La penitencia

CUENTO PARA LA SEMANA SANTA

ORLANDO ORTEGA REYES

La cruz no pesa, lo que cala

son los filos, cariño santo

Tomás Méndez

 

Era el domingo de ramos de 1962 en el pueblo de San Isidoro, un pequeño poblado enclavado en la sierra y que en los últimos cien años se había mantenido del cultivo del café.  Como muchos otros poblados, le hacía honor a su tamaño, pues era un infierno grande.  Precisamente, en la semana anterior, el Padre Julián, quien había sido el pastor de aquel rebaño por muchos años, fue transferido al otro extremo del país, debido a una serie de eventos desafortunados, en donde el carácter viperino de la lengua algunos ciudadanos (aquí vale agregar “y ciudadanas”) lo habían puesto en una posición bastante comprometedora, asunto que llegó a oídos de la Curia, motivo por el cual fue llamado a una audiencia en donde se decidió su inmediata sustitución.

Así pues en aquel domingo de ramos, además de celebrarse el inicio de la semana mayor, con la emblemática bendición de las palmas, el pueblo recibiría a su nuevo párroco: el padre Ramón.  Habían avisado del arzobispado que llegaría de la capital e iniciaría su apostolado precisamente presidiendo la procesión de aquella festividad.  El pueblo entero, ante aquella noticia, se había volcado al patio de don Josué, un enorme predio ubicado a la salida del pueblo, en donde tradicionalmente se subía a una imagen de Jesús que tenía articulaciones, de tal manera que podían sentarla, pararla y adaptarla para poder subirla al lomo de una burra.  El animal en cuestión era prestado por don Bernabé, un ciudadano un tanto irreverente, que según algunas tapas finas del pueblo, los días anteriores le agregaba al alimento algunas hierbas que llenaban de gases al animal, de tal manera que era parte de la tradición escuchar las flatulencias de la burra, lanzadas en estacato de manera oportuna en los momentos de silencio de los chicheros.

Minutos antes de las siete de la mañana, hora prevista para la salida de la procesión, entró al pueblo de manera solemne un enorme Buick negro.  Del vehículo descendieron dos individuos vestidos de sotana negra y se acercaron a la muchedumbre.  El más alto y robusto, hermoso, dirían las señoras del pueblo, se dirigió a los fieles y con voz enérgica les dijo: -El Señor Arzobispo les envía su bendición y les avisa que ha designado al Padre Ramón para que los guíe por el camino correcto.  Les pide todo su apoyo para su nuevo pastor.  Se adelantó el otro cura, un hombre relativamente joven, bajo de estatura y delgado.  En su cabeza se adivinaba una prematura calvicie, no obstante tenía cejas espesas que remataban a un par de ojos negros.  Al verlo, los fieles, acostumbrados a la notoria estatura y complexión atlética del Padre Julián, se quedaron un tanto sorprendidos, sin embargo,  reaccionaron y lanzaron vítores y ante una señal del alcalde los chicheros interpretaron una fanfarria, se lanzó una andanada de cohetes, mientras la muchedumbre agitaba las palmas que temprano habían adquirido donde doña Juanita, proveedora oficial de estos materiales y administradora vitalicia del huerto que se instalaba al lado de la parroquia.  En medio del bullicio el enviado del arzobispo hizo mutis por el foro y cuando la gente se percató el Buick negro se perdía en la lejanía de regreso a la capital.

El padre Ramón entregó una maleta a un muchacho y le pidió que la llevara a la sacristía y después de emitir saludos a diestra y siniestra, con algunos signos de bendición, ocupó su lugar al frente de la procesión, portando unas palmas que le entregó una matrona e inició la marcha.  El tambor de los chicheros realizó un magistral redoble, después del cual, como algo previsto, se hizo un profundo silencio.  Fue entonces cuando la burra sin respetar a su preciada carga, lanzó su andanada especial en honor al nuevo párroco.  El padre Ramón, como si fuera un jugador de póker no se inmutó en lo más mínimo.  Las señoras se taparon el rostro con sus mantillas y los señores agitaron sus palmas e inmediatamente los chicheros comenzaron a interpretar una marcha.  El nuevo párroco saludaba a los pocos habitantes que se habían quedado en sus casas y que se asomaban curiosos al paso de la procesión.

