El amigo Sergio

 

Mis últimas visitas al pueblo han sido, casi de manera invariable, para acompañar a un amigo en su duelo o más triste aún, para decir el último adiós a un amigo.  En esta ocasión llegué a San Marcos atravesando un infame camino en reparación, en medio de una espesa neblina y una lluvia pertinaz que a ratos amenazaba con arreciar.  Si se hubiera tratado de una fiesta o cualquier otro tipo de evento, sin pensarlo dos veces hubiese hecho a un lado el viaje.  Pero en esta ocasión se trataba de despedir a Sergio, era pues, un deber ineludible.

Al ingresar al  templo, vuelve a mí esa sensación de vacío, al contemplar un ataúd al frente, en donde yace una persona con quien compartí tantos momentos en la infancia y la adolescencia.  La voz, un tanto estridente y casi ininteligible del oficiante, hace que me abstraiga del oficio y me transporte en el tiempo, hacia aquellos años dorados, cuando el pueblo tenía un sabor especial o sería tal vez el aroma que le daba la inocencia de la niñez.  Aunque tal vez no lo crean, en aquella época yo era extremadamente delgado.  La comida no era algo que me llamara la atención, a excepción tal vez de las golosinas.  Toda la familia al unísono me insistía que debía de comer, a fin de abandonar aquella extrema delgadez.  Un día, un tío me dijo –Deberías de aprender del hijo de Justo, que se come un nacatamal entero.

Así pues, mi apreciación inicial de Sergio, estaba relacionada con aquella proeza.  En realidad era robusto, sin entrar en exageraciones y claramente se observaba que era muy afecto a la comida.  Recuerdo muy bien que con mis hermanos fuimos invitados a su primera comunión.  En el patio de su casa, de calicanto, acomodaron las mesas y quién sabe con qué criterio distribuyeron a la nutrida afluencia de invitados, el caso es que mi abuela, quien era nuestra acompañante oficial para ese tipo de eventos, quedó en una mesa con mis hermanos Oralia y Oswaldo, así como varios invitados más y en una foto que se logró rescatar posteriormente, quedó plasmada aquella mesa.  Me imagino que yo estaba con otros invitados del pueblo en otra mesa, que por alguna razón no alcanzó foto.

Si mal no recuerdo, Sergio ingresó al Pedagógico de Diriamba a tercer grado de primaria, en donde yo  estaba desde primero.  Viajábamos juntos en una camioneta GMC que hacía un recorrido de San Marcos a Diriamba y compartimos pupitre en el aula con el Hermano Agustín.  Una de las cosas que más me llamaba la atención de Sergio es que todos lo conocíamos con ese nombre, sin embargo, sus cuadernos decían José Samuel Zepeda Soto.  Le pregunté al respecto y me comentó que una tía suya había dicho que su sobrino debía llamarse Sergio y al no haberle hecho caso, ella continuó llamándolo así, de tal manera que con el tiempo todos lo llamaban así.  En el pueblo, tan afecto a los apodos, le endosaron uno: Cacaseno.  Me imagino que algún letrado leyó el libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, personajes de la edad media y que en alguna ilustración el último tendría un parecido con Sergio, quien nunca se inmutó cuando lo llamaban de esa manera, pues siempre estuvo acostumbrado a manejar varios nombres, incluyendo Zepeda, pues los hijos de La Salle acostumbraban llamarnos por el apellido.

En aquellos años, Sergio sufría con la lectura, debido a que tenía problemas con la pronunciación de las palabras.  Los maestros del colegio y a veces todos los demás pensaban en que Sergio no le ponía voluntad a pronunciar bien, hasta que cierto día me comentó que lo había examinado un médico y descubrió que debajo de la lengua tenía una especie de frenillo que no permitía la movilidad de la lengua y por lo tanto provocaba que no pronunciara bien las palabras.  Después de una sencilla operación, Sergio comenzó a hablar de manera normal.

