Archivo diario: marzo 2, 2018

El gato triste y azul

Cuando a finales de la década de los sesenta mi familia se trasladó a Managua, la música fue el elemento fundamental que acompañó ese cambio trascendental en nuestras vidas, marcado principalmente por la unión familiar.  Mi padre dejó de viajar y por primera vez podíamos disfrutar de más tiempo en común, en especial a la hora del almuerzo y en las calurosas tardes en la tranquilidad del Callejón Ramón Sáenz Morales, conocido como el Callejón de Alí Babá, en la vieja Managua.  Mis hermanos habían comenzado a descubrir el maravilloso mundo de la música y tres de ellos ya dominaban la guitarra, de tal manera que de vez en cuando, amenizábamos aquellas reuniones cantando en familia.

En esa época nos hicimos aficionados a la música italiana, en especial al Festival de San Remo y asimismo, seguíamos de cerca la carrera de Nicola Di Bari, uno de los intérpretes más escuchado, salido de dicho festival.  En 1971 de alguna manera apareció en nuestra casa, prestado de algún amigo, un álbum con los éxitos del San Remo 71, en donde resaltaba El corazón es un gitano, tema con el cual Nicola Di Bari se había apropiado del primer lugar, así como Qué será, Nina nana, ¿Cómo estás? entre otros.

Para 1972 esperamos como agua de mayo a San Remo y nos dio gusto saber que Nicola había vuelto a ganar el festival con Los días del arcoíris, a la par de Como Violetas, Plaza Grande, así como otros éxitos.  A los meses, en una pequeña discoteca que quedaba en la Calle Colón, cerca de la residencia estudiantil de la UNAN, encontré el álbum del festival e inmediatamente lo compré.  Al igual que el disco del año anterior, en familia disfrutamos al máximo aquella música.

En esos tiempos, la información que recibíamos del festival se limitaba a los temas finalistas del certamen, aunque en el álbum en su versión en español, incluían de acuerdo a los intereses de la disquera, algunos temas que no llegaron a la final.  Por lo anterior, no nos dimos cuenta que en aquel festival había participado Roberto Carlos con el tema Un gatto nel blu (Un gato en el cielo), de Savio y Bagazzi y que a pesar de las expectativas de muchos, no logró llegar a la final.  Una aparente derrota para alguien que había ganado el festival de 1968, con el tema Canzone per te,  junto a Sergio Endrigo, autor del tema.

A pesar de lo anterior, la disquera de Roberto Carlos vio en aquel tema un posible éxito para el mercado latinoamericano en especial el hispanoparlante y encargó a unos argentinos la versión en español del mismo.  Aquí es importante aclarar que a pesar del gran parecido entre el italiano y el español, la traducción del primero al segundo, es sumamente difícil, por el cambio de sentido de muchas palabras que se tratan de mantener como en el original.  Así fue que un gato en el cielo se transformó en un gato en la oscuridad, título que podría guardar sentido, sin embargo, en el desarrollo del tema, incluyeron a un gato triste y azul, para rescatar la palabra “blu”, del italiano y mantener la rima y la armonía del tema. Una edición de ese mismo álbum apareció con el título de “El gato que está triste y azul”.

Aquí es importante realizar una aclaración y es que el vocablo “blu”, en italiano, además de significar “azul”, se emplea también como “cielo”.  Muchos recordarán el éxito de Domenico Modugno que ganó el Festival de San Remo en 1958, llamado Nel blu dipinto di blu y que muchos recuerdan simplemente como Volare.  Pues bien, la traducción de lo anterior es “En el cielo, pintado de azul”.  Cuando Modugno grabó el tema en español, al no encontrar una traducción que pudiera tener sentido, muy inteligentemente, optó por cantar esa parte del estribillo en italiano.  No obstante, en la versión en español de Virginia López, pusieron “De azul, pintado de azul”, lo cual representó un contrasentido en la frase.

El caso es que Roberto Carlos, no se atrevió a cantar una versión en portugués de Un gato en la oscuridad, sin embargo, en la versión en español, a pesar del disparate del gato azul, se lanzó sin pensarlo mucho y el éxito que obtuvo fue arrollador.  En pocas semanas, el tema logró colocarse en los primeros lugares del hit parade en los principales países de Latinoamérica.

Así fue que a mediados de 1972 cada radiodifusora en Nicaragua se llenó del gato en la oscuridad.  En nuestra familia, la canción realmente nos cautivó.  En mi caso, las primeras estrofas estaban llenas de la tremenda verdad en el significado de la niñez y aquella alegría de jugar todo el día a la guerra, cuando nos bastaba arrancar varejones de los cercos de las casas del pueblo, para improvisar un fusil o una espada y con los hermanos y el gran amigo y vecino Ezequiel Jerez, lanzarnos a interminables batallas en donde moríamos y resucitábamos infinitas veces.

De esta forma, fueron varios meses en que escuchábamos noche y día el tema de Roberto Carlos y cada vez que se daba la oportunidad, la cantábamos en la familia. En aquellos días se unían al coro nuestras primas Giselle y Silvia.  Nos imaginábamos un gato en la oscuridad del callejón y sentíamos cómo nos llegaba al fondo del corazón aquel tema tan cargado de tristeza y melancolía, sin sospechar para nada que aquel era el preludio de una tragedia que estaba por llegar.  En aquella madrugada del 23 de diciembre, cuando todavía en alguna roconola lejana se apagaba el último “la-la-la-la-la” de Roberto Carlos, la tierra se estremeció y nos cambió la vida.

Nos despertamos de nuevo en el pueblo y por un buen rato, el silencio reinó en nuestra casa, nos dolían las palabras que salían de nuestras bocas, llorábamos muertos que no eran nuestros muertos, nos dolía ver postrada una ciudad que no era nuestra ciudad, añorábamos una casa que no era nuestra.  Hasta que un día, no recuerdo de dónde, apareció en nuestra casa el álbum Mediterráneo de Joan Manuel Serrat y él se encargó de poner el bálsamo de la música en nuestras vidas.  Mis hermanos comenzaron a tocar profesionalmente y la vida tuvo que seguir igual, como decía Julio Iglesias.

Por mucho tiempo, no sé si consciente o inconscientemente,  aquel gato quedó enterrado en el fondo de nuestros corazones, en aquella zona en donde nos da miedo hurgar.  Años más tarde, exiliados en México, en cierta ocasión en que coincidimos la mayoría de la familia, en medio de la sesión de canto, de repente surgió de nuevo el gato en la oscuridad y como por arte de magia, nos transportamos a la quietud del callejón, en aquella etapa inolvidable de nuestras vidas.  De esta forma, a partir de entonces cada vez que podemos estar juntos y nos da por cantar, siempre hay un lugar para el gato.

Estos últimos años nos ha dado poco por cantar.  Ya es más difícil reunirnos y cuando lo hacemos, el tiempo se pasa volando de tal suerte que no hay mucho tiempo para cantar.  Algunas veces, navegando por Youtube, me detengo en aquel tema y recuerdo aquellos años maravillosos.

Desde hace algún tiempo, en la madrugada, cuando el sueño se escapa de mi almohada, miro por la ventana y desde el techo un gato itinerante salta a un árbol para seguir luego hacia la casa vecina, pero antes de realizar su último salto, me vuelve a ver.  A veces pienso que el felino me mira en la oscuridad de mi habitación y le parezco triste.  Azul, tal vez no, pues ya sería demasiado surrealista.

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