Archivo diario: diciembre 24, 2016

El nacimiento

Nacimiento.  Foto Orlando Ortega Reyes

En San Marcos, mi pueblo, nunca nevó y es posible que tampoco ocurra en los próximos dos millones de años, sin embargo, para quienes gozábamos del privilegio de ser niños, desde la última semana de noviembre, cuando los cortadores de café se encargaban de despeinar los cuatro costados del pueblo y dejaban colarse un frío que nos obligaba a sacar del ropero los suéteres y las chaquetas.  Con eso bastaba para imaginarnos que caminábamos por aquellas escenas que admirábamos en las tarjetas de felicitación que comenzaban a llegar y que invariablemente presentaban un paisaje invernal lleno de nieve que llegaba a cubrir hasta los decorados árboles.

Por la noche la temperatura bajaba aún más y el aroma de los cafetales se mezclaba con el olor de la pólvora de las triquitracas y del carburo de las lámparas de los comerciantes que con sus tijeras llenas de mercancía invadían el centro del pueblo, mientras que la luz mortecina del alumbrado público se miraba reforzada por una que otra iluminación de colores.

Junto con la llama de la esperanza que ardía en nuestros pechos, más que nada por los regalos que la víspera de la Navidad traería el Niño Dios, estaba la curiosidad de ir a ver el nacimiento de donde las Matus.  A pesar de que mi tío César era supuestamente el jefe de esa familia, la fuerza del clan compuesto por doña María Matus y sus hijas Reneé y Elida era mayor, de tal manera que todo mundo cuando se refería a esa familia lo hacía invariablemente como las Matus.  Lo interesante era que no eran mujeres de un carácter fuerte o agresivo, eran sí, emprendedoras curtidas en la luchas por la supervivencia, amables hasta la pared de enfrente y solidarias, incluso más que un gobierno socialista.  Doña María era una experta en las artes culinarias, de tal manera que hubiese dejado en ridículo a cualquiera de los participantes en esos reality de Master Chef.  La niña Reneé era una master en comercio y su habilidad para las matemáticas básicas era asombrosa, además de contar con una memora prodigiosa, tan necesaria para su oficio.  La tía Elida por su parte, casada con mi tío César, combinaba la tarea de criar a mi prima Estercita, con la abnegada tarea de poner inyecciones y sueros por todo el pueblo.

A inicios de diciembre, mi prima Estercita llegaba a la casa para llevarnos a ver el famoso nacimiento de las Matus.  No podría precisar cuándo comenzó esa tradición familiar, sin embargo me imagino que en aquel tiempo ya llevaban algunos años armándolo.  En cierta parte de la sala, ocupando una extensión considerable, estaba el mencionado nacimiento.  En la parte principal estaba desde luego una caseta que albergaba las imágenes de José, María y el Niño Dios, con las consabidas bestias a cada lado para darle calor con su vaho al recién nacido y a la altura del techo, un ángel tenía una leyenda que decía: Gloria a Dios en las alturas.  Por razones del espacio disponible, más que por romper la fijación occidental por la simetría, a ambos lados de la caseta, una parte más extensa que la otra, con algunos objetos superpuestos cubiertos con papel kraft debidamente teñido con anilina café, se mostraba un terreno un tanto abrupto simulando la percepción que tenía la tía Elida de los terrenos suburbanos de Belén.

Lo más interesante del caso es que en aquella representación se observaban además de los consabidos pastores, los magos de oriente que en la misma llegaban anticipados por la falta de calendarios o bien porque siguieron a la estrella equivocada, una serie de participantes que para la inocente mentalidad de los pequeños no constituía ninguna aberración, sino que simplemente eran elementos que proporcionaban un acompañamiento vistoso a la escena.  Ahí se encontraban pequeños camiones, la más variada fauna que se pueda uno imaginar, soldaditos de la segunda guerra mundial, indios y vaqueros de plástico, que a pesar de su feroz apariencia y de sus variadas armas que empuñaban, en medio de la escena parecían participar del regocijo del nacimiento del mesías.  No obstante, lo que más me llamaba la atención era una imitación bien lograda en madera de una refresquera, que eran una especie de rústico kiosko en donde se expendían gaseosas y similares en los parques y en aquella impresionante miniatura estaban colocadas una réplicas de coca colas, que formaron parte de una promoción de la embotelladora, cuando cumplía sus promesas en sus premios.