En quinto grado abandoné el Pedagógico pero Sergio continuó ahí.  Llegué a la Escuela de Varones de San Marcos donde me encontré con Pablo Vargas y Arturo Pérez.  En sexto grado ingresé el flamante Instituto Juan XXIII en donde continué con Arturo, quedando Pablo en la Escuela de Varones.  Para primer año de secundaria, parece que los padres de familia reflexionaron sobre la calidad de la educación que se necesitaba en la secundaria, de tal manera que Pablo, Arturo y yo nos encontramos en el Pedagógico de Diriamba en donde parecía esperarnos Sergio.

Los cuatro sanmarqueños de primer año hicimos un grupo compacto que nos reuníamos en el receso de medio día con el resto de paisanos y en muchas ocasiones nos juntábamos en el pueblo para estudiar.  Generalmente nos reuníamos en la casa de Sergio en donde nos recibía cariñosamente doña Chon, la mamá de Sergio.  Recuerdo que en cierta ocasión estábamos trabados con un problema de física cuando pasó de casualidad Toño Ortega, vecino de Sergio y al comentarle lo del problema, en un dos por tres lo resolvió y nos explicó a detalle el procedimiento.  Para nuestra suerte ese problema salió en el examen.

Para tercer año, Pablo abandonó el grupo pues ingresó a la Academia Militar y quedamos solo los tres.  Creo que íbamos en cuarto año cuando a Sergio le regaló su papá una camioneta Taunus.  Eran pocos los compañeros en todo el colegio que tenían vehículo.  De vez en cuando la llevaba al colegio y de ahí armábamos viajes.  En cierta ocasión nos llevó a El Dulce Nombre, en donde su papá tenía una finca.  Aquella camioneta la conocíamos como La Ternera, pues en el Auto Reparación,  taller de su tío Luis Soto, le habían traveseado el claxon y emitía una especie de mugido.  Una vez fuimos de paseo a Masatepe y al regreso, al pasar por un antro que quedaba a orillas de la carretera nos pidió que estuviéramos atentos, sonó el claxon y al instante un grupo de muchachas salieron disparadas hacia la carretera a decirle adiós.

Por aquellos días yo andaba aprendiendo a manejar, lo hacía a ratos, dependiendo de la disponibilidad de tiempo de mi papá y cierta vez que viajábamos de Diriamba a San Marcos, saliendo de Jinotepe me preguntó que cuando comenzaría a manejar, le dije que en esas andaba pero que no tenía muchas oportunidades de practicar.  No había terminado de comentarle cuando detuvo la camioneta, se bajó, me dijo que tomara la camioneta y que la llevara hasta San Marcos.  Me quedé sorprendido, pues nunca hubiera esperado ese desprendimiento, sin embargo, así era Sergio en todo, siempre solidario, nunca dejaba morir a nadie.  Tomaba muy en serio la amistad.

En ese tiempo, se intensificaron las fiestas, tertulias, bailes y demás y siempre nos encontrábamos el grupo.  Ninguno tuvo un afecto exagerado por el licor, a diferencia de otros amigos y lo que envidiábamos era la suerte de Sergio con las muchachas, en especial como recién dijo un paisano, una que lo hacía bailar en una uña.

En quinto año solo seguimos Arturo y yo, pues Sergio dejó alguna materia y tuvo que repetir el cuarto año, pero siempre seguíamos haciendo el mismo grupo.

Cuando ingresé a la universidad, poco a poco dejé de ver a los compañeros de la escuela y era eventualmente que me los encontraba en alguna fiesta o en el cine.  Luego me trasladé a Managua en forma definitiva y de ahí salí a México en donde permanecí casi 16 años.  Al regresar, a mediados de los noventa, me avisaron que para unas fiestas de abril, Arturo Pérez estaba organizando la famosa cena que el pueblo le dedicaba al párroco y aprovechando que andaba por San Marcos el Padre Pedro Pelletier, lo invitó y bautizó el evento como La cena del Recuerdo.    Ahí, después de más de veinte años, volví a encontrar a Sergio y Arturo, pues Pablo había fallecido a finales de los setenta.