Minutos antes de las ocho llegó la procesión a la parroquia y mientras descendían y guardaban la imagen de Jesús y la gente se acomodaba en las bancas, el padre Ramón fue a la sacristía en donde con la ayuda de dos acólitos se cambió su sotana por la vestidura roja que marcaba la liturgia.

La misa en aquel tiempo todavía se realizaba de la manera ancestral, en latín y la mayor parte del oficio, de  espaldas a los fieles.  Así pues el cura se dirigió al pie del altar y con una voz demasiado fina, en comparación al vozarrón del padre Julián, exclamó:  In nomini Patri, et filii, et spiritus sancti.  Amen.  Introibo ad altare Dei.  Las señoras se volvieron a ver con una expresión de: -¿Y éste? Y en las bancas de atrás uno que otro caballero lanzó un disimulado: -Mmmmm.

Después del kilométrico evangelio de aquel domingo, llegó el momento de la homilía, que en aquellos tiempos se llamaba simplemente sermón.  El padre Ramón, con una inusual agilidad subió por una escalera de caracol a un incómodo púlpito y desde arriba comenzó, con voz un tanto meliflua, el primer sermón a su rebaño.  A pesar de la tranquilidad con que se expresaba el nuevo párroco, sus palabras tenían una contundencia inusual para aquellos fieles, acostumbrados a los sermones del padre Julián, que a pesar de su voz grave y su tono enérgico, sus palabras siempre se perdían en lo etéreo y como un avión que transita por el triángulo de las Bermudas, nunca lograba aterrizar.  El padre Ramón, sin embargo, se fue directo al grano.  Remarcó sobre el cambio de aquellos que hoy gritaban: Hosanna, bendito el que llega en el nombre de Dios, para luego, gritar:  Crucifícale, como una expresión que nacía de la mentira, la calumnia y la difamación.  Se extendió en la traición de Judas y en la lavada de manos de Pilato y cómo hay tantos que hacen lo mismo que estos personajes.  Finalizó su intervención, bastante larga por cierto, dejando la pregunta abierta a sus fieles, si ante la pasión de Cristo y en la vida misma, gritarían Hosanna o gritarían Crucifícale.  Al final de la misa, procedió a la bendición de las palmas y cada quien se fue a su casa, con una expresión de preocupación, pues el  nuevo cura, a pesar de su tamaño, lanzó unas cuantas verdades desde el púlpito.

La semana santa comenzó a desarrollarse de manera usual.  El lunes santo salió la procesión de San Benito, un santo negro al cual eran muy devotos muchos de los fieles que acusaban cierta ascendencia negra.  El martes el padre Ramón le preguntó a doña Martina, una devota que hacía las veces de secretaria de la parroquia, que si había un carpintero en el pueblo, confiable y discreto, a lo que ella le  recomendó a don Rodolfo, un viejo carpintero que vivía a pocas cuadras de la casa cural.  Lo mandó a llamar y le pidió un trabajo especial.  En dos días iba a construir una cruz, con unas soleras que habían sobrado de un anexo que se construyó en la casa cural, con ciertas dimensiones que el cura había calculado.  El carpintero le advirtió que de ese tamaño y con el tipo de madera, la cruz tendría un peso considerable.  El  cura le afirmó que eso ya lo sabía.  Se despidió con una solicitud de máxima discreción y antes de que el carpintero franqueara la puerta, le repitió con su dulce pero convincente voz: -Cuidadito.

En los oficios del martes santo, el padre Ramón anunció que las confesiones se realizarían el miércoles santo a partir de las dos de la tarde.  En la mañana del miércoles se efectuó la procesión del Lignum crucis, que era simplemente una cruz pintada en verde, sin Cristo, que pasaba por todo el pueblo y que a diferencia de otras partes del mundo, no llevaba ninguna reliquia de la madera de la verdadera cruz o Vera cruz, que muchos templos aseguran poseen un trozo.    Por la tarde, comenzó la confesión.  En aquellos tiempos, se seguían al pie de la letra los mandamientos de la santa madre iglesia que marcaban que había que confesarse y comulgar por lo menos una vez al año, por pascua florida.  De tal manera que quienes lo hacían con esa frecuencia debían de confesarse el miércoles santo para poder comulgar el jueves, en la misa pascual, que era la última antes de cantarse gloria.

