros de atención médica del INSS en el oriente y occidente de la capital y contaba con autobuses nuevos Bluebird, azul y blanco por cierto y del nuevo modelo chato.

Ese año mis aficiones se ampliaron.  Además de la música, que absorbía a través de un radio portátil Philips y de las roconolas de la Toña Nariz y bares aledaños, estaba el cine, aprovechando que estaba rodeado de salas que por un córdoba podía mirar una película estrenada un par de meses antes en los grandes teatros.  Muy cerca tenía el Ruiz,  el Luciérnaga y el recién inaugurado México, un poco más lejos el Tropical y el Darío y a media hora de camellada, el América, el Boer y el Alameda.  Debo de admitir que nunca me atreví a ingresar ni al Apolo, ni al Pálace ni al Fénix.  A estas aficiones agregue algo nuevo para mí: el ejercicio.  Además de las largas caminatas a la Facultad o al cine, que procuraba cubrirlas a todo vapor, me conseguí un costal que llené de arena y colgué de un árbol del patio y a la menor oportunidad empezaba a emular al Ratón Mojica piporreando sin piedad el costal aquel, con más arrestos que técnica.

No obstante, si tuviera que resaltar un acontecimiento de aquel año, me decidiría sin duda alguna por el estreno en Managua de la película El bueno, el malo y el feo.  Anteriormente habíamos visto, con mucha sorpresa, las dos primeras películas de lo que luego se conocería como la trilogía de los dólares, aunque en otros países se conoció como la trilogía del hombre sin nombre y que curiosamente no era precisamente una saga, pues el único elemento que tenían en común era un tipo sin nombre, mal arreglado y que fue interpretado por una figura desconocida completamente: Clint Eastwood, bajo la dirección de alguien también desconocido para nosotros, el italiano Sergio Leone.  De hecho, El bueno, el malo y el feo había sido rodada en 1966, se había estrenado en Italia en diciembre de ese año y un año después en los Estados Unidos, así que a nosotros nos tocó hasta fines de 1968.

Las dos primeras películas de aquella trilogía vinieron a arrancar de nuestras mentes aquella imagen que teníamos del género western, conocido por nosotros como películas de vaqueros.  El porte hasta cierto tipo elegante de los protagonistas como John Wayne, Gary Cooper, Randolph Scott, Allan Ladd, James Steward o Gregory Peck, contrastaba con el de  un individuo desaliñado, con cara de no haberse bañado, con un poncho, un sombrero de mejores ayeres y un puro chilcagre en la boca.  Otro aspecto relevante fue la violencia explícita en este nuevo género y que se alejaba de los estándares de Hollywood un tanto más apegados a la realidad y en cierta medida reprimida por la censura.  En este nuevo estilo de western, los protagonistas tenían una puntería de excelencia, una inusitada velocidad de tiro y armas con capacidad ilimitada de cartuchos.

El impacto de esta película fue tremendo en la población y superó con creces el tan esperado estreno de Solo se vive dos veces, de la saga de James Bond.  Sin embargo, es importante señalar que un elemento que ayudó de manera significativa en el éxito que alcanzó esta cinta fue la banda sonora.  El trabajo de Enio Morricone, condiscípulo y amigo de la niñez de Sergio Leone, fue fundamental para hacer de esta película algo inolvidable.  Se le había solicitado a Morricone que en el tema principal tratara de imitar el llanto o gemido de una hiena y de ahí salió el famoso tema, tan pegajoso que por mucho tiempo el prohombre y el  villano lo silbaban a los cuatro vientos a lo largo de la ciudad.  Podría decirse que superó al clásico tema de los westerns, The magnificent seven (Siete hombres y un destino), de Elmer Berstein y que perduró en el tiempo gracias al arreglo que hizo Henry Mancini para la campaña publicitaria de los cigarrillos Marlboro.

La salida del cine, después de aquella función fue algo épico.  El cine Luciérnaga lleno a reventar, tanto la preferencia de a dos córdobas como la gayola de a uno.  La gente se levantó de sus asientos como con cautela, imitando a la escena final cuando el bueno, el malo y el feo se van colocando en el sitio conveniente para el duelo final. Sin despegar la vista de quienes los rodeaban, todos los espectadores, tratando de proyectar la serenidad del rubio y quienes fumaban su Valencia dejándoselo en la boca imaginándose un chilcagre, fueron abandonando la sala caminando de manera peligrosa.  Uno que otro ya se había aprendido la tonada del tema y la silbaba.  En sus miradas se reflejaba la satisfacción de haber invertido de manera óptima el precio de la entrada.  Más de alguno pudo haber gritado: Un caballo, un caballo, ¡mi reino por un caballo!