Sergio me presentó a su familia y descubrí que aquel amigo de carácter jovial y bullanguero, se había convertido en un hombre de familia, un tanto más serio y me alegré por él.

Tiempo después, en esos viajes eventuales que hacía a San Marcos pasé a saludar a la Maestra Ofelita Ortega, a quien le guardo un aprecio especial y le dije que pasaría enfrente a saludar a Sergio y me comentó que no estaba, pues andaba en Managua, en una sesión de hemodiálisis que debía cubrir tres veces por semana.  Me dolió saber que Sergio atravesaba aquel martirio.

Cuando me avisaron de su fallecimiento, a la par de ese sentimiento de extremo pesar, al saber que mis compañeros y amigos me habían dejado solo, sentí cierto alivio al saber que iba a descansar de la tortura que significa el seguir un tratamiento de hemodiálisis.

Al momento del responso final, cuando el oficiante comenzó a repartir agua bendita a diestra y siniestra, mi mente regresó de nuevo al oficio.  Miré como llega ese momento crucial en que el féretro sale lentamente del templo, para encaminarse a su marcha final.  De pronto, un redoble de tambores lo acompañó en el último trecho.  Cuando llegó al atrio, una banda filarmónica comenzó a interpretar el tema Amigo de Roberto Carlos.  En realidad sin temor a equivocarme si le pidieran a los sanmarqueños una palabra para definir a Sergio sería obviamente esa: Amigo, el más cierto en horas inciertas.

Creo que los sanmarqueños de corazón lo van a recordar siempre, por su espíritu tan jovial, su risa contagiosa, sus manifestaciones de solidaridad, por su fidelidad a la palabra amigo.  Para mí en lo particular, cada vez que necesito ejercer ese desprendimiento, esa voluntad para dar un voto de confianza, recuerdo a Sergio cuando me puso al volante de su camioneta y dándome una palmada en el hombro me dijo: Dale viaje.

Descansa en paz, querido amigo.

 

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5 comentarios

Archivado bajo Familia, Nicaragüense

5 Respuestas a “El amigo Sergio

  1. LEOPOOLDO.

    MUCHAS GRACIAS ORLANDO, UN ABRAZO.

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  2. Que descanse en paz tu amigo. Es doloroso ver partir a los grandes amigos. Mis condolencias para vos. Saludos.

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  3. Un amigo...

    ‘No hay mayor placer que el de encontrar un viejo amigo, salvo el de hacer uno nuevo.”
    – Rudyard Kipling (1865-1936) Novelista británico.

    “Tener un amigo no es cosa de la que pueda ufanarse todo el mundo.”
    – Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) Escritor francés.

    “Deben buscarse los amigos como los buenos libros. No está la felicidad en que sean muchos ni muy curiosos; sino pocos, buenos y bien conocidos.”
    – Mateo Alemán (1547-1613) Novelista español.

    Cuando era joven, mi padre solía decir que se consideraba afortunado porque podía contar el número de buenos amigos en una mano y todavía le quedaban algunos dedos. En otras palabras, intentaba decirme que los buenos amigos son pocos, y que aún así deberíamos considerarnos afortunados de tener tantos.

    Al igual que mi padre, he llegado a ese punto en mi vida en que también me considero afortunado de haber tenido algunos buenos amigos, aunque a medida que pasa el tiempo, tengo menos de ellos para contar en mi mano.

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  4. Luis Manuel Silva González

    Muy buen comentario o más bien un homenaje a Sergio quien fue portador de uno de los valores más grandes de la humanidad “LA AMISTAD”. Un gran abrazo a toda su familia. Saludos Orlando.

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  5. Que difíciles son las despedidas ya que generalmente son tristes, pero que dichosos que pudieron compartir un sentimiento tan sublime como lo es la amistad, vaya para él un réquiem y para ti, un fuerte abrazo a la distancia.

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