De esta forma, a partir de las dos comenzó una romería hacia el confesionario.  Había en aquel pueblo una firme creencia que quien no comulgaba en la  misa del jueves santo le caían siete años de mala suerte, además de lo que tendría que pagar en el más allá y quien comulgaba sin confesarse, más le valía atarse una roca al  cuello y tirarse al río, aunque de hecho, no había ningún río en las cercanías del pueblo, solamente unas pilas que la mayor parte del tiempo estaban secas.  Aun así, la inmensa mayoría del pueblo se confesaba y comulgaba en aquella ocasión, alentados por la actitud del padre Julián que no le ponía mente a los pecados e imponía penitencias light, que nunca rebasaban los cinco credos, diez padrenuestros y diez avemarías.

En esta ocasión, la gente que esperaba su turno para acercarse al confesionario comenzó a observar que quienes habían finalizado aquel sacramento salían con una cara de susto, como si hubiesen visto al cadejo.   Así fue que las confesiones llegaron hasta las nueve de la noche.  Nadie que había pasado por el confesionario se atrevía a emitir comentario alguno.  Cuando la fila se redujo a un mínimo, se apareció doña Justina, una viuda de quien se decía tenía las tapas más aseadas de San Isidoro y sus alrededores.  Su confesión fue larga y tendida, pues a pesar de que según ella, sus propios pecados eran pocos y veniales, sin embargo, se sentía con la obligación de confesar los pecados de todos sus conocidos.  El padre Ramón, que con enorme perspicacia iba armando el rompecabezas de toda la trama en contra del padre Julián, con gran paciencia la escuchó y al final le fijó la penitencia de rigor y de la advertencia de que de no cumplirla, la absolución no tendría efecto y caería en pecado mortal.  Ella asintió y él procedió a exclamar: Ego te absolvo a peccatis tuis,  in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.    La mujer salió del confesionario y abandonó la iglesia con una expresión como si hubiese visto al fantasma de su difunto marido.

El viernes por la mañana la parroquia comenzó a abarrotarse, pues además de los fieles del pueblo, se agregaban a la procesión de la Via sacra muchos ciudadanos que vivían en otras ciudades y que en aquella ocasión en particular regresaban a su pueblo para participar en aquella procesión.  Ya estaba todo dispuesto para que iniciara la procesión cuando de pronto se apareció don Rodolfo con tres ayudantes cargando una gigantesca cruz.  El padre le indicó que la situara delante de las imágenes que componían la procesión, el Cristo cargando la cruz, la virgen dolorosa y San Juan.  A una señal del padre, cinco individuos, todos varones, tomaron la cruz de manos de don Rodolfo y entonces el padre le indicó a una veintena de personas, jóvenes y no tan jóvenes, varones y mujeres, que se habían presentado descalzos, que se situaran delante de la enorme cruz y cuando estuvieron colocados, hizo una seña a los chicheros, que se arrancaron con una marcha de Vega Matus.   El pueblo entero estaba atónito ante aquel espectáculo nunca visto.  Claramente podía observarse el dolor reflejado en los que avanzaban descalzos, dando saltitos ante lo caliente de la calle.  Quienes cargaban la cruz reflejaban un esfuerzo enorme pues tenían que acomodarse regularmente mantener un adecuado equilibrio y poder avanzar.

Llegaron por fin a la primera estación, en la pulpería de doña Josefa, quien había colocado una mesa adornada con un mantel y arreglos con hojas de pacaya y corozos.  Jesús es condenado a muerte.  Luego las consabidas oraciones y cuando finalizó aquello, se apareció otro contingente de seis ciudadanos, hombres y mujeres que relevaron a los que cargaban la cruz y otra veintena que sustituyó a quienes iban descalzos y que al ser relevados procedieron a ponerse sus respectivos zapatos y salieron caminando como loras en comal caliente.  Así se fueron sucediendo como en una extraña carrera de relevos, tanto los que cargaban la cruz como quienes marchaban descalzos.  El resto del pueblo que no había alcanzado aquella penitencia observaba cuidadosamente a los “favorecidos” con aquella penitencia, haciendo toda suerte de conjeturas y tratando de establecer una unidad de medida para realizar las comparaciones del caso.

