Las tres piedras de Andrés Castro

 

Por muchos años, tuve recuerdos muy claros del lugar donde viví por cerca de dos años, a finales de la década de los sesenta, en la miscelánea de mi tía Leticia y que plasmé en mi entrada “Roconolas lejanas” de este mismo blog, en 2008.   Sin embargo, el tiempo, al igual que el efecto del sol sobre las fotografías a color, se va encargando de despintarlas poco a poco hasta quedar en una pálida sombra.   En aquel lugar, ubicado en la calle de El Trebol, en el oriente de la vieja Managua, propiamente frente a la Miscelánea Letty, de mi tía, había una cuartería.  Estaba ubicada contiguo al Bar Tía Ana, hacia el este y era como decía la gente antes, un “galillo”, que se adentraba y bordeaba luego al citado bar.

Debo aclarar que nunca osé ingresar a ese lugar, en primer lugar porque no tenía a qué y en segundo lugar, porque de acuerdo a versiones que al poco tiempo llegaron a oídos de mi tía, ahí era la guarida de malhechores de cuidado, entre ellos unos hermanos que en el bajo mundo eran conocidos, si mal no recuerdo, con el remoquete de “Los guapotes”.  De esta manera, además del shock que mi tía sufrió al darse cuenta que se había ubicado en el ojo del huracán en plena zona roja de Managua, la presencia de los “muchachos dundos” de enfrente, agregaron más elementos a su estrés, que la mantuvo un buen tiempo con las posaderas a dos manos.

Al poco tiempo, vecinos de aquella cuartería llegaron a amarchantarse con mi tía para adquirir sus suministros básicos.  De aquella troupe que desfilaba por ahí, a estas alturas, solo alcanzo a recordar a dos personas.  Un tipo alto, extremadamente delgado y que a pesar de su juventud, sus años de alcoholismo le pesaban más que el resto.  Le apodaban “perro seco” y nunca supe a qué se dedicaba.    A finales de los noventa me pareció verlo por los rumbos del Seminario, más viejo pero igual de seco y siempre con aquel aire del dolce far niente.

La otra persona era una mujer.  De estatura regular, tez morena, cabello tirándole a “murruco”, dientes importados (de fuera) y de edad indeterminada, sin embargo, es posible que superara los 50 tacos de almanaque como diría Pérez Reverte.  Era buena al “perico” (término que en aquellos tiempos se aplicaba únicamente a la plática interminable) y fue quien vino a calmar un poco a mi tía, cuando le confirmó que era cierto que en aquel lugar vivían maleantes de profesión, sin embargo, a pesar de todo, tenían un código que les mandaba a no cometer ilícitos en casa y esto cubría a todo el barrio.

De pronto se hicieron cotidianas las interminables visitas de la señora aquella, quien le daba a mi tía pelos y señales de la gente del rumbo, a veces con más pelos que señales.  En cierta ocasión que me encontraba afuera, en la miscelánea, llegó la señora aquella y no recuerdo qué trajo a colación el tema, el caso es que con el pecho henchido de orgullo confesó que era pariente de Andrés Castro.  Al escuchar lo anterior, comencé a parar la oreja, pues aquel era uno de los integrantes del Olimpo de los héroes nacionales.

No recuerdo para nada las conexiones genealógicas de aquel parentesco, el caso es que confesó algo que me dejó helado.  Para todos los que habíamos cursado la materia de historia, en la gesta de la batalla de San Jacinto, al encontrarse Andrés sin parque y observando que un filibustero norteamericano se acercaba peligrosamente a las filas nacionales, tomó una piedra y lanzándola a una velocidad de 99 millas por hora, que Denis Martínez hubiese envidiado, alcanzó la rubia cabeza del invasor dejándolo sin vida al instante.  No obstante, según aquella mujer, el propio Andrés había confiado a su familia, en el sobaco de la confianza, que había necesitado tres piedras para acabar con el filibustero.  Fue cierto en realidad que al ver al individuo aquel acercarse, arma en mano hacia el corral que servía de trinchera, Andrés tomó instintivamente una piedra que cabía en su puño y la lanzó, a velocidad moderada, pero de manera certera, yendo a impactarse contra el rostro del envalentonado invasor.  No fue tal vez al estilo de Marcial Lafuente Estefanía, en donde siempre se acertaba entre ceja y ceja, sino más bien en el pómulo.  Vaya usted a saber si fue el derecho o el izquierdo, el caso es que como ocurre en la “Ciencia de lo absurdo”, el impacto causó una conmoción en el individuo que le hizo perder su centro de gravedad, cayendo irremediablemente sobre el corral.  Sin embargo, seguía vivo.  Andrés tomó otra piedra, esta vez un poco más grande y a corta distancia le lanzó otra pedrada que apenas rozó la sien del infortunado atacante, quien seguía vivito y con intenciones de levantarse.  Fue ahí cuando Andrés, haciendo de tripas chorizo, tomó una piedra mucho más grande, tipo tenamaste, con ambas manos y casi encima del filibustero comenzó a golpear su cabeza, hasta que el cráneo se hizo pedazos y la sangre y parte de la masa encefálica comenzaron a manchar el suelo patrio.