Para nosotros era un tremendo espectáculo admirar aquella obra de arte, más aún cuando en nuestras mentes no existía el concepto de anacronismo, al no haber desarrollado nuestra conciencia histórica, así que no se nos hacía nada raro que participaran en una amena convivencia en medio de aquella fiesta, los seguidores de Toro Sentado, con las gentes del General Patton o con los pastores judíos, que bien podían pedir una coca cola para mitigar su sed.  Pasó mucho tiempo para que advirtiéramos aquella situación, además del hecho de que un recién nacido pudiera tener dientes.  Abro un paréntesis para anotar que en el pueblo circulaba una leyenda urbana de un niño cuyo nacimiento se retrasó tanto que nació con dientes.

Pero, como en todo, llega un momento en que todo aquello que nos asombraba cuando éramos niños, deja de tener encanto al irnos percatando de la realidad de las cosas.  Así pues las bebidas espirituosas surgen como elemento indispensable en las principales celebraciones y aquellos elementos que llenaban nuestras vidas, dejan de tener el atractivo que un día tuvieron.  Así pasó con los nacimientos, los juguetes y otras particularidades de la Navidad.

No recuerdo bien cuando fue que la tía Elida dejó de poner su nacimiento.  Ella nunca perdió aquella alegría que sentía por la vida, aún en los momentos más difíciles y daba gusto encontrarla pues siempre mostraba su mejor sonrisa, acompañada de un piropo, pues sin importar si uno estuviera flaco o gordo, siempre nos encontraba hermosos y guapos.  Me imagino que cuando mi prima Estercita tuvo que emigrar a los Estados Unidos, perdió el entusiasmo de armar el nacimiento y luego, a medida que la soledad iba invadiendo aquella casa, algunos ciudadanos, en operación hormiga fueron llevándose las cosas que tenían a la vista en su casa que siempre estaba con las puertas abiertas.

Con el tiempo me tocó llevar a mis hijos a ver algunos nacimientos espectaculares.  En México los llevé varias veces la garaje de una casa en la colonia Marte, en el Eje 5 sur, en donde instalaban un nacimiento de más de mil figuras y lo que más me impresionaba era la alegría de mis hijos que me hacía recordar mis tiempos con mi prima Estercita viendo el nacimiento de las Matus.

Mi hermana Oralya siguiendo un poco aquella tradición de la tía Elida, fue ampliando poco a poco su nacimiento hasta alcanzar un tamaño considerable y mis hijos también participaban de todo aquel rito de instalarlo y desinstalarlo.

Ahora que me corresponde alimentar toda esa fantasía que gira alrededor de esa tradición a mis nietas, debo confesar que lo hago con cierto desgano.  En mi casa, aunque ni Ripley lo crea, hay como 45 nacimientos de diferente tamaño ubicados por toda la casa y tengo que caminar con los ojos bien abiertos para no tropezar con alguna oveja o pastor.

Ahora que están de moda los nacimientos institucionales, llevo regularmente a mis nietas a la exposición que las instituciones del estado arman a lo largo de toda la Avenida Bolívar y lo único que me llena es el asombro y alegría de mis nietas al ver todo el colorido de la Avenida, con una diversidad de villancicos que se entremezclan y con consignas y anuncios subliminales disfrazados de jaculatorias. El anacronismo adquiere ahora otra dimensión.  Cada institución del Estado se exprime las neuronas hasta el borde de la meningitis por presentar el nacimiento más original y yo por mi parte, en ese trayecto, que pareciera salido de una película de Fellini, me abstraigo y me dedico a recordar aquel nacimiento que con tanto empeño armaba la tía Elida.  Cómo extraño su saludo lleno de cariño y de alegría, así como el anacronismo tan inocente de su nacimiento.

 

 

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