El calor iba aumentando significativamente y al final llegaron a la estación número 12, en la panadería de don Cástulo, Jesús muere en la cruz.  Las oraciones del caso y el relevo.  Ahí apareció como por arte de magia doña Justina, vestida con una túnica morada y descalza.  Todos pensaron que se iba a unir al contingente de los descalzos, sin embargo, para sorpresa de todos, se colocó en la cruz junto a dos señoras más y dos hombres.  Y al son de otra marcha fúnebre, comenzó a transitar por la ardiente calle.  El pueblo entero estaba atónito, pues no podía encontrar el común denominador en aquel espectáculo que estaba presenciando.

La procesión llegó a la estación número 13, Jesús en brazos de su madre.  Nadie puso mucho cuidado a las oraciones pues estaban pendientes en el último relevo, sin embargo, casi caen al suelo cuando no ocurrió ninguno.  Las personas del contingente seguirían hasta la última estación.  Aquel trayecto se hizo eterno.  El sol del mediodía caía de manera odiosa y el calor se acentuaba.  Algún alma caritativa se acercó a los penitentes con una jícara de agua y no supo cuando dijo:  -¿Y qué habrán hecho? Pregunta que quedó flotando no sólo en aquel portal que hacía las veces de El Calvario, en donde finalizaba la procesión y en donde se ubicaba la estación 14, el cadáver de Jesús puesto en el sepulcro.

La procesión se disolvió y la gente deambulaba desconcertada, tratando de encontrar alguna lógica en aquello.  Alguien comentó que la Angelita, una muchacha que trabajaba de mesera donde doña Felicia y que de vez en cuando mataba sus chivitos, ofreciendo sus favores por algunos pesos, tan solo le correspondió una cuadra descalza, sin embargo, qué habría hecho doña Justina y las otras personas que se habían hechos merecedores de transitar con aquella pesada cruz por dos estaciones.

La semana santa finalizó con un pueblo anonadado.  Quienes fueron a la misa de gloria la noche del sábado, ingresaron con miedo y nadie se atrevió a fumigar a sus semejantes, práctica que usualmente se daba después de la ingesta de una semana de tamales pisques, sardinas, sopa de queso y almíbares.    Fue un alivio cuando después de la procesión del resucitado y de la misa del  domingo de pascua, se dio por concluida la semana mayor.

El pueblo regresó a su rutina normal, sin embargo, nada volvió a ser igual.  Aquellos que se regodeaban con el chisme y la difamación, se amarraron la lengua.  Los más insolentes andaban con pies de plomo, pues podían exponerse a alguna alusión a la penitencia que tuvieron que cumplir aquel viernes santo.  Doña Justina se recluyó en su casa y salía solo para lo necesaria y parecía  cumplir un voto de silencio.  Con el tiempo, la voz del padre Ramón dejó de parecer extraña y se convirtió en el bálsamo para todas las tribulaciones de su rebaño, que atentamente seguía sus sermones en las misas de domingo.

 

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2 comentarios

Archivado bajo Nicaragüense

2 Respuestas a “La penitencia

  1. Por aquí miré a Doña Justina, nada mas que parece que se cambió de nombre. También al Padre Ramón.
    Muy bonito cuento de la vida real, especialmente para Semana Santa.

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  2. Creo que la procesión que describe Orlando donde una imagen de Jesús, es subida al lomo de una burra, se refiere a “la procesión de la burrita” que sin lugar a dudas, nos trae recuerdos de nuestra niñez. Lo mejor de este post es que viajé nuevamente en el túnel de los recuerdos, con esa impecable narrativa que le imprime el autor que cautiva a los lectores y que nos permite navegar por el mar del tiempo. Satiriza este post a una sociedad de una época relativamente reciente y que a decir verdad, perdura, pero va en declive. !Gracias Orlando!

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