Después de esa película, el género western no sería el mismo.  A pesar del remoquete de spaguetti adosado en forma despectiva a lo que quisieron manejar como un sub género, Sergio Leone, le dio un giro significativo a lo que parecía ser un monopolio de Hollywood, a quien obligó a repensarlo y la muestra la vimos unos años más tarde con el estreno de The wild bunch (La pandilla salvaje) de Sam Peckinpah.

En lo particular, debo confesar, sin tratar de invadir en lo más mínimo los terrenos del ojo crítico de Ampié, que me impresionó más la película de Sergio Leone que Solo se vive dos veces, de James Bond, aunque guardando la distancia entre géneros, me gustó un poco más el tema musical de esta última, interpretado por Nancy Sinatra, en especial las dos primeras líneas que rezan:  “Usted solo vive dos veces, o al menos así parece, una vida para usted y una para sus sueños”.

En mi caso, aquel año lo viví más para mis sueños.  Logré mejorar mi rendimiento académico en la Facultad de Economía.  Por otra parte, llegué a perder cerca de setenta libras al mismo tiempo que me iba enamorando de cada calle de aquella esplendorosa ciudad.  También fui al cine muchas más veces de que lo que había asistido en toda mi vida.  Me di el lujo de caminar desde el cine México a la calle de El Trebol, después de la tanda de ocho de la noche.  Tuve la oportunidad de conocer al revés y al derecho todo el hit parade local, aunque para mi pesar conocí a los Rockets no en la Tortuga Morada, sino a través del radio.  No obstante, al finalizar aquel año, tuve que decirle adiós a la vieja facultad, pues al año siguiente estrenaríamos el Recinto Universitario “Rubén Darío” en Jocote Dulce y al trasladarse mi familia a Managua, dejé el sector del Oriental y me fui a vivir al lado occidental de la capital, en el famoso Callejón de Alí Babá.

En cincuenta años, ya ha llovido mucho y definitivamente vivimos en otro mundo.  Aquella Managua de ensoñación fue borrada del mapa en 1972, con todo y sus cines y roconolas.  Sergio Leone, Lee van Cleef y Eli Walach, duermen ya el sueño de los justos, mientras que Clint Eastwood y Enio Morricone todavía resaltan en la escena mundial, el primero como un exitoso director y el segundo como un legendario compositor y conductor. En el sector del Oriental no me atrevo a transitar ni siquiera de día.  El Recinto Universitario “Rubén Darío” se asemeja más al Berlin oriental de la guerra fría que al campus que proclamaba la autonomía y la libertad.  El cine, más que de asistir a una sala es de Netflix o Cuevana y el mundo de la música se ha ampliado significativamente con YouTube y se puede manejar cómodamente desde un celular, es más se puede encontrar una nueva versión del tema de aquella película a cargo de The Danish Natioanal Sinphony Orchestra,  que es una de las mejores.

Me pongo a pensar en estos dorados tiempos, si se tratara de hacer una nueva versión de El bueno, el malo y el feo y lo único en  que puedo tener la certeza es en que una buena versión tendría que estar dirigida por Tarantino.  Para definir los actores, tal vez primero habría que repensar en los personajes.  A estas alturas del partido, bueno, malo y feo, tal vez no bastarían para darle un toque de realidad.  Sin duda alguna habría que cambiar hacia El bueno, el feo y el cínico.  Creo firmemente que estos tiempos de la posverdad, resalta el cinismo, como una obscenidad descarada y una manifestación de lo más ruin y deplorable del género humano.  De esta manera, en la nueva versión, el cínico mataría al bueno y antes de eliminar al feo, lo torturaría para que asuma la culpa y además de declararse autor de las muertes que ocurren en toda la película, finalizando la misma cuando el cínico va a la vela de los otros dos.
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4 comentarios

Archivado bajo cine, cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “El bueno, el malo y el feo

  1. Inolvidable música, es lo que más tengo grabado. Bonitas recordaciones. Saludos.

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  2. Jorge Manuel Bojorge

    Hola don Orlando,

    Disfruté cada palabra del escrito.

    Empecé a disfrutar de su narrativa gracias a Edwin Salvatore, vecino mí­o, quien la compartí­a en un suplemento de la Junta Directiva de nuestro vecindario.

    Muchas gracias Saludos fraternos

    Jorge Bojorge

    Enviado desde mi iPad

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  3. Excelente artículo como siempre, un fuerte abrazo.

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  4. ¡Me transporte al cine Julia! ¡Impresionante relato y tu inigualable estilo!

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