Al ver mi tía que la señora se había emocionado al extremo, al confiar aquella historia, le alcanzó un vaso de cebada, el cual ella apuró con determinación, como Sócrates la cicuta.  Cuando recobró el resuello, agregó que por muchas noches, su pariente había tenido un sueño recurrente en donde le aplastaba el cráneo al invasor aquel.  Luego, la mujer aquella, con los ojos vidriosos, narró la muerte a traición de Andrés.  Parece que varios años después de la gesta heroica de San Jacinto, Andrés había dado hospedaje en su casa en Managua, a una pareja, cuando después de algunos acercamientos fallidos, no especificó la narradora, si de Andrés hacia la mujer huésped, de la mujer a Andrés o de ambos, el hombre comenzó a sospechar, pues le ardía la frente y no precisamente de una pedrada, cuando la mujer, al adivinar aquella sospecha y para salvar el pellejo (el de ella) le confesó a su compañero que Andrés la andaba enamorando.  Esto provocó la ira del sujeto quien al reclamarle a Andrés, este sin pensarlo mucho lo negó rotundamente.  El tipo aquel no insistió, pero un día en que Andrés se dirigía a una finca en las afueras de Managua, este lo emboscó y por la espalda le asestó varios machetazos que terminaron con la vida del héroe.

Entre una que otra lágrima y otro vaso de cebada, la mujer aquella se despidió y con sus compras se aprestó a cruzar aquella enorme calle y se adentró en el siniestro callejón.  Después de aquel relato, en vano trataba de ver algún asomo de parecido de ella con las imágenes de Andrés Castro, sin embargo, al no tratarse de fotografías, tenía que darle el beneficio de la duda.  Además, la emoción que brotaba a raudales cuando narró aquellos hechos, dejaban poco margen para el engaño.

En 1969 me trasladé al Callejón de Alí Babá, en el occidente de la capital, mi tía Leticia regresó a San Marcos y nunca volví por el oriente de Managua.  Luego vino el terremoto y tumbó muchos de los edificios de aquel rumbo y los que sobrevivieron posteriormente fueron engullidos por ese monstruo llamado Mercado Oriental.

Cincuenta años después de aquella ocasión, todavía cuando llegan las fiestas patria, al mencionarse la batalla de San Jacinto y el arrojo de Andrés Castro, invariablemente me viene a la mente el rostro de aquella mujer y le doy más crédito al hecho de que fuera pariente de Andrés y que la versión de la muerte del filibustero haya sido tal como ella lo narró.  De cualquier forma, tenía mucha razón Enrique Jardiel Poncela cuando afirmaba: “La historia es, desde luego exactamente lo que se escribió, pero ignoramos si es lo que sucedió”.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “Las tres piedras de Andrés Castro

  1. Me quede impactada. Gracias por darnos a conocer tan importante dato.

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  2. Chepeleon Arguello U

    De niño creí rotundamente la historia que nos enseñaba, luego leí en un libro las hazañas contadas por uno que llevó las estrellas de General que el tirano dejó tiradas, cambiar a los verdaderos participantes para abultar su contribución con tal descaro que molesto a los verdaderos participantes, que con seña y nombre, tuvieron que romper el silencio y demostrar que en ningún momento, en muchas acciones de guerra, ninguno de los hermanos estuvieron presentes, sin olvidar lo que hizo por su hermano, que por su poca participación los verdaderos combatientes lo nombraron miembro honorario del club de los fusiles vírgenes, le moldeó una imagen que ni hecha en La Paz Centro, le saldría mejor: lo vieron por las segovias, León, Managua, y el frente sur; acumulando tantas batallas que hasta el mismo General Sandino, le envidiaría. Por tal razón ahora no lo creo todo y dudó de lo que digo creer. En este caso, quizás fue verdad que necesito más de una piedra para consumar la hazaña por la que se le recuerda en la historia, aunque por un vasito de cebada en aquel calor de Managua, hasta lágrimas vertería para impresionar a tu tía.
    Saludos hermano, buen escrito

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  3. No se me había ocurrido pensar en el tamaño de la piedra que usó Andrés Castro, pero, pensándolo, tiene más lógica la historia de la vecina, pariente o no de héroe.
    Gracias por la acuciocidad.
    Saludos.

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  4. ¿Cómo murió Andrés Castro?…
    La forma en que murió fue revelada por su sobrina Sinesia Castro, quien refirió “que su tío Andrés vivía, después de la Guerra Nacional, en una finquita situada en los alrededores de Managua, cerca del Hospital El Retiro. Siendo hombre caritativo hospedó en su casa a un matrimonio, tiempo después la mujer que era su huésped lo acusó ante su marido que él, Andrés, la enamoraba. El marido le hizo cargos al héroe, quien en su lenguaje sencillo le contestó: “Ideay hombré, teniendo yo mi trompuda ¿para qué voy a enamorar a tu trompuda? Pero el marido sintiéndose ofendido no le creyó. Una vez que Andrés Castro iba para su finca el hombre lo espió y le dio muerte atacándolo por la espalda…”. La Prensa, 25 de mayo de 1965.

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